Chapter 1: La Llegada al Norte
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Lyann estaba cansado. Llevaba un mes cabalgando junto a la corte de su padre, el rey Robert, de camino a Invernalia en busca de su antiguo amigo Eddard Stark, el guardián del Norte. Hacia años de no salía de Desembarco del Rey y nunca había visto el Norte por lo que los días previos a la marcha estaba realmente entusiasmado. La ilusión se fue desvaneciendo poco a poco a lo largo de la travesía por el camino real, como la nieve derritiéndose al comienzo de la primavera. Cabalgaba justo detrás del carruaje real, al lado de su padre. Dentro de él se encontraban su madre Cersei Lannister junto a su hermana menor Myrcella y su hermano pequeño Tommen.
- ¿Falta mucho para llegar, padre? -preguntó su hermano Tommen, sacando la cabeza cubierta de pelo rubio desde el carruaje.
- Si no recuerdo mal, tras cruzar esa montaña se verá Invernalia. ¡Venga, ya queda muy poco! -respondió Robert Baratheon con su profunda voz.
Lyann suspiró aliviado. La idea de dormir esa noche en una cama de verdad le infundió energía suficiente como para aguantar el resto del largo viaje. Espoleó su caballo y se acercó hacia donde se encontraba su tercer hermano, Joffrey Baratheon. Este estaba algo más adelantado junto a su guardaespaldas personal Sandor Clegane, mejor conocido como "El Perro"
- Padre dice que detrás de esa montaña se encuentra Invernalia, en unas pocas horas llegaremos.
Joffrey observó la montaña con atención, parecía que quería fulminarla con la mirada si eso les permitía llegar antes a su destino. Luego dirigió su vista al camino rodeaba la elevación por la izquierda y continuaba por un bosque.
- ¿Ganas de ver el norte hermano? -le preguntó Joffrey a Lyann.
- La verdad es que sí, siempre es bueno visitar sitios nuevos.
- Debí imaginar que un salvaje como tu respondería eso.
Lyann ignoró a su hermano, había aprendido que esa era la mejor manera de soportarlo.
- ¿Y vos Clagane? ¿Qué opináis del Norte? -dijo Lyann dirigiéndose al hombre que se encontraba a su espalda.
Sandor Clegane únicamente soltó un gruñido haciendo honor al apodo que le habían puesto.
Unas pocas horas más tarde ya se vislumbraba Invernalia. Vista desde lejos era una conglomeración de torres, murallas y patios. Construida en piedra gris y aburrida, pero daba la sensación de ser más antigua que todo lo que Lyann había visto en su vida. A medida que se acercaban al castillo, multitud de personas de la ciudad salían de sus hogares para contemplar la cabalgata real. Los niños miraban a los soldados, sobre todo a los de la Guardia Real; las jóvenes se desvivían por Joffrey y Jaime Lannister. Lyann estaba acostumbrado a que su hermano y su tío se llevaran toda la atención, aun siendo él el heredero al Trono de Hierro, aunque le alegró ver que el también tenía unas cuantas doncellas suspirando por su persona.
Al contrario que sus hermanos, Lyann era un muchacho alto y fuerte para sus años, aunque no tanto como lo era su padre cuando tenía su edad. Tenía una media melena de pelo negro característico de la rama familiar de los Baratheon pero con dos esmeraldas por ojos al igual que su madre. Vestía unas ropas de cuero marrón oscuro de muy buena calidad y muy cómodas de llevar. Al igual que Robert, le encantaba ir de caza y nunca se sabía cuándo seria la próxima ocasión. Las cubría una capa de terciopelo rojo con el símbolo del venado coronado, emblema de los Baratheon, bordado con hilos de oro; para soportar las gélidas temperaturas del Norte.
Cruzaron las puertas del castillo que conducían a un patio de armas donde les esperaban el comité de bienvenida liderados por la familia Stark. Lyann reconoció a Eddard Stark junto a su esposa, Catelyn. A su derecha se encontraban sus hijos. Robb era un joven de más o menos la misma edad que Lyann, portando una mirada solemne. Sansa se trataba de una niña pelirroja que no le quitaba el ojo de encima al propio Lyann, lo cual provocó que el joven príncipe se sonrojara. La chiquilla de pelo castaño oscuro que miraba en todas direcciones debía tratarse de Arya. El niño que observaba embobado a los miembros de la Guardia Real era Bran y el pequeño niño que agarraba las faldas de Catelyn debía de ser Rickon.
Todos se arrodillaron en el momento que el rey Robert bajó de su caballo. Se acercó con brío adonde se encontraba el señor de Invernalia y le hizo una seña para que se levantase. Viejos amigos se miraron el uno al otro en un momento que parecía durar eternamente. Fue el rey quien rompió el silencio.
- Que gordo estáis.
Eddard Stark lo miró de arriba a abajo, indicándole que no era precisamente el mejor para decir ese comentario. Ambos hombres se empezaron a reír mientras se fundían en un abrazo. Robert fue saludando a todos los miembros de la familia Stark cuando del carruaje bajaron la reina con sus hijos. Cersei se acercó al Guardián del Norte que le dedicó una reverencia mientras le besaba la mano respetuosamente. Fue entonces cuando el rey dijo:
- Llevadme a vuestra cripta, quiero presentar mis respetos.
- Llevamos viajando un mes, mi amor. Seguro que los muertos pueden esperar.
- Ned, indícame el camino. -dijo ignorando a la reina- ¡Lyann! Ven tú también, quiero enseñarte algo.
Intrigado, Lyann bajó del caballo y se apresuró en seguir a su padre. Salieron del patio de armas, abarrotado de la gente que componía la corte de Invernalia, hasta una zona donde unas escaleras daban al subsuelo.
- "Me pregunto qué querrá enseñarme padre"-se preguntó Lyann. Acto seguido bajó las escaleras.
Chapter 2: Respetando a los Muertos y conviviendo con los Vivos
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Lyann siguió a su padre y a Eddard Stark a las profundidades de las criptas de Invernalia. Eran un lugar oscuro y frío, únicamente iluminado por las velas que decoraban multitud de tumbas.
- ¿Quiénes son estas personas Lord Stark? -preguntó Lyann observando la estatua de un hombre robusto, con una larga barba y mirada penetrante con una espada oxidada en el regazo. A Lyann le produjo un pequeño escalofrío.
- Son los antiguos miembros de la casa Stark, mi príncipe. Fueron esculpidos para guardar sus espíritus en su hogar ancestral.
Continuaron caminando por las criptas hasta que Ned se detuvo delante de la figura de una mujer. Debía de ser muy hermosa en el momento en el que estuviera viva, o al menos eso hace creer el escultor que realizó la obra. Robert se acercó a ella y la contempló con ojos tristes, llenos de nostalgia y melancolía.
- ¿Quién es ella? ¿La conocías padre? -preguntó Lyann poniéndose a su lado.
Robert miró a su hijo conteniendo las lágrimas. Lyann nunca había visto a su padre de esa manera, ni siquiera cuando murió Jon Arryn, que era como un padre para él.
- Ella es mi hermana, Lyanna Stark -contestó Ned.
- La amaba con locura -Robert suspiró- Nunca amé a tu madre, pero ella a mi sí, hasta que naciste. Te nombré en honor a la mejor mujer que jamás conocí. Cersei enloqueció y nos odiamos desde entonces. Quería que al menos una parte de ella viviera en mi hijo.
-Joder con mamá. Debería aprender a diferenciar a los muertos de los vivos. -respondió Lyann- Aunque hay que admitir que eso es muy propio de ella. ¿Verdad?
Robert soltó una gran carcajada debido al chascarrillo de su hijo y se fundieron en un abrazo. Estuvieron así un rato, el suficiente para que Ned Stark tuviera que intervenir con una fingida tos. Robert se dirigió hasta él.
-Lord Eddard Stark. Te nombro Mano del Rey.
Ned se arrodilló, dijo que no era digno de tal honor, pero Robert no le hizo caso. Comenzaron a salir de las criptas hablando de sus cosas. Lyann se alegró al ver a su padre como siempre, no era mucho de expresar sus sentimientos, sobre todo si hay público presente. Miró una última vez la estatua de Lyanna Stark, orgulloso de portar su nombre, y se dirigió a la salida.
Lyann disfrutaba de los banquetes únicamente por la comida que servían y la cena de bienvenida al Norte no fue una excepción. Le sentaron al lado de Sansa Stark por motivos que Lyann comprendía a la perfección; él era el heredero al Trono de Hierro y ya tenía edad para casarse. Miró a Sansa, que sonreía de una gracia que le había comentado su amiga Jeyne Poole. Sansa captó que Lyann la estaba mirando.
- ¿Ocurre algo, mi señor? -preguntó Sansa con educación.
Lyann contuvo una pequeña risa y señaló su propia mejilla. Sansa lo imitó y al notar una mancha de nata del pastel que acababa de comer sus ojos se abrieron como platos. Rápidamente buscó una servilleta y por accidente derramó una copa de vino. En ese momento, Lyann se reía abiertamente mientras Jeyne a duras penas aguantaba la compostura. Todos se calmaron al instante en el momento en el que tanto Robert como Ned les lanzaron una mirada inquisitiva.
- Esto...-dijo Lyann, revolviendo su melena azabache y mirando hacia el suelo- ¿Qué cosas le gustan hacer, mi señora?
-Me encanta hacer bordados y también escuchar canciones. ¿Qué es lo que os gusta hacer a vos? -dijo Sansa, controlando su entusiasmo.
-Me gusta cazar, es algo que comparto con mi padre, aunque también me disfruto al escuchar canciones. Sobre todo, aquellas que relatan un cuento de hadas o aventuras en lugares lejanos.
Lyann y Sansa siguieron hablando cada vez con más confianza, tenían algunas cosas en común y les resultaba sencillo continuar la conversación. En un momento, Lyann se levantó de la mesa para salir al exterior. El aroma de la comida y el alcohol le estaban pasando factura y necesitaba aire fresco.
Cuando salió al frío de Invernalia, se encontró a su tío Tyrion Lannister; el cual se estaba despidiendo del denominado Jon Nieve, fácilmente reconocible debido a que era el prototipo de hombre del norte. Saludó a su tío que iba a refugiarse en el banquete en busca de vino antes de Robert se lo bebiera todo.
- Sea lo que sea lo que te haya dicho Tyrion, yo le haría caso. Es el hombre más listo que conozco. -dijo Lyann dirigiéndose al bastardo de Invernalia.
Jon se sobresaltó al escuchar su voz. Tenía la mirada perdida más allá de las murallas del castillo, buscando el Muro. Junto a él se encontraba su lobo huargo.
- Dijo que me comprendía, que todos los enanos son bastardos a los ojos de su padre. -respondió Jon.
- Sobre todo si tu padre el Twin Lannister. Estoy convencido de que ese hombre olvidó como reírse de verdad.
- También me dijo que iba a ir al Muro conmigo, dijo que necesitaba verlo.
- Muy propio de Tyrion. Estoy convencido de que si no hubiera nacido enano viajaría por el mundo con el oro de los Lannister, pero mi abuelo se opuso.
- ¿Y maestre? -preguntó Jon- Tan solo intercambié unas pocas palabras con él y me dio la sensación que de podría ser Septón Supermo.
- Digamos que el celibato no es lo suyo, si hay algo que mi tío ame más que un libro es una buena mujer.
Ambos chicos rompieron a reír, echando múltiples bocanadas de vaho debido el frío del norte.
- ¿Y vos, mi señor?-dijo Jon Nieve una vez recuperó el aliento- ¿Qué haríais si no hubieras nacido para reinar?
La pregunta de Jon cogió a Lyann por sorpresa, nunca se había planteado nada que no fuera reinar después de su padre. Le gustaba asistir a las reuniones del consejo y aprender a gobernar del difunto Jon Arryn, escuchar las melosas palabras de Meñique o sorprenderse con las noticias del eunuco Varys. Tras unos minutos de pensar, Lyann contestó.
- Marinero. Me encanta mirar el mar por la ventana en mi habitación de la Fortaleza Roja. El mejor día de mi vida fue cuando fui de Desembarco del Rey a Rocadragón a visitar a mi tío Stannis por mi propia cuenta.
- Querrás decir con una tripulación experimentada que supiera navegar de verdad. -repuso Jon con una sonrisa sarcástica.
- ¡Cállate! Como se entere Sansa se va a desilusionar enormemente. -respondió Lyann con un tono jocoso.
Ambos regresaron al banquete al poco rato y Lyann continuó comiendo, bailando y bebiendo hasta que la fiesta termino y volvieron a sus dormitorios. Esa noche, Lyann Baratheon durmió plácidamente en una cama de verdad y no en la de una posada.
Chapter 3: Ciervo contra Lobo
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Lyann despertó como si hubiera estado durmiendo durante los últimos diez mil años. Se vistió con la ropa del día anterior y bajo a desayunar con su familia. Mientras caminaba por el castillo observaba como los múltiples criados y sirvientes corrían de un lado para otro realizando sus tareas. Fue en el comedor donde se encontró a su padre junto a Ser Barristan Selmy, Lord Comandante de la Guardia Real. Lyann se sentó junto a ellos a llenarse el estómago. Le sirvieron un delicioso plato de huevos acompañado con algo de cordero.
- Padre, me gustaría pedirte un favor.
- ¿Qué ocurre?
- Me gustaría viajar a ver el Muro con el tío Tyrion.
Robert dejó de comer y levantó la cabeza del plato. Lyann sabía que significaba que había logrado captar su atención, aunque la respuesta podía darle la alegría del día o amargarle todo el viaje de vuelta.
- ¿Por qué quieres ir al Muro? -preguntó el rey con auténtica curiosidad.
Lyann miró a su padre directamente a los ojos, como una fiera defendiendo su territorio, pero con la tranquilidad de un lago en calma.
- Porque nunca voy a volver a tener la oportunidad de estar tan al norte, es ahora o nunca. Además, si la Guardia de la Noche tiene algún problema me encargaré personalmente de solucionarlo.
Robert lo pensó durante unos instantes, pero al final le dio la razón a su hijo.
- De acuerdo, puedes ir; pero Ser Barristan te acompañará. Se convertirá en tu maldita sombra. ¿Entendido Selmy?
Lyann miró al guardia real que asintió con resignación. Cuando terminó de desayunar se dirigió al patio de armas para ejercitarse y Ser Barristan, haciendo honor a su reputación, no se separó de él.
Llegó en el momento en el que se encontraban entrenando Jon Nieve y Robb Stark, siendo supervisados por un hombre al que llamaban Ser Rodrick. Estaban muy igualados, aunque parecía que Jon llevaba las ganar. En el instante en el que llegó Lyann a observar la batalla, Robb se descuidó al ver al nuevo integrante del público y Jon aprovechó el momento para realizar un ataque que desequilibró al joven lobo, ganando el combate.
- ¡Impresionante! -exclamó Lyann- ¿Qué opináis vos, Ser Barristan?
El anciano caballero miró a los dos jóvenes mientras se acariciaba la barba blanca.
- Aun estáis muy verdes, pero veo talento en vosotros. Seguid así Ser Rodrick, con el tiempo aprenderán.
Tanto Jon y Robb como Ser Rodrick se sonrojaron. No era habitual recibir un halago de una leyenda viviente como Ser Barristan.
- Bueno, ahora es mi turno. -anunció Lyann.
Se dirigió al almacén donde guardaban las espadas de prueba y recogió la espada más larga y ancha que había. Una espada larga que a un chico normal le costaría manejar, pero Lyann era muy fuerte tal y como se decía de su padre en su juventud. Ya desde niño tenía interés en especializarse en el uso de las armas a dos manos, desde que vio a Ser Gregor Clegane usar su descomunal fuerza en un torneo de combate cuerpo a cuerpo. Cuando volvió al patio, Robb Stark le estaba esperando.
- ¿Listo Stark?
- Ya estas tardando.
Lyann cargo con la fiereza de un león en plena caza obligando a Robb a retroceder. El joven lobo se movía con gran agilidad por el patio esquivando los fuertes envites de Lyann. Fue en el momento en el que el príncipe realizó un ataque ascendente, buscando romper la guardia de su rival, cuando Robb vio su oportunidad. Realizo un veloz contraataque dirigido a su costado que Lyann bloqueó a duras penas. Ahora era el príncipe el que retrocedía bloqueando las dentelladas del lobo. El acero cantó al chocar las espadas y los dos contendientes hacían fuerza intentando derribar al otro.
- Nada mal, Baratheon.
- Pues aún queda lo mejor.
Con un ágil movimiento, Lyann le hizo una zancadilla a Robb, perdiendo el equilibrio y tirándolo al suelo. Cuando el mayor de los Stark se dio cuenta de lo sucedido ya tenía la espada de Lyann al cuello. El público estaba todavía procesando el inesperado final del combate. Lyann retiró la espada y el lobo de Robb, Viento Gris, le estaba lamiendo la cara tratando de reconfortarlo. El príncipe le tendió la mano al joven lobo, aceptándola con gusto.
- Me has pillado, lo reconozco
- En un combate todo vale, aunque sea de entrenamiento. -respondió Lyann con una sonrisa- ¿Sigues tú, Nieve?
Jon no respondió, solamente cogió su espada y se colocó en posición defensiva. Lyann zarandeó su larga espada con la mano, observando a su rival. En los siguientes segundos, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Fue en el momento en el que estaba a punto de empezar la liza cuando un paje entro en patio.
- ¡Mi señor! ¡Mi señor! -dijo el muchacho, jadeando de la gran carrera que había realizado.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Robb, algo molesto de que se interrumpiera el combate que se estaba a punto de realizar.
- Es vuestro hermano Bran, mi señor. Se ha caído mientras escalaba.
Lyann se encontraba fuera de la habitación donde se encontraba el pequeño Bran. Estaba en la cima de una de las múltiples torres del castillo. Lo acompañaban sus hermanos Tommen y Myrcella; los tres iban a presentar sus condolencias a Lady Stark, la cual se negaba a dejar solo a su hijo. Lyann llamó a la puerta y esperó respuesta. Al ver que no llegaba decidió entrar de todas formas. Bran se encontraba postrado en cama, durmiendo, con su lobo huargo junto a él. En una silla a su lado, se encontraba Catelyn Stark. La señora de Invernalia portaba un aspecto horrible, tenía los ojos rojos e hinchados de llorar y su piel era blanca como la leche.
- Nuestras más sinceras condolencias, Lady Stark. -dijo Lyann con voz quebrada- ¿Hay algo que podamos hacer?
- Rezar. -contestó Catelyn sin siquiera mirarlo- No se puede hacer otra cosa.
- Rezaremos con gran devoción entonces, mi señora. -dijo Myrcella con una voz dulce como la miel.
Tommen no dijo nada, pero asintió fervientemente con la cabeza. Los tres abandonaron la sala dejando a Catelyn con sus penas. Juntos se encaminaron a sus aposentos a ordenar sus efectos personales.
- ¿Qué tal ayer con Sansa, Lyann? -preguntó Myrcella con una mirada traviesa.
- ¿Eh? -se sorprendió Lyann- Muy bien diría yo, pasamos un rato muy agradable.
- Entonces estás más ciego de lo que pensaba. La pobre estaba incomoda a ratos. -respondió su hermana- Eres muy brusco, Lyann. Apenas la dejabas hablar y sobre todo tienes que aprender a escuchar. Joffrey es mucho mejor que tú en ese aspecto.
- ¿Acaso no hay nada que haya hecho bien? -preguntó el príncipe, suplicando un consejo.
Myrcella miró a su hermano con cariño, haciendo brillar sus ojos verdes.
- La haces reír. Y eso es lo más difícil. Solo tienes que pulir un poco más tu técnica, nada más. Es evidente que le gustas.
Las palabras de su hermana se quedaron grabadas en la mente de Lyann. Seguiría sus consejos punto por punto cuando volviera a estar con Sansa. A él también le gustaba la joven Stark y no quería meter la pata. El príncipe llegó al comedor donde le esperaba toda su rama familiar Lannister. Comunicó que partiría con Tyrion al Muro, lo cual alegró mucho al enano, así como a su madre y su hermano Joffrey; aunque por distintos motivos.
- ¿Vas a renunciar al Trono de Hierro a cambió de congelarte en el fin del mundo? -dijo Joffrey en tono de broma, aunque no por ello con menos esperanzas de que fuera cierto.
Pero Lyann no se rió. Miro a su hermano con una mirada que podría fundir la piedra.
- No. Me temo que seguirás siendo un segundón.
La cara de Joffrey torno a un rojo idéntico al de un tomate maduro, pero logró mantener la compostura. Fue la reina Cersei la que le devolvió la mirada asesina.
Partió al alba de Invernalia toda la comitiva real junto con Lord Stark, sus hijas Sansa y Arya así como unos cuantos norteños. También partió Jon Nieve con su lobo Fantasma junto a unos pocos nuevos reclutas para la Guardia de la Noche al cargo de Benjen Stark, hermano menor de Ned y capitán de los Exploradores. Al llegar al Camino Real, los dos bandos se dividieron y Lyann, junto a Tyrion y Jon, pusieron marcha hacia el auténtico norte.
Chapter 4: La Guardia de la Noche
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Lyann jamas pensó que echaría de menos Invernalia, pero a medida que avanzaban hacia el Muro fue cambiando de parecer. Durante la travesía por el Camino Real el frío era cada vez más intenso e incluso ya comenzaba a nevar. Lyann nunca había visto la nieve antes y quedó maravillado con el increíble brillo que presentaba cuando recibía los rayos del sol. Cabalgaba junto a Jon, el cual estaba con incluso más ganas de llegar a su destino. Tyrion Lannister se encontraba en la retaguardia, hablando con Benjen Stark; el hermano de Ned y capitán de los Exploradores y con Ser Barristan.
- ¿Qué vas a hacer una vez te conviertas en un hermano juramentado de la Guardia? -preguntó Lyann.
- Quiero ser como Benjen, explorador. Espero que con el tiempo me convierta en el capitán de todos ellos.
- Un objetivo admirable, sin duda. Te deseo suerte Nieve.
Pasaron los días y acampar a la intemperie no era del agrado de Lyann, mucho menos de Tyrion el cual no paraba de quejarse de sus dolores en las piernas. Pero todas las incomodidades desaparecieron en el mismo instante en el que visualizaron el Muro. Una descomunal estructura de hielo con una altura que a Lyann le entró vértigo el simple hecho de imaginarse en la cima, una construcción que se extendía hacia este y oeste hasta donde alcanza la vista.
- Un regalo para la vista, sin duda. -dijo Tyrion, que miraba el Muro como un niño que mira una cesta llena de golosinas.
Ser Barristan no dijo nada, pero su asombro era evidente.
Continuaron hasta alcanzar la principal fortaleza de la Guardia de la Noche, el Castillo Negro. Al atravesar las puertas, los estaba recibiendo un hombre de gran tamaño. Iba completamente vestido de negro salvo por la barba y el pelo blanco como el hielo del Muro, tenía un cuervo posado en su hombro.
- Lord Comandante. -saludó Benjen- Traigo nueva sangre y dos grandes invitados. Tyrion, de la casa Lannister y Lyann Baratheon, heredero al Trono de Hierro.
- Bienvenidos, mis señores. Soy Jeor Mormont, el Lord Comandante. Acompañadme a vuestros aposentos. Benjen, ocúpate de los nuevos. -dijo Mormont, con clara incomodidad de recibir invitados tan importantes.
Lyann, Tyrion y Barristan se bajaron de los caballos y siguieron al Viejo Oso. El Castillo Negro era un conjunto de edificios ruinosos y con necesidad de ser restaurados. Jeor Mormont los condujo hacia una torre que recibe el nombre de Torre del Rey.
- Menudo recibimiento más "frío". ¿Eh? -dijo Lyann intentando sacar una sonrisa al enano, sin éxito- ¿Qué tienes pensado hacer tío Tyrion? –dijo el príncipe cambiando rápidamente de tema.
- ¿Ahora? Tumbarme en la cama y descansar de este infernal viaje.
- Me has leído el pensamiento. ¿Y vos, Ser Barristan?
- Lo mismo, mi señor. Estos viejos huesos necesitan un urgente reposo.
Al día siguiente, Lyann se despertó con un hambre de lobos. Desde que había partido de Invernalia solo se alimentaba de carne en salazón y frutas del bosque. Se vistió con sus ropas de cuero y se dirigió hacia el comedor. Nada más salir de la habitación se encontró a Ser Barristan. La orden de su padre de que no se separara de él era más literal de lo que Lyann pensaba. Al pasar por el patio observó a Jon Nieve y los nuevos reclutas entrenándose, dirigidos por Ser Allister Thorne. Entro en el comedor y pidió el desayuno al cocinero. Después de un rato, Lyann y Barristan recibieron un tazón de gachas.
- ¿Esto es todo? -preguntó Lyann, claramente decepcionado.
- Si
- ¿Puedo al menos repetir?
- Solo un tazón por persona, no nos sobra la comida. -respondió el borde cocinero.
- "Ya se cual será mi primer arreglo para la Guardia"- pensó el príncipe mientras comía las gachas con desanimo.
Barristan no solo no se quejó, sino que comió con un gran entusiasmo.
Después de meterse el desayuno entre pecho y espalda, decidieron buscar a Tyrion. Estuvieron un rato deambulando por el castillo como almas en pena hasta que uno de los mayordomos les dijo que se encontraba en la biblioteca, en las estancias del maestre.
- "Era obvio que se encontraría allí" -se dijo Lyann mientras se dirigían hacia la biblioteca del Castillo Negro.
Más que una biblioteca como tal, eran las estancias del maestre, las cuales, tenían una biblioteca. Tenía una colección bastante humilde, pero con libros que no se encontraban incluso en la Ciudadela de Antigua. Encontró a Tyrion hablando con el maestre del Castillo Negro en un pequeño saloncillo.
- Lyann, permíteme presentarte al maestre Aemon. Debe de ser el hombre más viejo de todo Poniente.
Tyrion no exageraba, el maestre Aemon era un viejo completamente arrugado, calvo y prácticamente ciego; pero en esos ojos aún se podía ver un fuego que encendía su cuerpo.
- Un placer maestre Aemon, soy Lyann Baratheon.
- ¡Ah! El hijo del rey Robert. -dijo Aemon, mirando hacia el vacío.- ¿Qué hace alguien como tú en un sitio frío como este?
- Eh... Bueno...- titubeó Lyann, de alguna manera el maestre le imponía más que muchos caballeros armados. - Siempre he querido ver el Muro y también he venido a escuchar las diferentes peticiones de la Guardia de la Noche.
El viejo maestre rio por lo bajo, lo que provocó que Lyann se sonrojara. Tyrion y Barristan también estaban disfrutando de lo nervioso que estaba el príncipe.
- Respóndeme a una pregunta, Lyann Baratheon. ¿Crees que tu padre es un buen rey?
Lyann no tuvo que pensarlo demasiado. Robert nunca iba a las reuniones del Consejo Privado y se pasaba el día comiendo, bebiendo y cazando, tanto bestias como putas.
- No. Mi padre no es un buen rey.
- Entonces, ¿Qué hace a un buen rey?
Esa pregunta era bastante más complicada. A Lyann le habían dicho muchas de las virtudes que debería tener un rey, tantas que algunas de contraponían con otras.
- ¿Qué piensas tu Tyrion?
El enano no tuvo que pensarlo mucho; al fin y al cabo, era hijo de Tywin Lannister, el cual fuera Mano del Rey.
- Sabiduría e inteligencia- respondió Tyrion- Y ambas cosas se consiguen con la experiencia.
- Sabía que dirías eso, pero no creo que sea lo más importante- dijo Lyann
- Entonces, ¿Qué es lo más importante? -volvió a preguntar Aemon
Lyann lo pensó un buen rato. Era una pregunta muy complicada y le avergonzaba no saber la respuesta. ¿Cómo sería un buen monarca si no sabía que era lo necesario para serlo?
- No lo sé, maestre. Diría que todo es importante.
El maestre Aemon rio por lo bajo.
- Tu mismo te has respondido, majestad, en el momento en el que buscaste el consejo de tu tío. Serás un buen rey, Lyann Baratheon.
Lyann subió a la jaula que lo elevaría a la cima del Muro. Se encontraba junto a Barristan Selmy, siendo su maldita sombra, Jon Nieve y su lobo huargo Fantasma. Cuando la jaula empezó a subir, el ruido que provocó hizo pensar al trío que sería su último momento con vida. Afortunadamente, la jaula llegó a la cima sin ningún problema. Allí encontraron a Tyrion, el cual acababa de saciar sus necesidades desde la cima de la mayor estructura construida por el hombre.
- Sinceramente, no pensé que lo harías tío Tyrion.
- Un Lannister siempre cumple sus promesas. Siempre y cuando le beneficien o sean fáciles de realizar.
Lyann contempló las tierras que se extendían más allá de los Siete Reinos. Un gran bosque nevado con las montañas más altas del mundo a lo lejos, cortadas por el río que los mapas del maestre Aemon denominaban como Agualechosa.
- ¿Partís mañana al alba verdad? -preguntó Jon.
- En efecto Nieve, aunque ha sido una increíble experiencia echo de menos el calor y el vino del sur. -respondió el enano. -Ser Barristan, ¿Le importaría acompañarme abajo? No aguanto estar solo en esa endemoniada jaula.
Ser Barristan miró a Lyann, el cual asintió, dándole permiso al caballero. Tyrion y Barristan bajaron haciendo un ruido infernal, quedando en la cima del mundo Lyann, Jon y Fantasma.
- ¿Sigues pensando en convertirte en explorador?
- Sin duda, es lo que siempre he deseado.
- Sinceramente, no creo que sea lo que más te pegue. Te he visto en el patio de armas.
Jon se sonrojó, recordando el momento en el que se enfrentó a Ser Allister para defender al nuevo recluta, Samwell Tarly.
- ¿Qué piensas que debería hacer entonces? -preguntó Jon
- Tienes madera de líder, Nieve. Deberías apuntar más arriba. Al Viejo Oso no le importaría que tu fueras su sucesor.
Jon miró hacia el horizonte, inmerso en sus propios pensamientos.
- No es mala idea. Me lo pensaré. -contestó el bastardo.
- Eso espero. Buena suerte Jon, espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse. Y escríbeme si necesitas algo.
-Lo haré Lyann. Buena suerte.
Lyann acarició a Fantasma antes de bajar del Muro. Había crecido mucho en poco tiempo, pero Lyann sabía que por muy terrorífico que fuera su aspecto, en realidad era un animal muy cariñoso. Al día siguiente, partió del Castillo Negro rumbo a Desembarco del Rey, junto con todos los problemas que eso conllevaba.
Chapter 5: La Posada de la Encrucijada
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Llovía a cántaros. Lyann y sus compañeros de viaje llevaban varios días de travesía bajo la lluvia y tenían las ropas completamente mojadas. Les acompañaba un miembro de la Guardia de la Noche llamado Yoren. Él también se dirigía a Desembarco del Rey a vaciar las mazmorras para reclutar a nuevos miembros para la milenaria hermandad. Cuando por fin divisaron el castillo de Invernalia en el horizonte no pudieron contener la alegría. Cabalgaron con entusiasmo hacia la fortaleza del norte con ganas de descansar y tomar una comida caliente.
- Tenemos que pedir permiso a Lady Stark que nos deje pasar unos días de reposo. -dijo Tyrion. - También espero que el pequeño Stark haya despertado. Tengo mucha curiosidad por saber que ha pasado.
- Ahora mismo lo único que me preocupa es lo que vaya a haber de cena. -respondió Lyann, al que se le hacia la boca agua solo de pensarlo.
A medida que se acercaban al castillo, se podía observar que el ambiente era muy distinto al que habían recibido en la visita anterior. Ya nadie salía de sus casas a admirar a la familia real, se acercaba el invierno y la gente tenía asuntos mucho más importantes que atender. Cuando llegaron al castillo, fueron llevados ante la sala del trono donde les recibió Robb Stark, señor de Invernalia en ausencia de su padre.
- La última vez que estuvimos aquí tuvimos una mejor recepción. -dijo Tyrion.
Lyann le dio un toque con el brazo, expresando que no era necesario ser tan borde.
- Si nos os importa, Lord Stark, nos gustaría alojarnos un tiempo bajo su techo. Los últimos días de viaje han sido bastante duros. - dijo Lyann, intentando arreglar la presentación de su tío.
Fue en ese momento cuando el joven Bran Stark llegó a la sala del trono. Estaba siendo cargado por un hombre enorme, casi tan grande como Gregor Clegane.
- "Ha despertado"- pensó Lyann.
- Hola Bran. -dijo Tyrion, recuperando la educación de golpe- ¿Recuerdas algo de lo que pasó?
- No recuerda nada del día de la caída. -contestó el hombre llamado Luwin, el maestre de Invernalia.
- Entiendo. ¿Te gusta montar Bran?
- Me gustaba- respondió el chico con un hilo de voz.
- En ese caso te traigo un regalo.
Tyrion saco de su alforja un papel. Era el mismo papel en el que llevaba trabajando desde que salieron del Muro. Contenía las instrucciones para construir una silla de montar para personas que "no están hechas para montar"
- Dale esto a tu carpintero. Él se encargará del resto.
- Habéis sido considerado con mi hermano, Invernalia está abierta para vosotros. -dijo Robb, interviniendo por primera vez.
- Muchas gracias, Lord Stark. No olvidaré este gesto- dijo Lyann. - Ahora me gustaría preguntar ¿Qué hay de comida?
Tras una decepcionante cena norteña, Lyann decidió pasear por la nocturna Invernalia antes de acostarse. Tyrion se había ido a una posada a por algo de compañía femenina y Lyann había rechazado amablemente su invitación.
Tras una buena caminata, el príncipe acabó en el Bosque de Dioses. La luna brillaba en el cielo, haciendo que el lugar tuviera un brillo mágico y el gran arciano destacaba sobre todo lo demás. Lyann se acercó a el para contemplarlo mas de cerca. Se sintió observado por los ojos rojos del antiguo árbol, cuando de repente un sonido invadió la mente del príncipe
- ¿Lyanna? -le pareció oír al joven Baratheon.
Acto seguido, confuso y con mucha curiosidad, abandonó el lugar para dirigirse a las criptas. Una vez allí abajo tuvo que abrigarse más con su capa y se revolvió su melena azabache para quitarse la nieve de la cabeza. Cogió una antorcha y camino entre los muertos.
El príncipe sentía como los antiguos señores del norte le observaban, como advirtiéndole de que no hiciera ninguna locura en ese lugar. Al poco tiempo, llegó a donde se encontraba la escultura de Lyanna Stark. Lyann observó a la mujer de piedra, que le miraba con dulzura. Se quedó allí un buen rato, esperando y mirando la estatua de la mujer de la que había obtenido su nombre.
Finalmente, el frió hizo mella en el y se dispuso a irse, pero antes Lyann sacó de su jubón un pañuelo bordado con el símbolo Baratheon y lo deposito a los pies de la estatua.
- Descansad en paz, mi señora.
Y Lyann volvió a la fortaleza, completamente congelado pero con un calor reconfortante en el corazón.
Lyann y sus compañeros partieron de Invernalia al amanecer, de regreso a la capital de Poniente. La experiencia de ver el Muro y contemplar lo que hay después del fin del mundo dejaron a Lyann pensativo durante todo el viaje. Había costado, pero finalmente los encantos del Norte hicieron mella en el espíritu del joven príncipe. Todavía quedaban unas cuantas jornadas de travesía. Comenzaba a hacer frío y en unas horas anochecería.
- Cerca de aquí se encuentra la Posada de la Encrucijada, será lo mejor pasar la noche en ella. -dijo Ser Barristan.
- Apoyo la moción, no soportaría otro día durmiendo al raso. Necesito una cama cómoda, una comida caliente y una mujer con ambas cualidades. -respondió Tyrion
Lyann y Yoren no pudieron evitar reírse ante la socarrona frase del enano, la cual incluso logró sacar una sonrisa al anciano caballero de la Guardia Real. Poco después llegaron a la famosa posada, un edificio de piedra blanca con tres pisos de alto.
- Ser Barristan y yo iremos a guardar los caballos al establo, vosotros id cogiendo habitaciones. -dijo Lyann mientras descabalgaba. El joven Baratheon cogió las riendas del caballo de Tyrion y las de su propia montura. Ser Barristan se ocupó de la de Yoren. Cuando llegaron al establo vieron que únicamente quedaba una cuadra libre.
