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Ningún Altar para el Héroe

Summary:

La noche en que la magia de Harry se rompió. El rugido sordo de una oscuridad interna, una masa parásita de dolor, culpa y desesperación acumulada que devoró su mente y su cuerpo de adulto, colapsando su realidad hasta el último átomo.

En la periferia de un cementerio sombrío y olvidado. Entre gritos mudos y un tormento físico desgarrador, los huesos se reformaron bajo la piel, el aliento de vida forzó su entrada en unos pulmones nuevos, y ese cadáver que antes no existía se arrastró con dificultad fuera de la fosa. Harry emergió a la superficie de un mundo desconocido, atrapado otra vez en un cuerpo infantil, pero cargando el alma vieja, devastada y profundamente deprimida de un veterano de guerra que lo había perdido todo.

Este no era su hogar; era un espejo roto. Un universo distópico donde Voldemort no solo había ganado, sino que había erradicado la esperanza misma del tejido social. Sus padres, Sirius y Remus están vivos, pero reducidos a cascarones vacíos, obligados a arrodillarse ante un Ministerio tiránico y a rendir cuentas diarias ante el traidor de Peter Pettigrew. Vivir es su condena diaria por haber sobrevivido a la noche en que el Señor Oscuro asesinó a su verdadero bebé.

Chapter 1: Vel'eez

Chapter Text

La tierra tembló. Fue un estremecimiento leve, casi imperceptible, que recorrió la superficie de aquel cementerio olvidado, un páramo maldito donde la noche era tan densa que devoraba la existencia misma de la luna. No había luz en ese rincón podrido del mundo, solo una penumbra espesa que flotaba como un sudario sobre las tumbas derrumbadas, los mausoleos agrietados de donde escapaba un hedor a ceniza y azufre, y las cruces torcidas que parecían garras malditas brotando del suelo. El aire mismo se sentía pesado, impregnado de una lúgubre estática que erizaba la piel y publicidad que ese lugar pertenecía a los muertos. De pronto, en medio de la nada, un punto negro comenzó a agitarse sobre el suelo embarazoso.

La materia oscura y viva empezó a convocar el polvo, obligándolo a unirse en estructuras rígidas. Un crujido seco y espantoso rompió el silencio sepulcral cuando los primeros huesos comenzaron a tallarse desde la nada, replicando el Valle de los Huesos Secos. El esqueleto se armó pieza por pieza en un orden caótico y doloroso, manifestando costillas que se arqueaban con brusquedad y una columna que se estiraba sobre el fango. El dolor de la existencia golpeando con la fuerza de un rayo invisible. Un gemido ahogado vibró en el aire, pero no había aire real que empujar.

Entonces, el cartílago comenzó a tejerse sobre el calcio blanco. Las fibras se arrastraban como gusanos ciegos, uniendo las articulaciones a la fuerza, tensándose con una violencia insoportable. Aquella silueta incompleta colapsó hacia adelante, hundiéndose en la tierra húmeda, arrastrándose con los dedos desprovistos de carne mientras los tendones se aferraban al suelo como raíces. Un espasmo violento sacudió lo que iba camino a ser un pecho. De la garganta a medio formar brotó una bocanada de masa negra y viscosa, un parásito de sufrimiento puro que el cuerpo rechazaba con náuseas destructivas. Aquel fluido oscuro manchó la tierra, espeso y maldito, liberando el veneno de una vida entera.

El proceso no se detuvo. Los músculos comenzaron a brotar, desgarrando la percepción del tiempo, extendiéndose como hilos de fuego rojo sobre el armazón óseo. El dolor de ser creado desde el polvo, como un Adán maldito arrancado del olvido, superaba cualquier herida de guerra. El ser se retorció en el fango, clavando las manos a medio terminar en la superficie. Le dolía todo, cada milímetro de esa materia que se formaba a la fuerza, el roce del aire frío en la carne viva, el peso de la gravedad aplastando sus extremidades débiles y el latido violento de un corazón que no pedía volver a latir. La desesperación lo invadió por completo y el pobre cuerpo recién formado comenzó a llorar, un llanto amargo que nacía del sufrimiento físico y del horror de volver a la vida.

