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Capítulo 1: El despertar del dragón durmiente
El silencio de los Aposentos del Rey siempre había sido absoluto, pero esa noche pesaba como una losa de piedra.
Viserys Targaryen, el primero de su nombre, abrió los ojos de golpe. Su respiración era un silbido entrecortado que moría contra el dosel de seda negra y oro de su inmensa cama. Esperaba el olor a carne podrida, las cataplasmas de los maestres que ya no aliviaban el dolor y el tormento de la carne deshecha por las fiebres. Esperaba la muerte.
En su lugar, el aire que entró en sus pulmones era limpio, con el sutil aroma a cera de abejas y madera de cedro quemada en los hogares de la Fortaleza Roja.
Lentamente, con un pavor que congelaba su sangre valyria, levantó la mano derecha frente a su rostro. La penumbra de la habitación, rota apenas por las brasas agonizantes, le devolvió una extremidad entera. No faltaban dos dedos por las cortes del Trono de Hierro. La piel no estaba cenicienta ni surcada por llagas; era la piel firme de un hombre en la mitad de sus treinta años.
Se incorporó en el lecho con una agilidad que creía firmemente olvidada. Un gemido ahogado escapó de su garganta cuando los recuerdos lo golpearon. No eran sueños; eran cicatrices en el alma. Vio a su primogénita, Rhaenyra, convertida en un cadáver hinchado y masticado por las fauces de Fuegosol. Escuchó el crujido de los huesos de su segundo hijo, Aemond, hundiéndose en el Ojo de Dioses con la espada de Daemon atravesándole la cuenca del ojo. Recordó el llanto de Helaena antes de arrojarse a las picas del foso, y el horror de un reino desmembrado por los dragones que él, en su ciega complacencia, no supo gobernar.
Inacción. Ese había sido su verdadero crimen. Su indulgencia no había sido bondad; Había sido el veneno que extinguió la edad de oro de la Casa del Dragón.
El leve crujido de las pesadas puertas de roble interrumpió su tormento. La etiqueta de la corte de Desembarco del Rey dictaba que ningún hombre, ni siquiera el monarca, permanecía desatendido tras una noche de fiebres. El Gran Maestre Runciter entró con paso pausado, sosteniendo un cáliz de plata con un tónico humeante. Tras él, con la armadura blanca inmaculada que reflejaba la escasa luz, Ser Ser Harrold Westerling, el Lord Comandante de la Guardia Real, mantenía la mano sobre el pomo de su espada, vigilante.
—Majestad —dijo Runciter, haciendo una reverencia cuya inclinación exacta estaba estipulada por la etiqueta para un rey convaleciente—. Alabados sean los Siete, la fiebre ha remitido. Traigo el extracto de corteza de salsa para asegurar su descanso.
Viserys observó al viejo maestre. En sus recuerdos futuros, Runciter moriría pronto, siendo reemplazado por Mellos, un hombre sumiso a los intereses de la Mano. Miró a Ser Harold, cuya vejez ya mermaba sus facultades, aunque el protocolo impedía jubilar a un Guardia Real. Todo en su corte real era una fachada de estabilidad que ocultaba la carcoma.
—No —la voz de Viserys sonó firme, desprovista de la habitual jovialidad pastosa que los cortesanos usaban para manipularlo. Runciter parpadeó, desconcertado—. Llevaos el cáliz. Mi mente está despejada, maestre.
El rey se puso de pie, cubriéndose con una bata de terciopelo color púrpura profundo, bordada con el dragón de tres cabezas en hilo de oro. El protocolo exigía que el soberano no se mostrara desaliñado ante sus súbditos, incluso en la intimidad de su alcoba.
—Ser Harold—ordenó Viserys, fijando sus ojos violetas en el anciano caballero—. Enviad un sirviente a los aposentos de la reina. Informad a mi esposa de que el rey solicita su presencia para el desayuno en la antecámara privada. Y hizod llamar a la Mano. Ser Otto debe presentarse ante mí antes de que repiquen las campanas del Septo de la Fortaleza Roja.
