Chapter Text
No era muy tarde. Debían ser las 20:30 cuando Draco salió de Mulpepper, una de las pocas tiendas de pociones que continuaban abiertas en el Callejón Diagón tras la Segunda Guerra. Sin duda, aunque Malfoy hubiera llegado a la conclusión de que odiaba pensarlo, el hecho era innegable: el mundo mágico se había convertido en el mundo del terror. La gente apenas salía a la calle, ni siquiera sus padres se atrevían a salir recién entrada la noche. Todo... se había vuelto gris. Horriblemente tétrico. Y aunque odiara admitirlo, ahí estaba, ese pensamiento intrusivo que cada vez que se colaba en su mente le desgastaba un poco más el ánimo: Harry Potter. Echaba de menos al estúpido Harry Potter. Como si hubieran sido amigos para tener excusa, como si se hubieran llevado bien alguna vez. Como si alguna vez se hubieran mirado con algo más que odio. ¿Qué sentido tenía entonces seguir pensando en un muerto? Ninguno. Por supuesto que ninguno. Nunca le faltarían razones para olvidarlo y, aún así, la repentina añoranza por el chico de la cicatriz iba y venía.
Había pasado casi un año desde la victoria del Señor Oscuro y no era extraño que Severus le mandara siempre a la misma y maldita tienda, a la misma hora, a recoger pociones y más trastos que, según el hombre, "eran extremadamente necesarias y de gran valor para el Señor Oscuro".
El Señor Oscuro. El que no debe ser nombrado. Aquel título comenzaba a parecerle absurdo. Poco después de la guerra dejó de mostrarse en público, alojándose en la mansión de los Malfoy, luego en la de los Gaunt, y de ahí hacía meses que absolutamente nadie lo había vuelto a ver. A excepción de Severus y de su tía Bella, por supuesto. A veces, su mente le gritaba que la desesperación que aquella mujer sentía por el Señor Oscuro, si es que así podía llamársele, era... terrorífica. Lo último que el chico quería imaginarse es lo que pasaría cuando las apariciones en público volvieran, y su tía volviera a parecer una serpiente que se arrastra tras su amo.
Desde que recibió la marca, las cosas habían comenzado a ir de mal en peor y poco era lo que conseguía animarlo. Aún seguía en Hogwarts, algunas veces coincidia con Granger y Weasley, cosa que lamentaba profundamente, porque eran de las únicas personas que no lo miraban con enfado o miedo tras la guerra, sino con aquella mueca extraña; entre desconcierto y pena. Malfoy no sabía qué prefería. Pero tampoco había mucho que hacer, ¿no? Él no había escogido el bando de los mortífagos, nunca lo había hecho, pero nació ahí y salir nunca había sido una opción. Al fin y al cabo, si lo pensaba bien, incluso Granger y Weasley, quisieran o no, estaban dentro del mundo del Señor Oscuro. No lo admiraban ni lo respetaban, pero estaban ahí, sin otra opción más que obedecer. Al igual que a él le había tocado desde pequeño.
Desde hacía unos meses, tras ver que los encargos de pociones irían a ser contantes, Malfoy decidió que la tienda de libros muggle que habían puesto, no muy lejos del bar de Tom, era un buen sitio en el que refugiarse. El mundo muggle podía ser... extraño y ordinario. Pero no era tan malo. Las historias que contaban, los libros de ciencia ficción, eran maravillosos. Absolutamente maravillosos. Tanto, que incluso llegó a lamentar que aún nadie hubiera creado una espada láser en el mundo mágico, o que realmente no existiera "la Fuerza"; aunque para que ambas cosas cayeran en manos de Voldemort, tal vez el mundo estaría mejor sin nada de eso.
Malfoy cruzó el famoso bar de Tom, raramente abierto desde los últimos acontecimientos. Tom, el posadero, sabía quién era él; Malfoy tenía constancia de que era imposible que el propietario del bar no lo reconociera. Y aún así, ni siquiera se tomaba un segundo para saludarlo con la mirada.
A veces, la pregunta le fustigaba la mente una y otra vez: ¿habría alguien que realmente no lo odiara?
