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Fyodor dejó de escribir cuando se percató que sus propios trazos eran indescifrables. Las hojas, que no recordaba haber escrito hasta el momento porque jamás así lo había hecho, no poseían más que garabatos del mismo negro que la pluma que sostenía en la mano. De los ventanales a su lado provenía una luz espectral de colores que el cielo de su mundo jamás podría concebir y estrellas moribundas que no reconocía exhalaban sus últimos suspiros desde la oscuridad desteñida por el polvo de astros muertos. La visión le arrebató el aliento y todo pensamiento fue olvidado. Aquella hermosa quietud se derramaba sobre todo con los tintes de un caleidoscopio que ya nadie quería volver a alterar.
Aún para un sueño, porque no había más nada que pudiera ser, aquel mundo era una rareza que aún ante todo lo que presenció en su vida su mente sería incapaz de concebir, pero aún más extraña le parecía la increíble claridad de su propia conciencia. Posó su mano en el vidrio que lo separaba de la visión imposible y para su sorpresa, la sintió tan helada como si la estuviera tocando en la misma realidad.
El mundo estaba sumido en el silencio, y esa quietud hace tiempo olvidada, hizo que advirtiera la ausencia de la voz en su cabeza. Ahora lo recordaba; todo esto debía ser obra suya. Y por si fuera poco, él había accedido a ello.
Aquella voz, a la que había decidido bautizar Nikolai en vista de que carecía de nombre propio porque nadie más que los humanos los utilizaban y se había cansado de dirigirse a él como “voz” cuando fue claro que no se marcharía, había estado con él hace poco más de un año. Y sin que se percatara, se había vuelto su íntimo amigo.
Una noche, una voz misteriosa lo despertó, como si perteneciera a un sueño que había olvidado morir durante la vigilia. Lo que al inicio le había parecido una oscuridad desconcertante, pereció ante las platinadas pinceladas de la luna que iba y venía entre las nubes y las copas de los árboles. El pasto acariciaba su rostro y la tierra le servía de lecho, que paciente, esperaba que se hiciera uno con ella cuando el flagelo de la noche lo despojara de todo calor.
Se había encontrado a sí mismo tendido junto al camino del bosque que había tomado para regresar a su hogar. Su única compañía parecía ser nada más que la nocturna sinfonía de la naturaleza imperturbada por los humanos, con las copas que se mecían monótonamente con el viento y dibujaban arabescos irrepetibles sobre él, y los insectos que con su canto solitario, esperaban un igual que respondiera su llamado. Su cuerpo temblaba y no sentía sus dedos. ¿Qué había escuchado que lo desconcertó y lo obligó a despertar? Eres tan cálido , una dulce mentira en la que deseaba creer en ese momento. No había nadie con él que pudiera pronunciar aquellas palabras; no debió haber sido más que un sueño y que sueño precioso debió haber sido si la calidez fue parte de él.
Un intenso dolor de cabeza lo distrajo, como si algo, se retorciera dentro de él.
Se levantó con cuidado, para evitar que su vista se tornara más oscura que la misma noche y su mente volviera a abandonarlo, y siguió el mismo sendero por el cual siempre había caminado.
—Ha sido terrible —dijo una voz, y los pasos de Fyodor se congelaron en su lugar—. Lo primero que he sentido ¡ha sido terrible! Percibir mi conciencia desvanecerse hasta caer en un ininterrumpible sueño. Pasó del instinto a algo más. Y ese algo más, ha sido terrible. Vete del bosque, ¿qué haces allí parado?
Fyodor contempló su alrededor. Su ínutil corazón latía con un miedo desconocido hasta el momento, mientras sus pies parecían arraigados a la tierra bajo ellos. ¿Quién le dirigía todas esas palabras? Y era como la voz de un espectro, sin dirección, como si proviniera de todas partes y a la vez de ninguna en particular.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
—No tengo nombre con el cual puedas llamarme —contestó la voz—. Y solo tengo un recuerdo y es que en algún momento me opuse a dios.
