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Cuando las olas rompen

Summary:

Swain mantiene un romance curioso con cierta sirenita que conoce por accidente.

Notes:

Tengo lo equivalente a cero de idea acerca de league of legends pero mi novio me convenció de escribir de estos dos y yo le hice caso porque quería escribir algo hace rato, espero disfruten, es mi primera vez escribiendo un fic de más de 3k palabras así que disculpen si no es tan bueno en cuestión a narración, sigo aprendiendo. :(

Work Text:

Yasuo asoma la cabeza, lo suficiente para que sus ojos oscuros encuentren la figura robusta de Swain. Intercambian miradas por un momento, hay un total silencio y por un segundo, el anhelo que se crea entre ambos se siente lo suficientemente palpable para cortarse con el filo de una navaja.

Swain es el primero en acercarse, mojando sus botas en la espuma salada que traza el final de las olas, le extiende un brazo a la criatura, quien no tarda en tomarlo, basta algo de fuerza para que pronto ambos se encuentren tirados en la arena.

El pirata esconde una mano en el cabello rizado del azabache. Está húmedo y de él cuelgan varios adornos, joyería y perlas que le dan al joven ese aspecto singular que terminaba por ser inquietante. Ningún humano podría verse así; orbes llorosos, la piel bronceada que brilla cual diamante con la luz de la luna, los labios que de solo verlos evocaban necesidad de ser besados, hambre, salvajismo.

A pesar de esta necesidad, Swain era incapaz de infligir el más mínimo daño al morocho, pues su personalidad terminaba por apaciguar el deseo agresivo que despertaba en su pecho.

Yasuo era la definición de inocencia, habiendo crecido en un hogar en lo profundo de los océanos sin contacto con el mundo terrestre hasta recién cumplidos los dieciséis. Siendo el menor de la familia estuvo siempre acompañado, la sobreprotección de su hermano mayor había logrado crear en él, un temor por aquellos que caminaban a dos pies. Está demás contar que su primer encuentro fue catastrófico.

[...]

Pasaba una tarde común y corriente, la tripulación se encontraba varada en búsqueda de alimento. Fue una de las tantas redes llamó la atención del capitán, quien se acercó a ayudar a sus compañeros cuando peleaban por subirla por la popa del barco.

‘¿Qué sucede? ¿Pescaron algo grande? Déjenme ver.’

En cuanto su presa tocó la madera, todos se quedaron en silencio. Enredado entre las cuerdas de algodón se encontraba el ser que, a sorpresa de todos cambiaría la vida del canoso. Era una sirena, y para colmo de Swain, una muy linda.

Como era de esperarse, las ideas comenzaron a esparcirse por la nave, y es que un acontecimiento así era el equivalente a encontrar un botín lleno de doblones de oro, más cuando la carne de sirena era tan codiciada entre la gente de poder; había miles de reyes, duques y doncellas que darían lo que fuera por probar tal exquisitez.

Sería que Yasuo parecía muy joven, las lágrimas infantiles que escurrían desde sus ojos hasta su pecho, o el simple hecho de que la idea de asesinar a una criatura tan etérea parecía un pecado, pero Swain no fue capaz de blandir su espada contra la piel perlada. Se vio tan atraído que no tardó en llevarlo a la bañera de su alcoba y pedir que la llenaran de agua salada, seguido de ordenar a todos continuar como si no hubiera pasado nada.

Pasaron alrededor de dos horas en las que Swain se dedicó a nada más que observar sin sigilo aquello que igualaba una epifanía para el pirata. Le costaba mantener las manos en su regazo, pues rogaban por explorar más y más de la figura humanoide. Quería descubrir, quería conocer. Quería saber más y más, no de la raza, sino del joven. No le importaban las sirenas, y aún así, se veía tentado a acariciar las escamas azuladas en la parte inferior del cuerpo ajeno. Deseaba aprender su textura, apreciar su temperatura; se preguntaba si eran suaves, o parecidas a tocar navajas. A Swain no le molestaba derramar gotas de sangre con tal de pasar las yemas de sus dedos por anatomía desconocida.

