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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-12-30
Updated:
2026-05-29
Words:
122,590
Chapters:
17/?
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120
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584
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162
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20,425

La venganza de Aemma Arryn y las mujeres Targaryen

Chapter 17: Las Mujeres Arryn: Amanda, Elys, Aemma, Jeyne, Rhaenyra y Daella

Notes:

Buenos días, buenas tardes y buenas noches 🤗

Aquí les traigo un nuevo capítulo. Espero que lo disfruten muchísimo porque sinceramente... este capítulo me dejó agotada emocionalmente 😭🫠

⚠️ NOTA: En el siguiente capítulo, por cuestiones de trama, se mostrará unos vistazos al futuro.
En el próximo capítulo volveremos a la línea temporal actual, ubicada en el año 100 d.C.
Las escenas que verán ahora son únicamente vistazos del futuro.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Cada gran casa de Poniente ha tenido mujeres legendarias. Dorne tuvo a las mujeres Martell, fuertes, inteligentes y capaces de gobernar incluso en medio del caos y la guerra. El Norte tuvo a las mujeres Mormont, las osas de Isla del Oso, mujeres feroces capaces de sobrevivir al invierno más cruel y enfrentarse a cualquier enemigo sin temor. También existieron grandes mujeres Targaryen, como las conquistadoras Visenya y Rhaenys, cuyos nombres quedaron grabados en la historia de los Siete Reinos con fuego y sangre.

Pero, sin lugar a dudas, la casa que produjo a las mujeres más poderosas fue la Casa Arryn. Mujeres capaces de gobernar, manipular, luchar y destruir imperios enteros si era necesario para proteger a su sangre. Las mujeres Arryn no solo heredaban la belleza del Valle, también heredaban la voluntad de hierro de las montañas que las vieron nacer.

- Rodrik II Arryn a Jaime Lanniste

 

Amanda Arryn

La hermana del medio 

Lady Amanda Tyrell

Señora de Altojardín

Señora Suprema del Dominio

 

Amanda Arryn fue, sin duda, la más tranquila de todos sus hermanos. La más obediente, la más serena y también la más dispuesta a seguir las reglas que el mundo imponía sobre las mujeres nobles. Mientras otros soñaban con aventuras, dragones o libertad, Amanda siempre había creído que su deber era proteger a su familia y cumplir con aquello que se esperaba de ella.

Todo cambió cuando tenía quince años.

Aquel año, House Tyrell visitó el Nido de las Águilas. Lord Jeremías Tyrell había viajado hasta el Valle para discutir asuntos comerciales y alianzas con Lord Rodrik Arryn, y junto a él se encontraba su único hijo y heredero: Mathos Tyrell.

Amanda aún recordaría ese día durante el resto de su vida.

El gran salón del Nido de las Águilas estaba iluminado por la luz dorada de la tarde cuando los visitantes fueron recibidos. El viento frío del Valle entraba suavemente por las ventanas abiertas, haciendo danzar las cortinas blancas.

-Es un placer volver a verlo aquí, Lord Jeremías -expresó Rodrik Arryn con una sonrisa cordial mientras estrechaba la mano de su viejo amigo.

Jeremías soltó una carcajada cálida antes de abrazarlo.

-Igualmente, viejo amigo. Y ya que estamos aquí, permíteme presentarte a mi hijo y heredero, Mathos Tyrell.

Amanda levantó la mirada y quedó completamente fascinada.

Mathos Tyrell era hermoso de una manera casi irreal. Tenía los rasgos delicados y elegantes típicos de los Tyrell, una sonrisa dulce y unos ojos cálidos. No había arrogancia en él, ni altivez, algo extraño en un heredero de Altojardín.

-Es un honor conocerlo, Lord Arryn -manifestó Mathos con voz tranquila y educada.

-El honor es mío -respondió Rodrik antes de mirar a su hija-. Y esta es mi hija mayor, Amanda.

Amanda realizó una reverencia impecable.

-Es un placer conocerlo, Lord Tyrell... Ser Mathos.

Mathos la observó como si estuviera contemplando una visión salida de un sueño. Cuando Amanda sostuvo su mirada, el joven apartó los ojos con rapidez, incapaz de ocultar el leve rubor que cubría sus mejillas.

Aquello hizo que Amanda sonriera apenas.

Los dos lores se alejaron poco después para discutir negocios, dejándolos solos por unos instantes en el gran salón.

Amanda acomodó las manos frente a su vestido y habló con suavidad.

-Si lo desea, puedo mostrarle los jardines del Valle... o quizá los patios donde entrenan los caballeros.

Mathos abrió la boca antes de responder demasiado rápido.

-Iré a donde sea que tu quieras llevarme.

El muchacho se sonrojó inmediatamente después de escuchar sus propias palabras, provocando que Amanda contuviera una pequeña risa.

Aquella tarde cambió sus vidas.

Desde el primer momento existió una conexión inmediata entre ambos. Hablar con Mathos era sencillo. Amanda descubrió que él era atento, inteligente y sorprendentemente dulce para alguien criado entre las intrigas del Dominio. Por su parte, Mathos quedó perdidamente enamorado de Amanda Arryn desde aquella primera conversación en los jardines del Valle.

Y Amanda... Amanda también comenzó a enamorarse de él.

Sin embargo, su historia parecía destinada a no suceder.

Cuando el viudo lord Arryn contrajo nupcias con la princesa Daella Targaryen, la vida de Amanda cambió radicalmente. En el lecho de muerte de la princesa, la joven Arryn le juró solemnemente que protegería y velaría por el bienestar de la pequeña Aemma. Aquella promesa la encadenó ; por ello, cuando Aemma se desposó con el príncipe Viserys Targaryen, Amanda no dudó en empacar sus pertenencias y seguirla hasta la Fortaleza Roja. Al presenciar la hostilidad, las intrigas y la frialdad que imperaban en la corte de Desembarco del Rey, supo que no podía abandonar a su dulce hermana en aquel nido de víboras.

Así, el tiempo pasó.

Hasta el año 97 d.C.

Aemma había cambiado por completo, y junto a ese cambio también despertó algo dentro de Amanda. Algo que llevaba años dormido.

Por primera vez en mucho tiempo, Amanda Arryn volvió a escribirle al muchacho del que se había enamorado durante su adolescencia.

 

---

Amanda Arryn

Buenas tardes, Lord Tyrell.

Soy Amanda Arryn. Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos, pero me gustaría retomar nuestra amistad... claro está, solo si usted también lo deseáis.

He extrañado nuestras conversaciones más de lo que debería admitir, y sinceramente espero recibir pronto vuestra respuesta.

Con cariño,

Amanda Arryn.

---

La respuesta llegó mucho más rápido de lo que Amanda esperaba.

---

Lord Mathos Tyrell

Me alegra profundamente saber de ti, Amanda.

Y sabes bien que siempre estaré dispuesto a hablar contigo. Para mí sería un verdadero honor volver a escribirnos. He extrañado nuestras conversaciones más de lo que imaginas; siempre fueron una de las mejores partes de mis días.

Con mucho cariño,

Siempre tuyo,

Mathos Tyrell.

---

Desde aquel día, las cartas comenzaron a viajar constantemente entre Altojardín y Desembarco del Rey.

Y poco a poco, Amanda sintió cómo su corazón volvía a latir con fuerza.

Tiempo después , Amanda se encontraba conversando con Alerie Tyrell y con una sonrisa divertida en el rostro Alerie le contaría algo.

-Sabes perfectamente que mi hermano siempre ha estado perdidamente enamorado de ti, ¿verdad? -comentó Alerie, exhibiendo una sonrisa pícara.

-¿Cómo dices? -inquirió Amanda, desconcertada, temiendo haber escuchado mal debido al repentino vuelco de su corazón.

Alerie soltó una risa suave, de una musicalidad limpia y melodiosa.

-Mathos ha estado prendado de ti desde que tengo uso de razón. Prácticamente desde que regresó del Valle, no ha hecho más que hablar maravillas de tu gracia y tu templanza. Jamás hubo otra dama para él. Honestamente, creo que medio Altojardín conoce tú nombre gracias a él.

-Oh... -musitó Amanda, con las palabras atascadas en la garganta y las mejillas encendidas por la emoción.

-Siempre albergué el ferviente deseo de conocer en persona a la mujer que había logrado adueñarse de tal forma del alma de mi hermano -confesó Alerie, tomándole las manos con afecto-. No obstante, ahora que he tenido la dicha de conocerte, comprendo a la perfección las razones de su devoción. Eres una mujer extraordinaria, Amanda. Desde lo más profundo de mi ser, te ruego que le concedas una oportunidad. Te doy mi palabra de que jamás te arrepentirás.

-Lo haré, te lo prometo. Gracias, Alerie -aseguró Amanda, sintiendo cómo una inmensa paz y una renovada ilusión la embargaban.

Alerie le dedicó una última mirada cargada de complicidad y complacencia, sellando un pacto silencioso que prometía cambiar el destino de ambos amantes.

 

---

El Día del Nombre de Rhaenyra 

En los Jardines Reales

Durante los festejos por el día del nombre de la joven princesa Rhaenyra Targaryen, la Fortaleza Roja se vistió de gala. Sin embargo, lejos del bullicio de los grandes salones, Amanda y Mathos se encontraron en la serenidad de los jardines reales.

-Me alegro muchísimo de que me hayas escrito, Amanda. Recibir tu carta me llenó de una felicidad indescriptible -confesó el joven Tyrell, contemplándola con ojos brillantes-. Hablar contigo o intercambiar misivas siempre ha sido, sin duda, la mejor parte de mis días.

-Para mí también lo ha sido, Mathos -respondió Amanda, aunque una sutil punzada de culpa le oprimió el pecho-. Bien sabes que nuestros respectivos deberes nos distanciaron un poco.

A la dama del Valle le dolió pronunciar aquellas palabras; en su interior, se reprochaba a sí misma haber permitido que el silencio se interpusiera entre ellos por tanto tiempo debido a sus cargas familiares.

Al percibir su melancolía, Mathos detuvo su caminata y, con extrema delicadeza, tomó las manos de Amanda entre las suyas, transmitiéndole un calor reconfortante.

-Olvida el pasado, mi amada. Ahora es momento de mirar hacia el presente -declaró él, fijando su mirada noble en la de ella-. Hemos vuelto a encontrarnos y mi único deseo es que jamás volvamos a separarnos. Seré completamente honesto contigo, Amanda: te amo. Te he amado desde que teníamos quince años y no pienso desaprovechar esta oportunidad que la vida nos brinda para demostrarte que podría hacerte la mujer más feliz de los Siete Reinos.

Amanda sintió que el corazón le daba un vuelco violento, latiendo con un frenesí que amenazaba con desbocársele en el pecho.

-A mí también me gustas, Mathos. Me has gustado desde hace muchísimo tiempo -admitió ella con voz trémula, desnudando su alma-. Lamento profundamente haber dejado de escribirte. Temía que, si seguía haciéndolo, mis deseos de estar a tu lado flaquearan y terminara abandonando mi deber con Aemma. Pero ahora todo es diferente. Si de verdad me das una oportunidad, te juro que jamás te arrepentirás.

