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María Antonieta llevaba ya un tiempo trabajando con Roberto; no era mucho, quizás un par de meses, cuando comenzaron con Los super genios de la mesa cuadrada , pero no fue hasta ese jueves por la tarde, cuando vió llegar por primera vez a Graciela al set, que algo en ella se quebró.
Graciela llegó con una blusa de manga larga y cuello alto en color tinto, con pantalón de vestir y botines, un peinado perfecto y una sonrisa tímida que parecía no querer molestar a nadie. María Antonieta estaba sentada en una esquina del set, repasando una línea de su libreto, cuando Roberto la llamó.
—Toni, ven. Quiero presentarte a mi esposa, Graciela.
Ella levantó la vista... y la vió. Fue como si el ruido del set se apagara de golpe. Como si el mundo se hubiera puesto en pausa para dejarla ver con claridad a la impresionante mujer frente a ella.
—Un gusto —dijo Graciela, extendiendo la mano con esa calidez que la menor nunca olvidaría.
—El gusto es mío —alcanzó a responder, torpe, desorientada, sintiendo el estómago pesado ante la sonrisa que Graciela le regaló.
Roberto dijo algo; María Antonieta no recordaba bien qué era –porque, de hecho, ni siquiera estaba prestando atención. En ese momento, se sentía como si estuviera aturdida–, pero fuera lo que había dicho, había hecho reír a Graciela, y eso fue suficiente para hacer que la menor sintiera un calor desde el pecho hasta las orejas, y sobretodo, fue suficiente para hacer que no pudiera sacarse a Graciela de la cabeza en todo el ensayo. O en todo el día, mejor dicho.
Desde entonces, María Antonieta buscaba excusas para que Roberto la llevara con él y así poder coincidir con ella. Almuerzos en grupo, reuniones sociales, incluso llamadas breves, cuando Graciela tomó más confianza con ella.
Nada fuera de lo normal, nada que delatara lo que sentía. Era su amiga. Su confidente a veces. Y eso le bastaba. Para ella, era suficiente.
Porque lo otro, lo que ardía dentro de su pecho, estaba prohibido. No estaba bien, no era correcto. No podía sentirse así o pensar de esa manera.
Muchas veces se decía que solamente estaba confundiendo las cosas. Que lo que sentía era admiración, amistad y cariño, y que lo que pensaba era algo que se le iba a pasar eventualmente.
Aunque esa era una pobre excusa que no bastaba, porque simplemente no era suficiente. Porque era una mentira que ni ella misma se creía.
Porque cada vez que Graciela le contaba lo sola que se sentía, cada vez que se reía con ella por cosas que los demás no notaban, María Antonieta sentía que estaba colgando de un hilo delgado entre la amistad y algo más. Un hilo que la mantenía viva, pero que también la destruía y quemaba a la vez.
Y ella estaba bien así; siendo actriz, le era fácil disimular lo que sentía, y las cosas estaban bien. Hasta que vino el engaño.
Hasta que vino el engaño.
Y entonces, fue como si hubiera sido puesta a prueba. La manera en la que defendía a Graciela frente a Roberto no era solo moral: era personal.
Cuando sus sospechas salían en conversaciones –o mejor dicho, discusiones con Bolaños–, María Antonieta le repetía: "¿Cómo puedes hacerle esto a ella? ¡A ella!"
¿Cómo podía hacerle eso, mientras que ella podría morir por Graciela si ella se lo pedía?
[....]
1978.
La brisa de Acapulco soplaba con una tristeza húmeda esa noche. Las olas rompían suaves en la arena, como si supieran que alguien estaba herido y quisieran calmar su sufrimiento.
Graciela estaba de pie frente al mar, con los pies fijos en la arena fría, fumando y abrazándose a sí misma, no por protegerse del viento, sino para ocultar su temblor.
Toni la vio desde lejos, de pie, como una estatua. Llevaba así desde que terminaron de grabar la última escena de la vecindad en la playa, incluso ella ya no estaba caracterizada como La Chilindrina; habían pasado horas, y sin embargo, Graciela seguía ahí, inmóvil. Muerta en vida.
Dudó antes de acercarse. Sabía que no era su lugar, que no le correspondía. Sabía que no debía.
Pero también sabía que Graciela estaba rota, y ella misma había sido testigo de cada grieta.
—¿Puedo...? —preguntó, deteniéndose a un par de metros de ella.
Gracie no respondió con palabras, solo giró ligeramente la cabeza, lo suficiente para que María Antonieta viera sus ojos enrojecidos por el llanto. Luego volvió a mirar al mar.
