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El Corazón del Invierno

Summary:

"El Norte no olvida".
"El Norte no perdona".
y ahora "El Norte no abre sus puertas".

Fue lo que enseñaron hace tantos años en esa tierra que fue el hogar de Izuku antes de que el invierno más cruel de todos lo azotara. Un hogar del que huyó y al que ahora se ve obligado a regresar encadenado, en medio de un reino cubierto por la nieve donde todos lo ven como a un traidor y el rey quiere que pague con sangre sus pecados.
Su llegada resquebraja el hielo y muestra viejos secretos y nuevas amenazas en las que Izuku se ve involucrado.
Ahora debe encontrar la menaera de huir del más cruel de los inviernos, antes de que el frío del Norte le congele el corazón.

Notes:

¡Gracias por hacer clic!

¿Café, Té, Galletitas?

Por cierto este trabajo ha sido revisado por Alice.
¡Mil gracias por tu tiempo y paciencia!

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: El comienzo del Invierno I

Chapter Text

Cuando la primera ventisca fría del año le recorrió la espalda, supo que el invierno se adelantaría ese año. Quizás por eso su madre lo había enviado por provisiones, a pesar de que Izuku estaba bastante seguro de que no necesitaban provisiones para las provisiones. Pero su vida era simple, su madre ordenada, él obedece y se acabó el asunto. 

No era que se quejara, sinceramente había estado buscando una excusa lo suficientemente convincente para salir de su casa sin levantar sospechas y que su madre no hiciera un alboroto al respecto.

La tarea que le encomendó a su madre solo fue la excusa perfecta, primero se pasó por las afueras del pueblo, oculto entre el follaje verde de las hojas para recoger tantas hierbas medicinales como pudiera, y una vez que su canasta estuvo llena, fijó su rumbo a su siguiente parada. No era un camino largo, solo enredoso por el montón de curvas y arbustos que ocultaban el campamento. Olfateó un poco el aire en busca de algún peligro, pero sus sentidos no estaban completamente desarrollados. así que no obtuvo mucha información de ello, salvo el aroma a pato asado. 

Una vez estuvo seguro de que no había nadie alrededor, corrió a toda prisa hacia la ventana de madera de la carroza que tenía frente a él. Tocó solo un par de veces antes de que la madera se deslizara para abrirse y revelar ojos chocolate, llenos de un brillo infantil que lo recorrieron con sorpresa. 

– ¡Izuku! ¿Qué estás haciendo aquí? – Rody observó alrededor con una clara mueca de asombro. Entonces lo tomó por el cuello de su abrigo oscuro y tiró de él hacia el interior de la carroza. – Te van a ver, tonto, se supone que no te vería hasta que las estrellas se asoman, cuando no hay nadie.

– Lo siento, pude venir un poco antes ¿lo tienes? – Preguntó curiosamente el pecho, mientras observaba alrededor con ojos brillantes. El castaño sospechaba, evidentemente molesto con la visita repentina.

– Claro que lo tengo ¿Por quién me tomas? – Bufó, con un ligero toque de indignación que divertía a Izuku más de lo que lo molestaba. – Pero eso no es importante ¿Traes el pago?

Izuku ascendió con determinación y metió la mano a su cesto, buscando entre las hojas y las ramas que había recolectado antes de venir, las barras de chocolate que su madre hacía y que ocultaba cuidadosamente en la repisa superior derecha de la cocina. No tan bien ocultas, en realidad, mucho menos para un niño demasiado observador. 

Se las expandió al castaño que las tomaron dando pequeños saltos.

– El chocolate del Norte es el mejor. – Se rió el castaño mientras olisqueaba el chocolate envuelto en trocitos de tela color rojo. Se derritió un poco con el aroma e hizo ese sonido parecido a un arrullo que los Alfas suelen hacer solo cuando se sentían muy felices y cómodos, Izuku pió en respuesta, contagiado también de la alegría arrepentida. El castaño pareció notar la escena que estaba haciendo, por lo que se detuvo en seco, acomodó su postura y entonces se aclaró la garganta. – Supongo que un trato es un trato. 

Caminó hasta un cesto en la esquina. Metió la mano entre las colchas y de ahí extrajo algún objeto, mismo que le extendió envuelto en tela oscura.

– Está bien, Izuku, escucha, si te descubren dirás que lo robaste ¿de acuerdo? No tengo nada que ver en es…

El pecoso lo interrumpió, lanzándose a él de inmediato, le arrancó el paquete de las manos sin dejarlo terminar, y comenzó a sacar el interior. La pasta cubierta de cuero lo recibió, estaba un poco maltratada después de todo, seguramente había pertenecido a algún viajero. 

Lo hojeó de inmediato con un brillo intenso en los ojos, mientras daba brinquitos inquietos sobre el mismo sitio.

– ¡Ah, lo quería tanto! – Entonces se detuvo en una página que tenía un enorme mapa dibujado a todo lo largo de las dos páginas. -¡Guau! ¿De verdad este es el mundo entero?

Rody se sintió entusiasmado y se sentó sobre el piso para asentir firmemente. 

– ¡Lo es!

– ¿Y dónde estamos? – Rody le extendió la mano para pedirle el mapa, Izuku de inmediato se sentó a su lado para observar el libro. Sus hombros se tocaban, el peliverde estaba casi sobre el castaño, pero su cerebro no registraba los hombros tensos del contrario. – ¿Has estado en todos esos lugares?

– Estamos en el Norte. – El castaño señaló el dibujo de un castillo en la parte de arriba del mapa. – Por aquí, y no, no he estado en todos esos lugares, pero lo estaráé algún día, cuando sea capitán de un gran barco.

Los ojos de Izuku se iluminaron de nuevo, la emoción regresando a él con cada palabra que Rody pronunciaba. 

– ¡Eso suena increíble! Seguramente recorrerás todo el mundo y cuando lo hagas… – Su tono de voz bajó, hasta hacerse casi un susurro. – Por favor, asegúrese de traerme libros de todos esos sitios.

Sintió la mirada del castaño sobre él, fueron unos segundos de silencio antes de que él se aclarara la garganta.

– Podrías venir ¿sabes? La anciana de la manada recibió una visión, ella dice que los espíritus le revelaron que un invierno crudo y cruel, uno como jamás ha vivido el Norte, sumirá toda en un frío extremo, se impondrá sobre esta tierra como una maldición.

Izuku dejó que la sorpresa se dibujara en sus facciones, y avanzara muy lentamente.

– No sabía que creías en espíritus, Rody. 

– Pf, yo no ¿sí? la manada confía en esa mujer, dicen que nunca se equivoca, y yo no me puedo oponer. 

– Ya veo… ¿Cuándo comenzará la tormenta?

– Es difícil saberlo con exactitud, pero empezará pronto.

El pecoso observó por la ventana los copos de nieve que comenzaban a bajar suavemente del cielo y se posaban en el paisaje externo.

– Bueno, no se equivocó, la nieve se adelantó este año.

– No, Izuku, eso es solo nieve, ella dice que será una gran tormenta, que hará que el Norte cierre por completo, sin salir ni entrar, sumirá toda la región en tinieblas. Eso que ves ahí, es solo nieve. – Izuku seguía observando por la ventana, así que Rody suspir. – El Norte es muy cambiante, no en todos los sitios hay inviernos tan crudos, en las tierras del Sur, como Nayara u Okuro, por ejemplo, los inviernos son fríos pero jamás cae nieve.

– Suena caluroso.

– Lo es. – Rody se acercó tímidamente su mano hasta la de Izuku, y la envolvió entre las suyas con sumo cuidado. – Izuku… nosotros nos iremos en un par de semanas, los Alfas prefieren que estemos lejos antes de que comience la tormenta real. La manada decidió que iremos a uno de los reinos del Este… yo… – su voz se apagó un instante. – No sé cuando volveremos a venir al Norte.

La sonrisa de Izuku se desvaneció poco a poco, hasta convertirse en nada más que una mueca de tristeza. Rody se había convertido en su amigo desde el día en que lo encontró rondando cerca de la zona en que él recolectaba las moras y frambuesas. No había pasado mucho de eso, quizás tres meses, e Izuku ya sentía que era uno de sus amigos más cercanos. Así que saber que su caravana se movería, por quien sabe cuanto tiempo, removía cierta tristeza en él. 

