Chapter Text
La madrugada en el Rancho no tiene reloj. Solo medio la intuyes cual sería la hora. Aún no sale el sol pero ya esta haciendo bastante calor y el aire no llega a refrescar. Ando caminando por la vereda con las botas hundiéndose en la tierra, llego a levantar pequeñas nubes de polvo que se me pegan a la ropa.
Siempre hay viento aquí. Un viento seco que viene del cerro y se mete a todos lados, silbando despacio. Luego vienen los sonidos de siempre como un relincho bajo, el resoplar de una vaca o el ruido inquieto de las cabras moviéndose.
Es la misma rutina desde hace años. Tanto tiempo que ni pienso en ella. Cargo el costal de alimento al hombro y siento el peso en la espalda. A veces hay cosas que dejan de sentirse pesadas si las cargas por mucho tiempo. Llego a empujar la puerta de corral y la bisagra suelta su quejido de siempre.
—Buenos Días bola de Huevones. ¿Si durmieron bien o anduvieron de fiesta toda la noche?— Una de las Cabras se me acerca primero mientras digo eso mientras empuja su cabeza a mi pierna. —Si, si. Ya se que tienes hambre, condenada. Espérate tantito, no me andes correteando.—
Les hablo mientras vacío el alimento en los comedores. A veces ya ni me acuerdo del porque lo hago.
—¿Qué tal el menú de hoy? No se me pongan exigentes, que no estamos en Monterrey o en un restaurante fino.— Los Caballos llegan a levantar la cabeza al escuchar mi voz.
Uno de ellos, Moro, resopla fuerte y rasca el suelo con la pesuña.
—¿Y tú que, viejo? ¿Dormiste bien o otra vez te la pasaste haciendo drama?— Le paso la mano por el cuello, sintiendo el calor vivo de su cuerpo. Me ha llegado a agradar el calor de los animales. Suele ser la prueba por lo menos para mi de que están vivos conmigo.
Reviso sus patas, el lomo, la respiración y otras cosas. Paso de uno a uno con la costumbre de alguien que aprendió a leer signos sin palabras: Sus ojos apagados, su respiración pesada, una herida pequeña, etc.
Mientras que las vacas musican despacio pareciendo indiferentes al mundo.
—Mírenlas nomas ustedes si entendieron la vida, ¿Verdad? Comer, dormir y no meterse con nadie.— No hay respuesta, claro. Nomás solo el sonido húmedo de alimento siendo masticado y el viento, siempre el viento.
A lo lejos en el horizonte empieza a clarear apenas, una línea gris azulada detrás de los cerros. El sol todavía no sale pero aquí el amanecer no suele traer alivio. El calor y el fuego siempre lo veo como un castigo. Me llego a limpiar el sudor de la frente con el antebrazo y eso que apenas va iniciando el día, por eso es una de las razones de que me molesta el calor y el fuego.
Porque siempre es así. Polvo pegado a la piel, camisa húmeda, botas pesadas y las manos ásperas por el trabajo. No pienso mucho si me gusta esta vida simplemente tampoco pienso en odiarla. Solo es la vida que tengo que suele ser el Rancho, los animales el silencio y los días iguales.
El pueblito más cercano está como a 3 o 4 horas de aquí. No se porque mi familia decidió construir el rancho lejos de todos. A veces paso días enteros sin que escuche otra voz que no sea la mía. Creo que ya me acostumbre a eso.
Le doy una última palmada al caballo y me quedo un momento quieto, mirando la luz empieza a colarse sobre el corral. Simplemente parece ser que va a ser otro día más sin nada nuevo y sin que nada cambie.
Poco después regreso al corral ya con las botas ya medio llenas de tierra. Y el Sol apenas está empezando a asomarse, pero el calor ya se siente. Entro a mi casa y esta igual de silenciosa que siempre y la madera sigue crujiendo cuando camino.