- ¡Lo siento mucho mis señores! No estamos dando a basto últimamente. -dijo un mozo saliendo del interior del establo. -Podéis dejar los caballos restantes en el exterior, atándolos a la valla de la entrada.
Lyann dirigió su mirada al cielo. Por suerte estaba completamente despejado y no amenazaba con lluvia. Dejaron sus caballos con el mozo y se dirigieron hacia la posada. Cuando entraron no podían creer lo que estaban viendo. Unos cuantos hombres rodeaban a Tyrion con las espadas en ristre y junto a ellos una mujer, Catelyn Stark.
- ¡¿Pero qué cojones?! ¡¿Que ocurre aquí?! ¡Liberad a mi tío inmediatamente o si no..!
- Lyann, detente. -dijo Tyrion con un tono autoritario.
- ¡Pero no pueden hacerte esto! -acercándose a él, pero fue retenido por Ser Barristan.
- Pueden y lo están haciendo.
- ¡Me da igual, pienso liberarte ahora mismo!
- ¡He dicho que no intervengas! ¡Lo peor que puede pasar es que este malentendido desemboque en una guerra por tu estupidez y temperamento! -dijo Tyrion, con la paciencia claramente agotada. - Debes ir a Desembarco del Rey y evitar que alguien cometa ese error. ¿Entendido?
Lyann asintió con la cabeza, con los puños cerrados de pura furia. Catelyn y sus hombres salieron con la posada con Tyrion y le dirigió una mirada al príncipe. Y recordó que el heredero al Trono de Hierro era mitad león.
Chapter 6: Problemas en la Corte
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Lyann y Ser Barristan se despidieron de Yoren, el hombre de la Guardia de la Noche no estaba dispuesto a viajar a la velocidad del príncipe, por lo que el joven Baratheon y su guardián se dirigieron a galope tendido hacia Desembarco del Rey. Fue un viaje muy intenso, cabalgando sin cesar y descansando poco, sin salir del Camino Real la cual era la forma más rápida y directa de llegar. Gracias a este ritmo de marcha lograron alcanzar la capital de Poniente en escasos días.
Lyann vio la ciudad en toda su gloria, con la Fortaleza Roja en lo más alto de la colina de Aegon.
- ¿Crees que llegaremos a tiempo, Ser Barristan?
- Solo existe una forma de averiguarlo.
Lyann asintió y espoleó al cansado animal; dirigiéndose a la Puerta del Dragón, aquella que conectaba la ciudad con el Camino Real. Era una de las siete puertas de la ciudad. Cuando llegaron ahí, una pareja de guardias les detuvo el paso.
- ¡Alto! ¿Quién va?
- El heredero al trono, así que es mejor que nos dejes pasar de inmediato muchacho. -dijo Ser Barristan al joven guardia, con una mirada que podía dejar congelado a cualquiera.
El soldado no tuvo tiempo ni para balbucear una disculpa, pues Lyann emprendió la marcha de forma inmediata hacia la Fortaleza Roja. Atravesó las calles de la ciudad tan rápido como los transeúntes se lo permitían. Al llegar al centro de la ciudad, la cantidad de gente era demasiada para poder ir en caballo a buena velocidad, por lo que Lyann descabalgó.
- Ser Barristan, espérame aquí. Volveré pronto.
- ¡Mi señor, es muy peligroso ir por la ciudad solo! Continuemos a caballo, aunque perdamos tiempo.
Pero Lyann no lo escuchó y empezó a correr. Fue evadiendo a la gente en su ascenso hacia la colina de Aegon y apartando a aquellos que obstaculizaban su camino de forma evidente. Un hombre con el que tropezó le agarró por el hombro, exigiendo una disculpa, pero recibió un puñetazo que lo dejo inconsciente en el suelo. Lyann estaba lleno de sudor y resoplaba por la larga carrera. Miró a su alrededor, todo el mundo lo estaba mirando y se había formado un corro alrededor del príncipe. Lyann no podía pararse, el secuestro de Tyrion podía desembocar en una guerra y estaba en sus manos evitarla. No podía preocuparse por un ciudadano cualquiera.
- Sácalo de la calle, despiértalo e invítalo a una cerveza. - dijo Lyann lanzado una moneda al hombre más cercano. Después continuó con la carrera, maldiciendo el tener un corazón de oro.
Por suerte, no hubo más incidentes por el camino y llegó sano y cansado a la Fortaleza Roja. Cruzó la Puerta del Rey y atravesó el gran patio exterior, donde personas de servicio iban de un lado para otro haciendo sus obligaciones, para llegar al interior del edificio. Al cruzar las enormes puertas de entrada se encontró en el Salón del Trono. La descomunal estructura de espadas fundidas siempre maravillaba a Lyann, tanto que no se dio cuenta de la persona que se dirigía hacia él.
- Bienvenido, mi señor Lyann. ¿Qué tal el viaje hacia el Muro? Espero que no os hayáis topado con ninguna tormenta. - dijo un eunuco vestido con sedas y que olía a lavanda.
- Hola, Lord Varys. - dijo Lyann, sentándose en el suelo y tratando de coger aliento. - Reúne a todos para una reunión, han secuestrado a Tyrion. No debemos intervenir ni hacer ninguna estupidez. Tyrion dijo que él lo solucionaría.
- Me temo que no va a poder ser, dicha noticia ya ha llegado a Desembarco del Rey. Vuestro tío Jaime acaba de salir en busca de Eddard Stark para que "sufra las consecuencias". –contestó el eunuco con su melosa voz.
- ¡¿Qué?! ¿¡Adonde se dirige?!- gritó Lyann, levantándose como movido por un resorte.
- A uno de los burdeles de nuestro común amigo Meñique, en la Calle de la Seda.
- ¡Demonios Varys! ¿Cuál exactamente?
- Aquel adonde hacíais vuestras escapadas nocturnas. -dijo Varys como si fuera lo más normal del mundo.
Lyann quedó petrificado al oír las palabras del eunuco. Aquello formaba parte de un pasado del que Lyann tenía sentimientos encontrados.
- ¡Mierda! ¡No tengo tiempo para esto! Ya me contaras todo más tarde, ya me encargo yo de Jaime.
Lyann salió al patio exterior, con la capa y sus cabellos carbón ondeando al viento. Observó la ruta más rápida para llegar a su destino, el viaje era prácticamente una línea recta por calles no tan concurridas como por las que había ido antes. Se acercó a un mozo que estaba llevando un caballo a los establos.
- Necesito este caballo. Si alguien te dice algo, dile que lo tomo prestado el príncipe Lyann. -dijo el joven Baratehon mientras le entregaba unas monedas.
Lyann montó en el animal y se dirigió a su destino. Cruzó las calles a la velocidad del rayo, la gente se apartaba al escuchar los cascos sonando en el suelo asfaltado, la mayoría soltando una maldición. Una vez llegó a la Calle de la Seda, fue directo hacia su destino. Por mucho tiempo que pasara, el príncipe se sabia el camino de memoria. Enfrente del burdel, estaban varios cadáveres con el emblema de los Stark repartidos por el suelo y signos de una clara batalla, pero no encontró el de Ned. Entro en el burdel y se acercó a la chica que le cambió la vida.
- ¿Dónde esta Lord Stark, Keyla? ¿Está bien?
- Me temo que no.- dijo la muchacha de cabellos rojo fuego. - Lord Baelish le está realizando primeros auxilios en el piso de arriba.
- Llévame hasta él.
Lyann siguió a la chica a través del recinto. Estaba muy iluminado y decorado con múltiples sofás y cojines de excelente calidad y un aroma embriagador envolvía todo el lugar. Keyla rondaba más o menos su edad, andaba con un paso enérgico haciendo revolver su corta melena rizada y condujo al príncipe a una sala donde se escuchaban voces con un tono de urgencia. Al entrar, vieron a Meñique vendando y limpiando como podía la fea herida que tenía Lord Stark en la pierna.
- ¿Príncipe Lyann? -preguntó Baelish con genuina sorpresa. - ¿Qué estáis...?
- ¿Cómo está Lord Eddard? -dijo Lyann, acercándose al herido señor del Norte.
- Mal. Hay que llevarlo a la Fortaleza Roja de inmediato. El Maestre Pyrcelle tiene lo necesario para encargarse de él.
- Tengo un caballo afuera. ¿Podrías dejarme unos pocos hombres de escolta?
- Por supuesto. Vamos, ayúdame a sacarlo. Tú también Keyla.
La muchacha pelirroja ya se estaba yendo debido al asco de la escena, pero no podía desobedecer una orden de su jefe. Entre los tres sacaron al exterior a Ned y lo subieron al caballo. Lyann subió con él, con cuidado de que no se cayera.
- Ya nos veremos en el castillo, mi señor Lyann. -dijo Meñique. - Tengo que organizar unas cuantas cosas y limpiar este desastre antes de que espante a la clientela. ¡Ah! Y recuerda que siempre eres bienvenido aquí.
- Gracias por la oferta Baelish, pero tengo mejores asuntos que atender.
- Siempre hay tiempo para el placer, mi príncipe. -dijo con una maliciosa sonrisa mientras volvía al burdel.
- Ha sido un honor, Lyann... ¡Quiero decir..! Mi príncipe. Rezo para que Lord Eddard se recupere. -dijo Keyla, haciendo una reverencia perfecta.
- Gracias por tu ayuda Keyla.-respondió Lyann sin darle importancia a la equivocación de la muchacha- Dile a Meñique que te de un extra de mi parte.
Lyann volvió a paso lento a la Fortaleza Roja escoltado por cuatro hombres que Baelish que se encargaban de la seguridad del burdel. Eddard Stark no paraba de farfullar cosas sin sentido.
- Descanse Lord Eddard, porque si se muere vamos a tener problemas de los gordos.
Chapter 7: La Partida de Caza
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Lyann despertó cuando los rayos del sol asomaron por la ventana. Estaba en su habitación de la Fortaleza Roja. Después de tanto tiempo durmiendo y viviendo por los caminos, se sentía extraño estar de vuelta en casa. Se levantó de su cama, de madera de exquisita calidad con un dosel del que colgaban unas cortinas rojas y doradas. Lyann abrió la ventana y se dejó llevar por la brisa marina que le azotaba el rostro y revolvía sus cabellos azabaches. Era un día espléndido, el sol brillaba y no había ni una sola nube en el cielo, lo que permitía ver la ciudad en todo su esplendor. Después se dirigió al armario que había al fondo de la habitación, donde escogió un bonito jubón marrón y unos pantalones a juego. A Lyann no le gustaba vestir elegante, prefería las ropas de cuero flexibles, pero como príncipe sabía que tenía que vestirse como tal. Una vez preparado salió de la habitación, fuera le estaban esperando un par de sirvientas, las cuales hicieron una pequeña reverencia. Lyann las saludo asintiendo con la cabeza y se dirigió al comedor.
Cruzó el enorme castillo entre el bullicio de los criados y los nobles invitados en la corte. Todos se paraban en saludar al heredero al trono, pero Lyann apenas les prestaba atención. Una vez en el comedor, únicamente se encontraban su padre y su madre sentados en la larga mesa. Robert estaba comiendo un gran jabalí asado mientras que Cersei ya había terminado de comer y se dedicaba a saborear una buena copa de vino. El príncipe se sentó a la derecha del rey y justo delante de su madre. Se sirvió un trozo de jabalí con unos huevos fritos junto con una copa de vino.
- Robert, deberías comer con más cuidado. Un día de estos un jabalí acabará contigo. -dijo Cersei mientras daba un sorbo.
- Tonterías. Un cerdo no acabará conmigo. -dijo Robert al tiempo que realizaba un enrome mordisco.
- Mamá tiene razón, deberías controlarte un poco. Creo recordar que ese era el último jabalí de la despensa. A este paso vas a acabar con todos los jabalíes del mundo.
- ¿Era el último? Entonces tendremos que cazar más. ¿Te unes Lyann? -dijo el rey ofreciendo un brindis a su hijo.
- ¡Claro! -dijo Lyann entusiasmado, chocando jarras con su padre.
- Perfecto entonces, saldremos mañana al alba. Hay que hacer bastantes preparativos.
Lyann acabó de desayunar, dejo el plato en la mesa y salió del comedor. Se dirigió a la sala del Trono de Hierro donde tenía una cita con Varys. Había estado muy desconectado de los asuntos del reino y no existía nadie mejor que "La Araña" para informar de dichos asuntos. Cuando llegó Lyann la sala estaba vacía, únicamente se encontraban él y el trono. La descomunal estructura compuesta de espadas fundidas intimidaba a cualquiera y Lyann no era la excepción, sabía que en algún momento sería él quien se sentaría allí y no se sentía preparado para tal responsabilidad.
- Magnifico, ¿no creéis mi señor? -dijo una voz suave que se oyó en toda la habitación.
- Cierto, Lord Varys. Es realmente impresionante. -contesto Lyann suspirando, estaba tan absorto mirando el Trono de Hierro que se le olvidó respirar.
- ¿Ganas de sentaros en él? -dijo Varys situándose a su lado y contemplando el también el Trono de Hierro.
- Todavía no. Me gustaría tener algo de libertad durante unos cuantos años más. Se podría decir que aún no me han forjado del todo. ¿Lo pilláis? -dijo Lyann dirigiéndose al eunuco con una sonrisa.
Varys asintió, ignorando el chascarrillo del príncipe.
- Contadme Varys. -dijo Lyann, ligeramente incomodo, mientras se dirigía a la salida- ¿Qué es lo que me he perdido mientras estaba en el fin del mundo?
- Como bien sabéis, vuestro tío Tyrion fue secuestrado por Catelyn Stark, esto es debido a que el joven Bran Stark fue víctima de un intento de asesinato.
- ¿Quién fue el intento de asesino?
- Un vulgar campesino, nadie le echará de menos.
- ¿Alguna idea de quien pudo haberlo enviado?
- Me temo que no, mi señor.
Salieron de la sala del trono al patio exterior y se dirigieron a los jardines que se encontraban en la parte este de la Fortaleza Roja. Lyann solía ir allí cuando estaba estresado y la conversación con el eunuco sabía que le iba a estresar mucho. Caminaron un rato en silencio, escuchando como se disminuía el ruido de la gente trabajando en el patio para comenzar a oír el cantar de los pájaros
- ¿Algo más? ¿Qué ocurrió en la capital?
- Vuestro padre celebró un torneo en celebración al nombramiento de Eddard Stark como Mano del Rey.
- Seguro que Meñique puede manejar los gastos. ¿Quién ganó, por curiosidad?
- Sandor Clegane
- ¿De verdad? Increíble, diría que es la primera vez. -dijo Lyann sorprendido, mirando fijamente a Varys.
- Bueno, técnicamente ganó Loras Tyrell pero le concedió la victoria a Clegane por salvarle la vida.
- ¡Joder! Qué pena habérmelo perdido. ¿Algo más?
- Una última cosa, pero me temo que no os va a gustar.
- Esas son las noticias que más me interesan, Lord Varys, dispara.
- Daenerys Targaryen contrajo matrimonio con un señor dothraki y está en cinta.
Lyann se detuvo en seco. A pesar no poder ver el rostro del príncipe, Varys sabía que había perdido todo el color. Lyann camino hasta un mirador cercano y se apoyó en la baranda de piedra. Desde ahí se podía ver con claridad los puertos de Desembarco del Rey, donde multitud de marineros y pescadores buscaban el sustento del día.
- ¿Cómo reaccionó mi padre? -dijo Lyann, completamente serio.
- Con furia, mi señor. La mandó asesinar cuanto antes.
- ¿Alguna posibilidad de evitarlo?
- Me temo que mis pájaros ya han volado, mi señor.
Lyann permaneció en silencio un tiempo que a Varys le pareció eterno. "La Araña" no lo culpaba, sabía que el príncipe no compartía con su padre el odio hacia los Targaryen y había presenciado más de una discusión al respecto. Lyann se dio la vuelta y se dirigió a Varys con la mirada aun perdida:
- Disculpadme Varys, gracias por todo. Infórmame si hay alguna novedad. Podéis marcharos.
Varys realizó una pequeña reverencia y se marchó por donde habían venido. Lyann continuó caminando por los jardines. Era otoño y muchas de las hojas de los arboles decoraban el suelo. Tras caminar largo tiempo perdido en sus pensamientos, de repente una brisa arremetió contra el príncipe, despeinando completamente su melena azabache y decorando su jubón con hojas de doradas y rojas. Eso fue la gota que colmó el vaso:
- ¡Joder! ¡¿Por qué mandar matar a la chica?! ¡No habría hecho nada! ¡Hasta los niños saben que los dothrakis nunca cruzarán el mar! ¡No tenía nada contra nosotros, pero ahora tiene un motivo para vengarse!
Acto seguido Lyann le soltó una patada al árbol más cercano, provocando que cayeran unas cuantas hojas. Fue en ese instante cuando se percató de que había alguien observándolo.
- ¿Lady Sansa? ¿Qué hacéis aquí? -preguntó Lyann intentando recomponer la postura.
- ¡Nada!... Es decir... Solo daba un paseo. Buscaba un lugar tranquilo donde despejar la mente. ¡No pretendía escucharos! -dijo la muchacha Stark, roja como un tomate.
- Tranquila, no ocurre nada. O sea, si ocurre algo... ¡Pero nada que deba preocuparos mi señora! -dijo Lyann, tan sonrojado como ella.
Se produjo un silencio incómodo. Ambos jóvenes miraban al suelo sin saber que decir. Fue Lyann el valiente que decidió dar el paso.
- ¿Buscabais un lugar donde despejar la mente, ¿verdad? -dijo el príncipe mirando a la mujer de pelo escarlata.
- En efecto. ¿Conocéis algún sitio? -devolviéndole la mirada.
- Lo conozco. Seguidme por favor.
La pareja se encamino al lugar donde Lyann había conversado con Varys. Durante el camino, el príncipe fue eliminando las hojas de su castaño jubón y peinándose como buenamente pudo. Sansa no pudo reprimir una pequeña risa a la tercera ramita que Lyann se sacaba del pelo, algo que también hizo sonreír al muchacho. Finalmente llegaron a la baranda de piedra donde les esperaban unas increíbles vistas. Ambos se asomaron para admirar el paisaje marítimo.
- Suelo venir aquí a relajarme. Cuando miró la inmensidad del mar, siento que mis problemas no son para tanto.
- Cierto. En comparación con el Norte, todo en la capital es mucho más complejo; pero también mucho más emocionante. Torneos, banquetes, juglares... Siempre hay algo que hacer.
- En efecto, pero en grandes cantidades puede llegar a agobiar. Si por mi fuera, cogería un gran navío junto con una tripulación y partiría a explorar el mundo. -dijo Lyann, con la mirada iluminada.
- Es evidente que eso es lo que realmente te apasiona. -dijo Sansa mirándolo con una educada sonrisa. - ¿Y adonde viajarías?
- Hacia el este, hasta llegar al fin del mundo conocido. Sería una hazaña increíble. -dijo Lyann, poniéndose encima de un banco cercano simulando que es un barco.
- En ese caso, casi sería mejor partir hacia es oeste de Poniente. Llegarías antes. -dijo Sansa, ahora con una sonrisa completamente sincera.
- Nadie ha navegado hacia el oeste de Poniente. Los maestres dicen que no hay nada de interés. -respondió Lyann, con un rostro incrédulo.
- Estoy segura de que al oeste se encuentra la mayor canción de la historia.
El príncipe bajo del banco y se acercó a al joven Stark hasta que sus rostros casi se estaban tocando. La joven pelirroja se sonrojo, pero no desvió su mirada y permaneció fija en los ojos esmeralda del muchacho de cabellos carbón.
- Os traeré esa canción, Lady Sansa, lo prometo por los Siete.
Esta vez fue Sansa la que mostró valentía y le dio al príncipe y beso corto, tímido pero lleno de sentimiento. Lyann fue más allá y los dos jóvenes se fundieron en un beso lleno de pasión. Ambos sabían que no tenían muchas cosas en común, ambos sabían que fueron sus padres los que planificaron su relación, ambos sabían que no tenía ningún sentido, pero ambos sabían que no había nada más ilógico que el amor. Lo supieron desde su primer encuentro.
Quiso el destino que fueran interrumpidos por un paje, el cual, llevaba un mensaje importante.
- Lady Sansa, vuestro padre ha despertado. - dijo el mozo mientras trataba de recobrar el aliento.
Sansa miró a Lyann, ambos querían continuar, pero no era el momento para el romance.
- Perdonadme, mi señor, mi padre me necesita. -dijo la muchacha haciendo una reverencia perfecta.
- No hay nada que perdonar, mi señora. Pero por favor, llamadme Lyann. -devolviéndole la cortesía.
- ¿Volveremos a pasear pronto mi seño..., quiero decir, Lyann?
- Cuantas veces desees, Sansa.
La joven Stark partió a reunirse con su padre, mientras que Lyann decidió que ya era momento de realizar los preparativos para la partida de caza.
Hacia un día estupendo para la caza. Nublado, pero sin llover, con un muy poco viento que evitaba que la flechas de los arcos y ballestas se desviaran. Lyann, el rey Robert y un pequeño séquito se habían internado en el bosque para dar caza a un enorme jabalí del que los lugareños de la zona no paraban de quejarse. A medida que se adentraban en el bosque la atmósfera del lugar inquietaba a la pequeña comitiva real. Después de dos horas de búsqueda sin resultados, se decidió dividir el cortejo, para abarcar más terreno.
El príncipe iba acompañado por dos soldados que le había encasquetado su padre, Paul de la casa Morett y Drake de la casa Eisenhardt; ambas vasallas directas de la corona. Mientras que Paul era un joven de tez oscura, perfectamente afeitado y con el uniforme recién lavado, Drake tenía una enorme y descuidada barba castaña a la vez que su olor corporal alejaba a todo ser vivo con la capacidad de moverse en tres kilómetros a la redonda. Los dos guardaespaldas mantenían una acalorada discusión:
- El arco es superior, tiene mucho más alcance y no tardas una vida entera en recargar. -dijo Paul con condescendencia.
- No puedes ser más idiota. La ballesta es mucho más potente y hasta un niño de 3 años puede usar una ballesta, lo cual es muy útil en la batalla. -dijo Drake con una mirada burlona.
- Estás completamente loco, Drake. Lyann ¿A que el arco es superior a la ballesta?
Lyann se giró en dirección a los dos hombres, claramente cansado de la estúpida discusión.
- El arco para la guerra, la ballesta para la caza. Fin de la disputa. - dijo con una mirada que no admitía replica alguna.
Aun así, Paul iba a añadir algo más cuando los tres hombres escucharon un ruido. Provenía de detrás de unos arbustos cercanos. El trio se acercó de forma sigilosa, Drake le cedió la ballesta a Lyann y miraron a través de los matojos. Se quedaron boquiabiertos ante la escena que presenciaron. Un gran venado, completamente blanco como la nieve, estaba bebiendo de un arroyo cercano. Era tan grande que el propio Lyann podría cabalgarlo y exudaba un aura mística que hipnotizaba a cualquiera. Lyann dejó la ballesta en suelo. Se levantó y se acercó al legendario animal.
- ¡Mi señor, tened cuidado! -dijo Drake con preocupación.
Lyann no lo escucho. Avanzaba en trance hacia el ciervo, había algo en el animal que lo llamaba. Tenía la mirada fija en los ojos azules, irreales, de la criatura; no percibía nada que no fuera la figura del ciervo.
El venado no huyó en presencia del príncipe, lo estuvo esperando al lado del arroyo con una postura orgullosa. Lyann levantó el brazo con intención de acariciarlo. El ciervo agachó la cabeza, dando su consentimiento. Estaba el príncipe a punto de realizar el contacto cuando un virote le pasó rozando, impactando en la gran cornamenta del animal. El venado se encabritó y huyó rápidamente del lugar.
Lyann parpadeó, intentando comprender que había sucedido. Fue entonces cuando llego la furia. Volvió a donde estaban sus compañeros, Paul aún tenía la ballesta en sus manos. Cuando el miembro de la casa Morett vio los ojos esmeraldas del príncipe sabía que no saldría bien parado.
- ¡Mi señor, lo siento! Solo quería protegerle de la besti...
Lyann le dio un puñetazo tan fuerte en la mandíbula que por poco no se le separó de la cara. Paul cayó al suelo estrepitosamente. Escupió un diente y se incorporó, lanzándole una mirada asesina al príncipe.
- Volvamos con los demás. Necesito un trago. -dijo Lyann, abriendo la marcha hacia el punto de encuentro.
No hubo ninguna palabra durante todo el trayecto de vuelta, el cielo amenazaba con tormenta y era mejor pasarla bajo una tienda que en medio de la naturaleza. Después de una caminata que se les hizo eterna a los tres, finalmente llegaron al campamento situado en el linde del bosque. Allí Lyann fue interceptado por su tío Renly, el cual se encontraba a la puerta de la tienda más grande de todas, con una clara preocupación en los ojos.
- ¿Que pasa tío? Estás blanco como la leche.
- ¡Lyann! Gracias a los dioses ya estás aquí. Robert... Un jabalí... El vino... Entonces... -Renly se atragantaba con las palabras, parecía que iba a romper en llanto.
- Renly, contrólate. ¿Qué ha ocurrido? -dijo Lyann, agarrándolo por los hombros.
- Es tu padre. Ha tenido un horrible accidente. Está postrado en cama.
Un rayo cruzó el cielo. El trueno retumbó por todo el cuerpo de Lyann, completamente petrificado.
Chapter 8: ¡Larga Vida al Rey!
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Lyann estaba devastado. El viaje de vuelta a Desembarco del Rey fue atroz. Llovía a cántaros y Lyann se encontraba totalmente solo, únicamente con sus pensamientos. Cabalgaba despacio y la lluvia provocaba que su cabello negro le tapara la cara casi por completo. Renly y Ser Barristan trataban de levantar un poco el ánimo, pero fue inútil. Lyann no escuchaba y trataba con nadie.
Ahora los cuatro hijos Baratheon se encontraban juntos, despidiéndose de su padre. Tommen no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, pero sabía que no era algo bueno. Estaba agarrado a las faldas de Cersei, mientras ella trataba de tranquilizarlo. Myrcella apenas podía contener las lágrimas y fue la primera en salir de la habitación debido a que no aguantaba más. Joffrey estaba junto a su padre, realizando una conversación que sabía que nunca volvería a realizar. Lyann no recordaba cuando fue la última vez que vio a su hermano con lágrimas sinceras en sus ojos. El heredero al Trono se encontraba al fondo de la sala, ya había hablado largo y tendido con su padre en el viaje de vuelta.
Eddard Stark entró en la habitación, sosteniéndose en un bastón. Si el señor de Invernalia se sorprendió de ver a su mejor amigo postrado en la cama, con un olor que anunciaba la muerte, logro disimularlo de forma perfecta.
- Dejadnos solos. Quiero hablar con Ned. -dijo Robert con un hilo de voz.
Todos salieron, uno detrás de otro; Lyann se sentó en un banco cercano y hundió la cabeza en las rodillas. El silencio se apodero del lugar. Todos sabían lo que iba a ocurrir y Lyann era el que más quería que esto fuese una pesadilla. Sabía que no estaba preparado, pero tenía que seguir adelante, como había hecho su padre cuando lucho contra los Targaryen.
- ¿Dónde estabas cuando padre se enfrentó al jabalí? ¿Por qué no estabas a su lado? -preguntó Joffrey, sin siquiera mirar a Lyann.
Lyann no respondió, no tenía fuerza ni ganas de discutir con su hermano. Pero Joffrey siguió.
- Sabias que había bebido de más. A ti te habría escuchado y no estaría borracho. Por tu culpa padre está muriendo.
Lyann se levantó bruscamente, agarró a Joffrey de su jubón rojo y dorado y lo arrastró contra la pared. La furia era visible en los ojos del príncipe.
- ¡¿Acaso dices que quería que padre muriera?! ¡¿Es eso?! -estalló Lyann.
- Solo sé que padre está muriendo y no estuviste allí para ayudarlo. -respondió Joffrey, con una mirada igual de asesina.
- ¡Basta! ¡Parad los dos! -gritó Myrcella entre lágrimas. - Padre está muriendo y vosotros peleando. ¡Debería daros vergüenza!
Lyann soltó a su hermano contra el suelo, sin ningún tipo de cuidado. Fue en ese momento cuando salió Eddard Stark de la habitación.
- Lyann, ven conmigo. Tenemos que hablar en privado.
Lyann siguió a la mano del rey hasta sus aposentos, en la cima de la Torre de la Mano. La gente de la Fortaleza Roja estaba realizando sus últimas tareas antes de irse a dormir. El sol ya se había puesto y Lyann solo quería irse a dormir.
Subieron por la larga escalera de caracol hasta la cima de la torre. Entraron en una pequeña sala, decorada con un par de estanterías llenas de libros y una enorme mesa en el centro de la habitación. Eddard Stark se sentó detrás de la mesa, dando la espalda a una gran ventana. Lyann se sentó delante de él.
- ¿Qué ocurre Lord Stark, aparte de lo evidente?
Eddard vio lo afligido que estaba el príncipe, sabía por lo que estaba pasando.
- Hay que preparar la coronación de mañana, el maestre Pyrcelle dice que no superará la noche. El propio Robert lo sabe y lo ha asumido. -hizo una pausa, vio que Lyann seguía con la mirada perdida. - Escucha, me hace tan poca gracia como a ti hablar de este tema ahora, pero es algo que hay que hacer. En cuanto Robert muera te convertirás en rey y hay que prepararlo todo.
- Lord Stark...
- Por favor, llámame Ned.
- Ned. ¿Podríamos posponer la coronación hasta pasados unos días? Me gustaría conmemorar la muerte de mi padre.
Ned miró con pena al muchacho y asintió.
- Si. Tienes razón. Además, creo que todos necesitamos unos días para guardar el luto. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
Lyann ya estaba abriendo la puerta para marcharse, pero se detuvo.
- Háblame de mi padre. ¿Cómo era de joven?
Ned le indicó que se sentara y estuvieron hablando por mucho tiempo.
Lyann se despertó rozando el alba, apenas durmió esa noche. Se acercó a la ventana de su habitación y observó las vistas. Desembarco del Rey estaba cobrando vida poco a poco y el sol alzándose por el mar lo reconforto de cierta manera. Era un nuevo comienzo y, tras la conversación con Ned, sus recientes experiencias tanto en el norte como en el sur y haber meditado durante la noche, finalmente se sentía preparado.
Se vistió con su ropa de cuero habitual, cómoda y flexible, rematando la indumentaria con su capa roja con el venado coronado a la espalda. No había mejor manera de honrar a su padre que vestir como a él siempre le habría gustado. Vistiendo como un hombre de acción, de aventura, pero elegante como un rey. Antes de ir a desayunar al comedor decidió ir al septo de la Fortaleza Roja, donde se encontraba el cuerpo de su padre. Quería despedirse una última vez, a solas.
De camino hacia el septo, cerca de un pasillo que conducía a un patio interior, escuchó unos sonidos de lucha. Lyann sabía que era demasiado temprano para los entrenamientos matutinos y en ese lugar nunca entrenaba nadie. Se acercó con curiosidad y el futuro rey quedó satisfecho con lo que encontró en el patio. Dos personas, un adulto y un niño, estaban practicando con espadas de madera.
Ambos se movían con una gracia inusitada, aunque era evidente el niño todavía estaba aprendiendo. No paraban de moverse mientras chocaban las espadas como bailarines en una gran actuación. Cuando terminó el breve combate, Lyann aplaudió con entusiasmo y sorprendiendo a los dos guerreros, que estaban demasiado concentrados en su arte.
- Fascinante, realmente fascinante. - dijo Lyann mientras se acercaba a ellos.
Fue cuando tuvo al frente a la pareja que se dio cuenta de la identidad del chico, que en realidad no era un chico.
- ¿Arya Stark? -preguntó sorprendido Lyann- ¿Sabe tu padre que estás aquí?
- Lord Stark me contrató para que entrenara a su hija en el arte de la espada. Me llamo Syrio Forell -dijo el hombre, con un fuerte acento extranjero.
- Y es la primera espada del Mar de Braavos. -dijo Arya con orgullo.
Lyann miró fijamente al hombre. Era alto, delgado y calvo como un huevo. Aun así, Lyann pudo ver que tenía un físico perfecto para el estilo de lucha de realizaba.
- Quiero luchar contra ti. Ahora.
- Entonces coge una espada y empecemos.
Lyann se desabrochó la capa y estiró sus articulaciones. Cogió la espada que le dejó Arya y comenzó a observar a su oponente. Syrio se encontraba en guardia, con la mano izquierda detrás de la espalda y apuntando Lyann con la espada en la derecha. Lyann atacó de improvisto, como cuando un león comienza la caza, y atacó repetidamente al braavosi. Por desgracia, Syrio esquivó todos sus ataques, haciendo gala de un juego de pies que Lyann no había visto nunca. En cuanto Syrio percibió una abertura atacó sin piedad con una estocada dirigida al corazón, que Lyann desvió de puro milagro. Syrio atacaba como un gato, rápido y preciso. Lyann solo consiguió evitar dos golpes dirigidos a su cabeza cuando Syrio le golpeó en la mano de la espada. Lyann soltó el arma y se encontró derrotado, con la espada de Syrio en el cuello.
- Muerto. -dijo el braavosi con una sonrisa.
Lyann le tendió la mano a Syrio, el cual se le estrecho con gusto. Arya comenzó a aplaudir y Lyann realizó una exagerada reverencia. Le tendió la espada a Arya y se sentó un rato en el suelo a recuperar el aliento mientras observaba a los dos bailarines. Cuando Lyann ya iba a marcharse, un grupo de capas doradas entraron en el patio liderados por un capa blanca, el cual Lyann reconoció como Meryt Trant.
- Arya Stark. Tu padre quiere verte. -dijo el guardia real.
- ¿Entonces, -interrumpió Syrio- como es que Lord Stark no envía a sus propios hombres?
- ¿O por qué no viene el mismo, ya que estamos? -añadió Lyann.
Los soldados se giraron hacia él, ligeramente sorprendidos.
- Lyann Baratheon. Quedas arrestado por el asesinato del rey Robert. -dijo Meryn Trant- Traed a la chica y al traidor vivos. Matad al braavosi.
Un capa dorada atacó a Syrio, pero este lo noqueó con un fuerte golpe de la espada de madera en el yelmo.
- Arya, Lyann, escapad de aquí. Buscad a Ned. Yo los distraigo.
Lyann agarró del brazo a la pequeña Stark y la arrastro hacia el pasillo más cercano. Ella se negaba a acompañarlo. En el tiempo que duro el forcejeo, Syrio logró noquear a todos los capas doradas. Meryn Trant desenfundo su espada.
-Arya -dijo Syrio sin perder de vista a su oponente- ¿Qué le decimos al dios de la muerte?
-Hoy no. -respondió la chica.
Esta vez los jóvenes Baratheon y Stark huyeron juntos. Mientras escapaban no paraban de oír gritos y ruidos de batalla. Cruzaron multitud de pasillos y habitaciones hasta que acabaron en las murallas exteriores del castillo. Abajo se encontraba el mar. Corrieron por las murallas y Arya seguía a Lyann que conocía bien el castillo y se dirigía hacia la Torre de la Mano, donde pensaba que era donde más probable que se encontrara Ned Stark. De repente, saliendo de un torreón apareció Meryn Trant interrumpiéndoles el paso. Estaba cubierto de sangre y magulladuras por todo el cuerpo.
- ¡Hijos de puta! Vosotros dos no iréis a ningún lado.
Lyann cargó contra el guardia real, completamente cogido por sorpresa.
- ¡Corre Arya! ¡Huye!
La chica no lo pensó dos veces y continuó corriendo mientras Lyann forcejeaba con Meryn. Este se lo saco de encima con esfuerzo y desenfundó la espada. Estaba impoluta.
- Ya me tienes hasta los cojones, Lyann. Tenía que llevarte vivo a tu madre, pero los traidores y asesinos no merecen vivir.
Antes de que Lyann pudiera replicar Meryn Trant cargó contra él. Era rápido, pero se estaba dejando llevar por la furia. Lyann esquivó los primeros envites de la hoja pero le fue imposible evitar el puñetazo que le sorprendió por la derecha. Por poco la cabeza no le dio vueltas debido a un golpe de tal calibre y gracias a ello logró parar el tajo que iba directo a su cabeza. El filo de espada estaba a escasos centímetros de su rostro y Meryn empujaba con todas sus fuerzas. Apenas podía soportar la presión.
