Chapter Text
Dormía profundamente, aunque el sueño nunca era lo que solía ser. Desde que cambié, dormir se había convertido en algo más superficial, más vigilante, como si mi mente estuviera siempre alerta, esperando cualquier señal para reaccionar. Aunque no puedo quejarme, puedo dormir, nunca lo pude hacer en el infierno, nunca sabía si era de noche o de día, eso sin contar que los demonios no tienen la necesidad de dormir. Aquí las sombras se sentían cálidas y tranquilas, envolviéndome con una calma que nunca había encontrado en la luz.
Y entonces, un estruendo metálico rasgó el silencio como una grieta en el aire, estridente y agudo. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, despertando en un espasmo, con las manos apretadas y el dolor disparándose en mis oídos como si estuviera siendo atacado por cada molécula de sonido. Era insoportable. Me encogí, las sombras a mi alrededor agitándose junto con mi respiración acelerada.
"¿Quién se atreve?", pensé, con una rabia que se encendió al instante. Mi cuerpo se tensó mientras intentaba levantarme,
Pero esta vez, sentía algo diferente.
En mí.
Había algo ausente, una sensación de ligereza que no terminaba de encajar.
Un peso menos.
Mi cuerpo lo aceptaba como si siempre hubiese sido así, como si nunca hubiese tenido que cargarlo.
Pero las sombras, en su murmullo constante, no lo ignoraban.
No lo nombraban directamente, pero se movían con una cadencia distinta, como si notaran que algo estaba oculto, aunque yo aún no lo comprendiera.
No podía razonar, mi mente seguía luchando contra el eco que aún retumbaba en mi cabeza, pero entonces algo cortó ese frenesí. Un aroma. Algo familiar. Algo mío.
Respiré profundamente, dejando que ese olor me invadiera. Era cálido, mezclado con un toque de dolor y desesperación, pero también con algo profundamente humano que me hacía imposible ignorarlo. El dolor en mis oídos comenzó a desvanecerse, mi pecho se relajó, y la conexión fue instantánea. Charles. Él estaba aquí.
Lo observé desde mi rincón del ático, viendo cómo se movía. Lentamente, con un cuidado que hablaba de dolor, se ajustó la chaqueta antes de quitársela, su cuerpo tenso, su rostro una mezcla de frustración y agotamiento. Los moretones en sus brazos eran oscuros y brutales, como recordatorios de algo que había enfrentado y perdido. Un nudo se formó en mi garganta, aunque no entendía del todo por qué. El es mío, y tenía que saber más. Tengo que saber ¡quien se atrevió a dañarlo! No podía esperar.
El se sentó, con las piernas cruzadas en una pose india, sus movimientos lentos, cuidadosos, casi rituales. Lo observé mientras sacaba una pequeña pomada de crema de su mochila, aplicándolo en sus brazos con una delicadeza que hablaba de dolor, cautela y experiencia. Sus manos temblaban ligeramente, y su rostro mostraba una mezcla de agotamiento y algo que no podía descifrar: ¿ira? ¿miedo? ¿resignación?
Las sombras se agitaron ligeramente a mi alrededor, como si respondieran a mi curiosidad, pero permanecí inmóvil. El acto de curación de Charles era algo que no había esperado ver, y cada movimiento suyo parecía una pieza de un rompecabezas que necesitaba entender. Lo vi inhalar profundamente, dejando escapar un suspiro que resonó en el espacio como un intento desesperado de calmarse.
Cuando finalmente guardó la crema y dejó caer la chaqueta junto a él, su mirada se dirigió hacia el suelo, fija, como si estuviera procesando algo que solo él podía comprender. Se levantó lentamente, su postura aún tensa pero más firme, con una dirección fija, la salida.
Charles comenzó a moverse, su respiración irregular mientras salía del lugar. Las sombras parecieron invitarme, susurrándome suavemente mientras se extendían hacia las esquinas del espacio. Las seguí, dejando que me envolvieran mientras mi cuerpo se adaptaba a su protección. Era un movimiento instintivo, un descubrimiento que apenas comenzaba a comprender. Mi primer paso hacia él.
Mis sentidos se agudizaron al instante. Las sombras seguian llamandome, como una invitación para seguirlo.
"No puedo esperar, tengo que seguirlo," murmuré para mí mismo,
La luz del día era un desafío, pero las sombras aún estaban ahí, esperando por mí, podía mimetizarme con ellas, dejé que las sombras comenzaran a envolverse a mi alrededor me sentí más conectado con mi nueva naturaleza, más capaz de moverme entre los rincones del mundo humano sin ser visto.
Esta habilidad me permitió seguirlo, observarlo, entenderlo. A pesar de la luz del día, el instinto de estar cerca de Charles era más fuerte que cualquier advertencia. ÉL.ES.MÍO, y tenía que saber más, tenía que saber quien se atrevió a dañar a mi lindo Charles.
Las sombras aún me envolvían mientras me movía hacia la salida del ático. Cada paso era calculado, siguiendo el rastro del olor de Charles que parecía guiarme incluso cuando no podía verlo. El aire del día era fresco y denso, y al acercarme, escuché el murmullo de las voces estudiantiles mezcladas con el eco de pasos apresurados.
Al llegar a la salida, me detuve. El patio que se extendía frente a mí no estaba completamente desierto, pero tampoco inundado de estudiantes. Tal parece que es la hora de ingreso a pesar de que, las clases habían comenzado hacía unos minutos, y estudiantes paseaban a lo largo de los caminos con mochilas colgando de sus hombros y cabezas agachadas, apurados pero distraídos. Era una escena ordinaria, mundana. Pero entre el movimiento disperso, él destacaba.
Charles. Lo vi, y el mundo pareció ralentizarse por un instante. Estaba allí, mezclado entre los demás, pero había algo en él que lo hacía imposible de ignorar. A pesar de su postura ligeramente tensa y el rastro de agitación que aún quedaba en su respiración, su sonrisa iluminaba su rostro con un engañoso aire de normalidad. Caminaba con una calma forzada, saludando aquí y allá, como si todo estuviera bien. Como si no estuviera roto. Pero yo lo sabía.
Mis ojos lo siguieron con intensidad, fijándose en cada detalle. Los demás no lo notaban, no podían verlo como yo lo veía. Para ellos, era simplemente otro estudiante más, sonriente y amigable. Pero yo podía sentir la tensión en sus hombros, la manera en que su mano rozaba inconscientemente el brazo herido como buscando consuelo. Su sonrisa, aunque brillante, no podí engañarme. No a mí. Nunca a mí.
Las sombras a mi alrededor se tensaron ligeramente, como si respondieran a mi pensamiento. Él era mío, y no iba a permitir que lo que sea que lo estuviera dañando siguiera oculto de mí. Me moví con cautela entre las esquinas oscuras, impidiendo que el flujo disperso de estudiantes y la luz tenue del día me alcanzaran. No podía perderlo de vista. No ahora.
Un grupo de estudiantes se interpuso en su camino, bloqueándolo sin motivo aparente. Eran del equipo. ¿Qué buscan? Charles se tensó, pero inmediatamente les ofreció una sonrisa y adoptó una postura relajada, aunque era evidente para mí que la tensión estaba allí, latente. Las sombras a mi alrededor reaccionaron a mi enojo, agitándose como si fueran una extensión de mi pensamiento.
Uno de ellos, aquel que sería mi cena de esta noche, le apretó el brazo con los moretones. El gesto parecía casual, incluso amigable, pero yo sabía que no era así. Era intencional. Pude verlo en la forma en que sus dedos se aferraban con demasiada fuerza, en la sonrisa ladina que se asomaba en sus labios. ¿CÓMO SE ATREVE?
