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After the Game

Summary:

Nadia, una estudiante de intercambio llegada desde España, aterriza en Estados Unidos con una sola cosa clara: quiere jugar Exy a nivel profesional.

Tras conseguir una beca en los Foxes de Palmetto (después de los acontecimientos de los libros), entra de lleno en un equipo tan brillante como inestable, donde nada es sencillo y nadie es exactamente lo que parece.

A primera vista, Nadia parece una chica alegre, directa y fuera de lugar en el caos de los Foxes. Pero si algo ha demostrado Wymack al aceptar nuevas incorporaciones es que nadie entra en ese equipo por casualidad.

Porque los Foxes son los Foxes por algo.

Y sobrevivir en Palmetto no depende solo del talento.

Notes:

Buenas buenas... Este es mi primer fanfic así que espero que os guste.

No tengo ningún lector beta, asi que si encontráis algún error, por favor, comunicadlo.

Espero que os guste la historia.

Me he tomado algunas licencias creativas, pero intento mantenerme lo más cerca del "canon" (es el futuro, pero nos entendemos) dentro de lo posible...

¡¡Espero que disfrutéis leyendo tanto como yo escribiendo!!

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

El ajetreo de los aeropuertos siempre me pone los pelos de punta.

La gente corriendo de un lado a otro. El repiqueteo constante de las maletas arrastrándose por el suelo. Las voces metálicas de los altavoces anunciando las llegadas y salidas. El olor a café recalentado mezclado con el de cientos de personas apiñadas en el mismo lugar.

Simplemente horrible.

Acabo de aterrizar después del vuelo más largo de mi vida, sin conseguir pegar ojo en todo el trayecto y con tan solo una barrita energética en el estómago. Esto está siendo una auténtica tortura.

Cada vez que cierro los ojos, los nervios vuelven a mí en forma de un peso enorme en el pecho.

No es para menos.

Después de años jugando en una pequeña ciudad del norte de España, por fin iba a formar parte de un equipo de verdad.

Los Foxes de Palmetto.

Todavía me cuesta creer que me hayan concedido la beca.

En mi antigua universidad, el Exy apenas tenía relevancia. Los partidos se jugaban ante gradas medio vacías. Allí era imposible crecer como deportista.

Palmetto era diferente. En Palmetto se respiraba Exy. 

Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy exactamente donde debo estar.

Bueno.

Quizás no exactamente.

Porque sigo perdida en medio de un aeropuerto gigantesco, cargando con una mochila que parece pesar casi una tonelada y buscando al desconocido que debe recogerme.

Solo espero reconocerlo cuando lo vea.

 


 

Reconocer a Neil Josten entre la multitud resulta sorprendentemente fácil.

No porque lleve un cartel con mi nombre ni porque destaque especialmente por su ropa. De hecho, viste de forma bastante sencilla: camiseta oscura, vaqueros y una expresión neutra que roza el aburrimiento.

Son las cicatrices las que llaman la atención.

Le reconozco por las fotografías que había visto en internet mientras investigaba al equipo. 

Las noticias que leí sobre él, sobre su pasado, sobre su familia… Su historia era verdaderamente desgarradora. 

Neil también parece identificarme al instante. Levanta una mano para llamar mi atención y comienza a acercarse con paso tranquilo.

—Hola, Nadia, ¿verdad? Soy Neil.

—Hola. Encantada.

Le estrecho la mano antes de soltar un suspiro.

—Perdona, estoy bastante cansada después del vuelo y necesito salir de aquí.

Neil asiente, como si comprendiera perfectamente el sentimiento.

—Claro. ¿Vamos?

—Gracias.

—A mí tampoco me gustan los aeropuertos —dice Neil.

—Gracias. Empiezo a pensar que eres la primera persona cuerda que conozco en este país.

Neil me observa durante un segundo con curiosidad.

—¿Conoces a mucha gente de aquí?

—No.

—Eso explica mucho.

La respuesta de Neil me saca una carcajada.

Empiezo a sospechar que nos llevaremos bien.

Salimos de la terminal y el calor me golpea como una pared.

—Madre de Dios…

Neil parece divertirse un poco.

—Es peor en agosto.

—¿Peor?

—Mucho peor.

—Quiero volver al norte de España.

—Todavía estás a tiempo.

—No, no después de cruzar medio océano.

Neil me conduce hasta el aparcamiento mientras yo cargo con mi mochila al hombro.

Es lo único que llevo conmigo. Había decidido viajar ligera y comprar allí todo lo necesario una vez supiera cómo era realmente la vida en Carolina del Sur. 

La decisión me había parecido brillante hasta que tuve que sobrevivir ocho horas de vuelo con unos vaqueros ajustados y una sudadera. 

—¿Solo traes eso? —pregunta Neil, señalando la mochila.

—Sí.

—¿Has perdido el equipaje?

—No. He perdido la paciencia para cargar maletas.

Por primera vez veo aparecer una pequeña sonrisa en su rostro.

—Tiene sentido.

Doblamos una esquina e identifico el coche al que nos dirigimos.