No la soportó.
La hoja se hundió en la carne y Lyann aulló de dolor. Fue un grito tan escalofriante que el capa blanca retrocedió. Lyann hiperventilaba, se tapaba el lado izquierdo del rostro, de donde no paraba de manar sangre del agujero que antes guardaba su ojo. Meryn Trant se acercó y le propinó un golpe en estómago, dejándolo sin aliento. Lyann retrocedió, llegando al límite de la muralla, completamente cegado por el dolor. Finalmente, el guardia real le empujo de una patada al vació.
Lyann Baratheon vio como el mar se acercaba cada vez más. Impactó contra las aguas y todo se volvió oscuro.
Chapter 9: El Fantasma
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Oscuridad. Agua. Padre. Dolor. Sansa. Jabalí. Dolor. Mar. Capa Blanca. Joffrey. Arya. Dolor. Frío. Frío. Frío.
Un venado blanco con cornamenta dorada.
Lyann despertó. Se encontraba en una habitación humilde, de pequeño tamaño pero bien ordenada. Estaba tumbado en una cama que le quedaba algo pequeña, completamente empapado de sudor y cubierto de vendas por todo el cuerpo. La luz de un sol de la mañana se filtraba por la ventana. Lyann intentó incorporarse, pero un pinchazo de dolor en su costado se lo impidió. Volvió a tumbarse en la cama, aguantando el dolor como podía. Se tocó la parte izquierda del rostro, aquella con la que solo veía oscuridad, pensando que todo era una pesadilla.
Fue entonces cuando entro en la habitación una joven con el pelo de color rubio platino, recogido en una trenza que le caía por el hombro. Vestía ropa cómoda, una camisa blanca anudada a un lado dejando el vientre al descubierto y un pantalón marrón oscuro ajustado. Llevaba un conjunto de vendas nuevas que dejo caer en el suelo al ver al chico consciente.
- ¡Dioses! ¡Estás despierto!- dijo acercándose con urgencia al lado de su paciente.
- ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?- preguntó con voz ronca, logrando levantarse ahora que contaba con ayuda.
- Estás en Desembarco del Rey, mi padre y yo te encontramos varado cerca de donde solemos atracar nuestro barco.
La chica comenzó a quitarle las vendas sucias y sudadas a Lyann, que no tenia fuerza ni ganas de resistirse a que una desconocida le cuidara. Tenia cosas más importantes en la cabeza.
- Me llamo Valian. ¿Cómo te llamas tú?
- Lyann
-¿Como el príncipe?
- Ese soy yo. Lyann Baratheon.
Valian dejó de quitar las vendas y miró a Lyann a los ojos. Sus ojos azules como el mar chocaron con los ojos verdes esmeralda del príncipe durante unos momentos que parecieron eternos. Entonces, ella se rio
- ¿Cómo vas a ser el príncipe Lyann? Murió hace tres días- dijo entre risas.
Lyann mantenía un rostro completamente inexpresivo, dejando en claro que no le hacia ninguna gracia. Valian dejo de reírse, se fijo mas en la cara del príncipe. Fue entonces cuando lo vio claramente.
- ¡Dioses! ¡En verdad eres el príncipe! Has cambiado mucho desde la última vez.
-Espera. ¿Acaso nos conocemos?- preguntó Lyann sorprendido.
-¡Sí! Mi padre y yo fuimos hace unos dos años a la Fortaleza Roja a entregar al rey y sus hijos unas capas de importación desde Myr. Tenían el blasón de la familia real.
Lyann hizo memoria del día en el que le regalaron la capa. Su decimocuarto día del nombre había sido apenas unos días antes. Se encontraban todos en el salón del trono uno de los pocos días en los que Robert decidía ejercer como el rey que técnicamente era. Lyann y sus hermanos estaban apartados, apoyados contra la pared. Lyann cargaba con Tommen en brazos, había aguantado despierto más de lo que pensaba y se merecía un descanso.
Después de arreglar un asunto de propiedad de tierras entre dos campesinos, el rey hizo llamar al siguiente súbdito. Se presentaron un hombre mayor, con el pelo corto entrecano y una barba de pocos días, esta completamente blanca. Tenía una mirada dura, de alguien que ha visto mundo y vestía unas ropas de marinero desgastadas por el uso. Le acompañaba una chica joven, poco mayor que Lyann, con el pelo rubio platino ondeando por su espalda. Sus ojos azules observaban la sala del trono con gran curiosidad.
- Majestad- dijo el hombre inclinándose- Os traemos las capas que encargaron desde Myr. Se encuentran esperando en un carro en el patio de armas.
- Perfecto. Traedlas ante mí.- dijo el rey con una sonrisa en la cara.
La muchacha se dirigió hacia la salida a paso ligero mientras el rey escuchaba la travesía del marinero. Habían salido de Myr con el viento a favor en un día de cielo despejado pero cuando se acercaron a la isla de Tarth sufrieron una tormenta muy dura que por poco hace que se vayan a pique. Fue gracias a las habilidades del marinero y su hija que lograron sobrevivir. Mientras, la chica volvió cargando con las seis capas con visible dificultad.
- Joffrey, ocúpate del pequeño un momento.- dijo Lyann entregando a un dormido Tommen.
El joven príncipe se acercó a buen paso hacia la chica, la cual le entregó la mitad de las capas con una expresión agradecida. Juntos le entregaron las capas a unos sirvientes y volvieron a sus respectivos puestos, no sin antes una breve reverencia por parte de la chica. Su pelo parecían rayos de sol cuando ondeo de camino a reunirse con su padre y marcharse.
- Es cierto, me acuerdo de ti.- dijo Lyann tumbado en la cama. - No pensaba que vivieras en Desembarco del Rey.
- Técnicamente no vivimos en un lugar, vamos cambiando entre Desembarco y las ciudades libres.
- Parece que has visto mucho mundo.
En ese momento entro en la habitación el padre de la muchacha, no había cambiado nada desde la última vez que lo vio Lyann. El hombre se acercó al príncipe sin decir ni una sola palabra y comenzó a quitarle en vendaje de la cara. Lyann no opuso ninguna resistencia mientras la pareja se encargaba de quitar los vendajes. Una vez el proceso termino, Valian dejó espacio a su padre y comenzó a tocar determinados puntos del cuerpo del joven Baratheon. Cuando el hombre tocó en puntos concretos del pecho Lyann sintió un gran dolor, como si lo apuñalaran en ese instante. Intentó no gritar, pero el esfuerzo en ocultarlo fue inútil.
- Tienes tres costillas rotas. -dijo el padre de Valian - Y poco ha faltado para que también te rompieras la pierna izquierda. Vamos a ver el corte de la cara.
Lyann dejó que inspeccionara a gusto la marca que dejó Meryn Trant en su rostro. La revisión se le hizo eterna. Cuando terminó, el hombre se acercó a una cacerola con agua para lavarse las manos.
- Has tenido suerte, chaval. El corte es muy limpio. En pocos días tendrás un buena cicatriz, aunque vas a necesitar un parche.
- ¡Papá! -dijo Valian, levantándose del taburete en el que se encontraba sentada. - No es de buena educación dirigirse así al príncipe.
- No importa. -dijo Lyann, mirando al techo de la habitación. - Ahora mismo no me siento para nada un príncipe. ¿Cuál es vuestro nombre?
- Me llamo Bracheo Dyninar. - dijo el veterano marinero en el umbral de la puerta. - Y será mejor que descanses si quieres volver a caminar pronto. - dijo saliendo de la habitación.
- Perdona a mi padre, aunque no lo muestre estaba muy preocupado. - dijo la chica, suspirando de alivio.
- ¿Qué ha pasado mientras estaba dormido? ¿Qué se comenta por la ciudad?
- Hay muchos rumores. Que el rey fue asesinado por la Mano, que el rey fue asesinado por su hermano Renly, que fue envenenado entre otras muchas cosas. Lo único claro es que el rey esta muerto.
Valian se percató de con quien estaba hablando en ese momento. Observó al príncipe pero en su mirada estaba completamente vacía. Con la cabeza en cualquier otro lugar que no fuera la pequeña habitación en la que se encontraban. Valian se acercó a el lo abrazó con cuidado, pasando sus brazos con delicadeza por la espada del chico y apoyando la cabeza en su hombro.
- Lo siento mucho.
Y Lyann estalló en lágrimas, llorando la muerte de su padre por primera vez.
Chapter 10: La Muerte del Lobo
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- ¿Así que este es vuestro barco?
Lyann se acariciaba su recién adquirida barba azabache mientras observaba el navío de los Dyninar. Una coca modesta, con unos veinte metros de largo y una gran vela central de un color blanco que brillaba bajo la luz del sol. Tenia aspecto de haber viajado mucho, aunque no era necesaria una reparación a gran escala. Un halcón rampante decoraba el mascaron de proa, dando el nombre de El Halcón del Mar. Su pequeño tamaño le permite tener una gran manejo y agilidad sobre las aguas tormentosas del Mar Angosto.
- ¿Qué pasa? ¿No es del agrado de su excelencia?- replicó Bracheo con sorna.
- Con un barco tan pequeño no podréis llevar mucha carga.
- El tamaño no importa, importa lo que valga la mercancía. Ahora, haz algo útil y sube esas cajas a cubierta.
Han pasado dos semanas desde que Lyann despertó. La recuperación fue lenta y dolorosa, pero debido a la fuerza del príncipe pudo mejorar en un tiempo récord. Todavía sentía algunas molestias en la pierna y más de una vez los Dyninar le impedían hacer un trabajo excesivo con su barco pero Lyann insistía en estar activo con tal de evitar volver a estar tumbado en una cama.
Lyann cogió dos cajas y comenzó a subir la pasarela. La cubierta del barco era un hervidero de actividad, la pequeña pero trabajadora tripulación de Bracheo iba de un lado para otro poniendo el barco a punto para el próximo viaje. Lyann se dirigió a la bodega del barco con cuidado de no tropezar en los traicioneros escalones. La bodega era un amplio espacio completamente lleno de cajas, mantas y otra gran variedad de objetos. Lyann tenia que agacharse un poco debido a la baja altura del sitio, al menos para él. Allí se encontró con Valian, con su habitual ropa de navegante y el pelo dorado recogido en una larga coleta. La joven apuntaba cuidadosamente todo el cargamento que llegaba.
- ¿Qué tal está... bueno... ya sabes...? - preguntó mientras se señalaba el lado izquierdo de su cara.
Lyann se pasó la mano por la marca que le dejó Meryn Trant en el rostro. La linea le llegaba desde la ceja hasta casi la mandíbula y un oscuro agujero ocupaba el lugar donde se encontraba su ojo, oculto por un parche de color negro.
- Bien. Como dijo tu padre ha cicatrizado perfectamente. Aun no me creo la suerte que he tenido. No sé como puedo agradecer todo lo que...
- Silencio. - interrumpió Valian- ¿No escuchas eso?
Lyann aguzó el oído. Se escuchaba movimiento en la cubierta del barco pero también algo más, un sonido como de un trueno en plena tormenta.
- Las campanas. - dijo Lyann, subiendo hacia el exterior como una exhalación.
Una vez en cubierta, Lyann vio a los marineros murmurando entre ellos.
- ¿Qué ocurre? ¿Se ha muerto el joven rey?
- Tal vez haya muerto la reina, dicen que estaba muy triste por la muerte de su marido y primer hijo.
- No es nada de eso. -interrumpió Lyann- Son repiques de llamada. Algo importante va a ocurrir.
Lyann bajó del barco y comenzó a seguir a la gente del puerto que comenzaba a aglomerarse en la Puerta del Río. Una gran muchedumbre entraba poco a poco en la ciudad y Lyann pudo entrar pasando desapercibido con facilidad. Se plantó en la Plaza del Pescado viendo como la gente subía en dirección hacia el Gran Septo de Baelor. Lyann respiró hondo y cuando iba a hacia allá alguien lo sujetó por el brazo.
- ¿¡Acaso perdiste la cabeza!? ¡No puedes ir! ¡Te van a reconocer! - le espetó Valian a la cara.
El príncipe se soltó con brusquedad del agarre de la joven de ojos zafiro. El joven le dirigió una mirada llena de rabia pero ella la mantuvo con firmeza.
- Esto no tiene nada que ver contigo.
- ¡Claro que sí! Desde que te encontré herido en la orilla estamos juntos en esto.
La rabia de Lyann fue poco a poco desapareciendo, las palabras de la joven marinera le habían afectado mas de lo que pensaba. Pero tenía que ir. Tenía que ver que era lo que estaba ocurriendo en el Septo y, aunque tenia una clara sospecha, necesitaba verlo con sus propios ojos.
- No me van a reconocer, me falta un ojo, me han crecido el pelo y la barba y apesto a mierda con agua de mar. No me vas a convencer.
- En ese caso iré contigo.
- Pero... - intentó decir Lyann
- Si quieres seguir discutiendo adelante, pero yo me voy al Septo. - replicó Valian, dejando atrás al príncipe mientras su cola de caballo ondea con el viento.
Lyann sonrió con sorna y comenzó a seguirla. Subieron la colina de Visenya por la Calle del Acero. Multitud de herreros trabajaban en el metal mientras cada vez más gente iba reuniéndose a su alrededor. Unos niños los adelantaron con brusquedad por la derecha haciendo que Valian perdiera el equilibrio. Por suerte, Lyann logró agarrarla del brazo antes de que cayera al suelo.
Cuando llegaron al Septo, la plaza estaba a rebosar. Cientos de personas estaban aglomeradas alrededor de una estructura de madera. Lyann estaba muy lejos pero aun así logró distinguir a su madre, completamente vestida de negro y ocultando su rostro detrás de un velo. Junto a ella se encontraba Sansa, vestida con un hermoso vestido azul. Entonces Lyann divisó a su hermano. Joffrey vestía un jubón escarlata y dorado mientras regalaba una gran sonrisa hacia el público. Las campanas dejaron de sonar y el silencio de apoderó de la multitud. En ese momento, Eddard Stark fue llevado al patíbulo por dos capas doradas. Tenia un aspecto horrible, muy delgado y con la escayola de la pierna sucia y podrida. El señor de Invernalia se arrodilló frente al pueblo de Desembarco del Rey y comenzó a hablar.
- Soy Eddard Stark, señor de Invernalia y Mano del Rey.- comenzó el norteño- Traicioné a mi rey y amigo Robert conspirando cuando su sangre todavía estaba caliente. Traicioné y asesiné al príncipe heredero Lyann Baratheon para hacerme con trono.
El publicó comenzó a maldecir y lanzarle multitud de objetos mientras el Septon Supremo pronunciaba unas palabras sobre el arrepentimiento y el pecado.
- ¿Es... Es eso cierto?- preguntó Valian, mirando a Lyann conmocionada.
- No. - dijo Lyann tajante- Lo que dijo Lord Eddard es mentira. Tuvo que ser otra persona la que realizó la conspiración contra mi padre y contra mí. Debieron de chantajearlo o algo parecido para que diga todas esas falacias.
- ¿Lo mataran aquí mismo? El publico pide sangre y una multitud tan grande puede ser peligrosa si no le dan lo que piden.
- No creo, mi hermano...
Entonces Joffrey comenzó a dirigirse a su entusiasmado público.
- Mi madre me pide que le permita a Lord Eddard vestir el negro y Lady Sansa me ha suplicado piedad por su padre. -miró a Sansa con una cálida sonrisa y ella se la respondió con lagrimas en sus ojos. Pero luego Joffrey se dirigió al público.
- Son mujeres y sus corazones son blandos, mientras yo sea vuestro rey, la traición no quedará impune. ¡Ser Ilyn, traeme su cabeza!
La audiencia del joven rey estalló en un rugido ensordecedor. Tanto Cersei como Varys se acercaban a hablar con Joffrey pero este los ignoró con un gesto. Sansa se había desmayado en ese instante y fue gracias a la rápida intervención de Meñique que no cayera hacia la muchedumbre.
- "Ese imbécil ha comenzado una guerra"- pensó Lyann dirigiéndose hacia el patíbulo, empujando a todo aquel que se le ponía delante e ignorando la voz de Valian que dejó atrás.
Llegó a un punto en el que no podía continuar debido a la acumulación de gente y en sus intentos de avanzar solo lograba salir repelido. Entonces observó la gran estatua de Baelor el Santo que se erigía en el medio de la plaza. Consiguió llegar hasta ella de forma rápida y escaló la figura del antiguo monarca Targaryen. Tuvo que agarrarse a la rodilla de la figura para poder mantener el equilibrio una vez se puso completamente erguido y vio al verdugo enseñar la cabeza de Eddard a Desembarco del Rey. Joffrey saludaba a su pueblo cuando las miradas de los dos hermanos se encontraron. El viento hizo ondear la capa raída que tenia Lyann, destacando aun más su figura, y el joven Baratheon señalo al nuevo rey en actitud desafiante. Un rayo de odio dirigido desde el único ojo de Lyann logró que Joffrey se pusiera completamente pálido.
- ¡A mi la Guardia! ¡ A mi la Guardia! ¡Matad al hombre de la estatua!
Pero Lyann ya había desaparecido como un fantasma en la niebla.
Chapter 11: Planes en la Oscuridad
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El caos se había desatado en el Septo. Joffrey y su séquito fue escoltado de vuelta a la Fortaleza Roja mientras los Capas Doradas intentaban recuperar el control de la gente. Lyann se escabullía entre la muchedumbre, procurando alejarse de los lugares donde había más vigilancia. Finalmente, logró salir de la plaza a través de una serie de callejones. Cada vez había menos gente y la poca con la que Lyann se encontraba no tenían aspecto de vivir rodeado de lujos; las calles se retorcían cada vez más hasta convertirse en un auténtico laberinto y el príncipe noto que no estaba caminando solo desde un buen rato.
Tras cruzar una esquina, dos hombres famélicos interrumpieron el paso de Lyann. Uno muy alto, vestido con harapos y completamente calvo apuntaba al joven Baratheon con un cuchillo. El otro, más bajo y encorvado, tenia una mirada de locura bajo un pelo grasiento que le tapaba la cara. El príncipe intentó retroceder pero otros dos secuaces le impedían la huida. Lyann miró a su alrededor en busca de una vía de escape. Justo a su derecha había un pequeño pasaje, lo suficientemente ancho como para que solo pudiera pasar un hombre a la vez. Ahora solo necesitaba encontrar una manera para poder distraer a los rufianes y poder huir.
- ¡Mirad! ¡Una patrulla!- gritó Lyann, señalando detrás de los maleantes y huyendo por el pasadizo, rezando para que le llevara a un lugar seguro.
Lyann atravesó el callejón con velocidad y giró de nuevo a la derecha, saltando por encima de un borracho inconsciente que estaba en medio de la calle. Oía como los maleantes se le acercaban cada vez más. A pesar de estar recuperado, el príncipe no conocía las calles y no estaba acostumbrado a ver con un solo ojo. Eso no impidió que se sorprendiera cuando en placaje proveniente desde la su lado ciego lo tumbó en el suelo. Rodaron por la calle adoquinada y Lyann logró zafarse con una potente patada que impactó en la mandíbula de su atacante. Cuando el joven logró recomponerse ya estaba rodeado. El hombre alto, que era el líder de la banda, se acercaba poco a poco jugando con el cuchillo demostrando una gran habilidad.
- ¿De verdad pensabas que podías huir? -dijo mientras enseñaba una sonrisa en la que faltaban varios dientes.
Lyann no contestó, sabía que el truco de la distracción no volvería a funcionar. No le iba a quedar otra que pelear. Eran cinco contra uno, pero si lograba noquear a dos rápido tal vez pudiera huir en el caos. El quinteto de rufianes se acercaba al joven como unos lobos acechando a su presa, a lo que el príncipe se coloco en una posición defensiva listo para la batalla.
-"Recuerda tu entrenamiento"- se dijo así mismo el príncipe- "Rápido y contundente. Sin vacilar"
Cuando se estaba a punto de desatar la batalla, un grito resonó en el lugar.
- ¡Alto ahí!
Una figura encapuchada con una brillante espada desenfundada en su mano derecha y un bastón de madera en la izquierda apareció en la retaguardia de los malhechores.
- Será mejor que os vayáis. -dijo en hombre misterioso.
Los asaltantes se desperdigaron por las callejuelas como ratones en la cocina dejando solos a Lyann y al nuevo individuo. El hombre se acercó al príncipe, todavía con la espada desenfundada. El joven Baratheon estaba paralizado por el miedo, una cosa eran unos pocos ladrones de poca monta pero este hombre era alguien realmente peligroso. Si huía, seria lo último que haría antes de reunirse con su padre.
El hombre miró al príncipe de arriba a abajo. Lyann se sorprendió al ver que era un hombre anciano, las arrugas abundaban en su rostro y portaba una barba blanca aunque bastante sucia, pero fue cuando se arrodilló cuando supo la identidad del hombre.
- Jamás pensé que os volvería a ver, majestad. -dijo Ser Barristan Selmy al levantarse.
- Ni yo a vos.- dijo Lyann, con una gran sonrisa mientras abrazaba al vetusto caballero. ¿No deberíais estar con mi hermano?
- Joffrey me expulsó de la Guardia Real por dejar morir a vuestro padre.- contestó Ser Barristan con melancolía.
- Sabía que mi hermano no era el mejor tomando decisiones , pero esto es realmente absurdo.- respondió el príncipe. - En fin, ahora que no eres Guardia Real que tienes pensado hacer?
- En principio tenia intención de viajar hacia el Mar Angosto y apoyar a la pretendiente Targaryen, pero ahora que os he encontrado permaneceré a vuestro lado. Os ayudaré a recuperar el trono.
Lyann no se había parado en pensar en reclamar el trono. Después de sobrevivir milagrosamente al ataque de Meryn Trant pensaba que podría disfrutar de una nueva vida, sin tener que preocuparse por los habitantes del reino. Pero no podía dejar que su hermano gobernara. Con la muerte de Eddard Stark ya había comenzado una guerra y peores cosas podría ocurrir si Daenerys Targaryen se presenta en Poniente con un ejercito. Lyann se dio cuenta de que si quería proteger a la gente, tenía que recuperar el trono.
- Para poder recuperar el trono, debo saber que está ocurriendo. Cual es el estado de las grandes casas, que ocurre con mis tíos Stannis y Renly y necesito información sobre la chica Targaryen. -el ojo de Lyann brilló con picardía- Y se exactamente como conseguir todo eso.
- ¿De verdad crees que es una buena idea?
- ¿Se te ocurre una mejor?
Lyann y Ser Barristan se encontraban esperando en el Pescador Feliz, una taberna del puerto de Desembarco del Rey. El recinto no hacía honor a su nombre, pues estaba prácticamente vacío y los pocos marineros que se encontraban estaban o dormidos o murmurando para sus adentros. La posada no era nada especial, algún noble ignorante la habría definido como pintoresca pero el olor que emanaba a pescado podrido rápidamente hacia que ese calificativo cayera en saco roto.
Al entrar uno se encontraba con una larga barra de madera a la derecha y con numerosas sillas y mesas desperdigadas por el recinto. El príncipe y su guardaespaldas se encontraban en una mesa apartada, a un lado de la puerta, donde podían ver la totalidad de la taberna y quien entraba en la misma sin destacar demasiado. Lyann estaba comiendo un guiso que probablemente fuera el origen del horrendo olor del lugar, pero alimentaba y el joven aun no estaba en plena forma. Ser Barristan observaba la puerta de entrada como un búho cazando en la noche, con lo brazos cruzados expresando su disconformidad con el plan del príncipe heredero.
- No va a venir. -afirmo el anciano caballero.
- Vendrá. -respondió Lyann sorbiendo el final de su cena.- Es mucho más curioso de lo que piensas.
- Lo que vos digáis majestad.
A Lyann se le hacía raro que le llamaran "majestad". Es verdad que se habían referido a el así con anterioridad, pero por ignorancia o equivocación. Su padre era el rey, por lo tanto el era su majestad. Tendría que acostumbrarse pronto.
Fue entonces cunando entró por la puerta la figura de un hombre rollizo, calvo y vestido con una túnica apolillada con una capucha. Parecía un monje errante debido al desgaste de sus sandalias y a la suciedad que cubría su rostro. Una vez divisó a la pareja real se sentó junto a ellos.
- Me alegra saber que los rumores son ciertos. - dijo el eunuco con voz melosa.
- Yo también me alegro de verte Varys. -respondió Lyann.
- Y yo vos príncipe Lyann.
- Rey Lyann para ti, eunuco. - interrumpió Ser Barristan.
- ¡Oh! Un nuevo rey se suma a la contienda. -dijo Varys dando una pequeña palmada- Querido Lyann serías el sexto integrante de esta lucha y, sinceramente, el que menos posibilidades tiene teniendo en cuenta que solo sois un anciano y un tuerto.
- ¡Retira esas palabras sabandija! ¡Juro que voy a...!
Lyann levantó su mano acallando al Guardia Real, lo último que necesitaba era comenzar una discusión con "La Araña"
- ¿Quiénes más quieren el trono? - preguntó Lyann con una voz autoritaria.
- Primero tu hermano, Joffrey, que cuenta con el apoyo de la casa Lannister y Desembarco del Rey. -comenzó a explicar Varys.- Luego tus tíos Stannis y Renly, apoyándose en que tanto Joffrey, Myrcella y Tommen no son hijos de Robert si no de Jaime Lannister que práctico relaciones incestuosas con tu madre.
- ¡Esto es ridículo! Majestad, deberíamos irnos. -dijo Ser Barristan.
- Barristan, no vuelvas a interrumpir a Varys. -contesto Lyann, dejando escapar la rabia necesaria para acallar al viejo caballero.
- Gracias, joven heredero. -dijo el eunuco. - Stannis cuenta con el apoyo de su flota de Rocadragón junto con algunas casas menores. Renly, por el contrario, cuenta con los principales vasallos Baratheon y los Tyrell al casarse con la joven Margaery.
Barristan mascullaba cosas sin sentido al escuchar las nuevas que traía "La Araña", rindiéndose a la hora de quejarse. Lyann simplemente asintió con la cabeza, atendiendo a cada historia que traía consigo el consejero de los rumores.
- Finalmente tenemos a Robb Stark, el cual se ha declarado Rey en el Norte y busca venganza por la muerte de su padre. Y se buena mano que Balon Greyjoy planea atacar las costas del Norte en una nueva rebelión.
La mesa quedó en absoluto silencio. Lyann tenía las manos entrelazadas justo debajo de la nariz. No esperaba nada bueno de las nuevas que le había traído Varys, pero quedó sorprendido de como habían sucedido los hechos mientras estaba recuperándose.
- ¿Es cierto lo de mis hermanos? - preguntó Lyann, con la mirada perdida.
- Me temo que sí. Jon Arryn fue el primero en descubrirlo y luego fue Eddard Stark. Ambos están muertos ahora.
- Ned no me dijo nada del tema.
- En caso de que sea cierto, habría esperado a que te asentaras en el trono. -dijo Ser Barristan. - Así podrías decidir por ti mismo que hacer.
Lyann no podía creerlo. ¿Sus hermanos eran nacidos del incesto? Sabia que su madre y su padre no se soportaban. Incluso podría aceptar que fuera con un amante cualquiera. Sabía que su padre había tenido bastardos, conocía a su hermanastro Edric Tormenta y se llevaban muy bien. Lyann habría podido aceptarlo. ¿Pero hijos de su tío Jaime? Eso era algo no lograba comprender y le repugnaba saberlo.
- ¿Qué se sabe de la chica Targaryen?
Varys miró al príncipe con curiosidad. Lyann se sintió incomodo al ver la expresión del eunuco pero logró disimularlo.
- En estos momentos se encuentra en la lejana ciudad de Qarth. Le acompaña un escaso numero de dothraki junto con nuestro viejo amigo Jorah Mormont. ¡Ah! Y tiene tres dragones.
- Eso es imposible. -dijo Lyann, confuso. - Los dragones se han extinguido
- Al parecer ya no. Se que no confías en mi, pero se que confías en mi información. ¿Hay algo más que necesites saber?
Lyann se apoyo en el respaldo de la silla. Las conversaciones con Varys siempre le acababan agotando. Demasiados factores a tener en cuenta y recursos demasiado limitados. Si quería recuperar el trono necesitaría apoyos fuertes que le ayudaran. ¿Pero como iba a conseguirlos? Lyann estaba muerto a ojos del mundo y nadie le tomaría en serio. Necesitaba proclamar su vuelta y que todos se dieran cuenta de que era el de verdad.
- Varys, Ser Barristan. Tengo un plan, llevo un tiempo preparándolo pero necesitaré vuestra ayuda para que funcione.
- Mejestad, podéis contar conmigo pero... -el guardia miró a Varys con intención asesina- No podemos confiar en él. ¡Nos traicionará!
Lyann se levantó de la silla y se colocó al lado de donde Varys estaba sentado. El eunuco levantó la mirada y se encontró con algo que no esperaba ver.
- Siempre has dicho que trabajas por el bien del pueblo. Sabes que Joffrey le traerá miseria. Sabes que Renly lo ignorará en favor de aduladores. Sabes que Stannis infundirá miedo en todo hombre, mujer y niño. Sabes que a Robb solo le importa el Norte. Sabes que la chica Targaryen tardará demasiado en llegar y si llega tal vez reduzca todo a cenizas. Soy tu única opción para que ganes el juego de tronos, Varys, y sabes que lo haré mejor que cualquiera de ellos.
Por primera vez en toda la conversación, Varys se puso serio. Observó a Lyann como un maestre observa a un enfermo, analizándolo. Finalmente sonrió y agacho la cabeza haciendo una ligera reverencia.
- Podéis contar conmigo majestad.
- Bien. Por que tus pajaritos van a tener mucho trabajo.
Lyann volvió a sentarse en la silla. Llamó al camarero, el cual sirvió una cerveza negra a cada uno. Les esperaba una larga noche.
Chapter 12: La Bahía de los Naufragios
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Lyann se encontraba en el puerto. El sol brillaba y el viento arrastraba el hedor del pescado, es decir, la condiciones óptimas para navegar. Se encontraba mirando a los marineros del Halcón del Mar, que estaban a punto de completar los preparativos para zarpar. Lyann se quitó el parche y dejó que la brisa marina acariciara su rostro. Aún no se acostumbraba a tener al lado izquierdo de su vista completamente opaco. Sentía que algo se le escapaba y nunca podía bajar al guardia. Tal vez eso fuera beneficioso.
Se dirigían hacia Bastión de Tormentas a vender parte de la mercancía antes de partir hacia las Ciudades Libres. Lyann había logrado convencer a Bracheo para que navegaran al ancestral hogar de los Baratheon a cambio de una buena suma de dinero extra.
Fue gracias a Varys que consiguió el dinero necesario, pero no fue lo único en lo que estuvo ocupado el eunuco. Por orden del príncipe, Varys había aumentado el rumor de que Lyann seguía con vida y que iba a buscar venganza. Al parecer, Joffrey se había vuelto muy paranoico después de lo ocurrido en el Septo de Baelor, lo cual Lyann aprovechó en su beneficio. En las tabernas contaban que habían visto al príncipe salir del agua maldiciendo a su hermano. En la Fortaleza Roja se hablaba de que había huido a aliarse con Robb Stark para que lo apoyara a cambio de la independencia del Norte, que se dirigía a las tierras de la tormenta a reclamar su derecho al trono, incluso que había viajado a Braavos a contratar a un asesino sin rostro para que matara a Joffrey. Lo llamaban el Fantasma de la Tormenta, un apodo que a le gustaba bastante al joven Baratheon.
- ¿Vas a subir o no, alteza? A este paso llegará la Larga Noche. - dijo Valian apoyada en la baranda del barco. Vestía una camisa blanca remangada hasta los codos junto con un pantalón marrón prácticamente nuevo.
- Esperad un poco más. -contestó Lyann, mientras se volvía a colocar el parche- ¡Ah! Ahí está.
Barristan Selmy se acercaba hacía el barco apoyándose en su cayado de de madera, fingiendo ser un frágil anciano. Lyann abrazó al viejo caballero. El joven deseaba que viajara con ellos, pero Barristan tenía una misión más importante.
- ¿Estas seguro de que quieres que no te acompañe? - preguntó Barristan, apoyando su mano en el hombro del muchacho.
- Seguro. Te necesito para que el plan salga bien.
- En ese caso, te deseo un buen viaje. Que los vientos te sean propicios, majestad.
- También a ti, amigo mío.
Ambos se estrecharon las manos como última despedida y Lyann subió al barco. Una vez en cubierta se tomo el tiempo de presentarse a toda la tripulación del barco. Eran unos doce tripulantes, contando a Lyann. Bracheo era el capitán y timonel, siendo Valian la segunda de abordo. A Lyann le parecía extraño ver a una mujer en un puesto tan alto dentro de un barco, pero había registros de grandes marineras en las Islas del Hierro o la famosa Elissa Farman.
- ¡Bien muchachos, nos vamos! - gritó Bracheo sosteniendo la rueda del timón.
La tripulación vitoreó con entusiasmo las palabras de su capitán y todos se pusieron a trabajar. Lyann se acercó a Bracheo y contempló como abandonaban la capital de Poniente.
Lyann había tenido miedo a morir en varias ocasiones, pero nada se comparaba a una tormenta en la Bahía de los Naufragios. Había navegado antes, pero nada similar a esto. Las olas arremetían el navío como si fuera una hoja en un huracán y solo los rayos iluminaban el barco, aunque a veces era mejor que no lo hicieran. Lyann obedecía las ordenes de Bracheo sin rechistar, ya habían perdido a cuatro hombres por la borda y toda ayuda era poca.
El joven Baratheon vio con terror como otra ola aparecía a estribor. Parecía que el Muro iba a embestir el barco. Lyann se agarro al palo mayor con todas sus fuerzas, cerrando el ojo, esperando el impacto y apretando los dientes. Cuando la ola chocó pensó que se había roto dos muelas, pero se mantuvo agarrado. Lyann se tumbo en el suelo cuando el barco se estabilizó, intentando coger aire mientras la lluvia le empapaba el rostro, mirando el cielo poblado de nubes negras. Pensó en su madre. ¿Habría sentido pena por su muerte? ¿O intervino en el intento de asesinato? ¿Tanto lo odiaba su madre? ¿Y Joffrey? ¿Lo había amado alguien alguna vez?
Entonces pensó en Sansa.
Pensó en sus ojos al ver las flores del jardín. En su pelo rojizo moviéndose al ritmo del viento. En su sonrisa cuando Lyann le contó su sueño de navegar al oeste. Eso le dio fuerzas, fuerzas para vivir y volver a ver esa sonrisa. Lyann se levantó, apoyándose en el palo mayor para mantener el equilibrio y vio como Bracheo lo llamaba desde su posición de timonel. El príncipe avanzó a trompicones por el resbaladizo suelo de cubierta, donde incluso observó a un pez revolviéndose. Sin saber como logró subir los escalones que llevaban a la parte superior de barco y agarró por el hombro a Bracheo. Apenas podía sentir el contacto debido al frío.
- ¡Tenéis que abandonar el barco! ¡Valian, Keat y tu!
Lyann recordaba a Keat. Era el miembro más reciente de la tripulación de Bracheo, un grumete de apenas doce años.
-¡¿Acaso estás loco?! ¡No podemos huir!
- ¡Haz lo que te digo!- exclamó Bracheo con su voz de capitán, esa que no toleraba una réplica.-Busca a Keat y reúnete con Valian, se encuentra en la bodega asegurando la carga. Allí hay un pequeño bote. Usadlo para llegar a tierra.
- ¿Pero que tierra? ¡Si estamos en medio de un huracán! -exclamó Lyann frustrado.
Bracheo miró a babor, entrecerrando los ojos, como si se asegurara de algo. Sonrió a Lyann.
- Chaval, tienes que pasar más tiempo en el mar. ¡Ahora haz lo que te digo!
Esa última orden logró hacer que Lyann retrocediera un paso atrás. El liderazgo que mostraba en una situación tan crítica era admirable. El príncipe asintió decidido y fue a buscar a Keat. No tardó mucho, el chico estaba escondido debajo de las escaleras que bajaban a la cubierta del barco desde la zona del timón. Estaba completamente empapado, con su corto pelo castaño aplastado por la lluvia. Lyann se acercó a él. Keat lo miró, con lo ojos enrojecidos y una mirada de terror.