Charles apenas reaccionó. Con una elegancia impecable, retiró su brazo del agarre de forma sutil, sin perder su sonrisa. Sus labios se curvaron ligeramente, como si quisiera ocultar su incomodidad, pero sus ojos no podían engañarme. Les dedicó una última sonrisa antes de abrirse paso, continuando su camino con pasos firmes y controlados.
No pude evitar quedarme atrás para observarlo. Había algo en su manera de caminar, en la luz que parecía envolverlo, que me atrapaba completamente. Era brillante. Mi Charles. Mi dulce Charles. El enojo que hervía en mi pecho no hizo más que reforzar mi decisión. Esta noche, no existirá la compasión para él. Daña a mi Charles de forma consciente, y lo hará pagar.
Mientras me movía entre las sombras, una idea tomó forma en mi mente. Charles no debería cargar con el peso de cazar y matar cuando finalmente lo transforme. Tengo que encontrar una forma de que se alimente, algo que se alinee con su naturaleza. Él es demasiado brillante, demasiado humano para esto. Pero eso puede esperar. Por ahora, lo único que importa es que él esté a salvo.
El día avanzaba con lentitud, el campus vaciándose poco a poco conforme los estudiantes se acomodaban en las aulas. Pero mis ojos no se apartaban de Charles. Había algo magnético en la manera en que se movía, incluso cuando la tensión en sus hombros delataba su agitación. Caminaba con una firmeza que solo yo podía saber que estaba forzada. Su luz era palpable, como un faro, atrayendo incluso a quienes no sabían su verdadero peso.
Las sombras a mi alrededor parecían susurrar, impulsándome a seguirle, a no perderlo de vista. Pero no era solo la ira la que guiaba mis pasos. Mi curiosidad ardía, insaciable. Mi Charles estaba lleno de secretos que aún no me había permitido descubrir, y cada uno de sus movimientos parecía revelar solo una pequeña parte de todo lo que escondía.
Finalmente, se detuvo. Eligió un banco bajo un árbol, el único espacio en el que las sombras se estiraban a pesar del avance del sol. Se sentó, inclinándose hacia adelante como si el peso en su pecho fuera demasiado para soportarlo completamente. Mi atención se enfocó aún más mientras lo observaba desde la distancia. No podría decir por cuánto tiempo permanecí allí, inmóvil, simplemente observándolo.
Sus manos descansaban sobre sus rodillas, y su mirada estaba fija en el suelo. Podía ver cómo su respiración seguía un ritmo irregular, aunque su postura seguía intentando transmitir calma. Era frustrante y hermoso a la vez. En mi mente, solo había una certeza: esta noche haré que aquellos que lo hieren paguen. Él no lo sabe, no me necesita ahora, pero pronto lo sabrá. Yo soy quien lo cuidará. Quien siempre lo protegerá.
Un ruido ensordecedor llenó el ambiente, rasgando el aire con una intensidad insoportable. El dolor se disparó en mis oídos, agudo, penetrante. Fue inevitable cubrirlos, tratando de acallar el sonido que parecía quemarme desde adentro. Las sombras que me protegían se estremecieron, vibraron con mi desesperación, y entonces ocurrió: pequeñas fisuras se abrieron, dejando que el sol comenzara a filtrarse. Un calor abrasador tocó mi piel, lento pero certero. Las sombras se debilitaban. Me estaba quemando
Necesito que pare. Si las sombras ceden más, si se dispersan, si me dejan desprotegido, entonces... ¿Así acabaré? ¿Consumido por el sol? ¿Con tan solo tres días y cuatro noches de libertad antes de regresar al infierno?
Mientras la agonía me envolvía, el sonido finalmente se detuvo. Solo entonces, con mi cuerpo aún temblando, descubrí la fuente de ese maldito ruido: una campana. Eso era claro. Pero no era como las campanas de las torres de mi tiempo, las que anunciaban el inicio de clases. Esta era distinta. Invisible, quizá. Automática, como si los estudiantes supieran su significado sin necesidad de verla. ¿Cómo lo saben sin mirarla? ¿Cuántas cosas han cambiado desde que desaparecí? ¿Porque el sonido me lastima?
Las sombras se restablecieron lentamente, cerrando las grietas, envolviéndome de nuevo en su protección. Respiré, obligándome a relajarme mientras mi cuerpo se mimetizaba con la oscuridad. Charles no pareció haberse dado cuenta de mi pequeño fallo. Eso estaba bien. Él aún no debía saber de mí.
Pero entonces, cortando todo pensamiento, se levantó de golpe. Sus movimientos bruscos, urgentes. Corrió. Iba tarde. Su cuerpo se movía con rapidez, ligero, como si hubiera olvidado el peso de lo que lleva dentro. Pero yo no lo olvido. Lo sigo viendo incluso cuando ya no está en mi campo de visión. Lo sigo sintiendo.
No me molesté en seguirlo de inmediato. Aunque no sabía a dónde iría. Su olor me guiaría, me llevaría directo a él cuando yo quisiera. Así que me tomé mi tiempo. Observé la escuela, dejando que los recuerdos se mezclaran con la realidad, reconociendo lugares, extrañando otros tantos que ya no estaban. Y, en medio de todo, la pregunta que se volvió más fuerte que cualquier otra: ¿Aún existe mi familia? ¿El apellido Paine sigue siendo reconocido? Si aún existen, ¿me recordarían? ¿O acaso, para ellos, yo nunca existí?
Las voces de dos estudiantes llenaron el pasillo, entremezclándose con el murmullo constante de la escuela. No podía verlos claramente desde mi posición, pero el tono de su conversación era despreocupado, vibrante, ajeno a la carga que pesaba sobre mi mente.
"¿Viste Titanic anoche? La fila para entrar al cine era absurda, pero valió la pena."
"Obvio, Jack y Rose son icónicos. ¿Pero ya escuchaste el nuevo álbum de Madonna ? Ray of Light es otro nivel."
Sus palabras pasaron de largo, como cualquier conversación trivial... hasta que algo en ellas me hizo tensarme. Titanic. Madonna. Ray of Light. Eran nombres sin contexto, pero su entusiasmo, su certeza, daban a entender que hablaban de algo reciente.
La sensación de inquietud se asentó en mi pecho, oscura y densa. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dónde estoy realmente?
El olor de Charles me llevó hasta la ventana de un aula, donde el se encontraba inclinado sobre su escritorio, concentrado en su libro. Me deslicé entre las sombras con cautela, ocultándome en el rincón menos iluminado de la estructura. Mis ojos recorrieron los objetos sobre la mesa, y ahí lo vi.
Historia Contemporánea.
Las sombras se agitaron a mi alrededor, un murmullo ininteligible recorriendo el aire. Traté de enfocarme en las páginas abiertas, buscando algo que me diera claridad. Me detuve en ciertas palabras, fechas que no debería estar viendo.
El desastre de Chernóbil, 1986.
Live Aid, 1985.
La Guerra de las Malvinas, 1982.
Mijaíl Gorbachov y sus reformas desde 1985.
Las fechas parecían incomodar a mi mente, como si empujaran contra un muro que aún no quería romper. Todo esto... es reciente. Todo esto... es cercano. Pero cercano para ellos, no para mí.
Las sombras a mi alrededor susurraron, inquietas, como si también sintieran la grieta que comenzaba a formarse en mi pensamiento.
¿Cuánto tiempo ha pasado?
Las sombras aún murmuraban a mi alrededor, inquietas, como si compartieran mi propio desconcierto. Los fragmentos de historia que acababa de ver en el libro de Charles seguían resonando en mi mente. Chernóbil. Malvinas. Gorbachov. Pistas que se acumulaban sin respuesta definitiva.
Pero entonces lo vi.
Un calendario, colgado descuidadamente en la pared del aula.