– Está bien, sabes dónde encontrarme, aquí estará. – Izuki le sonó, tan cálidamente como pudo. – Cuando vuelvas, te preguntaré por horas sobre cómo es ese lugar al que viajaste, así que no tienes que preocuparte.

– Lo decía en serio. – Izuku cerró los labios y levantó una ceja en duda. – Lo de venir, la manada te adoptaría de inmediato, como hicieron con nosotros. – Sintió que las manos que rodeaban la suya se apretaban un instante. – Puedes ver todos esos sitios que quieres tú mismo.

El peliverde parpadeó, muy lentamente, y después susspiró, rompiendo el agarre del castaño, solo para verlo con una sonrisa suave.

– Todo lo que amo está aquí, no puedo dejarlo a mi madre, no puedo dejarlo a él.

La comprensión brilló en los ojos de Rody, quien suspiró en señal de derrota y relajó su postura.

– Bien, aún así, si cambias de opinión… – Con un movimiento tembloroso, tomó el libro de Izuku e hizo un pequeño círculo fácil de borrar sobre el puerto del Norte. – Nuestro barco saldrá de ahí en veinte días, justo antes del anochecer. Puedes pensarlo hasta entonces, tal vez. 

Izuku negó con la cabeza.

– Yo… no lo haré, pero gracias por considerarlo. – Izuku observó el círculo hecho con grafito, comenzando a encontrar forma en el mapa. 

Un copo de nieve se coló por la ventana y cayó sobre la mano del pecho. No pasó ni un segundo antes de que se derritiera ante la piel cálida del joven.

 – Deberías regresar. Tienes razón, el invierno se adelantó este año.

 

⁎⭑꙳⭒☪︎⭒꙳⁎⭑

 

Era la primera nevada del año, los copos blancos comenzaron a posarse delicadamente sobre las hojas de las plantas que llevaban en el cesto. Nadie esperaba que comenzaran las nevadas hasta el próximo mes, seguramente esto pondría de mal humor a su madre, ya todas las madres de la manada. Se mordió un poco la mejilla mientras apresuraba su regreso al pueblo.

Cruzó el puente y observó como el agua del río seguía fluyendo, quizás solo siga así unas cuantas horas más antes de que la temperatura siga bajando y bajando, hasta congelarlo todo, hasta que el lago que está junto al castillo olvidado del viejo rey se congele completamente y entonces puedan ir a patinar, como hicieron el año pasado, el año anterior a ese, y todos los demás.  

Apretó un poco más la cesta entre sus manos, bajó su gorro esponjoso para protegerse del viento cada vez más frío, decidido a ir a buscar a su madre y entregarle las flores, plantas y raíces que recolectó. Pero entonces sintió, en algún lugar de su interior, una especie de emoción cruda, como una explosión que llenó sus sentidos con emoción y adrenalina.

Se apretó el pecho, buscando reconocer la emoción arrepentida en su interior que no era suya, sino que venía de su vínculo. Una sonrisa se dibujó en su rostro al comprender. Observó a su alrededor y de inmediato corrió a toda prisa hacia la arena de entrenamiento. Esquivó a un par de personas que se pusieron repentinamente en su camino, pero no detuvo la velocidad, una pequeña nubecita blanca se dibujó frente a él con cada resoplido, pero no iba a detenerse ahora. 

La temperatura seguía bajando. 

Cuando por fin llegó a la valla de metal que delimitaba la arena, el cabello rubio fue lo primero que saltó a su vista. La sonrisa salvaje de Katsuki se extendió por todo su rostro mientras se enfrentaba a tres chicos que aparentaban ser mayores que él, quizás tendrían alrededor de dieciocho años, pero eso no parecía intimidar al rubio, que con espada en mano se enfrentaba a los tres con ferocidad. 

El sonido metálico de las espadas al chocar entre sí lo ponía nervioso, un movimiento en falso y el filo real podría causarle daño a Katsuki, pero aún así, dentro de él tenía la certeza ciega de que él podría superar cualquier cosa, podría derribar cualquier obstáculo y alzarse vencedor. 

Bakugou le dió un puñetazo a uno de los jóvenes que intentaba correr hacia él, un segundo chico intentó atacar por la espalda, pero el rubio pareció saberlo, porque se abandonó del camino del arma con un movimiento fluido, para después patearle el pecho y desarmarlo rápidamente con un giro en su muñeca.  

– Es joven y ya tiene ese talento en batalla, sin duda será general del ejército algún día, tal como predijo la anciana.

Izuku escuchó hablar a los mayores detrás de él, y una ola de orgullo le recorrió el pecho, porque por supuesto que él sería grande.

“Kacchan estaba destinado a la grandeza después de todo”. 

No pasó mucho antes de que los tres estuvieran desarmados y en el suelo, quejándose por haber sido derrotados por un niño de quince años. Los sabios tras Izuku aplaudieron lentamente y el corazón de Izuku se desbordó en orgullo al contemplar lo asombroso que era el rubio. 

Los aplausos más eufóricos venían de la zona donde parecía que todos los guardias del pueblo estaban sentados observando el espectáculo. Hacían un par de burlas al respecto de que ese niño podría derrotar a un par de ellos con una mano atada en la espalda, y aunque ellos se lo toman como chiste, Izuku sabía que podría hacerlo fácilmente.

Bakugou se detuvo en medio de la arena y se tocó suavemente el centro del pecho, solo para comenzar a buscar con la mirada a alguien entre la multitud.

El rojo y el verde se conectaron de inmediato, Izuku se puso nervioso porque, por supuesto, la repentina ola de admiración que burbujeaba en el pecho del pelieverde debía de haber sido filtrado por su vínculo hasta el rubio. Él le dio una de esas sonrisas ladinas que descubren sus colmillos Alfa e Izuku sintió que le revoloteaban mariposas en el estómago. 

Le hizo un gesto tímido con la mano a manera de saludo y el rubio apuntó a una de las compuertas de salida. Izuku se acercó de inmediato, comprendiendo el mensaje, y caminó rápidamente entre la multitud para ir al punto de encuentro.

Se escabulló rápidamente, era pequeño y flacucho después de todo, así que era fácil solo esquivar a los adultos que se interponían en su camino. No pasó mucho antes de estar en la compuerta, por la que Bakugou también se escabulló.

Izuku lanzó el cesto a algún lugar del pasillo y corrió para abrazar al rubio, saltando de inmediato a sus brazos, quién lo recibió cálidamente.

–¡Kacchan! – Dijo a manera de saludo mientras se frotaba en su cuello y ronroneaba ruidosamente. – ¡Estuviste genial! ¡Eres increíble!

-Izuku. –Se rió el rubio y enterró su nariz en el cuello del pecho, el aroma mezclado entre limón y manzana, refrescante, con toques dulces de algo parecido a un pay que su madre suele hacer de vez en cuando, calma sus nervios aún un poco disparados por la reciente pelea. – Creí que no vendrías.

– Puede que tal vez lo haya olvidado, mamá me envió a recoger raíces, el invierno se adelantó. – Bakugou lo puso de nuevo en el piso y se alejó para verlo a los ojos con un toque de enojo. – Pero me lo recordaste, pude sentir tu emoción por medio del vínculo. 

El rubio lo meditó un segundo y ascendió.

– También te sentí cuando terminó la pelea. Creo que nuestro vínculo se está haciendo más fuerte.

– Bueno, estamos creciendo. –Izuku le suena al rubio de nueva cuenta y él parece ver algo tras de él.

– ¿No se supone que esas raíces que están tiradas por el suelo son las cosas que tu mamá te encargó?

Izuku dejó de enfocarse en el rubio para observar hacia atrás y encontrar el desastre de flores, ramas y raíces regadas por el suelo. Se golpeó la frente a manera de reprimenda, y caminó hasta las cosas regadas por el piso. El rubio se acercó a él de inmediato y comenzó a ayudar a recoger las plantas.

– Gracias, Kacchan, mi mamá me va a matar si regreso con las manos vacías, ya sospechaba que iba a venir a verte directo en lugar de pasar a recoger las mil cosas que me pidió. –Le dió entonces la espalda, para comenzar a recoger flores que cayeron más lejos y siguió hablando en una ola de murmullos. – Seguro se alegrará cuando sepa que regresó antes de que la nevada comenzara.