- Keat, ven conmigo a la bodega. Nos vamos. Ordenes del capitán. -Lyann había sonado más calmado de lo que realmente estaba.- Todo va a salir bien.
Keat agarró la mano la mano que le ofrecía Lyann. Se acercaron a la rendija que llevaba a la bodega. Entre los dos lograron abrirla. A pesar de su juventud, Keat trabajaba con ahínco. Una vez abierta, el príncipe sujetó la rendija mientras Keat entraba, llamando a Valian. Lyann se dispuso a entrar cuando una ola chocó contra el barco con una fuerza monstruosa. Lyann rodó por cubierta hasta chocar contra el estribor del barco.
"¡Mierda! Tengo que estar siempre atento" -pensó Lyann, conteniendo un grito de dolor. La ola había llegado por su lado ciego.
El joven se arrastró por el barco y logró entrar en la bodega. Vio como las cajas estaban sujetas entre ellas con fuertes nudos, creando cuatro grandes bloques que se movían con el balanceo del barco. Lyann buscó a sus compañeros hasta que los encontró a su izquierda, discutiendo al lado del bote.
- ¡El capitán ha dicho que tenemos que irnos! -estaba diciendo Keat.
- Es verdad, ayudadme a sacar al bote. Keat, sube a cubierta y tiras. Valian y yo empujaremos desde aquí.
- ¡No pienso abandonar a mi padre! -gritó Valian, con lagrimas en sus ojos.
- Valian, hay que irse. No nos queda tiempo.
- ¡No!
- ¡Valian! -Lyann agarró a la chica por los brazos, mirándola fijamente con su único ojo.- Escúchame. Vamos a sacar el bote a cubierta. Mientras Keat y yo lo preparamos ve a hablar con tu padre. Si decides quedarte o irte es cosa tuya. ¿Entendido?
Valian miró al príncipe, estupefacta. Finalmente asintió. Ambos se pusieron en movimiento, Lyann se dirigió a la popa del bote y Valian a la proa. Lo levantaron al unísono y se dirigieron a la trampilla donde Keat los estaba esperando. El joven grumete había cogido un farol para iluminar la bodega y también sería muy útil una vez hubieran abandonado el barco.
- Bien, a la de tres. -dijo Valian.- Una... Dos... ¡Tres!
Lyann y Valian empujaron con todas sus fuerzas mientras Keat tiraba desde fuera. Estuvieron un rato que a Lyann le parecieron horas. La tormenta era cada vez más potente y escuchaba menos voces en el barco. Finalmente, lograron sacar el bote a cubierta. Valian fue corriendo a donde estaba su padre, dejando a Lyann y a Keat con la tarea de bajar el bote al agua. Fue más complicado de lo que el príncipe esperaba. Engancho el bote a unas poleas y tiró hasta levantarlo lo suficiente como para que pudiera ser depositado en el mar. Keat logró subirse con un ágil salto. Lyann miró en dirección a Valian solo para ver que la tenía a su lado.
- Bastión de tormentas está muy cerca. Hay un pasadizo secreto que lleva a la fortaleza. -empezó a subirse al bote- Tu y Keat llevareis los remos, yo iluminaré el camino.
Lyann asintió y una vez los vio colocados el también subió al bote. Miró a Bracheo, el cual tenía una amplia sonrisa en el rostro.
-¿Listos?
Ambos se agarraron a los laterales del bote.
- Si. -dijo Valian, más decidida que nunca.
- Joder, la vamos a palmar. -contestó Keat como respuesta.
Lyann cortó la cuerda y cayeron al mar embravecido. Rápidamente colocaron lo remos y comenzaron a remar con todas sus fuerzas, siguiendo las indicaciones de Valian. El trayecto fue una pesadilla. Lyann no veía nada y únicamente seguía las indicaciones de su amiga. Keat se encontraba rezando una plegaria a los dioses sin dejar de remar por un segundo. Tras una travesía que pareció durar horas, lograron desembarcar en un antiguo puerto. Fue un milagro. Lyann había sentido como el bote rozaba con diversas rocas, pero no se había hundido.
El antiguo embarcadero no era la gran cosa. Fue sencillo amarrar el bote a una anilla que colgaba de una pared rocosa. Una escalera al fondo subía hacía Bastión de Tormentas. Una vez en tierra, los tres muchachos se tumbaron, hiperventilando. Lyann fue el primero en levantarse.
- Bien. Pasaremos aquí la noche. Por la mañana entraremos en la fortaleza y averiguaremos donde se encuentra mi tío, se que cuidará de nosotros. ¿Entendido?
Keat levantó el pulgar y siguió tumbado, recuperando el aliento. Valian se levanto solo para apoyarse en la pared, con la cabeza entre las rodillas. Lyann la miró con lastima. La perdida de un padre era dura, era de las pocas cosas de las que Lyann estaba seguro en su vida. El príncipe se acurrucó junto a ella y se envolvieron en su capa. El había llorado a su padre junto a ella, ahora ella lloraba a su padre junto a él.
Chapter 13: Bastión de Tormentas
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- Bien, el plan es el siguiente. Entramos en la fortaleza y buscamos a quien esté al mando. Les digo quien soy y rezamos para que no nos encarcelen.
Valian y Keat miraron a Lyann con clara preocupación.
- Es el peor plan que he escuchado nunca.
- Keat tiene razón, es imposible que funcione.
Lyann sabia que sus amigos tenían razón. Había estado pensando un plan durante la noche y eso era lo mejor que se la había ocurrido. Originalmente tenía intención de presentarse con la tripulación del Halcón del Mar y una carta firmada por Varys. Pero ambas cosas se encontraban en el fondo del mar.
- Podríamos navegar en el bote y llamar desde la puerta principal. -sugirió Keat. - Así al menos no pareceremos polizones.
- Das por hecho que no nos acribillarían con flechas nada más vernos. Mis tíos están en guerra. Es demasiado peligroso. -respondió Lyann, caminando de un lado a otro hecho un manojo de nervios.
- ¿Y entrar de golpe en una fortaleza llena de soldados no lo es? -increpó Valian, cruzada de brazos.
- No... es decir, si. Pero no tanto.
Lyann se llevó las manos a la cabeza. No había muchas opciones, tenían que entrar y encontrar a su tío o al castellano del castillo. Lyann resopló, intentando eliminar el nudo en el estomago que sentía. Se giró y miró a sus dos amigos. Valian estaba agotada, había pasado la mayor parte de la noche llorando; pero en sus ojos hinchados había una llama de determinación.
- ¿Confías en mí? -preguntó Lyann.
- Siempre.
Lyann asintió con la cabeza, con una maliciosa sonrisa. Si iban a hacer una locura, que fuera a lo grande.
- Keat, vigila el bote. Si no estamos aquí al anochecer eres libre de irte o de buscarnos.
Keat suspiró aliviado al saber que no iba a formar parte de ese escuadrón suicida, aunque intentó disimularlo.
- ¡No me malinterpretéis! -dijo agitando los brazos en forma de negación- ¡Os deseo toda la suerte del mundo!
Lyann y Valian comenzaron a subir por el túnel. El príncipe iba abriendo el camino, apoyándose en al pared de su izquierda, así sabía que no se perdía nada por culpa de su ceguera. De no ser porque era de día, estarían envueltos en la oscuridad más absoluta. No tardaron mucho en toparse con una puerta de barrotes, similar a la de una celda. Por suerte, estaba muy desgastada y después de unos empujones lograron abrirla. Continuaron avanzando hasta llegar a una puerta de madera, donde al otro lado estaba en el silencio más absoluto. Lyann miró a Valian y ambos entraron.
Se encontraban en un almacén. No había nadie dentro y completamente lleno de suministros en guardados en cajas y barriles. Lyann y Valian tenían que ir en fila por el reducido espacio. Solo una ventana iluminaba la estancia, pero estaba demasiado alta para poder llegar a ella.
- Vale, reconozco este edificio.-susurró Lyann- Hay dos puertas. Esa lleva a las cocinas -dijo señalando una puerta a su derecha- Esta lleva al patio. Sígueme.
Ambos se acercaron sigilosamente a la puerta del patio. Justo cuando estaban a punto de llegar, Lyann choca contra una caja que se encontraba en equilibrio. Fue gracias a los reflejos de Valian que evitaron que cayera al suelo, impidiendo ser descubiertos.
- Lo siento, esto de estar ciego es horrible. Gracias. -dijo Lyann, ayudando a colocar la caja en su sitio.
Una vez en la puerta, el joven la empezó a abrir poco a poco; lo suficiente para que ambos pudieran mirar al exterior. Multitud de soldados se movían de un lado a otro, junto con los sirvientes. Se estaban preparando para algo, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Era imposible salir del almacén sin ser descubierto.
-Hay un asedio, puedo verlo en el ambiente. La pregunta es ¿Quién ataca a quien?
- ¿Quién es ese niño? -preguntó Valian, señalando a los establos e ignorando a Lyann.
Lyann miró en aquella dirección. Un niño de pelo negro acariciaba a un semental marrón junto a un caballero que debía de ser su protector. El príncipe sonrió al reconocer al muchacho.
- Es nuestra mejor oportunidad de que el plan salga bien. Sígueme.
Lyann salió del almacén y se dirigió al establo. Caminaba rápido, con la cabeza levantada, mirando al frente. Estaba aterrado pero no podía permitirse mostrar miedo. Un grupo de soldados lo miraron, pero simplemente los ignoró. Valian iba justo detrás de él, intentando ser lo mas invisible posible. Cuando estaban a poca distancia del establo, Lyann exclamó:
- ¡Edric! ¿Cómo se encuentra mi hermanito?
Edric Tormenta miró a Lyann confuso, solo para segundos después salió corriendo a abrazarlo. Vino tan rápido que cuando saltó, Lyann cayo al suelo.
- ¡Lyann!-dijo Edric entre lagrimas- ¡Te he echado de menos, y tienes el pelo muy largo! ¡Y un parche! ¿Qué ha pasado?
- Muchas cosas hermanito, muchas cosas. -dijo Lyann acariciándole la cabeza. -¿Puedes levantarte? Me estas aplastando.
Edric se aparto y dejó que Lyann pudiera ponerse en pie, solo para encontrar al caballero que acompañaba a Edric apuntándolo con el espada. Era un hombre maduro y curtido, calvo y con una barba rojiza.
- Sera mejor que te apartes del chico, escoria. -dijo con la furia contenida.
Lyann se irguió y comenzó a acercarse al hombre con decisión.
- Ser Cortnay Penrose, no he perdido un ojo y sobrevivido a la tormenta para morir enfrente de mi hermano. Bastión de Tormentas se encuentra bajo mi mando, al igual que los Siete Reinos. Ahora, será mejor que respondas a mi pregunta: ¿Dónde se encuentra mi tío?
Lyann sabía ponerse serio y como hacerse escuchar cuando era necesario. Lo aprendió de su abuelo Tywin. Fue un alivio para el ver como Ser Cortnay abrió los ojos como platos al reconocerlo. Inmediatamente bajo la espada e inclinó la rodilla.
- Perdonadme, mi señor. No os había reconocido.
Los soldados de alrededor comenzaron a murmurar entre ellos.
- El príncipe está vivo
- Los rumores son ciertos
- El Fantasma es real
- ¿Quién es la chica que lo acompaña?
- ¿Qué pasara con la guerra?
- A Renly no le gustará.
-¡Volved al trabajo! -gritó Ser Cortnay y la multitud comenzó a volver a sus asuntos. -Esta mañana llegó un cuervo con un mensaje de tu tío Renly. Va a realizar un encuentro con Stannis para parlamentar dentro de una hora.
- ¿Donde? -dijo Lyann con urgencia.
- En un claro no muy lejos de aquí, si nos marchamos ya podemos llegar a tiempo.
- Perfecto. Ensilla los caballos y consigue una bandera blanca de algún sitio. ¿No queremos que nos maten al salir, verdad?
Ser Cortnay comenzó a hacer los preparativos. Comenzó ensillando el semental marrón que Edric estaba acariciando antes. Mientras tanto, Lyann fue junto a Valian la cual estaba escuchando a Edric Tormenta que le contaba la última lección que había aprendido del maestre.
- Hermanito, voy a salir. ¿Puedes enseñarle a Valian el castillo mientras estoy fuera?
- ¡Claro! ¿Pero no es peligroso salir? - contestó Edric
- Tranquilo, no me va a pasar nada. -dijo Lyann, aunque no estaba seguro de si mentía o decía la verdad.
Valian lo miró con clara preocupación en su rostro. Ser Cortnay apareció con el semental y un caballo de pelaje tordillo. Lyann iba a subirse al caballo cuando Valian lo abrazó por sorpresa.
- No mueras. Por favor.
Lyann le devolvió el abrazo, estuvieron así un rato donde solo hubo paz por unos breves instantes. Pero había trabajo que hacer.
- Todo va a salir bien. Por cierto -dijo subiéndose al caballo marrón- dile a Keat que venga, tiene que ver como me convierto en rey.
Dicho esto, Lyann y Ser Cortnay cabalgaron hasta el puente levadizo de la fortaleza. Una vez el puente bajo del todo, avanzaron con la bandera blanca ondeando. Por fortuna, no los dispararon nada más salir pero se acercó un caballero en armadura completa, con el yelmo en la mano junto con otros dos compañeros. Tenía el blasón de Stannis en el peto, un corazón de gules con un venado coronado.
- ¿Por fin decidisteis rendir la fortaleza Ser Cortnay? ¿Y quien es este mocoso?-comentó el caballero.
- Este mocoso es el hijo del difunto rey Robert. Es Lyann Baratheon. Os solicitamos permiso para reunirnos con Stannis y Renly en su reunión.
- ¿De verdad crees que me voy a tragar eso Cortnay? Chicos os ordeno que...
- ¿Eh, capitán? -interrumpió uno de los caballeros que lo acompañaba. - Creo que dicen la verdad.
Lyann miró patidifuso al caballero.
- ¿Drake? ¿Eres tú? ¿No deberías estar en Desembarco con tu familia?
- Mi familia está bien, mi señor. Después de lo de Lord Stark huimos para unirnos a la causa de Stannis. -contestó Drake sonriendo- Podemos dejarlos pasar capitán. La guerra acaba de cambiar.
El capitán miro receloso a Lyann, pero simplemente se dio la vuelta y volvió al campamento. Lyann y Ser Cortnay atravesaron el campamento de asedio y comenzaron a galopar una vez estuvieron a campo abierto. No tardaron mucho en llegar, veinte minutos más tarde Lyann distinguió los estandartes de sus tíos junto con los de otras casas en una pequeña planicie cerca del mar. Stannis se encontraba discutiendo con Renly. Lo acompañaba una mujer completamente vestida de rojo. También se encontraba Catelyn Stark, junto con un vasallo suyo que portaba su estandarte.
Era ahora o nunca. Le hizo una señal a Ser Cortnay con la cabeza y el caballero se adelantó unos pocos metros. Los dos reyes dejaron de discutir al ver a castellano de Bastión de Tormentas con bandera blanca. Lyann contuvo el aliento mientras se acercaba a la reunión. La suerte estaba echada.
- ¡Os presento al Rey Lyann de la Casa Baratheon, el primero de su nombre! ¡Primogénito del rey Robert y la reina Cersei! ¡Señor de los ándalos, rhoynar y de los primeros hombres! ¡Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino! ¡El Fantasma de la Tormenta!
Chapter 14: Reunión Familiar
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Lyann observó con cuidado las diferentes reacciones que había causado su llegada. Renly había perdido por completo el color, viendo como su aspiración a ser rey se le escapaba entre sus dedos. Tal vez pudiera conseguir el apoyo de las diferentes casas contra Stannis, pues todo el mundo sabía que no era precisamente alguien con muchos amigos, pero con Lyann la cosa era completamente distinta. El pueblo amaba al hijo de Robert y el propio príncipe se había asegurado de ello.
El semblante de Stannis, por el contrario, permaneció imperturbable. El si sintió rabia o felicidad al ver a su sobrino con vida sería un secreto que se llevaría a la tumba. La sonrisa que recibió de la sacerdotisa roja incomodó a Lyann; no podía leer sus intenciones y eso le preocupaba, tendría que tener mucho cuidado a la hora de hablar con ella.
La única persona que pareció contenta de ver a Lyann vivo fue Catelyn Stark. Su rostro pasó de la sorpresa a la sincera alegría de una madre al ver a un niño. Fue Renly quien rompió el silencio que reinaba en el ambiente.
- Sobrino. -dijo Renly, intentando sin éxito parecer despreocupado. - Pensaba que estabas muerto.
- Lo estuve, pero al ver que Joffrey era un rey horrible decidí volver. Y tras un largo viaje por el Mar Angosto aquí estoy, buscando apoyo para reclamar lo que es mio por derecho. -Lyann hizo una pausa, observando a sus oyentes y pensando con cuidado sus palabras- Pero no solo me presento como el legitimo rey, me presento como el hijo de Robert. ¡Como vuestra familia! Se que mi padre no era un buen rey, pero era un buen hombre y se que vosotros también lo sois. Os demostraré que seré mejor de lo que nunca fue mi padre y haré que el nombre de la familia Baratheon sea recordado eternamente.
El silencio que Lyann recibió como respuesta lo puso aun más nervioso. Tanto Stannis como Renly sopesaron sus palabras, lo cual dio una esperanza al joven pretendiente.
- ¿ Y que recibiremos a cambio? -preguntó Renly.
- Para empezar, vuestros sitios en el consejo privado se mantendrán y, al contrario que con mi padre, escucharé todos vuestros consejos y propuestas. Además, -dijo dirigiéndose a Renly- no anularé el matrimonio que realizaste con Lady Margeary, siempre y cuando le dejes Bastión de Tormentas a Stannis.
- ¡¿Por qué debería hacer eso?! -respondió con furia Renly.
- ¿De verdad te importa? -respondió Lyann con calma- Pasarás todo el tiempo en Desembarco del Rey y no me negaras que Altojardín es un sitio mucho más apetecible para unas vacaciones. Además, necesito a alguien que me ayude a controlar el Dominio si las cosas se tuercen y nadie mejor que tu para ello, tío. - terminó de decir Lyann con una sonrisa, guiñando su único ojo.
Renly volvió a pensar en las palabras que había escuchado. Lyann sabía de la relación que mantenía su tío con Ser Loras, así que supo que su proposición de realizar numerosos viajes a Altojardín tendrían el efecto deseado. Aun así no le gustó tener que haber recurrido a ella.
- ¿Y tú, Stannis? ¿No tienes nada que decir?
El señor de Rocadragón había permanecido callado todo el tiempo, observando como se desenvolvía la curiosa reunión familiar que tenia enfrente. Fue la mujer roja la que respondió al joven príncipe.
- Deberías arrodillarte ante tu tío, mi señor. Stannis es el elegido de R'hllor. El que traerá justicia y paz al derrotar a la oscuridad. Él es quien debe sentarse en el Trono de Hierro.
Lyann observó a la sacerdotisa, manoseándose su barba. Era hermosa, muy hermosa, a Lyann le era imposible calcular su edad. Vestía completamente de rojo y portaba un collar con un enorme rubí engarzado. Sus ojos carmesí se clavaron en el príncipe, haciendo que le recorriera un escalofrío por la espalda.
- No se como funcionan las cosas en las tierras de las que provenís, mi señora, pero en Poniente hace bastantes años que se separaron la corona de la religión. Si Stannis es el que tiene que salvar el mundo, una carga como el Trono de Hierro suena algo contraproducente. ¿No creéis?
La mujer iba a responder, pero Stannis le indicó que no lo hiciera. El austero caballero miró a su sobrino con una mirada que podría congelar los siete infiernos.
- ¿Cumplirás con lo prometido?
- Sabes que sí. Al fin y al cabo también soy un Lannister, y ya sabes lo que dicen de los Lannister y las deudas.
Stannis asintió.
- Te veo en Bastión de Tormentas.
Lyann soltó un aliento que no sabia que estaba reteniendo, mientras veía a su tío alejarse rumbo a la fortaleza. El joven Baratheon se volvió hacia Renly con una sonrisa confiada.
- ¿Qué me dices tío? ¿Vamos a cazar leones?
El sol de la mañana entraba por la ventana e inundaba la gran habitación donde dormía Lyann y unas pocas brasas todavía ardían en la gran chimenea que estaba frente a la cama, decorada con un dosel hecho de roble macizo con relieves de venados en sus columnas. Por primera vez en mucho tiempo, el joven dormía tranquilo. Ya no era un rey fantasma, sin poder para reclamar el trono. Unos 100.000 hombres acampaban fuera de Bastión de Tormentas, los vasallos de los Baratheon junto con las fuerzas de los Tyrell y la flota de Rocadragón. Ahora era el hombre que comandaba el mayor ejercito que hubo en Poniente.
- ¿Lyann? ¿Estás despierto? -dijo Keat abriendo la puerta- Tu reunión con tus tíos va a empezar en diez minutos.
El joven príncipe se levantó a regañadientes, estirando las articulaciones tras una buena noche. La mejor que recordaba.
- De acuerdo, Keat. En un rato estaré listo. -respondió Lyann mientras soltaba un largo bostezo.
Fue en ese momento cuando Valian decidió levantar la cabeza de la almohada. Keat miró a la chica del pelo rubio, el cual estaba completamente alborotado, y luego de vuelta a Lyann. El pobre escudero estaba boquiabierto y rojo como un tomate. Al ver a ambos desnudos no le fue difícil deducir como había pasado la noche su nuevo señor.
- ¿Ocurre algo Keat? -preguntó Lyann serio, mientras se ponía unos calzones.
- No, nada. Absolutamente nada. -respondió a toda velocidad el chico- Les diré que llegarás algo tarde. Buenos días... A los dos.
Keat salió dando un portazo y ambos oyeron como chocaba con alguien por los pasillos. Lyann y Valian se miraron y comenzaron a reírse al unísono. El joven pretendiente termino de vestirse con sus clásicas ropas de cuero marrón oscuro, ideales para los viajes y la caza, junto con su nueva capa. Esta era de un tono rojo sangre, decorada con un venado coronado dorado como el sol. El blasón de los Baratheon con los colores de los Lannister. Mientras contemplaba el mar desde su ventana, Valian se colocó a su lado y juntos observaron la inmensidad del océano.
- ¿Fue tu primera vez?- preguntó la chica con una dolorosa sinceridad.
- ¿Tan mal lo hice? Admito que no tengo mucha practica, pero se defenderme. -replicó Lyann con una sonrisa.- No sabia que eras una experta.
- Soy una marinera de las ciudades libres Lyann, sé como se hace el amor y tu todavía estas algo verde. Aunque no te preocupes, he tenido polvos mucho peores. - respondió la chica, dándole un amistoso puñetazo en el hombro.
- Te confesaré que eres la segunda mujer con la que lo he hecho. La primera fue una prostituta de Desembarco del Rey. -comenzó Lyann, recordando tiempos mejores- Era mi decimocuarto día del nombre y ya empezaba a interesarme por las mujeres así que mi padre decidió que ya era hora que me hiciera un hombre. Me llevó a un burdel y me plantó delante de una muchacha de mas o menos mi edad.
- ¿Era guapa?
- Lo era. Una preciosa pelirroja llamada Keyla. La siguiente hora fue de los momentos más vergonzosos que pasamos ambos. Al salir, mi padre me esperaba y me dijo que no pasaba nada. "La primera vez siempre es una mierda hijo, pero tranquilo que de los errores se aprende" -dijo el príncipe imitando la voz de su padre- Y por increíble que pueda parecer, ambos nos enamoramos.
- No es cierto. -dijo Valian sarcástica, pero con una enorme curiosidad
- Piensa lo que quieras, pero ambos eramos unos adolescentes enamorados y muy cachondos por lo que estuvimos viéndonos en secreto. La cosa no duró mucho, obviamente. Ambos sabíamos que lo nuestro no llegaría a nada por lo que decidimos ser amigos. Y me alegra decir que mantenemos esa amistad. La primera persona con la que haces el amor, te guste o no, te va acompañar toda la vida.
Valian miró fijamente al príncipe, lo miró con unos ojos que podrían significar mil cosas.
- ¿A mi también me dejarás? ¿Te casaras con la princesa?
El semblante de Lyann se ensombreció. Él la amaba a ella y ella a él por el dolor que compartieron al perder a sus padres. Juntos habían pasado buenos y malos momentos, ese tipo de momentos que unen a las personas. Podría poner la excusa de que sería rey y estaba comprometido, pero Valian no tragaría tal excusa. Lo que realmente le impedía a Lyann quedarse con ella era que no podía olvidar la dulce sonrisa de Sansa.
- Valian... Yo...
Entonces la joven marinera abrazó al príncipe, ambos se entrelazaron en un bello y agradable abrazo. Finalmente, la chica le susurró al oído.
- No digas nada. Lo entiendo.
- ¿Estarás conmigo? ¿A pesar de todo?
- Hasta el final.
Entonces ambos se fundieron en un beso, uno que no olvidarían jamás. Fue en ese momento cuando Lyann supo que Sansa era su alma gemela, pero que Valian era el amor de su vida.
Chapter 15: A la Caza del León
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Lyann caminaba a buen ritmo por los pasillos, rumbo a la reunión estratégica para tomar la capital. Le seguían Keat y Valian. El Baratheon había nombrado a Keat su escudero, pues el chico no tenia lugar al que volver y el príncipe había visto su potencial a cuando viajaban en el Halcón del Mar. Además, siempre era bueno tener cerca a alguien de confianza, aunque sea un escudero.
Lyann se había preparado para la ocasión. A pesar de llevar su atuendo de cuero, este estaba recién lavado al igual que la capa. Se había afeitado y aseado apropiadamente para la reunión con algunos de los hombres más poderosos de Poniente. Subió por la gran torre que corona Bastión de Tormentas hasta la gran sala donde sería la reunión.
Al entrar, Lyann vio como todos los presentes se levantaban de sus asientos. El todavía príncipe cruzó la sala junto a sus acompañantes hasta sentarse en la silla que presidia la habitación. Valian y Keat se quedaron cada uno a su lado, de pie.
El joven venado miró con su único ojo esmeralda a los presentes. A su derecha se encontraba Stannis, junto a su mujer roja, Melissandre, y al famoso caballero de la cebolla, Ser Davos. A su izquierda estaba Renly con sus dos caballeros protectores, Ser Loras Tyrell y Lady Brienne. Finalmente, Lyann tenia en frente a Garlan Tyrell, el cual comandaba las fuerzas del Dominio. Junto a él se encontraba únicamente Randyl Tarly, señor de Colina Cuerno.
-¿Sabemos con cuantas fuerzas cuenta mi hermano?-preguntó Lyann.
-Únicamente con la guardia de la ciudad, junto con unos cuantos mercenarios. -respondió Renly. -No debería ser muy difícil tomar la ciudad.
- No olvidemos que Desembarco del Rey es una ciudad estratégicamente muy bien emplazada y sus murallas son gruesas. Si acabamos haciendo un asedio, sera el fin. -respondió Stannis, con un ligero tono de reprimenda a su hermano.
- Además, no podemos olvidarnos de Tywin Lannister. En cuanto se entere, partirá a la capital a defenderla. -añadió Garlan Tyrell.
- En ese caso habrá que dividir al ejercito. Uno atacará la ciudad y el otro se enfrentará a los Lannister en el Camino Real. -dijo Lyann, dirigiéndose a los presentes.
- Por favor, majestad. -intervino Renly- Dejadme a mí liderar el ejercito contra Tywin.
Lyann se los pensó detenidamente. Su tío era un hombre carismático que podría liderar a un ejercito con facilidad y no era un mal luchador, pero nunca destacó en términos de estrategia militar.
- De acuerdo, pero Ser Tarly irá contigo.
-¿Yo, mi señor? -preguntó secamente el señor de Colina Cuerno.
- En efecto. Sois famoso por derrotar a mi padre en la rebelión contra los Targaryen y tengo entendido que es una fama bien merecida. Tus conocimientos serán muy útiles para ayudar a mi tío. ¿Cuantos hombres necesitareis?
Los presentes discutieron durante un tiempo, con Lyann atendiendo a cada uno de sus argumentos. Nunca era tarde para dejar de aprender.
- Con unos 50.000 hombres serán suficientes. -sentenció Renly.
- Perfecto. Si queremos evitar que Tywin no pille con los pantalones bajados será mejor que partáis de inmediato. Stannis, Garlan y yo dirigiremos el ataque a la capital. ¿Alguna pregunta?
Todos los presentes negaron con la cabeza. Lyann les hizo una seña para que se retiraran y comenzaron a marcharse, todos menos la mujer roja.
- ¿Puedo hablaros en privado, majestad?
Lyann asintió y tanto Valian como Keat abandonaron la habitación. Volvía a vestir un exuberante vestido rojo lo cual hizo que el joven Baratheon mirara un par de veces hacia donde no debía.
- Me gustaría ir a Desembarco del Rey y apoyaros majestad. -dijo con su melosa voz.
- ¿Por alguna razón en concreto?
- He visto en los fuegos que si no voy, perderéis. ¿No queréis eso, verdad? -dijo acercándose aun más a Lyann.
El todavía príncipe se puso tenso y fijo su mirada en los ojos de Melisandre, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para permanecer firme ante la sensual mujer.
- Haréis lo que Stannis os ordene, sois su sacerdotisa, no la mía. Haced caso a vuestro elegido. -respondió Lyann, buscando la excusa rápida para escapar.
- Tal vez me haya equivocado con Stannis, no sería la primera vez. Igual sois vos Azor Ahai. ¿Nos os gustaría tenerme a vuestro servicio?
Sin darse cuenta, la astuta hechicera había acorralado al Baratheon contra la mesa. Sus ojos rojos brillaban como el fuego mientras sonreía con lujuria. Lyann tragó saliva, la oferta de la hechicera le resultaba cada vez más tentadora.
- Eeeh... Prometo que me lo pensaré. -dijo apartándola con educación y saliendo por la puerta antes de que Melisandre viera que su vestido no era lo único rojo en la habitación.
Nada más salir lo estaba esperando un guardia que trataba de fingir que no había oído nada de la conversación. Tenía un mensaje de parte de Catelyn Stark, la cual le pedía al príncipe que se reuniera con ella inmediatamente en sus aposentos. Lyann avanzó por los oscuros pasillos de Bastión de Tormentas, subiendo por las escaleras de la torre de la fortaleza hasta llegar a la habitación que le había asignado a la señora de Invernalia.
Y dentro estaba Meñique.
- Majestad, vengo a proponeros...
La oferta de Petyr Baelish fue interrumpida por un poderoso puñetazo que lo hizo caer estrepitosamente al suelo.
- ¡Lyann, por favor! ¡Oíd lo que tiene que decir! -dijo Catelyn en tono de suplica y agarrando al joven venado.
- Nada de lo que diga este traidor va a servir de nada. -dijo Lyann con furia, masajeándose los nudillos.
- Por favor majestad, puedo explicarlo.
- Tu brillante labia no servirá de nada, pues no pienso escuchar nada de lo digas.
Lyann se dirigió a la puerta para avisar a los guardias apostados fuera de la habitación, pero una frase del astuto consejero de la moneda lo hizo pararse en seco.
- ¿Ni siquiera si es por Keyla?
El joven Baratheon siguió dándole la espalda a Baelish, pero era evidente que sus palabras habían tenido el efecto deseado.
- "Hijo de puta" -pensó Lyann, antes de volverse hacia el astuto maquinador con el que estaba.- Te escucho.
Pocas cosas le dieron mas asco al príncipe que la sonrisa de satisfacción que puso aquel hombre en ese momento.
- A cambio de la traición hacia tus tíos, Joffrey te nombrará heredero y Mano del Rey. Volverás a Desembarco del Rey indultado y con todos tus privilegios devueltos, así como la seguridad de todos tus allegados incluyendo a tanto a tu querida Keyla como Lady Sansa.
- Y supongo que después me ayudarás a acabar con mi hermano. ¿Verdad?
- Solo si es trato es bueno, cosa que se que se os da especialmente bien.
Lyann asintió, se acomodó apoyándose en el respaldo de la silla mientras se cruzaba de brazos y cerraba los ojos. Estuvo en esa postura meditativa durante unos minutos que tanto a Catelyn como a Baelish se les hicieron eternos. De repente, Lyann se levantó y se acercó a Meñique hasta quedar cara a cara, penetrando la mirada del hombre con su único ojo, descubriendo que ahora el Baratheon ya era el más alto de los dos.
- No hay trato. Vete y que no vuelva a verte.
Fue entonces cuando el que quedó descolocado fue Baelish.
- ¿Pero...? ¿Pero por qué? ¿Acaso no te importa la seguridad de Keyla?
- Keyla sabe cuidarse solita. Además, no puedo fiarme de alguien que traicionaría a su rey por un "buen trato" ¡Guardias!
En ese momento entró una pareja de soldados que se llevaron a Meñique de la habitación. Poco después vio como se marchaba de Bastión de Tormentas al galope.
-"Tengo que escribir a Varys, a ver si puede hacer algo" -pensó Lyann mirando por la ventana al gran ejercito que tenia a sus pies. Entonces Catelyn interrumpió sus pensamientos.
- ¿Por qué lo has hecho?- dijo Catelyn, fingiendo una gran tranquilidad.
- Sabes que no puedes fiarte de él.
- A mi me habría hecho caso.
- Permíteme dudarlo.
- ¿Entonces que piensas hacer?
- Conquistar el Trono de Hierro. Y rezar para que todo salga bien. -dijo Lyann, finiquitando la conversación.
La marcha hacia Desembarco del Rey era más lenta de lo que a Lyann le gustaría, pero un ejercito se mueve despacio y más si no puede perder a su flota de vista. A pesar de todo, ya estaban a muy poca distancia de la capital. El pretendiente al trono iba a la vanguardia junto a su tío Stannis cuando se decretó una pausa en la marcha. Lyann desmontó de su caballo y estiró las piernas.
- ¿Realizamos un combate rápido tío? Necesito practicar a pelear con un solo ojo.
Stannis asintió con la cabeza y también bajó de su corcel. Acompañados por un par de soldados, caminaron un rato por el Bosque Real hasta alcanzar un claro perfecto para la lucha. Tío y sobrino se pusieron en posición y tras unos segundos de tanteo Lyann atacó. Buscaba desequilibrar a su tío y lograr una victoria rápida; pero a pesar de no tener un físico como Renly o Robert en sus buenos tiempos, Stannis era un guerrero muy duro. Paró con eficacia los envites del príncipe y contraatacó con contundencia por el lado ciego de Lyann. Al poco tiempo, el joven Baratheon ya estaba en el suelo.
- Vas mejorando, siempre tuviste talento para la lucha. -dijo Stannis- Recuerda, todos van a atacarte por tu lado ciego. Si logras prever ese primer movimiento y actuar con rapidez, puedes conseguir una gran ventaja.
- Eso ya lo sé. -dijo Lyann, resoplando.- Pero ningún hombre cae de un golpe. No puedo permitir que el combate se alargue.
- Debes estar alerta en todo momento. Forjar el instinto de supervivencia hasta que sea inmediato. Pero eso lleva practica, mucha practica.
- ¿Entonces hacemos un segundo lance?
Stannis asintió, y Lyann juraría que vio orgullo en sus ojos. Ambos se volvieron a preparar para el inminente duelo cuando de repente un ruido proveniente de entre los arboles puso a todos alerta. Rápidamente los guardias se pusieron delante de sus señores por si fuera una emboscada comandada por Joffrey.
- ¡Esperad! No hagáis nada. -ordenó Lyann.
De entre los matorrales emergió un venado blanco, el mismo que vio Lyann el día en que su padre fue victima del jabalí, ese venado con el que sintió una conexión especial. La hermosa bestia de pelaje como la nieve se detuvo ante ellos, como un rey observando a sus súbditos. Lyann se acercó el; mirando fijamente a los ojos azules del ciervo, tan azules que parecían contener el cielo entero. Ambos se sostuvieron la mirada, sintiendo como si el tiempo se hubiera congelado en ese instante. Finalmente, el venado se inclinó hasta tocar la hierba con sus labios y desapareció en la espesura.
- "Aun no se fía de mí, espero que este encuentro haya hecho que su confianza aumente" -pensó Lyann.
Stannis y los guardias se acercaron al príncipe despacio, como si hubieran salido de una especie de trance.
- ¿Qué ha sido eso? -preguntó Stannis, con genuino asombro.