-Jamás podría arrepentirme de estar contigo, Amanda -aseguró él con infinita ternura, mientras extendía una mano para apartar con suavidad un mechón de cabello que caía sobre el rostro de la joven-. Tal como te prometí cuando éramos apenas unos niños: iré a cualquier lugar del mundo, siempre y cuando sea contigo.

Amanda le dedicó una sonrisa radiante y se refugió en sus brazos. Mathos la rodeó con fuerza, sellando en aquel abrazo un pacto de amor que el tiempo no había logrado marchitar.

---

La propuesta y la boda 

Mathos Tyrell y Amanda Tyrell Arryn 

A partir de ese reencuentro, la complicidad entre ambos se estrechó a través de constantes visitas y cartas rebosantes de afecto, hasta que llegó el momento que Mathos había anhelado durante toda su juventud.

Se encontraban una vez más en uno de los rincones más apartados y hermosos de los jardines de la Fortaleza Roja, envueltos por la brisa del Atardecer. Mathos se arrodilló ante ella con una solemnidad que conmovió a Amanda hasta las lágrimas.

-Amanda, te he amado desde que era un adolescente. Eres la mujer más hermosa, inteligente e increíble que he conocido en toda mi existencia -expresó él, sosteniendo entre sus dedos un anillo de oro exquisitamente forjado, coronado por una gema preciosa cuyo azul intenso rivalizaba con el color de los propios ojos de Amanda-. Me haría el hombre más dichoso si aceptaras casarte conmigo y ser mi esposa.

Una lágrima solitaria surcó la mejilla de Amanda, reflejando la luz del sol poniente.

-Sí -susurró en un hilo de voz, antes de abalanzarse sobre él para unir sus labios en un beso apasionado.

Con una sonrisa que iluminó su rostro, Mathos deslizó la sortija en su dedo y, tras una suave risa de pura felicidad, volvió a besarla, sellando su compromiso ante los dioses.

La boda de Mathos Tyrell y Amanda Arryn fue una celebración magnífica, un acontecimiento deslumbrante digno de los futuros señores de Altojardín, una de las casas más ricas, poderosas y nobles de todo el reino. El Valle y el Dominio se unieron en un festejo que se recordó durante años.

 

---

Altojardín,

100 d.C.

El tiempo transcurrió y el fruto de su amor no tardó en llegar. Para el año 100 d.C., Amanda se encontraba en el octavo mes de un avanzado embarazo. La gestación había sido pesada; tanto las parteras como el maestre del castillo le habían advertido que, al albergar gemelos en su vientre, lo más probable era que el parto se adelantara, pero que entraba dentro de lo normal para un embarazo múltiple.

Mathos demostró ser el estándar del marido ideal: un hombre completamente dedicado, atento, leal y profundamente respetuoso con el bienestar de su esposa.

-¿Te siguen doliendo los pies, mi amor? -preguntó Mathos con voz queda y apacible.

Ambos se encontraban en la intimidad de su recámara. Amanda descansaba sobre los cojines mientras Mathos, arrodillado al borde de la cama, masajeaba con infinita paciencia y esmero los pies hinchados de su esposa para aliviarle el malestar.

-Solo un poco, mi vida -respondió Amanda, observándolo con una mirada rebosante de adoración.

Mathos continuó con su tarea, ejerciendo una presión suave y reconfortante. Tras unos instantes de silencio, alzó la vista y la miró con absoluta seriedad y ternura.

-Si en verdad son gemelos, o incluso si no lo son, este será tu último embarazo, Amanda.

La joven lo miró con extrañeza, parpadeando un par de veces antes de inquirir:

-¿Por qué dices eso, amor mío? ¿Acaso no deseas tener más hijos conmigo?

-Quiero la cantidad de hijos que tú desees tener, mi vida. Jamás te obligaría a concebir más de lo que tu corazón anhele -declaró Mathos de forma tajante, sosteniendo su mirada con firmeza-. Es tu cuerpo y eres tú quien decide sobre él. Tu salud y tu vida son las que se ponen en peligro en ese lecho de parto, por lo tanto, la decisión final te pertenece única y exclusivamente a ti. Yo solo deseo verte sana y a mi lado.

Las palabras de Mathos, tan llenas de un respeto y un amor genuinos, conmovieron a Amanda hasta lo más profundo de su ser. Sus ojos se inundaron de lágrimas de felicidad absoluta.

-Te amo, Mathos. Te amo muchísimo -consiguió articular, con la voz entrecortada por la emoción.

Mathos le dedicó una sonrisa cálida y, tras besarle tiernamente la frente, reanudó el masaje, velando por su comodidad.

 

---

Dos días más tarde

Amanda permanecía en estricto reposo en su lecho por órdenes directas del maestre. Mientras tanto, Mathos se encontraba en el patio principal atendiendo sus obligaciones cotidianas como Lord de Altojardín, cuando un rugido ensordecedor hendió el aire, haciendo vibrar las piedras del castillo.

-¡Un dragón! -bramó uno de los caballeros de la guardia, alertando a los presentes.

Mathos caminó a paso firme hacia el exterior y, al alzar la vista al cielo, contempló la imponente silueta de una bestia alada que descendía majestuosamente sobre los terrenos de el Dominio. Al posarse la criatura, vio descender a su cuñada y a su sobrina, pero también distinguió a su propia hermana menor, Alerie, quien parecía exultante.

-¡Esto es sencillamente increíble! Ahora comprendo a la perfección por qué los Targaryen aman tanto a sus dragones -exclamó Alerie, con las mejillas encendidas por la adrenalina del vuelo-. ¡Hermano! -gritó al verlo, corriendo apresuradamente hacia él.

Mathos la recibió con los brazos abiertos, estrechándola en un afectuoso abrazo afectivo.

-Tío Mathos -saludó Rhaenyra, dedicándole una sonrisa respetuosa y juvenil.

-Hola, mi hermosa princesa. Sean bienvenida -repuso él con cortesía noble.

-Mathos -pronunció entonces Aemma, acercándose con elegancia.

-Mi querida cuñada -manifestó el joven Tyrell, rompiendo las distancias para rodearla con un cálido abrazo de bienvenida.

Aemma, correspondiendo el gesto, se apartó apenas un poco, mostrando un semblante donde se mezclaban la expectación y el cariño familiar.

-¿Dónde está mi hermana? -preguntó Aemma de inmediato, ansiosa por reencontrarse con Amanda.

El rostro de Mathos se suavizó inmediatamente.

-Está en la recámara. Vamos, las guiaré.

Y mientras caminaban hacia el interior de Altojardín, Mathos no pudo evitar pensar que, después de tantos años... finalmente tenía todo aquello que alguna vez soñó.

 

----

Con Amanda 

La recámara de Amanda y Mathos estaba envuelta en una tranquilidad cálida. La luz de la tarde se filtraba por las enormes ventanas de Altojardín, iluminando las telas verdes y doradas que decoraban la habitación. El suave aroma de flores frescas llenaba el ambiente, mezclándose con el sonido distante de las fuentes de los jardines.

El caballero apostado frente a la puerta abrió las enormes hojas de madera al escuchar las voces acercarse.

-¡Tía Amanda! -gritó la pequeña Rhaenyra Targaryen antes de que alguien pudiera detenerla.

La niña corrió directamente hacia la cama donde Amanda descansaba entre almohadas.

Sus ojos violetas estaban llenos de preocupación.

-¿Estás enferma? -preguntó con tristeza y un ligero miedo infantil reflejado en la voz.

Amanda sintió el corazón derretírsele al instante.

-No, cariño -respondió con dulzura mientras acomodaba un mechón plateado detrás de la oreja de la niña-. Estoy embarazada. Voy a tener unos bebés y por eso necesito descansar un poco más.

Rhaenyra pareció pensarlo con mucha seriedad antes de asentir lentamente.

-Está bien...

La pequeña se subió cuidadosamente a la cama y apoyó la cabeza sobre el vientre de Amanda.

-Hola... -susurró hacia la barriga-. Por favor no lastimen a la tía Ama.

Un silencio suave llenó la habitación. Los adultos presentes sintieron el pecho encogerse ante la ternura de la niña.

Mathos incluso tuvo que desviar la mirada un instante porque aquella escena era demasiado adorable.

-Hermana... -murmuró Aemma Arryn acercándose finalmente hasta Amanda para abrazarla con fuerza-. Tengo tanto que contarte.

Pero antes de que pudiera continuar, Rhaenyra volvió a hablar con total naturalidad.

-Tendré una hermana.

Amanda parpadeó sorprendida.

-¿Qué?

Aemma sonrió divertida.

-Sorpresa.

Mathos soltó una pequeña carcajada antes de felicitarla.

-Mis felicitaciones, cuñada.

Amanda miró a su hermana con sorpresa y emoción mezcladas.

 

---

Luego de un rato, Mathos tuvo que retirarse para atender sus obligaciones como Lord de Altojardín. Antes de irse, besó la frente de Amanda con infinita delicadeza y le prometió regresar pronto.

Alerie, entre risas, terminó llevándose a Rhaenyra a los jardines para distraerla.

Entonces, por fin, las dos hermanas quedaron solas.

Aemma se sentó junto a Amanda sobre la cama y soltó un largo suspiro.

Amanda la observó detenidamente.

Había algo diferente en ella.

Algo más feroz.

Más libre.

Pero también más cansado.

-¿Esto es realmente algo que deseas o el imbécil de Viserys te obligó? -preguntó Amanda finalmente.

Sus ojos azules brillaban con enojo contenido.

Porque Amanda jamás perdonaría a Viserys por muchas de las cosas que le había hecho a su hermana.

Aemma soltó una pequeña risa seca.

-No.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

-Amanda... hice algo.

Y entonces comenzó a contarle todo.

Le habló de Torrhen Stark. De aquella noche. Del deseo reprimido durante años. De cómo había olvidado tomar el té de luna después de estar con él.

Amanda escuchó en absoluto silencio hasta que finalmente dejó escapar un suspiro agotado.

-Aemma... -musitó, frotándose las sienes-. Comprendo perfectamente que Viserys es un necio consumado, entiendo que no deseas compartir el lecho con él y que, como cualquier mujer, posees deseos que necesitabas saciar. Pero, por los siete dioses, debiste haber recordado beber el té de la luna.

--Lo sé, lo sé perfectamente -admitió Aemma, entrelazando sus manos con nerviosismo-. Pero en ese instante se me borró por completo de la mente. Y ahora... ahora soy feliz con ello.

-Sabes bien que te apoyaré sin importar las circunstancias. Soy tu aliada y amaré a este sobrino o sobrina con cada fibra de mi ser -aseguró Amanda, adoptando un tono analítico-. No obstante, debes ser consciente de que si el bebé resulta ser un varón, muchos de nuestros planes políticos e intrigas en la corte se complicarán y deberemos adaptarlos a marchas forzadas.