Alzó la vista sobre su hombro ante el silencio del rubio, solo para ver lo que Bakugou sostenía en sus manos con particular asombro e interés. Su estómago se encogió con nervios al reconocerlo. 

Era el libro, abierto precisamente en las páginas que él marcó con un doblez. 

Antes de poder pensar en lo que estaba haciendo, se lanzó contra el rubio y le abandonó el libro de inmediato. Pudo ver la sorpresa en los ojos de Bakugou al notar su reacción exagerada.

– S-solo lo estoy cuidando. – El rubio entrecerró los ojos. –N-no es nada, solo me pareció interesante, pero lo regresaré esta tarde.

– Déjame verlo. – Respondió el rubio rápidamente y extendió su mano para quitarle el libro, pero el peliverde se escabulló de inmediato. –Nerd, hablo en serio, esa cosa apesta a ese Alfa de la caravana, a la que te pidieron explícitamente, que no te acercaras. 

– Todos están exagerando. – Izuku le mostró los dientes y Katsuki reprimió la necesidad de gruñirle de regreso. – Rody es un buen Alfa, no me haría daño.

– Oh, ahora lo defiendes.

Izuku rodó los ojos.

– Estás celoso y es todo.

– Tienes mi mordida en tu cuello, no hay nada por lo que ese bastardo pueda pelear.

– No soy un premio. 

El rubio presionó el puente de la nariz y susspiró muy lentamente.

– No dije que lo fueras. Digo que no estoy celoso de ese cabrón. Ahora, dame eso, quiero ver bien esa mierda que marcaste.

– No es importante.

– Te atreveré solo tres segundos, Izuku.

– Kacchan hablo en serio, no es importante en lo absoluto… 

– Uno – El rubio dió un paso en su dirección y el corazón de Izuku se detuvo un segundo al ver la convicción reflejada en esos ojos rojos que conocía mejor que a los suyos. -Dos. 

Definitivamente no debería haber disociado pensando en sus ojos, porque ahora ha perdido tiempo importante y está absolutamente…

Pasa solo un segundo antes de que el rubio le arrebate el libro y lo sujete de la muñeca para derribarlo. 

Bien, está acostumbrado a ver las cosas desde el piso, Kacchan lo empujó al piso muchas veces todos los años que estuvieron separados y peleando por estupideces que, honestamente, ya ni siquiera recuerda. 

Entonces vino el pensamiento fugaz de escapar. 

Apenas se ha movido un centímetro cuando un peso se arrepiente sobre su espalda lo mantiene inmovil contra el piso. Una pequeña tos lo invadió y al mirar sobre su hombro vigilaba al rubio sentado sobre él, con la mirada perfectamente tranquila mientras usaba a Izuku como un banco. Despreocupadamente, volvió a abrir el libro y recorrió con los ojos las páginas. 

– ¡Kacchan, quítate de mi espalda! – Gritó intentando arrastrarse fuera del peso del rubio, que ni siquiera lo estaba mirando, poniendo demasiada atención al libro.

– Me ofende que me escondas cosas.

– No te lo estaba escondiendo… es que…

– Qué extraño. – Lo interrumpió el rubio. – Me pareció escuchar un ruido.

– ¡¿Cuantos años tienes?! ¿¡Seis!? Fuera de aquí.

– No, no debe ser nada.

–¡Kacchan, voy a morderte si no te quitas, idiota!

– ¿Morderme? ¿Qué eres ahora? – Bakugou alzó una ceja, pero no abandonó sus ojos del libro. – Se supone que te vacunaron contra la rabia el año pasado.

Izuku le gruñó, de verdad le gruñó y trató de impulsarse de nuevo, pero Bakugou simplemente cambió de posición y se recostó como si Izuku fuera un sillón.

– ¡No soy un perro! Y no estoy jugando, tengo dientes, los usaré.

– Que miedo. – Dijo aún sin mirarlo y le acarició la cabeza con un par de palmaditas. – Tus pequeños dientes Omega no podrían ni pelar una mandarina.

– Voy a morderte el cuello para que sepas lo que mis dientes pueden hacer. – Izuku siguió retorciéndose como un pez fuera del agua bajo el rubio, que por fin lo miró.

– ¿Podrías dejar de moverte? Eres incómodo como la mierda. 

– ¡Voy a matarte, Kacchan!

– Seguro que sí, pero primero – Le giró el libro a Izuku, para que sus ojos verdes se encontraran de inmediato con la hoja marcada por él mismo. Un mapa extremadamente detallado del mundo entero se expande en las primeras páginas, solo para que con cada nueva hoja se desglose de manera más detallada sobre ciertos sitios. –¿Por qué mierda te dio esto ese idiota vagabundo?

Izuku se mordió los labios en una clara señal de “no va a decir nada”, y Bakugou rodó los ojos con un suspiro, solo para abrir el libro en la primera página.

– Como quieras, tengo todo el día.

– ¿Vas a quedarte ahí?

– A menos que respondas, supongo que sí.

– ¡Te odio! – Le gritó Izuku, pero Bakugou dejó de mirarlo de nuevo y comenzó a leer. Izuku siguió peleando, se retorció y gritó y chilló, pero ni siquiera sus fermomas Omega llenas de ansiedad y estrés lograron hacer que Bakugou se quitara. Al cabo de unos minutos, simplemente dejó de pelear y suspir. El rubio parece estar ya en la página número diez, tan inmutable como al principio. – Puede que se lo haya comprado…

– ¿A qué precio y dónde te lo entregaron? - Aún no lo mira e Izuku suspira.

– Puede que tal vez el precio haya sido el chocolate de mamá. Y puede que tal vez lo haya visto en el bosque para que me lo entregara.

– Buen intento, pero estás mintiendo. 

– Eso no es cierto.

– Izuku, puedo sentir tu nerviosismo a través de nuestro vínculo.

El pechoso suspira de nuevo y esconde la cabeza entre sus brazos.

– Bien… puede que me haya acercado a su caravana… – Eso sí parece llamar la atención de Bakugou, que por fin aparta sus ojos del libro para verlo a él, que evidentemente no quiere continuar con esa discusión. –...En el bosque…

Bakugou suspira y cierra el libro con un golpe seco.

– Izuku, no debes acercarte a las caravanas, es peligroso, mierda, no sabes quién carajo viaja ahí. 

- ¡No! No soy tan imprudente, no dejé que nadie más me viera, solo Rody sabía que iría a buscarlo.

Bakugou presionó el puente de la nariz y suspir. 

– Eso es peor, nerd. 

– Rody jamás me haría daño, Kacchan.

– O quizás eso quiere que pienses. 

– Kacchan, confío en él.

– Lo conociste hace tres meses.

– Y me ha mantenido en secreto. No había ningún peligro.

– Eso no implica que no haya peligro.

– Estás siendo paranoico.

– Y tengo razones, tú mismo has escuchado lo que los cabrones de las caravanas hacen con los pueblos.

– La caravana de Rody no viene a robarse nada.

– Izuku…

– Además, tengo tu marca, sé que sin importar que tan lejos me lleven, tú me encontrarías y regresarías a casa. 

A pesar de que no debería, una pequeña sonrisa se extiende por los labios del rubio. 

– Izuku… – Intento de nuevo.

– ¿Ves? Por esto no quería decírtelo, eres del tipo de Alfa que se molesta porque los omegas leen.

– ¿Qué mierda? – Bakugou suspiro y por fin se quitó de encima, la espalda del pecho agradeció de inmediata la pérdida de peso, y entonces una mano se extendió frente a él. Izuku la tomó sin dudarlo. – Izuku, escucha, no sé de dónde mierda sacaste esa estupidez, si quieres leer, hazlo, carajo, pero de verdad no debes acercarte a la caravana, son peligrosos, no sabemos de dónde vienen.

– Por eso son asombrosos, traen cosas de otras partes del mundo. 

– Y entiendo tus ganas de conocer el mundo, pero no sabemos si un Alfa peligroso puede venir con ellos. – Sus manos fueron gentilmente tomadas por las del rubio, quien las subió hasta su rostro para poner un beso sobre sus nudillos. El hizo gesto reír un poco al pecoso. – Si quieres conseguir libros, comida, o lo que sea, yo los conseguiré para ti, pero prometeme que no te acercarás a las caravanas. 