Fue en ese instante cuando las cuerdas vocales nacieron, estirándose en el cuello como alambres al rojo vivo que se tensaban por primera vez.

—¡Aaaahrg! ¡Nooo!

El grito desgarró la noche, una vibración rota, aguda y cargada de una agonía tan profunda que pareció marchar las pocas briznas de hierba a su alrededor. La piel terminó de cerrarse en un último suspiro de tormento, cubriendo la carne, sellando los poros y atrapando dentro de ese nuevo contenedor una marea de recuerdos rotos y un alma devastada.

El llanto cesó poco a poco, transformándose en una respiración agitada y trémula, interrumpida por sollozos ahogados que el fango amortiguaba.

Sobre la tierra negra, de rodillas y cubierta de lodo, quedó la figura de un niño de once años. Sus manos diminutas temblaban contra el suelo húmedo y sus ojos fijos en la oscuridad reflejaban la mirada gélida, vieja y cansada de un veterano que lo había perdido todo. Harry había regresado.

El fango helado se filtraba entre sus dedos pequeños mientras la realidad lo golpeaba con la fuerza de un mazo. Sentía frío, un frío abrasador que no pertenecía al clima, sino al vacío de su propia existencia. Al intentar levantarse, sus rodillas cedieron y cayó de bruces contra el lodo, asfixiándose con el olor a azufre y muerte. Se miró las manos. No eran las extremidades curtidas de un hombre que había visto el fin del mundo, sino unas manos diminutas, delgadas y pálidas.

El pánico, agudo y asfixiante, le cerró la garganta.

—No... —consiguió articular, y su propia voz, aguda y desvalida como la de un crío, le provocó una náusea violenta—. ¿Qué es esto? ¡No, por favor, otra vez no!

Se pasaron las manos temblorosas por el torso, descubriendo con horror la piel desnuda, expuesta a la intemperie de ese cementerio maldito. No había ropa, no había túnicas, no había nada que lo protegiera del suelo podrido. Estaba indefenso, atrapado en el envase de sus once años, el mismo cuerpo que una vez nos usó para salvar un mundo que terminó por desmoronarse.

Su mente, fragmentada por el trauma de la transmutación, colapsó en un abismo de recuerdos desordenados. Los fogonazos del pasado reciente lo asaltaron con la violencia de una maldición imperdonable. Hacía solo unos instantes, o tal vez una eternidad, él estaba en el número doce de Grimmauld Place. Recordaba el crujido de las maderas de la mansión Black, el polvo flotando en las habitaciones vacías y el silencio sepulcral donde se había dedicado a llorar a sus muertos. Recordaba la desolación de caminar como un espectro por los pasillos, atrapado en una rutina gris y mecánica, respirando solo porque sus pulmones se negaban a detenerse, viviendo en un doloroso piloto automático tras ver cómo su magia se rompía y devoraba su vida de adulto.

—¡Déjenme en paz! —gritó hacia la penumbra espesa, aferrándose la cabeza con desesperación—. ¡Ya se los di todo! ¡Ya no queda nada de mí!

El pecho de niño subía y bajaba en espasmos violentos. La hiperventilación lo hizo tambalearse de rodillas. El escenario había cambiado, la mansión ya no estaba, pero el dolor seguía intacto, amplificado por el horror de la regresión física. Cada centímetro de su nueva carne protestaba, ardiendo con un sufrimiento que iba más allá de lo físico; era el luto de un alma vieja atrapada en un contenedor que ya no le correspondía.

— ¿Dónde estoy? —sollozó, clavando las uñas en la tierra negra mientras las lágrimas limpiaban canales limpios en sus mejillas cubiertas de lodo—. ¿Por qué me hicieron esto? Se supone que ya había terminado... se supone que ya me tocaba descansar.