Aemma negó lentamente.

-Será niña.

Amanda arqueó una ceja.

-¿Y cómo estás tan segura, hermana?

Entonces Aemma le contó sobre su sueño. Sobre Daella. Sobre la conversación con su madre. Y sobre la verdad que había descubierto acerca de Vaegon y Saera.

Amanda permaneció completamente en silencio durante varios segundos.

Luego habló lentamente.

-Cuando la princesa Daella aún respiraba, hubo una ocasión en la que me suplicó que la ayudara a redactar una misiva dirigida a su hermano, el archimaestre Vaegon -rememoró Amanda, con la mirada perdida en los recuerdos de su adolescencia-. En esas líneas, ella le imploraba que recordara una promesa del pasado. Jamás logré comprender a qué se refería, y ese desalmado de Vaegon Targaryen nunca se molestó en responder a su carta.

El rostro de Aemma se endureció al instante.

-Malditos sean todos ellos -siseó Aemma, y una furia gélida transformó sus facciones-. Te lo puedo jurar por los dioses Valyrios, por los antiguos y los nuevos, hermana: tanto Vaegon como Saera Targaryen pagarán con creces la deuda de dolor que le deben a mi madre y a mí. Deseo con toda mi alma enviarles un dracarys a ambos y ver sus legados reducidos a cenizas.

Amanda sonrió apenas. Porque esa ferocidad de su hermana la así muy feliz, saber que su hermana ahora era una mujer que podía defenderé y que era alguien imposible de doblegar. Pero entonces la expresión de Amanda cambió. La sonrisa desapareció.

Su rostro se tensó por completo. Y una mano fue directamente a su vientre.

Aemma se incorporó de inmediato.

-¿Amanda?

Amanda soltó un pequeño jadeo de dolor.

-Creo... creo que los bebés vienen.

El corazón de Aemma se detuvo por un instante. Se levantó rápidamente y abrió la puerta de golpe.

-¡Busquen al maestre ahora mismo! -ordenó al caballero apostado afuera-. ¡Y también a las parteras!

El hombre salió corriendo sin perder un segundo.

Aemma volvió inmediatamente junto a su hermana y tomó su mano con fuerza.

-Todo estará bien, Amanda -aseguró intentando sonar tranquila-. Estoy aquí contigo.

Pero por dentro sentía miedo.

Un miedo terrible.

En su segunda existencia, bajo el nombre de Celeste, nunca había conocido el calor de la fraternidad; y en su primer vida como Aemma jamás había sido cercana a ninguno de sus hermanos. Sin embargo en esta nueva oportunidad, Amanda había permanecido a su lado como una roca inamovible, demostrándole una lealtad ciega y convirtiéndose en su mayor y más valiosa aliada. Aemma amaba a su hermana con una devoción feroz. En su interior, sabía que si el parto se cobraba la vida de Amanda, el dolor la consumiría por completo, y el reino entero pagaría un precio tan alto y sangriento que nadie querría imaginar.

-¡¡Ahhhhh!! -bramó Amanda, aferrándose a las sábanas de seda con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos-. ¿Cuándo va a terminar esta tortura? -gimió, con el rostro empapado en sudor y las lágrimas surcando sus sienes.

-Lo está haciendo sumamente bien, lady Amanda. Mantenga el ritmo, ya casi podemos ver la cabeza -alentó el maestre Ulyses, concentrado en su labor entre el bullicio de las parteras que corrían de un lado a otro con paños limpios y agua tibia.

-Tú puedes, Amanda. Eres la mujer más fuerte y valiente que conozco. Si alguien es capaz de superar esto, esa eres tú -le infundió ánimos Aemma, sin soltarle la mano ni un solo segundo, transmitiéndole toda la energía de su propio ser.

Mientras tanto, en el extremo opuesto del castillo, Alerie se había llevado a la pequeña Rhaenyra a los jardines más alejados de los aposentos. No quería que la mente inocente de la princesa se viera perturbada por los desgarradores gritos de dolor que resonaban en los pasillos de la fortaleza.

-¡Dioses, por qué nos hacen esto a las mujeres! -clamó Amanda al cielo, sintiendo que una nueva oleada de dolor, desgarradora y ardiente, la partía en dos.

-Un último esfuerzo, milady. Solo un empujón más -solicitó el maestre con voz firme pero calmada.

-¡¡Ahhhhh!! -el grito de Amanda rasgó el aire de la alcoba y, casi de inmediato, un llanto agudo, tierno y enérgico inundó el espacio.

-Es un niño, un varón fuerte y sano -anunció el sanador con una sonrisa de alivio, entregando de inmediato al primogénito a una de las parteras para que lo limpiara y lo cobijara en mantas-. No descanse todavía, lady Amanda, solo falta el segundo. El hermano está en camino.

-Tú puedes, hermana, un último aliento -rogó Aemma, limpiándole la frente con un paño húmedo.

-Duele demasiado... Estoy exhausta, no me quedan fuerzas -susurró Amanda en un hilo de voz, sintiendo que el cansancio la arrastraba hacia la inconsciencia.

-Sé que duele, sé que estás agotada, pero estás a un paso de lograrlo. Hazlo por ellos, Amanda -le suplicó Aemma con infinita ternura y firmeza.

Reuniendo el último vestigio de energía que guardaba en su cuerpo, la señora de Altojardín arqueó la espalda y empujó una vez más.

-¡Ahhhhh!!

Un segundo llanto, un poco más agudo y cantarín que el primero, llenó la habitación de una alegría indescriptible.

-Es una niña. Una hermosa pequeña -declaró el maestre.

Amanda se dejó caer pesadamente contra los almohadones, respirando de manera agitada, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta, pero con una paz inconmensurable instalándose en su rostro.

-Lo hice... -susurró conmovida, contemplando el techo de la estancia.

-Lo hiciste, hermana. Fuiste increíble -aseguró Aemma, depositando un tierno y prolongado beso en la frente de Amanda, con los ojos empañados por la emoción.

 

---

Las parteras se apresuraron a asear a los recién nacidos. Limpiaron a Amanda, cambiaron las sábanas y envolvieron a los recién nacidos en finos paños de seda con los colores de la casa Tyrell. Justo cuando terminaban de acomodar a los bebés en los brazos de su madre, las pesadas puertas se abrieron de par en par y un angustiado Mathos Tyrell entró a la estancia, con la respiración entrecortada y el rostro pálido por la preocupación.

-Ven, mi querido cuñado. Acércate a conocer a tus hermosos hijos -le invitó Aemma, dibujando una sonrisa cálida y apartándose a un lado para cederle el espacio de honor junto al lecho.

Mathos avanzó con paso vacilante, ignorando por completo a los sirvientes, al maestre e incluso a los recién nacidos en un primer momento. Su prioridad absoluta era la mujer de su vida. Se arrodilló al lado de la cama y le tomó el rostro con infinita delicadeza.

-¿Cómo te encuentras, mi amor? ¿Estás bien? -inquirió primero que todo, con la voz quebrada por el temor que había sentido al escucharla sufrir.

-Estoy perfecta y sumamente feliz. Conoce a nuestros hijos, Mathos -susurró Amanda, esbozando una sonrisa radiante que disipó cualquier rastro de fatiga.

El corazón de Mathos latió con una fuerza desbocada en su pecho al contemplar la escena: Amanda, con el rostro iluminado por el amor maternal, sostenía a sus dos pequeños contra su pecho. Sus ojos brillaron con lágrimas contenidas al ver el milagro de su descendencia.

-Son hermosos... Tan perfectos y bellos como tú, mi vida -consiguió articular, con una devoción que conmovió a las parteras presentes.

Amanda se reacomodó en el lecho y se recostó con total confianza contra el pecho de su esposo, quien la rodeó con sus brazos protectores, sosteniéndola a ella y a la preciosa carga que llevaba consigo. Mathos se inclinó hacia su oído, rozando sus labios contra su mejilla.

-Te amo -susurró, sellando sus palabras con un beso lleno de adoración.

-Yo también te amo, Mathos -repuso ella, cerrando los ojos y disfrutando del calor de su propia familia.

En ese instante, Amanda se sintió la mujer más afortunada y dichosa de todo el mundo conocido. En el silencio de su mente, elevó una ferviente plegaria a cualquier dios que estuviera escuchando, ya fuesen los dioses valyrios de los Targaryen, los Siete del Sur o los Antiguos Dioses del Norte. Les agradeció con el alma el drástico e inesperado cambio que había tenido su hermana Aemma en los últimos años; pues sabía perfectamente que, si Aemma no hubiera tomado las riendas de su propio destino, ella jamás habría regresado a los brazos de Mathos ni tendría hoy la hermosa y perfecta familia que tanto había anhelado.

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Altojardín 

100 d.c

Las celdas de Altojardín eran frías, húmedas y silenciosas. El olor a hierro y piedra mojada llenaba el ambiente mientras el eco de los gritos rebotaba entre las paredes. Sentada frente a una mujer temblorosa, Amanda Arryn observaba con absoluta calma a la sirvienta que había intentado asesinar a sus bebés. La Lady Tyrell llevaba un vestido azul oscuro adornado con bordados de plata, y aunque su rostro seguía siendo hermoso y elegante, sus ojos habían perdido toda suavidad. En ese instante no parecía una dama noble del Valle, sino una depredadora dispuesta a destruir a cualquiera que amenazara a su familia. Porque Amanda Arryn podía ser amable, dulce y tranquila, pero también era hija del Valle y hermana de Aemma Arryn.

-Soy Amanda Arryn, Lady Tyrell, y tengo más poder del que tú y toda tu familia podrían soñar tener jamás -pronunció con voz serena mientras sujetaba el rostro de la mujer con fuerza-. Así que te aconsejo hablar antes de que mi paciencia desaparezca por completo.

-Por favor, Lady Amanda... yo no quería hacerlo -sollozó la sirvienta mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

Amanda no respondió de inmediato. Permaneció observándola durante unos segundos eternos antes de inclinarse ligeramente hacia adelante. La mujer estaba atada a una silla de madera; sus muñecas se encontraban sujetas con cuerdas gruesas a los brazos del asiento y sus tobillos inmovilizados a las patas de la silla. El miedo hacía que temblara sin control. Amanda tomó lentamente el cuchillo que descansaba sobre la mesa y lo deslizó por la mano de la mujer.

-Te haré una sola pregunta -murmuró con una tranquilidad aterradora-. ¿Quién te envió?

La sirvienta guardó silencio. Entonces Amanda hundió el cuchillo en la mano de la mujer sin previo aviso. El grito desgarrador llenó las mazmorras mientras la sangre comenzaba a escurrir por la madera.

-¡Por favor! ¡Por favor! -gritó la mujer entre sollozos.

Amanda giró el cuchillo con más fuerza y la expresión de dolor de la sirvienta se volvió insoportable. Sin embargo, la Arryn no mostró ni un poco de compasión. Había pasado demasiado tiempo viendo a las mujeres de su familia sufrir, morir o ser utilizadas por hombres ambiciosos. Ya no quedaba inocencia en ella cuando se trataba de proteger a los suyos.