Runciter y Westerling cruzaron una mirada fugaz. El rey solía pasar las mañanas de su convalecencia durmiendo o entreteniéndose con su maqueta de Valyria, dejando los aviones del reino en manos del Consejo Privado. Esta brusca urgencia no correspondía al Viserys que ellos conocían.
—Majestad —intervino Runciter con tono cauteloso—, la Reina Alicent ha pasado la noche en vela cuidando del príncipe Aegon, el infante se encuentra algo inquieto por la dentición...
—La reina —lo interrumpió Viserys, con una frialdad que hizo que el maestre diera un paso atrás— es la primera dama del reino, Runciter, y su primer deber es atender la llamada de su rey. Cumplid mis órdenes.
Ambos hombres hicieron una profunda reverencia y se retiraron, dejando a Viserys solo frente al gran ventanal que dominaba el río Aguasnegras. El año 108 dC acababa de empezar. Aegon era solo un bebé en su cuna. Rhaenyra aún era la "Delicia del Reino". Los dragones aún rugían en Pozo Dragón.
El tablero estaba intacto, y esta vez, el rey no iba a dejar que otras movieran sus piezas.
Las puertas de roble se cerraron tras el maestre y el Lord Comandante. Viserys se quedó inmóvil junto al ventanal, contemplando cómo los primeros rayos de sol teñían de rojo las aguas del río Aguasnegras.
Cuidado, se advirtió a sí mismo, apretando los puños ocultos bajo las pesadas mangas de terciopelo. Otto Hightower no es un bufón. Si me muestro frío y distante de golpe, si aparte a Alicent sin motivo legal, verán la espada antes de que pueda desenvainarla.
En su vida pasada, su debilidad había sido la inacción. Pero actuar con una agresividad torpe sería igual de destructivo. Un rey sabio no destruye el nido de víboras de un pisotón si está descalzo; primero debe asegurar sus botas. En el año 108 dC, su poder real dependía de la estabilidad de la corte. No podía enemistarse con la Casa Hightower ni con Antigua sin un respaldo político y militar absoluto. Necesitaba peones, necesitaba barcos, y sobre todo, necesitaba jinetes de dragón leales a su corona, no a las facciones.
Se dio la vuelta hacia la antecámara, suavizando las líneas de su rostro. Cuando regresara el maestre, el rey de siempre —el hombre jovial, el padre complaciente— debía estar de vuelta, al menos en la superficie.
Un paje real, un joven de la Casa Blackwood que vestía los colores de la corona, entró tímidamente para avivar las brasas del hogar. Viserys lo observó con una sonrisa pausada, la misma sonrisa que los cortesanos usaban para asumir que el rey era un hombre fácil de manejar.
—Muchacho —llamó Viserys, usando ese tono cálido y paternal que tanto lo caracterizaba—. Antes de que el Gran Maestre regrese con los secretarios de la Mano, ve a los aposentos de la princesa Rhaenyra.
El paje se detuvo, haciendo una reverencia.
—Informa a mi hija de que su padre se ha recuperado de las fiebres y que desea su compañía para el desayuno —continuó el rey, entrelazando los dedos sobre su vientre—. Decida que la "Delicia del Reino" es el mejor remedio para la salud de este viejo rey, y que compartiremos los aposentos privados antes de que el Consejo Privado demande mi atención.
—Se hará como ordenáis, Majestad —respondió el joven, aliviado por el tono familiar del monarca, y se retiró a toda prisa.
Viserys respiró hondo. Rhaenyra tuvo solo una vez años. Aún no era la mujer endurecida y resentida por los deseos de la corte; Aún era la niña que se sentaba a sus pies a escuchar historias de la vieja Valyria. En esta vida, él no cometería el error de dejarla desprotegida ante las intrigas de la Fortaleza Roja. El protocolo dictaba que la heredera debía aprender a gobernar a la sombra del rey, y Viserys iba a asegurarse de que cada señor de Poniente viera a Rhaenyra a su lado, no como un adorno cortesano, sino como la futura reina.
Cuando Otto Hightower cruzara esa puerta, encontraría al rey de siempre, pero el tablero ya habría comenzado a cambiar en el más absoluto silencio.