- Aún no lo sé. Pero sé que será importante. -respondió Lyann.
Pocos días después, el ejercito avistó Desembarco del Rey. A pesar de la distancia, era evidente que la ciudad había visto tiempos mejores. El hedor de la ciudad llegaba hasta el campamento improvisado del ejercito. Sorprendentemente, se podía observar que las murallas habían sido reforzadas y numerosas catapultas estaban a la vista a punto de repeler un ataque.
Más asombroso todavía fue recibir la visita de un mensajero convocando una reunión para negociar un posible acuerdo a la cual acudiría el mismísimo Tyrion Lannister. A pesar de los consejos de Stannis y demás aliados, Lyann cabalgó hacia allí. Aunque no fue solo, su escudero Keat lo acompañaba junto con otros soldados de confianza liderados por Drake. Cuando llegaron avistaron el puente levadizo que conectaba con la ciudad, Tyrion ya estaba allí con su séquito y vestido con una armadura especialmente hecha para él.
Pero eso no fue lo que captó la atención de Lyann. Arriba, en la muralla, había una serie de cabezas cortadas y pinchadas en picas. Pero una destacaba por encima de las demás.
La cabeza de Sansa Stark.
Chapter 16: El Surcador del Mar de Fuego
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Lyann no separaba su ojo de la cabeza cortada, ignorando todo cuanto se encontraba a su alrededor. Estaba completamente podrida, llevaba ya varios días clavada en una pica, pero aun se podían distinguir unos pocos cabellos rojos. Tras unos tensos minutos, el joven Baratheon suspiró profundamente y se dirigió a su tío.
- Tyrion.
-Sobrino. -dijo el Gnomo. - Me alegra verte con vida, a pesar de las desafortunadas circunstancias de nuestro encuentro.
La guardia de la Mano de Joffrey no era muy numerosa. Cinco caballeros liderados por el mercenario que había visto en la Posada de la Encrucijada cuando Catelyn Stark apresó a Tyrion. Sus aliados le habían dicho a Lyann que se llamaba Bronn y era el principal hombre de confianza de su tío. Al príncipe no le gustó desde el principio. También se encontraba un joven que se encontraba al lado de Tyrion, el cual debía de ser su escudero.
- ¿Qué quieres Tyrion?
- Hacerte una simple pregunta. ¿Existe alguna manera de evitar esta batalla?
La sincerad del Lannister sorprendió al joven Baratheon. Con esta declaración, Lyann sabia que Desembarco del Rey no podría vencer en batalla y aquel al que llamaban el Gnomo solo buscaba salvar todas las vidas posibles.
- Rendición incondicional. Aquellos que sean traidores a mi causa morirán o podrán vestir el negro, salvo aquellos procedentes de grandes casas los cuales tendrán juicios personales, aunque la pena mínima será el exilio. Mi madre, Tommen, Myrcella y tú iréis a Roca Casterly mientras planeo con quien casar a mis hermanos.
- Debo decirte que Myrcella se encuentra en Dorne, siendo la prometida del príncipe Tristan Martell. - interrumpió Tyrion.
-"Veo que has estado ocupado" -pensó Lyann. Una alianza con Dorne por parte de Joffrey podría ser un problema en el futuro. Pero ahora mismo tenía cosas más importantes de las que preocuparse.
-¿Quien custodia a mi hermana?
- Ser Arys Oakheart.
- Buen caballero. Cumplirá bien con su deber. Esas son las condiciones. ¿Aceptas?
Tyrion hizo como que se pensaba la propuesta, pero Lyann sabía desde el principio que eran unas condiciones abusivas. Aunque el Gnomo hizo una pregunta más.
- ¿Qué ocurrirá con Joffrey?
- Sabes perfectamente lo que ocurrirá con Joffrey. -dijo Lyann con una voz gélida.
Tyrion resopló, sabiendo que estaba todo perdido.
- No puedo abandonar mi puesto como Mano del Rey. No puedo abandonar la ciudad a su destrucción, así que simplemente me limitaré a desearte suerte. Que los Siete te protejan Lyann.
- Una mala decisión.- dijo el príncipe tuerto. - Pero una que respeto. Suerte a ti también, tío.
Ambos líderes abandonaron el lugar y se dirigieron con sus respectivos ejércitos. Había una batalla que librar.
Caía la noche y Lyann ya había hablado y discutido con sus comandantes sobre como realizar el ataque. Garlan Tyrell comandaría el ataque en tierra junto con Stannis mientras que el propio Lyann lideraría el asalto naval. Esto generó mucha polémica, pues el rey no debería ponerse en un riesgo innecesario ya que tenían hombres de sobra para tomar la ciudad. Además el asalto marítimo podía ser muy peligroso.
- No permitiré que me llamen cobarde a la hora de reclamar el Trono de Hierro. La gente debe ver que su rey lucha por ellos. Además, me siento más cómodo en un barco que en un asalto frontal - respondió Lyann ante sus vasallos y consejeros, acabando con la discusión.
Ahora el joven Baratheon se dirigía hacía la gran nave Venado del Mar. En ella lo acompañaría Ser Davos Seaworth, por orden expresa de su tío Stannis. Cuando llegó a su destino, el Caballero de la Cebolla ya le esperaba en la rueda del timón, listo para zarpar.
- Cuando vos digáis, majestad. -dijo Ser Davos.
- Entonces adelante, no hagamos esperar a los Dioses.
Ambos navíos zarparon rumbo a la bahía del Aguasnegras. A medida que se acercaban con la gran flota de barcos de Rocadragón, empezaron a escuchar los ruidos de la batalla. Garlan y Stannis ya estaban atacando con sus respectivos ejércitos las murallas de la ciudad, atrayendo a la gran parte de los hombres de Joffrey y, lo más importante, alejando a las grandes catapultas que podrían hacer un gran daño al ataque por mar. Lyann iba a dar la orden de avanzar por el río cuando Ser Davos lo detuvo.
- Esperad, algo no va bien.
- ¿A que te refieres? -preguntó Lyann, sin dejar de mirar a la escasa flota de Desembarco del Rey.- Puede que perdamos algunos barcos, pero nuestra superioridad es demasiado grande.
- Aun así, majestad, prefiero pecar de prudente que de osado. Deberíamos mandar una pequeña escuadra para reconocer el terreno.
- ¿Cuántos barcos propones? -respondió el príncipe.
- Unos treinta serían suficientes. ¿Doy la orden?
Lyann se lo pensó con cuidado. Él quería cargar con todo y terminar rápido la batalla, pero se fiaba del criterio del marinero que se ganó la confianza de su tío, algo muy difícil de conseguir.
- De acuerdo. Pero la Lord Steffon y nosotros cerraremos la marcha, para un contundente contraataque en caso de que haya barcos escondidos.
Davos asintió y comenzó a realizar los preparativos para el ataque. La Lord Steffon y la Venado del Mar eran las dos mayores naves de toda la flota. Tras ver como las veintiocho naves que les precedían comenzaron a avanzar, Lyann dio la orden de continuar.
Todo marchaba bien, pero cuando cruzaron entre dos torres defensivas que habían en cada orilla del río, un sonido metálico llamó la atención del joven pretendiente. Se acercó a la popa del barco y lo que vio lo dejo sin aliento. Una enorme cadena había emergido de las aguas impidiendo a Lyann retroceder y al resto de la flota avanzar. Iba a dar la orden de atacar las torres para poder retirar la cadena cuando se desató el infierno.
Una explosión de fuego inundo el río Aguasnegras y durante un instante, los ejércitos dejaron de combatir. El brillo de las llamas cegaron a Lyann, que por primera vez se alegró de tener un ojo menos. Los barcos que había mandado por delante fueron pasto de las llamas, unas llamas de un verde intenso que permanecían en el agua calcinando madera y carne.
- Dioses... -dijo Davos, con lagrimas en los ojos y levantándose del suelo.
- Esto es malo. Muy malo. -dijo Lyann, intentando mantener la calma. - Tenemos que salir de aquí y para eso hay que eliminar esa endemoniada cadena. ¡Davos! Manda un mensaje a las naves de Lord Florent y tu pirata lyseno y que se encarguen de esas dos torres. ¡Ya!
Davos fue corriendo a dar las indicaciones necesarias para la maniobra mientras Lyann se dirigió a la proa de la nave para ver de cerca los destrozos que provocó el fuego valyrio. De las treinta naves que mandaron de expedición, únicamente lograron salvarse nueve. Estas se encontraban desperdigadas fuera del alcance del fuego y Lyann vio que sus capitanes no sabían muy bien que hacer en esa situación. Parte del ejercito Baratheon estaba en la orilla, observando aterrorizados como sus compañeros morían abrasados. En ese momento, el príncipe tuvo una idea.
- Tú. -dijo acercándose a un marinero. - Indica a los barcos supervivientes que formen un puente para atravesar el río.
El marinero asintió, demostrando un coraje loable. Lyann tenia intención de que el ejercito de tierra comandara un asalto hacia la Puerta del Río, impidiendo que refuerzos pudieran llegar a las torres que mantenían la cadena.
El calor era sofocante y el humo cada vez era más asfixiante, pero Lyann estaba demasiado ocupado intentando salvar su vida y la de sus hombres como para que eso le preocupara. Volvió al puesto de mando en la cubierta de mando donde Davos le estaba esperando.
- ¿Cómo va el ataque a las torres?
- Está siendo más duro de lo esperado, pero es cuestión de tiempo. Tenemos más hombres pero, francamente, es horrible que dos torres cuesten tantas vidas. - dijo Davos entre toses debido al humo.
Lyann no dijo nada, pero la preocupación podía verse en su rostro. Escasos minutos después volvió el marinero con el que había hablado Lyann.
- ¡Majestad! -a Lyann todavía se le hacía raro que le llamarán así. - Los barcos están en posición, pero no son suficientes. ¿Qué hacemos?
El príncipe no respondió y decidió verlo con único ojo. El fuego estaba cada vez más cerca del barco y tenían que actuar rápido. El hueco que faltaba para alcanzar la orilla de Desembarco del Rey era escaso, gracias en parte a que era la parte más estrecha del río, por lo que un barco sería suficiente. Lyann supo entonces que iba a realizar la mayor locura de su vida.
- ¡Davos! ¡Vamos a completar el puente! ¡Pon rumbo a la orilla!
La cara que puso el caballero de la cebolla era para enmarcar en los mejores salones, pero obedeció la orden. Movió el navío en dirección a la orilla y dio orden de avanzar. El fuego valyrio rugía alrededor del barco y más de un navegante decidió probar suerte saltando por la borda. Mientras el caos crecía, Lyann bajó adentro del barco, donde se encontraban los remeros. El príncipe observó las caras de miedo y angustia que tenían sus hombres.
- ¡Marineros! ¡Llegó la hora de demostrar vuestra valía! ¡Es en vuestras manos, en la fuerza de vuestros brazos y el la voluntad de vuestros corazones donde pongo mi destino! ¡Hoy será el día en el que lograremos navegar el fuego! ¡Remad!
Un rugido ensordecedor llenó el barco entero y los hombres acataron la orden de su capitán.
- ¡Remad!
Lyann sentía el movimiento del barco y escuchaba los gritos de dolor procedentes de arriba.
- ¡Remad!
El fuego ya comenzaba a entrar en el interior del barco y el humo entraba por las pequeñas brechas de la nave.
- ¡REMAD!
Un fuerte impactó sacudió el Venado del Mar hasta los cimientos y los gritos de guerra sustituyeron a los de pánico. El joven Baratheon salió a cubierta y observó los resultados de su loco plan. El barco logró encajar perfectamente gracias a la habilidad de Davos el cual estaba recuperando el aliento tumbado de mala manera sobre la cubierta del barco. Unos hombres apagaban el poco fuego valyrio que se había pegado al barco con arena de la orilla. Era un milagro, no había otra explicación, pero Lyann sabía que necesitaría unos cuantos más para lograr conquistar la corona; y el que no arriesga, no gana. Lyann desembarcó en la playa y desenvainó su espada.
- ¡Venid conmigo y tomemos está ciudad!
Chapter 17: La Batalla de Aguasnegras
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Lyann cargó hacía delante con un grito de batalla que sintió que llegaría al Muro. Una lluvia de flechas cayó sobre el, pero no le importó. Siguió avanzando hasta llegar a la muralla y esperó a que llegarán las escalas. Con un duro esfuerzo, logró subir a la muralla donde un capa dorada le esperaba. Este atacó cegado por la adrenalina de la batalla, haciendo que Lyann pudiera leer perfectamente sus movimientos. Paró el golpe con su espada y de un rápido movimiento le hizo un corte en la garganta, acabando con su vida.
Sus hombres siguieron llegando en masa, a pesar de la dura resistencia en la muralla. El caos de la batalla se envolvió a Lyann, que continuo luchando con una sonrisa en los labios. Nunca había estado en una batalla real, pero la adrenalina hacía que se sintiera más vivo que nunca. Atravesó a un mercenario con su espada por la espalda y consiguió girarse a tiempo para bloquear una estocada. Lyann contraatacó empujando con todo su cuerpo, provocando que su desafortunado rival cayera de la muralla al suelo. Tras una dura pelea, la Puerta del Río fue derribada y las tropas leales a Joffrey huyeron hacia el interior de la ciudad. Los hombres del príncipe irrumpieron en vítores.
-Coge a la mitad de los hombres y dirígete a apoyar al ejercito principal. -dijo Lyann, dirigiéndose a Davos. -¡El resto conmigo!
Lyann bajó de la muralla con tranquilidad, limpiando de sangre su espada. Junto a sus hombres comenzó a dirigirse hacia la Fortaleza Roja. Era fácil de ver en la distancia, coronando la Colina de Aegon. Lo que no sería tan fácil sería llegar hasta ella. El camino era un laberinto de calles, perfectas para una emboscada.
El joven pretendiente lideró la partida hacía el gran castillo. Atravesó diferentes calles, normalmente atestadas de gente pero ahora vacías. Los listos permanecían en sus hogares, rezando para que nadie entrara a hacer pillaje y los realmente listos habían abandonado la ciudad antes del ataque. Lyann estaba en tensión constante, veía sombras por doquier y siempre pensaba que podía ser el enemigo.
Sin embargo, el enemigo atacó cuando menos se lo esperaba. El joven de ojo esmeralda estaba cruzando una plaza cuando desde los tejados una lluvia de flechas cayó sobre ellos.
- ¡A cubierto! -gritó el príncipe.
Pero era demasiado tarde, estaban muy expuestos y uno a uno fueron cayendo sus hombres.
- ¡Huid majestad! Nosotros nos ocupamos. -respondió el capitán que era el líder del escuadrón que lo acompañaba.
Lyann corrió hacia las callejuelas y justo cuando estaba a punto de llegar un dolor espantoso le recorrió el cuerpo. Entonces vio la flecha clavada en su hombro. Comenzó a vagar por las calles, cada vez más cansado. La adrenalina le había abandonado y recordó lo poco acostumbrado que estaba a la batalla.
-"Soy un imbécil" -se dijo a si mismo- "Debí haber hecho caso a todos y quedarme atrás"
Pero no podía abandonar ahora. Se lo debía a sus hombres, a todos aquellos que confiaban en él, a pueblo de Poniente. Fue entonces cuando la esperanza cobró vida. Lyann reconoció el edificio que había al final de la calle. El burdel al que escapaba todas la noches durante su corta adolescencia. El joven herido logró llegar con dificultades a la puerta y comenzó a llamar a gritos.
-¡Abrid, por favor! ¡Estoy herido! -pero no recibió respuesta.
-¡Keyla! ¡Necesito ayuda! -dijo Lyann, prácticamente con sus últimas fuerzas.
Fue cuando vio a la joven de cabellos rojos abrir la puerta el momento en que se desmayó.
Fue el dolor lo que le despertó. Keyla y sus chicas le habían logrado quitar la flecha con éxito y le acaban de echar encima una jarra de vino en la herida.
- Primero Lord Stark, luego unos soldados me encierran en una casa en las afueras durante dos semanas y ahora apareces tú con una flecha clavada en hombro llamándome gritos mientras atacan la ciudad. ¡¿Podrías decirme que coño está pasando?! -dijo Keyla, mientras limpiaba la herida.
- Yo también te he echado de menos. -dijo Lyann, intentando esconder una sonrisa.
- Menos bromas, Lyann. Responde a mi pregunta.
- He venido a recuperar el Trono de Hierro. El ataque es culpa mía. Joffrey se negó a dejar de ser rey. No me dejó opción.
Keyla asintió, mientras le vendaba la herida.
- Los soldados los habrá mandado Varys. Estabas en peligro y le pedí que te protegiera. ¿Cuánto he estado dormido?
- No mucho, una media hora. Quitarte tu armadura fue más difícil de lo que pensábamos.
Lyann se levantó y miró por la ventana. La calle seguía desierta, pero apenas había ruido de batalla. La ciudad estaba prácticamente tomada, se notaba en el ambiente.
-La última táctica que esperaba imitar de mi padre era la que realizó en la Batalla de las Campanas.
-Tal vez el blasón de los Baratheon debería ser una puta y no un ciervo. No paramos de salvaros el culo. - dijo Keyla, mientras le ayudaba a volver a ponerse la armadura.
Ambos rieron. Lyann estaba listo de nuevo para volver a la batalla después de su agradable descanso. Enfundo su espada en la cintura y se dispuso a salir, pero Keyla le retuvo el tiempo necesario para darle un beso en la mejilla.
- Ten cuidado. Por favor.
- Siempre lo tengo. -le respondió saliendo de la habitación.
Rápidamente cruzó el burdel rumbo a la puerta trasera, aquella por la que se colaba en sus antiguas visitas. Comenzó a caminar despacio hacia la Fortaleza Roja, fijándose en todo lo que le rodeaba. Prefería llegar tarde y entero que no llegar en absoluto. Gracias a los dioses, logró llegar a su destino donde le estaba esperando Stannis con su ejercito. La puerta de entrada ya estaba abierta, la guarnición del castillo se había rendido.
- Sobrino, los siete reinos son tuyos. -le dijo su tío.
- Aun no. Entremos.
Lyann entró en la sala del Trono de Hierro seguido por Stannis y unos pocos hombres. La sala estaba vacía salvo por una persona. Joffrey se encontraba sentado a los pies del Trono de Hierro, en el primer escalón. Tenia la armadura impoluta y la mirada perdida en el suelo. Lyann se acercó hacia él, hasta quedar a unos pocos pasos de distancia. El silencio inundo la sala.
- Levántate de mi silla, hermano. El rey se sienta ahí. -dijo Lyann, rompiendo el silencio.
- ¿Qué vas a hacer? -respondió con un hilo de voz, como si todo fuera un mal sueño.
- Recuperar mi trono. Es mío. Por derecho. -respondió Lyann, con una voz fría y cortante como el hielo.
- No es tuyo. No lo mereces. Mataste a padre. -dijo Joffrey.
- Terminemos con esto Joffrey. Arrodíllate y afronta tu muerte con el poco honor que te queda. -dijo Lyann desenvainando la espada.
Los hombres de Stannis se pusieron en tensión, pero Joffrey permaneció tranquilo. De repente, empezó a reír. Primero bajo, como un susurro, pero la risa fue cobrando potencia hasta ser una carcajada tan fuerte que llenó toda la sala. Lyann retrocedió por puro instinto, parecía que Joffrey había perdido definitivamente la cabeza. Entonces Joffrey levantó la cabeza y miró a Lyann a los ojos. Sus miradas esmeraldas se cruzaron y parecía que estaban entablando una batalla.
- Mis hombres han fracasado, nuestro abuelo me ha fallado y el trucó del pequeño monstruo también falló. Pero no está todo perdido, querido hermano, aún me queda alguien para poder vencerte.
- ¿Quien? ¡Dímelo!
- Los Dioses, Lyann.- dijo Joffrey con una gran sonrisa. - Exijo un juicio por combate.
Chapter 18: La Coronación del Rey
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Lyann se miró en el espejo. Había cambiado mucho desde que se había mirado por ultima vez. Ahora estaba más alto y más musculoso. Se había cortado el pelo, volviendo a tener una media melena hasta poco antes de tocar sus hombros. También se había afeitado, dejando únicamente una barba incipiente. Se había dado cuenta de que la gente le respetaba más si tenia barba, por lo que no quería eliminarla del todo. Lo único que le faltaba era el ojo izquierdo. Se vistió con sus ropas de cuero, recién lavadas por sus sirvientes y salió de su habitación. La coronación sería en unas pocas horas y tenía que visitar a alguien.
Había pasado una semana desde que Joffrey le exigió un juicio por combate. Lyann no podía negarse; no con tantos testigos delante incluyendo a su tío Stannis, el cual era el deber encarnado. Lyann aceptó celebrar el juicio por combate, pero dentro de seis meses. Desde entonces Joffrey estaba encerrado en la mas oscura celda de la Fortaleza Roja, aquella donde había estado Eddard Stark, hasta que llegara el día del juicio. Por desgracia, ya había escogido campeón y no era otro que Ser Gregor Clegane "La Montaña".
Pero hoy no era un día para preocuparse, se dijo así mismo el joven Baratheon. Continuó caminando por los diferentes pasillos y estancias de la Fortaleza Roja seguido de Keat, su escudero.
- ¿Adonde vamos, mi señor?
- A las estancias del Gran Maestre. Hay alguien a quien debo ver.
- ¿El Gran Maestre Pycelle no había muerto?
Lyann asintió. Después de lo ocurrido en la sala del trono, el todavía príncipe recibió los informes de la batalla. Por lo menos 20.000 hombres habían muerto en total, contando soldados y civiles. Entre ellos Pycelle, el cual fue encontrado en los establos intentando escapar y fue acuchillado hasta lo muerte por algún soldado aleatorio. Dos miembros de la Guardia Real habían muerto en combate, Ser Boros Blount y Ser Mandon Moore. Eso dejaba únicamente con vida a tres capas blancas con vida: Ser Arys Oakheart, el cual se encontraba en Dorne, Ser Balon Swann y Ser Meryn Trant. Lyann tenía planes para cada uno de ellos.
Continuaron avanzando hacía su destino, subiendo una de las tantas torres que tenía la Fortaleza Roja hasta llegar a una puerta de madera maciza. Lyann llamó a la puerta y al poco tiempo le abrió Podrick Payne. Las estancias del maestre eran espaciosas, con una gran cama en el centro para el paciente. Las estanterías estaban llenas de libros y diferentes frascos y por la ventana entraba el sol de la mañana. Lyann vio a su tío Tyrion Lannister, con una venda ocultándole medía cara.
- Dejadnos. -dijo el joven Baratheon con autoridad.
Keat, Podrick y un joven asistente del difunto Pycelle dejaron la habitación dejando a ambos solos. Lyann se sentó en la silla que estaba al lado de la cama donde reposaba el enano.
- Hay maneras más sencillas de parecerte a mí Tyrion, una cicatriz no es lo mejor para tu cara.
Tyrion no pudo evitar reírse con el comentario mordaz de Lyann, el cual también sonrió.
- ¿Cómo estás? -preguntó Lyann.
- Vivo, al contrario que muchos otros. Al menos conservaré mi ojo, no como otros.
El silencio inundo la habitación unos segundos, mientras la pregunta obvia permanecía en el aire.
- ¿Qué pasó con todos?
Lyann se levantó y se dirigió hacía la ventana, necesitaba aire fresco para permanecer relajado.
- Joffrey pidió un juicio por combate, el cual se realizará dentro de seis meses. Mientras tanto estará en una celda negra.
Tyrion asintió, recibiendo y asimilando la información.
- Myrcella permanecerá en Dorne, al menos por ahora. Tommen y mi madre siguen aquí, en la Fortaleza Roja, hasta que me lleguen noticias de que pasó con el ejercito de Tywin.
- Entiendo. -dijo Tyrion, con mirada pensativa. ¿Algo más que deba saber?
- Ya tengo pensado cual será mi Consejo Privado. -contestó Lyann, caminando hacía la estantería y miraba con curiosidad los diferentes frascos. -Stannis y Renly permanecerán en sus puestos, tal y como les prometí.
- Un Lannister siempre paga sus deudas. -dijo Tyrion sonriendo con sorna.
- Correcto. -dijo Lyann, devolviéndole la sonrisa. -Varys permanecerá en su puesto, pues me ha estado sirviendo desde el principio.
Tyrion miró con asombro a su sobrino, eso no se lo esperaba ni en el más inteligente de sus planes. Lyann no pudo evitar sentirse orgulloso de haber superado a su tío en el juego de tronos.
- Le pediré a la Ciudadela de Antigua que me mande al maestre Yandel para que sustituya a Pycelle. Quiero alguien joven y con ansias de mejorar. Finalmente, nombraré a Willas Tyrell como consejero de la moneda. Es la mejor manera de recompensar a los Tyrell y aprovechar su fortuna.
- Y también es la excusa perfecta para tener al primogénito de Altojardín cerca. Pero, Lyann... ¿Por que me cuentas esto?
- Yo diría que la Mano del Rey necesita saber con quien va a trabajar.
Ya era la segunda vez en escasos minutos que Tyrion Lannister se quedaba sin palabras. Pero la mirada de gratitud que desprendía fue respuestas suficiente.
- Espero que te recuperes pronto. Un rey no es nada sin una buena mano. -dijo Lyann abandonando la habitación.
Lyann estaba nervioso. Estaba enfrente de la puerta que daba a la sala del trono. Dentro estaban varías de la grandes familias de Poniente, las cuales serían testigos de su coronación. Le habían preguntado si quería una corona nueva, única para él, pero Lyann insistió en usar la de su padre. El joven Baratheon respiró profundamente y abrió las puertas. La gente había dejado un pasillo que conducía al Trono de Hierro. La gigantesca estructura de metal esperaba al final, más imponente que nunca.
Lyann caminó hacía el trono. Los cuchicheos que oía desde el otro lado de la puerta fueron completamente silenciados, únicamente se escuchaban los pasos del joven Baratheon. A los pies del trono se encontraba su tío Stannis, junto a la corona de su hermano. Una vez Lyann llegó a junto a su tío, se inclinó ante él.
- Yo te nombro Lyann Baratheon, el primero de su nombre. Señor de los ándalos, rhoynar y los primeros hombres. Señor de los siete reinos y protector del reino. El Surcador del Mar de Fuego y Fantasma de la Tormenta.
La gente estalló en aplausos mientras Lyann se levantaba y miró a los espectadores. Vio a Mace y Margeary Tyrell, que los acompañaron desde Bastión de Tormentas. Valian y Keat estaban en primera fila, con lagrimas en sus ojos. Incluso Tyrion se había levantado de la cama únicamente para ver este momento. Lyann saludó a su audiencia y comenzó a subir al trono. La subida se le hizo eterna, pero no podía evitar disfrutarla.
Cuando se sentó en el Trono de Hierro, vio que era verdad lo que decía su padre. Era increíblemente incomodo.
Así comenzó el reinado de Lyann Baratheon.
Chapter 19: El Nuevo Rey
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La coronación fue solo el principio. La fiesta siguiente fue lo que ocupó el resto del día, junto con la procesión por la ciudad. El pueblo de Desembarco del Rey aclamaba a su nuevo rey, aquel que los había liberado del perverso rey Joffrey. Le habían empezado a llamar el rey Ojo Esmeralda, debido su único ojo verde.
Lyann recordaría ese día como uno de los más agotadores de su vida. Estuvo reunido con muchísima gente importante. Logró arrinconar a Mace Tyrell cuando estaba solo para proponerle el nombramiento de Willas como consejero de la moneda, el cual acepto encantado. Finalmente conoció a Margeary Tyrell, una mujer encantadora que ahora era su tía por casamiento aunque seguro que Renly ya no estaba tan entusiasmado con su matrimonio. Stannis cumplió con sus obligaciones; habló, bailó y luego se retiró con educación. Lyann también se excusó pronto, alegando que estaba cansado con tanta celebración y fue a sus aposentos acompañado por Ser Balon Swann. Una vez allí, se durmió nada más tocar la almohada.
Por desgracia, su sueño fue interrumpido unas pocas horas después. La fiesta ya había terminado cuando el único guardia real que le quedaba llamó fuertemente a la puerta. Lyann abrió la puerta, todavía adormilado.
- Siento despertaros majestad, pero las huestes de Lord Renly han llegado. -dijo Ser Balon.
- ¿Y? Dadle a Renly y a los demás alojamiento. - respondió el joven rey malhumorado.
- Ese es el problema, majestad. Renly ha muerto en combate.
Media hora más tarde, Lyann realizó una reunión de emergencia en sus aposentos, los cuales eran increíblemente amplios. En ella se encontraban Ser Loras Tyrell y Lady Brienne, los principales testigos de la batalla y de la muerte de su tío. También estaban Stannis, Tyrion, al que habían llevado a cuestas, y Varys.
- ¿Cómo ocurrió la batalla? -preguntó Lyann, mientras daba algo de beber a los cansados invitados.
- Fue una masacre. -comenzó Ser Loras. - Únicamente logramos poner al enemigo en retirada gracias a la estrategia de Lord Tarly y la valentía de Renly. Realizamos un choque frontal con la infantería mientras la caballería rodeaba por ambos lados al ejercito de Tywin.
- Sin embargo. -continuó Brienne. - La vanguardia Lannister era mucho más fuerte de lo que pensamos. Cuando logramos debilitar lo suficiente al enemigo, cargamos con Lord Renly para asestar el golpe definitivo.
- Y lo conseguisteis... A un alto precio. -comentó Tyrion, tumbado en la cama de Lyann.
- ¿Quién mató a mi tío? - preguntó el rey, mirando por la ventana el cielo nocturno.
- La Montaña. Gregor Clagane.
- ¿Tywin se ha retirado a Roca Casterly? - preguntó Stannis.
- Es lo más probable. -respondió Tyrion. - Mi padre ha perdido muchos hombres en la batalla y no puede dejar desprotegido su principal bastión con el joven Stark merodeando por ahí. Necesitar recuperar las fuerzas.
Lyann sintió un escalofrió. Sabía que la Montaña era fuerte, pero no hasta el punto de lograr plantar batalla a un ejercito tan grande como el que había comandado Renly y no le gustaba tener a su abuelo como enemigo. Aunque herido, Tywin Lannister seguía siendo uno de sus mayores problemas. Además, con su tío muerto iba a necesitar un nuevo consejero de los edictos.
- Estamos todos cansados. - dijo Lyann volviéndose hacia sus aliados. - Discutiremos quien ocupará el sitio de Renly en el Consejo una vez estemos todos los miembros. Volved a vuestros aposentos y descansad. Os lo merecéis con creces.
Uno por uno, todos los invitados abandonaron la estancia, dejando a Lyann mirando de nuevo melancólico las estrellas del cielo.
Lyann durmió poco y mal esa noche. Se levantó con un humor de perros y le pidió a sus sirvientes que prepararan un baño caliente. Le esperaba un largo día de juicios condenando o salvando a las diferentes personas que apoyaron a Joffrey durante la guerra. El baño logró tranquilizarle y se sentía renovado. Después de mucho tiempo viviendo al límite, entre el pueblo llano y de batalla en batalla, disfrutaba como nunca de los lujos de realeza. Se vistió con sus ropas de cuero marrón oscuro, las que siempre lleva en batalla. Lyann pensaba que gobernar los siete reinos era la mayor lucha a la que se enfrentaba y le ayudaba mentalmente vestirse así, aunque rompiera todas las reglas de la elegancia.
Se dirigió hacía el Trono de Hierro y cuando llegó a la sala del trono, esta ya estaba llena de gente. Keat le entregó su corona, una corona de oro que simulaba astas de venado por toda su circunferencia, subió pacientemente las escaleras del Trono de Hierro y una vez sentado comenzaron las audiencias.
La mayor parte de la gente que se presentó eran sirvientes o simples soldados que poco o nada tenían que ver con la guerra. Eran personas que vivían en Desembarco del Rey y cumplían con su trabajo para poder mantener a su familia o a si mismos, por lo que la mayoría fueron perdonados, cosa que recomendaron sus consejeros para dar una mejor imagen que Joffrey. Aquellos que fueron juzgados culpables fueron mandados a las celdas de la Fortaleza Roja, en las cuales habitarían durante un tiempo equivalente a su traición siendo la condena más alta vestir el negro.
Tras dos horas de juicios, Lyann tenía el culo a carne viva. El Trono de Hierro hacía honor a su fama, pero debía aguantar más pues finalmente llegó aquel que Lyann esperaba con impaciencia. Ser Meryn Trant fue llevado ante el joven rey esposado y fue obligado a arrodillarse.
- Ser Meryn Trant. ¿Recordáis la última vez que nos vimos?
El caballero no dijo una palabra mientras continuaba mirando al suelo, pero era evidente que trataba de contener su ira.
- Yo lo recuerdo perfectamente. Me disteis un regalo que nunca podré olvidar. -dijo Lyann quitándose el parche y enseñando el hueco donde debería estar su ojo izquierdo, haciendo que una ola de murmullos bañase toda la sala del trono. - Estáis acusado de romper los juramentos de la Guardia Real e intentar matarme. ¿Qué decís en vuestra defensa?
- ¡Que deberíais haber muerto! ¡Es lo que merece un parricida y un matasangre! ¡Joffrey es el verdadero rey! - gritó Meryn Trant, mirando con odio al rey Baratheon y escupiendo al trono.
- Todo el mundo sabe que a mi padre lo mató un jabalí, no yo. -contestó Lyann, manteniendo la calma y colocándose de nuevo el parche. - En cambió, que vos intentasteis matarme por orden de mi hermano es una verdad irrefutable. La Guardia Real tiene la tarea de proteger al rey a costa de su vida, y yo no puedo confiar en vos para protegerme. Intentasteis matarme. Rompisteis vuestros votos. Y el castigo por ello es la muerte.
La corte quedó sorprendida, pues era la primera condena a muerte que se decretaba a un Guardia Real por mucho tiempo. Cuando Ilyn Payne avanzó hacia Meryn Trant portando a "Hielo", este palideció. Fue obligado a apoyar su cabeza en un taburete traído para la ocasión.
- ¿Unas últimas palabras, Ser Meryn?
- Vete al infierno bastardo
Con un gesto de asentimiento por parte de Lyann, Ilyn Payne le cortó la cabeza al antiguo guardia real con un tajo limpio. Unos sirvientes recogieron el cuerpo y la cabeza rápidamente. Tras esto continuo unas horas más de edictos reales, esta vez recompensando a aquellos que fueron fieles a la causa de Lyann. El rey nombró caballeros a más de un centenar de personas y nombró Lords a otras veinte. Finalmente, cuando el sol ya comenzaba a ponerse, realizó el último nombramiento.
- Ser Loras Tyrell. Acercaos.
Ser Loras avanzó por la sala, con su armadura de flores enjoyadas, y se arrodillo ante Lyann.
- Ser Loras. Por culpa de la guerra mi Guardia Real quedó fuertemente mermada. Necesito de mi lado a los mejores guerreros de Poniente para defenderme a mi y a los míos. ¿Aceptáis el honor de servirme como Guardia Real?
- Nada me haría más feliz, majestad. -dijo levantando la mirada hacía Lyann.
- En ese caso yo os nombro miembro de la Guardia Real del rey Lyann Baratheon.
La corte explotó en un estruendoso aplauso mientras el joven rey ayudaba a Loras a levantarse. Loras se había ganado el favor del pueblo llano en las justas y también era un experto con la espada. Lyann necesitaba a los mejores a su lado; es por eso que, cuando la gente ya empezaba abandonar la sala del trono, hizo un último anuncio.
- ¡Un momento! Como bien he dicho, necesito a los mejores guerreros de mi lado. Es por eso que nombrare a un nuevo Guardia Real. Lady Brienne, acercaos.
La gente quedó completamente muda, empezando por la propia Brienne, que se acercó con cautela hacia el rey y se arrodilló.
- Lady Brienne. ¿Aceptáis formar parte de mi Guardia Real?
- Majestad. No puede nombrar a una mujer guardia real. -dijo alguien de la multitud
- Si. La guerra es para los hombres.
Las quejas y los murmullos continuaron un buen rato hasta que Lyann levantó la mano, pidiendo silencio.
- Lady Brienne ha demostrado su valor en batalla contra mis enemigos, causando un gran daño comparable a los mejores guerreros de Poniente siendo sus habilidades alabadas por más de cien caballeros, incluido Ser Loras. Cuando alguno de vos haga lo mismo, también lo nombraré Guardia Real.