Las sombras se apretaron contra mi piel cuando mis ojos encontraron la fecha marcada, clara como la muerte misma.
1989.
El peso de la verdad cayó sobre mí con una violencia que no esperaba. Las sombras vibraron, como si quisieran alejarme, como si trataran de protegerme de la revelación que ya no podía ignorar.
Era 1989.
Mi familia... ¿Aún existe? ¿Mi apellido sigue teniendo peso? ¿O simplemente fui olvidado, reducido a un nombre enterrado bajo los años?
Las sombras no me respondieron. No hubo susurros esta vez. Solo silencio. Un silencio que se extendió dentro de mí con una profundidad imposible.
El calendario seguía ahí, inmóvil, como una sentencia escrita en papel. >>1989<<. Las sombras a mi alrededor vibraron, inquietas, como si compartieran mi desconcierto. Pero no había consuelo en ellas esta vez. No había susurros que me guiaran. Solo silencio.
Mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera procesarlo. Las sombras me envolvieron, llevándome lejos del aula, lejos de la verdad que acababa de descubrir. Corrí, o más bien me deslicé entre la oscuridad, buscando el único lugar donde sabía que estaría a salvo.
El ático.
El ático se cerró sobre mí como una jaula, las sombras retorciéndose en los rincones como si quisieran contener lo que estaba a punto de romperse dentro de mí.
73 años.
Setenta y tres.
Mi existencia en el mundo humano había terminado hacía más de siete décadas, y apenas ahora me enfrentaba a esa verdad. No quedaba nada. Nadie esperando por mí. Ningún hogar al que regresar.
Las sombras murmuraban, intentaban calmarme, pero esta vez no quería escucharlas.
Golpeé la pared con fuerza, suficiente para sentir cómo la vibración recorrió mis dedos, pero no lo suficiente para apagar el caos en mi mente. 73 años. Mi respiración era irregular, aunque no la necesitara. Mi cuerpo reaccionaba como si la angustia fuera algo físico, como si pudiera enraizarse en mi piel y ahogarme.
Algo dentro de mí se quebró.
Tomé otro objeto al azar-un viejo libro, la cubierta gastada bajo mis dedos-y lo lancé contra el suelo con violencia. Las páginas se abrieron como una herida expuesta, dispersándose como si compartieran mi desesperación.
73 años.
Mi existencia antes del infierno... ¿quedaba algo de ella? ¿O todo había sido reducido al polvo de la historia?
Las sombras se acercaron más, más de lo habitual, como si supieran que estaba perdiendo el control. Susurros enredados, un murmullo insistente. "Detente."
No me detuve.
Mis manos alcanzaron la lámpara rota en el rincón y la arrojé contra la pared. El sonido de vidrio quebrándose resonó en el ático, dispersándose como una última advertencia. Pero nada de eso era suficiente. No había nada que pudiera devolverme el tiempo perdido. No había nada que pudiera devolverme mi vida.
No se cuanto tiempo paso para cuando me di cuenta, las sombras se cerraban más sobre mí, envolviéndome con una fuerza que ya no podía ignorar. Susurros suaves, insistentes, como si intentaran sujetarme, detener mi descontrol.
"Detente."
Las palabras no eran físicas, no eran reales en el sentido humano, pero las sentí tan claramente como si hubieran sido pronunciadas en voz alta. Las sombras nunca me hablaban de esta manera, nunca con tanta urgencia.
Mi cuerpo se tensó, mi respiración-innecesaria pero presente-se volvió irregular. Miré a mi alrededor. El ático estaba un desastre. Objetos rotos, libros esparcidos, el eco de mi desesperación aún flotando en el aire.
Las sombras sabían lo que yo aún no quería admitir.
Esto no tenía solución.
No había marcha atrás.
No podía recuperar nada.
73 años.
Mi cabeza cayó contra la pared con un golpe seco. Cerré los ojos. Dejé que las sombras hicieran lo que siempre hacían. Que me cubrieran. Que me envolvieran. Que me hicieran desaparecer.
Pero esta vez, no funcionó.
El peso de la verdad seguía ahí.
Inmutable.
Me quedé inmóvil. La furia ya no tenía sentido. La desesperación no podía darme respuestas.
Ahora, solo quedaba el vacío.
El sueño me atrapó sin darme cuenta. No fue descanso. No fue alivio. Solo oscuridad, suspendida en el vacío de mi mente.
Las sombras se movían a mi alrededor, manteniéndome oculto, envolviéndome con su susurro constante. "Duerme."
Cuando abrí los ojos, el mundo había cambiado otra vez.
Las voces de los estudiantes llenaban los pasillos. Puertas abriéndose, mochilas cerrándose con prisa, risas despreocupadas. Era el final del día escolar. Ellos se iban. Yo seguía aquí.
Las sombras vibraron, una presión tenue recorriendo mi piel. Me levanté lentamente, mi cuerpo aún pesado por el peso de la verdad que me había golpeado antes. 73 años.
Pero el tiempo no se detendría solo porque yo no sabía qué hacer con él.
Las voces en los pasillos se alejaban, la escuela vaciándose mientras el mundo seguía adelante sin mí. 73 años. Lo hicieron
Me puse de pie, los ecos de mi propia desesperación aún atrapados en el ático. Las sombras se deslizaron conmigo, expectantes, casi contenidas. Pero esta vez, no me detuvieron.
Cuando avancé hacia la ventana, mi mente se aferró a una idea, a un pensamiento que flotaba en el vacío de mi crisis.
"Lo que no te mata, te hace más fuerte."
Una risa amarga casi se escapó de mi garganta.
Pero no era cierto.
No podía morir.
Y no me sentía más fuerte.
Las sombras se estremecieron ante mis pensamientos, inquietas, como si pudieran sentir el peso de mi existencia. Pero yo ya no quería quedarme en el ático, atrapado en el desastre que había creado. Debía salir.
Fue entonces cuando lo percibí.
El olor de Charles.
Cálido, tranquilo, atrapado en el aire nocturno que flotaba por la escuela casi vacía.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Debía encontrarlo.
Porque por primera vez desde que descubrí la verdad, había algo que me hacía sentir menos perdido.
Charles.
Las voces de los estudiantes seguían resonando afuera, el colegio aún lleno de movimiento. Aun que quisiera, no podía simplemente lanzarme desde el ático; era demasiado expuesto. Aunque mi cuerpo resistiera la caída, no podía permitirme ser visto.
Las sombras se deslizaron a mi alrededor, envolviéndome en su presencia sigilosa. No iba a correr riesgos innecesarios.
Moviéndome con precisión, hacia la puerta de mantenimiento, apenas perceptible entre las vigas de madera. Perfecto.
Las sombras parecieron entender mi intención antes de que siquiera la procesara completamente. Las dejé guiarme mientras me deslizaba hacia la puerta, girando el viejo pomo con cuidado para que no hiciera ruido. El pasillo vacío me recibió con un aire frío y silencioso.
No me detuve.
Avancé entre la penumbra, sin tocar la luz artificial que aún brillaba en algunas zonas. Me moví con rapidez, perdiéndome en los espacios menos transitados, hasta que finalmente llegué al exterior.
El olor de Charles me golpeó en el momento en que crucé el umbral.
Cálido. Tranquilo.
Mis pensamientos se aquietaron por un instante.
Sin esperar más, lo seguí.
Lo encontré en una de las aulas más al sur, se encontraba guardando sus cosas. Era el único ahí. Parecia mas relajado aunque aun cargaba esa mirada de dolor y frustración, pero se ha agregado una nueva emoción Desesperación ¿porque? ¿No quiere ir a la practica? ¿Ha sacado mala calificación?. Charles como quisiera hablarte y que me expliques que te pasa.
Mi dulce y triste Charles.
