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Cita en el Bernabéu

Summary:

Después de la lesión de Jude, el mundo de Franco se detiene. Entre la falta de minutos y los celos, la frustración se materializa en una tarjeta roja. Pero bajo esa rebeldía hay un plan. Una invitación al palco del Bernabéu marcará el límite entre la posesión y el deseo.

Notes:

Publicado el 20 de marzo, es una recopilación de cosas que fui uniendo con un poco de ficción y mucho delirio.

Work Text:

Siento el aliento húmedo de Jude recorriendo la extensión de mi cuello, la suavidad de sus labios, la ansiedad de su boca y la voracidad de su lengua acariciando la mía. Sus manos presionan mi cintura mientras las mías acarician su nuca a un ritmo acompasado.

Percibo el frío de la pared del baño a través de mi ropa y la calidez de sus dedos, que se deslizan por debajo de mi campera de cuero y van más allá de la remera de algodón hasta llegar a rozar la piel de mi espalda baja. Mi piel se eriza al primer contacto. Nuestros cuerpos se unen involuntariamente, como guiados por una fuerza magnética, a medida que los besos se vuelven exigentes, en busca de una mayor proximidad.

Estamos en nuestro propio mundo, donde nada más importa, donde dominan el anhelo y la urgencia física que nos desborda, donde el lenguaje se traduce en caricias, besos y abrazos. Donde lo único que escucho es mi respiración entrecortada, los jadeos de Jude y el sonido que hacen nuestros labios al fundirse. Sin embargo, a través de la puerta del baño escucho el murmullo del estadio afuera. El sonido me transporta a ese día donde sentí que mi corazón, por un instante, se detuvo.

Di un pase largo al que Jude no llegó, ni siquiera pudo correr. Se detuvo de golpe con la mano detrás de su muslo izquierdo y se sentó. Estaba de espaldas, no pude ver su rostro, pero adivinaba que había en él una mueca de dolor.

Me acerqué despacio, sin aire en los pulmones, con una pesadez en el pecho y conmovido por sus lamentos y gestos de incomodidad. Los médicos ya estaban allí. Durante el calentamiento ya me había dicho que tenía una molestia, pero no pensé que fuera tan grave. Se veía mal, profundamente angustiado, y yo sentía una impotencia que iba en aumento. No sabía qué más hacer ni de qué manera ayudarlo, así que solo acaricie su espalda y apoyé mi cabeza sobre él. Internamente, esperaba que no fuera nada, solo una sobrecarga.

El ruido del exterior se vuelve cada vez más ensordecedor. Jude me besa el cuello y luego se detiene, toma mi rostro con su mano, me mira fijo, sonríe, me da un último beso y luego dice:

—Creo que el segundo tiempo ya comenzó. ¿Vamos?

Lo contemplo, respira con dificultad, sus labios están rojos. Los acarició con la yema del pulgar y asiento sin muchas ganas. Lo que menos quiero es ver un partido contra el Elche. Acomodo mi ropa mientras le digo:

—¿En serio me vas a dejar así? Vamos, pero solo si venís a mi casa más tarde. No te hagas el boludo.

Sonríe una vez más y salimos. En el palco hay más gente, amigos y conocidos de Jude. También está su mamá, acaba de llegar. Observo a Jude y veo felicidad en su rostro, después me mira y pasa su brazo izquierdo alrededor de mis hombros mientras me conduce hacia donde ella está sentada. Ella sonríe al verlo y se levanta a saludarlo. Luego, él manifiesta:

—Fran, ella es mi mamá, Denise. Mamá, él es Franco.

Ella me mira, sonríe y se acerca a saludarme con un abrazo, como si supiera quien soy. Le devuelvo el abrazo contento, sorprendido y agradecido de que Jude no me presente como su "amigo", porque definitivamente somos mucho más que eso.

Segundos después nos sentamos. Hay una multitud alrededor, pero para mí solo estamos nosotros, uno al lado del otro. Mi hombro está a centímetros del suyo, mi pierna derecha rozando su rodilla. Por momentos, doy miradas furtivas en su dirección mientras giro los anillos de mis dedos, inquieto. Su rostro está serio y parece concentrado, está cada vez más cerca, invadiendo mi espacio. Me doy cuenta de que no está enfocado en el partido por la manera en que acaricia de forma distraída su barba. No me puedo concentrar en nada con Jude al lado mío. No puedo soportar la ansiedad, la expectativa de lo que vendrá después. No veo la hora de que termine el partido.