Lo que había parecido el delirio causado por su desmayo y un golpe en la cabeza no desapareció. Persistió en su interior y la voz le reveló su abominable naturaleza: era una criatura despojada de su libertad, condenada a una existencia parasitaria por alguien a quien había llamado dios. Las doctrinas que le habían enseñado a lo largo de su vida le habían hablado sobre el mal de desobedecer a Dios, pero aquel ente que la criatura había mencionado no podía tratarse del suyo; nadie, jamás, le había hablado de un castigo tal como ser convertido en un parásito.
El anhelo de que todo no fuera más que una temprana demencia no lo abandonaba; a veces, había piedad en la locura. Prefería estar loco que tener una criatura profanando su cerebro, leyendo cada pensamiento y memoria sin que pudiera hacer más que solicitarle que no lo haga. Pero la criatura aceptó no mirar más en lo profundo de su ser si prometía dejar de ignorarlo.
Y para desgracia, otorgarle un nombre la humanizó ante sus ojos y aquella criatura a la que había bautizado como Nikolai, que se contagió de las emociones de la humanidad, despertó las emociones que había creído muertas en él.
Su corazón latía inquieto o al menos, aquella ilusión que era una reminiscencia a su contraparte corpórea. De no ser por ese cielo foráneo que revelaba la naturaleza de que todo no era más que un sueño, se le hubiera hecho imposible distinguir lo real de lo irreal. Se levantó del asiento, que irrumpió el silencio con un agudo chirrido metálico, y se apresuró a la salida del salón de clases para buscar a Nikolai.
La puerta se abrió sin su intervención y reveló un rostro conocido, pero no se trataba de Nikolai; él no tenía rostro humano.
Retrocedió como si hubiera olvidado su plan original y contempló absorto al hombre. Era su profesor de literatura, Osamu Dazai, un inmigrante japonés de falsas sonrisas y ojos más fríos y oscuros que una noche de luna nueva. No era extraño encontrarlo en el salón de clases y, para toda la culpa que aquello conllevaba, tampoco en sus sueños.
—He abierto incontables puertas por todo el edificio hasta encontrarte —dijo su profesor mientras cerraba la puerta detrás de él—. No puedo creer que al fin te tengo ante mí.
Dazai extendió una mano para acariciar su rostro, pero Fyodor se alejó. Aquel Dazai, tan parecido al real que le era indistinguible, le dedicó una mirada perpleja.
—¿Fedya? —preguntó el falso Dazai—. Soy yo, Nikolai.
—No quiero que te veas así.
—Creí que te gustaría.
¿Qué tanto había visto Nikolai la primera vez que sondeó las profundidades de su mente, donde yacían los pensamientos y recuerdos más punibles e impíos de los cuales nadie debía ser testigo, ni aquellos que habían cedido ante tales actos? La ira amenazaba con tomar las riendas de su acostumbrada templanza, mientras la vergüenza ardía en su rostro, pero de nada serviría desquitarse con Nikolai; cuando se metió en su interior, no era más que un parásito que desconocía la humanidad y él, un muchacho congelado e inconsciente en el bosque.
—Quiero que seas tú —terminó por decir Fyodor.
Una tristeza oscureció su semblante. A veces, Fyodor podía ser cruel, pero esta vez una sinceridad atroz le estremecía el corazón. Nikolai no era humano; parecía solo ser capaz de imitar la apariencia ajena en los sueños, pero la voz que resonaba en su cráneo cada vez que le hablaba no le pertenecía a nadie más que a él y era tan humana como cualquiera. No quería pensar por el más mínimo latido que era Dazai ni otra persona a quien tenía enfrente, quería que fuera Nikolai y nadie más que Nikolai.
—Ya sabes que no puedo —contestó con una tenue sonrisa, como si más que consolar a Fyodor ante su petición imposible se consolara a sí mismo—. Mi verdadero ser ya no existe y ahora no soy más que un miserable parásito.
—Pero este es el mundo de los sueños, aquí puedes ser quien eras antes.
—¿Y hacerte enloquecer ante tal visión? Hay cosas que no fueron creadas para que los humanos las vieran, por eso las estrellas bajo las que naciste no fueron las mismas que las mías.
—Entonces no te veré. Me cubriré los ojos.
La risa que tantas veces había escuchado resonó en el salón de clases. Aún si la voz pertenecía a Dazai, aquella forma de expresarse era la misma de Nikolai.