Sale del aula, con pasos decaidos y pequeños. Parece que va a la guillotina
Lo seguí en silencio, dejando que las sombras me envolvieran mientras avanzaba detrás de él. Cada paso que daba parecía más pesado que el anterior, como si el suelo mismo intentara detenerlo. Su espalda estaba ligeramente encorvada, sus hombros tensos, y esa desesperación que había visto en su rostro ahora se reflejaba en cada movimiento.
Oh Charles. Mi dulce y triste Charles.
Quería alcanzarlo, detenerlo, preguntarle qué lo atormentaba. ¿Por qué esa desesperación? ¿Qué lo esperaba fuera de estas paredes que lo hacía caminar como si estuviera condenado?
Las sombras a mi alrededor susurraban, inquietas, como si compartieran mi preocupación. Pero no podían darme respuestas. Solo él podía. Y aún así, nunca lo obligaría.
Continuamos caminando, el sol finalmente se había escondido esta bien, ya no había riesgos, ahora tenía más sombras más libertad, me coloque a su lado, fingiendo caminar junto a él, fingiendo que estaba vivo y que el era mi amigo, por su voluntad, fingiendo que no lo acoso que no estoy observando desde las sombras.
Nos detuvimos en los vestidores, se quedó un momento observando la manija, parece que está tomando valor ¿porque?, miró al cielo lleno de estrellas sus ojos las reflejó. Oh que hermoso espectáculo, que fascinante eres Charles.
Como si hubiera encontrado algo que buscaba, su mirada se iluminó.
Finalmente abrió la puerta y respirando hondo entró, mientras avanzaba se afianzó más su agarre en la correa de su mochila. Llegamos a la sección de los casilleros, su número era siete oh, vaya coincidencia ese también era mi número cuando estaba vivo.
Charles, parecía tener prisa pero tambien miedo por la forma en que abrió su casillero, silencioso pero rápido, al parecer esto no es algo que hace recientemente.
Se comenzaba a quitar las prendas, esto es malo, no se que debo hacer, quiero observarlo, pero también respetarlo. Oh dulce agonía. ¿Qué debo hacer cual es la elección correcta?. El ciertamente no apreciara que lo observé. No puedo hacerle esto debo respetarlo no importa lo que yo quiera, no importa lo que mi instinto desee, no lo veré. No cuando el no me lo ha pedido, no cuando el ni siquiera es consciente de mi presencia.
Muy lejos de ahi, perdida en el tiempo, una mujer levantó la vista del libro sonriendo, asintió suavemente con brevedad y continuó leyendo
Me di la vuelta, justo a tiempo, se estaba sacando la camiseta, el sonido de las prendas al rozar con su piel... ah bendito mundo, clave mis uñas a mis palmas no debía no es correcto. Pero solo espero que el quiera cambiarse rápido "oh señor que así sea"
Fueron 8 minutos de tortura, 8 minutos de deliciosa tortura. Claro que no se parecía en nada a las del infierno, esta era mucho mejor. Me di la vuelta cuando supe que finalmente se había cambiado, tomó su equipo y corrió hacia afuera. No llegó tarde, aún faltaban miembros del equipo, eso estaba bien yo aún necesito comer.
Charles comenzó a correr vueltas por la cancha, esa es una oportunidad magnífica para conseguirme un poco de sangre. Antes de que el habré arrasará con todo mi sentido lógico. Odio esta parte aunque ha ido aminorando, talvez solo necesito adaptarme más.
Me trasporte en las sombras, y llegue hacia una parte oscura del campus ahí estaba mi presa, al parecer haciendo sus necesidades biológicas, ¿No conoce el baño? Es demasiado asqueroso.
Espere a que terminará, entrereniendome con otras cosas, sonidos, búhos, todo lo que me impida seguir viendo, escuchando y oliendo esa atrocidad. Para mi suerte no le faltó mucho para acabar. Finalmente puedo comer, no debe ser demasiado. Solo lo suficiente para que mi hambre no ataque. El chico aún tiene que jugar.
Me coloque detrás de él sigiloso como siempre, no era muy grande y fácilmente le tape la boca mientras lo sometía. Mordí rápido sin intenciones de demorarme, Charles va a jugar y esta noche es solo de el.
No tome demasiada sangre, solo lo suficiente y además el chico no quedó casi inconsciente, así que solté su cuello y guire levemente su cabeza hacia el otro lado, hacia mí. Lo miré a los ojos tiene lindos ojos negros, lástima que no son los hermosos ojos café de mi Charles.
Lo hipnotice " Olvída que esto ocurrió ". Lo deje ahi procesando su nueva información, no tardaria tanto. Me escabulli de nuevo hacia la zona habitada del campo.
Charles se encontraba jadeando, apoyándo en sus rodillas, tenía una fina capa de sudor y sus rizos despeinados. Que hermosa vista. Parece menos estresado, más ligero. En verdad el rugby le gusta, que lindo.
El entrenador llamó a todos, ordenando que formen una línea, tal parece que van a comenzar
La práctica comenzó con el silbato del entrenador, cortando el aire con un sonido seco. El campo cobró vida.
Los jugadores se acomodaron en sus posiciones, ajustando correas, exhalando profundo antes del primer choque.
Desde mi lugar en las sombras, vi a Charles entrar en su propio mundo.
La primera jugada se desplegó con rapidez-el Número 9 movió el balón, enviándolo al Número 10, quien evaluó el escenario en segundos.
Charles no esperó.
Ya estaba corriendo antes de que el pase siquiera se diera, anticipándose al juego como si lo conociera de memoria.
Cuando el balón llegó a sus manos, todo se redujo a su velocidad y a la defensa cerrándose ante él.
Avanzó.
Un defensa intentó alcanzarlo, pero Charles giró su cuerpo con precisión, esquivándolo con una elegancia afilada.
Otro jugador se acercó, decidido a bloquearlo. Error.
Charles hizo un cambio de ritmo engañoso, simulando moverse a la izquierda antes de lanzarse con fuerza a la derecha. La defensa se fracturó por un instante.
Pero en el juego, un instante lo es todo.
La energía en el campo se mantenía intensa, pero debajo de ella había algo más... una grieta que solo algunos podían notar.
Los cinco jugadores que lo despreciaban estaban presentes, pero no para apoyarlo.
El pase hacia él tardó un poco más de lo necesario.
El contacto fue más brusco cuando lo golpearon.
El Número 6 no cubrió su espacio cuando debió hacerlo.
Pero Charles no reaccionó.
No los miró, no les exigió nada.
Solo siguió jugando.
El balón regresó a él en una jugada rápida con el Número 12. Era el momento.
La defensa se cerraba sobre él, los jugadores intentaban acorralarlo. Pero Charles ya lo había visto venir.
Bajó la velocidad por un instante.
Solo un pequeño instante.
El suficiente para hacerles creer que podían atraparlo.
Error nuevamente.
En el último segundo, giró con brutalidad, dejando a dos jugadores desequilibrados. Avanzó.
Nada lo detenía.
Nada.
En ese momento lo vi sonreír.
No una sonrisa de burla.
No una sonrisa desafiante.
Solo una sonrisa sincera, pequeña, efímera.
La zona de anotación estaba a su alcance.
El balón tocó el suelo.
El silbato sonó.
La práctica terminó.
Los jugadores se dispersaron. Charles exhaló, sus rizos despeinados, su piel aún brillando por el sudor. Parecía más ligero.
En ese instante, no era el chico que caminaba con desesperación por los pasillos.
En ese instante, era solo alguien jugando.
Las sombras a mi alrededor susurraron.
Y yo, aún oculto en ellas, seguía observando.
Invisible.
El equipo seguía dispersándose hacia los vestidores.