Apenas escuchamos el pitido final, salimos volando. Jude va adelante, con el rostro imperturbable pero yo sé que en realidad está ardiendo de deseo. Bajamos por el ascensor, hay guardias e hinchas alrededor. Cuando llegamos a una de las plantas intermedias hay una chica grabando con su teléfono. Se ve emocionada por ver a Jude, pero a la vez cohibida, no se acerca, solo graba y murmura que lo ama. Jude pasa a su lado, la mira y esboza una pequeña sonrisa. Yo voy por detrás atento a cada gesto, a cada comentario. Conozco esa reacción: cada vez que le digo algo lindo se pone así de tímido. Me gusta que lo halaguen, pero Jude es mío.

—Es guapo, ¿viste? —le digo mientras paso por delante y giro un instante para mirar a la chica con una sonrisa juguetona, pero marcando un límite, como diciendo: este morocho hermoso me pertenece. 

Salimos del ruido del estadio y caminamos por el estacionamiento hasta donde está ubicado el auto de Jude. Subimos y nos dirigimos hacia mi departamento. Jude conduce y le digo:

—Sos todo un galán, ¿eh? Las tenés a todas locas por vos.

Jude me mira, sonríe y luego pregunta:

—¿Qué? ¿De qué estás hablando?

Le doy un pequeño manotazo en el estómago mientras expreso con una sonrisa en los labios:

—¡Qué te hacés el humilde! La chica del estadio te quería comer con los ojos.

Jude me observa incrédulo, hace una mueca y suelta una risa corta:

—Tampoco te quedas atrás.

Lo miro perplejo y pongo cara de "no sé de qué estás hablando".

—¿Yo?

Jude me mira y dice, medio en serio, medio en broma:

—Si, mientras yo me esforzaba por volver, andabas abrazado a todos.

Lo contemplo con detenimiento. Internamente disfruto este momento. Está celoso, pero no lo quiere admitir, así que decido seguirle el juego.

—Jajaj, ¿en serio me decís eso? ¿A ver? ¿A quién?

Levanta una ceja, hace una mueca y dice:

—Uff tengo una lista: Brahim, Militao... incluso te vi charlando con Trent.

Me río, lo miro fijamente y luego suelto como al pasar, pero con algo de duda:

—¿Trent? ¿Y te molesta?

Puedo percibir la tensión a través de la presión que ejercen sus manos sobre el volante y de la mirada fija hacia adelante. Después de unos segundos, responde serio:

—No me importa Trent. Sino tú.

Vuelvo la vista al frente, siento un gran alivio y pienso: "Por fin, Trent ya es parte del pasado". Vuelvo a sonreír y le doy otro golpecito en el abdomen.

—Bueno, che. Estaba solo, ¿qué querías que hiciera? Solo estábamos jodiendo y pasando el rato.

Veo por la ventanilla el movimiento nocturno de la ciudad mientras el auto sigue su recorrido y escuchó su voz sería que responde con un escueto.

—Bueno.

Lo vuelvo a contemplar y su rostro ya no muestra esa sonrisa traviesa ni esos gestos divertidos de hace unos minutos.

—¿Estás enojado? —pregunto a propósito, sabiendo la respuesta.

—No —dice mientras sigue con la vista enfocada en el parabrisas.

Lo observo atentamente y luego me acerco a su cara y depositó un beso en su mejilla, mientras presiono levemente su muslo.

—Dale, no te enojes. Nadie se compara a vos.

Cuando llegamos a mi departamento, subimos casi corriendo por las escaleras, demasiado ansiosos como para esperar la velocidad del ascensor. Entramos de forma atolondrada, tropezando con los muebles y tirando algunas cosas al piso hasta llegar a mi habitación. Jude dice que no está enojado pero puedo sentir restos de su ira, de sus celos y de su posesividad a través de los movimientos bruscos que hace mientras me quita la campera y la arroja lejos, mientras introduce su lengua desesperadamente dentro de mi boca y me reclama como suyo.

Esa desesperación era la misma que sentí después de su lesión. Desde ese día todo se volvió más difícil, el tiempo pasaba y Jude no volvía. Seguía trabajando de forma diferenciada.

Sumado a eso, los partidos se sucedían y Arbeloa no me ponía ni cinco minutos. Y encima, tenía que soportar ver a Jude en el palco, sonriendo despreocupado y rodeado de personas que yo no conocía. Todo era un desastre, parecía que todo lo que habíamos construido se había desvanecido, todo se había ido a la mierda. Hablábamos por teléfono, pero no era lo mismo, siempre parecía ocupado, nunca tenía tiempo para mí.