Izuku suspir, no es que sea ingenuo, sabe que el mundo es injusto, esa fue la verdad que aprendió cuando tenía cinco años, la edad en la que se presentan sus géneros secundarios con una serie de señales obvias y fáciles de leer.

Los Alfas, que desarrollan dientes más largos y afilados que el resto de los géneros secundarios, además de aromas que se intensifican, junto con el desarrollo de actitudes más protectoras y territoriales.

Los Betas, que no tienen aromas fuertes ni conductas ligadas a instintos más allá de concentración en mandas, cerca de Omegas o Alfas. 

Y por último, los Omegas, que desarollan dientes un poco más afilados que un Beta, y un montón de conductas como el hecho de que no desmantelan los nidos en los que crecen, a comparación de los niños que se presentan como Alfas y, en lugar de ello, los mantienen y cuidan. Los aromas se intensifican también y comienzan los celos.

En medio de todo ese sistema, por desgracia, los omegas están en el punto más bajo, es decir, ya no es una sociedad de salvajes, los Alfas no mantienen a los Omegas al cuidado exclusivo de los cachorros y como una especie de servidores. Los Omegas tienen tareas importantes como la agricultura, la elaboración de prendas, el desarrollo de las artes o el cuidado de animales como los corderos o los caballos. 

Así que no eran salvajes, pero tampoco eran exactamente una sociedad justa, los Omegas no tienen permitido leer, ni acercarse a las armas y deben, forzosamente, estar aparecidos con un Alfa antes de cumplir los veinticinco y tener cachorros antes de los treinta. La idea es mantener una tasa de natalidad estable oa la alza, así que los Omegas que no pueden tener cachorros son una gran deshonra y decepción. 

El rubio lo acercó a él y lo abrazó, el aroma de azúcar quemado, una especie de fogón con notas refrescantes inundó sus sentidos y lo sacó de inmediato de sus pensamientos, y en medio de la atención de Katsuki, no tenía caso preocuparse por eso, porque él, a sus quince años, ya está emparejado con el mejor Alfa que puede haber en el mundo. 

– Joven Bakugou. – Ambos rompieron su abrazo para observar al grupo de tres ancianos que se acercaban a ellos. – Le extendemos nuestras felicitaciones por el combate de hoy, es usted un joven guerrero muy prometedor.

El ambiente cómodo entre el Alfa y Omega se esfumó de inmediato. Izuku olfató a los hombres desde su escondido en el hombro de Bakugou, pero no encontró aromas Alfa u Omega, eran Betas. Uno de ellos, le extendió una mirada curiosa a Izuku, quien se mantuvo junto al rubio. 

– Son jóvenes para estar vinculados. – Dijo, sin un ápice de emoción negativa en su voz, más como un comentario vago. – Nos emocionaba ver al joven Alfa participar en la ceremonia de apareamiento al cumplir sus veinte. Veo que no será necesario, creo que ni siquiera tendremos que preocuparnos por su descendencia.

– Claro, seremos una gran familia algún día. 

Dijo Bakugou, e Izuku sintió que sus mejillas se calentaron con la promesa. Así que solo se escondió en el cuello de Alfa, ganándose un alarido de ternura y una risa suave de los hombres mayores.

Y así había sido siempre, habían estado uno al lado del otro desde siempre, así que cuando se presentó como Alfa y Omega, ni siquiera tuvieron que esperar a que el calor los golpeara en su adolescencia. Se habían marcado siendo niños, sin nudos ni líos de por medio, solo una ola de cariño llenando sus corazones una vez las lágrimas del dolor por la mordida se desvanecieron. 

Por supuesto, sus madres los castigaron por lo que se sentía una vida entera. Pero no había nada que hacer, un vínculo sellado no puede ser removido a menos que una de las partes muera, o que alguno de los implicados muerda o recibir una mordida de alguien más. Así que no pudieron hacer nada más que resignarse y esperar que los cachorros no crecieran odiándose. 

Lo cual sucedió, en especial cuando Katsuki descubrió su talento para la batalla y se le subieron los humos a la cabeza, mientras Izuku se negaba rotundamente a seguir los pasos de Omegas tradicionales, mostrando claro interés por las aventuras, las defensa y desafiando a Katsuki en todos los sentidos que pudiera. Afortunadamente, más allá de que pelearon a mordidas reales un par de veces, ninguna renunció al otro jamás. Así que aquí estaban, emparejados a la corta edad de quince años.

– ¡Bakugou! ¡vuelve aquí, aún no terminamos!

Gritó un Alfa de cabello oscuro desde la arena, Izuku lo reconoció de inmediato como Eijiro Kirishima, el mejor amigo del rubio.

– ¡No me presiones, pelo de mierda!

– Kacchan, no seas grosero. 

Bakugou suspiro frustrado, y de inmediato metió unas últimas ramas al cesto de Izuku para extenderselo.

– Bien, saluda a la tía de mi parte.

Sintió la mano callosa de Katsuki alborotar su cabello rizado, antes de darse la vuelta para regresar a la arena, pero antes de poder dar un solo paso para alejarse, Izuku sujetó su brazo y lo regresó solo apenas lo suficiente para poner un beso corto y pequeño sobre los labios del rubio. 

– Te veo más tarde, Kacchan.

Observó el suave rubor en las mejillas del rubio antes de reír y comenzar a caminar pateando suavemente la canasta entre sus piernas. No fue hasta que estaba cerca de cruzar la cuarta calle que notó el libro escondido entre las hojas que Kacchan había metido en el cesto justo en el último momento. 

El amor volvió a burbujear en su pecho intensamente, solo que esta vez se aseguró de enviar todo el amor posible a través de su débil vínculo. Después de todo, no había sido sellado en un celo, así que solo podía sentir vagamente destellos de emociones muy intensas del otro. Aún así, estaba contento con lo que llevaban, se sentía ansioso y emocionado por sellar su vínculo completamente, junto al alfa que amaba con cada parte de su ser, para poder estar el uno junto al otro, por el resto de sus vidas.

 

⁎⭑꙳⭒☪︎⭒꙳⁎⭑

 

Caminó hasta su hogar, pero no encontró a su madre dentro, así que lo más probable era que siguiera junto a las otras Omegas recolectando las fresas antes de que la nevada las arruinara por completo. Subió su bufanda hasta su nariz y fijó esta vez su rumbo hacia los campos alrededor del pequeño poblado. La vida en la ladera del reino era sencilla, a pesar del problema constante que era el ejército. Los guardias reales usualmente se metían con la gente del pueblo y les pedían dinero o comida, pero a pesar de las denuncias constantes, el rey no hacía nada para detener esa injusticia. 

Aún así, no era un problema demasiado grande, una vez que Bakugou fuera nombrado general del ejército, entonces eso se detendría y la vida sería completamente pacífica. 

Aunque si Bakugou iba a ser tan grande, Izuku necesitaba esforzarse para alcanzarlo, quizás le enseñaría a pelear, y él podría aprender sobre medicina para ayudar a sanar algunas heridas que ganaría con el tiempo. 

“Aunque Kacchan es genial, seguro nunca lo lastimarán”.

Su hilo de pensamiento se cortó de repente, un ligero aroma arrastrado por el viento erizó los vellos de su nuca y puso en alerta su sentido Omega medio dormido. Un aroma a angustia demasiado denso. 

Su estómago se revolvió con un mal presentimiento y, antes de pensar racionalmente, se encontró a sí mismo corriendo hacia los campos de cultivo.

El aroma a angustia y miedo eran cada vez más densos conforme se acercaba, y paralizaban su cuerpo con la necesidad instintiva de salir corriendo a buscar un Alfa, pero esa necesidad quedaba rezagada a segundo plano con el pensamiento firme de encontrar a su madre. Así que siguió caminando, siguió corriendo, aún cuando sentía que su corazón estaba por salir disparado de su pecho en cualquier momento. 

Se repitió a sí mismo que no debería ser nada, que no debería alertar al rubio por algo que seguramente es un mal entendido. Tienen una vida tranquila, de este lado del reino jamás pasa nada, no debe ser nada.

