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azul y oro

Summary:

Colección de one shots directamente salidos de Boca Predio.

Notes:

Cada capítulo es una comisión independiente, pero en el caso de que alguna se relacione con otra, lo voy a dejar aclarado!

Pueden agradecerle a @Sincromex en twitter por sacar el antro bostero adelante!

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: zeballos/zenón

Summary:

Comisión #17.

También titulado: "siento el fulgor (y quiero entrar)".

Omegaverse. Kevin es nueva jugador de Boca y se obsesiona con un compañero omega.

Notes:

Querían un SQVF bostero?? Esto es lo más cercano que puedo ofrecer 🤗

Tengo un montón de comisiones de Sincro, así que decidí separar todos sus pedidos para tenerlos ordenados en un solo lugar y que no sea tanto bardo encontrarlos. En wattpad hice exactamente lo mismo.

Espero que les guste a medida que van leyendo sobre todos los ships bosteros que surgieron!

Lxs dejo leer esta historia de Kevin y el Changuito 💫

Chapter Text

Kevin ni siquiera se dio cuenta de en qué momento empezó a sentirse diferente respecto a Exequiel.

El día que llegó a Boca Predio y fue presentado oficialmente como jugador del club, fue una generalidad y todos sus compañeros lo felicitaron de la misma manera: una palmada en el hombro, una sonrisa cordial y un bienvenido al club más grande del país. Exequiel fue el único que lo abrazó y dejó todo su aroma en la ropa de Kevin, un cóctel dulce de frambuesa y chicle que lo dejó medio aturdido.

Kevin quedó encantado desde ese día, pero decidió no prestarle atención. Era parte de su naturaleza como alfa buscar un omega para cortejar y con el cual aparearse, teniendo en cuenta que era joven y no había formado ningún lazo.

Su mamá siempre le decía que era hora de sentar cabeza y pensar en casarse y tener hijos, y él le recordaba que para eso tenía que conocer a un omega que quisiera estar y compartir todo eso con él.

Su papá se reía con sorna por eso, porque según él, si había alguien en el mundo al que no debería costarle conseguir una buena omega, era a Kevin. Decidía pasar por alto el hecho de que solo consideraba una omega mujer, cuando Kevin no era ningún pretencioso.

Había tenido sus experiencias con chicos omegas y eran iguales de intensas que con cualquier mujer omega. Incluso, prefería más a los varones, porque no demostraban tanto interés en él cuando se enteraban de que era un jugador profesional. Eran más discretos, menos oportunistas, por eso siempre eran su primera opción para terminar en una cama.

Pero Kevin no tenía tiempo para pensar en eso hoy en día. Boca no se lo permitía. Boca era exigente, competitivo y totalmente avasallante. Boca no le daba un respiro a nadie. Lo aprendió a los pocos días de llegar al club y lo sostenía hasta el día de hoy.

Se hizo amigo muy rápido de Lautaro, un beta callado y sigiloso, nuevo como él, así que básicamente llegaron juntos. No fue su compinche de entrada, pero Exequiel lo integraba siempre. Otros alfas eran más reacios a él al principio, como su capitán o Merentiel. Ezequiel fue el único que no tuvo un problema con él desde un principio.

Kevin no se podía quejar. Podría haber sido muchísimo peor.

Con el tiempo, se fue afianzando en el equipo como jugador, dándole otro perfil al esquema de juego, y eso pareció ablandarlos a todos, más que nada a los alfas, porque los omegas siempre decían cosas buenas de él, excepto Blondel, pero porque él no era un omega como todos los demás. Ese era bastante reacio y no hablaba casi nada, y sospechaba que la única persona que le gustaba era Advíncula.

Kevin no se enganchaba con esas cosas, realmente no le importaban ni tampoco quería llamar la atención de los omegas que había en el club. Él estaba ahí para jugar a la pelota, no para cortejar veinteañeros.

Pero siempre tenía que haber una excepción a la regla.