Charles se quedó un poco más, su respiración pesada mientras dejaba que el agotamiento se asentara en su cuerpo. Parecía tranquilo. Aún respirando la libertad que le había dado el juego.
Pero la paz nunca duraba mucho.
Los cinco jugadores comenzaron a moverse detrás de él, con sus risas ásperas y miradas que no prometían nada bueno.
Las sombras temblaron.
No las llamé. Ellas reaccionaron por sí solas.
Cuando los cinco dieron su primer paso hacia Charles, las sombras en el suelo se volvieron más densas, sus movimientos apenas perceptibles, como si el mundo mismo intentara ralentizar su avance.
Charles no notó nada.
Solo recuperó el aliento y se dirigió hacia los vestidores.
Las sombras a mi alrededor murmuraban, expectantes, inquietas. Algo en ellas quería seguirlo.
"Pídenos seguirlo."
Susurraron dentro de mi mente, suaves pero claras.
"¿Pueden seguirlo?"
"Somos las sombras. Estamos en todo el mundo."
No respondí de inmediato.
Las sombras se dispersaron antes de que pudiera decir algo más.
Por un momento, sentí el peso de su existencia más allá de mí.
Charles finalmente salió del vestuario, su buen ánimo aún visible, su cuerpo más ligero, más relajado. Ignoré a los cinco idiotas. Solo lo observé a él.
Pero el aire cambió.
Sus pasos aminoraron, pequeños y decaídos.
Lo seguí desde las sombras cuando los cinco jugadores lo alcanzaron.
"Buena jugada, indio." La voz de uno de ellos, cargada de sarcasmo, se rompió contra los muros del vestidor.
Charles no respondió.
Otro, más grande, agregó: "Pensé que los de tu tipo ni siquiera entendían las reglas."
Las sombras a mi alrededor se estremecieron.
Charles siguió avanzando, sus manos aferradas a la correa de su mochila. No levantó la mirada, no intentó defenderse. Solo caminó.
Pero el peso en sus hombros, aunque invisible para ellos, era evidente para mí.
Las palabras seguían resonando en mi mente, el eco de su silencio apretándome el pecho más de lo que quería admitir.
No era solo tristeza.
No era solo desesperación.
Era injusticia.
Y esta vez, las sombras parecían compartir mi rabia.
Esta noche, los 5 se pagarían su insolencia.
La ciudad estaba envuelta en la neblina de la noche cuando Charles salió del campus, sus pasos cada vez más pesados, como si el peso del día estuviera comenzando a asentarse sobre sus hombros. Las luces parpadeaban en la distancia, y el aire tenía ese frío que se desliza entre los huesos.
Desde las sombras, yo seguía observándolo.
Las calles no estaban desiertas, pero tampoco estaban vivas. Charles caminaba con el ritmo de alguien que no tenía prisa por llegar a casa, y aunque nadie más lo notara, yo sí.
Las sombras susurraron nuevamente.
"Ya sabemos dónde."
Mi mente se vació por un momento.
"¿Dónde?"
No hubo respuesta inmediata, solo un movimiento invisible entre las calles, guiándome sin palabras.
Charles dobló en una esquina, sus manos aún aferradas a la correa de su mochila. Sus dedos estaban tensos.
El hogar de Charles estaba en un edificio viejo, de esos que parecen haber sido olvidados por el tiempo, con paredes manchadas por la humedad y ventanas cerradas como si la oscuridad dentro fuera un secreto.
Cuando cruzó la puerta, el aire cambió.
Lo seguí entre las sombras, deslizándome por el pasillo estrecho hasta ver la escena que se desarrollaba frente a mí.
La madre estaba en la cocina cuando Charles entró, su cuerpo rígido, sus movimientos mecánicos mientras lavaba los platos. El sonido del agua corriendo llenaba el espacio, pero no lo suficiente para ocultar la tensión que se respiraba en el aire.
La voz del padre rompió el silencio antes de que Charles pudiera dar un paso más, cortando el aire como un cuchillo.
"¿Dónde carajo estabas?"
Charles se detuvo en seco, su cuerpo rígido como si el suelo bajo sus pies hubiera desaparecido. No respondió de inmediato. Primero bajó la cabeza, sus manos aferrándose con fuerza a la correa de su mochila, como si eso pudiera sostenerlo.
"En la práctica de rugby," murmuró, su voz apenas audible, como si temiera que el volumen pudiera desencadenar algo peor.
El padre rechinó los dientes, un sonido que llenó el pasillo con una tensión insoportable. Dio un paso hacia él, su sombra alargándose bajo la luz tenue.
"No me mientas, Charli," escupió, su tono cargado de una furia contenida, como si estuviera buscando una excusa para explotar.
Cuando el padre levantó la voz, la mamá se detuvo por un instante, sus manos aún sumergidas en el agua. No giró la cabeza, no miró hacia ellos. Solo se quedó quieta.
Charles, en cambio, levantó la cabeza de golpe, sus ojos abiertos de par en par, reflejando un miedo que no podía ocultar.
"No lo hago, en serio," dijo rápidamente, su voz temblando pero desesperada por sonar convincente. "Estaba en la práctica."
El padre lo miró fijamente, sus ojos oscuros perforándolo como si pudiera ver a través de su piel, buscando algo, cualquier cosa, que pudiera usar en su contra.
"¿sí?" Su tono era venenoso, cada palabra un golpe invisible. "¿Y por qué llegas tan tarde, eh? ¿Qué mierda estabas haciendo? ¿Crees que soy estúpido?"
Charles retrocedió un paso, su espalda chocando contra la pared. "No... no es eso. El entrenador nos hizo quedarnos más tiempo, y la práctica se alargó. Fue por eso, lo juro."
El padre se inclinó hacia él, su aliento caliente y cargado de rabia. "¿Crees que me importa una mierda lo que diga tu entrenador? ¡Mierdecilla inútil! ¡Siempre lo has sido!"
Charles apretó los labios, sus manos temblando mientras intentaba mantener la calma. Pero sus ojos, esos ojos que siempre parecían llevar el peso del mundo, ahora estaban vidriosos, al borde de romperse.
El golpe llegó antes de que pudiera decir algo más. No fue impulsivo, no fue un arrebato. Fue calculado, como si el padre hubiera decidido que las palabras ya no eran suficientes.
El sonido resonó en el pasillo, seco y brutal, seguido de algo rompiéndose.
"No vas a cenar hoy, Charli. Eso te enseñará a no llegar tarde la próxima vez."
La madre cerró los ojos, apenas un segundo, como si el sonido la atravesara. Luego, continuó lavando los platos, sus movimientos más lentos, más pesados.
Charles no lloró. No gritó. Solo bajó la cabeza de nuevo, sus hombros encorvándose como si intentara hacerse más pequeño, como si eso pudiera protegerlo.
Su madre no dijo nada.
No intervino.
Pero sus hombros estaban encorvados, su respiración más corta, como si cada palabra del padre y cada silencio de Charles fueran un peso que ella también cargaba.
Cuando Charles finalmente se movió hacia el sótano, ella se agachó para recoger los pedazos. Pero solo se quedó ahí, mirando los fragmentos, como si fueran un reflejo de algo que no podía reparar.
Desde las sombras, yo observaba.
No era solo Charles quien estaba atrapado en esta casa.
Ella también.
Las sombras a mi alrededor se tensaron, como si compartieran mi rabia.
El padre se dirigió hacia la cocina y la madre se tensó más. Intentó pararse, pero fue muy tarde. El padre le agarró por los cabellos y empujó su cara hacia los vidrios.
Se agachó y, en el oído de su mujer, susurró: "Querida, la próxima vez que me interrumpas cuando educo a mi hijo y rompas algo que me ha costado a mi pagar te voy a tener que educar a ti también por no saber respetar y valorar a tu marido."