Ahora tenemos toda la noche para nosotros y no pienso desperdiciar ni un minuto. Bajo el cierre de su campera deportiva y se la quito, nuestras bocas siguen en contacto. Nos separamos por unos segundos mientras yo levanto su remera para dejar su torso atlético al descubierto. Cuando vuelvo a sentir la suavidad de sus labios sobre los míos, le doy un pequeño mordisco a su labio inferior mientras sus manos tiran de mi cintura y acercan mi cuerpo al suyo. Alejo mis manos de su rostro y lo empujo con fuerza hacia la cama, mientras me saco la remera blanca y me coloco encima de él. Mi boca busca la suya, reclamándolo y descargando sobre él todo el despecho acumulado.

Esa sensación no se comparaba a la frustración que descargué contra el árbitro en el partido contra el Getafe. Fui a reclamar algo, él entendió cualquier cosa y me expulsó. Estaba confundido, intenté explicarle, pero no me escuchó. La bronca me desbordó, salí furioso y puteando de la cancha. Después me enteré de que me dieron dos fechas estaba enojado porque me parecía injusto, pero, por otro lado, era una oportunidad para pasar más tiempo con Jude.

En retrospectiva, si, quizás me había hecho expulsar a propósito, pero mis actos no tuvieron una reacción inmediata. Entonces, recurrí a otro plan. Si Jude podía pasar tiempo con quién quisiera, ¿por qué yo no? Mi cercanía a Brahim y a Militao era genuina. También el comentario que había dejado en la publicación de Pitarch, pero sabía que Jude era celoso y que esa cercanía y esos detalles con los demás le molestaban, aún así, lo hice. No me dijo nada y yo tampoco le envié ningún mensaje.

Pero justo antes del partido de local contra el Elche, me dijo que fuera al palco con él. Ni siquiera me pregunto, no fue una invitación, sino una exigencia. Me quería a su lado y eso era exactamente, lo que yo quería.

Esa misma sonrisa de satisfacción delinea mis labios ahora al sentir la presión de su entrepierna, la urgencia de su deseo debajo del mío. Sus manos cálidas sobre mis caderas mientras aplastan mi cuerpo contra el suyo en busca de más cercanía. Siento cómo la excitación se acrecienta, el calor que emana nuestra piel, y ese hormigueo que recorre mi sistema y tensa mis músculos.

Mi mano izquierda está apoyada en la cama, a un lado de su cabeza, y la otra presiona levemente su cuello mientras profundizo el beso. Percibo que sus caricias van aumentando su intensidad, recorren la extensión de mi espalda y se deslizan hacia la parte baja y más allá.

—Me gustas mucho, boludo —le susurro entre beso y beso, mientras descargo el peso de mi cuerpo sobre el suyo.

—Fran... —dice Jude al mismo tiempo que me sujeta el rostro con su mano.

—¿Qué? —expreso a centímetros de su boca. Intento zafarme de su mano para seguir depositando besos en sus labios, pero no me deja.

—Dime que eres mío —exclama con una voz grave. Sostiene mi rostro con firmeza y fija su mirada en mis ojos. Lo miro atentamente mientras sonrio, y luego muerdo mi labio inferior.

—Sabes que es así, soy tuyo. Y vos sos mío.—respondo para que le quede claro.

Sin embargo, la mueca seria de su rostro no desaparece. Me sigue mirando concentrado y agrega:

—No te quiero ver ni con Brahim ni con nadie.

Una sonrisa se dibuja en mi cara. Beso la palma de la mano que tiene sobre mi mejilla, luego le doy un pequeño mordisco y le digo:

—Celoso de mierda. Hago lo que quieras, pero no me vuelvas a dejar solo.

Sonrie satisfecho y me deja continuar con lo que estaba haciendo. Lleno su rostro y su cuello de besos mientras mis manos dejan caricias en su pecho, estoy mucho más distendido sabiendo que él siente la misma desesperación cada vez que no estamos juntos. Su necesidad va en ascenso y la avidez de su boca se intensifica. Su deseo repercute en mi cuerpo, la sangre fluye como hierro fundido por mis venas y la presión que siento a través de la tela del pantalón ya me resulta insoportable.

Me levanto de la cama para quitarme el resto de ropa que todavía llevo mientras él hace lo mismo desde el colchón. Noto su mirada hambrienta recorriéndome y esa sonrisa pícara que me vuelve loco. Me saco la última prenda y se la tiro, él la esquiva con una carcajada.

Regreso y me coloco encima de él. El contacto con su piel me quema. Su cuerpo, debajo del mío, se siente suave y firme al mismo tiempo. Cierro los ojos ante este placer tan intenso, percibiendo sus manos sobre mi torso, sobre mi cintura, sobre el borde de mis caderas, son diestras, maravillosas, perfectas. Siento la mirada de Jude concentrada en mi mientras nos movemos al unísono. La pasión que sentimos se refleja en el vaivén de nuestros cuerpos, en los sonidos que hacen eco en la habitación. Esa cadencia controlada se vuelve brutal hasta que no podemos más y nos dejamos llevar al mismo tiempo. Me siento completamente feliz y se lo digo, se lo hago saber mientras me acurruco en su pecho.