Exequiel era una pelota de energía y carisma difícil de ignorar. Todas las mañanas, con sus párpados todavía pegoteados por el sueño, el Changuito aparecía —todo escondido en el conjunto del club y con sus ojos apenas visibles entre un cuello de tela y un gorro— para ofrecerle un mate con el mejor humor del mundo. Había rendimientos que quizá tiraban abajo a todos, pero Exequiel los levantaba con su magnetismo, su buen humor y su aroma irresistible.

Sabía que algo había cambiado en él cuando se fue a los Juegos Olímpicos con la Selección y ni siquiera pensó en que se iba a ver con uno de sus omegas más regulares, ahora su rival del Superclásico, Pablo Solari.

Tenía una relación rara con el delantero de River, pero no se había parado a pensar nunca en eso. Se veían, garchaban de lo lindo, se jodían con que un día Pablo iba a terminar preñado y después volvían a lo de siempre: colegas de cancha con mucha química en la cama. A Kevin le gustaba mucho reencontrarse con Solari y sus tiempos en sus clubes se lo permitían un poco más que antes.

Pero esta vez pegó un salto cuando los dedos de Solari tocaron su muñeca y su olor a lavanda lo invadió por completo. No era la frambuesa y chicle que llenaba su nariz cada vez que Exequiel estaba cerca. Ya se había desacostumbrado un poco a su omega regular.

—¿En qué andás vos? —preguntó Solari, transpirado y saciado después de un buen revolcón de reencuentro.

Kevin paró en el medio de subirse los shorts y acomodarse en su ropa interior.

—En nada, ¿por? —contestó con las cejas arrugadas.

—¿Andás con alguien? —Pablo respiró profundamente el aire y sonrió de lado—. Entre tanto sexo, huelo que estás un poquito enamorado.

—Hacete ver —dijo Kevin—. Tanta pija te está nublando los sentidos.

Sin embargo, no paró de pensar en cómo había hecho Solari para darse cuenta. ¿Qué era lo que lo había mandado al frente? Si ni él mismo sabía lo que le pasaba. No había nadie nuevo en su vida, todo marchaba medianamente normal, como la última vez que se habían visto, que había sido después del Superclásico que había ganado Boca.

Kevin no se sentía diferente, pero quizás otros sí podían sentirlo.

—Che, negro, ¿vos me ves diferente? —le preguntó a Cristian en un entrenamiento con la Sub, previo al partido contra Francia.

Medina arrugó las cejas y lo miró con atención. Cristian tenía olor a caramelo mezclado con la menta de Equi, su alfa. Tener a Cristian cerca le generaba tranquilidad porque no alborotaba sus hormonas, ya que era un omega marcado y no iba a ningún lado sin presumir esa marca.

—¿A qué te referís? —inquirió Cristian, esquivando una pelota que su alfa usó para tratar de hacerle un caño. Equi pasó junto a él con una sonrisa y acarició su nuca con una mano grande.

—No sé, ¿tengo algo raro a cuando me conociste? —insistió Kevin, haciendo un ademán con su mano.

—No, gordo, yo te veo igual de facha —contestó Cristian.

Kevin se tuvo que conformar con eso, aunque poco después se olvidó completamente de toda esa situación.

El día anterior al partido contra Francia jugaba Boca. Tenían libre lo que restaba del día, así que aprovechó para verlo, por mucho que a Solari le molestara. Trató de persuadirlo con besos y caricias abajo de la ropa, pero Kevin tenía sus ojos en la pantalla de su notebook. Hasta que vio a Exequiel entrar a la cancha con su beba en brazos y todo su cuerpo se tensó.

La mano de Solari se perdió en su ropa interior y Kevin jadeó. Con un par de caricias, ya estaba duro y la vergüenza que sintió por eso lo excitó un poco más. En la pantalla seguía la transmisión del partido, pero en su mente había quedado grabada la imagen de Exequiel siendo precioso.

La notebook fue a parar a un costado de la cama y la cabeza de Solari entre sus muslos. Kevin tenía la mente partida en dos y eso parecía disparar todos sus sentidos. Sentía a flor de piel cada succión en su erección, pero era mil veces mejor si justo enfocaban a Exequiel tirado, con el short muy levantado y exponiendo sus piernas.

