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NUESTRA VIDA PRIVADA
INTRO
"Lo que somos"
Para todos, Sasuke Uchiha era un hombre silencioso.
Reservado, distante, severo incluso cuando no pretendía serlo. Había en él una quietud difícil de atravesar, una manera de mirar el mundo como si todo estuviera siempre a punto de fallar. Sus palabras eran escasas, sus gestos medidos, y su presencia tenía esa clase de peso que hacía que otros bajaran la voz sin saber por qué.
Para todos, Sasuke era frío.
Por eso no podían evitar compadecer un poco a la delicada esposa que caminaba en silencio a su lado.
Pero ella no parecía triste.
Amable y callada como era, nadie podía decir con certeza cómo era su vida. Y difícil les habría sido imaginar la verdad.
Sí. Hinata formaba parte de un matrimonio concertado. Aquella decisión, en la que no había tomado parte, había tenido un desenlace inesperado.
Lenta y calladamente, se había instalado en su vida de casada para cumplir con su deber. Calma y pausadamente, había empezado a ser feliz.
Quizá por primera vez en su vida.
Para Hinata, Sasuke era el hombre que entraba a casa sin hacer ruido para no despertarla si la encontraba dormida sobre la mesa. El que recogía la manta caída de sus hombros y la acomodaba con cuidado sobre su espalda. El que fingía no haber notado cuando de vez en cuando todavía tartamudeaba. Y el que procuraba guardar la calma cuando la veía sobresaltarse.
Entre pequeños gestos, torpezas dulces y miradas suaves, su vida florecía.
Viñeta 1
"Torpezas dulces"
La primera vez que ocurrió, el cristal se rompió contra el suelo con un sonido breve y cruel.
Hinata se quedó inmóvil.
El agua se extendió bajo sus pies y, durante un instante, no miró el desastre sino a Sasuke. Sus ojos se abrieron con ese terror aprendido demasiado pronto por quienes crecieron bajo miradas severas.
—Lo siento —dijo de inmediato—. Yo... no quise... lo siento mucho, Sasuke-kun.
Escuchó sus pasos acercarse al mismo tiempo que ella se inclinaba para recoger los pedazos. Sintió el roce de su túnica junto a su brazo antes de alcanzar el primer fragmento.
—Hinata.
Su voz fue baja.
No severa.
No cansada.
Solo suya.
Se había arrodillado a su lado con presteza silenciosa. Ella levantó la mirada, todavía con las manos suspendidas en el aire.
Sasuke tomó sus muñecas con suavidad.
—No lo recojas con las manos.
—Pero yo...
—Es un vaso.
Hinata parpadeó.
Él la miró como si estuviera explicándole algo importante.
—Solo un vaso.
Y eso bastó.
O casi.
Porque Hinata todavía parecía a punto de disculparse otra vez, así que Sasuke soltó una de sus manos, apartó un mechón de cabello de su mejilla y depositó allí un beso breve. Uno tan ligero que no habría sido nada para cualquiera, pero para ella fue una lámpara encendida en mitad de una habitación oscura. A veces hacía eso: la besaba inesperadamente, aquí o allá, y luego actuaba como si fuera algo sin importancia.
—Ve por un paño —murmuró—. Yo recojo esto.
—Pero...
—Ve. Por favor.
Ella obedeció.
Y mientras buscaba el paño, con las mejillas tibias y los ojos llenos de esa vergüenza que lentamente se derretía, Sasuke recogió cada pedazo de cristal como si en verdad no importara.
Como si nada se hubiera roto.
Como si lo único importante en aquella cocina fuera recordarle que estaba a salvo.
***
También ocurría con cosas más pequeñas.
Hinata giraba sin darse cuenta de que él caminaba trás de ella y le pisaba un pie. O se tropezaba con la esquina de la alfombra con una bandeja en las manos. O chocaba suavemente contra su hombro al intentar pasar por un pasillo demasiado estrecho.
—¡Lo siento! —decía siempre, alarmada.
Sasuke la sostenía antes de que la disculpa terminara de salir de sus labios.
A veces solo le tomaba el codo. A veces la rodeaba por la cintura. Una vez, cuando ella casi perdió el equilibrio con una cesta de ropa limpia en brazos, él la levantó sin esfuerzo. La levantó entera y la llevó en brazos durante medio camino.
Hinata se quedó rígida, roja hasta las orejas.
—Sasuke-kun, está bien, puedo caminar...
—Pero casi te caes.
—P-pero no me caí.
—Porque te sostuve.
Ella siempre quedaba sin palabras. Sentía que no era ese el Sasuke con el que había crecido.
No era como imaginaba que sería.
Y eso la aliviaba. La hacía feliz.
Escondió la cara contra su hombro y se rió bajito.
Ese Sasuke, el suyo, la sostuvo un segundo más de lo necesario antes de decidirse a bajarla.
—Yo llevaré esto.
Le quitó la cesta de las manos. Ella quiso protestar, pero él se apresuró a caminar delante de ella.
Nadie habría imaginado que también él, ese Sasuke Uchiha, el de Hinata, sonreía mientras su esposa se esforzaba por darle alcance.