—No sé por qué me preocupo tanto si tú ya estás loco. ¿Acaso sabes que podría haber devorado tu insignificante sol? Pero bien, si me lo pides, lo haré por tí, aunque deba ser una versión de mí que pueda moverse en este minúsculo cubículo.
Nikolai hizo varios gestos con las manos como si se tratara de un mago y de su manga comenzó a sacar un largo pañuelo negro, que al final danzó en el aire. Era el mundo de los sueños y aquello era lo menos sorprendente que una criatura que había viajado por el espacio utilizando dimensiones de su propia creación podía hacer, pero quizá era parte del motivo por lo que aquel acto le pareció tan encantador. Fyodor le dio unos pequeños aplausos mientras Nikolai agradecía ante una inexistente multitud.
¿Por qué sus días no podían ser así? ¿Por qué no podían ser simplemente dos muchachos en el mismo mundo? No quería creer que eso era lo que ambos merecían por lo cometido en el pasado.
Al terminar el acto, Nikolai se aproximó a cubrirle los ojos, pero antes, le dedicó una larga mirada.
—Solo veo tu rostro en los reflejos y ahora tengo que cubrirlo…
Fyodor no respondió. Mientras lo viera y lo escuchara con ese cuerpo, no podría convencer a su mente que no se encontraba ante su profesor. Y era ahora que se percataba de la similitud entre ambos: había oculta una melancolía profunda detrás de todos esos actos de bufonería. Incluso aquella expresión, que no debía pertenecer a nadie más que a Nikolai, era idéntica a la que su profesor le había dado una vez.
La venda cubrió sus ojos y el recuerdo del cosmos que se vertía en el salón de clases no se volvió más que manchas que se perdían en una oscuridad abismal.
—Dame tu mano —dijo la voz de Nikolai, como siempre la había escuchado.
Si era un sueño, ¿por qué tenía que ser atormentado por sus propios latidos? Nikolai no había hecho más que pedirle la mano.
Fyodor la extendió dubitativo. Algo húmedo y frío tocó sus dedos, y comenzó a deslizarse con lentitud hasta llegar al centro de la palma de su mano. No importaba si Nikolai le había dicho que quería estar con él hace tiempo y se había preparado mentalmente para lo que se pudiera encontrar, pero apenas lo tocó, sucumbió a la desesperación. Retrocedió ante aquel tacto inhumano, pero el escritorio de su profesor le impidió alejarse más. Pronto, lo que había estado en su mano desapareció, dejando un rastro viscoso sobre la piel. Era como si le hubiera colocado una babosa gigante.
—Esto ha sido una idea ridícula —dijo Nikolai—. ¿Cómo podríamos hacer esto? Soy tan atroz que tengo que ocultarme de tu mirada. No debería siquiera tocarte.
No existía nada más horrible que la conciencia de uno mismo. ¿No había sido aquel lo que el pecado original había concebido? Y él, un humano condenado a traspasar aquel pecado a la sangre de su sangre, se lo había dado a él, quien se había nutrido de aquel líquido. Dudaba que alguna vez Nikolai hubiera pensado que su propia naturaleza era abominable. Debió haber sido todo lo contrario si había creído merecer la libertad para recibir tal castigo. Pero aquel desprecio, aquella inseguridad de cómo Fyodor concebía su visión de él no hacía más que convertirlo en un humano ante sus ojos. La idea le sonaba divertida; Nikolai, que tanto disputaba con comprender las matices de su encontrada humanidad, hacía que él mismo, que siempre había sido humano, quisiera explorar esos mismos matices a los que se había cerrado hace tiempo.
—Kolya —dijo y volvió a extender la mano hacia él—. ¿Por qué pensaría eso si yo mismo te lo pedí?
—Tu mano tiembla. —Sonaba disconforme con sus palabras. Buscaba excusas. Quería ser rechazado porque aquello sería más comprensible. Incluso, quizá, se sentiría complacido por ello, porque ante su visión sería lo correcto.
—Sí, lo sé, pero porque me pones nervioso por otros motivos.
Nikolai no respondió.
Si no le hubiera tapado los ojos, podría mostrarle que su mirada no mentía, pero se valía de nada más que sus palabras y el resto de sus traicioneros gestos.