-Última oportunidad -susurró Amanda con frialdad absoluta-. Dime quién te mandó o haré que tus hijos desaparezcan del mundo de la forma más dolorosa posible. Sería una tragedia terrible que una casa se incendiara en mitad de la noche o que unos asesinos encontraran a tres pequeños indefensos.

La mujer abrió los ojos horrorizada.

-¡No, mis hijos no! ¡Por favor, ellos no! -suplicó desesperadamente antes de romper en llanto-. ¡Fue Otto Hightower! ¡Él me contrató! Dijo que si no obedecía mataría a mis hijos. ¡Fue él, lo juro!

Amanda permaneció en silencio durante unos segundos. Su expresión no cambió en lo absoluto, pero dentro de ella algo terminó de romperse. Otto Hightower había intentado tocar a sus hijos. Había enviado a alguien contra sus bebés recién nacidos. Y eso era algo que Amanda jamás perdonaría.

Lentamente soltó el cuchillo y se puso de pie.

-Mátala -ordenó con voz firme.

El caballero que permanecía vigilando la celda obedeció sin vacilar. La garganta de la mujer fue cortada en un instante y la sangre salpicó el suelo de piedra. Amanda simplemente observó cómo la vida abandonaba el cuerpo de la sirvienta sin mostrar emoción alguna. Luego se dio media vuelta y abandonó las mazmorras como si nada hubiese ocurrido.

Dos días después, la noticia sacudió Antigua. Gwayne Hightower, hijo de Otto Hightower, había sido asesinado durante un supuesto ataque de ladrones en el camino. El cuerpo fue encontrado irreconocible y los culpables jamás aparecieron. Muchos lo consideraron una tragedia desafortunada. Otros, más inteligentes, entendieron que aquello era un mensaje.

En la recámara principal de Altojardín, Amanda sostenía a su pequeña hija entre sus brazos mientras la mecía lentamente. La luz del atardecer iluminaba su rostro sereno, aunque sus ojos continuaban siendo fríos como el hielo. Frente a ella, Mathos Tyrell cargaba a su otro bebé con una mezcla de ternura y furia contenida.

-Nadie tocará jamás a mis hijos -susurró Amanda mientras besaba la frente de la niña.

Mathos observó a su esposa durante unos segundos y sonrió con orgullo. No había miedo en él al ver el lado oscuro de Amanda. Al contrario, parecía admirarla aún más.

-Otto Hightower pagará muy caro lo que hizo -declaró Mathos con una voz cargada de odio-. Y cuando terminemos con él, la Casa Hightower llorará sangre durante generaciones.

Amanda levantó lentamente la mirada hacia la ventana. A lo lejos, el cielo comenzaba a oscurecerse.

Y por primera vez en mucho tiempo, Amanda Arryn comprendió perfectamente a sus hermanas.

 

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Elys Arryn 

La hermana mayor

La protectora del Valle 

El Halcón Arryn 

Elys sentía el peso asfixiante de la culpa. Una culpa punzante por haber sido cruel con Daella, un remordimiento amargo por haber alejado a Amanda y un vacío frío por nunca haber forjado un verdadero vínculo con Aemma. Sentía demasiado remordimiento, pero lo que más le carcomía las entrañas era el haber permitido que un sistema diseñado meticulosamente para oprimir a las mujeres la silenciara, obligándola a olvidar lo crucial que era levantar la voz. 

Obediente.

Sumisa.

Invisible.

Durante demasiados años había dejado que otros hablaran por ella, decidirán por ella y moldearan su vida a conveniencia. Había sido criada para inclinar la cabeza y aceptar en silencio, creyendo que eso era lo correcto. Y odiaba haberse convertido en eso.

Por esa misma razón, se había jurado a sí misma que protegería a Jeyne con todo su ser. Por esa promesa había eliminado a varios señores del Valle en esa misma mesa. Y Elys no se arrepentía de absolutamente nada.

-Elys, por favor... -suplicaba Lord Godric, con la voz ahogada por la agonía y las manos crispadas sobre la madera tallada.

-Usted tuvo su oportunidad, mi lord. Mi hermana Aemma fue sumamente clara: Jeyne es la legítima heredera, y parece que a algunos de ustedes se les olvidó con demasiada facilidad -sentenció Elys, contemplándolo con una frialdad implacable.

Lord Godric abrió los ojos llenos de terror.

-La... la niña no puede...

Elys lo interrumpió antes de que terminara.

-¿No puede gobernar porque nació mujer? -preguntó con desprecio-. Qué extraño. Porque mi sobrina posee más inteligencia y dignidad que todos ustedes juntos.

Alrededor de la mesa, cinco lores se asfixiaban de forma violenta; algunos ya yacían inmóviles, con los ojos en blanco y los rostros desfigurados por el veneno. Al haber sido Elys siempre la más sumisa, silenciosa y obediente de las hermanas Arryn, ningún señor del Valle habría esperado jamás una represalia de tal magnitud. La dócil paloma se había esfumado.

-¿Creen que porque mi hermana Aemma no está aquí en este momento, nosotros hemos olvidado nuestro deber? -cuestionó Elys, paseando la mirada por los hombres que agonizaban-. Mi sobrina Jeyne merece gobernar más que nadie. Es la hija de mi hermano, el heredero, y la nieta de mi padre. Por derecho de nacimiento, el Nido de Águilas le pertenece, y ninguno de ustedes, viejos seniles y estúpidos, le arrebatará ese derecho.

Elys Arryn, la mujer amargada y subordinada que siempre había agachado la cabeza ante los hombres, había muerto esa noche. En su lugar, había renacido el verdadero Halcón de la Casa Arryn. A partir de ese instante, pasaría a la historia de su linaje como la mujer que defendió el derecho de su sobrina y demostró, con absoluta firmeza, que las mujeres Arryn siempre han sido lo más peligroso de esa casa.

-¿Creen que por el simple hecho de tener un pene son mejores? Se equivocan. Y ahora, todo el Valle sabrá perfectamente qué le sucede a cualquiera que ose desear una traición contra Jeyne -declaró con una voz que helaba la sangre.

-Ser Jon -llamó con un tono cortante y firme. El caballero, que aguardaba en las sombras, se posicionó de inmediato a su lado-. Busque a mi sobrina Jeyne, a Lord Royce y a Rhea.

-Como ordene.

El caballero se marchó a paso apresurado, dejando a Elys a solas con los cadáveres de los traidores, erguida y dueña absoluta del destino del Valle.

Minutos después, la puerta volvió a abrirse.

Jeyne Arryn entró acompañada por Rhea Royce y Lord Yorbert Royce.

Los tres se detuvieron abruptamente al ver la escena. Cadáveres. Copas derramadas. Hombres muertos sobre el suelo.

-¡Por los Dioses! ¿Qué ha pasado aquí? -exclamó Lord Royce, deteniéndose en seco y llevando una mano instintivamente al pomo de su espada al contemplar la macabra escena.

-¿Tía...? -preguntó Jeyne. La niña de doce años abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y fijeza, observando los cuerpos inertes sobre la mesa.

Rhea, con la mirada afilada, recorrió el lugar evaluando los rostros de los fallecidos antes de fijar sus ojos en la única mujer que permanecía de pie.

-¿Qué sucede, Elys? ¿Alguien envenenó la comida o el vino? ¿Tú estás bien? -interrogó Rhea, con una mezcla de cautela y genuina preocupación.

-Eran ratas, traidores -sentenció Elys, con una calma que helaba la sangre-. Todos ellos estaban a punto de conspirar para llevar a cabo una usurpación y deshacerse de Jeyne, así que los eliminé antes de que pudieran dar el primer paso.

Al escuchar aquellas palabras, una sonrisa lenta y cómplice se dibujó en los labios de Rhea. 

-Esto traerá graves problemas -advirtió Lord Royce, rompiendo la tensión. A él no le importaba en lo más mínimo la muerte de esos hombres; eran traidores y merecían el fin del mundo, pero su mente estratégica ya estaba calculando las batallas y los conflictos políticos que estallarían en las tierras del Valle tras la purga.

Fue entonces cuando la pequeña Jeyne dio un paso al frente. Su voz resonó en las paredes de piedra con una fuerza asombrosa, sin un solo atisbo de titubeo o miedo infantil.

-Ellos quisieron arrebatarme mi derecho de nacimiento. Conspiraron activamente contra la Casa Arryn, por lo tanto, su castigo está bien ejecutado -declaró la niña, con una madurez fría-. Ordeno que sus cuerpos sean colgados en la entrada misma del castillo. Que todo el Valle sepa con absoluta claridad lo que les depara a los traidores.

Jeyne se detuvo un instante, tomando una respiración profunda para asentar la autoridad de sus palabras, y continuó:

-Que entiendan que no importa si eres un Ser, un caballero, un heredero, un lord o el más alto noble; todos los traidores serán tratados por igual. Serán tratados como la basura que son.

Elys, Lord Royce y Rhea la miraron fijamente, incapaces de ocultar la profunda sorpresa ante la templanza de la legítima heredera. Aquella ya no era solo una niña; era una gobernante reclamando su lugar.

-Que todos recuerden que es la Casa Arryn la que gobierna el Valle, y que cualquier mínimo indicio de traición será pagado con la muerte. Yo, Jeyne Arryn, no perdonaré a los traidores -sentenció con firmeza la joven de doce años.

-Que así sea -secundó Elys Arryn, inclinando levemente la cabeza, reconociendo el peso de su soberana.

-Que el reino entero sepa que yo, Jeyne Arryn, soy la única y legítima heredera del Valle, la futura Dama del Nido de Águilas, Defensora del Valle y Guardiana del Este. Y todos los que osen oponerse a mi mandato, serán completamente destruidos -concluyó Jeyne.

Rhea la contempló con un orgullo feroz brillando en sus ojos. A su lado, Lord Yobert Royce esbozó una sonrisa de satisfacción; en ese preciso instante, comprendió que la Casa Arryn y el Valle entero estarían en las manos más seguras y firmes bajo el ala de Jeyne.

Elys, por su parte, sonrió con un orgullo indomable que le ensanchaba el pecho. Mientras miraba a la joven alzarse con tanta soberbia, un pensamiento cruzó su mente, un mensaje silencioso dirigido al pasado y al presente de su linaje:

«Amanda, Aemma... lo hice. Ya no soy más una sumisa de este maldito sistema», pensó Elys con determinación absoluta. «Y Jeyne nunca, jamás, lo será».