Kevin sentiría mucha vergüenza más tarde, cuando se diera cuenta de que había acabado imaginando a Exequiel con su cabeza entre sus muslos. En ese momento, las imágenes se entremezclaban y no lo pudo evitar.

No volvió a ser el mismo desde ese día. Un poco lo carcomían por dentro la culpa y la vergüenza de imaginarse a su compañero de esa forma y de haber usado a Pablo para foguear sus fantasías más retorcidas. Para él no era normal querer hacerle todas esas cosas a alguien tan cercano, que solo lo había tratado bien desde que se conocieron, que era dulce, buen compañero, muy lindo y omega.

Su olor había cambiado a fin de cuentas, varios de sus amigos y familiares se lo dijeron. Tenés olor a vergüenza, le había dicho su hermano y a Kevin no le quedó otra opción que reírse histéricamente.

Exequiel tuvo que sentirlo también, porque días después de volver y cargando una molestia muscular de la que no había hablado con nadie, el omega se acercó a él, se sentó a su lado y apoyó su cabeza cubierta de un gorrito en su hombro. Kevin se tensó, pero trató de controlarlo para que no se reflejara en su aroma.

—¿Todo bien, granjero? —le preguntó el menor, dulce y amable.

—Todo bien —mintió Kevin, llevando su mano a la que Exequiel había puesto en su rodilla.

Se miraron a los ojos por un largo momento, hasta que se acercó Marcos a joderlos y a decirles que se pusieran a laburar. Exequiel no lo perdió de vista, se quedó a su lado en todo momento, elongando con él, estirando juntos, usando los aparatos del gimnasio, practicando tiros libres y penales, y así en todo momento. Se separó de él cuando cada uno tuvo que ir a su auto y despedirse por ese día.

Y como esa vez, le siguieron muchas. Exequiel ya era una constante en su vida, más de lo normal por verlo todos los días y ser compañeros de trabajo. Era el primero en darse cuenta si Kevin no estaba bien y el que aparecía a su lado cuando algo pasaba. Era el primero en invitarlo a salir con toda la banda y a Kevin un poquito le gustaba que estuviera tan pendiente de él, la atención que le prestaba, lo bien que olía cuando se preocupaba por él.

Sus fantasías con Exequiel eran cada vez más nítidas. A veces lo sentía con él en la soledad de su habitación, con su mano alrededor de sí mismo, y se imaginaba lo mojado que debía ser, los sonidos que podía soltar, la cara que pondría si llegaba a anudarlo. Kevin terminaba en pocas sacudidas con esas imágenes tan precisas y le daba muchísima vergüenza.

El día que Exequiel subió un video entrenando en su casa con un short de Boca y el número de Kevin estampado supo que no había vuelta atrás. Ese pibe tenía que saber lo que le pasaba, debía sentir las ganas que le tenía y Kevin se sentía horrorizado por no haberlo controlado mejor. De más estaba decir que ese video fue producto de más pajas de las que le gustaría admitir.

—¿Qué onda con el Chango? —le preguntó un día su capitán, mirándolo desde arriba mientras Kevin levantaba cien kilos en una pesa.

La pesa se le resbaló de la mano por los nervios y Marcos evitó una tragedia sosteniéndola en el aire, levantándola para que Kevin pudiera enderezarse en la banca. Se limpió la transpiración de la cara con la remera y miró para todos lados, chequeando si alguien les estaba prestando atención. Exequiel estaba en la otra punta, cagándose de risa con Aaron mientras usaban los elásticos para estirar músculos.

—Somos amigos, ¿por qué? —contestó Kevin, más nervioso de lo que le gustaría estar.

Marcos lo miró con algo de duda y encastró la pesa en los agarres con un sonido seco y metálico que llamó la atención de varios compañeros. Kevin tragó saliva.

—Los veo muy juntitos —dijo Marcos con esa sonrisa provocadora tan típica de él—. Me dio curiosidad, no te me pongas nervioso. ¿O te lo estás chamuyando?