Miró a su alrededor de forma errática, buscando una silueta conocida, una varita, una explicación, pero solo encontró lápidas rotas y una oscuridad que parecía burlarse de su miseria. El veterano de guerra estaba allí, escondido detrás de esos ojos verdes y cansados, pero el cuerpo infantil temblaba de puro terror de cara a lo desconocido.

El fango helado continuaba devorando sus rodillas infantiles, pero el frío exterior ya no importaba. Concentró la poca voluntad que le quedaba, forzando a esa magia interna que antes lo definía a manifestarse a través de sus manos desnudas. Deseó con desesperación algo que cubriera su cuerpo, unas prendas simples, lo que fuera para mitigar la intemperie. La magia respondió, pero no con la calidez de antaño. El aire vibró con un zumbido corrupto y, mientras unas telas rústicas y oscuras comenzaban a materializarse sobre su piel, Harry miró con horror sus propias manos.

Un dolor agudo, como agujas de hielo hirviente, le recorrió las extremidades. La carne de sus dedos comenzó a oscurecerse rápidamente, tiñéndose de un tono negruzco y necrótico que avanzaba sin piedad hacia las falanges, hasta alcanzar cada una de sus uñas, que se tornaron del color del carbón. Era el rastro inequívoco de su magia rota, la marca física de la masa parásita que cargaba en su interior.

—Ruina... —susurró, contemplando la deformación de sus extremidades con una fijeza espeluznante.

Una risa rota comenzó a brotar de su garganta, un sonido carente de alegría, agudo y desquiciado que resonó en el silencio del camposanto como el eco de un psicópata.

—Magia de la ruina... Estoy contaminado.

La resignación dio paso a una furia ciega, un torrente de desesperación que ya no pudo contener. Harry comenzó a gritar con todas las fuerzas de sus pulmones de once años, desgarrándose las cuerdas vocales en un lamento dirigido al universo entero, a la vida que lo había traído de vuelta ya sí mismo por no haber muerto del todo. Maldijo en su mente a Voldemort, el monstruo que lo había marcado como su igual en otra vida, condenándolo a un ciclo eterno de destrucción. Maldijo al director, al anciano que se había marchado dejándolo a ciegas, sin una guía clara, sin respuestas, atrapado en un laberinto de secretos. Su rabia se expandió a cada uno de los adultos que alguna vez debieron protegerlo y que, en cambio, lo abandonaron a su suerte en mitad de la tormenta.

—¡Ni siquiera quiero esto! —se quejó entre sollozos, mientras lágrimas calientes le surcaban el rostro lleno de barro.

Tenía los ojos inyectados en sangre, rojos e hinchados de tanto llorar, nublados por el sufrimiento de un veterano de guerra atrapado en la fragilidad de la infancia.

El dolor emocional y físico alcanzó su punto de quietud. Su magia, indomable y destructiva, reaccionó a la agonía de su mente. Una onda de choque expansiva, una vibración de energía negra y densa, emanó de su pequeño pecho y golpeó el suelo con violencia. La tierra del cementerio se partió en profundas grietas, abriéndose bajo el peso de su miseria, mientras lenguas de un fuego negro y maldito comenzaban a brotar de las fisuras, devorando la maleza y lamiendo las lápidas rotas.

A Harry poco le importó el peligro. Si él tenía que sufrir la tortura de existir en ese infierno, si su cuerpo tenía que arder por dentro, que también lo haría ese maldito cementerio. Dejó que las llamas oscuras consumieron la noche a su alrededor, abrazando el caos de su propia destrucción.

Después de esa noche insufrible, Harry tomó una decisión en medio del barro y las cenizas de su propio poder. Podía estar sufriendo el peor de los tormentos, con el alma rota y la carne doliéndole a cada paso, pero no le daría el gusto a nadie de quitarse la vida. No complacería a sus enemigos ni al destino destructivo convirtiéndose en un cadáver en ese páramo. Con esa fría determinación como único motor, arrastró su pequeño cuerpo fuera del cementerio maldito y emprendió el viaje hacia el único lugar que conoció, buscando respuestas en el corazón del mundo mágico.