‘Soy Swain ¿Cuál es tu nombre?’

El silencio seguía reinando en la habitación incluso tras sus palabras, por lo que no tuvo más remedio que acercarse en búsqueda de una reacción.

‘¿Te sientes como pescado fuera del mar? Tranquilo, no va a pasar nada ¿Entiendes mi idioma?”

El mayor soltó una corta risita ante su chiste, que se ganó una mirada confundida por parte de los grandes ojos avellana acompañado de una cabeza ladeada cual cachorro. Las cosas no parecían tornarse sencillas para ninguno, y con el rumbo que llevaban, el marinero se preguntaba si estaba perdiendo el tiempo en nada más que un capricho.

Hastiado, el tripulante pasó sus callosos dedos por el frente de su cabello, llevándolo fuera de su rostro. El movimiento terminó por revelar la pieza de joyería dorada que colgaba de una de sus orejas, misma que llamó la atención de la criatura con rapidez.
Swain no tardó en darse cuenta y decidió que lo mejor era usar esa fijación por los accesorios a su favor.

‘¿Te gusta la arracada? Creo que no, no podré saberlo a menos que lo digas, no entiendo mudos.’

‘Me gusta, sí…’

Si Yasuo tenía una apariencia suave, su voz solo confirmó la idea de que era un ángel en tierra. La tonada que llevaba era tan dulce como las frutas de verano, fresca y juvenil denotando los últimos años de adolescencia, cada palabra acompañada de la cantidad de aire perfecta para darle respiración al pecho mismo.

Yasuo era una bocanada de aire fresco entre las presiones de un pirata que no puede darse el lujo de la dulzura, un pirata cuyas manos gotean sangre por los dedos, la suficiente como para necesitar mantener a todos más allá de la longitud de brazos.

Para Swain, la existencia de Yasuo era nada más y nada menos que una serendipia, aquel hallazgo inesperado que le logró revolotear el estómago y hundir el corazón en una calidez que no recordaba haber sentido nunca.

Desde ese entonces, ambos se volvieron inseparables, incluso cuando Yasuo regresó a su hogar al día siguiente, ninguno fue lo suficientemente tonto como para dejarlo en algo de una vez.

Pronto, aquel rincón entre rocas y arena, donde las olas rompían sin cesar y la brisa se estrellaba en los rostros de ambos pacíficamente se volvió su lugar seguro, su dulce secreto.

[...]

Habían pasado alrededor de dos días de la última vez que la pareja se reunió, dejando a un Swain preocupado por el bienestar de su amado. Como de costumbre, llegada la noche se sentaba en una de las rocas. Odre en mano, dirigiéndose a sus labios con constancia.

Aguardiente quemaba su garganta y la brisa del mar esponjaba su cabello, aún así, la sola idea de moverse del lugar ardía en su pecho peor que cualquier alcohol que haya probado nunca. Yasuo tenía que aparecer.

Fue hasta que la luna cayó que la esbelta figura de la nereida se hizo presente entre las densas aguas. El plan era la misma rutina de siempre; Yasuo asomaba la cabeza, Swain lo ayudaba a salir, se besaban entre la arena y llegada la hora se despedían. Esta vez había algo diferente, pero Swain no lograba diferenciar qué.

El mayor se levantó de la roca que usaba como asiento, extendió su mano, pero al contrario de toda esperanza, el morocho la rechazó.

‘Mi hermano se enteró, dice que los de tu clase son peligrosos ¿Es verdad? ¿Tu raza se alimenta de la mía?’

Pronto el único ruido en el ambiente eran las olas rompiendo contra la orilla una y otra vez. El pirata agachó la cabeza, avergonzado. Había tantas cosas que no salieron de sus labios entre las largas charlas que tuvo con la sirena, no se suponía que se enterara, al menos no así.