Se escuchó una risita de fondo y los dos se dieron vuelta para mirar a Lautaro, que estaba levantando peso con sus piernas a poca distancia de ellos. Kevin se puso todo colorado, pero trató de no reaccionar. El defensor era el único que sabía cómo se sentía respecto a Exequiel, sin necesidad de entrar en obvios detalles. Sabía que le gustaba y que no tenía idea de cómo manejar esa atracción sin parecer un pajero.

Marcos lo miró con una sonrisa y Kevin supo que sabía. Su capitán se pasó una mano por la parte inferior de la cara y soltó una risita, negando con la cabeza.

—Ojito con lo que hacés —concluyó Marcos—. El Changuito es el nene del club, no te desubiques.

Kevin pegó un salto cuando sintió dos manos en sus hombros y una explosión de chicle y frambuesa inundó sus fosas nasales. Exequiel apareció a su lado con una sonrisa brillante y divina, hermosa como todo de él.

—¿Qué le estás haciendo a mi alfa timidón, capitán? —preguntó con un claro fingido gesto de preocupación.

Su brazo rodeó la cintura de Kevin, así que el alfa se vio en la obligación de rodear sus hombros para no quedar como un tarado. El olor de Exequiel se iba a impregnar en toda su ropa y a la noche probablemente no iba a dormir de tanto que se iba a tocar pensando en él.

—Ojito vos también —advirtió Marcos al menor, haciendo el gesto universal tirando su párpado inferior hacia abajo con un dedo. Exequiel le hizo cara de hambre y revoleó los ojos—. Yo te conozco a vos, pendejo.

Exequiel le tiró un besito y después soltó una risita. Kevin se lo quería comer entero. No pudo evitar que sus dedos rozaran la piel desnuda de su hombro en una caricia disimulada, como un leve movimiento por error entre tanta inquietud del omega. La mano de Exequiel apretó su cintura y así supo que se había dado cuenta.

—Este es terrible —le dijo Marcos a Kevin, señalando a Exequiel—. La verdad es que te tenés que cuidar más de él que él de vos.

—Buu, no le des bola —se defendió Exequiel—. Soy un angelito yo.

Kevin soltó una risita que rayaba la histeria, porque seguía teniendo la figura de Exequiel pegada a la suya y en cualquier momento iba a ceder a su instinto si seguía pensando cosas.

La tensión sexual entre los dos se volvió insostenible a partir de ese momento. Estaban en la misma página, pero ninguno hacía nada. Se buscaban todo el tiempo en la cancha, en los entrenamientos, se daban abrazos demasiado apretados para sentirse completamente, pero no se buscaban para más, ni un beso, ni una caricia abajo de la ropa, nada. Roces, tanteos, sonrisas que decían cuánto se gustaban, pero nada más.

La noche que Exequiel volvió al gol y lo vio llorar de emoción frente a toda la Bombonera no se pudo contener más. Mientras todos estaban ocupados festejando en el vestuario, Kevin agarró esa cara todavía húmeda y le plantó un beso en los labios que formaban un puchero. Fue uno solo, una caricia, algo de la euforia del momento y de la necesidad de saciar un poco el deseo que sentía por ese omega.

Exequiel lo miró con ojos brillosos cuando se separó y Kevin sonrió. Los pómulos estaban tibios y rojos bajo sus dedos.

—¿Y eso?

—Por el gol.

—¿Solo por el gol?

Kevin escondió una sonrisa en su hombro y lo soltó. Exequiel se mordió el labio y tiró de él con intenciones de más, pero Marcos apareció para arrastrarlos a los dos a los festejos.

Ese día tampoco pudieron resolver la tensión sexual, pero por lo menos hubo intención de algo. Kevin se tocó toda la noche acordándose del sabor de esos labios y de la carita de Exequiel.

El gran día llegó en uno de los entrenamientos previos al partido contra Huracán. Estuvieron casi todo el día en el predio y, cuando la gran mayoría se empezó a retirar, Kevin se quedó con Exequiel practicando tiros libres. Por cada gol, intercambiaban un beso, así eran las reglas. Eran ellos solos, así que se podían dar el gustito.