La corte quedó muda de nuevo. Ninguno se atrevió a compararse con Brienne, pues aunque no quisieran admitirlo, sabían que no estaban a su altura.
- Busco a los mejores. No me importa su edad, su sexo o su procedencia. Únicamente les pediré que cumplan sus votos y vistan de blanco. Así que decidme, Lady Brienne. ¿Aceptáis el puesto, con todo lo que ello implica?
- Será un gran honor. -respondió la mujer, conteniendo las lágrimas.
- Pues levantaos, Lady Brienne de Tarth, miembro de la Guardia Real.
Chapter 20: El Joven Lobo
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yann se encontraba en el patio de armas de la Fortaleza Roja, entrenando con su guardia real. Los tres caballeros iban turnándose para enfrentar al joven rey, el cual llevaba tres horas de golpes, caídas y humillaciones. Lyann se encontraba en guardia, sudando debido al esfuerzo y al tener cota de malla por encima de sus ropas de cuero. No llevaba yelmo, pues necesitaba toda la visión que le daba su único ojo para poder reaccionar a los ataques de su oponente. Brienne cargo con fuerza con una serie de golpes rápidos con su gran espada, los cuales Lyann esquivó y bloqueó con dificultad. En ese momento, Brienne asestó un golpe ascendente que envió la espada de Lyann por los aires. Antes de la espada llegase al suelo, la recién nombrada guardia real realizó un placaje que tumbo a Lyann en el suelo, otra vez.
- Tal vez deberíais usar un arma distinta majestad. -dijo Ser Loras, intentando ocultar su sonrisa. - Un martillo como vuestro padre tal vez.
- Tenéis habilidad con las manos, igual una lanza os sentiría perfecta. En Dorne son muy populares. - añadió Brienne, ayudando al Lyann a levantarse.
- Mi padre me puso una espada de verdad cuando tenía cinco años. Dijo que si me acostumbraba a su peso, de mayor podría usar mandobles como una espada normal. Llevó entrenando para eso desde aquel momento y no me voy a rendir ahora. ¿Quién sigue?
Ser Balon Swann se acercó desde su puesto junto con Ser Loras, con quien estuvo comentando el combate, y recogió una espada de practica.
- Esa es la actitud de un guerrero, majestad. -dijo el caballero con orgullo. - ¿Preparado?
Lyann asintió, recogiendo su espada larga. A su vez, Ser Balon levantó el escudo en posición defensiva. Lyann atacó con una serie de golpes, buscando tantear a su enemigo. El guardia se protegió con el escudo y empezó un contraataque que Lyann logró esquivar con facilidad. Cada vez leía mejor los movimientos de sus protectores, pero no dejó que esa satisfacción lo desconcentrara. Tras un serie de ataques por ambos contendientes, ambos volvieron a una posición defensiva. En ese momento, Tyrion llegó al patio de armas.
- Lamentó interrumpir este honorable duelo, pero temo decir que tenemos visita.
Ambos combatientes dejaron de pelear y Lyann ordenó un descanso.
- ¿Quién nos visita tío? -dijo Lyann, mientra bebía agua para refrescarse.
- Robb Stark y sus norteños.
Lyann aguardaba en Trono de Hierro a que apareciera el ahora Señor de Invernalia. A los pies del trono estaban Varys junto con el maestre Yandel y Willas Tyrell, lo cuales habían llegado pocos días antes y todavía se estaban instalando en la corte de Desembarco del Rey. Robb Stark entró en la sala del trono vestido con armadura y capa norteña, a pesar del calor de la capital de los siete reinos. Fue seguido por su madre, la cual vestía de negro ya que guardaba luto por su hija, y un norteño al que llamaban el Gran Jon. Cuando llegó frente a Lyann, Robb permaneció de píe, mirándolo con unos ojos fríos como el hielo.
- Lord Stark. - dijo Lyann, ocultando su malestar por la osadía de Robb. - ¿A que debo la visita del Señor de Invernalia?
- Señor de Invernalia y Rey en el Norte. -exclamó el Gran Jon.
- Cierto. Ahora os proclamáis Rey en el Norte. -dijo Lyann. - Sin embargo, aquí estáis; mientras que en Invernalia cuelga el blasón del kraken y el Norte está en caos. Así que vuelvo a decir. ¿Qué hacéis aquí?
- Vengo a proponeros un trato. Necesito hombres y suministros para tomar el Norte, y a mi hermana Arya. Además, quisiera recuperar los huesos de Sansa, para enterrarlos en Norte. Donde ella pertenece. -dijo Robb, con autoridad.
- Ya veo. -dijo Lyann, rascándose la barba de forma pensativa. - ¿Qué me das a cambio?
- Al Matarreyes.
Lyann no se sorprendió demasiado. Era lo único de valor real que tenía Robb para poder realizar un intercambio. El autoproclamado Rey en el Norte esperó pacientemente la respuesta. Si estaba nervioso, lo ocultaba a la perfección.
- No puedo daros a Arya. No se encuentra en la ciudad.
Eso pillo por sorpresa a los norteños. Tenían la certeza de tanto Arya como Sansa eran rehenes de los Lannister. No fue hasta que Lyann consiguió el Trono de Hierro que supo de la desaparición de la niña.
-¿¡Entonces donde está mi hermana?! -dijo Robb con furia.
- No lo sabemos. Si sigue viva, probablemente escapó de Desembarco cuando encarcelaron a vuestro padre. Si Varys encuentra alguna información sobre el paradero de Arya, os lo comunicaré enseguida.
- Mis pajaritos ya están en ello, Lord Stark. - añadió Varys con su melosa voz. - Pero encontrar a una sola persona por todos los siete reinos no es fácil, mi señor.
- En cuanto al resto. - dijo Lyann, retomando la conversación. - Os devolveré los huesos de Sansa, así como vuestro mandoble legendario "Hielo" en compensación por Arya. Sin embargo...
Robb se puso tenso, pero lo disimuló como pudo. Lyann disfrutó viendo como la negociación no estaba siendo del agrado del norteño.
- Los suministros y los hombres no os lo daré. No solo por mi tío Jaime. Si queréis recuperar el Norte, arrodillaos y jurad lealtad al Trono de Hierro.
Robb se puso rojo de ira, pero simplemente se dirigió hacia la salida. En ese momento, Lyann levantó la mano y cincuenta capas doradas apuntaron con sus lanzas a los norteños.
- ¿¡Es que acaso no tenéis honor?! - estalló Jon Umber
- Eddard Stark tenía honor, más que ningún otro hombre, y por eso lo admiro. -dijo Lyann, mientras bajaba del Trono de Hierro. - También es por su honor que acabó con su cabeza en una pica. Me devolveréis a Jaime Lannister. A cambio, os devolveré los huesos de Sansa y a Arya, una vez la encontremos, así como "Hielo" ¿Aceptáis?
El joven rey le ofreció la mano a Robb Stark, en busca del apretón que cerrara el trato. El Rey en el Norte miró la mano de Lyann, con una mirada que podría significar cualquier cosa. Robb miró al ojo esmeralda del rey Baratheon.
- ¿Y los hombres y suministros?
- Solo si os arrodilláis.
- No es justo. dijo Robb con frustración. - Partí al sur a hacer justicia para con mi padre, mi casa y el Norte.
- La justicia ya está hecha, Stark. Pero si alguno de los asesinos de tu padre sigue suelto, te prometo que se lo haré pagar. Te lo prometo a ti, a Lady Catelyn y todo aquel que tuviera afecto por vuestro padre.
Robb continuó mirando a Lyann fijamente, mientras mil planes se le pasaban por la cabeza. Finalmente, apretó la mano de Lyann.
- Un norteño vale por diez sureños. No necesito tus hombres.
- En ese caso, buena suerte Lord Stark.
Robb Stark hizo una reverencia al despedirse, al igual que Lady Catelyn y Jon Umber. Lyann ordenó a los capas doradas que les dejaran marchar. Cuando el Rey en el Norte estuvo a punto de irse, Lyann hizo un últmo comentario.
- Saludad a Lord Frey de mi parte. Tengo entendido que os vais a casar con una de sus hijas.
Robb no dijo nada, pero Lyann vio como titubeo un momento antes de salir de la sala del trono. El joven rey también se retiro de la sala del trono seguido por Willas Tyrell, con quien iba a recoger a Jaime Lannister para traerlo a la Fortaleza Roja. El nuevo consejero de la moneda andaba con un bastón debido a un accidente en las justas años atrás, el cual le destrozo la pierna; pero su habilidad con él era como la de Ser Barristan con la espada.
- ¿Por que dejar marchar a Robb Stark, majestad? ¿No creéis que un nuevo rey traerá problemas?
- Dejemos que el joven lobo reconquiste el Norte. Una vez lo haya hecho, le visitaremos con 50.000 espadas y ya veremos si sigue queriendo plantar batalla.
Chapter 21: La Rosa de Altojardín
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Lyann caminaba por los jardines de la Fortaleza Roja. Al joven rey le gustaba pasear por ellos después del entrenamiento matutino con su Guardia Real. Jaime Lannister había vuelto, pero Robb Stark lo había dejado manco de la mano derecha. "Por mi hermana" había dicho el Rey en Norte cuando Lyann le pidió explicaciones. Ahora él también se entrenaba para poder esgrimir la espada con la mano izquierda.
- Majestad. -había dicho Jaime. - Será mejor que me relevéis del cargo. Un manco no puede protegeros.
- Tío Jaime. - dijo Lyann con afecto. - Eres el espadachín más talentoso que ha existido en Poniente desde Ser Barristan. No voy a dejar pudrir ese talento porque tengas una mano menos. Aprenderás a usar la mano izquierda tan bien como la derecha y demostrarás a aquellos que te llaman "Matarreyes" que también puedes ser aquel que evita que mueran y limpiaras tu honor como caballero.
- Mi honor como caballero hace tiempo que es irreparable. -dijo Jaime, intentado ocultar su tristeza.
- Toda mancha se puede limpiar, si te esfuerzas los suficiente. Así que te pregunto: ¿Te vas a rendir o vas a luchar por recuperar el honor perdido con Aerys a mi lado?
Lyann suspiró después de recordar eso. Pensó que tener a Jaime de vuelta ayudaría a la gran tristeza que tenía su madre, pero no sirvió de nada. Lyann había tenido que encarcelar a su madre por presión del Consejo Privado, así que le había dejado una lujosa habitación para que tuviera todas las comodidades posibles. Aun así, la antigua reina no aceptaba visitas de nadie; ni siquiera las de su hermano. Solo hablaba con sus sirvientas y con Tommen, con el cual era el único con la que volvía a ser la misma.
Lyann vio como el viento arrancaba las hojas de los arboles cercanos. El Gran Maestre Yandel le había dicho que queda muy poco para el invierno, y que sería uno muy duro. El joven rey llevaba las últimas semanas ocupado planificando la recolección de alimentos junto con los Tyrell, quienes poseían las mejores tierras del continente, y necesitaba despejar la mente.
Continuo caminando hasta que llegó a su sitio particular. La amplia terraza desde donde se veían los astilleros de Desembarco del Rey, los cuales estaban llenos de actividad. Había mandado a Davos y Valian a supervisar en su nombre la creación de una nueva flota real, la cual había quedado muy reducida tras la batalla del Aguasnegras. En ese momento, Lyann tuvo una idea. El joven rey se descolgó del balcón de piedra y continuó bajando por un estrecho camino de piedra que llevaba hasta el Lecho de Pulgas. Era por ese camino por el que se escapaba a ver a Keyla, pero hacia mucho que no lo usaba.
Tras una duro descenso, llegó sano y salvo a tierra firme. No había perdido ni un ápice de habilidad a pesar del tiempo pasado. Lyann comenzó a dirigirse hacia los puertos, oculto bajo una capa para pasar desapercibido aunque quien se fijara un poco podría ver que era alguien adinerado. La población de Desembarco del Rey había comenzado a regresar tras la batalla, así como la multitud de personas que llegaron acompañando a la familia Tyrell provocando que las calles estuvieran más atestadas que nunca.
A pocas calles de su destino, Lyann oyó una voz familiar procedente de una casa grande, pero destartalada. Cuando intentó acercarse había numerosos capas doradas vigilándola, pero logró reconocer la voz. El joven rey se acercó al guardia que estaba en la puerta e intentó detenerle, pero con un vistazo al rostro tuerto de Lyann inmediatamente le dejó pasar. Dentro de la casa, que resultaba ser un orfanato, se encontraba Margaery Tyrell. La rosa de Altojardín estaba hablando con diferentes niños, dándoles ánimos y siendo amable con ellos.
- Un lugar curioso para pasar la tarde, Lady Margaery. - dijo Lyann, descubriendo su rostro.
La joven se sorprendió al ver al rey en el mismo suburbio que ella, pero logró recomponerse rápido.
- ¡Majestad! No os esperaba ver aquí. - dijo realizando una reverencia.
Los niños y la gente alrededor se puso en tensión, el mismísimo rey estaba presente. Lyann observó a al multitud con una mirada regia, aunque por dentro el joven estaba preocupado por si daba una mala impresión.
- Podría decir lo mismo de vos, mi señora. No es el sitio ideal para una dama de la corte.
- No debéis preocuparos por eso, majestad. He estado en sitios peores. - dijo ella, ocultando coquetamente su sonrisa con la mano.
Lyann arqueó una ceja. Aparte del campo de batalla, el Lecho de Pulgas le parecía el peor lugar del mundo. El rey Baratheon se acercó al niño con el que estaba hablando con la joven Tyrell. El huérfano evitó hacer contacto visual incluso cuando Lyann se sentó enfrente suya.
- ¿De que hablabas con Lady Margaery? - dijo Lyann, intentando ser dulce, con una sonrisa.
- De... De mi padre...- dijo el chico.
- ¿Quién era era tu padre?
- Un soldado... Él... Murió en el Aguasnegras.
-¿Sabes como murió?
Para sorpresa de Lyann, el niño asintió; pero parecía mas aterrorizado que nunca. Eso hizo sospechar al joven Baretheon.
- Mírame a la cara. -dijo amablemente.
El chico obedeció y Lyann recordó un rostro. Uno que pensaba que no recordaría nunca. El rostro de aquel hombre que le atacó en la muralla y al que Lyann logró cortarle la garganta. Lyann sintió como su corazón se encogía y un sudor frío le recorría el rostro. Los adultos presentes habían enmudecido, pues eran conscientes de lo que se intuía; pero los niños permanecían algo confusos, queriendo saber el final de la conversación.
El joven rey suspiró, intentando quitarse la presión a la que se sentía sometido, sin éxito. Miró al chico con su único ojo verde, brillante como una esmeralda.
- La guerra es peligrosa e infunde miedo en los corazones. Muchos soldados abandonan sus puestos, renunciando al honor y al deber. Tu padre fue el primero en luchar contra su enemigo. A pesar de luchar en el bando contrario, no tengo más que alabanzas hacía él. Mientras otros huían, tu padre luchaba. No hay hombre más valiente que aquel que lucha a pesar del miedo. Murió con honor y con una espada en la mano. Enorgullecerte de él, pues era un autentico caballero.
Dicho esto, Lyann se levantó, se despidió con toda elegancia que pudo y abandono el edifico. Nada más salir fue interceptado por Lady Margaery.
- ¿Os encontráis bien? - dijo la rosa de Altojardín, con preocupación.
- No, mi señora. He tenido que decirle a un niño que maté a su padre. Perder un ojo no es nada comparado al dolor que he sentido en la mirada de ese crio. Si me disculpáis, debo volver a la Fortaleza Roja.
-¿Puedo acompañaros?
Lyann quería estar a solas con sus pensamientos en esos momentos. No se sentía con fuerza para poder mantener la actitud señorial con Lady Margaery.
- Lyann. Se que piensas que es mejor estar solo, pero créeme. Lo que necesitas es que alguien te escuche. - dijo Margaery con decisión y una amable sonrisa.
Esa declaración pilló por sorpresa a Lyann y ,tras meditarlo un instante, accedió a su petición.
- Es un paseo bien largo. - dijo el joven rey.
- Son mis favoritos. - respondió la rosa de Altojardín, arrimándose al Lyann.
Cuando llegaron a la Fortaleza Roja, Keat los recibió a ambos. El joven escudero le dijo al rey que se presentaba tarde a una reunión del consejo. Lyann se despidió educadamente de la joven Tyrell y se dirigió a la sala del consejo, teniendo que aguantar las continuas bromas románticas realizadas por Keat. Cuando llegó, ya se encontraban todos esperándole, aunque se levantaron al verle en gesto de educación. Lyann se sentó en la silla que precedía la larga mesa rectangular de la sala, con Tyrion a su derecha, seguido de Lord Varys y Willas Tyrell. A su izquierda se encontraban Stannis y el Gran Maestre Yandel.
- Debemos escoger un consejero de los edictos, ya hemos pospuesto demasiado este tema. ¿Alguna sugerencia? - dijo Lyann
- Podríamos llamar a Yohn Royce del Nido de Águilas. Una alianza con el Valle de Arryn sería muy beneficiosa. - dijo el Gran Maestre Yandel.
- No creo que Lady Lysa acepté de buena gana. -respondió Tyrion. - Desde la muerte de Jon Arryn, no quiere tener nada que ver con la corona.
- También debemos descartar a cualquiera del las tierras de los río, pues son aliados del joven Stark. - dijo Stannis.
Los consejeros continuaron discutiendo diferentes nombres de varias familias importantes, hasta que Willas tomó la palabra.
- Podríamos probar con Oberyn Martell. Ya que no es posible hacer ninguna alianza al norte del Tridente, lo mejor es consolidar nuestros aliados en el sur. Conozco a Oberyn personalmente, es un hombre inteligente que será de gran utilidad para el reino.
- ¿No era que los Tyrell y los Martell no pueden verse ni en pintura? - dijo Tyrion.
- El reino no son los Tyrell, tío. Oberyn pertenece a una gran casa que en los últimos años ha sido ignorada. No podemos tomarnos a broma a Dorne. Yo lo acepto. ¿Alguna objeción a la propuesta de Lord Willas?
Todos permanecieron callados en señal de aceptación.
- Entones asunto resuelto.- dijo Lyann levantándose de la silla para irse. - Gran Maestre, mande un cuervo a Lanza del Sol con la orden. Que venga aquí cuanto antes.
Lyann abandonó la sala del consejo pensando como sería aquel hombre al que llamaban "La Víbora Roja".
Chapter 22: Visitantes del Sur
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Lyann esperaba en las afueras de Desembarco del Rey a que llegara la embajada dorniense. Hacía pocos minutos que habían vislumbrado los estandartes de los Martell y el rey se encontraba impaciente. Junto a él se encontraban Brienne de Tarth y Jaime Lannister como miembros de la Guardia Real. También estaba Tyrion como mano del rey y Willas Tyrell, aquel que recomendó al propio Oberyn.
Era un día caluroso, uno de los últimos que habría antes del invierno y Lyann sudaba más de lo que le gustaría; aunque no sabia si era por el calor o los nervios. Bebió un trago de agua del pellejo que le ofreció Keat y se refrescó la cara. Oberyn Martell presidía la embajada, siendo acompañado por su amante Ellaria Arena.
- Bienvenido a Desembarco del Rey, príncipe Oberyn. - dijo Lyann.
- Un placer estar aquí, alteza. - respondió con educación. - Me era imposible rechazar tu amable invitación. ¡Mas aun si procedía de mi amigo Willas!
- Debéis estar cansado después de tan largo viaje. -dijo Lyann. - Permitidme llevaros a vuestros aposentos en la Fortaleza Roja. Se que os gustarán.
- Nada me alegraría más el día. Excepto un buen vino.
- Pues tenemos las despensas llenas. -dijo Tyrion sonriendo. - Así que cuanto antes lleguéis, antes podemos emborracharnos.
Una breve pero sincera carcajada brotó del príncipe de Dorne. Acto seguido todos se dirigieron de vuelta a Desembarco del Rey. Una vez en la ciudad, los ciudadanos observaban curiosos a la cabalgata real. Lyann salía de vez en cuando a realizar apariciones en publico para que el pueblo se sintiera querido, pero desde su coronación las gentes de la capital no habían visto a tantos nobles por la ciudad.
Al poco rato llegaron a la Fortaleza Roja, donde los dornienses fueron amablemente recibidos en la corte, aunque con más distanciamiento de lo normal. Las relaciones entre Dorne y la corona fueron siempre polémicas, incluso durante el reinado Targaryen. Esa noche se realizó un banquete de bienvenida para el príncipe Oberyn, seguido de un baile en el propio salón del trono. Lyann bailó con diferentes damas nobles de la corte, las cuales hacían cola para bailar con el soltero monarca. Más de una vez sus consejeros le habían sugerido sutilmente que se buscara una esposa, pero Lyann rechazaba sus consejos educadamente.
Tras el baile, Lyann se despidió de sus invitados y se dirigió a sus aposentos. No pudo evitar sorprenderse al encontrarse a Varys esperándolo, vestido con sus clásicos ropajes de seda y olor a lavanda. Lyann lanzó un suspiro de resignación se acercó al fuego de la chimenea que calentaba la habitación.
- ¿Qué es tan urgente que no puede esperar a mañana, Lord Varys?
El eunuco no dijo nada, simplemente se limitó a entregarle una carta al rey. Lyann abrió el sobre y comenzó a leer la misiva.
Querido Lyann.
Las relaciones con Daenerys Targaryen van bien, a pesar de la desconfianza de sus más allegados consejeros. Aprecia tu acercamiento e intenciones de perdón y reconstrucción por lo que hizo tu padre, pero sé que aún ansía el Trono de Hierro para ella a pesar de que lo disimule. Me temo que mi labia no es muy buena y me disculpo por ello.
Por suerte, de momento no tiene intención de ir a Poniente y está enfrascada en liberar la bahía de los esclavos. En el momento en el que escribo estas líneas nos dirigimos hacia la ciudad de Yunkai. Debo decirte Lyann que cada vez cuenta con un mayor ejercito. Ha logrado reclutar a ocho mil inmaculados y sus dragones son cada vez más grandes. Seguiré a su lado y aconsejándola para no atacar Poniente, tal y como me has dicho que hiciera, pero cada vez es más difícil.
Mis mas buenos deseos y que los Siete te bendigan.
Ser Barristan.
Lyann releyó la nota unas cuantas veces, hasta sabérsela prácticamente de memoria. Acto seguido lanzo la carta al fuego, que fue consumida por las llamas en escasos segundos.
- ¿Hay algo de lo que debamos preocuparnos majestad? -preguntó Varys.
- No. Al menos por ahora. -respondió Lyann. - Podéis marcharos.
El consejero de los rumores realizo una pequeña reverencia y abandono los aposentos del rey mientras que Lyann se quedo observando las llamas, perdido en sus pensamientos.
Lyann se dirigía a una nueva reunión del consejo, la primera en la que participaría el recién llegado Oberyn. El rey estaba cada vez más cansado de ir una y otra vez a estas reuniones, pero tenia una responsabilidad para con el Trono de Hierro.
-"Cada vez entiendo más a mi padre" - pensó Lyann mientras abría la puerta de la cámara del consejo.
En ella se encontraban todos sus consejeros. Lyann se sentó en la silla que precedía la mesa y dio permiso para comenzar. Se habló de muchos temas diversos, de la situación con los Stark, los Lannister, los bandidos de las tierras de los ríos... Cuando la sesión iba a terminar, el rey llamó la atención a sus consejeros.
- El juicio por combate de mi hermano se celebrara en un mes y aun no tengo a mi campeón. Consejeros, aconsejadme.
El silencio inundó la sala, mientras todos estaban cavilando sus opciones. Todos excepto Oberyn, que tenía las piernas encima de la mesa y disfrutaba una copa de vino. Stannis fue el primero en hablar.
- La caballera Brienne debería ser vuestra campeona, es la mejor guerrera que tenéis a vuestra disposición.
- ¿Acaso insinuáis que es mejor que mi hermano, lord Stannis? - preguntó Wyllas, claramente ofendido.
- Si. - afirmó Stannis. - Loras no está a la altura
Wyllas iba a responder al insulto, defendiendo a su hermano pero Lyann levantó la mano impidiendo que la discusión fuera a peor.
- ¿Crees que Brienne puede derrotar a Ser Gregor? - preguntó Lyann, mirando a su tío con su único ojo esmeralda.
La respuesta tardó en llegar, pero finalmente Stannis confirmó lo que el rey se temía.
- No. Pero es la única que tiene una posibilidad real de vencer dentro de tus caballeros.
La sala del consejo volvió a quedar muda, pero en el momento en que Lyann iba a terminar la reunión una nueva voz habló.
- ¿Y si no fuera uno de tus caballeros?
Oberyn Martell dejó la copa en la mesa y se acomodó en el asiento. Entonces miró a al joven Baratheon con una mirada escalofriante, la mirada de alguien que busca venganza, una mirada que Lyann conocía muy bien. La estuvo viendo muchas veces en el espejo.
- ¿Estás seguro? - dijo el rey.
- Yo seré tu campeón.
Chapter 23: Los Problemas del Trono
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Era noche cerrada en Desembarco del Rey. La figura de Lyann se escabullía entre los callejones de la ciudad, vestido con una capa para evitar ser reconocido. Los últimos meses en la corte siendo atosigado por cuestiones políticas habían hecho mella en el y necesitaba pasar una noche a su aire. Además, hacía tiempo que no la visitaba.
El joven rey se detuvo a en la puerta de una casa humilde, cercana al puerto. Podía verse la luz del interior de la vivienda a través de la ventana por lo que llamo a la puerta. Un trueno resonó en el cielo, amenazando con que se pusiera a llover en cualquier momento. Justo cuando empezaron a caer las primeras gotas del cielo, Valian abrió la puerta.
- ¡Lyann! ¿Qué haces aquí?
- ¿Puedo pasar? ¿Por favor? - dijo con un tono alterado en su voz.
Valian le dejó entrar y el joven rey se quitó la capa que cubría su cuerpo. Ambos se dirigieron al humilde salón de la casa donde un fuego crepitaba en la chimenea. Lyann se sentó junto al fuego y Valian se le unió.
- ¿Qué te preocupa?
- Nada en concreto, los problemas del trono. Que si bandidos por un lado, conspiraciones por otro. Lo mismo una y otra vez.
- ¿Alguno en particular del que quieras hablar?
- No.
Ambos se quedaron en silencio, mirando el fuego, perdidos en sus propios pensamientos. Lyann se sentía cómodo cuando estaba con Valian, antes solo lo estaba con su padre y sospecha que para Valian pasa lo mismo.
- El juicio es mañana. ¿Verdad?
- Si.
Lyann siguió contemplando las llamas. Había algo en ellas que le relajaba, al igual que cuando miraba el mar. Sentía que sus problemas no eran para tanto en comparación.
- Tengo miedo. - dijo el rey, sin mirar a la chica a los ojos.
Valian no respondió de inmediato, pero ya tenía la respuesta pensada nada más escuchar al amor de su vida.
- Tranquilo. Estoy contigo. - dijo acurrucándose junto a él, mientras observaban las llamas bailando en la chimenea.
Estaba saliendo el sol cuando Lyann volvió a la Fortaleza Roja. Varys le había enseñado unos cuantos pasadizos secretos que existían en el castillo. Cuando le pregunto si conocía alguno no esperaba que le respondiera que sí, el joven rey creía que eran leyendas sobre Maegor el Cruel y la construcción de la fortaleza o rumores que se contaban en la corte para reírse de los recién llegados, que se ponían a golpear paredes para disfrute de unos pocos. Después de caminar durante un oscuro túnel, abrió la puerta que había al final del mismo. Una vez la atravesó, el rey se encontraba dentro de su armario.
Una vez en sus aposentos, Lyann se cambió la ropa raída que tenía para no destacar en medio de la ciudad y se puso su conjunto de armadura de cuero y su capa traída de Myr. Salió de su habitación. Aun era temprano en la Fortaleza Roja, por lo que apenas había gente deambulando por los pasillos salvo unos cuantos sirvientes y guardias, pero prefería afrontar el encuentro de hoy cuanto antes. El juicio por combate era al día siguiente y había una persona a la que tenía que visitar, a pesar de su reticencia.
Lyann subió por las escaleras de una de las muchas torres de la Fortaleza Roja, una que estaba especialmente aislada del resto. Finalmente llegó a la más alta habitación del edificio, donde dos guardias estaban frente a la puerta, vigilando. Lyann había dado orden de que nadie entrara ni saliera sin su permiso. El rey hizo un gesto con la cabeza y los soldados se apartaron para dejarle entrar. El joven abrió la puerta de la lujosa habitación, llena con muebles de lujo y una amplia terraza y allí vio a dos figuras que hacia mucho que no visitaba.
- ¡Hermano!
Tommen Baratheon se acercó corriendo y le dio un fuerte abrazo. Al recibir el abrazo de su hermano, Lyann se sintió por primera vez en mucho tiempo con los 18 años que tiene en realidad.
- Hola Tommen ¿Cómo están tus gatos?
El pequeño comenzó a hablar sin parar de la vida de sus gatos, de como jugaba con ellos y de como aprendía cosas nuevas con sus maestres. Lyann escuchó con educación pero su atención estaba centrada en la otra persona de la sala. Por suerte, cuando al rey se le estaba acabando la paciencia, el maestre Yandel apareció anunciando que la hora de estudio de Tommen había llegado por lo que el niño príncipe se marchó, dejando a Lyann solo con quien había venido a visitar.
- Hola mamá.
Cersei no respondió y siguió mirando al horizonte por el balcón de la terraza. Lyann suspiró y comenzó a acercarse.
- Ya sabes porque no puedes dejar la habitación. - dijo con autoridad - Apoyaste a Joffrey aun después de saber que estaba vivo. Eso te convierte en una traidora. Stannis y los demás querían meterte en una celda negra, pero Tyrion y yo logramos convencer al Consejo de que con esto sería suficiente.
Silencio de nuevo. Nadie salvo Tommen le había logrado arrancar a Cersei una palabra desde que Lyann la encarceló en una jaula de oro. Ni siquiera Jaime. Solo los dioses saben en que estaría pensado esa mujer.
- Como bien sabes, el juicio por combate es mañana. Si Joffrey gana, tanto él como sus aliados serán libres por decreto divino. Y eso te incluye a ti. Si yo gano y me juras lealtad y te unes de forma sincera a mi causa, te dejaré marchar a Roca Casterly.
Cersei se giró y miró a su hijo con una mirada que Lyann no lograba comprender. Entonces habló.
- ¿Puedo llevarme a Tommen conmigo?
Lyann quedó petrificado y su único ojo se abrió con un asombro sincero. Miró a su madre, que lo observaba con esperanza de que al menos pudiera disfrutar de poder seguir cuidando de un hijo. Aun así, logró recobrar la postura y confirmar los miedos de su madre.
- No. Tommen es el heredero y debe quedarse aquí, en la Fortaleza Roja. Aunque me encargaré de que te pueda visitar en Roca Casterly.
Cersei asintió y volvió a desviar su mirada a las tierras que decoraban el horizonte. El joven rey supo que no sacaría nada más de su madre por lo que se dirigió a la salida. Justo cuando estaba abriendo la puerta, Cersei le sorprendió por segunda vez.
- Ojalá pierdas.
Lyann suspiró, intentando esconder el dolor que le habían provocado esas palabras.
- Adiós mamá. - dijo cerrando la puerta.
El rey bajó de la torre sumido en sus pensamientos, hasta que el rugir de su estomago le hizo volver a la realidad. Pronto sería la hora del desayuno por lo que el joven Baratheon fue directo a las cocinas para poder rapiñar algo con la mayor discreción posible.
El rey entró en las cocinas por la puerta trasera, viendo como los cocineros y ayudantes iban de un lado para otro demasiado ocupados con hacer los múltiples desayunos de la corte como para prestarle atención. El joven monarca se acercó a un rico plato de tocino, el cual logró llevarse sin que nadie se diera cuenta. Pero al salir de nuevo por la puerta de atrás, se encontró con la última persona que esperaba ver en la Fortaleza Roja.
- ¿¡Keyla?! ¿Qué haces aquí?
La pelirroja se quedó muda, pues tampoco se esperaba ver al rey de Poniente salir a escondidas de la cocina como un escudero cualquiera.
- Eh... Nada... Trabajo, ya sabes... Lo normal... -farfulló sin mirar a Lyann a la cara, con la cara tan roja como su pelo.
- Nunca te he visto tan avergonzada por trabajar en la corte. - respondió Lyann.
El rey intentó hacer que su antigua amante conectara la mirada, sin resultado. Keyla no solía ponerse así de nerviosa nunca, era un chica con un fuerte carácter y segura de si misma, o al menos eso pensaba Lyann. La última vez que vio a Keyla de está manera fue cuando se conocieron. Y fue con ese pensamiento cuando al rey se le iluminó el rostro de jubilo.
- Por... Los... Siete... Keyla... ¿No me digas que estás enamorada de nuevo?- dijo el joven rey, con una sonrisa maliciosa en los labios.
- Vale, es verdad. Pero no se lo digas a mi jefa, no lo sabe nadie.
- Sin problema, sabes que puedo guardar un secreto. Ahora dime quien es. - dijo Lyann con genuina curiosidad.
Keyla suspiró y miró alrededor para cerciorarse de que no había nadie en los alrededores. Entonces se acercó aun más al rey, para susurrarle el nombre al oído.
- Podrick Payne.
Lyann había visto y escuchado multitud de cosas en su corta vida. De hecho, el mismo había sido protagonista de sucesos milagrosos y sorprendentes, pero nunca se había quedado tan asombrado que al escuchar el nombre del escudero de su tío.
- Estás de broma. ¿Verdad? - dijo el joven como respuesta.
- Se que lo parece, pero es verdad. Podrick y yo tenemos una aventura. - dijo la chica, sonrojándose. -¿Que opinas?
El rey estuvo pensativo un rato, pero no tuvo que pensar mucho lo que haría a continuación.
- Opino que te voy a ayudar. Te conseguiré un empleo en las cocinas, así no será complicado que os veáis e incluso podréis llegar a hacer pública la relación si duráis lo suficiente. Pero por ahora mantened el perfil bajo.
Keyla se lanzó a los brazos del rey, con la fortuna de que no había nadie cerca. Si algún noble o sirviente cotilla los pillara in fraganti sería un molesto problema para ambos.
- Gracias Lyann. Nunca lo olvidaré.
El joven devolvió el abrazo y la chica se dispuso a irse de vuelta al burdel a despedirse de su empleo actual.
- Keyla. - dijo Lyann, antes de que la chica se perdiera tras una esquina. - ¿Por que él?
La pelirroja soltó una risa encantadora y se recogió el pelo detrás de la oreja.
- Es un buen chico. Y me hace reír.
Chapter 24: Juicio por Combate
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Era el día en el que todo se decidiría y Lyann se dirigía a las celdas negras a sacar a su hermano. Iba acompañado por Lady Brienne y Ser Balon Swan, además del carcelero. Los pasillo oscuros, llenos de humedades y un olor nauseabundo contrastaban con el resto de la lujosa Fortaleza Roja. Los pasos del rey y sus acompañantes eran los únicos sonidos que se escuchaban, haciendo del trayecto una experiencia digna de un relato de terror. Finalmente, el carcelero se detuvo frente a una gran puerta metálica, iluminada únicamente por la antorcha que portaba el propio carcelero. El celador introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta.
Al fondo de la celda, encima de un montón de paja, estaba Joffrey. Vestía unos andrajos y estaba completamente en los huesos. Su pelo había crecido hasta poco más de los hombros y su rostro estaba oculto por sombras, aunque se podía distinguir una pequeña barba.
- Llego la hora Joffrey. - dijo Lyann, dando una señal a sus caballeros para que lo levantaran. - El combate es en una hora y debes estar presentable.
Joffrey no reacciono al comentario, pero logró ponerse en pie cuando Ser Balon Swan lo ayudó a levantarse. Al salir de la celda, Joffrey soltó un gruñido al sentir la luz de la antorcha y se tapó rápidamente los ojos.
- Vete acostumbrando, hoy es un día soleado. - dijo Lyann.
Joffrey volvió a guardar silencio, era evidente que estaba pensando en sus cosas; y eso hizo que la preocupación aflorara en Lyann. Joffrey siempre había sido impulsivo y no toleraba que la gente se burlara de él, ni siquiera cuando era en broma.