Dejo mi sombrero sobre la mesa y voy hacia la cocina. No suelo comer mucho, comer mucho tan temprano no me gusta. Pero ese olor si me llega a despertar un poco más es como fuerte, amargo y casi quemado como debe ser. Me sirvo una taza sin azúcar, sin leche y todo lo demás. Solo me apoyo contra la barra y llego a dar un sorbo.
Luego me llego a preparar algo simple, como un pedazo de tortilla con frijoles de ayer, lo poco para que el estómago no ande fastidiando después. Solo como rápido y mirando por la ventana algo del terreno seco que rodea la casa, todo tiene ese color terroso y hasta el cielo parece cansado.
No pierdo el tiempo, salgo otra vez y camino hacia el huerto. Obviamente el olor del aire el diferente allí.
La tierra sigue seca alrededor, pero en esa parte del terreno hay humedad, olor a maíz, a hojas verdes, a chile fresco. El aroma de la tierra recién regada siempre tiene algo pesado, casi dulce, que se pega en la nariz.
Parece que las plantas van bien y está aguantando.
Me agacho, tomo un puñado de tierra entre los dedos y la aprieto. Todavía le falta agua en algunas partes.
Suelto la tierra y sigo trabajando. Las horas pasan lentamente por aquí.
El sol está alto cuando empiezo a separar lo que voy a llevar al pueblo. Cosas como: Costales pequeños de Maíz, algunas bolsas de frijol, cajas con chiles, etc.
Solo para intercambiar con cosas que necesito como: Aceite, herramientas, comida enlatada y para que alguien me revise los aparatos electrónicos.
Cómo la televisión apagada, la computadora que lleva vías fallando, el celular que carga cuando quiere.
Me llega a superar eso porque se arreglar cosas tipo motores algo viejos, las cercas, tuberías o una llanta ponchada en medio de un desierto si hace falta. Pero esas madres nueva de la electrónica ya no le se arreglar y para eso tengo que ir al Pueblo que se llama "El Cerrito". Nada más ir allí me da una flojera de la chingada.
Tan solo 3 o 4 horas manejando bajo este infierno de calor, con la camioneta calentándose bajo el sol ya me fastidia pero aún así no me queda de otra más que ir. Llego a cargar las cajas en la parte trasera y lo llego a subir en la camioneta.
El asiento ya está caliente como un comal. Me llego a acomodar, enciendo el motor y el olor a gasolina, polvo y metal llega a llenar la cabina. Afuera, el camino de terracería vibra bajo el calor que empieza a levantar ondas en el horizonte.
Manejo despacio y el paisaje no cambia mucho. Cerros secos, matorrales, posters viejos y kilómetros de nada. El sol llega a caer directo sobre el parabrisas cegando por momentos. El sudor me corre por la espalda y pegar la camisa al cuerpo. Odio este trayecto por el cansancio, porque esta lejos y me quita medio día.
A veces pienso que si el rancho estuviera más cerca del pueblo sería más facil vivir pero luego recuerdo del porque mi familia lo dejo tan lejos. La distancia suele tener sus ventajas porque hay menos ruido y menos gente que te hace preguntas. Solo soy yo, los animales, el sol, la carretera y la camioneta. Y si dependiera de mi, lo seguiría manteniendo por bastante años.
El camino de Terracería se vuelve de asfalto cuando ya me estoy acercando a El Cerrito. Las primeras casas aparecen, bajas y con pintura descarapelada. También hay algunas tiendas, un taller, una Comisaría, el Taller, la Fonda, la Iglesia, la Escuela, ósea las mismas cosas de siempre. Las cosas aquí casi nunca cambian, siempre esta la misma gente estorbando y haciendo ruido, muy poco silencio.
Llego a estacionar la camioneta cerca de la fonda de Doña Lupe. Cuando llego a apagar el motor por un segundo se siente raro. Sin el ruido del motor, el mundo se llena de voces, pasos, risas y de demasiado movimiento para mi gusto.
Cuando llego bajar de la camioneta. El calor pega igual pero también se mezcla con otros olores como de comida frita, aceite quemado, polvo y un leve rastro de gasolina. No doy ni 4 pasos cuando ya hay alguien hablándome.