Antes de poner un pie en la civilización, consciente del aspecto necrótico de sus dedos oscurecidos, Harry se detuvo en los márgenes de la calle. Cerró los ojos, soportando la punzada de dolor que le provocaba invocar su magia rota, y mediante un sutil encantamiento de apariencia ejecutado sin varita, forzó a la materia a moldearse alrededor de sus extremidades. Un par de guantes oscuros y gastados se materializaron sobre su piel, cubriendo la corrupción de sus uñas para que nadie pudiera ver el veneno que llevaba dentro. Solo entonces, oculto tras esa barrera, reanudó la marcha.

El viaje fue un calvario de fatiga que minó sus pocas fuerzas infantiles, pero finalmente logró cruzar la barrera hacia el Callejón Diagón.

Al dar los primeros pasos sobre el pavimentado, una profunda extrañeza lo obligó a detenerse. El ambiente no era el que recordaba de su infancia. Se despertará de inmediato al observar la vestimenta de los magos que caminan por el lugar, todos portando ostentosas túnicas de corte tradicional, típicas de las familias de sangre pura más rancias. Por más que agudizó la mirada entre la multitud, no pudo ver a una sola persona que vistiera ropas comunes o que delatara un origen muggle. El entorno destilaba una segregación silenciosa y opresiva, rota únicamente por los gritos de una vieja bruja de alta alcurnia que, con total desprecio, le gritaba en mitad de la calle a unos magos de aspecto harapiento.

El desconcierto se transformó en un frío presentimiento que le recorrió la espina dorsal. Se acercó con cautela a un exhibidor de prensa, dejó caer una de las pocas monedas que traía y tomó un ejemplar de El Profeta.

Al fijar la vista en la parte superior de la página, el aire se le escapó de los pulmones en un vuelo violento. Quiso volver a llorar, sintiendo que las lágrimas de la desesperación amenazaban con desbordarse otra vez y ahogarlo en mitad de la vía pública. La fecha impresa con tinta oscura en el papel indicaba con claridad el año 1991.

No se necesitaba ser un genio para comprender la magnitud de la tragedia que lo rodeaba. No solo había caído en un universo completamente ajeno y distópico, sino que también la corriente del tiempo lo había arrastrado hacia atrás. Estaba atrapado en el inicio de una época que ya había vivido, pero cuyas reglas ahora eran completamente desconocidas, hostiles y aterradoras.

Con el peso de ese mundo aplastándole los hombros, Harry buscó refugio. Necesitaba respuestas precisas, por lo que se dirigió a una biblioteca mágica, ocultando su rostro bajo la sombra de su ropa harapienta. Sus dedos enguantados pasaron las páginas de pesados ​​volúmenes de historia contemporánea con una mezcla de morbo y horror. Al investigar las crónicas de la guerra, el aire se volvió a congelar en sus pulmones. No había rastro de su leyenda, ni una sola mención al Niño que Vivió. En este universo, Lord Voldemort había asesinado al bebé en la cuna del Valle de Godric, erradicando la esperanza de raíz.

Cerró el libro de golpe, provocando un eco sordo que se perdió entre los estantes abandonados. Supo entonces, con total certeza, que este mundo estaba completamente regido por los mortífagos, un tejido social podrido desde los cimientos donde la tiranía era la única ley. Pero en lugar de encender una chispa de justicia en su pecho, una fría y densa apatía lo inundó. Apartó los textos con desprecio. No iba a leer más, no iba a investigar más. Él no iba a resolver este problema; no era su guerra, no era su maldito debía salvar a quienes ya se habían arrodillado.

Su mente de veterano, acostumbrada a las misiones más peligrosas, trazó un plan. Se dirigió al Ministerio de Magia, burlando los controles de seguridad al infiltrarse como una sombra silenciosa que se deslizaba entre los muros de la opulenta edificación. Evitando las patrullas y los ojos vigilantes del régimen burocrático, se desvió hacia las profundidades del edificio hasta salir a un pasillo desierto, un corredor sumido en la penumbra donde el silencio era sepulcral.