La menor dio un paso, luego otro, hasta quedar detrás de ella. En silencio, dejó que la arena mojada la recibiera. Pasó un rato, quizás un minuto, cuando finalmente se atrevió a acercarse más y abrazándola, recargando su cabeza en su hombro y acariciándolo, sin decir nada todavía.
—Lo sabía —dijo Graciela, aunque María Antonieta no sabía si se lo decía directamente a ella oa la nada—. Estaba cada vez más distante, creo... creo que ya ni siquiera lo reconocía. Lo sentí en cada viaje. En cada llamada que no contestaba. En cada mentira que me decía.
—Te lo advertí —susurró. No con reproche, sino con dolor. Le dolía más a ella que a nadie.
Graciela afirmó despacio.
—¿Desde cuándo? —preguntó, como si temiera oír la respuesta de algo que ahora tenía más que claro.
—Desde hace meses. Quizá más. Yo...ví cómo la miraba. Ví cómo ella se le acercaba.
Un silencio tenso las envolvió. María Antonieta miró al horizonte, como si pudiera encontrar allí las palabras que necesitaba para continuar.
O quizás, la fuerza para decir lo que tanto le ha pesado en el pecho desde hace años.
—Lo detestaba, ¿sabes? —dijo—. Lo detestaba porque él no veía lo que tenía... Porque yo sí lo veía. Desde el primer día que te conocí.
Graciela se giró lentamente hacia ella, confundida, con el ceño fruncido.
—¿Qué?
La menor tragó saliva. Dió un paso más cerca. Las luces de las fogatas y las lámparas del hotel iluminando el ambiente.un paso más cerca. Las luces de las fogatas y las lámparas del hotel iluminando el ambiente.
—Estoy diciendo que me enamoré de ti, Graciela. Desde el primer momento en el que Roberto me presentó contigo en el estudio. Desde esa sonrisa amable que me diste la primera vez. Desde esa forma tuya de mirar a todos como si merecieran respeto, incluso cuando no lo merecían.
Graciela frunció los labios, como si fuera a llorar de nuevo, pero no lo hizo. En cambio, dejó caer la mirada.
—Pensé que me iba a morir esta noche —dijo—. Y... ¿Y tú me dices esto? ¿Ahora?
—No es para aprovecharme —se apresuró Toni, haciendo un gesto con las manos—. Solo... no podía callarlo más. He vivido con esto demasiado tiempo, pretendiendo que eras solo mi amiga... Pero lo que sentía, lo que siento, me quemaba. Y cada vez que él te lastimaba, yo sentía que debía defenderte, que debía protegerte... Y fallé. Como él.
Graciela levantó la vista. Sus ojos no estaban llenos de lágrimas ahora, sino de una mezcla rara de emociones: tristeza, sorpresa... ¿felicidad?
Y quizás... necesidad.
Una necesidad vieja. Antigua. Olvidada.
—¿Y qué quieres ahora, Toni?
María Antonieta apretó los labios, pero no bajó la mirada.
—Quiero ser lo que tú quieras que sea. Lo que tú mereces. Pero si esta noche solo necesitas un abrazo, también puedo ser eso.
Graciela se quedó quieta un segundo más. Luego, en silencio, dio un paso y apoyó su cabeza en el hombro de la pelinegra. Sus brazos se enroscaron alrededor de su cintura, y la menor, sin hablar, la sostuvo con todo el cuerpo, como si pudiera evitar que se derrumbara.
El mar seguía rugiendo bajo sus pies. La noche las cubría como un velo. Y así, en ese abrazo, algo finalmente se rompió.
—Llévame contigo —susurró Graciela.
—¿A dónde?
—No lo sé. Pero no quiero volver a mi habitación sola... No quiero estar ahí, no hoy.
Toni ascendió, tomó la mano de Graciela y caminaron juntas hacia el hotel, en completo silencio, con las olas aún rompiendo detrás de ellas.
[....]
La habitación de María Antonieta era pequeña, en comparación con la suite en la que Graciela se estaba hospedando junto con Roberto y sus hijos, pero estaba ordenada y era acogedora. Había un suave aroma a jabón y algo de perfume floral que hizo que Graciela se sintiera un poco más relajada.
Graciela entró primero y se quedó parada en medio del cuarto. No sabía qué esperaba sentir. Dolor, tal vez. Rabia. Pero en cambio, sintió un extraño alivio. Como si algo finalmente encajara.
María Antonieta entró después y cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido, como si temiera que Graciela se fuera ante la más mínima acción.
—Puedes tomar mi cama —dijo—. Yo voy a dormir en el sillón.
Graciela se giró despacio, el cigarro en su mano consumido hace un rato.