—Que conste que el otro día no me diste un beso por mi gol —comentó Kevin cuando la clavó en un ángulo y Exequiel ya se estaba acercando a darle lo que le correspondía.

—Es verdad —dijo Exequiel—. Por eso, te doy dos besos.

Kevin soltó una risita, pero aceptó la oferta. El primero fue un pico, como los que se venían dando hasta ahora. El segundo fue otra cosa, más intenso y con un roce de lengua en su labio inferior. Exequiel trató de alejarse, pero Kevin no lo dejó. Lo agarró de la cintura y lo pegó a él, uniendo sus bocas de nuevo, sacándose las ganas de escucharlo suspirar, de sentirlo de verdad contra él.

Exequiel dio un espasmo y lo empujó de golpe. Kevin estaba aturdido por el beso, así que no entendió la reacción. Tampoco registró el gesto de preocupación en la cara del más chico, el temblor en su cuerpo, el leve cambio en su olor.

—¿Chango?

—Esperame… ya vengo —respondió Exequiel, alejándose rápidamente en dirección al vestuario—. Cinco minutos. Seguí con eso y después me decís cuántos besos te debo.

Kevin lo vio alejarse con algo de apuro. Sentía algo raro en ese omega, pero no iba a hacer preguntas. Así que se quedó pateando y esperando a que Exequiel volviera. Eran solo cinco minutos, no tenía drama de esperar.

Cinco minutos que se hicieron diez, después quince y también veinte, por lo que Kevin empezaba a preocuparse. Un tironcito en el pecho lo hizo darse vuelta y mirar en dirección al vestuario. Pensó en que capaz le estaba pasando algo a Exequiel y él era el único ahí con él, y lo estaba esperando como un boludo.

Kevin miró con recelo las pelotas y los conos y decidió ir a chequear que Exequiel estuviese bien. Apenas entró al vestuario, lo atacó una oleada de calor y un olor intenso llenó su nariz. Sintió que se quedaba sin aire y que tenía mucha sed. Era el olor más rico que había sentido en su vida.

Jadeó y gruñó, un tirón en su entrepierna lo hizo reaccionar y seguir el rastro de donde provenía ese aroma. A medida que se iba moviendo, más sed sentía y ya tenía una erección en su ropa interior. Estaba muy excitado y ni siquiera podía entender por lo que estaba pasando. Se chocó con el bolso tirado de Exequiel, con todo el contenido revuelto y esparcido en el piso, como si hubiese estado buscando algo con apuro.

Kevin se sentía como cuando estaba entonado. Se lamió los labios resecos y se paró frente a la puerta entornada de la oficina del DT. El olor estaba concentrado ahí, un mar de frambuesa, chicle y algo más.

Desesperación. Necesidad. Un llamado natural.

Y Kevin lo estaba respondiendo como si fuese para él.

Empujó la puerta con cuidado hasta abrirla completamente y la imagen que lo recibió era digna de sus fantasías más sucias.

Exequiel estaba sentado en la silla de cuero, con sus piernas abiertas de par en par sostenidas por los apoyabrazos, desnudo de la cintura para abajo, ahogando sus gemidos en el borde de la remera que había metido en su boca, mientras empujaba un consolador en su interior y frotaba su clítoris con desesperación. El asiento de la silla chorreaba de su propio lubricante, al igual que sus muslos y el juguete que no dejaba de estirar sus labios.

Estaba en celo. Exequiel estaba en celo justo frente a él.

—Dios —soltó Kevin, sintiendo la boca seca.

No podía parar de mirar el juguete grueso entrando y saliendo del omega. Sus oídos se llenaron del ruido del lubricante natural y la penetración. Exequiel separó los párpados y sus ojos estaban nublados de placer y necesidad.

—Kevin —gimió Exequiel, débil y roto. Empezó a moverse contra el juguete y a soltar sonidos desesperados—. Kevin, por favor, no aguanto más.