Era el momento de consolidar su anonimato. Harry extrajo un pergamino oficial de registro que había conseguido robar y lo extendió sobre una superficie plana. Se despojó del guante izquierdo, contemplando por un segundo la negrura necrótica que corrompía su carne. Con una mueca de dolor que apenas pudo contener, mordió la yema de su dedo índice, forzando a brotar una gota de esa esencia oscura. Al dejar caer la sangre sobre el papel, invocó la fuerza de su magia de la ruina.

El fluido oscuro tocó el pergamino y la magia reaccionó de inmediato, hirviendo sobre el papel en un proceso doloroso y místico. Si esa fuerza indomable lo había arrastrado a este universo, era evidente que el mismo tejido de la realidad había tenido que coser su existencia para justificar la horrible forma en que había sido creada desde el fango. El papel absorbió la sangre maldita, y las letras comenzaron a tallarse de la nada, quemando las fibras del pergamino hasta revelar la identidad legal que la propia magia le otorgaba en este infierno.

Harry leyó el resultado en voz baja, con una vibración gélida en la garganta.

—Harland Bramwell Vel'eez.

Una sonrisa amarga y carente de vida se dibujó en sus labios al ver el apellido que completaba el registro.

—... sangre pura.

Estaba hecho. El Ministerio ahora registraba la existencia de un huérfano linaje puro, un fantasma perfecto para ocultarse en la periferia de una sociedad que adoraba la sangre y temía a la oscuridad.

Harry solo pudo reír y sufrir en su amargura, una risa seca que se transformó en un espasmo de rabia contenida. Sus dedos enguantados se clavaron en los bordes del pergamino, casi rasgándolo por la mitad al fijar la vista en el renglón del nacimiento. El documento marcaba su fecha de origen como el treinta y uno de julio. El descubrimiento le heló la sangre, arrastrándolo a una espiral de dudas tormentosas. ¿Acaso el destino se estaba burlando de él una vez más? ¿Había regresado a este mundo distópico solo para verse arrastrado a cumplir la maldita profecía? El peso de la coincidencia era insoportable, porque hoy, precisamente hoy, era treinta y uno de julio.

Antes de que el eco de su propio nombre recién creado se apagara en el corredor desierto, la necesidad de confrontar su nueva realidad lo asfixió. Lleno de una desesperación salvaje, Harry extendió la mano libre y forzó a su magia indomable a responder. Una nube negra y densa brotó de sus dedos oscurecidos, flotando en el aire húmedo del pasillo antes de solidificarse con un crujido frío, transformándose en un espejo de bordes oscuros. Al dar un paso adelante y mirar su reflejo, un nuevo golpe de dolor le atravesó el pecho.

La superficie devolvía la imagen de un extraño. Su piel estaba ligeramente más pálida, teñida de un matiz casi ceniza que delataba la naturaleza de su renacimiento. En su frente no había rastro de la cicatriz en forma de rayo que lo había vuelto famoso, el recordatorio de su antiguo sacrificio había sido borrado. En su lugar, sus ojos brillaban con un verde tóxico e intenso, mucho más profundo y peligroso de lo que jamás había sido en su vida anterior, reflejando la mirada gélida y cansada del veterano de guerra que llevaba dentro. En medio del caos, se dio cuenta de que su fisionomía no había incluido los lentes, su vista era perfecta, pero la claridad del entorno solo aumentaba su incomodidad. Necesitaba una barrera, algo que lo hiciera sentir un poco más como el fantasma que pretendía ser. Con un pensamiento rápido, moldeó el aire hasta crear un par de lentes redondos, idénticos a los que siempre utilizaba, colocándoselos sobre el rostro. Su cabello seguía siendo negro e indomable, cayendo con la ferocidad de un león indomable, pero ahora lucía un tono más azabache, oscuro como la noche del camposanto.

