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Guillermo sabía a la perfección lo que Pedro esperaba de él.
Cada vez que le observaba con aquellos ojos tristes y brillosos. Cada pequeñas cercanías, esos abrazos cargados de amor.
Pedro quería ser besado. Pedro quería capturar toda su atención y Guillermo realmente quería dársela, quería hacerlo feliz pero, ¿Guillermo podía ser feliz? Porque una cosa es querer y la otra muy distinta es pensar que lo mereces. Y él no pensaba merecerlo.
Más bien, era una dualidad. Desear la felicidad, pero sentirse miserable por ello.
En su vida había cometido muchos errores. Con Juan, su ex esposa, Ana.
¿Quién podría asegurar que no dañaría a Pedro? O más bien, ya lo estaba haciendo al poner una barrera entre ambos. Y no tenía muchas opciones, Beggio ya estaba casado, aunque a su lado descarado no le importaba demasiado, pero el hecho de pensar que eso pudiese afectar el día a día del chico, le dolía.
Una noticia fatal llegó a sus oídos en esas semanas. Camila estaba esperando un bebe. Guillermo no daba crédito y Pedro feliz no se veía. Y lo sabía a la perfección. Sus ojos siempre hablaban por él… Esos preciosos ojos.
El mal humor de Pedro se hacía notar, sus ataques de celos empeoraban. Todo estaba fatal entre ellos. No había una solución, un punto intermedio. Eso en definitiva no iba a mejorar. Por lo que optó por hacer lo mejor… o peor. Distanciarse de Pedro, echarle del estudio. Buscar una excusa para tenerlo alejado.
Su desaparición e ida al bar fue la excusa perfecta para echarle, sin importar si era válido para las respuestas que estaba buscando y descubrirse a sí mismo.
Lo denostó, humilló delante de todos y le dejó ir. De una u otra forma necesitaba hacerlo sentir mal para mantenerlo lejos. Y todo aquello le sentó peor.
Beggio intentó defenderse, quería hacerlo entrar en razón y sus palabras eran válidas, sobre todo las de Gabriela. Alberto cometió muchísimos más errores que Pedro y aun así decidió perdonarlo, mientras que el castaño solo buscaba descubrirse, necesitaba saber qué había dentro de sí, ¿por qué Guillermo le gustaba tanto? ¿Acaso le gustaban otros hombres o solo Graziani era su problema?
Nunca estuvo orgulloso de hacer lo que hizo, y Pedro estaba en todo su derecho de mandarlo a la mierda si quería… pero no lo hizo. No lo hizo porque no tenía el coraje, la valentía ni el corazón porque lo quería demasiado.
Gabriela entró a su despacho hecha una fiera ese día. Hizo lo que nadie se atrevía a hacer en ese estudio: encararlo.
—¿Cómo podés hacerle algo así a Pedro?
—¿Hacerle qué, Gabriela? ¿Hacerle qué?
—Echarlo como si literalmente fuera un perro, Guillermo.—La pelirroja se encontraba de brazos cruzados, observando con furia.—Pedro ha sido una persona completamente leal contigo, como Beto, como yo o como Marcos. No le podés pagar así. Humillándolo y echándolo como si fuese un completo desconocido.
—¡La decisión está tomada, Gabriela!
—¿Sabés qué, Guillermo? Vos estás asustado. Vos estás asustado por todo lo que sentís por Pedro. Solo buscas una manera ridícula para sacarlo de tu vida. ¿Vos creés que eso será mejor para ti o para él?
—Gabriela, no te metás, eso es un asunto privado entre él y yo.
—Yo no me quiero meter en tu intimidad, pero yo sé que en el fondo Pedro te trae felicidad, he visto como lo mirás, como se miran los dos.—El cuerpo de Gabriela se relajó ligeramente, demostrando que ya no estaba a la defensiva.—¿Realmente querés alejarlo así y para siempre? Solo te digo, Guille. Todos aquí queremos tu felicidad y Pedro es alguien que te hace feliz.
Y el arrepentimiento le azotó la espalda.
La conversación o más bien, la reprimenda de Gabriela le había destrozado un poco, sumando la charla que sostuvo con Ana esa tarde le hicieron tener una pequeña epifanía.
Recordó su juventud, su miedo al ser descubierto, sobre todo en una época tan violenta en sus 20s. Su relación con Juan, cómo le rompió el corazón, sus distintos vínculos con otros hombres.
Él tenía más experiencia que Pedro y perfectamente podría ayudarle, pero decidió solo escucharlo. Darle la oportunidad de explayarse.
Se quedó sin aire cuando mencionó que solo él estaba en su mente, que ningún otro hombre le interesaba.
Podría haber llorado en ese preciso instante.
Beggio apareció en su despacho días después, exigiendo volver a su lado. Casi suplicando, y debe aceptar que eso movió algo dentro de él. Verlo de ese modo, rogando por estar a su lado, le hacía sentir muy bien y con una pizca de poder y excitación.
Le advirtió que no lo provocara porque no sería capaz de controlar sus instintos primarios con él si volvía a ver esos ojitos implorando mantenerse a su lado.
Lo dejó regresar.
Era débil, demasiado débil cuando se trataba de ese hombre. Ni diciéndole las atrocidades más horribles se alejaría de si. Pedro realmente estaba enamorado y Guillermo debía mantener la calma, abstenerse de querer desnudarlo allí mismo y hacerle el amor como un desalmado.
Dejó las reglas del juego muy claras. No saldrían ni tendrían casos juntos, no le daría visitas nocturnas, no almorzarían juntos, simplemente serían grandes compañeros de trabajo.
El castaño aceptó a regañadientes, conformándose, como siempre, con lo mínimo.
Así deben ser las cosas, no había otras opciones.
Ambos tendrán que resignarse a solo verse las caras todos los días y fingir que no sentían nada por el otro.
Antes de retirarse de su oficina, Pedro se mantuvo observándolo unos instantes, con una expresión algo dudosa.
—¿Qué pasa, Pedro? ¿Qué tenés?—Inspeccionó su rostro con la mirada en busca de respuestas. Ya tenía algo de noción sobre lo que quería decir y de su sentir. Se iba a arrepentir de escucharlo, era lo más seguro.
—Vos sabés que… si Camila no estuviese embarazada, las cosas serían muy distintas entre nosotros ¿no?—Su mano se mantuvo aferrada a la puerta, observando a Graziani con aquella mirada de cachorro herido.
—Si, Pedro… Lo tengo muy claro.
Beggio bajó la vista asintiendo, retirándose de la oficina a paso lento, cerrando la puerta tras de él.
Retiró los anteojos de su rostro, tirándolos al escritorio delante suyo, acariciando el puente de su nariz con su pulgar e índice.
Se incorporó del asiento solo para servirse un vaso de whisky y cerrar las persianas, volviendo a su silla.
No sabía cuánto resistiría esto, no estaba seguro de si realmente lograría sobrevivir así. No podía tenerlo lejos, tampoco cerca, pero si ha de vivir en sufrimiento constante, en definitiva que fuera con Pedro cerca de él y así poder admirarlo un tiempo más, lo que perdurará su relación.