—Wow.

Neil sigue caminando directo a él.

—¿Qué?

—Ese coche no puede ser tuyo.

—No lo es.

—Menos mal…

—Es de Andrew.

Observo el Maserati negro con cierta desconfianza.

—¿Andrew es rico?

—No exactamente.

—Eso no ha sido muy esclarecedor.

—Tampoco pretendía serlo.

Suelto una carcajada y niego con la cabeza. Definitivamente me gusta este chico.

Algo me dice que esta conversación resume perfectamente cómo va a ser mi experiencia con los Foxes.

Y tengo la sensación de que todavía no he conocido ni la mitad de lo especial que podía llegar a ser este equipo.

 


 

Neil conduce tranquilo por la autopista, con la radio encendida a un volumen bajo y la mirada fija en la carretera.

—¿Cómo es? —pregunto.

Empiezo a sentir la ansiedad a medida que se acorta la distancia hasta la cancha, donde me reuniré con el entrenador Wymack para terminar algunos papeles de la beca.

—¿Cómo es qué? —pregunta Neil sin apartar la vista de la carretera.

—¿Cómo es todo aquello? ¿Cómo es jugar para los Foxes?

A Neil se le elevan las comisuras de los labios. No en una sonrisa completa, pero destila cierto cariño.

—Lo comprobarás. De momento solo estamos algunos miembros del equipo por las vacaciones de verano —me informa—. Así que conocerás primero a Nicky, a sus primos, Andrew y Aaron, y a Kevin.

Parte de mi ansiedad se calma un poco. Sigue siendo mucha gente, pero al menos no es todo el equipo.

—Cuando empiecen los entrenamientos, empezará a llegar el resto.

Neil vuelve a centrarse en la carretera sin añadir nada más.

El coche avanza suave, atravesando tramos de autopista rodeados de árboles altos y densos que parecen interminables.

El paisaje de Carolina del Sur es extraño para mí, demasiado grande, demasiado abierto, como si todo tuviera más espacio del que estoy acostumbrada a ver.

Me acomodo en el asiento, observando cómo el mundo pasa detrás del cristal.

—Es muy diferente —murmuro al final.

—Sí —me responde Neil.

No añade nada más. No hace falta.

Y, por alguna razón, eso me resulta cómodo.

El silencio entre nosotros no es pesado. Es… funcional. Como si no hiciera falta llenarlo.

Me sujeto la mochila un poco más fuerte sobre las piernas.

—¿Siempre vienes tú a recoger a la gente nueva? —pregunto.

—Eres la primera.

—¿Vendrán muchos más?

Neil tarda un segundo en contestar.

—El entrenador ha reclutado nuevos alumnos, pero no llegarán hasta que comiencen las clases.

—Eso suena a que no te gusta.

—No me desagrada, pero preferiría que llegasen antes, para poder sincronizar al equipo.

Asiento, aceptando esa respuesta como válida.

El coche toma otra salida y el entorno empieza a cambiar lentamente. Menos naturaleza salvaje, más edificios bajos, señales, urbanización dispersa.

Noto cómo el estómago se me tensa otra vez.

No de hambre.

De nervios.

—Falta poco —me informa Neil, como si lo hubiera notado.

—Ya…

Me río un poco para liberar tensión, aunque no hay mucha gracia en ello.

—Empiezo a arrepentirme de no haber dormido más en el avión.

—¿No conseguiste pegar ojo en el vuelo?

—Exacto.

Neil no responde, pero su mirada sigue fija en la carretera con esa calma suya tan extraña.

Las manos sobre el volante no se mueven más de lo necesario. Todo en él parece medido. Controlado. Como si el mundo no tuviera derecho a desordenarse mientras él está al volante.

Yo, en cambio, siento que todo se está desordenando un poco por dentro.

El aire acondicionado sigue funcionando, un zumbido constante bajo las canciones que van cambiando en la radio.

Miro mis manos.

Luego la mochila.

Luego la carretera.

—¿Cuánto falta? —pregunto otra vez.

—Diez minutos.

Asiento.

Diez minutos.

Eso suena a poco y a demasiado a la vez.

Neil reduce la velocidad cuando entramos en una zona más transitada. Ahora hay más coches, más cruces, más señales.

El paisaje ya no es solo carretera: empieza a sentirse como un lugar.

Un destino.

Me inclino un poco hacia la ventanilla.

—Vale —susurro.

Neil gira ligeramente el volante.

—Respira.

No lo dice como consejo. Lo dice como hecho.

Obedezco sin pensarlo demasiado.

El coche sigue avanzando entre calles más amplias, hasta que finalmente aparece una estructura grande al fondo, parcialmente oculta entre árboles y vallas.

Instalaciones deportivas.

Una gran cancha de un color naranja casi ofensivo a la vista.

Neil reduce la velocidad casi por completo mientras entramos en el aparcamiento.

—Hemos llegado.

Trago saliva otra vez.

Aprieto la mochila con más fuerza.

Y entonces el motor se apaga, y lo único que escucho es el latido desbocado de mi corazón.