—No vine aquí para dormir, Toni.
La frase quedó suspendida en el aire. Toni no respiró. Sintió que el aire se le atoró en la garganta.
—Graciela, no.. No tienes que hacer nada que no quieras —susurró.
—Lo deseo —dijo Graciela, acercándose—. No por venganza. No por despecho... Lo deseo porque tú sí me miras. Tú sí me has cuidado... Y porque estoy cansada de fingir que no lo noto.
María Antonieta sintió que el pecho se le comprimía. Alzó una mano temblorosa y la posó sobre la mejilla ajena. La piel de ambas ardía.
—Solo si estás segura, no quiero...
Graciela no respondió con palabras, en cambio, la besó. Un beso suave, dolido, lleno de silencios rotos y memorias frustradas. No fue pasión desbordada; fue ternura contenida, fue la acumulación de años sin decir, sin mirar, sin tocar. Y en ese beso, Graciela sintió algo que creyó que namás iba a volver a sentir, una sensación que creía ya olvidada y enterrada en lo más profundo de sí.
Después de años, volvió a sentirse querida. Volvía a sentir lo que era ser deseado por alguien.
Después de ese beso siguió a otro. Luego otro. Y otro. Rápido, profundo, casi desesperado.
La lengua de Graciela recorrió el labio superior de María Antonieta, insistiendo hasta que la menor abrió la boca y ella se adentró, oyendo el jadeo de la pelinegra al chocar sus lenguas, creando un sonido adictivo.
Graciela le apretó la cintura al momento en que la menor, de imprevisto, le enterró las uñas en la nuca. El cuerpo de María Antonieta se sintió demasiado abrumado, a lo que solamente pudo soltar un jadeo.
La espalda de Graciela terminó chocando contra la pared, mientras sus bocas no se soltaban. El beso ya no era casto. Ahora, estaba cargado de deseo, de años contenidos, de todo lo que María Antonieta no se había atrevido a confesar y que Graciela había tratado de ignorar.
María Antonieta le besó el cuello, bajando por su clavícula, a lo que Graciela le respondió con un suspiro casi ronco; sus dedos temblaban al levantar la blusa a rayas que llevaba Graciela. Ella la ayudó, con urgencia, como si la tela contra la piel le quemara. Sus pechos quedaron a la vista, únicamente cubiertos con un sostén de encaje en color blanco, lo que dejó a la menor completamente muda.
María Antonieta iba a decir algo, quizás preguntarle otra vez si estaba segura de que seguirían, pero Graciela no la dejó continuar. En cambio, volvió a besarla, con el deseo acumulándose en su vientre y el calor invadiendo su cuerpo. María Antonieta correspondió de nuevo, acariciando la cintura ajena con sus manos antes de subir una hasta el pecho de la mayor, acariciando uno por encima de la tela del sujetador, como quien sostiene algo sagrado. Graciela se arqueó, rompiendo el beso para gemir bajito contra su oído.
—María... —susurró su nombre como si fuera una plegaria, y eso solamente hizo que la propia humedad de la menor creciera en su centro.
Las manos de María Antonieta se deslizaron hasta la espalda contraria, desabrochando el sujetador sin mucho esfuerzo y dejándolo caer al piso antes de regresar a atacar los labios de la mayor.
Graciela dió un par de pasos más y la menor retrocedió hasta hacer que ambas cayeran sobre la cama entre risas nerviosas. Para María Antonieta, ya ni siquiera importaba si Graciela solamente quería usarla por despecho o venganza, porque para ella era suficiente si eso significaba estar así.
La blusa de la pelinegra se deslizó por sus hombros, y el pantalón de Graciela siguió el mismo camino. María Antonieta tragó saliva antes de delinear de nuevo el sostén de Graciela con las yemas de una de sus manos bajo la atenta mirada ajena. Con más confianza en sí y la cabeza comenzando a nublarse por el deseo, la menor colocó las rodillas a los costados de Graciela para inclinarse hacía ella, permitiendo que su boca se adueñara nuevamente de su cuello en besos mojados.
Chupó cerca de su oreja, y la mujer gimió. Pasó la lengua por su cuello antes de succionar de nuevo, sonriendo cuando la mayor gimió aún más alto.
María Antonieta sujetó su mandíbula antes de succionar debajo de esta –no muy fuerte como para dejarle una marca, pero sí lo suficiente como para hacerla estremecer–.
—Ma... María —jadeó Graciela al momento en el que los delgados dedos de la pelinegra recorrieron su abdomen hasta llegar al borde de su ropa interior. La menor levantó un poco la mirada, permitiéndole a la otra mujer observar sus brillantes ojos con las pupilas dilatadas. Graciela no recordaba la última vez que alguien la vió de esa manera, ni siquiera su (ex) esposo.