 

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Reina Aemma Arryn Targaryen 

La Reina Azul

La Reina Halcón 

La Reina del pueblo

La Reina Negra

La Reina Cruel

La hacedora de Reinas

 

Desembarco del Rey

Fortaleza Roja 

101 d.c

 

Aemma no era un ángel. A pesar de que muchos en la corte insistían en verla como una mujer dulce, refinada y bondadosa, ella sabía perfectamente que aquello era una mentira cuidadosamente construida. Los nobles observaban su sonrisa elegante, sus modales impecables y la delicadeza con la que hablaba, pero ninguno veía la oscuridad que habitaba detrás de aquellos ojos azules. Aemma había hecho cosas crueles, cosas terribles, y sabía que volvería a hacerlas si era necesario. Había derramado demasiada sangre para seguir fingiendo inocencia, y lo peor de todo era que ya no sentía remordimiento por ello.

Había mandado matar personas incluso antes de que cometieran errores contra ella. Había eliminado hombres, mujeres y familias enteras porque representaban un peligro para el futuro de su hija. Borros Baratheon había muerto siendo apenas un niño, y junto a él también habían caído otros miembros de su casa. Los Hightower habían sufrido el mismo destino; varios hombres de esa familia perecieron bajo órdenes indirectas de Aemma, incluido su lord. También había amenazado a una madre utilizando a su propio hijo como arma de presión, y aunque aquello debería haberla hecho sentirse monstruosa, la realidad era muy distinta. Aemma sabía que, si tuviera que repetir cada una de esas acciones para proteger lo que amaba, lo haría una y otra vez sin vacilar.

La princesa observó su reflejo en el enorme espejo de plata de su recámara. La luz de las velas iluminaba su cabello plateado y hacía que sus ojos parecieran más fríos de lo normal. Durante unos segundos guardó silencio, estudiando el rostro de una mujer que ya no se parecía a la joven ingenua que alguna vez fue. Entonces, una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.

-Haré lo que sea necesario para ganar. Cuando juegas el juego de tronos, ganas o mueres; no existen términos medios -murmuró con tranquilidad, aunque cada palabra llevaba el peso de una promesa-. Cersei Lannister pudo haber sido muchas cosas, pero jamás estuvo equivocada cuando dijo eso.

Un suave golpe en la puerta interrumpió el silencio de la habitación. Aemma no apartó la mirada del espejo mientras una joven sirvienta entraba con evidente nerviosismo. La muchacha hizo una reverencia rápida antes de hablar, intentando no titubear frente a la princesa.

-Princesa Aemma -anunció la sirvienta con cautela.

-¿Sucede algo, Alyna? -preguntó Aemma con voz serena, aunque fría.

Alyna respondió con tranquilidad.

-Han llegado noticias desde las Tierras de los Ríos. Lord Humfrey Bracken ha muerto.

Aemma permaneció inmóvil por unos segundos. Luego asintió lentamente, como si aquella noticia no fuera ninguna sorpresa para ella. Porque no lo era. Después de todo, ella misma había ayudado a su antigua dama, Tyshara Lannister, a planear la caída de aquel hombre. Lord Humfrey jamás había entendido que las alianzas equivocadas podían costar más que una guerra. Había elegido el bando incorrecto y, en consecuencia, había firmado su sentencia de muerte mucho antes de darse cuenta.

-Gracias por la información, Alyna. Puedes retirarte y déjame sola -ordenó con calma.

La sirvienta obedeció de inmediato y salió casi apresuradamente de la habitación. Cuando la puerta volvió a cerrarse, Aemma soltó una pequeña risa cargada de ironía. Caminó lentamente hacia la ventana de la recámara y observó las luces de la Fortaleza Roja iluminando la noche. El viento movió ligeramente los finos velos de sus mangas mientras sus pensamientos se volvían más oscuros.

-Una pieza menos -susurró con frialdad-. La Casa Bracken decidió ponerse del lado del usurpador y abandonó a mi hija cuando más lo necesitaba. Así que su nombre desaparecerá de entre las grandes casas de los Siete Reinos. Los traidores morirán... y aquellos que sobrevivan aprenderán que su sangre le pertenece a la mía.

Sus ojos azules brillaron con una intensidad peligrosa. En ese instante no parecía una princesa delicada ni una futura reina. Parecía fuego valyrio contenido en forma humana. Y lo más aterrador de todo era que Aemma Arryn Targaryen todavía no había mostrado hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

 

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Aemma se ajustó su traje de montar, diseñado especialmente para montar, y caminó con paso firme hacia el lugar donde descansaba su colosal y temible compañero.

-Hola, mi amigo más leal -susurró Aemma, extendiendo una mano firme para acariciar las duras y oscuras escamas de Caníbal-. Es hora de salir a cazar. Hoy vamos a devorar a los futuros traidores.

El enorme dragón exhaló un vaho caliente que hizo temblar la hierba a su alrededor. La princesa lo miró con una sonrisa cargada de malicia antes de continuar:

-Al principio mi intención era simplemente ejecutarlos, pero mis caballeros más fieles se encargaron de secuestrarlos. Los han llevado a una isla remota, un rincón olvidado por el mundo donde serán liberados solo para que tú tengas la oportunidad de cazarlos y devorarlos. ¿Qué te parece el plan?

Caníbal abrió sus fauces y soltó un rugido atronador que hizo vibrar la tierra. Aemma sonrió con complacencia; conocía también a su dragón que supo de inmediato que aquel sonido era una total y absoluta aprobación.

Minutos después, surcaron los cielos hasta llegar a la isla desierta, un peñón de roca y acantilados alejado de cualquier ruta marítima conocida. En el centro de una explanada, un grupo de hombres permanecía cautivo. Entre ellos se encontraban Ser Criston Cole, las infames semillas de dragón, Hugh Martillo y Ulf el Blanco, así como Ser Alfred Broome y el bastardo Marston Waters.

Al divisar la silueta de una bestia alada en el horizonte, los prisioneros sintieron una oleada de alivio, creyendo ilusamente que venían a rescatarlos. Sin embargo, la esperanza se transformó en puro terror cuando Caníbal tomó tierra con un impacto ensordecedor. Al descender, la ira de Aemma al contemplar a las semillas de dragón fue tan visceral y desbordante que el monstruo negro, conectado a las emociones de su jinete, arremetió de inmediato y engulló a Hugh Martillo de un solo bocado.

El pánico se desató entre los supervivientes. Los hombres gritaron horrorizados, tropezando entre sí al ver cómo el dragón devorador de su propia especie despedazaba y tragaba al robusto hombre como si no fuera nada.

-¿Por qué hace esto, princesa Aemma? -bramó Criston Cole con la voz rota por la confusión. Él había escuchado rumores de que la princesa poseía un corazón noble y compasivo, por lo que su mente se negaba a aceptar la masacre que presenciaba.

-Todos ustedes son traidores -sentenció Aemma, observándolos desde las alturas con un desprecio infinito-. Puede que en este tiempo ustedes aún no lo recuerden ni lo hayan hecho, pero yo sí lo recuerdo. En otra vida, ustedes arruinaron la existencia de mi hija, la lastimaron y la condenaron. Y yo, Ser Criston, ni perdono ni olvido -añadió, mientras una sonrisa cruel se dibujaba en su rostro-. Así que corran.

La orden fue el inicio de una pesadilla. Los hombres empezaron a correr desesperados, buscando refugio entre las rocas de la playa, mientras Caníbal los perseguía sin prisa, disfrutando del juego antes de aplastarlos y devorarlos uno a uno.

-¡Dracarys, Caníbal! ¡Dracarys! -gritaba Aemma con júbilo, deleitándose con el fulgor del fuego que consumía la carne de los falsos caballeros.

Tras lo que parecieron horas de una agónica persecución, la playa quedó teñida de rojo y ceniza. La mayoría de las piezas del tablero habían caído. Ser Criston Cole era el último hombre en pie, acorralado contra los acantilados y con las ropas rasgadas.

-¡Maldita seas! -rugió el Lord Comandante, mientras las llamas comenzaban a lamer sus botas-. ¡Malditos sean todos los Targaryen!

Aemma soltó una carcajada limpia y fría, un sonido que resonó por encima del romper de las olas.

-Ahí está tu verdadera personalidad, escoria asquerosa -escupió ella con asco-. Tu muerte en este lugar no significará nada. Nadie escribirá canciones sobre ti, nadie te recordará. Serás un don nadie en la historia, justo como siempre debió ser.

La princesa acarició el cuello del dragón y cambió su lengua al idioma de la antigua Valyria.

-Caníbal, bōsa dāerī (Caníbal, despacio) -ordenó en alto valyrio.

La bestia obedeció de inmediato, demostrando una inteligencia malévola. Utilizando el extremo de su cola, comenzó a propinarle golpes certeros a Cole; los cortes profundos hacían que el caballero gritara de dolor, un sonido que llenaba de una retorcida felicidad el pecho de Aemma. Con garras y dientes, el dragón procedió a mutilarlo con parsimonia, arrancando primero una mano, luego un pie, prolongando su agonía. Cuando los gritos de Cole finalmente se ahogaron en su propia sangre y cesaron, Caníbal abrió las fauces y terminó de devorarlo.

Aemma contempló el páramo ahora silencioso, limpiándose una gota de sangre ajena que había salpicado su mejilla.

-Unos traidores menos -murmuró para sí misma, sintiendo el peso de la venganza aliviado en su interior-. Eleva el vuelo, Caníbal. Es hora de regresar a casa.

El imponente dragón batió sus alas gigantescas, levantando una tormenta de arena y cenizas, y comenzó el viaje de regreso hacia los cielos de Desembarco del Rey.

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La recámara de Aemma

-¿Dónde estabas? -preguntó Viserys apenas cruzó la puerta de la recámara. Su tono sonaba impaciente, aunque también cansado, como si el peso de la corte comenzara a aplastarlo poco a poco.

Aemma alzó la vista hacia él mientras una sirvienta terminaba de acomodarle el cabello plateado. La princesa mantenuvo el rostro sereno, ocultando perfectamente el asco y la furia que sentía cada vez que veía a su esposo. Había aprendido a fingir demasiado bien.

-Estaba volando con Caníbal -respondió con tranquilidad, como si aquello no tuviera nada de extraño.

Viserys hizo una mueca inmediata, claramente disgustado. Caminó unos pasos dentro de la habitación antes de volver a mirarla.

-No deberías volar en esa cosa -comentó con desaprobación-. Ser Otto asegura que ese monstruo ni siquiera puede considerarse un dragón digno de una princesa.

Los ojos de Aemma se oscurecieron peligrosamente por un instante. Fue un cambio pequeño, casi imperceptible, pero suficiente para revelar el fuego que escondía detrás de aquella fachada elegante y tranquila. La temperatura de la habitación pareció bajar varios grados.

-No es "una cosa", Viserys. Es un dragón -replicó lentamente, pronunciando cada palabra con precisión-. Y, si lo has olvidado, los dragones son el símbolo de nuestra casa. Sin ellos, los Targaryen solo serían otro apellido noble más.

Viserys quedó en silencio unos segundos, incómodo bajo la mirada de su esposa. Aemma se puso de pie con una elegancia impecable y avanzó hacia él despacio, haciendo que el príncipe retrocediera apenas un paso.