—¡Mateo! ¡Mira nomás quién decidió bajarse del Cerro!—Doña Lupe sale de la fonda limpiándose las manos con el mandil, moviéndose rápido como siempre. Detrás de ella, un grupo de morros empiezan a salir en bola de la escuela con el uniforme del CONALEP y haciendo mucho ruido.
—Buenos Días, Doña Lupe—Respondo corto, sin acercarme tanto pero ella ni nota eso.
—¿Buenos? Si ya casi es mediodía, muchacho. Tú vives en otro horario, ya le lo dije— Solo llego a asentir con lo que llega a decir Doña Lupe.
Los chamacos pasan riéndose, empujándose y hablando todos al mismo tiempo. El sonido rebota en las paredes y se me meten directo en la cabeza. No me gusta eso, pero no llego a decir nada. Mientras tanto Doña Lupe me mira de arriba abajo, como si estuviera revisando que no me haya muerto desde la última vez.
—¿Y ahora que se te ofrece? ¿Vienes por comida o nomás a dejarte ver?—
—Pos Intercambio como Trigo, Frijol, Maíz y Chile—Le menciono señalando la camioneta con la cabeza.
—Ah, bueno. Eso si me sirve y seguro también vienes por el Chato, ¿Verdad?—No hace falta contestar porque ella sonríe como si ella supiera todo.
—Ese señor no tarda. Anda por allá haciéndose el importante en el taller— Claro, siempre anda ocupado, como si el pueblo diera para tanto. No pasa ni 2 minutos cuando escucho pasos arrastrados y una voz conocida.
—¿Quién anda hablando mal de mi?—El Chato aparece limpiándose las manos con un trapo lleno de grasa. Caminando tranquilo, como si el tiempo aquí no afectara.
—Mira nada más, el ermitaño bajó del cerro—
—Ocupo que revises unas cosas—Voy directo y sin rodeos. El suelta una risa baja.
—Si, buenos días, ¿No? Qué educado—
No tengo ganas a responder a eso. Doña Lupe se mete entre los 2.
—Ay, no le hagas caso, Chato. Ya sabes como es. Si no fueran los animales, este muchacho ya se habría olvidado como hablar— Y no se equivoca ella.
—La tele no prende, la compu falla y el celular carga cuando quiere—Llego a mencionar.
El Chato asiente despacio, mirando la camioneta.
—¿Y me los trajiste o nomás vienes a que te lea la mente?—
—En la casa—
—Entonces voy a tener que ir allá y está lejos—
Hay un silencio breve.
—Te puedo llevar productos y gasolina—Eso le llega a convencer.
—Bueno, podría hacerme un espacio—
—"Podría". dice. Si no tienes nada mejor que hacer—Interviene Doña Lupe.
—Estoy trabajando, señora—
—Aja, si, como no—
Me quedo callado mientras discuten. Las voces siguen encima y por ende el ruido no baja. Además siento esa irritación leve y constante como si fuera una piedra en el zapato. El cansancio sigue. Por eso prefiero el rancho porque es silencioso y aquí en el Pueblo hay mucho ruido.
—Paso mañana en la mañana, temprano— El Chato vuelve a verme.
No necesito más y asiento, Doña Lupe sonríe.
—¿Y no te vas a quedar a comer aunque sea? Mira que si comes, ¿Verdad? No vives nomás de aire y café—La miro un segundo y luego niego con la cabeza.
No llego a insistir o explicar. Me doy la vuelta hacia la camioneta mientras ellos siguen hablando entre si. Las voces se van alejando, pero el calor sigue igual, siempre esta presente el calor y el fuego.
Me quedo junto a la camioneta mientras bajo los costales. El metal sigue caliente, quemando a través de la tela de la camisa cuando me recargo un segundo. Abro la caja y el olor a maíz seco y frijol se mezclan con el aire del pueblo.
—Ahí le dejo esto, Doña Lupe—Le paso un costal pequeño y ella lo recibe con facilidad, como si no pesara nada.