Y por Dios, le encantaba. Le encantaba demasiado.
—Dime... si algo no te gusta, ¿sí?
Graciela hizo un sonido gutural en respuesta y asintió, besando la frente de María Antonieta antes de besar sus labios de nuevo. Haía perdido la cuenta de las veces que la había besado esa noche.
La mano de la menor acarició un poco más el vientre de Graciela antes de que sus dedos finalmente se colaran dentro de su ropa interior y metiera el dedo índice, soltando ella misma un suspiro al sentir lo húmedo que la otra mujer estaba, mientras que la mayor soltó un gemido más alto que los anteriores, sintiendo sus dedos aferrarse a sus hombros como si eso la pudiera mantener a flote cuan ancla.
Volvió a besarla mientras mantenía su dedo adentro; con el pulgar estimuló en movimientos circulares su clítoris, y su dedo índice se curvó un poco cuando estuvo completamente adentro.
—T-toni... —la llamó la mujer, mientras que la mencionada sintió un escalofrío recorrerle la columna ante la manera y el tono en el que Graciela había dicho su apodo. Tan sensual, y a la vez, tan desastrosa y necesitada.
La mayor deslizó sus uñas desde los hombros de María Antonieta hasta su espalda, clavándole las uñas con una mano y subiendo la otra hasta su cabello, tirando de este para mantenerla más cerca y cerrando los ojos, mientras dejaba que su boca soltara cualquier tipo de sonido o maldición debido a las sensaciones que la invadían.
Obviamente Graciela había tenido sexo anteriormente, incluso se atrevía a decir que llevaba una vida sexual activa antes de que su matrimonio comenzara a arruinarse. Sin embargo, jamás se sintió así: completamente entregada y sensible.
La menor la empujó con un poco más de fuerza y le tomó la mejilla con su mano libre, besándola de una manera más agresiva y necesitada que las hizo suspirar a ambas.
Detuvo el estímulo en el clítoris de Graciela, pero lo reemplazó al acariciar y separar sus pliegues antes de agregar un segundo dedo. La mayor arqueó la espalda, esta vez gritando.
María Antonieta comenzó a repartir besos de nuevo en su cuello, escuchando a la otra mujer liberar toda su excitación a través de su voz. Y para ella, eso era lo más cercano a un cántico angelical.
La menor exploró el cuerpo ajeno con manos más seguras. La tocaba de una manera que dejaba ver lo mucho que había esperado por ella, y por fin se permitiría el lujo de no detenerse a menos que Graciela se lo pidiera.
Dió estocadas cada vez más fuertes, arqueando de nuevo los dedos dentro de Graciela, y no pudo evitar besar sus pechos descubiertos, con una adoración que solamente hizo que la castaña suspirara y jadeara mientras se aferraba aún más a la menor.
Hasta que finalmente se corrió en sus dedos, con un gemido fuerte, que era más como un grito extasiado.
Con la respiración irregular, Graciela gimió una última vez cuando María Antonieta retiró sus dedos de ella.
Se quedaron en silencio antes de que sus ojos se encontraran. Los ojos de Graciela, antes llorosos por el dolor, ahora parecían cristalinos por el placer. Tomó de nuevo la nuca de la pelinegra para atraerla a ella y besarla de nuevo, esta vez de una manera más relajada y suave en comparación con las otras.
Cuando se separaron, ambas se quedaron en silencio. No uno incómodo, mucho menos de arrepentimiento, fue uno pacífico. María Antonieta se dejó caer en la –ahora desastrosa– cama, poniéndose de lado para mirar a Graciela como si fuera lo más precioso en el mundo.
Porque para ella sí lo era.
Graciela le devolvió la mirada, con esa sonrisa que hacía que el corazón de la menor se acelerara y las orejas se le calentaran, y María Antonieta o pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran aún más al darse cuenta de que todo había sido real, y que la mayor estaba ahí, con ella.
Y no fue mucho trabajo para ambas descubrir que simplemente habían esperado demasiado tiempo por ello.
[....]
Cuando amaneció, siguieron abrazadas. Graciela dormía con el rostro apoyado en el pecho de María Antonieta, mientras que ella le acariciaba el cabello y dibujaba patrones incoherentes en la piel desnuda de su espalda.
Sabía que había cruzado una línea, que las cosas no volverán a ser iguales y que iba a haber muchos cambios después de esto. Pero ahí, en esa habitación, todo había sido real. Puro. Humano.
Y para ella, eso era suficiente.