Después de esa noche, viajamos hacia Manchester para disputar el partido de vuelta por la Champions. Al principio tratamos de mantener una distancia prudente, pero es inevitable que nuestros cuerpos se junten, qué mi mirada no se cruce con la profundidad de sus ojos.

En el entrenamiento previo al partido, estoy en el campo de juego, aunque todavía no comienza el calentamiento porque estamos esperando que todos estén aquí. Brahim y Lunin están cerca mío, hablando sobre la duración del vuelo y la calidad del hotel, los escucho y luego dirijo la vista hacia la entrada del túnel y veo que Jude se acerca. Se ve hermoso como siempre. Intento desviar la vista, este es un partido importante y necesito enfocarme, pero él es magnético y está caminando hacia mí. Apenas llega, me abraza y yo hago lo mismo, mis manos van directamente hacia su cintura, como si fuera su lugar habitual. Percibo su perfume, el aroma de su piel, y veo la calidez de su sonrisa y la veneración en su mirada.

Se queda allí, entre Brahim y yo. Noto el peso de su cuerpo sobre mis hombros mientras se apoya en mí, sé que no hace eso porque sí, está marcando el territorio de alguna manera. Siento su tensión en la seriedad de su rostro, así que me doy la vuelta y le sonrio, para que se relaje, él baja la mirada e imita mi gesto.

El resto de las horas pasan así: pegados uno al lado del otro, todo el tiempo.

Después de semanas, salimos a hacer el reconocimiento del campo de juego juntos. El anterior contra el Benfica, con Jude al teléfono, no contaba. Siento las lentes de las cámaras sobre nosotros, pero no me importa, quiero pasar tiempo con él y disfrutar este momento sagrado. Lo miro continuamente y sonrió, estoy seguro de que se nota mi cara de enamorado, pero no puedo fingir que no me pasa nada cada vez que lo miro. Jude sonríe, me mira de reojo y, cada vez que me habla, se acerca más y más con la excusa de que quiere que lo escuche a pesar del ruido del ambiente.

El regreso a Madrid en el avión se siente como un sueño hermoso pero demasiado breve. Tratamos de disfrutar cada instante, lo siento como la calma después de la tormenta. Como cuando te despertás satisfecho de una buena siesta, como un sorbo de mate amargo después de un día complicado. Con esa tranquilidad transitamos el viaje: yo con la cabeza apoyada en su hombro, él con la cabeza levemente inclinada sobre la mía.

—Así que "sweetheart", ¿eh? —exclamo de repente recordando lo que le dijo a la chica que esperaba en la zona mixta, luego del partido contra el City. Pobre, la mire con una cara de orto, pero fue inevitable.

—Fran... —responde distraído, como diciendo "no otra vez" mientras sigue concentrado en su teléfono.

Mi cara se transforma, me separo un poco de su cuerpo mientras busco hacer contacto visual y expreso:

—A mi nunca me decis cosas lindas —mientras levanto una ceja y hago una mueca con los labios.

—Basta, lo dije sin pensar. —responde como queriendo terminar con el asunto de una vez, sin prestarme atención.

—Andate con tu sweetheart a la conch... —no me deja terminar, me da un beso corto pero tierno en medio del avión.

Después se separa unos centímetros y se acerca a mi oído y me dice: 

—I love you, my beatle —con ese acento británico que me quita el aliento.

Sonrio, y me dan ganas de comerle la boca ahí mismo, pero solo manifiesto: 

—Te perdono, por ahora.

Me vuelvo a recostar sobre su hombro y miro lo que está haciendo. Jude arma un collage con nuestras fotos y me muestra una que es su favorita: nosotros dos parados en el centro del estadio, con la ropa formal del equipo. Él mira hacía alrededor con una sonrisa en su rostro y yo, al lado, demasiado cerca, lo observo con absoluta fascinación, perdidamente enamorado. Veo como publica la historia en Instagram y como la agrega a destacados para no perderla.

Quizás para los demás no significa nada, pero para mí lo es todo. Después de todas esas semanas de ausencia, luego de tanta frustración y celos acumulados, tomo ese posteo como una confirmación, como la certeza de que estamos juntos. De que me elige a mí. Extrañaba esto: estar con él. Saber que soy todo para él y hacerle saber que él es todo para mí.