Miró a un grupo de mortífagos, sentados en una mesa y riendo sonoramente. Comparados con los muggle, definitivamente daban pavor: vestidos completamente de negro, con una túnica gruesa y botas altas. Parecían salidos de una película de terror muggle. Malfoy ni siquiera los miró, simplemente siguió su camino hacia el exterior del bar, queriendo llegar lo antes posible a la librería. Hacía tiempo que no iba, con los exámenes a la vuelta de la esquina y mortífagos en cada pasillo asegurándose de que nadie dijera o hiciera nada indebido, se había vuelto complicado. Tal vez Draco tendría que acabar agradeciendo a Snape que le permitiera salir del castillo, aunque sólo fuera para poder ir hasta la librería.
De una forma u otra, Hogwarts ya no era un hogar, sino una parodia desdibujada y macabra de lo que había sido antes de la llegada del Señor Oscuro. Realmente, si lo pensaba lo suficiente... ¿cuándo había sido la última vez que había escuchado reír a alguien por los pasillos? ¿Nunca más volvería a hacerlo? Sólo que la respuesta nunca llegaba y, hasta que eso ocurriera, siempre preferiría pasar más tiempo fuera que dentro de aquel lugar.
Ya se estaba acercando, solo tenía que girar la calle, y justo en la esquina vería el cartel que anunciaba los libros repletos de nuevas historias.
Se acercó rápidamente al cruce, sin llegar a pisar las líneas blancas del suelo, cuando la realidad le cayó encima como un jarro de agua helada. ¡¿Qué le habían hecho a su preciosa librería?! ¿Tanto tiempo había pasado desde la última vez? ¡¿Tanto cómo para que ahora fuera un maldito restaurante?! Decidió cruzar, quedando frente a la puerta de vidrio. La gente salía y entraba continuamente, así que decidió ponerse a un lado de la acera.
¿Se acordaba siquiera del nombre de la librería? Tendría que buscar dónde se había trasladado o si por lo menos había otra cerca. Aunque a las 21:16 de la noche no muchas librerías estarían abiertas. Decidió que lo mejor era irse, acabar el encargo cuanto antes y estudiar un rato. Ojalá llegara el día en que Malfoy pudiera exigir que otra persona hiciera de chico de los recados.
Estaba a punto de girarse, cruzar la calle y perderse entre la gente cuando, inconscientemente, su mirada se posó en la transparente cristalera, viendo el interior. Se merecía dar un vistazo a la cafetería que le había arrebatado su preciado rincón de lectura.
Dentro, las mesas eran redondas, pequeñas y elegantes. Decoradas con manteles blancos y una pequeña vela. En ese momento, Draco solo podia desear que el lugar se incendiara. Había mucha gente y pocos camareros. Bueno, más bien camareras, dos chicas morenas. Oh, y también había un chico.
Un chico.
Un chico.
Malfoy pestañeó, acercando más la cara al vidrio. El chico estaba de espaldas, en el mostrador, poniendo tres tazas blancas en la bandeja redonda que sujetaba con la mano izquierda. Como un idiota, Draco se quedó ahí parado, en medio de la calle, sin saber que esperar. No. Sí que lo sabía. ¿Era por el pelo? ¿Por el cuerpo? ¿O sólo era por su mente destrozada después de la guerra lo que le hacía pensar que Harry Potter estaba ahí dentro, trabajando en una cafetería muggle?
En algún momento, se obligó a poner orden en su cabeza.
Ni siquiera él, tan joven y con toda la vida por delante, ni siquiera tras una guerra, iba a dejar que su mente le engañara de esa forma tan cruel y desesperada. Como si necesitara a Harry Potter después de todo, o como si Potter estuviera vivo después de...
El camarero se dio la vuelta, caminando hacia una de las mesas próximas a la cristalera.
El paquete de pociones que Draco sujetaba cayó estrepitosamente al suelo y Draco ni siquiera sintió temor a lo que el Señor Oscuro podría hacerle de haberse roto algún frasco. Eso no era importante. Desde luego que no. No cuando... cuando... cuando... cuando estaba ahí. Cuándo él estaba... ¡estaba ahí!
Era él. Era él. Era él.
Harry Potter estaba vivo. Enfrente de él. Con una bandeja en la mano. Trabajando en una cafetería muggle. Trabajando en una absurda cafetería muggle mientras los demás vivían bajo el yugo de un psicópata. ¿¡Eso era lo primero que había hecho después de que la gente pensara que estaba muerto?! ¿¡Huir?! ¿¡Huir a servir tazas de café?!