‘Es verdad entonces, tienes las manos manchadas de sangre, Swain.’

‘Nunca te haría daño, no a ti, tienes que entender que eres lo más sagrado en mi vida.’

‘¿Y a quién dañarías? ¿A mi familia? ¿A mis amigos?... Así que era eso a lo que tus compañeros se referían la vez que nos conocimos, carne fresca ¿No?’

‘Si quisiera venderte lo hubiera hecho hace tiempo, pero eras demasiado lindo, tan delicado que la idea de lastimarte era como recibir la puñalada de una espada cuyo filo se forma por obsidiana ¿Por qué estás tan molesto?’

‘Los de tu clase son monstruos… ¿Cómo pueden hacerle eso a los míos?’

‘Los únicos monstruos son los que llevan cola en vez de piernas.’

La voz del capitán estaba llena de veneno, y es que ante tales acusaciones la necesidad de defenderse era más grande que cualquier otra cosa. El orgullo humano no tenía comparación, menos el miedo a ser lastimado tras mostrar la verdadera vulnerabilidad del espíritu. Claro que no tardó en darse cuenta de su error, pero era tarde; Yasuo había regresado a las profundidades sin siquiera despedirse.

De pronto el viento se sentía más frío y el agua salada congelaba las extremidades del hombre apenas le rozaban la piel.

Swain sabía que la ida de Yasuo significaba la pérdida de la única fuente de calor que llegó a tener y fue esa misma realización la que terminó por jalarlo cada vez más dentro de la marejada. Su garganta se desgarraba, ahogada en el nombre de su amante, mas sus llamados fueron tragados por las olas. Yasuo no regresó esa noche, y tampoco lo hizo la siguiente.

Cinco días pasaron y Swain no tenía señales de la criatura. Muy dentro de sí rogaba que simplemente no quisiera verlo de nuevo, pero un nudo en su estómago le hacía sentir que ese no era el caso. Por las noches le rezaba a los siete mares para que protegieran a su morochito, el joven con las estrellas en las pupilas, el amor de su vida, pedía una señal del cielo que le dijera que estaba bien, pero nunca llegaba.

Noche tras noche, recargado en las grandes piedras donde se juraron amor eterno, esperaba ver los cabellos rizados del muchacho flotar alrededor de su cabeza, brillando ante la luz de la luna. Llevaba consigo vino, vodka, cualquier agente embriagante en el que pudiera poner las manos, sin embargo, el aumento de su temperatura corporal no podía sustituir los brazos escamados de la nereida.

Entre el estruendo de la marea unos pasos se hicieron presentes, fuertes y marcados, como si tras cada pisada llevara el anuncio de la muerte, el aroma del peligro, la corriente de adrenalina corriendo por las venas.

‘¿Qué tenemos aquí? Nada más y nada menos que el mismísimo Jericho Swain… hecho un desastre he de decir.’

La voz femenina, suave y melosa de cierta pelirroja que estribaba los mares sin pudor resonó con un eco fuerte. Ambos se conocían bien, y cómo no conocerse si ya iban varias veces que apenas mirar la nave ajena armaban los cañones y disparaban sin cuidado. Era claro que la rivalidad entre ellos iba a algo de hace años, y a pesar de ser tan amarga, no parecía aparecer en ese momento. Ante ojos ajenos podría ser nada más que dos colegas molestándose.

Las botas de tacón se acercaron un poco más, encajándose en la arena con cada movimiento, el cuero se tornaba de un tono marrón cada que se enterraban, pero a la capitana no parecía importarle. Pronto estaba sentada a lado del pelinegro, robando un trago de su botella.

‘¿Qué quieres, Sarah? No tengo nada para darte, ni siquiera estoy en tu territorio ¿Realmente disfrutas tanto de molestar?’
La fémina chistó, recargando todo su peso contra el mayor, quien tampoco encontró en sí mismo las ganas de alejarla.