Ella jadeó y tembló ligeramente. Esto solo irritó más al padre. Soltando un gruñido, dijo: "¿Has entendido?"
Tiró de los cabellos de su mujer hacia atrás, levantando su cara. Tenía pequeños pero profundos cortes por toda su mejilla y parte de la frente.
El padre la vio, sonrió con sadismo y excitación. Él está loco.
No puedo dejar a Charles aquí y mucho menos a su madre, quien al ver la sonrisa solo tembló más, sabiendo lo que venía. No lo permitiré.
Las sombras a mi alrededor susurraron en acuerdo, se esparcieron en todo el primer piso simulando que se había ido la luz. El padre chasqueó la lengua y soltó bruscamente a su mujer. Se levantó y se dirigió al piso de arriba. Ahora las sombras solo lo envolvían a él. La casa "volvió a tener" luz.
La madre continuó recogiendo los pedazos de cristal, hasta que no quedó ninguno. Ella se dirigió a una alacena con llave, forzó la cerradura logrando abrir el candado. Oculto en el fondo, sacó un plato de comida. Estaba aún caliente y eso la hizo sonreír un poco. Cerró de nuevo la alacena con candado y bajó hacia el sótano con el plato en mano.
La forma en que caminaba lentamente y con cuidado de no tocar mal una tabla que la pudiera delatar era aterradora. Cuando estuvo abajo, tocó ligeramente la puerta. Charles abrió con cuidado y sonrió al ver a su madre. La mujer le respondió la sonrisa y levantó un poco el plato para enseñarle.
La mirada de Charles brilló suavemente y tomó el plato de sus manos. Lo dejó en la cómoda de un lado y le besó suavemente la frente. Luego sacó un pañuelo empapado de alcohol y lo pasó suavemente por los cortes de su cara. Ella parecía aguantar bien el ardor, pero una pequeña lágrima se le escapó. Charles rápidamente la retiró y sonrió suavemente a su madre. Ella le devolvió la sonrisa, tomó la cara de su hijo entre sus manos y le dio un tierno beso en la frente.
"Te amo, beta."
"También te amo, mamá."
La madre le sonrió mientras acariciaba su mejilla suavemente. Retiró la mano, retrocediendo, y con los ojos señaló la comida en la encimera, claro indicativo de que debe comer. Charles asintió y la madre se dio vuelta y volvió arriba, tan callada como bajó.
Cuando su madre ya no estaba a la vista, Charles cerraba suavemente la puerta, cuando la cruce rápidamente. No podía quedarme fuera y dejar solo a Charles después de lo que he conocido esta noche.
Con el plato de comida que cogió de la cómoda el se dirigió hacia su cama tomó una revista de su velador y comenzó a hojearlo mientras comía, con lentitud y varias veces se detiene haciendo muecas debido al golpe.
Pero eso no lo detuvo ya que parece que tenía mucha hambre porque no tardó nada en devorar el contenido del plato suspirando satisfecho cuando terminó, dejó el plato en la cómoda y de él último cajón sacó dos paquetes de lo que parecian ser pastillas naproxeno e ibuprofeno indicaban los nombres, junto con una... bolsa con "agua" dentro, pero esta es... rara, no es líquida, ni sólida sino más bien... esta en un estado intermedio entre líquido y sólido.
Interesante, Charles se aplico esa.. bolsa en su pómulo lastimado y se tomó 1 pastilla de cada paquete, sin agua, o algo para resbalar, tal parece que ya está acostumbrado.
Después de lo que serían 7 minutos, Charles volvió a guardar la bolsa con agua y los 2 paquetes de pastillas en el último cajón, el plato vacío lo coloco debajo de la cómoda, talvez como precaución por si su padre bajaba. Su pómulo, se encontraba menos rojo e hinchado, se dirigió a su armario sacando lo que parecía ser una un pantalón de tela muy desgastado y una camiseta verde demasiado vieja, ¿esa seria su pijama?.
Charles se comenzó a desvestir ¡¿Qué hace?! No sabe que no debe desvestirse delante de alguien " el no es consciente de su presencia" Susurraron las sombras pareciendo divertidas por mí pánico, frunci un el ceño " que bueno que a alguien le haga gracia." Respondí con ironía volteando los ojos, ellas se rieron, vire mis ojos hacia arriba con fingida irritación, queriendo parecer enojado, pero mi boca me traicionó cuando pequeña y casi imperceptible sonrisa formó, ellas se volvieron a reír, así que decidí ignorarlas
Regresé mi atención a Charles y me di cuenta que el ya estaba cambiado ¿que... Oh, las sombras me entretuvieron mientras el se cambiaba... Eso me dio un nuevo punto de vista.
Charles exhaló, soltando la tensión que aún quedaba atrapada en su pecho. Se sentó en el borde de la cama, sus hombros relajándose apenas, como si el peso del día estuviera empezando a disiparse.
Desde mi rincón en las sombras, observé cómo pasaba una mano sobre su pómulo, tocando con suavidad la piel menos inflamada. Una rutina demasiado ensayada.
Las sombras a mi alrededor aún vibraban suavemente, como si disfrutaran de haberme distraído hace unos momentos. No las reconocía como algo ajeno.
Eran parte de mí.
Charles dejó escapar un suspiro y apagó la pequeña lámpara sobre la cómoda.
La oscuridad se asentó en el sótano con facilidad, pero no era la misma oscuridad que para mí.
Para él, era absoluta.
Para mí, es hogar.
Charles cerró los ojos, su respiración volviéndose pausada, el peso en sus hombros aliviándose al menos por unas horas.
Las sombras se acomodaron, envolviéndome con un murmullo sutil.
Entonces, sin pensar demasiado, dejé que mi voz flotara entre ellas.
Una canción.
Un murmullo bajo.
Una melodía que apenas existía en el aire, pero que se filtró en el ambiente sin aviso.
Charles no reaccionó de inmediato.
No miró a su alrededor.
Pero su respiración cambió apenas.
Se volvió más pausada.
Más tranquila.
Se quedó dormido.
Yo no me moví.
Las sombras tampoco.
El mundo, por un instante, dejó de hacerle daño.
Yo seguí cantando entre las sombras, observando cómo su cuerpo, que había estado tan tenso, finalmente se relajaba contra el colchón.
Charles no sabía que yo estaba aquí.
Nunca lo sabría.
Pero por esta noche, las sombras me hicieron su propia promesa.
"Déjanos quedarnos cerca de él."
Y yo no dije que no.
Las sombras se acomodaron, dejándome envuelto en el eco suave de la canción que aún flotaba en el aire.
Charles respiraba con tranquilidad, su cuerpo hundiéndose en el colchón, finalmente libre de la tensión que había llevado todo el día.
Pero yo no podía quedarme.
Algo comenzó a cambiar.
No en el sótano.
No en Charles.
En mí.
El hambre, que había estado latente, paciente, como un animal agazapado en la penumbra, finalmente se estiró dentro de mi pecho, reclamando su lugar.
El bocadillo que había tomado antes apenas había servido de contención. Un frágil control sobre algo que no debía desbordarse.
Pero ahora, era inevitable.
Me obligué a apartar la vista de Charles. No podía estar aquí mientras mi cuerpo comenzaba a exigir lo que necesitaba.
Las sombras se movieron conmigo cuando me levanté, deslizándome hacia la salida con pasos silenciosos.
"Te toca moverte."
Susurraron, casi con urgencia.
"Ya es hora."
Sabían lo que venía.
Yo también.
Las sombras se acomodaron, manteniéndose cerca de Charles, envolviendo el sótano con una quietud silenciosa.
"Nos quedaremos."
Susurraron, como un eco en el aire.
Yo no respondí.
Solo me moví.
Las sombras no me siguieron.