Al contemplar ese contenedor infantil que la magia le había impuesto, Harry no pudo contener más las lágrimas. Lloró en silencio, con los hombros sacudidos por la amargura de comprender que no solo había perdido su vida de adulto y sacrificado gran parte de su juventud en una guerra sangrienta, sino que ahora el universo le arrebataba hasta sus propios rasgos físicos para adaptarlo a marchas forzadas a este infierno.

—Odio mi vida —solo pudo susurrar resignado, con una vibración rota en la garganta.

 

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Mientras el muchacho se ahogaba en su propio dilema en las profundidades del Ministerio, ese acto de magia prohibido y doloroso desató una reacción en que cruzó el país de cadena extremo a extremo.

En el castillo de Hogwarts, allá en el norte, el pesado Libro de las Inscripciones se abrió de golpe en el despacho vacío, agitando sus páginas amarillentas hasta detenerse en un espacio en blanco. Con una caligrafía mágica y desprovista de emociones, el artefacto comenzó a trazar el nuevo nombre, ordenando de inmediato la redacción de la carta de aceptación para el año escolar que estaba a punto de comenzar. En la quietud del colegio, nadie se percató del cambio. Nadie le prestó la menor atención al registro de un huérfano más.

Sin embargo, en el castillo de la realeza británica, el impacto de ese renacimiento mágico fue muy diferente. En una de las cámaras privadas, el libro de registro de las antiguas familias de sangre pura se abrió con un crujido pesado, revelando cómo las ramas de un linaje extinto volvieron a florecer con tinta dorada, vinculando de nuevo ese apellido al tejido del mundo mágico.

Este evento sí fue visto por un hombre. Sus túnicas oscuras y la marca tenebrosa grabada en su piel, ese tatuaje de una calavera y una serpiente que delataba su estatus de mortífago, comenzaron a temblar mientras leía las líneas recién escritas. No podía creer lo que sus ojos le estaban mostrando. Con el corazón desbocado por la sorpresa, supo de inmediato que tenía que informarle a su soberano, a su rey.

El vasallo recorrió los ostentosos pasillos del palacio con paso apresurado, devorando los caminos de piedra y oro hasta dirigirse a la sala del trono. Al llegar, un par de guardias armados y postrados a los lados de la gran entrada le cerraron el paso por un instante, obligándolo a solicitar una audiencia urgente con su señor.

Cuando las pesadas puertas se abrieron, el mortífago entró con la cabeza baja, encontrando a su magnificencia, Lord Voldemort, sentado en su trono. El dictador lucía su aterradora apariencia de reptil, con rasgos de serpiente que denotaban el alcance de su transformación oscura.

Aquel monstruo aburrido no solo había tomado el control del Ministerio y de la isla británica, sino que había ido mucho más allá. En este universo, el Señor Oscuro había destrozado el Estatuto del Secreto, revelando la magia ante los ojos de los muggles y desatando una guerra de escala global. Mientras los magos de otras naciones intentaban contener la expansión de los británicos, los gobiernos no mágicos del resto del planeta luchaban de manera desesperada por organizarse ante un ataque terrorista masivo, un conflicto sin precedentes que ya había terminado por desfasar los cimientos mismos del mundo moderno.

El mortífago permaneció de rodillas sobre los fríos adoquines de mármol, sin atreverse a levantar la vista. El silencio de la sala del trono era denso, interrumpido únicamente por el siseo lejano de Nagini y la respiración contenida del vasallo, quien sentía que el terror le oprimía el pecho. Cuando la silueta reptiliana de Lord Voldemort se inclinó levemente hacia adelante, el hombre tragó saliva, sintiendo que las palabras se le atoraban en la garganta.

—M... Mi Señor... —consiguió articular, con la voz temblorosa y un tartamudeo que delataba su pánico—. El... el registro dinástico de las antiguas familias. Ha ocurrido algo... algo imposible.

Los ojos rojos del dictador lo fijaron con una mezcla de aburrimiento y fría peligrosidad. El vasallo, temiendo desatar la furia de su rey, continuó con torpeza, agitando el pergamino que llevaba entre las manos temblorosas.