‘Solo quería hacerle compañía a un viejo amigo ¿Acaso está mal? Si se nota que la estás pasando suuuuper mal ¿Qué es? Déjame adivinar… Un corazón roto ¿No? Basta solo una mujer para darse cuenta, aunque dudo que entre los gorilas de tu tripulación alguien lo haya notado.’

De a poco, entre el mareo de las copas y la brisa del mar, Swain terminó por escabullirse en los brazos maternales de la mujer, que si bien no eran aquellos mojados por el mar que tanto amaba, eran lo suficientemente cálidos para distraerlo una sola noche.

La luna brilló alta en el crepúsculo, y con las olas rebotando una tras otra con la madera de olmo que conformaba el barco de la menor, tanto Swain como la capitana Fortune se fundieron en la piel del otro, siendo las paredes curvadas del camarote el único testigo de su pecado.

Una vez la luz del día se asomó en el camarote, Swain se dispuso a levantarse para poder regresar a su nave y atender sus labores, solo para darse cuenta que, al contrario de haber despertado entre los cojines de plumas que envolvían su cabeza, estaba encerrado en una habitación desconocida; atado de pies a cabeza.

‘¿Qué clase de juego previo es esto? Fortune, desátame, me tengo que ir. Lo de anoche fue eso, de anoche nada más.’

‘¿Juego previo? No es nada de eso, capitán. Simplemente quiero tener una charla contigo, una muy seria.’

‘No busco una relación contigo si es lo que vas a preguntar.’

A pesar de que la manera de expresarse del pirata era egocéntrica y burlona, muy dentro de sí estaba nervioso ¿Cómo había podido dejarse de tal manera en las manos del enemigo? Se entregó cual platillo en traste de oro, por poco y le daba el cañón de la pistola o la empuñadura del cuchillo para que le diera en el pecho.

‘Bueno, hablando de, no me hice ilusiones porque soy consciente de tu relación amorosa con cierta sirenita ¿Te canta para dormir? ¿O por qué te tiene tan amarrado? Debo de decir, que sí, físicamente era igual a una muñequita, como las de los cuentos infantiles.’

‘¿Cómo–’

Una risa llenó la habitación, la pelirroja se encontraba básicamente carcajeándose como si le hubieran contado el chiste más divertido del mundo.

‘¿Que cómo sé? Bueno, tampoco es que una sirena acurrucada con un pirata entre las piedras sea algo que pase desapercibido ¿Sabes? No podía quedarme de manos cruzadas mientras tú disfrutabas el tesoro que es una nereida.’

Si Swain no estaba lo suficientemente asustado en un inicio, el ver cómo la capitana jugueteaba con un accesorio mientras hablaba causó en su estómago una cantidad de bilis impresionante. No había dado bocado alguno, sin embargo sentía que por su garganta subía cualquier resto de alcohol o comida que hubiera en su cuerpo.

En las finas manos de la mujer descansaba la característica diadema de perlas que llevaba Yasuo en el pelo cada que se veían, aquel que hizo a un lado tantas veces para poder acariciar la zona con libertad, que en veces le caía al rostro si hacía un movimiento brusco al juguetear o salir del agua.

Sería este mismo sentimiento lo que terminó por causar la más amarga de las risas en la pelirroja, quien parecía sentirse más llena cada que miraba en el otro un pánico genuino descansando en sus pupilas.

Swain tenía la misma expresión que un ciervo atrapado en carretera, perdido e impactado por las grandes luces del coche frente a él.

‘¿Te comió la lengua el gato? ¿Por qué no dices nada? Andaaa, si estabas tan hablador hace poco ¿O es que tienes miedo? Pobrecito, tan asustado por el bienestar de su amor.’

La voz de Sarah era cínica, con el mismo toque dulzón de la noche anterior que en vez de caer como miel en oídos ajenos era equivalente a una dosis de ácido que carcome la piel sin lugar a nada más que dolor.