Pero al llegar a los campos no encuentra rastro de ningún Omega cerca. Solo pisadas que destruyen algunas plantas de fresas, solo cestos llenos de fresas lanzados al piso y el aroma a Alfa, demasiado denso, erizando sus sentidos con el claro mensaje de huida.

Entonces, en medio del caos de aromas de angustia y miedo de los Omegas, y el dominio de los Alfas, encuentra el rastro de rocío y petricor dulce de su madre Omega. Lo sigue de inmediato, enviando por medio de su vínculo con Katuski todo el miedo que puede, con la esperanza de que venga a buscarlo, y que traiga ayuda.

Apenas puede dar un par de pasos dentro del bosque cuando escucha un ruido a sus espaldas. Una mano ancha y grande se cierra de inmediato alrededor de sus labios, impidiéndole la entrada de oxígeno.

– Oh, menos mal que te encontramos, habría sido un problema que hubieras escapado y traído ayuda. – El aroma dominante que lo golpea aturde sus sentidos, su cabeza da vueltas con la necesidad de huir, y algo en su interior se agita dolorosamente, porque este no es su Alfa. Quien lo sostiene es un hombre, se da cuenta de inmediato por la imponente figura a sus espaldas. Sostiene fuertemente a Izuku por sus manos, impidiéndole cualquier intento de huida, pero eso no basta para detenerlo. No sé queda quieto, empuja al Alfa, se retuerce en un intento de liberarse, de gritar. 

Pero sin importar cuánto trate de empujar y jalar, el Alfa es mucho más grande y fuerte.

 –Está bien, cálmate.

La orden extrema sus huesos, pero en él no hay un solo destello que le ordene obedecer. No se detiene, su cuerpo la rechaza de inmediato, porque este Alfa no es su Alfa. Así sigue peleando mientras olas y olas de aroma angustiante llenan el aire.

– ¿Qué carajo se supone que estás haciendo? Haz algo antes de que alguien huela esa porquería.

Dice una segunda voz, Izuku apenas puede mirar sobre su hombro para ver a un Alfa atando una joven Omega de cabello rosa esponjado y desordenado, inconsciente, la reconoce vagamente como una de las omegas del pueblo. Entonces la lanza como un costal de papas al interior de una especie de carruaje viejo.  

Una caravana. 

Izuku empuja y pelea esta vez con más fuerza, ante la revelación, porque ya lo sabe, le han hablado de eso, es la razón por la que los Omegas no deben salir de los límites del pueblo.

Ha escuchado tantas historias de lo que ellos le hacen a los pueblos que devastan, es el único de lo que hablan en los templos. Es lo que hacen, toman, roban y se largan, y esta vez no es diferente. Se están llevando a los Omegas, seguramente aprovechando que los guardias están demasiado entretenidos con la batalla en la arena como para hacer su trabajo. 

Por supuesto que recuerda a los guardias haciendo chistes sobre cómo la joven estrella podría ganarles a todos. 

– Eso intento, pero no responde a mi… – Medita el hombre un segundo mientras Izuku siente sus pulmones arder con la necesidad de oxígeno. – No me digas que…

Solo pasa un segundo antes de que la mano del Alfa esté sobre su bufanda, y se el arranque con un movimiento rápido que a Izuku le revuelve el estómago, desde el fondo de su garganta gruñe al Alfa, que lo ignora deliberadamente. 

–Oh mierda ¿en serio estás vinculado? Eres un niño.

–¿Qué importa? Es un Omega, noquealo antes de que su Alfa venga a buscarnos. – Su voz, evidentemente ansiosa resuena en la cabeza de Izuku como una alerta roja, porque si se lo llevan…

La mano se liberó por fin y el joven jadeó desesperadamente por oxígeno, pero solo pasó un segundo antes de que el Alfa pusiera sobre sus labios un trozo de tela que apestaba. Izuku trató de alejarse de su agarre pero comienza a sentir el cuerpo entumecido y los párpados pesados. 

Esporas de un hongo que crece a las orillas de los ríos, provocan somnolencia o pérdida de conciencia dependiendo de cuánto tiempo se inhalan las esporas. 

Con renovadas fuerzas, Izuku se retuerce y pelea para quitárselo de encima, pero ya no hay absolutamente nada que hacer cuando su cuerpo deja de responder y siente su respiración cada vez más suave.

– Está bien, pequeño Omega.

Susurra la voz del alfa y le revuelve el estómago mientras se desliza poco a poco hasta la inconsciencia. 

Kacchan. 

 

⁎⭑꙳⭒☪︎⭒꙳⁎⭑

 

El sonido lejano de lo que parece ser llanto lo despertó. Cuando abrió los ojos la imagen que apareció frente a él era difusa, el peso de sus ojos le impidió ni siquiera tratar de enfocarla. La segunda vez que abrió los ojos, se encontró aún en medio de llantos apagados, pero la imagen sigue sin ser clara. La tercera vez, sus ojos se sienten más livianos y parecen haber quitado el algodón de sus oídos porque ahora puede escuchar el llanto de los Omegas que lo rodean con mayor claridad, y la imagen frente a él por fin se aclara. 

El sonido de guitarras y tambores son lo segundo que identifica, seguido del baile eufórico de Alfas que jamás había visto alrededor de una fogata. Algunos más beben grandes tarros de cerveza, otros cantan y se felicitan. Trata de moverse pero su cuerpo sigue adormecido, apenas puede intentar levantarse antes de notar que sus manos están atadas con fuerza a su espalda, y la tensión de las cuerdas ha adormecido ya sus dedos. Sacude un poco la cabeza para intentar quitarse los últimos estragos de la droga que lo adormece y entonces encuentra a su alrededor a otras y otros Omegas atados de pies y manos, que lloran y tiemblan, llenando el aire con una ansiedad y miedo Omega que hace que su estómago se revuelva.

Una sombra se alzó sobre él, oscureciendo brevemente la tenue luz del fuego. Izuku dejó de respirar. Su cuerpo se tensó, como si cada músculo reconociera el peligro incluso antes de que su mente pudiera nombrarlo. El aroma aceitoso, denso, como metal y grasa quemada, le llenó los pulmones. 

Esparto.

Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la cueva. Ese olor... no era su Kacchan. No era el aroma del azúcar quemado, no eran noches de juegos en una cabaña, no era la calidez que le calmaba el corazón. 

Era otro. 

Era una amenaza.

– No... no, no, no... – susurró apenas, y aunque tratado de retroceder, sus manos atadas no le respondieron. El pánico le subió al pecho y comenzó a paralizar sus músculos como agua helada. Mostró los dientes, más por instinto que por valentía, un gruñido bajo que le vibró en la garganta.

El hombre se rió.

– Qué valiente... para un Omega.

La mano callosa se cerró sobre su cabello y tiró hacia atrás. Izuku soltó un gemido ahogado, no solo por el dolor físico, sino por la humillación. Estaba vulnerable, atrapado bajo los deseos de cualquiera de esos Alfas.

“Kacchan, por favor...”

– Vaya, esos idiotas no mentían, de verdad estás marcado ¿no eres joven para eso? – El hombre pasó sus ásperos dedos por la cicatriz de la mordida y soltó una exhalación que era más una risa. – No importa, te la quitaremos pronto. 

Izuku le gruñó más fuerte, aún atado, aún molesto, le siseó y envió por medio de su vínculo con Katsuki todo el odio y miedo que sentía. Solo pasan unos segundos antes de que una convicción férrea le atraviese el pecho, como una explosión de calidez en algún sitio dentro de sí. La carrera de su corazón se tranquilizó un poco, y con ese destello de valentía, le escupió al Alfa que seguía observando demasiado cerca la marca. 

– Mi Alfa viene a buscarme antes que eso.

Los ojos del mayor brillaron con furia, se limpió el escupitajo de Izuku con el dorso de la mano, sin despegar sus oscuros de los verdes.

– ¿En medio de esta tormenta? – Sin ningún cuidado, tomó el mentón de Izuku y lo obligó a mirar hacia afuera. Donde el viento ruge y la nieve cae con una ferocidad cruda, y el pensamiento se aparece ante él antes de poder procesarlo. 

“Es imposible que haya alguien afuera.” 

Izuku reprime el instinto de sollozar y quejarse.

– Nadie los está buscando, y aunque así fuera, deben estar muertos ya.