- Dejádnoslo a nosotros majestad, puede irse. - dijo Brienne sacando al rey de su propio ensimismamiento.
Lyann asintió y se despidió de sus guardias, que llevaron a Joffrey a una habitación en una de las múltiples torres de la Fortaleza Roja. El rey, por el contrario, se dirigió al recinto donde se realizaría el combate. De camino Lyann tuvo que pasar por la sala del trono, donde se encontró a Tyrion Lannister, el cual también iba de camino a ver el combate, pero estaba parado observando el Trono de Hierro.
- Buenos días Tyrion.
- Buenos días Lyann. Te deseo lo mejor en el combate de hoy.
- Yo no voy a combatir tío. - dijo Lyann entre risas. - Será mejor que le desees suerte al príncipe Oberyn.
Ambos callaron y se quedaron contemplando la gran estructura de espadas. Solo de verla a Lyann ya le empezaba a doler el culo, pero no podía negar que era algo espectacular. Miro a Tyrion, que también lo miraba con una expresión similar en el rostro pero en sus ojos había un pequeño brillo de deseo y admiración.
- ¿Te gustaría tener el Trono de Hierro, tío?
La pregunta pilló por sorpresa al enano, pero lo disimuló bien. Se acercó al Trono de Hierro y comenzó a subir los peldaños metálicos hasta que se sentó en la descomunal edificación de espadas.
- ¿Qué ves sobrino? ¿A un monarca o a un bufón? - preguntó Tyrion exagerando su voz para hacerla extremadamente señorial.
- Veo a un rey con sentido del humor. - contestó Lyann con una sonrisa en sus labios.
Tyrion rio y comenzó a bajar del trono con sus andares particulares. Una vez acabó el descenso, ambos se dirigieron a su destino donde les esperaba un combate que decidiría el futuro del reinado de Lyann.
- ¿De verdad piensas que debería tener el trono? -preguntó Tyrion con seriedad en su rostro.
- Créeme cuando te digo que serías el mejor rey que tendrían los Siete Reinos desde Jaehaerys I. Por desgracia, el mundo no está preparado para ello.
- Bueno, ser Mano del Rey tampoco está mal. ¡Y así no me siento en esa silla del demonio! - respondió el enano.
Lyann soltó una carcajada ante el comentario de su tío, aunque logró ver la felicidad de Tyrion asomar por su mirada. Finalmente llegaron a su destino, un campo de entrenamiento con vistas al mar, el cual fue modificado para incluir numerosas gradas para los diferentes espectadores del juicio. El rey se sentó en su sitio de honor, desde donde tenía la mejor vista posible del combate. A su lado se sentaron tanto Tyrion como Stannis, entre otros nobles. Pudo ver en las gradas inferiores a Valian y Davos que debido a su origen humilde no se les permitía tener acceso a mejores asientos.
Joffrey, por el contrario, se encontraba en una carpa recién instalada, a nivel del combate. Le habían lavado y vestido con ropas de calidad pero permanecía esposado. Junto a él se encontraban la pareja de guardias Drake y Morett, los cuales estaban discutiendo disimuladamente. Finalmente, ambos contendientes salieron a la vista del publico con ovaciones. Oberyn Martell portaba una armadura ligera y una larga lanza mientras que la Montaña hacia honor a su nombre, con una pesada armadura y un enorme mandoble. Ambos guerreros se pusieron en posición de combate, esperando la señal de Lyann.
- ¡Comenzad!
Nada más oír el anuncio del rey, Oberyn se lanzó contra Clegane. Realizó una serie de ataques rápidos y letales que la Montaña logró bloquear a duras penas. Cuando Clegane estuvo listo para realizar su contraofensiva, Oberyn ya estaba lejos de peligro.
El príncipe de Dorne se movía como una mariposa y picaba como una avispa mientras que la Montaña únicamente se cansaba e intentaba conectar algún golpe, sin éxito. Oberyn esquivaba los ataques o los lograba desviar con gracia. Una sonrisa se perfiló en el rostro de Lyann al ver como iba el combate, Oberyn tenía todas las de ganar.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
Joffrey se acercó a la arena de combate, justo en la línea de los límites marcados del campo de batalla, y realizo un poderoso anuncio.
- ¡CLEGANE! - grito Joffrey, dejando a toda la audiencia muda. - Deja de jugar.
La Montaña asintió y comenzó a ser mas agresivo y, sobre todo, más veloz. Pareciera que no le importaba recibir un golpe con tal de hacer daño. Era como una fuerza de la naturaleza desatada. A pesar de todo, Oberyn logró recomponerse rápido manteniendo la sonrisa. Pero las sorpresas no acabaron ahí, pues la Montaña comenzó a hablar.
- ¡Vas a acabar como el bebé dragón, cabrón!
- ¿¡Que es lo que has dicho?! - dijo Oberyn
- Que serás una pasta de carne contra el suelo y luego me encargaré de tus hijas.
Oberyn cargó con rabia ciega, haciendo honor a su nombre de "Víbora Roja", pero sus movimientos comenzaron a ser previsibles. Clagane realizó unos ataques amplios a una increíble velocidad, obligando al príncipe de Dorne a retroceder.
- No dejas de huir. Me recuerdas a la niña, pero no llegó muy lejos...
- ¡Cállate!
- Elia Martell. Como gritaba esa zorra; no paraba de revolverse, pero eso lo hacía más desafiante. Tuve que aplastarla contra la pared para poder disfrutar de la recompensa. Pero aun así no paraba de gritar...
Oberyn apretaba la lanza con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos y las lagrimas corrían por sus ojos. Se acercó a Clegane con la intención de atravesarle la yugular, pero La Montaña previó la jugada de la "Víbora Roja", desvió su lanza con su mandoble y le asestó un fuerte cabezazo a Oberyn. El príncipe de Dorne retrocedió, conmocionado por el golpe.
Entonces Gregor Clegane levantó su gran espada por encima de su cabeza y partió a Oberyn en dos. Su mandoble atravesó al príncipe desde el hombro a la entrepierna, desparramando todas sus vísceras por el suelo.
El grito que produjo Ellaria Arena se escucho por todos los siete reinos. Las personas del publico que no quedaron conmocionadas ante el grotesco escenario estaban buscando un sitio donde poder vomitar. Tyrion estaba pálido, como un fantasma. Wyllas se había ausentado nada más ver a su amigo morir y únicamente Stannis permanecía impasible; más un nuevo sonido inundo el ambiente.
Joffrey Baratheon comenzó a hacer tintinear sus grilletes frente a la pareja de guardias, demandando su libertad. Morett se acercó y le quitó las esposas de mala gana, probablemente pensando en una maldición. Joffrey se masajeó las muñecas y se dirigió al centro de la pequeña plaza en la que ocurrió el combate.
En ese momento, Lyann sintió el terror de nuevo en su cuerpo. Aquel al que una vez llamó hermano, aquel que era un joven orgulloso, mimado e impetuoso había muerto en aquella celda, pues le estaba devolviendo el gesto que una vez realizó él en el Septo de Baelor. Lyann vio en la mirada de Joffrey un odio frio, calculador y muy profundo. Lyann se dio cuenta del error que fue encerrar a su hermano, ya que tuvo tiempo para reflexionar, pensar y cambiar. Ahora sabía que no se iba a detener hasta acabar por completo con él, tardase lo que tardase.
Lyann abandonó el recinto después de que Joffrey se marchara a ver el estado de su campeón. Nadie intentó detenerlo. Cualquiera que viera la expresión del rey, sabía que aquel que intentara pararlo acabaría muerto.
Chapter 25: Alas Negras, Palabras Negras
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Había pasado una semana desde el juicio por combate y Lyann se encontraba paseando por los jardines de la Fortaleza Roja. Antes iba únicamente de vez en cuando, para relajarse, pero últimamente se pasaba horas perdido en sus propios pensamientos.
Joffrey se había marchado a Roca Casterly donde le esperaba el abuelo de ambos, Tywin Lannister, el cual se encontraba ocupado peleando con los norteños de Robb Stark; aunque su guerra había llegado a un punto muerto. Se había marchado con él toda la guarnición Lannister que quedaba en la ciudad, aquellos que habían sido perdonados por Lyann tras la batalla de Aguasnegras. Pero lo más doloroso fue que Cersei también se había ido, junto con su tío Jaime.
Lyann recordó la conversación con su tío pocas horas antes de que Joffrey partiera, Jaime Lannister se presentó en los propios aposentos reales donde Lyann se encontraba mirando la noche estrellada a través de la ventana.
- Veo que tu tampoco puedes dormir. - dijo Lyann mientras Jaime cerraba la puerta con cuidado. - ¿Qué te trae por aquí a estas horas?
- Deseo partir con la comitiva Lannister a Roca Casterly.
Jaime lo dijo con seriedad, pero era evidente que estaba nervioso e inseguro. Sabía lo que parecía el pedir esta petición directamente al rey, pero no le importaba al Matarreyes. Lyann miro a su tío incrédulo, levantando una ceja. La proposición que realizaba era lo último que se esperaba escuchar a esas horas de la madrugada.
- De acuerdo. Me parece bien. - dijo el rey. - Como guardia real, es tu deber proteger al rey y su familia y que yo recuerde Cersei sigue siendo mi madre.
Jaime no ocultó su sorpresa, la aceptación de su sobrino lo pilló completamente por banda. Lyann se acercó a su tío y le puso afectuosamente la mano en el hombro.
- Solo te pido que seas un Guardia Real, no un soldado Lannister. ¿Entiendes?
- Si. Os lo prometo majestad... Y gracias. - respondió Jaime.
Lyann vio sinceridad en los ojos de su tío, por lo que le dejó marchar. Cualquier persona con dos dedos de frente diría que es una decisión horrible, pero Lyann siempre había pecado de esperar lo mejor de la gente, al menos hasta la traición de su hermano. Es por eso que quiso darle una oportunidad a Jaime, para demostrarse a si mismo que se puede confiar en la gente.
Lyann volvió a la realidad cuando se encontró con Varys, que fingía que no lo estaba buscando. El eunuco se acercó con elegancia y de forma respetuosa le entregó una carta.
- ¿Es de Barristan? - dijo Lyann mientras abría el sobre.
- No, mi señor. Proviene del Muro.
El rey miró sorprendido al consejero de los rumores.
- "¿Una carta del Muro? ¿Qué querrá la Guardia de la Noche en estos momentos?" - pensó Lyann.
La carta relataba como una gran expedición más allá del Muro había fracasado y como esperaban una gran invasión por parte de los salvajes. También mencionaban a los caminantes blancos y que necesitaban refuerzos y víveres con urgencia o el Muro caería. El joven Baratheon pensaba que eran todo patrañas hasta que leyó quien firmaba la misiva: Jon Nieve. Lyann no conocía mucho a Jon, pero sabía que no era un mentiroso. Si decía que el Muro tenía posibilidades de caer, era un problema prioritario.
- ¿De cuando es está carta Varys?
- Me temo que de hace unos dos meses, majestad.
- ¡¿Qué?! ¿Y me lo comunicáis ahora? -respondió Lyann incrédulo.
- En su momento estabais demasiado ocupado con asuntos más importantes para el reino. Me pareció lo mejor dárosla ahora.
- Lo que te "parezca", Varys, me es indiferente. No vuelvas a ocultarme información o lo que hice con Joffrey será un cuento de hadas en comparación a lo que haré contigo. -dijo el rey con tono intimidatorio, el cual pareció tener efecto en el eunuco. - Decidle a Stannis que reúna a sus dos mil mejores hombres y se prepare para partir a Guardiaoriente del Mar inmediatamente. El Muro está en peligro crítico.
- Majestad, creo que es mejor considerarlo con el Consejo...
- ¡No necesito ayuda con está decisión Varys! - dijo violentamente el rey, devolviéndole la carta de forma brusca - Se hará lo que yo ordene. En dos días quiero a Stannis fuera de la capital.
Varys únicamente asintió y se marcho tan rápido como había aparecido. El rey suspiró y abandonó los jardines, sabía que no encontraría más consuelo en ese lugar. Lyann comenzó a recorrer el castillo sin rumbo fijo, dejándose llevar por sus pasos, saludando a aquellos nobles importantes con los que se encontraba y buscando perderse en la inmensidad de la Fortaleza Roja.
Ese paseo lo acabó llevando a la biblioteca, donde se encontraba el maestre Yandel. Tan enfrascado estaba en la lectura de un viejo manuscrito que no se percató de la presencia del rey hasta que lo tuvo al lado.
- ¡Majestad! -dijo el joven maestre sobresaltado. - No os esperaba ver por aquí. ¿En que puedo ayudaros?
- No lo sé Yandel, últimamente ando algo perdido. Dudo que alguno de estos viejo libros pueda ayudarme.
El maestre sonrió y se levanto con una velocidad que sorprendió a Lyann y comenzó a buscar entre las estanterías, murmurando cosas para si mismo. Finalmente encontró lo que estaba buscando, un pequeño libro sin titulo.
- Tome majestad, esto despejará sus dudas. - dijo Yandel, con la sonrisa de un niño.
- ¿Qué demonios es esto? - contestó Lyann, contagiado por la alegría del maestre.
- Mejor descúbralo usted mismo.
Lyann agradeció al maestre y se dirigió a sus aposentos. El sol se estaba poniendo y no quería ser interrumpido por cortesanos o problemas del reino que podían esperar a la mañana siguiente. Sin embargo, los dioses aun le reservaban una ultima sorpresa. Cuando entró en su habitación, ya había alguien dentro: Margaery Tyrell.
- Lady Margaery. ¿Puedo preguntaros que hacéis aquí a estas horas?
- Quisiera hablar con vos, majestad.
Lyann asintió y le animo a sentarse, mientras buscaba unas copas y un buen vino para su invitada.
- Dígame Lady Margaery. ¿A que debo el placer de está visita nocturna? - dijo el rey mientras bebía un sorbo de su vino del Rejo.
- Supongo que habréis oído los rumores.
- Oigo miles de rumores todos los días, me temo que tendréis que ser más especifica.
- Los rumores sobre nuestro inminente matrimonio, por supuesto.
Lyann estuvo a punto de escupir el vino debido al shock de la noticia. Para él no era novedad que lo emparejaran con diversas mujeres a lo largo de los siete reinos, era el pan de cada día, pero hablar directamente de matrimonio solo había pasado con Sansa.
- No deberíais hacer caso a dichos rumores, mi señora. Seguramente solo sean invenciones de alguna dama celosa.
- Bueno, dicen que todos los rumores tiene algo de verdad. - dijo Margaery con soltando una dulce risita.
Lyann observó a la joven Tyrell. Había venido en mitad de la noche con un vestido muy revelador, de fina seda azul importada, y su actitud mostraba que no solo quería tener una alegre conversación con el monarca. Lyann se levantó de la mesa y se acercó a la chimenea, donde un intenso fuego brillaba. Se quedó observando la llamas hasta que Margaery se acercó a él.
- ¿Qué os preocupa majestad?
Lyann miró a la rosa de Altojardín con su único ojo esmeralda, una mirada que cargada de frialdad y autoridad.
- No tengo ganas de juegos Margaery. ¿Qué quieres?
- Me temo que no os entiendo majestad. - dijo la chica con inocente incredulidad.
- Querida, me he criado en la Fortaleza Roja. - dijo el el joven mientras echaba el vino restante de su copa al fuego, provocando una pequeña llamarada que sobresalto a la joven. - He visto a Varys y a Meñique jugar sus mejores cartas delante de mi. He escuchado mil y un rumores en la corte, unos ciertos y otros falsos. He conseguido el Trono de Hierro a partir de un barco mercante y algo de suerte. Sé cuando alguien me miente, así que te lo preguntaré otra vez. ¿Qué quieres?
El semblante de Margaery cambió, ahora la joven portaba sonrisa seductora y una mirada inteligente, como una gata jugando con un ratoncito.
- Eres un hombre inteligente, Lyann. ¿De verdad no sabes lo que quiero?
Acto seguido, con un leve movimiento, dejó caer su vestido al suelo, desvelando su cuerpo desnudo. El rey no cambió de expresión, simplemente continuó observando a la bella rosa, pero su mente comenzaba a a echar humo. Mil planes se le pasaban por la cabeza, peleando unos con otros para saber cual sería el mas ideal para esta situación, añadiéndole su deseo primario de simplemente aceptar a la joven y pasar una gran noche de pasión.
La chica se acercó aun más a él, abrazándolo con un brazo y posando su mano en el rostro del rey. Lyann escuchaba retumbar su corazón por todo el cuerpo, como miles de tambores de guerra sonando al unísono. Más justo cuando sus labios estaban a punto de fusionarse...
Lyann negó con la cabeza.
- Lo siento, pero no puedo ofrecerte lo que deseas.
La joven Tyrell quedó desconcertada, pero logró disimularlo perfectamente. Recogió su vestido y volvió a ponérselo como si fuera lo más normal del mundo. Acto seguido, se dirigió a la puerta pero dijo unas últimas palabras antes de abandonar los aposentos reales.
- Espero que sepas lo que haces.
Entonces cerró la puerta, dejando al joven rey solo en su habitación.
- Yo también, Margaery. Yo también.
Chapter 26: La Noche más Oscura
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Lyann no durmió esa noche, la visita de Margaery había destruido las pocas posibilidades de que eso ocurriera. El joven Baratheon se levantó de la cama y malhumorado se propuso a empezar el día. Tenía reunión del Consejo y esperaba que fueran buenas noticias. Al salir de su habitación, le pidió a Keat que le llevara el desayuno. Al poco rato entraron unas sirvientas con un nutritivo plato de pescado, el cual Lyann comió con desinterés ya que tenía otras cosas en la cabeza. Al terminar, fue directamente hacía la cámara del Consejo, donde ya se encontraban todos sus miembros; excepto Stannis. Al rey le alegró saber que su tío no se había opuesto ni protestado a su mandato.
Sin embargo, la alegría no le duró mucho. Al ver las caras de sus consejeros, Lyann supo que algo había pasado. Algo grave. El rey se sentó en su sitio, la larga silla de madera que presidia la mesa. Una vez sentados todos los miembros, Lyann realizó la pregunta de la cual temía la respuesta.
- ¿Qué ha pasado?
El silencio continuó. Miradas de ayuda entre sus consejeros comenzaron a viajar, pues ninguno quería ser el portador de la mala noticia. Finalmente, fue Tyrion Lannister aquel que decidió que revelaría lo ocurrido.
- Robb Stark ha muerto.
Lyann miró a su tío confuso, buscando trazas de que todo fuera una broma de mal gusto, pero no era el caso. El rey cayó abatido sobre su silla, pálido como el fantasma que decía haber sido.
- ¿Cómo ocurrió?
- Fue durante su boda con los Frey. Al parecer fue traicionado por ellos y por los Bolton, ambos al servicio de Tywin.
- Es decir, que ahora el enemigo controla tanto el norte como las tierras de los ríos. - interrumpió el maestre Yandel.
- No exactamente. -respondió Varys. - Al eliminar a Stark, los Bolton son los dueños del Norte pero Aguadulces aun resiste y la multitud de bandidos en las tierras de los ríos no permiten un control total.
- Entonces debemos ayudar a Aguasdulces y consolidar nuestro poder en el sur del Cuello. - dijo Wyllas.- Si Tywin consigue una alianza con el Valle de Arryn, estaremos perdidos.
- Debemos llamar a Stannis de vuelta, con la nueva flota real podremos atacar las costas del oeste y debilitar a los Lannister. -dijo Tyrion.
- Eso nos obligaría a pactar con las Islas del Hierro, los cuales saquean las tierras de mi casa. Los Tyrell no piensan aceptar eso. - respondió Wyllas.
- ¿Qué otra opción tenemos? Si mi padre logra el dominio del las tierras de los ríos y logra hacer una alianza con el Valle, tendrá mas reinos que nosotros.
- No nos podemos olvidar de Dorne. Acaban de perder a su príncipe y exigen justicia. -dijo Yandel, con clara preocupación - Y lo peor es que os culpan a vos, majestad. Dejasteis que Oberyn peleara cuando debería haberlo hecho alguien de tu guardia real. Sin contar que las relaciones ya eran tensas de antes, durante el reinado de vuestro padre.
El silencio inundó la sala. Los Siete Reinos volvían a estar en guerra y Lyann estaba perdiendo.
- ¿Qué debemos hacer, majestad? - preguntó Tyrion.
Lyann estuvo escuchando la información, pero no lograba ver una solución. El joven Baratheon contaba con que Robb retuviera a los Lannister el tiempo suficiente para poder preparar una invasión en condiciones, pero todo salió mal con la traición de los Frey y los Bolton.
- No... No lo sé. - titubeó Lyann. - Tengo que pensarlo.
Acto seguido se levantó y dejó la sala del consejo, para sorpresa de sus integrantes. Aun era temprano, pero de todas maneras Lyann se dirigió a sus aposentos. Al llegar ordenó a sus guardias reales, que en ese momento eran Balon Swann y Loras Tyrell, que no le molestaran por ninguna razón y se encerró en su habitación.
El joven se preparo una copa de vino y se sentó en su estudio. Tenía cartas y proposiciones de diferentes nobles de los siete reinos y de gente importante de más allá del mar Angosto de las que ocuparse. Sin embargo, al poco rato el rey comenzó a sentirse cansado y se desplomo encima de una montaña de papeles.
Cuando Lyann despertó ya no se encontraba en su habitación. De hecho, no se encontraba en Desembarco del Rey. Estaba en un acantilado, con el mar embravecido a sus pies. Un escalofrió le recorrió la espalda, recordando su encuentro con Meryn Trant. Intentó retroceder por puro instinto, pero algo o alguien le empujo y se precipito al vacío.
Al caer al agua, un latigazo de dolor le recorrió todo el cuerpo y sintió como se hundía cada vez mas en la oscuridad. Intentó nadar hacia la superficie pero le fue imposible, por lo que fue tragado por la oscuridad. Fue arrastrado por el mar hasta que, en lugar de llegar al fondo del océano, salió a la superficie de un lago subterráneo.
- "Esto no es real. Tiene que ser un sueño." -pensó Lyann mientras se recuperaba.
El lugar en el que había aparecido era un pequeña cueva, en la cual la pared que Lyann tenia enfrente era de un cristal tan pulido que podía verse reflejado. Copiaba todos y cada uno de sus movimientos, hasta que de repente comenzó a hablar.
- Estás jodido Lyann. - se burló el reflejo. - Dime, ¿Cómo vas a salir de esta?
Hubo un breve silencio, mientras Lyann se cuestionaba su propia salud mental. Era evidente que era un sueño. Intentó despertarse con un pellizco, sin resultado. Parecía que solo podía continuar con este delirio.
- He salido de situaciones peores. - respondió Lyann, manteniendo la calma.
- Se te ha acabado la suerte, Lyann. Puede que vencieras a Joffrey, pero Tywin es un problema completamente diferente. Tu lista de aliados se reduce y la confianza en tu reinado también. Los Tyrell están a punto de largarse antes de que todo se vaya a la mierda. La casa Stark está extinta y con ella todo tu posible apoyo norteño y Stannis está al otro lado del continente por querer ayudar a los idiotas del Muro.
Lyann comenzó a sudar, buscó la manera de salir de la cueva pero era imposible. Esta conversación era algo que tenía que afrontar.
- Dorne vendrá.
- ¡Ja! ¿Dorne? Dorne te odia, Lyann. Has matado a su príncipe y llevan comiendo mierda desde que tu padre puso el culo en el Trono de Hierro. Todavía buscan justicia por lo que le pasó a Elia Martell y los niños Targaryen y saben que no eres lo suficientemente bueno para ello.
- ¡Eso no lo sabes!
- Si lo sé. Y tú también.
Lyann cayó rendido de rodillas, hiperventilando y con lagrimas en los ojos; presa de la histeria y la impotencia.
- Aun se puede arreglar. Llama a Stannis de vuelta. Cásate con Margeary y prepara el ataque contra los Lannister.
Lyann pensó profundamente en esa opción. Era la más lógica, la que más probabilidades de éxito tenia, la mejor para él.
¿Pero sería lo mejor para el pueblo? Lyann se hizo una promesa. Sería rey porque era el mejor candidato para ello. No podía permitir que Joffrey ocupara el Trono de Hierro. Es el único que puede salvar al pueblo, aunque para ello tenga que venderse ante su mayor rival.
- No. -respondió Lyann, recomponiéndose. - Eso echaría a perder el plan.
- ¿¡El plan?! ¡Es un plan estúpido e imposible de ejecutar! ¿De verdad crees que la chica Targaryen aceptará casarse contigo y compartir el trono?
- Si cuento con el apoyo de Dorne, si.
- Lo perderás todo
- Si sigo tu plan también. Debilitado por la guerra, no podré ganar en cuanto ella aparezca a reducir los Siete Reinos a ceniza. Puede que venza a Joffrey, pero contra ella es imposible. Buscar su alianza es lo mejor. Para mi y sobre todo, para el pueblo de Poniente.
- ¡Eso no lo sabes! - gritó el reflejo.
- Si lo sé. Y tu también.
En ese momento, cristal de la cueva estalló en pedazos. Lyann retrocedió y volvió a caer en el lago de cueva pero nada más impactar en el agua y envolverse de nuevo en la oscuridad, Lyann despertó en su estudio.
Ya había anochecido y el joven descubrió que tenia un hambre de lobos. Se dirigió a su puerta y se encontró con Brienne de Tarth, la cual le había hecho el relevo a sus compañeros.
- Traedme algo de comer. Y también deseo ver a Tyrion, Varys y Valian Tengo asuntos importantes que tratar con ellos.
Chapter 27: El Plan
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Lyann espero paciente a que llegaran sus más cercanos consejeros. Para su sorpresa, llegaron todos en escasos minutos a pesar de haberlos llamado de repente a altas horas de la noche. Primero llegó Varys, con su clásico perfume a lavanda, y llegó tan rápido que por un momento Lyann pensó que estaba esperando en la puerta. Poco después llegó Tyrion, el cual ya se había agenciado una copa de vino. Probablemente estuviera trabajando a esas altas horas de la noche. Finalmente llegó Valian, con una cara adormilada de a quien han levantado de la cama de brusca manera.
- Bien, ya estamos todos. - dijo el rey. - Lo que vamos a comentar aquí y ahora debe permanecer en el mas absoluto secreto. ¿Queda claro? Necesito que lo juréis por aquello que vosotros más apreciéis.
- Lo juro por el pueblo de Poniente, majestad. - respondió Varys, realizando una pequeña inclinación.
- Lo juro por mi vida y la de aquellos que me importan. - dijo Tyrion.
- Lo juro por ti, Lyann. - contestó Valian, sin atisbo de duda.
El joven Baratheon sonrió, emocionado al saber que todavía tenia gente en la que podía confiar y compartir su pesada carga.
- Bien. Lo primero que necesito es tiempo. Para ello es necesario crear el caos en el ejercito de los Lannister y sus aliados. Varys, harás llega un mensaje a la Hermandad sin Estandartes y sus diferentes grupos de bandidos para que crean el caos; acepto todas sus condiciones siempre y cuando actúen. También mandaré un cuervo al Castillo Negro para que Stannis tome el Norte.
- Majestad. ¿Quién será señor en el Norte entonces? - preguntó Varys.
- Junto a la carta incluiré un decreto real, firmado con mi firma y sello. En el renombro a Jon Nieve como Jon Stark y lo nombro Guardian del Norte.
- La Guardia de la Noche no lo aceptará. - repuso Tyrion.
- Hasta que nos llegue confirmación de Stannis, no sabemos si la Guardia de la Noche sigue existiendo pues desconocemos el resultado de la batalla contra los salvajes. - contestó Lyann. - Si los salvajes ganaron y cruzaron el Muro, los Bolton tendrán que lidiar con ellos. Si ganó la Guardia, es gracias a mis refuerzos por lo que tendrían una deuda conmigo. En ambos casos, nosotros ganamos. En ambos casos, ellos pierden. ¿Lo comprendes ahora, tío?
-Está más claro que el agua. - contestó el enano.
- Lo siguiente. Partiré a Dorne en unas semanas para ganarme su apoyo y confianza. Ambos queremos ver a Tywin derrotado y estoy seguro de que lograremos algún tipo de acuerdo. Mandaré un cuervo a Lanza del Sol avisando de mi llegada. Además, quiero ver a Myrcella. Tyrion, estarás a cargo de Desembarco del Rey hasta que vuelva y se que no te lo pongo fácil.
- A los Tyrell no les hará nada de gracia esto, quieren que te cases con Margaery y este movimiento puede ser la gota que colme el vaso. - repuso Tyrion.
- No puedo casarme con Margaery. - respondió Lyann, tajante.
- ¿Por que?
- Por dos motivos. El primero es que destruiría el plan que llevo haciendo desde incluso antes de llegar a Bastión de Tormentas y volver al juego de tronos. Varys lo sabe.
Valian y Tyrion miraron al eunuco con nuevos ojos, el cual simplemente asintió con humildad.
- El plan era conseguir el Trono de Hierro, pacificar los Siete Reinos y finalmente conseguir una alianza, un pacto de no agresión o algo similar con Daenerys Targaryen. Sobra decir que solo la primera parte del plan fue un éxito. - Lyann soltó un suspiro de resignación. - Ahora estamos en guerra, necesito aliados y no hay nadie mejor que Daenerys. Me temo que, para conseguir su apoyo y mantener Poniente a salvo de mi hermano y Tywin, tengo que casarme con ella y compartir el Trono de Hierro.
- Lyann. ¿De verdad crees que es mejor una alianza con Dorne y Daenerys que con los Tyrell y la flota Greyjoy? - preguntó Valian.
- Ella tiene dragones. Un solo dragón esquívale a todas las espadas de Altojardín. Y Dorne es el territorio que mas sabe sobre como derrotarlos. Es mejor tenerlos a ambos en el mismo bando. Por eso partiré a Dorne y tu, Valian, irás a Meeren a transmitirle mis intenciones matrimoniales.
Valian quedó muda de asombro. ¿Ella, una plebeya, cruzar medio mundo para conseguir un matrimonio real que traerá la paz a un continente entero?
- Es demasiada responsabilidad, Lyann. ¿No debería ir Tyrion o alguien mas capacitado que yo?
- Puede. - respondió Lyann con una sonrisa. - Pero tu eres en quien más confío y esta es la tarea mas importante para que todo salga bien.
- ¡Pero no tengo estatus! No tengo tierras, renombre, ni nada de eso. ¿Cómo esperas que me tome en serio? ¿A una marinera de ninguna parte?
Lyann se acercó a su escritorio, el cual estaba lleno de papeles, libros y un par de tinteros con su respectiva pluma. Entonces se sentó y comenzó a escribir una carta, únicamente tardo un par de minutos. Finalmente, la cerró con el sello real y se la entregó a Valian.
- Con esto ya no tendrás problema para que no se fie de ti. Además, Brienne te acompañara para protegerte y Ser Barristan se encuentra con Daenerys por lo que no creo que haya mucho más problema. Y no te preocupes por el estatus, no creo que a ella le importe. - dijo Lyann, quitándole importancia. - En fin, eso es todo amigos, mañana comenzaremos con el plan. Podéis marcharos.
Varys y Valian comenzaron a salir de los aposentos reales, pero se detuvieron en el momento en el que Tyrion realizó una ultima pregunta.
- Dijiste que había dos motivos por el que no querías casarte con Margeary. ¿Cuál es el el segundo?
Lyann miró al enano con algo de vergüenza.
- Bueno, en el fondo es algo bastante sencillo. No la amo. Simplemente no quiero casarme con ella. Es alguien en quien no puedo confiar.
Tyrion asintió, dejando en el aire si estaba o no de acuerdo con su sobrino. Finalmente, sus mas cercanos amigos y aliados dejaron al rey solo en su habitación. Lyann se acercó a cerrar la ventana, que daba vista a un cielo estrellado y la luna llena iluminando la inmensidad del mar.
- "Es el momento de la verdad. Victoria o derrota. Ya no hay marcha atrás"
Chapter 28: La Ciudad de la Gran Pirámide
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Ya hacia semanas que la "Viento del Sur" había partido de Desembarco del Rey. Era un gran bergantín que Lyann le había regalado a Valian en compensación por la perdida del su anterior barco, el "Halcón del Mar". La despedida fue rápida y sin ningún tipo de celebración. A pesar de haber contado con la presencia del rey, este se había disfrazado para ir de incognito ya que el autentico objetivo del viaje debía permanecer en el mas absoluto de los secretos. Valian recordó la ultima conversación que tuvo con Lyann poco antes de partir.
- ¿Y si no consigo su apoyo? - dijo la chica, con los nervios a flor de piel.
- Hey. - dijo Lyann, acariciando su cara con suavidad. - No pasa nada. Con tal de que no llegue a Poniente en los próximos años me sirve. No tendré tanta fuerza, pero me apañaré bien. Tu vuelve con vida. No te pido más.
Acto seguido compartieron un breve pero intenso beso. Uno que perfectamente podía ser el último, pero ambos sabían que no seria así. Valian estaba recordando ese momento cuando Brienne apareció en cubierta.
- ¿Os encontráis bien, mi señora?
- Por favor Brienne, no hace falta que me llames así. No soy señora de nadie. - dijo con una sonrisa.
- Esta bien, mi se... eh... Valian. ¿Cuánto falta para llegar a Mereen?
- Si seguimos teniendo el viento a favor, en una semana. Aunque ahora es cuando llega la hora de la verdad. Mira hacia allí.
La guardia real se fijo hacia donde señalaba la marinera con el dedo. Una pequeña nube roja se divisaba en el horizonte, haciendo que los intentos de supervivencia de Brienne se activaran. Si existía la representación física del peligro en el mundo, era aquella nube roja.
- ¿Qué es eso?
- Eso es la costa de la maldita Valyria. Si la rodeamos con éxito, ya no habrá nada que temer. Será mejor que tome el timón.
Valian cruzó la cubierta y subió por las pequeñas escalera que llevaban hasta el timón. Brienne vio con asombro como la chica de cabellos rubios tomó el control de la situación enseguida, guiando a sus hombres con una gran precisión. Los vientos eran propicios y dejaron atrás la nube roja tan rápido como había aparecido.
- Tenéis un enorme talento para la navegación. - dijo la guardia real.
- No todo es talento, también tuve mucha practica. Prácticamente me crie en un barco. Mi padre y yo viajábamos constantemente entre Poniente y las ciudades libres. - Valian hizo una pausa, dejando que su mente viajara a unos tiempos más felices. - Él me enseñó todo lo que sé. Pero lo más importante es que me enseñó a amar el mar.
- No he visto ha nadie amar el mar más que vos.
- Yo sí.
- ¿Quién mi se...? - Brienne carraspeó. - ¿Quien, Valian?
La marinera miró a Brienne con una sonrisa mordaz, de esas que sabes que alguien se va a guardar un secreto solo para fastidiar.
- Alguien atrapado en tierra. Alguien que no puede navegar, pero que siempre tiene el mar en la cabeza. Espero que algún día puede ser libre.
Pocos días después, la tripulación del "Viento del Sur" llegó al puerto de la ciudad de Mereen y fue una gran sorpresa para todos ver que estaba bajo asedio. Miles de tiendas y cientos de barcos ocupaban el puerto improvisado que se encontraba en las afueras de la ciudad. Estas tiendas estaban llenas de compañías mercenarias, los ejércitos de los esclavistas de Astapor y Yunkai y todo tipo de gente que se arremolinaba cuando pasaban este tipo de eventos: comerciantes, posadas recién creadas, prostitutas etc. En definitiva, fuera de Mereen se había creado una nueva ciudad.
- Esto complica mucho las cosas. - dijo Valian. - Hay que encontrar una forma de entrar. Una discreta. Vamos a investigar, lady Brienne.
Las dos mujeres se dirigieron a los campamentos, dejando a la tripulación a cargo del barco. Fueron a la puerta principal, cerrada a cal y canto con guardias encima en las murallas atentos a cualquier intento de ataque. Hablaron con las diferentes personas del campamento, pero no sacaron nada en claro, todos decían que era impenetrable a no ser que se atacara con un ejercito.
Después de una búsqueda infructuosa, las dos se encontraban en la barra de una de las tantas posadas improvisadas. Brienne bebía agua, Valian bebía ron.
- ¿Se os ocurre algo?
- Me temo que no, a no ser que puedas volar por encima de la muralla. No se puede entrar. Me temo que tendremos que volver a Desembarco con las manos vacías.