Por supuesto que su mano temblaba, ¿cómo no iba a hacerlo? Quería que Nikolai lo tocara, aún si era con ese cuerpo extraño que no podía ver y por lo tanto anticiparse a lo que le esperaba, y a la vez quería despertar del sueño porque el mínimo pensamiento de que ocurriera hacía que quisiera morder la piel de sus dedos hasta hacerla sangrar.
Una vez más, su mano se estremeció ante aquel untuoso, pero delicado, roce. Ahora que el horror se había mitigado un poco, notó que aquello no era más que el intento de Nikolai de manifestar una tierna caricia con los limitantes de su extraña forma, como había intentado hacer cuando entró al salón de clases. No le sorprendía que se hubiera decepcionado, no había hecho más que tomarlo de la mano y él lo había rechazado como si fuera una aberración, en ambos intentos.
Fyodor lo acarició con la punta de los dedos. Además de querer devolver el gesto y brindarle seguridad, tenía curiosidad por examinar su forma para poder imaginarla debido a que Nikolai le había prohibido verlo.
La sección transversal de la extremidad era circular y se adelgazaba al final para terminar en una punta redondeada. Se sentía blanda, pero al ejercer un poco de presión se mostraba firme y podía percibir cierto pulso. De un lado poseía filas de esponjosas protuberancias circulares que se pegaban a su piel. Su mente le concedió la imagen de un tentáculo.
—¿No te disgusta? —preguntó Nikolai.
—Es bastante suave. Se siente un poco extraño, pero no, no me disgusta.
Nikolai, que se había enfrentado a aquel ser al que había llamado dios, quizá porque era la definición más cercana que el lenguaje le permitió, tenía un terrible temor a ser rechazado por él quien no era más que un insignificante humano.
Apoyó el tentáculo en su mejilla, como si fuera la mano de un amante, y sintió el frío apaciguar el ardor de su rostro mientras acariciaba la longitud de esa extremidad que llevaba hacia un cuerpo que jamás podría ver. Pero lo divino, aunque ahora corrompido, no estaba hecho para ojos como los suyos.
—Fedya…
Escuchó un ruido húmedo, como el de serpientes arrastrándose entre los cuerpos de sus iguales. La venda negra no le permitió ver qué sucedía, pero la oscuridad se hizo más profunda, como si algo bloqueara la luz que los astros vertían sobre el salón de clases.
Como animado por su gesto, Nikolai posó otro tentáculo sobre su rostro.
—¿Puedo besarte? —preguntó Nikolai.
—Para eso hemos venido aquí, pero como no puedo ver tendrás que tomar la iniciativa.
Las vendas sobre sus ojos se habían tornado en una bendición más que en un castigo; era un alivio no tener que ser el que lidere. Se sentó sobre el escritorio y esperó con impaciencia. ¿Cuántas veces había hecho eso ya?
Su uniforme se levantó y algo húmedo y frío tocó su piel. Uno de los tentáculos se abrió camino por su ropa, seguido por un par más de ellos y comenzaron a deslizarse por su abdomen. Su vientre se contrajo ante el tacto foráneo y no pudo evitar soltar un jadeo. Comprendía lo que hacía Nikolai, ¿cómo iba a abrazarlo sino? Pero aquella sensación gélida, que a pesar de haberse enrollado en su torso aún seguía en perpetuo movimiento, no hizo más que subirle la temperatura.
El cuerpo de Nikolai, que su mente insistía inútilmente en darle forma, se posicionó entre sus piernas con el sonido de incontables serpientes. En aquella ceguera extendió su mano con curiosidad y se encontró con una textura casi idéntica a la que en un primer momento lo había alejado, pero con ciertas imperfecciones abultadas. ¿De qué colores podría ser una criatura que había nacido tan lejos de su mundo? ¿Cómo podía ser la forma que fue obligado a abandonar como castigo de una entidad que consideraba divina? ¿Y acaso era esa realmente una versión que no había cambiado más que su tamaño? El simple cuestionamiento arremolinaba su mente, que ya estaba demasiada turbada en esos momentos, pero no dijo nada. No quería que Nikolai se detuviera.