Dice una voz diferente, en algún sitio a sus espaldas.

Izuku traga, contiene las ganas de contradecirlo, no puede arruinar el factor sorpresa que gozan los Alfas de su reino, no puede hacer nada que haga a sus captores sospechar que, en realidad, sí los están buscando, porque Katsuki jamás se quedaría de brazos cruzados si sabe que está en peligro. 

Antes de poder articular su siguiente pensamiento, recibe un golpe directo al rostro. Su mundo se mantiene girando mientras siente que el sabor metálico de la sangre le inunda el paladar. 

– El mundo tiene leyes sencillas, Omega. – Escupe la palabra, con desprecio y asco mientras el joven aún intenta ordenar sus pensamientos ante el golpe. – Los alfas proveen, protegen y mantienen a la manada a salvo. Los Omegas sirven a los Alfas y traen a sus cachorros para que la manada prospere, por tanto, los Omegas, como tú, muestran su cuello y se someten a los Alfas. 

Izuku chilla ante el dolor que azota su cabeza cuando el Alfa vuelve a tomar su cabello y tira hacia atrás, haciendo que latigazos de dolor recorran la columna de Izuku con la posición incómoda. 

– No pienso tolerar faltas de respeto de ningún Omega estúpido. – El miedo se filtra en él por medio de cada poro, seguramente su vínculo también está inundado de miedo, pero no puede pensar en eso ahora, cuando todo lo que quiere es que ese idiota lo suelte. – Creo que has tenido un Alfa muy indulgente si crees que puedes tener ese tipo de comportamiento ante un Alfa sin que haya represalias. Creo que necesitas una corrección…

– Idiota, está apestando todo el lugar con ese aroma a muerto. – Se queja un Alfa que se acerca con una cerveza en la mano. Izuku sabe que no huele a muerte, ni a nada que le parezca, pero es un omega marcado, otros Alfas lejanos a él podrían percibir un aroma parecido al azufre de cualquier Omega que ya tenga una marca. – Suficiente tenemos con la peste de todos los demás. Así que déjalo ya, por fin va a comenzar. 

El Alfa gruñe y suelta a Izuku con un empujón firme que hace al pecho caer sobre su costado, que jadea al ser liberado de la posición incómoda. 

El Alfa solo le dedicó una mirada por encima del hombro, antes de seguir a su compañero hacia donde el resto de los Alfas se reúnen junto a la fogata. Izuku respira entrecortadamente, tratando de calmar su corazón apresurado para hacerle saber a Katsuki que está bien. 

El recuerdo abrupto de su madre lo hace levantarse de inmediato, olisquea el aire, pero no encuentra ni un ápice de su aroma por ningún sitio, ni siquiera de su angustia que olía como a musgo y humedad, nada. Solo aromas y más aromas de otros Omegas en completo terror. Su ausencia aprieta su pecho con ansiedad que seguramente también está disparando por medio de su vínculo hacia Bakugou.

Observa a una Omega femenina, tirada apenas a un par de metros de él, es más grande, quizás estaría cercana a sus veinticinco, no la conoce, pero sabe que vive sola en una casa cercana al puente de piedra. Izuku se arrastra un poco para acercarse a ella, pero no puede hacer mucho con las manos atadas. 

– Oye, soy Izuku Midoriya, mi mamá ¿has visto a mi mamá? Inko Midoriya ¿la conoces? Estaba recolectando fresas también, pero no la veo por ningún sitio.

La omega giró su vista muy lentamente hacia Izuku, sintió que sus ojos miel recorrieron sus facciones detenidamente, la atención pudo haber hecho sentir incómodo al joven, de no ser porque toda la situación era mucho más catastrófica que cualquier mirada que lo escudriñaba.  

– Midoriya… – Repitió ella muy suavemente, casi como un susurro antes de que las lágrimas llenaran sus ojos por completo. – Lo siento… lo siento tanto… no pudimos hacer nada, solo querían a Omegas que pudieran criar cachorros. Lo siento, lo siento.

Repitió una y otra vez mientras bajaba la mirada y sus lágrimas manchaban la paja tirada bajo sus pies. 

– ¿Qué?...

– Bien, atención, todos. – El ruido de los Alfas en medio de su celebración se detuvo cuando un Alfa al centro de todos se levantaba con un tarro enorme de cerveza, era fornido y alto, quizás el líder de la manada debido a como los otros Alfas lo vitoreaban. – Fue un buen día de caza, les dije que si eran pacientes encontraríamos una abertura lo suficientemente grande como para poder tomar lo que queríamos justo debajo de sus narices.

Los Alfas se rieron y se burlaron, entre aplausos, tarros chocando y cerveza goteando. 

El Alfa levantó su mano y de inmediato todos volvieron a guardar silencio. 

– La manada prosperará de ahora en más ¡Gracias a todos por su paciencia y su confianza en mí! Yo siempre cumplo mis promesas, les prometí Omegas, y aquí están.  

Izuku sintió que iba a vomitar mientras el Alfa señalaba a los Omegas aún recluidos en el fondo de la cueva. 

– Traiganlos aquí, es hora de comenzar. 

Los ojos de los Alfas se posaron en ellos, el miedo le rasgó las entrañas con fiereza, pero no pudo correr, no pudo ni siquiera intentar huir antes de que las manos de algún Alfa lo tomaran por la nuca y lo arrastraran cerca del fuego. Lo obligaron a sentarse en seiza, con la mirada baja, y las manos atadas en su espalda. Junto a él, el resto de las Omegas secuestradas estaban en la misma posición. 

Izuku quería levantar la vista, pero tenía miedo de lo que podía encontrarse ahí observandolo de regreso. Ojos hambrientos. El miedo de los demás Omegas, mezclado con el suyo comenzaba a activar todos sus sentidos.

– Los premios de esta cacería son muy buenos, sin duda tenemos bellezas y… – Se detuvo frente a Izuku, para levantar su rostro por el mentón y analizar sus facciones. – Y bellezas exóticas. – Soltó su rostro con un empujón, y siguió avanzando, analizando al resto de las omegas. Izuku jamás se sintió tan agradecido de ser un Omegas macho, no eran tan comunes, así que por supuesto que su condición no había pasado desapercibida. 

El Alfa revisó a las demás omegas. Eran diez en total, sin contarlo a él. Los Alfas eran quince, los había contado apenas su mente comenzó a funcionar sin drogas. Quizás algunos fueran Betas, pero no lograba distinguir qué aroma venía de quién. 

El líder de la manada continuó.

– Pero premios a fin de cuentas. Sé que este tesoro es insuficiente para todos nosotros, y no quiero causar problemas entre la manada, sin embargo confío en que todos ustedes confiarán en que esto es solo temporal. – Las palabras no parecieron ser del agrado de algunos Alfas, que se gruñeron un poco entre ellos 

– Peleemos por el derecho a reclamar. – Dijo un Alfa joven, que miraba a todas las Omegas frente a él como si estuviera viendo trozos de carne. Porque eso eran los Omegas para todos los Alfas con un poco de poder, cosas que podían usar a su antojo. 

Los Alfas se mantuvieron en silencio.

– La manada no pelea. – Su voz firme resonó en la cueva. – La manada se apoya, así que, después de pensarlo unas horas, he decidido que los Alfas que más aportan a la manada tengan el derecho a reclamar al Omega que les plazca, como un premio a su entrega. 

El aroma extasiado de los Alfas le picaba la nariz a Izuku con asco, pero no tanto como las palabras de ese Alfa estúpido. 

– Comienzo yo, por supuesto, yo nos conduje hasta esta victoria. – Su sonrisa es burlona mientras algunos Alfas bufaban, sin estar convencidos, pero otros simplemente asintieron, completamente de acuerdo con el líder.

El corazón de Izuku martilleó en su pecho, sintiendo que el aire se le atascaba en la garganta mientras su estómago se revolvía con náuseas. Las Omegas a su alrededor sollozaron y rezaron a tantos dioses como recordaban.