A Kevin jamás le había pasado lo de cruzarse con un omega en celo. En todos lados se decía lo que tenía que hacer: penetrarlo y reproducirse. Sabía que era doloroso para los omegas pasar un celo sin un alfa, pero también le habían enseñado la ética de no aprovecharse ni abusar de la situación.

Nada de eso importaba, porque los instintos de Kevin hicieron las cosas por él.

Cerró la puerta de un manotazo y caminó con decisión hacia Exequiel. El omega se quejó cuando retiró el juguete con descuido y lo revoleó al piso. Una cantidad increíble de lubricante chorreó de su vagina y siguió mojando el cuero de la silla. El olor se hizo más pronunciado y Kevin pasó sus dedos por el desastre, acariciando entre los labios de Exequiel antes de llevarlos a su boca.

Fue como un shot de adrenalina. Una explosión de sabor que lo consumió por completo. Todos sus sentidos se dispararon, sus pupilas se dilataron y su alfa interior tomó el control de la situación.

Con un brazo rodeó la cintura de Exequiel y lo levantó de la silla como si no pesara nada, mientras que con el otro tiró todo lo que estaba sobre el pequeño escritorio: papeles, carpetas, un lapicero lleno y hasta una mini maqueta de la Bombonera con una Copa Libertadores en el medio. Una vez despejada la superficie, sentó al omega ahí y se empezó a desvestir con apuro.

Llegó a sacarse la musculosa de entrenamiento cuando, entre jadeos desesperados, Exequiel le bajó los shorts y sacó su pija de los confines de su ropa. El omega gimió con gusto y se sostuvo con una mano del escritorio para poder separar las piernas y apuntar su erección hacia el desastre entre sus muslos.

Kevin enganchó sus manos en esa cinturita divina y le ahorró todo el trabajo pegándolo a él, provocando que su pija se deslizara en ese calor húmedo y palpitante, como si estuviera entrando en un volcán a punto de hacer erupción. Exequiel gimió de alivio y frotó su clítoris con una mano mientras Kevin desaparecía en él, cobijado y succionado en partes iguales, borbotones de lubricante escurriéndose a su alrededor a cada milésima de segundo.

—Se siente tan bien —jadeó Kevin cuando dio una embestida y llegó al límite que sus cuerpos permitían—. Tan mío…

Exequiel gimió roto a milímetros de su boca y Kevin lamió esos labios con sabor a desesperación y necesidad. No se demoró ni un segundo más y empezó a perseguir ese deseo latente en su interior, como si un agujero se hubiese abierto en su pecho y solo pudiese alimentarlo con Exequiel.

—Sí, alfa, sí, sí… así… —lo incentivó Exequiel, meneando la cintura para él y tocándose sin parar.

Kevin gruñó y rodeó el dorso de su cabeza para inclinarla y así poder presionar su boca en su cuello, justo en su glándula de olor, donde su sabor era más pronunciado en su celo. Mordió suavemente y succionó, llenando su boca del gusto de Exequiel, aunque no se comparaba en nada con el sabor que despedía de entre sus piernas.

Exequiel se aferró a su hombro con su mano libre, clavando sus uñas en el músculo y haciendo sisear de dolor al alfa, por lo que sus caderas se empezaron a mover con más violencia.

—Sos hermoso —soltó Kevin, mirando con total admiración la carita deshecha de placer frente a él.

Exequiel sonrió en un jadeo y tuvo el tupé de sonrojarse. Kevin se mordió el labio y acunó su cara en sus manos, ralentizando sus caderas para estirar las embestidas, sintiendo con lujo de detalles las paredes del menor aferrarse a él, lo mojado que estaba, el enchastre que estaban haciendo encima de esa mesa.

—Te quiero llenar de cachorros —murmuró Kevin, juntando sus frentes y terminando cada estocada con un empujón seco. Exequiel gimió y lo miró a los ojos—. Hasta que parezca que vas a explotar de tan lleno que estás…

—Dios —suspiró Exequiel en un gimoteo sufrido, sacudiéndose con cada embestida.

