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Antes de que Komaeda se obsesionara por completo con la esperanza como un símbolo que requiere de la desesperación para equilibrarse, tenía otra visión de esa esperanza motivada por la gamer definitiva.
Antes, él podía ver el brillo discreto de Nanami, contagiando a todos a su alrededor sin darse cuenta ni pretenderlo, incluyendo al mismo Nagito. Era una sensación tan cálida.
¿Por qué odiaba tanto a Hajime Hinata y Junko Enoshima? Porque Hinata alejó a Nanami de él, de su grupo, de cualquier posibilidad de tener un final feliz.
Porque Enoshima supo que Nanami nació para ser esperanza con un simple vistazo y acabó con ella para volverla desesperación.
¿Por qué Nagito se convenció de que su propia vida no valía nada? Porque tras verla morir, la vida perdió todo sentido. Sobre todo, porque estaba convencido de que él tuvo la culpa.
Porque la ironía de su juicio en la simulación virtual replicó y aumentó este sentimiento de culpa: Nagito, en su afán de salvar el mundo y acabar directamente con la desesperación, falló y fue responsable de la muerte de Chiaki, tanto en el mundo real como en el ficticio.
Entonces, cuando Kamukura invadió su mundo ideal para despertarlo, ni Nanami ni Hinata estaban allí. Para Nagito, lo ideal era no haberse conocido nunca, porque ellos sólo le dieron problemas a la chica.
Nagito no tenía derecho a soñar con Chiaki. No merecía imaginar que pudieron ser amigos cercanos con base en los recuerdos de la academia donde ella lo trataba bien, o al menos no le era indiferente.
Pero claro, ella era así con todos. Ella sólo estaba siendo amable, por lo que el sentimiento de Nagito de ser especial estaba fuera de discusión. No lo era en absoluto.
Quizás podía sentir un poco de envidia hacia Hinata. Chiaki lo había elegido a él. Parecía que Hinata sí era especial, después de todo. Luego de convertirse en Kamukura, Nagito lo trató con un poco más de respeto.
De hecho, Komaeda siguió llamándolo Hinata y no Izuru porque era, de una manera nada amable ni bonita, el único recuerdo que aún quedaba de Nanami. Ella quería que se llevaran bien, ¿no?
Quizás Nagito podía hacer esto por ella. Salir adelante en medio del mundo ardiendo entre las llamas y el caos que él mismo sembró al fingir ser parte de los remanentes (¿o de verdad lo fue? Quién sabe).
Tal vez si entrecerraba los ojos, podría ver la sonrisa discreta de la chica al lado de Hinata, cuando el tipo se quedaba viendo al mar y movía la boca como si hablara con alguien.
De todas maneras, el dolor nunca se iba a ir completamente. Algo en su pecho ardía más que la lanza que lo atravesó en aquel juicio del Programa Nuevo Mundo.
Nanami era ausencia en la vida de Nagito. Algo que siempre estaba ahí, pero también algo que siempre faltaba. Cuando Komaeda se tocaba el pecho para comprobar qué era lo que causaba ese dolor, su piel estaba intacta. No había nada.
Actualmente, la mayor esperanza de Nagito se quedó de pie al borde de la playa, observando el barco de los ex remanentes partir mientras Kirigiri hacía acto de presencia. Ojalá Nanami también pudiera volver de entre los muertos, pero sus datos se borraron de todo sistema vivo.
Komaeda no diría que la extrañaba, eso sería retroceder. Sin embargo, entendía cada palabra no dicha entre Hinata y él en las horas de silencio que pasaban uno al lado del otro, recargados en la barandilla del barco viendo a la nada.
Seguramente, los demás chicos de la clase ya no tenían a Nanami en mente, pero así estaba mejor. Recordarla podría desestabilizar sus sentimientos.
Hinata y Komaeda eran los únicos que podrían soportarlo. Sus vidas siempre estuvieron rodeadas de miseria y nostalgia, después de todo. Sabrían cómo hacer frente a la insípida y aburrida normalidad.
Fue un pacto de silencio no dicho: Hinata sería recordado como el héroe trágico, mientras que Komaeda, como el villano redimido de la historia. Nanami seguía siendo la motivación oculta de los dos.
Ojalá Nagito hubiera tenido el honor y privilegio que sí tuvo Hajime: hablar por última vez con la gamer definitiva. En compensación, la imagen de esa primera esperanza rondaría sus memorias como una ausencia omnipresente, y su voz silenciosa clamaría "Chiaki" cada vez.