El hombre empujó sobre el costado su enorme espada, que hizo ruido estridente al chocar contra la roca del piso, y se acercó de nueva cuenta a las Omegas atadas sobre el piso. Se detuvo delante de la primera y la olfateó, su aroma angustiado quizás fue el responsable de hacer que arrugara la nariz con asco, tomó su rostro por el mentón y lo levantó para verla directamente a sus ojos, seguramente rojizos por el llanto. El hombre dió una vuelta a su rostro hacia un costado y luego hacia el otro. Bajó la vista a su cuerpo e hizo una mueca.

– Demasiado delgado, no servirá para criar cachorros fuertes. – Soltó su rostro y caminó hasta la siguiente Omega, a quien revisó con el mismo escrutinio. – Apestas, vaya aroma de mierda.

Después de Izuku, que es fácilmente pasado por alto. 

– No me interesan los Omegas machos. Pero no te alivies, deberías rezar porque a alguno de mis hombres sí. No mantenemos bocas inútiles. – Dice cómo sentencia, pero Izuku siente que el enorme peso sobre sus hombros se alivia un poco. 

No es que tuviera un desapego a la vida, su vida era buena, pero prefería un millón de veces la muerte antes que vivir con esos Alfas. Había vivido hasta ese momento de su vida perteneciendo a Katsuki, y moriría perteneciendo a él.

Un olfateo a su costado le detuvo el corazón. La Omega a su lado, olfateada por el hombre corpulento se retorció incómoda mientras sollozaba y su angustia golpeaba a Izuku como un rayo. 

– Esto es mucho mejor. – Recorrió el cuerpo de la joven detenidamente con la mirada, y sonriendo ampliamente. – Elegí a mi Omega. 

- ¡No! ¡Por favor! – Gritó la joven mientras trataba de liberarse del agarre del Alfa, su cabello rosado y rizado se agitó salvajemente cuando ella trató de pelear.

– ¡Suéltala! – Gritó Izuku, mucho antes de pensar que estaba haciendo, se levantó, con una velocidad que había estado cultivando por años, solo apenas para derribar al Alfa con su cuerpo y alejarlo de la chica. 

Solo pasó un segundo antes de que los Omegas trataran de correr lejos del sitio, pero fueron detenidas de inmediato por el resto de los Alfas.

Izuku sintió unas manos que lo sujetaban, solo para ser levantado y recibir un revés directo al rostro. Su mundo giró y giró un momento antes de reubicarse, pero al instante siguiente sintió golpes sordos sobre el costado, en sus costillas y su estómago. Izuku tosió y trató de recuperar el aliento y, entonces, las manos que lo sujetaban lo obligaron de nuevo a sentarse en seiza, le tomó varios momentos salir del aturdimiento del dolor. 

Entonces, observe al Alfa líder levantarse lentamente. Sus ojos recorrieron a Izuku un instante y entonces, su risa sonora explotó en el lugar, pero el sonido solo hizo que el peliverde se pusiera tenso.

– Tú, Omega, de verdad quieres morir. Es la primera vez en mi vida que un Omega me derriba, que gran golpe a mi orgullo. – El líder lleva sus ojos al Alfa que sostiene a Izuku y sonríe. – Incluso reaccionó más rápido que tú, Fubuki, no te confiés, quizás este Omega te bastante el segundo puesto. 

Izuku observó sobre su hombro, solo para encontrarse al Alfa con el que había conversado cuando despertó, que lo sujetaba con demasiada fuerza por las muñecas y los hombros.

– Le enseñaré cuál es su lugar como Omega. – Dijo secamente, antes de observar los ojos verdes del joven, que estaban llenos de miedo. 

– ¿De verdad?... – El líder alternó la mirada entre ambos antes de sonreír ampliamente. – Seguro podrás con… esto. – Señaló a Izuku con la mirada, antes de volver su atención a la Omega que yacía aún en el piso.

– Observa bien. – Susurró el Alfa en el oído de Izuku mientras tomaba el cabello de su nuca y lo obligaba a mirar hacia el frente. Hacia la joven inclinada bajo el cuerpo imponente del otro Alfa. Izuku se retorció pero no pudo alejarlo, no pudo mirar en otra dirección mientras él se cernía sobre la joven, y descendía sobre su cuello con los colmillos al descubierto. – Es el futuro que te guarda. 

Su grito lleno de terror resonó por todo el lugar como un eco desgarrador. Izuku no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas al ver las pequeñas gotas de sangre manchar el piso, al ver al Alfa lamer cuidadosamente la herida que había abierto, como si no la hubiera obligado, como si no se la hubiera impuesto desde el principio. 

La manada atrás experimentó con gritos de alegría, y el llanto y la angustia de la Omega se hicieron mucho más fuertes.

– Y como el segundo al mando… Ahora tengo derecho a elegir a mi Omega. – Susurró contra su oído, su mano tocando su cuello para descubrir su hombro marcado. Izuku trató de empujarlo, de alejarse del toque que se sentía errático, sucio, pero la fuerza del Alfa sobre él era demasiada.

– ¡Aléjate de mí! ¡Yo tengo un Alfa! 

– Es una pena, seguro se molestará mucho cuando sienta su vínculo romperse. 

Los colmillos descendieron sobre su hombro.

Fue solo un destello plateado, un solo segundo del metal cortando el aire antes de clavarse sobre el hombro del Alfa, que cayó sobre su costado con un alarido de dolor. En la entrada de la cueva, los Alfas del pueblo de Izuku entraban a toda prisa con espadas en alto. Izuku buscó desesperadamente entre ellos, algo, un solo destello de cabello rubio.

Que encontré muy fácilmente.

– ¡Izuku! – El arco en su mano cayó al piso cuando se arrodilló junto a Izuku para abrazarlo y sostenerlo con fuerza. El aroma que siempre ha relacionado al fuego, un algo cálido llenó sus pulmones y, ese simple acto, calmó todos los nervios y la ansiedad que había crecido en su interior. – Por los Dioses, ¿estás bien? – Levantó su rostro en un movimiento rápido pero delicado, cuidadoso, mientras analizaba las marcas rojizas de los golpes que recibió en el rostro. 

En el pecho del pecoso burbujeó amor al ver a su Alfa preocupado por él, ignorando la batalla que se libraba detrás de ellos, que no debe ser nada de qué preocuparse. Un par de Alfas errantes no puede hacer nada contra miembros del ejército entrenados para matar. 

Izuku miró sobre su hombro y encontró a un grupo de Betas cortando las sogas de las Omegas. Después de dirigir su atención de inmediato al sitio en el que habían estado el Alfa y la Omega.

– Hay una… una chica que un Alfa marcó contra su voluntad. Deben ayudarla… ella… 

– Hola nerd, estás bien. – El tacto de Katsuki volvió a posarse sobre sus mejillas, y con ello volvió a concentrar su atención en él. Entonces sacó una daga atada a su cadera en un cinturón y cortó las sogas que mantenían atadas las manos del peliverde. El flujo de sangre que regresó al instante se sintió como un alivio para el pecho. –Vienen Betas de contención con nosotros, ellos se encargarán, tú ¿cómo estás?

Los ojos rojos vuelven a revisar su rostro detenidamente, está vez bajan hasta el cuello del joven, su vínculo sigue intacto. Izuku observa la desviación y toma las mejillas del contrario para conectar sus miradas. 

– Está bien, Kacchan, estoy bien. Llegaste justo a tiempo. 

Cuidadosamente, pasó su tacto por las mejillas del rubio, quien suspiró con alivio, antes de tomar las manos de Izuku y besarlas con adoración. 

Un ruido en el fondo de la cueva los sacó a ambos de su burbuja. El Alfa sostenía por el cuello a la Omega marcada, amenazandola con el filo de una daga, mientras ella trataba de quitarse de las manos de encima, un susurro sobre su odio y la Omega dejó pelear, no sin antes dejar salir un quejido de pánico. 

Izuku supo rápidamente que seguramente el Alfa había usado un comando para obligar a la Omega a dejar de pelear. 

– Kacchan… – Dijo entre dientes mientras se levantaba y daba un paso tentativamente hacia adelante. 

– No, está bien, Izuku, ya has tenido suficiente. – El tacto sobre su hombro lo detuvo, miró hacia atrás para encontrar la firme convicción de Katsuki, quien puso un beso suave sobre sus nudillos. – Quédate aquí, nosotros nos encargamos. 