—Primero te voy a anudar hasta que solo me pertenezcas a mí —siguió Kevin, sus ojos en los de Exequiel, fuego en sus pupilas y deseo en cada parpadeo. Pasó su pulgar por su labio inferior hinchado y enrojecido y sonrió—. Y después te voy a llenar todo.

—Por favor —gimió Exequiel.

—Y cuando estés todo lleno, te voy a seguir cogiendo y anudando hasta que los dos nos olvidemos de nuestros nombres —terminó Kevin, dejando un besito en sus labios.

Acto seguido, agarró a Exequiel del dorso de sus muslos y abrió todo lo que pudo sus piernas, hundiéndose en ese desastre que se sentía un paraíso. No se perdió detalle de su pija desapareciendo en la vagina del omega, el lubricante saliendo a borbotones de él, haciendo la penetración más fácil y su cuerpo más accesible.

—Cada vez te mojás más —murmuró Kevin, pasando sus dedos por donde el lubricante se escurría más allá de su pija.

El vientre de Exequiel tembló mientras miraba lo que hacía, sus dedos subiendo por sus labios hinchados por tanto abuso, yendo directamente hacia su clítoris. Sus pestañas flotaron en sus pómulos y sus labios se separaron levemente cuando Kevin enganchó su dedo corazón en ese botoncito y lo empezó a estimular con frotes suaves y caricias precisas.

Exequiel no paraba de gemir con su garganta ni de cogerse en la pija de Kevin. El alfa, por su parte, alternaba los estímulos en su clítoris con la acumulación de sus fluidos, llevando sus dedos mojados a su boca para degustar ese manjar. Le parecía increíble lo riquísimo que era y con cada probada le gustaba más.

El omega plantó sus codos en la mesa y se movió con determinación contra él, desesperado por su nudo. Lo apretó y succionó con fuerza, se sintió como si lo tragara completamente, y Kevin solo pudo reaccionar agarrándolo del cuello y manteniéndolo pegado a la superficie del escritorio para arremeter contra él de manera violenta.

La oficina se llenó del chapoteo producido por la penetración, por la cantidad de lubricante que chorreaba del omega y ahora mojaba hasta el piso. Los gemidos de Exequiel eran constantes y altos, y a Kevin le gustaría escucharlo todo el día si eso era posible.

Kevin sintió el nudo empezar a formarse en la base de su pija. Tiró de Exequiel y lo abrazó contra su pecho, una mano firme en su nuca y la otra en su espalda baja, marcando el ritmo de sus estocadas cortas y precisas. Exequiel gimió contra su cuello, sosteniéndose con un brazo alrededor de sus hombros mientras su mano frotaba insistentemente entre sus piernas.

El alfa lo atrapó del mentón y juntó sus bocas en un beso desesperado cuando empezó a acabar. Exequiel gimió y le mordió el labio inferior hasta lastimarlo cuando quedaron encastrados, el nudo abultándose hasta no dejarlo salir de su cuerpo, su semen esparciéndose en su interior, llenándolo por completo. Exequiel tiró la cabeza hacia atrás y gimió un poco más cuando acabó, y Kevin aprovechó para bajar por toda la columna de su cuello, dejando un rastro de su propia sangre en su piel.

—Me vas a hacer un montón de granjeritos —soltó Exequiel mientras Kevin llenaba su cuello de besos.

El alfa soltó una risita.

—O de changuitos —dijo con suavidad, subiendo a los labios del menor, todavía manchados de sangre, así que lo besó para deshacerse de eso.

—Ya tengo una changuita, dejame tener un granjerito —se quejó Exequiel con un puchero que Kevin tuvo que llenar de besos.

Kevin lo sostuvo con muchísimo cuidado de no remover el nudo para trasladarlos a la silla. Los dos jadearon y un poco más de lubricante chorreó de entre las piernas de Exequiel, pero ahora la posición era más cómoda para los dos, él sentado y Exequiel encima suyo, el nudo resguardado y sin incomodar.