—Bendito seas, Mateo. Esto me salva la semana—Llego a asentir y no digo nada.
Saco otra caja con chiles y el olor pica apenas en l nariz. La diferencia con el rancho es que aquí al menos algo huele a comida de verdad.
Mientras estoy acomodando las cosas siento una mirada que viene de la comisaría, una construcción simple y amarillenta con la puerta abierta. Y allí parado esta el Sheriff Gabriel Morales apoyando en el marco, observando. El siempre esta viendo como si el pueblo fuera un tablero y el estuviera contando piezas. Sigo en lo mío pero después de un rato escuche sus pasos y se detiene a unos metros.
—Mateo Navarro—Me limpio las manos ante el pantalón antes de voltear.
—Sheriff—
—Probabilidad de interacción necesaria—Lo dice como si estuviera leyendo un reporte en voz alta.
—Ajá—Me le quedo viendo un segundo y luego hay un silencio breve.
—Se ha registrado un aumento de 32% en actividad delictiva en un radio de 50 Kilómetros—Continua—Principalmente robo de transporte, presencia de células menores asociadas a narcotráfico—
El Sheriff habla como plano o sin emoción. Como si no fuera algo que pudiera explotar en la cara de todos.
—¿Ha tenido incidentes recientes en tu propiedad?—
—No—Mientras niego con la cabeza.
—¿Avistamientos irregulares? Vehículos desconocidos, personas ajenas al área o actividad nocturna atípica—
—No—De nuevo una respuesta corta. Pero el Sheriff asiente como si fuera una casilla más marcada en su lista.
—Eso es estadísticamente favorable— Se llega a cruzar de los brazos—El problema es la tendencia—
Claro, siempre hay un problema.
—Ya hablé con Don Ramiro. Mantiene control sobre el flujo de provisiones, nada fuera de lo esperado— Luego agrega—Padre Joaquín también está al tanto. Observación social estable y sin anomalías relevantes—
Lo escucho sin interrumpir porque ya se que no se va a detener de hablar.
—El siguiente punto del conflicto es el Conalep— Mientras voltea hacia los estudiantes que siguen saliendo en grupos.
—¿Y que quiere que haga yo?—
—Evaluando opciones—Mientras me mira fijamente.
—Se requiere gente de confianza, observadores pasivos e individuos que no llamen la atención—Eso suena peligrosamente a involucrarme más de lo que quiero.
—No creo ser alguien adecuado para eso— Menciono mientras el lo procesa unos segundos.
—Clasificación: Incorrecta— Antes de que diga algo más su mirada se nueve hacia otro lado.
Sigo la dirección hacia una morra que está parada no muy lejos. Enfocando la calle, la fonda y a la gente. Sonríe sola como si estuviera en otro mundo.
—Elemento disruptivo detectado— Dice el Sheriff con tono más ligeramente más tenso.
—¿Quien?—
—Valeria Torres—
La observo mejor y no parece peligrosa, nomás rara.
—Está generando contendió Vlogs tipo Aesthetic o Vintage— Pronuncia esas ultimas palabras como si fueran un idioma alienígena.
La morra gira el celular hacia ella, hace una mueca y se acomoda el cabello. Luego enfoca la calle como si hubiera algo importante.
—Riesgo potencial y exposición innecesaria. Difusión de ubicación, rutinas e infraestructura. Llega a grabar mucho—
Luego el Sheriff me vuelve a mirar.
—Si notas algo fuera de lo normal, lo reportas—
Llego asentir para que me deje en paz.
—Mantente atento— Mientras el Sheriff regresa a la comisaría como si nada hubiera pasado. Yo me quedo un segundo más mirando a la morra con el celular que sigue grabando como si este lugar fuera bonito o tuviera algo especial. No se que ve, yo solo veo polvo, calor y problemas acercándose lento.
Cierro la puerta de la camioneta, el metal vuelve a crujir bajo el sol y ya es hora de largarme de aquí.