Sus pasos silenciosos se alejaron de él, solo para acercarse a los Alfas al final de la cueva, donde, los soldados trataban de acercarse al único Alfa errante de pie. Sin embargo, la amenaza que significaba sobre la Omega los mantenía a raya.

– Todos ustedes, son unos Alfas idiotas. Vinieron aquí y asesinaron a mi manada solo por tomar eso que ustedes no se toman la molestia de reclamar.

– Y ahora vas a morir por esa elección, igual que ellos. Suéltala.  

Izuku se dirigió a su vista al Alfa que acababa de hablar. Aisawa, quizás el general de más renombre del reino, mantenía su agarre firme sobre el mango de su espada, esperando una sola distracción, un solo momento para invertir la situación. Observó al rubio perderse fácilmente entre la pequeña multitud, pero no le hizo falta mucho para saber que no lograrían salvar a la Omega si intentaban atacarlo directamente. 

Llevó sus orbes verdes hasta el arco y el cadáver olvidado de Katsuki sobre el piso de la cueva. Las ideas se conectaron en su mente rápidamente, y en un instante, encontró el arco tallado en madera sobre sus manos. Su respiración, temblorosa hasta ese momento, repentinamente se tranquilizó. 

Se escondió entre las rocas, pasó por la firme madera una flecha, enganchó el extremo de la delgada madera en el hilo y tiró. La cuerda se tensó, se tensó y se tensó en su mano hasta que no pudo hacerlo más. 

Controla tu respiración, Izuku. 

El recuerdo del aliento cálido en su oído tranquilizó los nervios sueltos que le quedaban. Porque él le había enseñado a disparar un arco, con sus manos siempre cálidas corrigió la postura de Izuku muchas veces. Él había elogiado su puntería muchas veces, una puntería que nunca fallaba, y esta vez, no sería la excepción. 

Así que apuntó al Alfa que sostenía a la Omega, buscó una abertura, un pequeño espacio que usar a su favor.

– Escuchen esto es lo que va a pasar, si quieren que la Omega sobreviva, nos van a dejar ir de aquí.

– ¿De verdad vas a matar a la Omega que vinculaste a ti?

– Dado que no me dejan otra opción, sí. El dolor de perder a una pareja recién vinculada no es tan doloroso.

– Parece que no entiendes la situación. – La voz de Aizawa resonó en la cueva como un eco, el Alfa contrario le gruñó de inmediato, pero el subgeneral lo ignoró. – No irás a ningún lado. Tu manada está acabada, no te queda sitio al cual regresar, así que solo entre. Será rápido.

El Alfa le gruñó al hombre pelinegro con fiereza, pero cuando las palabras del general parecieron permear en el cerebro del agresor, más allá de la necesidad de protegerse, susspiró con algo parecido a la derrota.

– Tienes razón, no me queda nada aquí, supongo que la muerte es, en realidad, piadosa para mi. – Reflexionó un segundo. – Pero aún así… – La hoja afilada de la daga cortó un poco de la piel de la joven, su quejido de agonía rebotó en los rincones más escondidos de la cueva. – Me aseguraré de que su victoria no sea completa en lo absoluto. 

Aizawa se movió un segundo después, pero ya era tarde, la hoja se enterró solo un par de milímetros, antes de que el zumbido de una flecha cortando el aire atravesara toda la escena en una fracción de segundo.

El quejido de dolor es lo siguiente que llenó el lugar, seguido del sonido sordo de un cuerpo cayendo sin fuerza sobre las rocas del piso. La flecha clavada justo en medio de sus ojos mientras pequeños riachuelos de sangre bajaban entre sus ojos.

La omega se dejó caer sobre el piso y presionó su cuello sangrante mientras lloraba y un Alfa cercano a ella, joven también, corrió directo a sus brazos para sostenerla. 

Los ojos de inmediato giraron hacía donde estaba Izuku, quien sostenía el arco aún como si acabara de disparar. 

Estaba completamente congelado, como si esperara, por un segundo, no haber dado a su objetivo. 

Pero lo hizo, y gracias a eso…

Una suave, muy suave sonrisa de alivio comienza a pintarse en sus labios, aunque sus manos tiemblan, aprieta el arco con orgullo, porque quizás, solo quizás, este podría ser el primer paso para que los Omegas comiencen a ser tomados en cuenta para la defensa.

Su sonrisa vacila en el instante en el que sus ojos se encuentran con los de Katsuki. Porque en ellos, no hay una chispa del brillo de orgullo, no hay una sola señal de alegría, por el contrario, su rostro está dibujado con un horror tan profundo que Izuku no puede reprimir el pensamiento de que ahora él lo detesta porque tomó una vida.

– ¡¡Izuku!! – Su grito desgarrado, cargado de pánico y miedo, lo golpeó solo un segundo después que la ola de terror que sintió por medio de su lazo.

 Pero es imposible que el rubio esté tan alterado por verlo asesinar. No es que quisiera hacerlo, pero es que esa joven…

Solo puede ver una sombra que se levanta sobre él muy lentamente. Se da la vuelta solo en un segundo, para encontrarse con los ojos oscuros del hombre que había intentado marcarlo.

No hay nada que hacer, apenas ve una fracción de plateado, del metal brillando contra la luz de la luna y la fogata encendida cuando un dolor ardiente, casi como fuego mismo, se abre paso entre sus entrañas. El dolor es tan paralizante que apenas puede mover un poco los labios para quejarse ante el dolor agonizante que le atraviesa el vientre.

– La próxima vez… asegúrese de que esté muerto… –

Entonces se deja caer como un peso muerto sobre la piedra, el charco de sangre que se había estado formando se expande rápidamente, e Izuku solo puede ver el filo de la hoja caer y hacer el ruido metálico chocante contra la piedra. Lleva una de sus palmas a su vientre y después la aleja un poco, al reconocer la sensación pegajosa y caliente de la sangre. 

Su mano, completamente teñida de rojo, fue suficiente para levantar de nuevo sus ojos a Katsuki, que corre muy lentamente hacía él, como si todo estuviera pasando muy despacio, como si se hubiera quedado atrapado en una fracción del tiempo. 

¿Era así cómo se sintió la muerte? 

Sintió que el equilibrio le fallaba mientras el mundo se distorsionaba a su alrededor. Se dejó caer sobre sus rodillas, y entonces el mundo volvió a correr rápido. Antes de que su torso tocara el piso, Bakugou ya lo tenía entre sus manos.

– ¡Izuku! No, carajo, no ¡IZUKU! – Gritó el rubio mientras comenzaba a ejercer presión sobre la herida abierta del pecho. El hizo gesto que Izuku emitiera un muy suave gemido de dolor. – ¡Mierda, mierda! ¿Quédate conmigo? ¿Si? No dejes de mirarme.

Pidió de nuevo, con una voz tan frágil que Izuku sintió la necesidad de abrazarlo porque, dioses, sonaba casi como… roto.

– Kacchan

– Está bien, nerd, estoy aquí, no voy a irme, así que tampoco te vayas.

Sus párpados repentinamente comenzaron a sentirse pesados, y de un momento a otro, comenzó a sentirse cansado. Su cabeza comenzó a llenarse de una estática cómoda, y entre ello comenzó a pensar que seguro no importaría si se tomara solo un minuto para dormir.

– No, no no, por favor, no me dejes, no puedo hacer esto sin ti. – Dijo de nueva la voz del rubio, que sentía tan llena de miedo. Las feromonas de ansiedad Alfa llenaron sus pulmones en un instante. – Por favor, quédate. 

Pidió el rubio de nuevo, muy suavemente, pero Izuku solo encontró fuerzas para darle una pequeña sonrisa.

– Te amo.

Dijo, su voz débil, mucho más débil de cómo se sentía en la realidad, pero no encontró fuerzas para repetir sus palabras.

– Yo también te amo, nerd, quiero pasar el resto de mi vida persiguiéndote, así que por favor, por favor, quédate a mi lado. 

La próxima vez que Izuku parpadeó ya no encontró fuerzas para abrir sus ojos, su oído se volvió torpe, así que poco a poco dejó de escuchar la voz aterrada de Katsuki que le suplicaba una y otra vez que se quedara con él.

Pero Kacchan no tenía que suplicar para eso. Izuku se quedaría a su lado, persiguiéndolo cada día, cada minuto de su vida, por el resto de sus vidas.