Los tentáculos volvieron a tomarlo con delicadeza del rostro y lo inclinaron levemente hacia arriba. Aún si no lo podía ver, sentía su mirada con aquella fascinación que solo Nikolai poseía. Había adoración en su amor y le pesaba con angustia el conocimiento de qué había sucedido con el objeto de su previa adoración. Sabía que algún día se opondría a él. Nikolai no era libre habitando nada más que los ínfimos confines craneales y manifestaba entre sus palabras siempre un deseo de algo más. Y era aquel deseo que lo había despojado de su anterior ser lo que siempre iba a tener más peso, aunque no hiciera más que hundirlo otra vez en la perdición.
La textura aterciopelada le acarició con una inmensa delicadeza los labios, y cuando la punta estuvo al borde de rozarlos, abrió la boca para dejarlo entrar. Comenzó a deslizarse sobre su lengua y al apretar los labios, percibió la forma conoidal adentrándose con timidez en él. La actitud de Nikolai era distinta a la que poseía durante la vigilia; ahora, que podía consumar todas sus insinuaciones, se comportaba con recato ante la realización de que estar con un humano mientras tuviera esa forma era un acto aborrecible. Además, era incapaz de concebir que él pudiera provocar deseo alguno, como si por algún motivo todo fuera nada más que una farsa. Pero, ¿a quién le importaba si esto estaba mal? ¿Quién iba a juzgarlos allí, en ese reino onírico?
No podía permitir que Nikolai continuara con el pensamiento de que solo estaba con él porque compartían el mismo cuerpo. Apoyó las manos sobre su agarre en el rostro, un ruego por que no lo dejara ir, y le dio un ligero mordisco a esa blanda carne mientras usaba su lengua para jugar con la punta. No podía abrir los ojos para espiarlo o posar su mano en su corazón, porque en primer lugar desconocía dónde se encontraba, pero al menos pudo escuchar su nerviosa voz jadear ante su mordida. Río con una cruel picardía y cada tanto, volvió a repetirlo, por el simple placer de hacerlo estremecer.
¿No tenía más sentido que fuera Nikolai quien no le quedaba más opción que estar con el único humano con el que podía comunicarse? No le sorprendía que hubiera desarrollado afecto por él; estaba solo en un mundo donde emociones antes desconocidas lo torturaban y solo él podía brindarle comprensión. Y aunque no se sintiera merecedor de su afecto, porque no le parecía más que el resultado de sus circunstancias, quería que le perteneciera.
Como había esperado, Nikolai rompió el beso antes de que se tornara más profundo. Limpió con su muñeca el resto de saliva entremezclada con aquella viscosa sustancia que había manchado su rostro. Un deseo insatisfecho lo atormentaba, el cual ardía y rogaba por seguir ardiendo en esa piel que hace tiempo nadie tocaba.
—Kolya, acércate más —dijo Fyodor sujetándolo de uno de los tantos tentáculos que abrazaban su cintura. Al intentar atraerlo, su mano no hizo más que deslizarse sobre la superficie sin mucho éxito—. ¿Sientes algo si te acaricio? —preguntó mientras volvía a deslizar la mano.
—Sí.
—¿Y te gusta?
Al no recibir respuesta dejó de hacerlo. Cómo le gustaría que pudiera ver sus ojos, así en silencio lo cuestionaría con la mirada. Ya conocía la respuesta, pero quería complacerse con su confesión.
—Sí… —dijo finalmente—, pero no tienes que hacerlo si no quieres.
—Oh, pero allí está la cuestión, que quiero hacerlo —dijo con una sonrisa—. Vamos, acércate más.
Nikolai obedeció, pero no logró complacerlo.
—Más… un poco más… —repitió Fyodor.
—¿Por qué me metí dentro de un demente? —preguntó Nikolai más para sí mismo, pero volvió a obedecer.
Los tentáculos comenzaron a arrastrarse sobre sus piernas y el espacio vacío frente a él fue llenado. Aún así, no estaba tan cerca como quería. Tomó uno de los tantos tentáculos que se agitaban a su alrededor y volvió a atraerlo hacia él, por más que su naturaleza resbaladiza le dificultara la tarea, pero esta vez, Nikolai se dejó llevar. Se recostó sobre el escritorio y abrazó contra su pecho el tentáculo que se estremecía levemente ante sus caricias.
—Ven.
—Oh, Fedya, con dios no tenía nada, pero contigo… ¡contigo tengo demasiado!
