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Hamster de laboratorio

Summary:

Shen Qingqiu desea hijos y su esposo, Luo Binghe, haría todo por complacer los caprichos de su shizun. Así que decide usar a su shishu Shang Qinghua para comprobar si es posible embarazar a un hombre mediante unas cerezas.

Mobei Jun no entiende qué le sucede a su esposo.

|| se va poniendo serio mientras más avanza la trama ||

Notes:

Mi primera vez escribiendo aquí, ¡qué raro!

Chapter 1

Notes:

Editado el 22 de abril (´•̥ω•̥`)ˢᵒʳʳʸ

Chapter Text

​La sala de reuniones era un caos organizado. Varios sirvientes atendían a los invitados con bocadillos específicos para cada uno, pero para aquel pequeño demonio de hielo en su primer y único día, el mundo se reducía al latido frenético de su propio pecho. Su tarea era simple en papel, pero suicida en la práctica: llevar la bandeja al Consorte. Debía servir la taza de té de hierbas mágicas —aquellas que generaban calor incluso en el gélido Palacio del Norte— acompañada de un plato llano con dos cerezas de aspecto apetitoso.

​Sencillo, ¿verdad?

​Al carajo con eso. No lo era.

​No cuando el Rey de estas tierras estaba sentado justo al lado del objetivo. Cualquiera con un mínimo instinto de supervivencia sabía que bastaba un movimiento en falso para morir bajo sus manos implacables. El sirviente de turno no era nadie; era joven, sus cuernos azulados apenas empezaban a desarrollarse y las escamas de sus antebrazos eran tan delgadas que no lo protegerían ni del ataque más débil.

​Pero las órdenes eran órdenes, ¿y quién se atrevería a desafiar al Emperador Demoníaco que orquestaba esto desde las sombras? Aguantó la respiración y, con pulmones temblorosos, se adelantó.

​El humano tenía la cabeza gacha; no pestañeaba mientras sus manos, hábiles con el papel y la tinta, recorrían los documentos con una dedicación ferviente. No le dedicó ni un vistazo al sirviente, mucho menos al aperitivo frente a él. Aquello estaba bien; el demonio solo quería librarse de la tarea, cumplir el gesto y fingir que no tenía la culpa de lo que sucediera después.

​Se mordió el labio y susurró con voz quebrada:

​—Mi señor... espero que le gusten estas cerezas. Las han traído del mundo humano especialmente para usted.

​Sintió las dos caras de la moneda quemándole la piel: el frío glacial de Mobei-Jun directo en su nuca y la cálida curiosidad de Qinghua rozándole el rostro. El joven demonio encorvó más la espalda, sumiso ante la atención de sus majestades.

​—Oh, ¿en serio? Eso es muy amable... —Shang Qinghua aflojó el agarre del pincel. No parecía del todo sincero. ¿Era una ironía? ¿Por qué solo dos cerezas?

​No quiso cuestionarlo. Sabía que su esposo era peligrosamente sobreprotector y que, si señalaba cualquier detalle extraño, sometería al pobre inocente a un interrogatorio infernal. Qinghua calló y extendió una mano para tomar la fruta. Mobei, atento y silencioso, observó cada movimiento.

​Al parecer, tras comer las dos cerezas, no pasó nada. La leve sospecha del Consorte se desvaneció tan pronto como vino.

​Con un suave movimiento de mano, el Rey anunció:

​—Retírense.

​Sin objeción alguna, el pequeño demonio se apresuró a huir de la escena del crimen.

​¡Ya era libre! Se cambiaría el rostro, adoptaría una nueva identidad y se aseguraría de que ninguno de los dos líderes del clan lo encontrara jamás. Al diablo con los humanos, ¡¿qué tenían de especial?! Para él, nada superaría a una belleza como la princesa Sha Hualing. ¡Sí, así evitaría las consecuencias de este plan malvado! Se aseguró de correr hasta que el frío del palacio fuera solo un recuerdo amargo.