—No tengo un nombre, mi Señor... el artefacto no me reveló la identidad del portador. Solo... solo el apellido. Pero la magia del libro abrió las páginas más profundas, aquellas que creíamos selladas para siempre. La línea de sangre que acaba de despertar conecta directamente con los primeros magos, con las raíces más antiguas de nuestra historia. Se vincula con los Pendragon, con los LeFay... y con un linaje que llevaba siglos sin ser nombrado.

Voldemort no interrumpió, pero la atmósfera de la sala se volvió notablemente más fría. El mortífago tomó un hilo de aire, intentando estabilizar su voz antes de pronunciar el nombre maldito.

—La casa del cuervo blanco, mi Señor... los Vélez.

Un destello de curiosidad genuina, algo sumamente extraño en el monarca aburrido, cruzó por las facciones de serpiente del Señor Oscuro. En el tejido del mundo mágico, esa dinastía era una leyenda de poder oscuro y desolación, un estirpe cuyo escudo familiar, irónicamente, portaba la figura de un cuervo albino con ojos de un verde brillante y tóxico.

—Los Vel'eez... —repitió Voldemort en un susurro sibilante, saboreando el apellido mientras sus dedos largos y pálidos acariciaban el reposabrazos del trono—. Un estirpe de ruina que creíamos extinta antes de la caída de Avalon.

—La magia del libro no miente, mi Rey —añadió el vasallo, aún temblando en el suelo, sin saber que en las entrañas de su propio Ministerio, el responsable de semejante conmoción no era un heredero de la nobleza oscura, sino un niño de once años con el alma rota de un veterano que solo deseaba desaparecer.

Lord Voldemort se recostó en su trono de piedra y oro, dejando que una expresión de profunda apatía volviera a apoderarse de sus rasgos de serpiente. La revelación de un apellido antiguo y olvidado, por más legendario que fuera, no era suficiente para perturbar la aburrida monotonía de su imperio.

—Si ese linaje realmente ha despertado, el portador de esa sangre terminará por salir de las sombras cuando llegue el momento —sentenció el Señor Oscuro, con una voz gélida que reverberó en las paredes de la gran sala—. Y si decides presentarte ante mí, ya veremos si es de alguna utilidad. De lo contrario, solo será un cadáver más para la colección. Retírate.

El mortífago inclinó la cabeza hasta casi tocar el suelo, ocultando el sudor frío que le perlaba la frente.

—Como ordene, mi Rey —alcanzó a pronunciar antes de ponerse de pie con torpeza y caminar hacia atrás, sin atreverse a darle la espalda a su soberano.

Las pesadas puertas de la sala del trono se cerraron tras él con un eco rotundo. El vasallo apresuró el paso por los opulentos pasillos del palacio, sintiendo un nudo de preocupación en el estómago. Aunque había cumplido con su deber de informar, un oscuro presentimiento le recorría la espina dorsal. Sabía perfectamente lo que significaba la casa del cuervo blanco en las crónicas prohibidas del mundo mágico. No era una simple familia de sangre pura; los Vel'eez eran sinónimo de una magia destructiva y maldita, célebres por haber desarrollado hechizos poderosamente oscuros que desafiaban las leyes de la naturaleza misma.

El misterio que rodeaba a ese estirpe era absoluto. Tras su desaparición aparente siglos atrás, todos sus grimorios de magia avanzada, sus altares de sacrificio e incluso sus propiedades fortificadas se habían desvanecido de la faz de la tierra como si nunca hubieran existido. Que esa línea floreciera precisamente ahora, en un pergamino manchado con tinta dorada, no podía ser una coincidencia vacía.

Mientras el mortífago se perdía en la seguridad de los pasillos ministeriales, en las profundidades del edificio, Harry se ajustaba los guantes oscuros sobre sus dedos ennegrecidos, completamente ajeno a las leyendas de la sangre que su propia magia de la ruina acababa de reclamar para proteger su anonimato.