Exequiel lo miró desde arriba, suave y delicado, y sonrió mientras pasaba sus dedos por su pelo, sus cejas, el tabique de su nariz, sus comisuras, tan tierno y dulce que no podía creer que hace un momento estaban cogiendo como dos animales en el escritorio de su DT.

—Dios, ese escritorio es un asco —soltó Kevin, escondiendo su cara en el cuello de Exequiel, aprovechando para escapar de ese momento tan dulce.

—Si no querés seguir haciendo asquerosidades en la oficina del profe, apenas se deshinche el nudo, tenemos que salir corriendo —dijo Exequiel. Kevin tiró la cabeza hacia atrás y lo miró atentamente—. Usualmente me duran un día los celos, por lo menos después de tener a Bianca. Así que ya sabés lo que tenés que hacer, granjero. A meter todas esas ovejas en el corral.

Kevin trató de aguantarse la risa, pero no lo consiguió. Los dos se empezaron a estallar, todavía enganchados y con Exequiel mojándose cada vez más, preparándose para seguir con su deber como omega: aceptar todos los nudos de un alfa.

—No hay problema con eso —dijo Kevin cuando pudo dejar de reírse.

El nudo ya se había aflojado y los dos lo sabían, pero ninguno hizo nada por moverse. Estaban muy cómodos, compartiendo un momento a solas donde podían ser ellos mismos, sin ojos que pudiesen ser testigos de ese deseo que llevaban con ellos hace meses.

Exequiel se mordió el labio y juntó sus bocas en un beso lento. No era un beso inducido por el celo, lo sabían muy bien, pero iban a ignorarlo. Kevin deslizó sus manos por esa cintura tan delicada y suspiró en el gesto, sintiendo una chispa en su vientre: el principio de la excitación.

—¿Querés que la sigamos o preferís que quede todo acá? —preguntó Exequiel entre besos, pareciendo tan chiquito en sus brazos.

—Literalmente sigo adentro tuyo —dijo Kevin alrededor de una risita. Exequiel levantó las cejas y lo miró, insistente por una respuesta clara a su pregunta. Kevin se mordió el labio y negó con la cabeza, soltando un suspiro—. Quiero que la sigamos. Ahora y después.

Exequiel sonrió, literalmente como el sol.

—Preparate para una noche larga —dijo el omega con esa sonrisita juguetona—. Soy muy insaciable mientras estoy en celo.

—Ya está, me conquistaste.

Fue, en efecto, una noche muy larga. La resistencia que tenía Exequiel era admirable, les pasó el trapo a todos los omegas con los que había estado, por afano. Perdió la cuenta de la cantidad de veces que lo anudó y apenas pasó la hinchazón, Exequiel ya lo arrastraba al ruedo de nuevo.

Kevin apenas había pegado un ojo, mientras que Exequiel había dormido como un bebé después de la última vez, saciado, despatarrado encima de él y con el nudo deshinchándose en su interior. No podía parar de mirarlo, ni de sentir su aroma impregnado en su piel.

Así y todo, se presentaron a entrenar al día siguiente. Llegaron tarde, pero nadie dijo nada, por suerte. Exequiel estaba radiante, mientras que Kevin parecía un trapo de piso. Marcos les pegó una ojeada y escondió una sonrisa en su mano.

—¿Se divirtieron anoche?

—Eh —contestó Exequiel, arrugando los hombros.

—Hijo de puta, no me dejaste dormir —se quejó Kevin, sus primeras palabras desde que habían llegado al predio.

—¿Ustedes fueron los de la oficina de Fer? —preguntó el capitán con las cejas levantadas.

—Pero si limpiamos todo antes de irnos —dijo Exequiel.

—Tu olor no sale ni con quince litros de lavandina, corazón —apuntó Marcos.

Exequiel se sonrojó violentamente. Kevin apretó los labios para reprimir una sonrisa. De lejos, vieron a Fernando ubicarlos y empezar a caminar hacia ellos con un claro gesto de enojo. El omega se tapó la cara con las manos y Marcos lo protegió con un medio abrazo. Kevin suspiró.

Iba a ser un día muy largo, pero él ya había hecho todo lo que quería.