Malfoy no se lo esperó. El camarero levantó la cabeza, dejando de mirar a la amable pareja sentada en la mesa que le estaba hablando, y lo miró. Lo miró a través del cristal. Con su habitual nido de pelo negro y la cicatriz en forma de rayo. ¡Y el idiota fingió no conocerlo!
La mezcla de rabia e impotencia nubló al rubio, quién ni siquiera se acordó de a lo que había venido realmente. Decidido, avanzó unos pasos, quedando frente al pequeño escalón de mármol y subiéndolo al instante. Ni siquiera miró a la amable camarera que le preguntaba si venía solo o acompañado.
Seguía mirando a Harry. Porque era Harry, era Harry Potter, y se sintió satisfecho con ,al menos, ver el miedo en sus ojos. ¿De verdad se pensaba que podía largarse y dejar que todo el mundo se jodiera para después hacer como si nada? ¿Trabajando en una absurda cafetería? ¿Es que aquello era una broma de mal gusto o qué?
El pelinegro no dejó de mirarlo, y fue cuando Malfoy se estaba acercando a la mesa, que Potter habló:
— Disculpe. ¿Necesita algo?
Malfoy paró de golpe. Quedando a escasos centímetros del estúpido que tenía enfrente. ¿Lo había escuchado bien? ¿Que si necesitaba algo?
— ¡Pues tú que crees, idiota! — la cafetería quedó muda casi al instante. Miradas curiosas e inquietas, incluso algunas de puro asombro o creciente miedo, quedaron clavadas en la cabellera plateada. Poco le importó a Malfoy. — ¿Esto es lo que has hecho durante todo este tiempo? ¡Trabajar en una maldita tienda muggle! — se acercó a Harry, quién apenas tuvo tiempo de retroceder. Cogió la taza que aún descansaba sobre la bandeja y vertió el contenido verde en el suelo, dejando la taza vacía sobre la mesa. — ¿Vender té? ¿¡Vender té?! ¿Sabes lo mal que están las cosas desde que te has ido? ¡Todo el mundo piensa que estás muerto! ¡Que eres... eras... o eres, ya no lo sé, que eres un héroe! Y mírate, ¡haciéndote el muggle!
La rabia estaba ahí, fluyendo por sus venas y estrechándole la garganta en un nudo traicionero. Por un momento, Draco pensó en la posibilidad de que , a lo mejor, la persona frente a él podía no ser Potter. ¿Por qué lo miraba así, aterrado, cómo si no lo hubiera visto nunca? Pero , de nuevo, miró la imagen completa: el chico de gafas, de pelo oscuro y con cicatriz en forma de rayo. Con los ojos azules y la misma cara. Joder. ¡Que era él!
Harry no contestó. Nadie dijo nada. Los murmullos volvieron a hacerse audibles, la mayoría preguntándose si es que el camarero era un rompe corazones o si el rubio era un loco sin remedio. Una camarera fue la primera en acercarse:
— ¿Estás bien, Harry?
Era una chica de pelo castaño, con el pelo recogido en una elegante coleta. Potter asintió, restándole importancia enseguida. Luego, miró a Draco a los ojos. Ahí. Justo ahí fue cuando Draco quiso retroceder. Potter... lo miraba cómo si realmente no supiera quién era. No fingía. Él... simplemente... ¿se había olvidado?
— Disculpe — le advirtió Potter —, pero sino abandona el establecimiento voy a tener que llamar a la policía. Ahora, si es tan amable.
El muy descarado señaló la salida, invitando a Draco a que se largara de ahí. Y Malfoy, él... ¿tenía opción? Giró el cuello, avergonzado, observando como todos y cada uno de los clientes del sitio lo miraban como si fuera un idiota, un mono de feria. Y luego estaba Potter, que realmente parecía haberse olvidado de él. Así que Draco carraspeó, retrocedió, y sin levantar la mirada del suelo o cambiar la cara de susto, cruzó el estrecho pasillo libre de mesas hasta llegar al pequeño escalón de mármol.
— Lo siento.
Fue lo único que murmuró antes de salir de allí, recoger el paquete que aún estaba tirado en la acera y volver por dónde había venido.