-Y ahora me surge una duda mucho más interesante -continuó ella con voz suave, aunque cargada de veneno-. ¿Por qué estabas hablando con Ser Otto? El rey te ordenó mantener distancia de él. ¿Acaso decidiste ignorar directamente una orden de Su Majestad?

El rostro de Viserys perdió color inmediatamente. La realización de lo que acababa de admitir cayó sobre él como una piedra. Sus labios se abrieron, buscando una excusa rápida.

-No... no fue lo que quise decir -intentó corregirse torpemente-. Solo me lo crucé y...

-Ten cuidado, Viserys -lo interrumpió Aemma sin elevar la voz-. Dudo mucho que el rey esté complacido al descubrir que desobedeces sus órdenes tan fácilmente.

El príncipe tragó saliva. Por un instante pareció querer responderle, pero el peso de las palabras de Aemma fue demasiado. Terminó murmurando una excusa apresurada antes de abandonar la habitación casi con prisa, como un hombre que huía antes de cometer otro error.

La puerta se cerró detrás de él.

El silencio llenó la recámara durante varios segundos, hasta que Aemma dejó escapar una risa breve, fría y llena de desprecio.

-Patético... -susurró con asco mientras se observaba en el espejo-. ¿Cómo pude enamorarme de alguien tan débil en mi primera vida?

Su reflejo le devolvió la mirada. Ya no quedaba nada de aquella joven ingenua que creyó en cuentos de amor y promesas vacías. Ahora solo existía Aemma Arryn Targaryen, una mujer dispuesta a destruir a cualquiera que amenazara a su hija o a su futuro.

Terminó de acomodarse el vestido y salió de la habitación con paso elegante y decidido. Mientras avanzaba por los pasillos de la Fortaleza Roja, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Varias ratas ya habían sido eliminadas.

Y muy pronto llegaría el turno de la rata mayor.

Otto Hightower.

 

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Un futuro cercano 

Un vistazo al futuro 

106 d. C.

Lady Jeyne Arryn.

18 años

Lady Arryn 

Dama del Nido de Águilas

Defensora del Valle 

Guardiana del Este

Jeyne Arryn había soportado demasiado dolor para alguien tan joven. Cuando era apenas una niña perdió a sus padres durante un ataque de bandidos de montaña, y desde aquel día comprendió que el mundo jamás tendría piedad con ella. Aprendió rápido que, en el Valle, muchos hombres sonreían frente a una dama mientras por detrás buscaban arrebatarle todo lo que le pertenecía. Jeyne nunca fue ingenua; sabía perfectamente que gran parte de los lores jamás aceptarían a una mujer como heredera legítima del Valle. Por eso, cuando su tía Aemma luchó públicamente por sus derechos, cuando su tía Amanda la defendió y cuando su tía Elys se convirtió en su espada más feroz, Jeyne sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: esperanza.

Aun así, la esperanza nunca eliminó el peligro. Incluso después de que Aemma amenazara a los traidores con su dragón, algunos nobles continuaron olvidando sus juramentos con una arrogancia insoportable. Ni siquiera la masacre ocurrida cuando Jeyne tenía doce años logró detenerlos, aquella vez en la que Elys Arryn ejecutó personalmente a varios conspiradores y Jeyne ordenó colgar sus cuerpos en las puertas del castillo para que todo el Valle recordara el destino de los traidores.

Pero los hombres seguían creyéndose intocables. Seguían pensando que una mujer jamás podría gobernarlos, como si el hecho de haber nacido varones los volviera superiores. Y aquella tarde, una vez más, habían intentado asesinarla.

-Los hombres son unos imbéciles -rugió Jeyne, llena de furia mientras la sangre manchaba sus manos y parte de su vestido amarillo-. Pero me las van a pagar, te lo juro, Rhea. Todo Poniente sabrá quién soy. Todos conocerán el nombre de Jeyne Arryn, Dama del Nido de Águilas, Defensora del Valle y Guardiana del Este... aunque tenga que destruir a cada uno de los que se interpongan en mi camino.

Sus ojos azules ardían como un incendio. Había sangre en su rostro y en su ropa, pero no era la suya. Uno de los traidores yacía muerto a pocos metros con el rostro completamente desfigurado, después de que Jeyne le clavara una daga una y otra vez sin mostrar misericordia. La joven heredera respiraba agitadamente, y aun así permanecía erguida, fuerte y desafiante. Aquello no era una niña asustada; era un halcón preparado para arrancar los ojos de cualquiera que intentara derribarla.

-Y cuentas con mi apoyo -aseguró Rhea Royce con una ira tan intensa como la de su sobrina-. Esos malditos pagarán por esto. Te lo prometo, Jeyne. Ningún traidor volverá a sentirse seguro en el Valle.

Ese día debía haber sido una celebración. Jeyne acababa de cumplir 18 años y al amanecer sería nombrada oficialmente gobernante del Valle. Sin embargo, los enemigos de la Casa Arryn habían decidido convertir aquella tarde en una emboscada. Lo que ellos no entendían era que Jeyne no había sido criada para ser una dama indefensa. Desde que Aemma, Amanda y Elys comprendieron que los hombres jamás aceptarían el poder femenino por las buenas, ordenaron entrenarla en todo tipo de combate. Jeyne aprendió a utilizar espadas, dagas, arco y flecha, además de técnicas de defensa cuerpo a cuerpo. La muchacha podía cabalgar durante horas, soportar el dolor y matar si era necesario. Y esa tarde lo había demostrado.

El viento frío del Valle movía su cabello oscuro mientras la sangre comenzaba a secarse sobre la tela amarilla de su vestido. Los cuerpos de varios hombres permanecían tirados sobre el camino, algunos atravesados por flechas y otros destrozados por acero. Los caballeros que acompañaban a Jeyne observaban la escena con respeto absoluto, porque acababan de presenciar cómo la futura señora del Valle había luchado como una auténtica Arryn.

-Ser Jon, Ser Alan, Ser Alanis... vamos -ordenó Jeyne mientras montaba su caballo con una elegancia feroz-. Debemos regresar al castillo. Y cuando lleguemos, quiero que cada familia de esos traidores vea los cuerpos. Que todos entiendan lo que ocurre cuando intentan tocar a una Arryn.

Los caballeros inclinaron la cabeza inmediatamente y Rhea sonrió con orgullo antes de seguirla. Mientras cabalgaban de regreso hacia el Nido de Águilas, el viento del Valle parecía rugir junto a Jeyne Arryn, como si las propias montañas reconocieran finalmente a su verdadera gobernante.

 

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Ellos regresaron al castillo bajo un cielo gris y pesado, como si incluso los dioses supieran que aquella noche cambiaría el destino del Valle para siempre. El sonido de los caballos resonó con fuerza en el patio principal del Nido de Águilas mientras los guardias abrían paso apresuradamente al ver llegar a su heredera. Jeyne avanzaba montada con la espalda recta y la mirada endurecida, cubierta con la sangre de los hombres que habían intentado asesinarla. Su vestido amarillo estaba manchado de rojo oscuro y parte de su cabello se encontraba desordenado por la batalla, pero aun así lucía imponente. Más que una joven de diecisiete años, parecía una reina de guerra regresando victoriosa.

-¡Lady Jeyne! -exclamó una sirvienta con lágrimas de alivio al verla con vida.

-¡Lady Arryn! -pronunciaron varios caballeros mientras inclinaban la cabeza profundamente, aunque muchos no pudieron evitar observar con inquietud la sangre que cubría a la muchacha.

Jeyne desmontó sin ayuda y entregó las riendas a uno de los guardias. Su expresión era fría y peligrosa, y cualquiera que la mirara entendía inmediatamente que no debía provocar su ira aquella noche.

-¿Dónde están todos? -preguntó con una voz tan afilada como una espada.

-En la sala de reuniones, mi lady -respondió un caballero con rapidez, claramente nervioso.

Jeyne no perdió ni un segundo. Comenzó a caminar por los largos pasillos del castillo con pasos firmes y dominantes, seguida por Rhea Royce y los caballeros que le habían permanecido leales. A cada lado del corredor, sirvientes, damas y soldados hacían reverencias apresuradas al verla pasar. Algunos apartaban la mirada al observar la sangre seca sobre su ropa; otros la contemplaban con admiración y respeto. Después de aquella noche, nadie volvería a ver a Jeyne como una niña.

-Ser Jon -ordenó Jeyne sin detenerse.

El caballero asintió inmediatamente y, al llegar frente a las enormes puertas de madera de la sala, las abrió de golpe. El estruendo hizo sobresaltarse a todos los hombres reunidos dentro de la habitación. Varias conversaciones murieron al instante y el silencio cayó como una losa cuando vieron entrar a la heredera del Valle cubierta de sangre y acompañada de hombres armados.

Los ojos de Jeyne recorrieron la estancia rápidamente hasta detenerse en una escena que hizo hervir su sangre. Uno de los caballeros sostenía con demasiada fuerza el brazo de Elys Arryn, como si intentara mantenerla bajo control. La expresión de su tía era helada, pero Jeyne alcanzó a notar el enojo oculto en sus ojos.

Sin apartar la vista del hombre, Jeyne hizo una pequeña señal con la mano.

Sus caballeros actuaron al instante.

El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una espada atravesara su garganta. Otro guardia lo golpeó contra la mesa mientras Elys era apartada rápidamente. El caballero cayó al suelo ahogándose en su propia sangre y segundos después dejó de moverse.

El salón entero quedó paralizado.

-Jeyne... estás viva -murmuró Ser Eldric Arryn con evidente sorpresa.

Jeyne ni siquiera lo miró.

Caminó lentamente hasta el centro de la sala y sostuvo la cabeza en alto con una autoridad imposible de ignorar. La sangre sobre su vestido parecía un símbolo de guerra más que una mancha.

-Soy Jeyne Arryn, heredera legítima del Valle -proclamó con fuerza, logrando que cada hombre en la sala guardara silencio absoluto-. Y he venido a recuperar mi asiento de soberana del Valle.

Muchos nobles intercambiaron miradas incómodas. Algunos parecían nerviosos; otros claramente molestos por verla viva.

-Lady Jeyne, no sabíamos que habíais sobrevivido -intervino Ser Alister con una cortesía evidentemente fingida-. Fuimos convocados aquí porque nos informaron de vuestra muerte.

Jeyne soltó una risa fría y peligrosa.

-Qué curioso -replicó lentamente mientras caminaba alrededor de la mesa-. Porque ninguno de ustedes vio mi cuerpo. Y aun así organizaron una reunión para decidir el futuro del Valle antes siquiera de confirmar mi muerte. Parece que algunas ratas estaban demasiado ansiosas por quitarme del camino.

El ambiente se volvió tenso de inmediato. Algunos lores evitaron mirarla directamente, mientras otros parecían indignados por el tono de la muchacha.

-Tened cuidado, Lady Jeyne -declaró Lord Borrien con arrogancia, creyéndose más importante de lo que era-. Puede que seáis la heredera, pero nosotros somos lores del Valle desde mucho antes de que nacieras.