- Yo sé como entrar. - dijo una voz a sus espaldas.
Ambas se giraron al unísono, solo para ver el rostro de alguien a quien deseaban no haber visto. Bronn, el mercenario.
- ¿Qué hacéis vos aquí? - preguntó Brienne.
- Si. ¿No se supone que deberías estar comiéndole la polla a Joffrey? - agregó Valian.
- ¿Y tu no estabas haciendo nuevos bastardos Baratheon?
Los tres se conocían de antes. Durante los seis meses en los que Joffrey estuvo preso, Bronn era el guardaespaldas de Tyrion. Pero en el momento en el que fue liberado, Bronn se marchó con los Lannister. Nunca se llevaron bien.
- Estoy aquí por trabajo, igual que vosotras. Todos queremos ver a la reina dragón y no voy a cobrar hasta que vuelva con la respuesta. Propongo una tregua. Entramos, vemos a la puta Targaryen y nos vamos.
Las dos chicas se miraron. No podían confiar en Bronn, pero no tenían otra opción.
- Está bien. ¿Cuál es el plan?
El plan les parecía una mierda, literalmente. Los tres emisarios de Poniente estaban avanzando por las cloacas de Mereen. Era un túnel completamente oscuro, pobremente iluminado por la antorcha que portaba Bronn, del que se oía la corriente del agua y ciertos chapoteos que ponían los pelos de punta. Continuaron avanzando, en un completo silencio únicamente roto por alguna maldición del mercenario. Tras unos minutos de travesía, salieron escalando uno de los muchos pozos que había en la ciudad.
Entonces se dirigieron hacia el palacio de Mereen. Era fácil de distinguir, pues la gran pirámide se elevaba por encima de todas las edificaciones. Era noche cerrada y había patrullas de inmaculados patrullando las calles, pero lograron evitar que nadie los viera.
- ¿Estuvisteis antes aquí, Ser Bronn? - susurró Brienne.
- Un par de veces. Lo suficiente como para saber cuales son los puntos calientes.
Siguiendo al mercenario por callejones idénticos unos a otros, donde cada sombra parecía un enemigo, llegaron a los pies de la gran pirámide. Dos guardias inmaculados se encontraban guardando la gran escalera que llevaba al palacio.
- De acuerdo. ¿Ahora qué? - preguntó Bronn.
- Ahora preguntamos como gente civilizada. - contestó Valian.
- ¿Has perdido la cabeza definitivamente, verdad?
Valian sacó el salvoconducto de Lyann, dejando una cara de confusión en el mercenario.
- ¿Tú no tienes uno de estos?
Bronn decidió callarse y seguir a las chicas. Al acercarse, los inmaculados alzaron las lanzas en su dirección con una compenetración perfecta. Valina se adelanto sin miedo y enseño la misiva con el sello real.
- ¡Soy Valian Dyninar! ¡Enviada de confianza del rey Lyann de la Casa Baratheon! ¡Pido audiencia con la reina Daenerys Targaryen!
Chapter 29: La Batalla de Mereen
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Los inmaculados acompañaron al trio de embajadores de Poniente a dentro de la pirámide. Tuvieron que subir muchos pisos hasta llegar a una habitación que parecía servir como cuartel general. Había una mesa en el centro rodeada de sillas con una hermoso balcón al fondo de la estancia, donde se veía la ciudad al completo. En la sala había varios hombres discutiendo, que interrumpieron su conversación al ver entrar a los visitantes.
- Enviados del rey de Poniente. Solicitan audiencia. - dijo uno de los inmaculados.
Valian saludo con la mano a Ser Barristan, el cual sonrió al verla. Fueron a reunirse cuando el hombre de cabellos azules le lanzó una mirada asesina al mercenario de Poniente.
- ¡Tú!
Entonces se abalanzó sobre Bronn de forma violenta. Ambos cayeron al suelo en un torbellino de puñetazos e insultos hasta que finalmente fueron separados por los guardias inmaculados. Ser Barristan carraspeó, haciendo que la atención de todos los presentes se dirigiera a su persona.
- ¿Hay algún asunto que debamos saber, caballeros?
- No. - respondieron ambos mercenarios al unísono.
- Bien. Compórtense y luego podrán resolver sus diferencias. Ahora, ¿Cuál es la razón por la que estáis aquí?
Valian se adelanto y le entregó la misiva de Lyann a Ser Barristan.
- Venimos a ver a la reina Daenerys Targaryen para forjar una alianza. Está todo en la carta.
Ser Barristan leyó la misiva con calma. Si la noticia de que Lyann tenía pensado casarse con la reina dragón era nueva para él, lo disimuló a la perfección. Una vez termino la lectura, se guardó la carta en uno de los bolsillos de su andrajosa capa blanca.
- Me temo que tengo malas noticias. Daenerys no está en la ciudad. Además, como habréis visto, la ciudad está bajo asedio y pronto llegaran las tropas de Yunkai y Astapor y , junto con varias compañías mercenarias, van a atacar la ciudad.
- ¿Qué pasó con la reina? - preguntó Bronn.
- Se subió a su dragón y desapareció por el norte. Hace una semana de aquello. - respondió el mercenario de cabellos azules. - Tenemos una batalla por delante y nuestras fuerzas están igualadas. Necesitamos toda la ayuda posible. Si queréis ver a Daenerys cuando vuelva, vais a tener que hacer algo por nosotros.
Bronn apretó los dientes de pura rabia, pero acabo asintiendo con resignación. Las chicas también aceptaron. Era luchar o morir.
- Bien. Id a descansar. Atacarán mañana y os necesito en plenas facultades. -dijo Ser Barristan, cerrando así la curiosa reunión.
Apenas había amanecido en Mereen, pero todo el mundo estaba listo para la batalla. Ser Barristan había enviado a los distintos pelotones de inmaculados a defender las puertas y la principales calles de la ciudad, así como a Daario y sus mercenarios. Bronn se había marchado con el porque "si le quito el ojo de encima, intentará matarme", o al menos eso le dijo a Valian.
Valian, Brienne y Ser Barristan se encontraban en la pirámide junto con Gusano Gris, el líder de los Inmaculados. Ellos junto a unos doscientos hombres más serían la última defensa de la ciudad.
- ¿Sabéis luchar, señorita Valian? -preguntó Ser Barristan.
- No llegas muy lejos como comerciante en las ciudades libres si no sabes. - respondió Valian, tocando la empuñadura de un sable que tenia en la cintura.
Ser Barristan sonrió, contento con la respuesta. En ese momento, las campanas de la ciudad comenzaron a repicar, haciendo que toda la ciudad contuviera el aliento durante unos escasos segundos. Entonces los gritos de los atacantes esclavistas se oyeron por todo el mundo. La batalla había comenzado.
- Volvamos dentro. Los mensajeros nos informaran del proceder de la batalla.
Entraron en el interior de la pirámide, sin embargo al rato sintieron que algo no iba bien. El ambiente era distinto por el pasillo que recorrían. No había sirvientes ni soldados patrullando. El silencio inundaba todo el edificio.
Fue entonces cuando Valian escuchó pasos a su espalda. Pudo girarse a tiempo para ver como un encapuchado le atacaba con una daga. De un salto hacía atrás logró esquivar la puñalada.
- ¡Nos atacan! - gritó Valian, desenfundando el sable.
- Espalda contra espalda. ¡Ahora! - dijo Ser Barristan.
A una velocidad inusitada, los cuatro se encontraban en dicha posición, protegiéndose los puntos ciegos que no podían defender mientras eran rodeados. Los asaltantes portaban dagas y espadas curvas y estaban expectantes a los movimientos de sus victimas.
Sin avisar, Ser Barristan atacó al asesino mas cercano; matándolo de un solo tajo. Inmediatamente después Brienne también se adelantó, atravesando al compañero del hombre que mató Ser Barristan. Ambos siguieron peleando con una maestría y una compenetración perfecta.
El caos de la batalla ya se había desatado y Valian comenzó a defenderse. El asesino que la confrontó la ataca con sus dagas con movimientos erráticos e imposibles de descifrar. Valian mantuvo la distancia, esquivando los ataques. Intentó contraatacar pero el asesino desvió su estocada con gran maestría, dejando un hueco abierto en la defensa de Valian, recibiendo un feo corte en el brazo.
Valian cambió su espada a la mano izquierda. Era mejor luchar con tu mano mala que no luchar en absoluto. Entonces hizo lo que debía haber hecho antes. Echar a correr. Valian se escapo por los pasillos de la pirámide, dejando a sus compañeros.
- "Con suerte atraeré a unos cuantos para que les sea mas fácil" - pensó la marinera.
Tras escapar un rato, se ocultó detrás de una esquina. Segundos después oyó como se acercaba alguien corriendo. Valian sonrió. Justo en el momento en el que el asesino iba a girar, Valian le puso la zancadilla. El asesino, cogido por sorpresa, cayó al suelo; momento en el que Valian le atravesó con su espada múltiples veces. Otro asesino se acercaba por el pasillo y Valian se preparó para enfrentarlo, pero no fue necesario. Una jabalina le atravesó por la espalda, matándolo en el acto. La figura de Gusano Gris apareció tras el asesino.
- Ese era el último. - dijo el inmaculado. - Ven, te estamos esperando.
Valian resopló de alivio y acompañó al soldado. Cuando volvió al pasillo donde estaban todos vio a Ser Barritan y a Brienne limpiando sus espadas mientras ellos estaban impolutos.
- ¡Valian! ¿Estás bien? - dijo Brienne, preocupada.
- Si, esto no es nada. - dijo Valian, vendándose el brazo con un trozo arrancado de su camisa.
En ese momento, un rugido retumbo por todo Mereen. Rápidamente, los cuatro guerreros se acercaron al balcón más cercano para ver algo irrepetible.
Daenerys Targaryen, a lomos de un dragón negro, estaba calcinando a todos los barcos esclavistas. Además, una horda de dothraki se acercaba por la retaguardia del campamento de afuera de la ciudad. El olor a humo y sangre comenzó a inundarlo todo, mientras la población de Mereen celebraba la victoria de Daenerys. Entonces, Ser Barristan anunció:
- La reina ha vuelto.
Chapter 30: Toda Rosa tiene Espinas
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- "Me pregunto como le irá a Valian"
Lyann Baratheon se encontraba en la cubierta de su barco, la Lord Steffon, mientras recorría el Mar Angosto rumbo a Lanza del Sol. El tiempo era bueno y un brillante sol iluminaba el rostro del joven rey. Lyann miraba como el barco atravesaba las aguas mientras el viento azotaba su rostro. Se había quitado el parche, la sensación que sentía al sentir el aire donde antes estaba su ojo era extraña, pero le gustaba.
A su derecha podía ver los acantilados de las tierras de la tormenta. El mar embravecía contra la roca, desgastándola poco a poco con el transcurrir de los siglos, dando forma a esa maravilla de la naturaleza. Fue entonces cuando algo llamó su atención.
En la cima del risco, se encontraba el venado blanco; observando el barco de Lyann. Mirándolo a él directamente. El joven le devolvió la mirada, aunque nada más hacer contacto visual el venado desapareció. Lyann suspiró con resignación. No entendía que había de especial en ese animal y por qué sentía una conexión con él, y no le gustaba ignorar cosas que podían ser importantes.
- ¿Ocurre algo, majestad? -preguntó un marinero.
- No. Nada importante. Solo miraba el mar.
Aparte de ese incidente, el viaje fue perfecto. Las dotes de mando a la hora de navegar del rey sorprendieron a propios y extraños. En secreto, había estado estudiando mapas y libros de navegación. Sin embargo, fue el libro que le prestó el maestre Yandel el que reavivó su amor por el mar. El libro era una recopilación de diferentes leyendas e historias de marineros; algunas ya las conocía y otras le eran completamente nuevas. En los momentos mas bajos, ese libro le había levantado el animo.
Cuando desembarcaron en Lanza del Sol, había una comitiva esperándolos. Doran Martell no estaba presente, pero si su hija Arianne.
- Bienvenido a Dorne, majestad. - dijo la chica haciendo una pequeña reverencia. - Espero que haya tenido buen viaje.
- De los mejores que he tenido, aunque en nivel no estaba muy alto. ¿Dónde está vuestro padre?
- Mi padre os espera en los Jardines del Agua, junto a vuestra hermana.
- Perfecto. Aunque antes de ir, me gustaría pasear por Lanza del Sol. No se cuando volveré y no quiero perderme tan esplendida ciudad.
La propuesta de Lyann sorprendió a la princesa Arianne, la cual aceptó encantada. Las dos comitivas caminaron por Lanza del Sol. Al contrario que Desembarco del Rey, la capital dorniense no era nada espectacular. Casas humildes inundaban las calles, normalmente hechas de barro y paja, todas bajo la sombra del gran palacio real, adornado con sus largas torres.
- ¿Vuestro padre no se encuentra en el palacio?
- No, majestad. Prefiere la tranquilidad de los Jardines del Agua.
Lyann rio.
- Es algo en lo que nos parecemos, entonces. Yo también me pasó mucho tiempo en los jardines de la Fortaleza Roja.
Después de dejar que el pueblo de Dorne los viera, se dirigieron a los Jardines del Agua, a tres leguas de distancia. Durante la travesía, Lyann observó a Arienne. Había sido cordial y correcta, pero Lyann sabía que había algo más. Se estaba conteniendo, veía en sus ojos un fuego deseando salir.
- Siento mucho lo de Oberyn. No debí dejarle pelear.
- Él se ofreció, majestad. No deberíais culparos por...
- No debí dejarle. Estaba bajo mi protección. Le fallé a Dorne como rey y os fallé a vos como persona. Pero os prometo que haré que Gregor Clagane pague por lo que hizo.
- ¿Cómo haréis que pague, majestad?
- Eso te lo dejo a ti y a tu padre, Arianne. Creo que sois los que más derecho tienen de decidir esto.
Arianne miró al rey sorprendida, dejando caer ligeramente la mascara que se había puesto.
- Yo... Gracias, majestad.
- Llámame Lyann. Se que os cuesta ser correcta y cordial. Prefiero escuchar lo que tengas que decir de la manera quieras.
Tras unos segundos de pausa, la autentica cara de Arianne se desveló.
- Eres un hombre peculiar Lyann. No hay muchos reyes que quieran ser tratados de manera tan informal.
- Yo no soy como muchos reyes. - dijo con una sonrisa.
Arianne rio y continuaron conversado durante el viaje. Poco después, llegaron al los famosos Jardines del Agua. Lyann mandó a su comitiva a que se encargaran de preparar sus aposentos y se encamino junto con Arianne a la profundidad de los jardines, acompañados del capa blanca Loras Tyrell. Era una maravilla arquitectónica donde la diferencia entre agua y hierba se difumina. Había pequeños ríos y charcas por todos lados, al igual que diferentes arboles frutales dando un aire de naturaleza como Lyann nunca había visto. Y, a lo lejos, se encontraba una cara familiar. Myrcella Baratheon, acompañada de Ser Arys Oakheart, se encontraba entre dos palmeras rebosantes de dátiles.
- Hola hermana.
Myrcella se giró, haciendo revolotear su cabellera rubia, y corrió a abrazar a su hermano. Durante unos breves instantes, Lyann volvió a ser el niño que creció correteando por la Fortaleza Roja y no el rey que era ahora.
- ¡Hermano! ¿Qué te ha pasado? Pareces alguien completamente distinto.
- Me temo que la guerra, Myrcella. Pero háblame de ti. ¿Qué tal en Dorne?
- ¡Oh Lyann, es precioso! Ven, déjame enseñarte mi sitio favorito.
El rey y las dos princesas caminaron por los jardines hasta llegar una playa de arenas blancas. Las olas rompían contra la orilla, haciendo del paisaje algo que dejó a Lyann boquiabierto. Sin embargo, fue interrumpido por Loras Tyrell.
- Lyann, tengo un mensaje para ti.
- ¿Ah sí? ¿De quien?
- Del rey Joffrey.
Acto seguido y con la rapidez de un rayo de sol, ambos guardias reales desenvainaron sus aceros y atacaron al unísono a Lyann. Fue gracias a sus reflejos que no salió herido, pues retrocedió de un salto al escuchar como salían las espadas de las vainas.
- ¡Detrás de mi! - gritó Lyann a sus acompañantes, a la vez que sacaba su propia espada.
Las chicas obedecieron de inmediato. Lyann estaba en clara desventaja, era un dos contra uno y además eran guardias reales. No tenia tiempo para pensar en por qué les habían traicionado, tenia cosas más importantes en las que concentrarse. Ser Loras atacó con una estocada, pero era solo una distracción; pues Ser Arys aprovechó para atacar a Arianne. Por suerte, la princesa de Dorne era una mujer de recursos, pues cuando se acercó le dio una patada en su zona más intima.
- ¡Huid y buscad ayuda! ¡Yo los distraigo!
Tras decir esas palabras, Lyann atacó con furia a Ser Loras, obligándolo a retroceder; momento que la chicas corrieron de vuelta a los Jardines del Agua. El entrenamiento de Lyann había dado sus frutos, pues conocía los movimientos del guardia Tyrell a la perfección de tantos combates de entrenamiento. Sin embargo, cuando Ser Arys se recuperó, el joven rey tuvo que retroceder.
Lyann se colocó de espaldas al sol, en un intento de cegar parcialmente a sus enemigos, y esperó con paciencia el próximo ataque. Fue Ser Arys quien lo realizó, atacando su lado ciego. Por suerte, el joven Baratheon había predicho tal movimiento y realizó un fuerte contraataque, desequilibrando a su oponente.
El combate continuó a las orillas del mar, donde Lyann aguantó como pudo; pero eran mucho más hábiles que él. En una jugada combinada, Ser Loras logró desarmar al rey y tumbarlo en la arena de un poderoso placaje.
- ¿Unas últimas palabras? - dijo Ser Arys, poniéndole la espada en el cuello.
Lyann respiró con dificultad. Lo había dado todo, pero no era suficiente. Pero algo le llamó la atención. A lo lejos, a la espada de ambos guardias reales, una figura se acercaba corriendo por la arena. Era una mujer. Y portaba la lanza del difunto Oberyn Martell.
- Si. - respondió Lyann. - Quedas relevado de tu servicio.
En ese momento, el joven cogió un puñado de arena y se lo lanzó a los ojos, cegando al guardia real. Cuando Ser Arys logró recuperarse ya era demasiado tarde, la lanza le atravesó por la espalda, asomando la punta por el pecho. Al retirar el arma, Ser Arys cayó muerto en la playa.
Aprovechando el ataque de la desconocida, Lyann se recuperó con rapidez y placó a Ser Loras haciendo que ambos rodaran por la arena. Finalmente, el joven Baratheon acabó encima del traidor y comenzó a golpearle.
Un golpe.
Dos golpes.
Tres golpes, cuatro. Cuando iba por el veinte ya había perdido la cuenta. Lyann descargó toda su ira, frustración, impotencia y rabia primigenia que había acumulado desde que se había hecho con el trono de hierro, gritando como un animal. No sentía el dolor de sus manos a la hora de romper los huesos del cráneo del guardia real. Simplemente siguió pegando, reduciendo a una pulpa la cabeza de quien en algún momento fue Loras Tyrell.
No sabe cuanto tiempo estuvo en trance, pero cuando terminó vio a la guerrera de la lanza esperando pacientemente a que terminara.
- ¿Has terminado? - preguntó.
- Si. Gracias por tu ayuda. No lo habría contado de no ser por ti.
- Agradéceselo a tu hermana y Arienne. Yo solo hice lo que tenia que hacer.
Lyann asintió y se acercó al mar. Se agacho para poder limpiarse las manos de sangre y sesos de Loras.
- Volvamos. - dijo el rey, una vez hubo terminado. - No quiero preocupar más a las princesas. Por cierto. ¿Quién eres?
- Obara Arena. A vuestro servicio, majestad.
Chapter 31: Los Jardines del Agua
Chapter Text
Lyann Baratheon y Obara Arena caminaron en silencio hasta volver a una zona de los jardines mas frondosa, donde los niños jugaban inocentes a la masacre que ocurrió apenas unos metros mas lejos. Se había limpiado en el mar la sangre de Loras Tyrell para evitar destacar más de lo que ya lo hacia, pero aun tenia los guantes de cuero rojos. Dejaron los ruidos de alegría infantiles atrás cuando se adentraron en una zona más privada. Era un pequeño patio cubierto de azulejos de diferentes colores, rodeado de naranjos con jugosa fruta en sus ramas y una larga fuente en calma en el centro. Al fondo del patio, una figura en silla de ruedas miraba a Lyann a lo lejos. El joven Baratheon reconoció a Doran Martell en la distancia. Estaba acompañado por Arieanne y Myrcella, la cual corrió a abrazar a su hermano.
- ¡Lyann! ¿Estás bien? ¿Te han herido?
- Estoy bien. Mañana despertaré con unos cuantos moratones, pero nada más.
La joven no parecía muy convencida, pero asintió. El rey se acercó al príncipe del desierto hasta situarse a su lado, junto a Arianne y Myrcella. Mientras, Obara vigilaba los alrededores, al acecho de si había más problemas.
- ¿Algún problema, majestad? - preguntó Doran, sin dirigirle la mirada. Estaba observando sus jardines.
- Una traición por parte de mi guardia real. Pero ya está resuelto, gracias a Lady Obara.
- Entiendo. - respondió Doran. - Ya has matado a tres guardias reales. ¿Cuántos te quedan?
- Solo cuatro. Tres, si Ser Balon Swann me ha traicionado también. De hecho, y ya que sacáis el tema, me gustaría proponeros algo.
- Soy todo oídos.
- Quisiera que Lady Obara formara parte de la Guardia Real.
Doran sonrió divertido. La idea de que Obara Arena formara parte de la Guardia Real le parecía tan improbable como de que cayera un meteorito en ese momento. Obara, por su parte, se giró inmediatamente.
- Me honráis, majestad, pero me temo que he de rechazar la oferta. No podía cumplir el código de la Guardia Real.
- Entiendo. - dijo Lyann, pensativo. - ¿Puedo hacerte un par de preguntas personales?
- Ehhh... Claro, majestad.
- ¿Vas a heredar tierras?
- No
- ¿Vas a tener hijos?
- No
- Entonces puedes ser Guardia Real, a no ser que vestir de blanco sea un impedimento importante.
- ¿Pero que pasa con el código?
- Mas que un código, son unas directrices. Dice literalmente "El Guardia Real no podrá heredar tierras, tomar esposa, tener hijos o aliarse con alguien que no sea el rey." Mientras no quedes embarazada, no habrá problema.
Obara comenzó a dudar, era fácilmente visible a través de como movía la lanza constantemente, no podía estar quieta.
- También podrás pelear con los mayores guerreros de Poniente en torneos.
Esa ultima frase hizo el efecto esperado. Apenas había unos minutos que Lyann conocía a la serpiente de arena, pero era evidente que le gustaba las emociones fuertes.
- Yo... Lo pensaré, majestad.
Lyann asintió, dejando en paz a la guerrera y volvió a dirigirse a Doran Martell, el cual había observado con divertida curiosidad la conversación.
- ¿Qué vas a hacer ahora, majestad? No te encuentras en tu mejor momento, precisamente.
- Desembarco del Rey corre peligro. Debería volver.
- Seria una estupidez.
- ¿Dejar que el enemigo tome la capital es una estupidez?
- Si. Para cuando llegues, tus enemigos ya habrán hecho lo quisieran con la ciudad. Ya sea tomarla o saquearla.
Lyann meditó unos instantes las palabras del príncipe de Dorne.
- Tenéis razón. Si me disculpáis, tengo asuntos que atender. Myrcella, ven conmigo.
La respuesta del rey descolocó a todos los presentes, pero solo Doran fue el que logró disimularlo. Lyann se marcho por la puerta que llevaba al interior del complejo palacio, dejando a Arianne y Doran conversando y con Myrcella apurando el paso para alcanzarlo.
- ¿A donde vas? - preguntó la joven.
- A la pajarería. Tengo unos cuervos que enviar. ¿Me indicas el camino?
Myrcella asintió y le guio por los pasillos. Los jardines de agua no eran para nada como la fortaleza roja. Hasta los pasillos eran espaciosos, plagados de ventanas y salidas a pequeños patios a través de entradas y salidas con forma de arcos de herradura, propios de la arquitectura de Dorne. Sin embargo, de camino ocurrió un encuentro inesperado.
- ¡Aquí estás! - dijo una voz a las espaldas de los hermanos.
Al girarse, Lyann observó a un joven de cabellos negros, vestido con un elegante traje, similar al que vestía Oberyn cuando estuvo en la capital. Había abrazado a Myrcella por detrás y le daba pequeños besos en el cuello.
- ¡Trystane! - respondió la joven entre risas. - Ahora no es el momento.
- A mi me parece tan buen momento como cualquier otro.
Lyann carraspeó para llamar la atención del joven Martell, el cual recobró la compostura de inmediato.
- ¿Y vos sois? - preguntó con desconfianza.
- El rey Lyann Baratheon. ¿Acostumbráis a asaltar mi hermana por detrás o esto ha sido una excepción?
El rostro de Trystane se volvió blanco como la leche a una velocidad que Lyann no creía posible, a la vez que intento farfullar una excusa, pero no le salían las palabras.
- ¿Os ha comido la lengua el gato?
- No... ¡No, Majestad! - respondió Trystane hecho un manojo de nervios.
- Responded entonces. ¿Acostumbráis a asaltar a mi hermana por detrás?
- ¡Pues sí, majestad! ¡Y es más, a Lady Myrcella le gusta que lo haga! ¡Nos parece divertido y seguiremos haciéndolo!
Lyann levantó una ceja, asombrado por la valentía del chico al decir tales palabras. Había decisión en sus ojos, a pesar del shock inicial. Myrcella, por el contrario, estaba roja como un tomate y miraba al suelo evitando todo contacto visual.
- Entiendo. Me temo que tendréis que daros abrazos en otro momento. - dijo Lyann, mientras se marchaba hacia las pajarerías.
Myrcellea se despidió de Trystane a toda prisa y alcanzó a su hermano justo cuando llegaban a su destino. Las pajarerías eran una habitación espaciosa, llena de jaulas de cuervos con una etiqueta que indicaban a que ciudad estaban entrenados para ir.
- ¿Te has divertido torturando a mi prometido? - dijo Myrcella.
- La verdad es que sí. ¿Acaso me culpas? Es el deber de todo hermano mayor proteger a su hermana.
Lyann comenzó a escribir sus mensajes, dirigidos a Bastión de Tormentas y Desembarco del Rey y Aguasdulces, así como a algunos castillos de casas menores que puedan aportar buenos guerreros. Necesitaba tener a los ejércitos listos para su próximo movimiento. Una vez hubo terminado, le entregó las misivas a uno de lo maestres que se ocupaban de los cuervos y salió del recinto.
- Ha sido un placer volver a verte Myrcella, pero necesito descansar y darme un baño. - dijo una vez estaban de vuelta en los hermosos jardines. - ¿Me podrías excusar ante Doran?
- Claro, Lyann. No hay ningún problema.
Lyann se dispuso a marchar pero se detuvo apenas camino unos pasos, pues tenia una ultima cosa que decir.
- Myrcella. - dijo llamando a su hermana, la cual ya se marchaba. - ¿Eres feliz con el joven Martell?
- Se llama Trystane, Lyann. - le reprendió. - Y si, soy muy feliz.
Lyann asintió, aceptando la respuesta de la joven.
- Lo apruebo, al menos por ahora. Aun sigue en periodo de prueba. Pero va por buen camino. - respondió, guiñando su único ojo esmeralda.
No le hizo falta volverse para sentir la felicidad de Myrcella a sus espaldas.
Chapter 32: El Príncipe del Desierto
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Había pasado una semana desde que Lyann llegó a Dorne y cada vez disimulaba peor los nervios. Ninguna de las cartas que había enviado había recibido aun respuesta y no podía darle largas a Doran Martell durante mucho tiempo más. No tenía tampoco noticas de Mereen y eso era lo que más le preocupaba.
Estaba leyendo el libro de aventuras que le había prestado el maestre Yandel, le ayudaba a desconectar entre asunto del reino y asunto del reino. A pesar de estar en Dorne, los asuntos de la corona le seguían quitando tiempo. El momento en el que se sentaba a leer en la ventana era uno de los pocos placeres del día.
-"Y pensar que hubo una época en la que no me gustaba leer" - pensó Lyann.
Por desgracia, su momento de paz fue interrumpido por Myrcella. Al principio no lo había notado, pero su hermana había cambiado mucho en el tiempo que estuvieron separados. Era más madura, atrevida y, sobre todo, participativa en los temas políticos. Era evidente que no estuvo de vacaciones en Dorne.
- El príncipe Doran quiere que cenes con él y su familia.
- No lo haré
- No puedes abusar de la hospitalidad de los Martell, Lyann.
El rey dejó el libro en su mesilla y se acercó lentamente a su hermana. Le dirigió una mirada dura, de esas que exudan autoridad. Myrcella retrocedió un paso por instinto ante la mirada del único ojo verde de su hermano.
- ¿Qué te hace pensar que no puedo?
- Nada, majestad. - respondió Myrcella, bajando la cabeza.
Lyann suspiró. No le gustaba jugar la carta de rey así como así.
- Perdona, no debería tratarte así. Simplemente aun no puedo ver a Doran. No tengo nada para lograr que se una a mi bando. Necesito la carta de Mereen.
Myrcella asintió y se dispuso a abandonar la habitación cuando un paje se disponía a entrar.
- Una carta para usted, majestad.
Lyann y Myrcella intercambiaron miradas de sorpresa, a la vez que el rey se levanto enérgicamente y avanzó a grandes zancadas para arrebatarle la carta al mensajero. Rompiendo el sello que cerraba la misiva, Lyann leyó la carta.
Querido Lyann.
¡Lo conseguimos! La Reina Daenerys Targaryen ha aceptado reunirse contigo en la ciudad de Braavos. Está dispuesta a negociar un posible matrimonio. Confió en que podrás convencerla de aceptar porque, aunque parezca dura, en el fondo quiere lo mejor para el pueblo.
Me recuerda mucho a ti, tiene la misma llama en los ojos. Creo que os llevareis muy bien, aunque tu eres mas gracioso.
Llegaremos aproximadamente una semana después de que te llegue esta carta para llevarte a Braavos.
Con cariño.
Valian.
Lyann guardó la carta en uno de los bolsillos de su capa y se dirigió a Myrcella, que aun portaba un rostro plagado de confusión.
- Dile a Doran que estaré presente en la cena. -dijo Lyann mientras se marchaba de sus aposentos.
- ¿¡Qué?! ¡Lyann! ¡Dime que ponía en esa carta!
El joven rey asomó la cabeza por la puerta, lanzado una mirada de felicidad infantil.
- Algo para lograr que Doran se una a mi bando.
La cena que había preparado el príncipe de Dorne no era tan lujosa como los grandes banquetes de la Fortaleza Roja, pero a cambio poseía un toque exótico tanto en los alimentos como en la decoración de la propia sala. Era en un patio al aire libre, donde podían verse las estrellas del cielo nocturno, rodeado de arcos de herradura y de camareros que iban y venían de las cocinas. Estaban presentes el príncipe Doran, así como sus hijos Arianne y Trystane, junto con Myrcella. Doran encabezaba la mesa, teniendo a su izquierda a su hijo y a la joven Baratheon y a la derecha estaba Lyann acompañado por Arianne.
- "Me recuerda a aquel banquete en Invernalia"- pensó Lyann, sin poder evitar sentirse nostálgico por tiempos mejores.
-¿Que tal le parece su estancia en Dorne, majestad? - preguntó Doran, sacando a Lyann de sus pensamientos.
- Fantástica. No puedo pensar en un mejor lugar para pasar unas vacaciones. Buena comida y mejor compañía.
Un silencio incomodo inundó la mesa, pues todos los presentes sabían cual era el motivo real de dicha cena. Lyann bebió de su copa de vino y la dejó en la mesa de una forma algo brusca, llamando la atención de los comensales. A su vez, lanzó un suspiro de resignación.
- Dejémonos de chorradas, Doran. Ambos sabemos porque estoy aquí. Necesito tus 10.000 lanceros, la flota de Dorne y lo más importante; el apoyo de tu casa.
Tras un breve silencio, Doran contestó.
- Consideraré su propuesta, majestad.
- No era una propuesta Doran. Era un orden. - respondió el rey con dureza. - Mi hermano está intentando quitarme el trono. Una nueva guerra civil ha estallado en los Siete Reinos. Debes escoger un bando y te garantizo que no te conviene estar en mi contra.
- No tengo porque escoger un bando, pues no me beneficia en nada proporciónale mis hombres tanto a ti como a tu hermano. Tengo otros planes.
Lyann sonrió. Sus sospechas eran correctas. Doran nunca había olvidado la tragedia de Elia Martell y los niños Targaryen. La cuestión no era que Doran no escogiera bando.
Doran escogió a Daenerys Targaryen hace mucho tiempo.
- Entiendo. -dijo Lyann, fingiendo sentirse derrotado. - En todo caso, me voy a marchar de Dorne dentro de poco. Tengo una reunión importante a la que atender en Braavos con mi futura esposa.
Tanto Doran como Arianne quedaron en shock. Fue satisfactorio ver al señor de Dorne fuera de su elemento por una vez.
- Ignoraba que ya estuvieras comprometido, majestad. ¿Quién es la afortunada?
- Daenerys Targaryen.
En ese momento se desató el caos en la mesa. Trystane empezó a protestar mientras Myrcella intentaba calmarlo, Doran había perdido el color y se veía en su expresión como sus planes se iban a pique.
Sin embargo, la cereza sobre el pastel se la llevó Arianne. Se bebió de un trago su copa de vino, se levantó y abofeteo a Lyann con una sorprendente fuerza. Acto seguido, abandonó la sala. Poco después, Trystane y Myrcella también abandonaron la sala, dejando solos a Lyann y Doran.
- Bueno... Eso no me lo esperaba. - dijo Lyann, masajeándose la mejilla.
- No te lo tomes a mal, Arianne siempre ha tenido carácter. -respondió Doran, con claro abatimiento en el rostro. - ¿Es cierto lo de Daenerys?
- Esta prácticamente asegurado. - respondió Lyann, sacando la carta. - Aun no está completamente decidido, pero si quiere reunirse conmigo es que claramente me ve como potencial consorte. Soy el hombre que puede ofrecerle lo que más desea, el matrimonio sería un precio adecuado. Pero para conseguir el apoyo de la reina Targaryen, te necesito Doran. Las lanzas de Dorne son importantes si, pero vuestro apoyo es lo realmente importante. Si la casa que se mantuvo leal a los dragones hasta el final de la rebelión de mi padre es mi aliada, Daenerys aceptará el matrimonio. A cambió, te daré lo que quieras.
- ¿Lo que quiera? - repitió Doran, mientras leía la carta.
- Dentro de unos limites, obviamente, pero si. Lo que quieras.
Doran reflexiono en silencio. El cansancio le había llegado de golpe y Lyann no pudo evitar sentir algo de lastima.
- Había mandado a mi hijo mayor, Quentyn, con una propuesta de matrimonio a Daenerys. Hace meses que no tengo noticias suyas. Me temo que ahora solo es polvo a medio mundo de distancia.
- Lo siento.
- No lo sientas. Ahora soy consciente de que era un plan estúpido. Es culpa mía. Arianne insistía en que debería casarla contigo y derrotar a tu hermano, pero yo me obcequé en Daenerys. Ahora es demasiado tarde. Mis dos planes se han roto en mis propias narices. He perdido.
- No Doran, no has perdido. Aun puedes ganar, y además de manera bastante sencilla.
- Cierto. - rio Doran. - Solo te pediré una cosa. Quiero que nombres heredera a Myrcella.
Lyann no se esperaba esa petición, pero no le sorprendía. Al nombrar heredera a Myrcella, Trystane sería rey consorte. Un movimiento hábil.
- Acepto, al menos hasta que Daenerys y yo tengamos un hijo.
Doran asintió y dio por terminada la cena. Con ayuda de sus sirvientes, abandonó la sala dejando al joven rey Baratheon solo. Lyann se llenó la copa de vino y brindo por su éxito.

allthenicethings18 on Chapter 15 Sat 25 Apr 2026 05:24PM UTC
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half_daughter (Guest) on Chapter 21 Wed 06 May 2026 02:41AM UTC
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