El amasijo de tentáculos reptó sobre su cuerpo. Era como sumergirse lentamente en un frío cenagal repleto de reptiles inquietos que comenzaban a rodearlo. Aún así, era víctima de una calidez que aquellos toques no hacían más que intensificar. Apretó las piernas para intentar calmar esa excitación, pero el cuerpo que se cernía sobre él se lo impidió. Lo aplastaba y se retorcía entre sus piernas, mientras él a su vez, se retorcía debajo de su caótica forma. Toda su ropa se había manchado con esa viscosa sustancia y ahora estaba pegada a su cuerpo, arrugada y desordenada. Nikolai no podía ser ignorante de lo que le estaba provocando.
No reconoció su propia voz cuando pronunció su nombre.
—¿Es mucho? —preguntó Nikolai.
Fyodor negó con la cabeza. Esos turbulentos movimientos lo llevaban a un desesperante límite, pero qué era un límite sino algo que jamás era a lo que se aproximaba, y él necesitaba que lo traspasara. Pedírselo sería sencillo, estaba seguro, pero no podía encontrar las palabras con las cuales formular aquel ruego. Solo pudo apretar uno de los tantos tentáculos que lo enloquecía.
—Más —alcanzó a musitar entre la vergüenza que reprimía sus palabras.
Pero, ¿cuándo la vergüenza lo había detenido? ¿Y cuando el arrepentimiento no fallaba en hacerlo? Lo sintió escurrirse dentro de su pantalón y ahogó con su mano un grito de temor, para luego cubrirse el rostro; si él no podía verlo, entonces que Nikolai no presenciara sus sonrojos y cada una de las expresiones que le provocaba. Creía haberse acostumbrado, pero la sensación helada y untuosa acercándose a sus partes íntimas era más de lo que podía soportar. Cómo anhelaba detener aquel tentáculo travieso que comenzaba a rodearlo, pero apretó sus dedos con vehemencia en él, tratando de contenerse de hacerlo.
Nikolai le había expresado que con él tenía demasiado, ¡pero ahora él también tenía demasiado! Todos sus pensamientos, que habían sido tan claros en aquel mundo de sueños, se tornaron incoherentes, concentrados únicamente en aquello que se retorcía y con suavidad lo acariciaba. ¿Acaso había sacado estos indecentes actos de su mente? Frotaba la punta como si la estuviera lamiendo, o al menos, en aquel caos de tentáculos, eso era lo que parecía. Y sus piernas, abiertas sobre el escritorio, no paraban de estremecerse sin encontrar consuelo.
No tardó en derretirse, por más que se hubiera esforzado en prolongar el momento. Además, Nikolai tampoco sabía darle un respiro entre tanta estimulación. Yació allí, sobre el escritorio, con una respiración agitada que no podía calmar. Todavía sujetaba el tentáculo que lo había dejado en ese estado.
El cuerpo de forma inconcebible, que debía sostener su propio peso para no aplastarlo, se retiró de encima suyo con movimientos frenéticos y escurridizos. Tomó esa oportunidad para incorporarse sobre el resbaladizo escritorio. Ahora que la calidez en su interior había ardido, comenzaba a percibir el aire frío contra su ropa mojada. Volvió a cubrirse la cara; podía percibir la intensa mirada de Nikolai como si tuviera incontables ojos, algo que no descartaba como una posibilidad.
Lo escuchó arrastrarse detrás de él y subir parte de su peso sobre el escritorio. Al igual que antes, varios tentáculos volvieron a rodear su abdomen.
—¿Qué sucede? —preguntó Fyodor.
—¡Es que no aguanto no abrazarte ahora que puedo!
Su voz sonaba con la felicidad habitual que demostraba en la vigilia, cuando no lo abrumaba la melancolía y aquellos deseos de libertad permanecían latentes. Una imperceptible sonrisa se formó en sus labios y lo acarició con dulzura, mientras se apoyaba contra su cuerpo, aún si no haría más que congelarlo. El único que lo hacía sonreír era el único que no podía presenciar el efecto que causaba en su rostro. Y lo mismo debía ser para Nikolai.
—Quisiera que pudiéramos estar así también cuando estamos despiertos —dijo Nikolai.