Ellas ya tenían un deber aquí.
Me obligué a apartar la vista de Charles
Pero antes de cazar, había algo que debía encontrar.
Un recipiente.
Un termo.
No cuestioné por qué mi mente pensaba en eso.
Lo resolví sin esfuerzo.
"Comida almacenada. Nada más."
Las sombras que seguían conmigo no comentaron.
Me dejé envolver por ellas y abandoné la casa sin ser visto, deslizándome entre sus pasillos hasta alcanzar la calle.
La noche estaba fresca, cargada de la electricidad residual de una tormenta que nunca llegó.
Mi destino ya estaba claro.
Los cinco jugadores que se burlaron de Charles.
Sus casas no estaban lejos.
Las sombras se deslizaron conmigo, susurrando en acuerdo, envolviéndome mientras me dirigía hacia la primera de ellas.
Porque esta noche, no era Charles el que sufriría.
Era alguien más.
Llegue a la primera casa, no fue difícil entrar al mimetizarme con las sombras, me guíe por mi olfato, llegando al dormitorio del niño. Tenía una mejor habitación que la de mi Charles, era mucho mejor, esto no era un sótano, tenía luz, tenía decoraciones a gusto y... su piel no estaba marcada.
La comparación se instaló en mi mente antes de que pudiera detenerla.
Este niño tenía una cama espaciosa, una habitación con luz, con posters en las paredes, con objetos que mostraban su personalidad sin miedo.
Charles no tenía nada de eso.
Su mundo estaba reducido a un sótano oscuro, a una pequeña lámpara que apenas combatía la negrura, a muebles desgastados y una rutina que lo hacía cargar heridas invisibles y visibles por igual.
Este niño no tenía cicatrices.
No tenía el peso de los golpes en la piel.
No sabía lo que era caminar por su casa en absoluto silencio para evitar un castigo.
Era injusto.
La rabia se acumuló dentro de mí sin que la llamara.
Mi hambre seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con algo más.
Con algo que no debería sentir.
Con resentimiento.
Respiré hondo, obligándome a seguir con mi objetivo.
Comida almacenada.
Nada más.
Las sombras susurraron a mi alrededor, esperando mi siguiente movimiento.
El niño dormía profundamente, ajeno a todo.
Ajeno a mí.
Ajeno al hecho de que esta noche, las sombras no estaban de su lado.
Me acerqué.
Silencioso.
Preciso.
Mi hambre finalmente tendría su respuesta.
Sin esperar, lo mordí, esta vez no tuve contemplación, lo mordí fuerte, estoy seguro que a él si le quedarán marcados mis dientes, su primera marca en la piel, es lo justo.
Me perdí un momento en el placer de la comida, una comida de verdad, casi puedo olvidar que si tomo mucho lo puedo matar, casi.
Me separe antes de succionar toda su sangre, no puedo un asesinar, aunque este chico se lo merezca.
Me aleje de su cuerpo, lo suficiente para ver mi trabajo. Ahora tenía un lindo color pálido en todo su cuerpo y se comenzaba a tornar de un color rojo verdoso donde lo mordí, resaltando más por pálido aspecto, lástima que la piel de su cuello, donde mis colmillos perforaron, se cerró rápidamente.
El sabor aún permanecía en mi boca, caliente, denso, llenando el vacío que había estado conteniendo por demasiado tiempo.
Pero la euforia de la comida siempre traía consigo un instante de lucidez.
Esa marca no duraría.
La carne humana es traicionera, se regenera rápido. Las heridas superficiales sanan demasiado pronto, borrando evidencia de que alguna vez fueron reales.
No importaba.
Él sentirá esto mañana.
La debilidad. El mareo. La sensación de haber sido drenado de algo que nunca supo que tenía.
Y más importante aún, recordará el miedo.
Las sombras murmuraron a mi alrededor, expectantes, como si estuvieran esperando mi siguiente movimiento.
Pero yo ya sabía lo que venía después.
La sangre aún estaba caliente dentro de él, pero pronto sería inútil.
Era hora de encontrar el recipiente que podrá almacenar sangre.
La casa tenía una cocina bien equipada, demasiado perfecta para una familia que probablemente nunca tuvo que preocuparse por hambre real.
Los armarios estaban llenos de comida que nunca tocarían.
Pero yo no buscaba eso.
Me moví entre los estantes hasta encontrar lo que necesitaba.
Termos, se encontraba escrito en una caja, esto es perfecto.
No lo pensé demasiado. Solo lo tomé.
Con el recipiente en mis manos, me deslicé de vuelta a la noche, moviéndome entre las calles hasta llegar a la siguiente casa.
Uno de los cuatro jugadores restantes.
Era su turno.
Su casa no se encontraba muy lejos, mimetizándome con las sombras, me adentré en su habitación como si el aire mismo me llevara. Él no estaba despierto. No tenía idea de lo que estaba por pasar.
Sin dudarlo, corté su antebrazo.
La sangre brotó de inmediato, caliente, perfumada, vibrante.
El termo en mis manos recibió el líquido con facilidad, llenándose poco a poco.
Pero algo en mí cambió.
El olor.
La sensación.
La necesidad.
Sin pensarlo demasiado, me incline sobre el y pasé la lengua sobre la herida, queriendo saborear la sangre fresca.
Solo un instinto.
Pero entonces, vi cómo la piel se cerraba de inmediato.
La herida desapareció.
El corte que había hecho hacía apenas segundos ya no existía.
Me quedé quieto, observando mi propio poder con una fascinación peligrosa.
Las sombras susurraron a mi alrededor, disfrutando de mi descubrimiento.
*"Interesante."*
Sí. Lo era.
Me moví hacia el siguiente.
Ahora sabía que nadie moriría esta noche.
Pero todos recordarían.
Todos sentirían el peso de mi presencia sin siquiera saber que estuve aquí.
Las sombras me guiaron entre las calles, deslizando mi cuerpo a través de la penumbra con precisión.
No hubo obstáculos.
No hubo dudas.
Solo el hambre.
Solo la necesidad de terminar lo que había comenzado.
Las siguientes casas no presentaron dificultades. Eran iguales.
Dormitorios cómodos.
Camas amplias.
Paredes con posters y decoraciones que mostraban identidad sin miedo.
Ninguno de ellos tenía las marcas que Charles llevaba en la piel.
Ninguno de ellos tenía un sótano por habitación.
Ninguno de ellos conocía el silencio como mecanismo de supervivencia.
El termo comenzó a llenarse.
Uno.
Dos.
Tres.
La sangre era cálida, densa, perfecta.
Mi lengua pasó sobre sus heridas sin pensar demasiado, cerrándolas de inmediato, dejando solo el mareo como recuerdo.
No morirían.
Pero recordarían.
Las sombras vibraban a mi alrededor cuando finalmente cerré el termo, asegurándome de que su contenido estuviera seguro.
Sin más, me alejé de la última casa, deslizándome entre la noche hasta regresar al sótano de Charles.
Donde las sombras cumplían su promesa.
Me deslicé entre las sombras, dejando que me envolvieran, que me protegieran de cualquier mirada curiosa. Mi cuerpo se movía con precisión calculada, cada paso ligero sobre el suelo, cada movimiento guiado por el instinto que he afinado en este corto tiempo de renacimiento que tuve.
El olor de Charles me llevó hasta cuarto, allí caminé hasta la mochila descuidada sobre la silla. La tela gastada se veía casi vulnerable en la penumbra, y allí estaba mi objetivo.
Las sombras a mi alrededor parecieron percibir mi intención, cerrándose sobre mi en un susurro bajo. "No es el momento."
Pero lo era. Debía saber más.