La mirada de Jeyne se volvió peligrosamente oscura.

La joven avanzó lentamente hacia él hasta quedar frente a frente. A pesar de su edad, había algo en ella que resultaba intimidante; una fuerza feroz heredada de las mujeres Arryn que gobernaron antes que ella.

-Y precisamente por eso deberíais saber comportaros como hombres leales y no como perros hambrientos esperando devorar un cadáver -espetó Jeyne con una voz helada-. Yo nací Arryn. Este castillo, este valle y cada montaña que pueden ver desde estas ventanas me pertenecen por derecho de sangre. Así que será mejor que todos ustedes recuerden muy bien quién soy antes de que termine decorando las puertas del Nido de Águilas con las cabezas de los traidores restantes.

La mirada fría de Jeyne , recorrió lentamente a cada uno de los hombres presentes en la sala. Sus ojos se detuvieron especialmente en Eldric Arryn, quien todavía parecía incapaz de aceptar que la muchacha a la que habían intentado apartar seguía viva y más peligrosa que nunca. La sangre seca sobre el vestido amarillo de Jeyne, así como la daga colgando de su cintura, hacían que su presencia resultara todavía más intimidante. Aquella joven ya no parecía una niña noble del Valle; parecía una reina nacida en medio de la guerra.

-No pongan a prueba mi poder, mis lores -pronunció Jeyne con una calma aterradora-. Y no provoquen mi ira, o acabarán como los primeros traidores, colgados en lo más alto de las murallas del Valle para que todos contemplen vuestra caída mientras los cuervos devoran vuestros cuerpos.

El salón quedó en silencio absoluto después de aquellas palabras. Algunos hombres desviaron la mirada, mientras otros apretaban los puños llenos de frustración. Sin embargo, el miedo comenzaba a extenderse lentamente entre ellos. Incluso los más orgullosos entendían que aquella muchacha hablaba completamente en serio.

-Jeyne, todo esto lo hacemos por el bien del Valle -afirmó uno de los lores intentando recuperar el control de la situación-. Eres una niña. No sabes gobernar. Estas responsabilidades pertenecen a los hombres.

Jeyne lo observó como si acabara de escuchar la estupidez más grande de su vida. Luego avanzó lentamente hacia el centro de la sala, obligando a todos a mirarla.

-Soy la heredera del Valle -declaró con firmeza-. Soy la legítima soberana de estas tierras. Soy hija del hombre que fue heredero del Valle antes de su muerte y nieta de Rodrik Arryn. Ninguno de vosotros posee más derecho que yo para gobernar estas montañas.

-Lady Jeyne... -intentó intervenir Ser Alister.

-Silencio -lo cortó ella de inmediato, haciendo que el caballero callara al instante-. Soy la futura soberana del Valle y vuestro deber es servirme. Pero parece que algunos han olvidado lo que les ocurre a los traidores.

Las palabras de Jeyne golpearon la sala con fuerza. Lord Triston fue el primero en hablar nuevamente, aunque la arrogancia en su voz solo demostraba su propia estupidez.

-Solo buscamos lo mejor para el Valle. Una mujer no debe gobernar.

Jeyne soltó una pequeña risa cargada de desprecio.

-Es mi deber, mi derecho de nacimiento y mi destino gobernar el Valle -respondió con una fuerza imposible de ignorar-. Y defenderé ese derecho de cualquier hombre senil y estúpido que intente arrebatármelo. El Valle tiene una única gobernante... y esa soy yo, Jeyne Arryn.

-El Valle jamás estará de acuerdo con esto -espetó Ser Osric.

Entonces Jeyne sonrió.

Fue una sonrisa oscura y peligrosa, una que hizo que varios hombres palidecieran inmediatamente.

-El Valle obedecerá -sentenció ella con absoluta seguridad-. La única razón por la que me odian es porque soy una mujer. Una mujer que gobernará una de las casas supremas más poderosas de los Siete Reinos. Y eso hiere vuestro orgullo más de lo que podéis soportar.

-¡Una mujer no puede gobernar! -protestó Lord Wallinder golpeando la mesa.

La risa de Jeyne resonó por toda la sala, fría y cruel como el viento invernal.

-Lo haré -afirmó sin titubear.

Y en ese mismo instante, un rugido estremeció el castillo entero.

Luego vino otro.

Y otro más.

Los rugidos de dragones hicieron temblar las paredes del Nido de Águilas. Algunos nobles retrocedieron aterrados mientras otros se aferraban nerviosamente a las mesas. Jeyne, en cambio, sonrió con satisfacción al ver cómo el miedo finalmente aparecía en los rostros de aquellos hombres.

-Vuestros nombres serán recordados como traidores -pronunció lentamente-. Vuestras casas pagarán por vuestros pecados. Y para que entiendan lo cruel que puede llegar a ser el destino, solo las mujeres de vuestras familias heredarán vuestros asientos cuando mueran.

-¡No puedes hacer eso, Jeyne! -gritó Eldric Arryn lleno de horror.

Jeyne giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos azules eran tan fríos como una tormenta sobre las montañas.

-Sí puedo -respondió con absoluta serenidad-. Porque yo soy la Dama del Valle.

 

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El Valle entero guardó silencio mientras los traidores gritaban aterrados. Algunos suplicaban misericordia, otros lloraban y unos pocos intentaban mantener el orgullo hasta el final, pero todo resultaba inútil frente a la enorme sombra que descendía desde el cielo. El rugido del dragón de Aemma estremeció las montañas y provocó que incluso los caballeros más valientes sintieran miedo. Las llamas iluminaron el Nido de Águilas mientras los enemigos de Jeyne Arryn eran devorados frente a todas las casas nobles del Valle y ante la mirada de cientos de personas del pueblo común. Aemma Arryn había prometido años atrás que los traidores pagarían, y como siempre, cumplía cada una de sus promesas.

El viento movía el vestido negro y rojo de Aemma mientras ella permanecía de pie observando la ejecución con absoluta frialdad. Caníbal descansaba detrás de ella como una criatura salida de las peores pesadillas de los hombres. Nadie se atrevía a hablar. Nadie se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte en presencia de la princesa y su dragón. Porque todos en el Valle entendían algo en ese momento: desafiar a la familia de Jeyne Arryn significaba morir.

Entonces Aemma avanzó lentamente hasta colocarse junto al asiento de los Arryn. Su mirada recorrió a cada uno de los presentes antes de elevar la voz con una autoridad imposible de ignorar.

-Nos complace anunciar que desde este día Jeyne Arryn tomará oficialmente el poder de la Casa Arryn y comenzará a gobernar el Valle -proclamó Aemma con orgullo-. Jeyne Arryn, Dama del Nido de Águilas, Defensora del Valle y Guardiana del Este. Larga vida a Jeyne Arryn. 

-¡Larga vida! -gritaron los presentes al unísono.

El vestido azul de Jeyne, confeccionado en honor a los colores de su casa, brillaba bajo la luz del día mientras la joven heredera se ponía de pie lentamente. La corona sobre su cabeza parecía hecha para ella. Sus ojos azules observaron a todos con fuerza y determinación, sin rastro alguno de miedo o duda. Ya no era una niña peleando por sobrevivir. Era la soberana del Valle.

Muchos nobles inclinaron la cabeza ante ella. Otros lo hicieron obligados por el terror. Pero todos terminaron arrodillándose.

Y mientras los restos de los traidores aún ardían bajo el fuego del dragón, Jeyne Arryn sonrió comprendiendo que el Valle finalmente le pertenecía.

 

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Un futuro lejano

114 d.C.

17 años

Rhaenyra Targaryen

Princesa heredera

Futura reina de los Siete Reinos

La delicia del reino

La jinete de dragón más joven

La princesa del pueblo

La humedad del pozo subterráneo impregnaba el aire con un olor insoportable a sangre, sudor y metal oxidado. Las antorchas colocadas en las paredes apenas iluminaban la estancia, haciendo que las sombras danzaran de manera grotesca sobre la piedra húmeda. Encadenada a una estructura de madera, la septa lloraba desconsoladamente mientras sus muñecas sangraban por el roce de los grilletes. Frente a ella, Rhaenyra Targaryen permanecía de pie con una elegancia aterradora, vestida completamente de negro, como si hubiese descendido directamente del infierno. 

Su rostro seguía siendo hermoso y delicado, pero en sus ojos violetas no existía ni una pizca de misericordia. Porque cuando alguien dañaba a una persona que Rhaenyra amaba, la princesa dejaba de ser una joven dulce y se convertía en fuego y sangre.

-¿Por qué hace esto, princesa? -sollozó la septa entre lágrimas-. ¡Por favor, tenga piedad!

Rhaenyra inclinó ligeramente la cabeza, observándola como si fuese un insecto desagradable.

-¿Piedad? -repitió con una sonrisa fría-. Qué palabra tan curiosa saliendo de la boca de alguien que se atrevió a levantar la mano contra mi hermana. Tú y las demás ovejas de la Fe parecen olvidar constantemente cuál es su lugar.

La septa comenzó a temblar todavía más.

-La princesa Daella no cumplía con sus deberes... debía aprender disciplina... -murmuró entre hipidos.

La expresión de Rhaenyra se oscureció de inmediato. Caminó lentamente hacia la mujer y tomó su rostro con fuerza, clavándole las uñas en las mejillas.

-Escúchame bien, maldita fanática -susurró con una voz peligrosamente suave-. Daella Targaryen es sangre del dragón. Es una princesa real. Mi hermana. Tú no eres nadie para tocarla, corregirla o siquiera dirigirle la mirada sin permiso. El simple hecho de que sigas respirando demuestra la enorme paciencia que heredé de mi madre.

La septa rompió en llanto mientras intentaba apartarse inútilmente.

-Princesa, por favor fue un error, no quería...

Rhaenyra soltó una pequeña risa cargada de desprecio y se limpió lentamente las manos con un pañuelo de seda, como si tocar a la mujer le hubiese provocado suciedad.

-No, no fue un error. Fue arrogancia. Ustedes, los miembros de la Fe, siempre creen tener derecho a decidir sobre las mujeres de mi familia. Creen que pueden juzgarnos, castigarnos y moldearnos a su gusto. Pero olvidan algo muy importante... los dragones no obedecen ovejas.

La princesa levantó la mirada hacia la gran olla negra suspendida sobre la estructura de madera. Dentro de ella, el oro fundido hervía lentamente, desprendiendo un calor insoportable.

-Tienes suerte de que mi madre no esté aquí -continuó Rhaenyra con absoluta crueldad-. Si la reina Aemma hubiese descubierto lo que le hiciste a Daella, habrías rogado por una muerte tan misericordiosa como esta. Pero mi hermana quiere volar en dragón esta tarde, y no pienso hacerla esperar por culpa de una basura como tú.

-¡Por favor, princesa! ¡Por los Siete, misericordia! -gritó desesperadamente la septa.

Rhaenyra sonrió. Y aquella sonrisa dulce e inocente resultó mucho más aterradora que cualquier grito.