—Sabes que eso es imposible —respondió Fyodor con monotonía en su voz. No era como si él mismo no compartiera ese deseo, sino que a diferencia de Nikolai, ya había aceptado que era en vano tener esa fantasía. No podía simplemente robar el cuerpo de alguien que vivía; Nikolai no debía mancharse las manos de esa forma.
—Quisiera tocarte con manos como las tuyas, no con… esto.
—A mí no me molesta —dijo Fyodor, jugando con la punta de un tentáculo. Era preferible sentirlo de esa forma que no sentirlo en lo absoluto.
—Pero quiero mirar tus ojos en cada momento, no solo en los reflejos. Y solo puedo percibirte a través de tus nervios o en sueños donde ni siquiera podemos mirarnos.
Fyodor no respondió. En su lugar, siguió acariciando la suave punta de una de las viscosas extremidades, pero ante su silencio esta se escurrió de su mano.
¿Le habría hecho alguna vez un planteo similar a aquel dios que lo había castigado? Pero a diferencia de esa entidad, a él sí le importaba si Nikolai lo abandonaba. ¿Qué importaba si solo habitaban el mundo de los sueños? ¿No sabía Nikolai la crueldad que ocultaba aquel mundo que veía a través de sus ojos? Allí nadie los molestaba, no era siquiera una preocupación, pero en el mundo real sería completamente distinto. No existía tal cosa como la libertad que buscaba; no lograría más que obtener lo contrario.
—Entonces déjame mirarte.
—No, Fedya, no puedes hacerlo.
Cada vez eran menos las ocasiones en las que Nikolai pedía que se encontraran en el reino de los sueños. Y aquellos deseos de percibirlo con manos humanas y de habitar la misma realidad como iguales dejaron de ser mencionados. Y como si fuera una situación inversa y fuera él quien se encontraba en la mente de Nikolai, podía comprender sus razones sin siquiera preguntarle. Jamás lo haría, porque no toleraría escuchar la respuesta ser pronunciada por esa voz que tanto quería.
Y era que aquello no era lo mismo que el mundo de la vigilia.
Era verdad que nadie podría juzgarlos allí. No tenían que ocultarse ni vivir con el temor que una simple palabra, una mirada o el más insignificante de los gestos terminara por condenarlos. Pero aunque ese lugar se poblase de vida, no era más que un mundo muerto, de una soledad abrumadora y todo paisaje que presenciaban carecería siempre de lo que le daba vida. Era el lugar ideal para dos amantes que buscaban estar juntos sin prejuicios y a él no le importaba que fuera así, pero desde la perspectiva de Nikolai, que vivía confinado en su cráneo y nada podía hacer sin pedirlo, no era más que una imaginaria extensión de su prisión.
Solo en sueños podía tenerlo, mientras que el resto de las personas que ni siquiera reparaban en su presencia tenían el privilegio de habitar el mismo mundo sin jamás haberlo anhelado ni con una minúscula parte de lo que Nikolai, una criatura condenada a arrastrarse por su traición, lo anhelaba. Y a pesar de todo el dolor que poseía Nikolai debido a su naturaleza tan humana como inhumana, jamás le había expresado haberse arrepentido del acto que le ganó su castigo. En su lugar, le había expresado que lo volvería a hacer con un ímpetu que no lo hacía dudar de su veracidad y que la única condena real era haber adquirido de él una de las más terribles cualidades que lo habían diferenciado de la humanidad.
Un día, al despertar, sintió como si le hubieran atravesado la cabeza con una lanza y la mínima intención de incorporarse amenazaba con arrebatarle la conciencia y sumirlo en una oscuridad no solicitada. El extraño dolor era increíblemente familiar y la única vez que lo había sentido fue aquella vez en el bosque, cuando Nikolai sondeaba lo más profundo de su cerebro para comprender una forma de vida ante la cual jamás se había encontrado.
Pronunció el apodo afectuoso que le había dado a esa criatura sin nombre hasta que se convirtió en un sollozo y la palabra perdió todo sentido, como si ya no debiera ser usada.
La noche anterior había tenido un sueño que nada tenía de extraordinario, pero que en esa misma blancura existía un hecho enigmático.
Había soñado con su profesor.
No recordaba cómo se habían encontrado ni tampoco qué había ocurrido después, pero ese único fragmento en el que había aparecido estaba impregnado de una increíble lucidez, como si más que soñarlo, hubiera estado ante él.