Extendí la mano, mis dedos rozando la tela de la mochila con cuidado. Un ruido leve en el piso de arriba me hizo congelarme por un segundo, pero el silencio se asentó de nuevo, y seguí adelante. Deslize el libro fuera del compartimento, asegurándome de que su peso no alterara el equilibrio del resto de los objetos.
Historia Contemporánea.
El título me observaba con una mudez implacable, las páginas llenas de respuestas que aún no tenía. Me retire a un rincon tan sigilosamente como había llegado, perdiéndome nuevamente entre las sombras, dejando la habitación en la misma calma en la que la encontró.
Las sombras se mantenían en su sitio, fieles a la promesa que habían hecho.
Pero algo en el aire había cambiado. Dejé el libro de Historia de nuevo dentro de la mochila de Charles.
El amanecer aún estaba lejos, pero la quietud de la casa de Charles no se sentía como antes.
Un peso invisible parecía haberse instalado en cada rincón.
Mi cuerpo lo percibía, aunque no quería admitirlo.
Me deslicé hacia la cama de Charles, sin alterar el flujo de la madrugada que aún pertenecía a la noche.
Cuando estuve a su lado lo observé, las sombras se movieron conmigo, envolviéndome con su familiaridad.
Seguía dormido, su respiración pausada, su cuerpo finalmente relajado después de días de peso acumulado.
Pero algo en él era distinto.
Su rostro estaba pálido, más de lo habitual.
Sus manos, cerradas sobre la sábana, temblaban ligeramente.
Las sombras también lo notaron.
"No es el momento."
Su susurro fue bajo, casi imperceptible.
Pero lo ignoré.
Aún no era el momento de cuestionarlo.
Aún no era el momento de romper la calma.
Con una última mirada a Charles, me deslicé fuera del sótano, moviéndome entre la casa en silencio absoluto.
Pero incluso ellas parecían más calladas esta vez.
Algo estaba a punto de pasar.
El cielo apenas comenzaba a cambiar de tono cuando abandoné el lugar, debía regresar al colegio, al ático, donde las sombras me volverían a recibir.
Cuando llegue al ático, el amanecer comenzaba a teñir el horizonte con tonos fríos, un velo pálido que empujaba a la noche hacia su inevitable retirada pero las sombras en el ático se resistían al cambio, aferrándose a la oscuridad con una inquietud silenciosa. Deje el termo dentro de un mueble, donde su contenido estaría seguro.
Me quede quieto, observando cómo la luz emergía lentamente, filtrándose por las esquinas como un recordatorio de que la noche nunca dura lo suficiente.
Pero esta vez, esa rara sensación no desapareció.
Las sombras lo envolvían con la misma calma de siempre, pero en su murmullo había algo diferente, algo contenido.
Algo que esperaba.
La luz avanzaba con su inevitable presencia, empujando los últimos restos de la noche hacia los rincones más oscuros del ático.
Caminé hacia mi rincón, donde estaba seguro, lejos del sol, las sombras susurraban bajo, expectantes, pero decidí ignorarlas.
Me senté y recogí mis piernas, dejando que la sensación de inquietud se asentara dentro de mí.
Intenté aferrarme a otra cosa. A lo que había leído. Había algo más importante. Engañe a mi mente
Historia Contemporánea. El libro de Charles, su contenido aún flotaba en mi mente.
Los ciclos, las guerras, revoluciones, muertes que marcaron ciclos inevitables. Los errores repetidos.
Las páginas llenas de nombres que habían cambiado el mundo, nombres que habían desaparecido sin dejar rastro.
Lo que estaba ocurriendo ahora no era nuevo, solo otra versión de lo mismo.
La repetición de los errores. La constante sensación de que todo se derrumba para reconstruirse.
La fragilidad de la vida.
La fragilidad de Charles.
Las sombras reaccionaron ante mi pensamiento, pero no les presté atención.
Mis pensamientos se deslizaron sin control, hasta que un vacío inesperado me trajo de vuelta.
Una ausencia que no debería estar ahí.
Un peso que no sentía.
Mi espalda.
Mis alas.
Me incorporé, sintiendo la piel fría, demasiado expuesta.
Las sombras se movieron esta vez. No como antes. Con expectación.
No les hice caso, había algo más grande que atender. Mi pánico al no tener mis alas.
Me levanté rápidamente, el aire denso, la presión en mi pecho creciendo.
Mis manos buscaron desesperadamente algo que no estaba allí.
Mi espalda estaba vacía.
Sin peso. Sin nada.
Voy a comenzar a hiperventilar.
Necesito que alguien me explique qué está pasando.
Necesito un guía.
Necesito algo, lo que sea, antes de que la habitación se desmorone sobre mí.
¿Por qué todo da vueltas? ¿Qué está pasando?
"Cálmate."
Mi voz no tuvo fuerza. No me escuché a mí mismo.
"Cálmate, cálmate, cálmate..."
Mis pensamientos eran un eco descontrolado, rompiéndose en mi mente sin orden.
Algo impactó contra mi mejilla.
Un golpe seco.
¿Me acabo de golpear?
Si.
Las sombras intervinieron.
Se deslizaron como una corriente densa, fría, envolviendo mis brazos, mi pecho, mis piernas.
Mis manos bajaron por sí solas.
Mis piernas se enderezaron.
No tenía control de mi cuerpo.
Mi respiración se aceleró aún más. Las sombras estaban aprisionándome.
Pero no para ahogarme.
Para detenerme.
Para evitar que cayera aún más.
Sus voces eran un murmullo que no podía ignorar.
"No lo perdiste."
"No desapareció."
"Está ahí."
Mi espalda ardió.
No por dolor.
Por una verdad que me estaba alcanzando.
Y entonces, el tirón llegó.
Desde adentro.
Desde lo más profundo de mí.
Las sombras se apartaron justo cuando mis alas irrumpieron, desgarrando el aire con su presencia.
El impacto me hizo caer hacia atrás.
Mi respiración se cortó un segundo.
Pero estaban ahí.
Las alas no se habían ido.
Solo habían esperado.
Solo habían estado ocultas hasta que las reclamé.
Mis manos aún estaban tensas, los músculos rígidos por el impacto de lo que acababa de ocurrir.
Mi espalda ardía, no de dolor, sino de la fuerza con la que mis alas habían irrumpido en el aire, desdoblándose como si nunca hubieran estado ocultas.
Pero luego...
Como si algo en el universo se alineara de golpe.
Todo se asentó.
El aire entró en mis pulmones correctamente, profundo, firme.
El temblor se desvaneció.
Las sombras bajaron su intensidad.
Abrí la boca, no salieron palabras.
Quería decir algo.
Sobre el día. Sobre la noche. Sobre todo lo que acababa de ocurrir.
Pero nada tenía forma.
Nada tenía sentido.
Nisiquiera mis pensamientos
Suspiré, cansado.
Esto me proporcionó un alivio momentáneo, pero necesito dormir.
La noche ha sido... demasiado informativa.
Demasiado llena de emociones.
Gateé hacia mi rincón envuelto en oscuridad, ojalá hubiera conseguido un colchón o algo suave pero no me quejo, extrañamente no he necesitado de eso.
Cuando llegue mi espalda reposo suavemente contra la pared, es extraño que esto no haya sido molesto para mis alas, justo cuando estaba a punto de perderme en mis pensamientos buscando el porqué, suspire de nuevo agotado y recogí mis piernas, para que me sirvan de almohada.
Una vez en posición me disponía a dormir cuando mis alas se movieron hasta encerrarme, formando una especie de capullo. Esto elimino los últimos vestigios de ansiedad y peligro que yo no sabía se encontraban en mi cuerpo. Finalmente puedo descansar tranquilo.
Estoy seguro.
Fue mi último pensamiento mientras caía rendido, antes de que mi mente se desconectara de todo a mi alrededor.