Por un momento la mujer escapó de la vista de Jericho, solo para regresar minutos después con uno de los típicos carritos que usan los meseros para llevar comida a la cama. En ella se posaban dos cubreplatos relucientes, bañado en un oro de los más caros.

‘¿Por qué no lo hablamos con algo de comer? Digo, no me gustaría tocar tal tema con el estómago vacío… ‘

Las uñas largas se posaron en la tapa del platillo, levantándolo tortuosamente lento para el corazón del mayor.

En la pálida vajilla de cerámica, un filete de carne cocinado a punto acompañado de verduras destacaba por su color apiñonado por el fuego junto el brillo del aceite en el que se había bañado para su buena cocción. En otro momento, la comida le habría hecho rugir el estómago pues el aroma que desprendía era lo más cercano a la divinidad, sin embargo, este se había enredado en sí mismo al punto que la sola idea de tenerlo en frente le daba náuseas. Rogaba a Dios porque esa carne no proviniera de su fuente de cariño, que su cuerpo descansara en una cama de alga junto a la fauna marina y no en aquel plato en medio de ambos.

‘Provecho, es un placer compartir contigo este festín, es increíble que logremos comer esta carne antes que tanta gente de la realeza. Aunque bueno, en cuanto nos reunamos con ellos y tenga en la mano mis buenos doblones de oro no seremos los únicos en haberla comido… Anda, prueba.’

La habitación se quedó en total silencio, con la joven clavando sus cubiertos en la suave pulpa de su plato.

‘Ah, estás amarrado, no puedes comer. Te daré el honor de ser el primero en probar, digo, ya que lo amabas tanto es más que justo.’

Enterró el tenedor en el filete y por un momento el rechinido del metal contra la cerámica fue el único eco en la habitación. Fortune llevó el tridente cerca de los labios secos, ahora rotos del mayor, esperando que diera el primer bocado. Al notar que no había respuesta por su parte, simplemente forzó sus labios a abrirse tapando su nariz con dos dedos y así, ante la primera bocanada de aire, se llevó también un bocado de su amado.

La carne le supo amarga, apenas tenerla sobre la lengua comenzó a llorar en descontrol. Se estaba comiendo al amor de su vida, a su único consuelo, pero tampoco hacía nada por detenerlo, no podía hacer nada en su posición. No tenía fuerza para pelear o mover su rostro y la única muestra de respeto al cuerpo masacrado de Yasuo se hizo presente cuando su cuerpo simplemente rechazó el alimento que regresó su camino hasta sus labios en forma de un vómito ácido, amarillento, poco grumoso, vómito que se vio mezclado con sus lágrimas y la mucosa nasal que corría por su rostro.

En su mente imploraba por un perdón divino, rezaba a Dios, a los mares, pedía perdón a la reina del mar y a la familia de Yasuo. Era su culpa que las cosas hubieran sucedido así, fue él quien se encaprichó con el muchacho y ahora ni siquiera tenía una tumba para velar, su familia no sabría nada más de él. Yasuo no fue solo su pareja, fue un hijo, un hermano, y él por su egoísmo le había arrebatado todo eso a la corta edad de dieciséis. Su cabeza maquinaba a mil por hora, pensaba en hacerle un funeral, en suicidarse apenas saliera de ahí, pensaba en matar a Fortune y toda su tripulación, pero nada de eso traería a Yasuo de vuelta.

No volvería a sentir su piel helada y escamada, ni enredaría sus dedos por los rulos morochos de su cabello, no podría coleccionar las caracolas que le regalaba ni explicarle qué era todo objeto que la criatura encontraba en el fondo de las aguas. Yasuo estaba completamente perdido, de él no quedaba ni la espuma del mar, ni la brisa salada que compartían.

Las olas seguirían rompiendo, solo que esta vez Yasuo ya no estaría ahí, sentado en la orilla buscando por él.