“Espérame, Fedya”, fueron sus únicas palabras, y se aproximó a besarlo, pero arrepentido, no hizo más que dedicarle una de sus melancólicas sonrisas. Más que uno de sus sueños habituales, se debió haber tratado de un mensaje de Nikolai. Pero, ¿por qué había estado llorando en ese momento? ¿Acaso Nikolai había hecho algo con su memoria para que al despertar esa tristeza ya no existiera? Su único consuelo era ese mismo mensaje: que lo esperara.
Nadie que no pretende volver pide que lo esperen.
Por horas, permaneció acostado, esperando que una melodiosa voz le expresara su aburrimiento. Las siluetas negras de las sombras avanzaron en una abrumadora progresión hasta que la luz que se vertía en la habitación se tornó de un pálido azul crepuscular. Aquel día, nadie le dirigió la palabra. Ni al siguiente. Ni al siguiente. Ni al siguiente… El mundo había vuelto a estar más muerto que el de sus sueños.
Los días ya no tenían significado, hasta que un golpe resonó distante, irrumpiendo aquella prisión de silencio; era el inconfundible sonido de alguien que llamaba a la puerta de su hogar, un sonido poco común. Como si reafirmara su existencia, volvió a resonar en el aire frío una y otra vez. “Espérame”, le había dicho, ¿podría ser él quien tocaba la puerta? Se levantó débil a causa de su letargo, no recordaba la última vez que había probado un bocado, y fue hasta la puerta que alguien tocaba con insistencia.
—¿Quién es? —preguntó.
—Soy tu profesor —dijo una voz que no era la que tanto ansiaba volver a escuchar—. La escuela me ha enviado a averiguar por qué has dejado de ir a clases.
No le respondió. Dazai suspiró del otro lado de la puerta.
—Siempre haces mi trabajo más complicado. Caminemos juntos a la escuela, ¿qué te parece? —Al no recibir respuesta otra vez, continuó—: te esperaré unos minutos. Si regreso contigo, nadie se quejará de que llegue tarde.
Sus palabras le causaron una imperceptible risa, algo que últimamente no obtenía de otra forma que con sus recuerdos. Dazai siempre llegaba tarde, no era como si haber cumplido su deber de ir a comprobar su estado lo tornara en un hecho excepcional. Resolvió que asistir aunque sea ese día sería menos agobiante que desobedecerlo. Así, podría volver a evitarlo.
Dejó una nota sobre la mesa que tenía escrito “He ido a la escuela. Volveré por la tarde” en caso de que Nikolai regresara en su ausencia. Pero mientras lo escribía, sentía que la tinta de sus trazos era gastada en vano. Nikolai ya no estaba con él, pero persistía en sus pensamientos como un fantasma que solo habitaba en las memorias. Y ahora, eran iguales.
Abrió la puerta como si sus acciones ya no le pertenecieran y apenas miró a su profesor. Comenzó a caminar por aquel sendero como un muerto que había olvidado que había muerto.
—No faltes tanto o tendré que hablar con tus padres —fue lo único que dijo su profesor.
Ambos caminaron en silencio, como si no existiera nadie más en el paso del bosque.
Dazai saludó a la clase con una sonrisa que reservaba para todos menos para él, y dejó sus pertenencias en el escritorio que tantas veces había visto en sus sueños. Un cielo pálido que ocultaba el cosmos con un monótono gris se podía apreciar a través de los ventanales. Caminó hacia su asiento mientras ignoraba la invasiva mirada de sus compañeros. Aún tras su ausencia, no le dirigieron la palabra. Pero entre todas esas miradas, se encontraba una que no había visto hace tiempo. Unos ojos áureos lo miraban con una extraña fascinación. Se trataba de aquel estudiante que jamás acudía a clases debido a una enfermedad. Jamás había interactuado con él, así que dudaba de ser recordado.
Se sentó en el asiento vacío junto a ese estudiante que no hablaba con nadie. Al igual que él, parecían ignorarlo. Después de tanto tiempo ausente, el resto de la clase debió haberlo dejado de lado. Además, ¿de qué servía hablarle si probablemente se iba a volver a ausentar?
—Fedya —dijo aquel estudiante con una voz que le retorció el corazón—. Ya no tienes que esperarme.