-Los Siete no están aquí abajo para salvarte.

Con un simple movimiento de su mano, ordenó bajar la cadena que sostenía la olla. Un instante después, el oro fundido cayó directamente sobre la septa. Los gritos desgarradores llenaron el pozo mientras la carne comenzaba a quemarse y derretirse. El olor fue insoportable. Incluso algunos guardias desviaron la mirada, incapaces de soportar la escena.

Rhaenyra, sin embargo, observó todo con absoluta calma.

Los alaridos de la mujer eran música para sus oídos.

-Las personas deben aprender cuál es su lugar -murmuró la princesa con asco mientras veía el cuerpo retorcerse entre espasmos-. Y el lugar de los traidores siempre será bajo nuestros pies.

Cuando los gritos finalmente cesaron, Rhaenyra acomodó tranquilamente los pliegues de su vestido. Luego volvió a colocarse aquella expresión dulce y encantadora que tantos en la corte adoraban. Nadie que la viera salir de aquellas mazmorras imaginaría el monstruo que acababa de dejar atrás.

Y precisamente por eso, la heredera de Aemma Arryn era tan peligrosa.

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La brisa fresca acariciaba suavemente los jardines mientras Rhaenyra Targaryen caminaba con tranquilidad al lado de su hermana menor. A lo lejos todavía podían escucharse los rugidos de los dragones descansando después del vuelo, y el olor a humo y viento permanecía impregnado en la ropa de ambas princesas. 

El vestido oscuro de Rhaenyra se movía elegantemente con cada paso, mientras que la pequeña Daella Targaryen no dejaba de observarla con admiración absoluta, como si su hermana mayor fuese la persona más maravillosa de todo Poniente.

-Gracias por ir conmigo, Nyra -murmuró Daella con una sonrisa brillante mientras apretaba suavemente la mano de su hermana-. Siempre me siento segura cuando estás conmigo.

La expresión de Rhaenyra se suavizó de inmediato al escucharla. Muy pocas personas en el mundo lograban sacar ese lado cálido y protector de ella, pero Daella siempre había tenido ese poder.

-Sabes que siempre estaré para ti, hermanita -respondió con dulzura mientras acomodaba un mechón plateado detrás de la oreja de la niña-. No importa lo que pase, nadie podrá hacerte daño mientras yo siga respirando.

Rhaenyra amaba profundamente a su hermana menor. Aún recordaba perfectamente el día en que Daella nació, cuando su madre, había colocado a la recién nacida entre sus brazos. 

Rhaenyra todavía podía recordar el peso diminuto de aquel pequeño cuerpo envuelto en mantas, el calor de su piel y, sobre todo, el instante exacto en que Daella abrió los ojos y la miró con una ternura tan pura que le robó el corazón por completo. Ese mismo día, siendo apenas una niña, Rhaenyra juró que protegería a su hermana del mundo entero, incluso si debía convertirse en un monstruo para lograrlo.

Las dos continuaron caminando lentamente tomadas de la mano, mientras el sol iluminaba sus cabellos plateados como si realmente fueran hijas del fuego y la sangre. Y aunque muchos veían en Rhaenyra a una princesa orgullosa, ambiciosa y peligrosa, Daella únicamente veía a su hermana mayor... la persona que más la amaba en todo el mundo.

 

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Tiempo después 

Los jardines de la Fortaleza Roja estaban cubiertos por la cálida luz del atardecer. Las flores se mecían suavemente con la brisa mientras las fuentes cantaban a la distancia, creando un ambiente demasiado tranquilo para el dolor que estaba a punto de romper dos corazones.

Rhaenyra Targaryen caminaba lentamente junto a Rickon Stark. Desde hacía años, muchos en la corte hablaban de lo perfecto que sería un compromiso entre ellos. Según Aemma Arryn, unir a la heredera del Trono de Hierro con el futuro Señor de Invernalia consolidaría todavía más la lealtad del Norte hacia la Corona. 

Los Stark ya eran aliados firmes, pero un matrimonio entre dragones y lobos convertiría aquella unión en algo prácticamente irrompible. Además, Lord Torrhen Stark, quien había criado a Rickon tras la muerte de sus padres, siempre describía al joven como un hombre honorable, inteligente y digno de gobernar el Norte.

Y Rhaenyra se había enamorado de él de la manera más peligrosa posible. Rickon no solo era atractivo y brillante, sino que la trataba como si realmente fuera importante más allá de su título. Nunca la hacía sentir menos por ser mujer, jamás cuestionaba su inteligencia y siempre escuchaba sus ideas con genuino interés. Cuando estaban juntos, Rhaenyra no sentía el peso del reino ni las expectativas de la corte; únicamente se sentía feliz. Rickon lograba hacerla reír incluso en los días más difíciles y la miraba como si ya fuese su reina mucho antes de portar una corona. Tal vez por eso dolía tanto, porque ambos se amaban sinceramente y aun así el destino parecía empeñado en separarlos.

Pero existía un problema cruel e imposible de ignorar. Rickon Stark ya estaba comprometido desde la infancia con Lady Gilliane Glover, un acuerdo hecho muchos años atrás entre sus familias. Y Rickon era un hombre que respetaba el deber tanto como el honor.

El joven lobo se detuvo finalmente bajo un árbol cubierto de flores blancas. Sus ojos grises estaban llenos de tristeza mientras observaba a Rhaenyra, como si intentara memorizar cada detalle de ella antes de perderla.

-Te amo, Rhaenyra -confesó con la voz rota, algo extremadamente extraño en él-. Te amo más de lo que debería... pero estoy comprometido con Lady Gilliane Glover y debo cumplir mis juramentos.

Aquellas palabras destrozaron a Rhaenyra por dentro. Las lágrimas llenaron sus ojos violetas casi de inmediato mientras sentía cómo el corazón se le quebraba lentamente dentro del pecho. Porque Rickon no estaba rechazándola por falta de amor, sino precisamente porque la amaba demasiado como para convertirla en parte de una traición. Y eso hacía que todo fuese aún más doloroso.

-Yo también te amo -susurró ella entre lágrimas, incapaz de contener el temblor de su voz.

Rickon cerró los ojos durante un instante, como si escuchar esas palabras fuera al mismo tiempo el mayor regalo y el peor castigo de su vida. Luego se acercó lentamente y dejó un beso lleno de ternura sobre la frente de Rhaenyra. Fue un gesto suave y lleno de amor contenido, como si quisiera despedirse de ella sin tener la fuerza suficiente para hacerlo realmente. Después dio un paso atrás y se marchó sin mirar atrás, porque sabía que si volvía a verla quizá jamás podría irse.

En cuanto Rickon desapareció entre los senderos de los jardines, Rhaenyra cayó de rodillas sobre el césped. El llanto escapó de ella sin control mientras intentaba respirar entre los sollozos. La futura reina de los Siete Reinos, la princesa que muchos consideraban fuerte y peligrosa, estaba completamente destruida por amor.

-¿Hermana...? -susurró una voz pequeña y preocupada.

Daella Targaryen se acercó rápidamente al verla llorar. La niña abrazó a Rhaenyra con fuerza mientras esta escondía el rostro en el hombro de su hermana menor. Daella acarició lentamente su cabello plateado intentando consolarla, aunque ni siquiera entendía completamente por qué el amor podía hacer sufrir tanto a las personas.

Tres lunas después, una noticia recorrió el Norte. Lady Gilliane Glover había muerto tras caer de su caballo durante una cabalgata. Según los rumores, su cabeza golpeó violentamente contra una piedra y murió casi al instante. Muchos lo consideraron un accidente desafortunado... aunque otros comenzaron a murmurar que los dioses a veces despejaban caminos que parecían imposibles.

Once lunas más tarde, el compromiso entre la princesa heredera Rhaenyra Targaryen y Lord Rickon Stark fue anunciado oficialmente ante los Siete Reinos. Y aunque el reino celebró aquella unión como una alianza histórica entre dragones y lobos, muy pocos supieron que antes de aquel compromiso hubo dos jóvenes enamorados cuyos corazones se rompieron intentando hacer lo correcto.

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La Fortaleza Roja

120 d.C. 

Rhaenyra Targaryen 

23 años

 

La humedad de las celdas impregnaba cada rincón del lugar con un olor a hierro, sangre seca y podredumbre. Las antorchas iluminaban débilmente los muros de piedra, dejando sombras alargadas que parecían monstruos acechando en la oscuridad. Alicent Hightower se encontraba arrodillada sobre el suelo helado, con las muñecas encadenadas por gruesos grilletes de acero. Su vestido verde estaba roto y manchado, su cabello desordenado caía sobre su rostro envejecido por el miedo y la desesperación. Ya no parecía la orgullosa Hightower que una vez caminó por la Fortaleza Roja con la cabeza en alto. Ahora solo era una mujer rota.

Los pasos de Rhaenyra resonaron lentamente por el pasillo. Firmes. Elegantes. Letales. La princesa heredera avanzó vestida de negro y rojo, como una auténtica reina de fuego y sangre. Sus ojos lilas observaron a Alicent con una mezcla de desprecio y diversión cruel. No había piedad en ella, ni un solo rastro de compasión. Solo existía el placer frío de ver destruida a una enemiga que había esperado demasiado tiempo para caer.

-Rhaenyra soy tu amiga -murmuró Alicent entre lágrimas, humillada hasta el alma-. Por favor...

La risa de Rhaenyra fue suave al inicio, pero terminó convirtiéndose en una carcajada oscura que hizo que Alicent sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.

-¿Mi amiga? -repitió con una sonrisa venenosa-. Alicent, jamás fuiste mi amiga. Fuiste una marioneta. Una pieza conveniente que utilicé cuando me servía y que destruí cuando dejó de ser útil.

Alicent abrió los ojos con horror. La respiración comenzó a fallarle mientras observaba a la mujer frente a ella. La pequeña princesa a la que una vez creyó manipular había desaparecido hacía mucho tiempo. Frente a ella estaba una auténtica Targaryen. Una criatura criada entre dragones.

Rhaenyra se inclinó lentamente hasta quedar frente a ella. Sus dedos sujetaron el mentón de Alicent con fuerza obligándola a mirarla.

-¿Sabes qué es lo más gracioso? -susurró con una crueldad aterradora-. Muchos de esos abortos "misteriosos" que sufriste fueron por mi culpa. Yo di las órdenes.

Alicent soltó un grito ahogado. Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza mientras temblaba de horror.

-¡Maldita seas! ¡Mis bebés! ¡Eres un monstruo! ¡Eres peor que Maegor el Cruel!

La sonrisa de Rhaenyra creció lentamente, orgullosa. Como si aquellas palabras fueran un honor.

-Gracias por el cumplido -contestó con una calma espeluznante-. Después de todo, Maegor sabía lo que hacía al no confiar en los Hightower ni en la Fe de los Siete. Aunque debo admitir que yo fui más eficiente. Él dejó enemigos vivos. Yo no suelo cometer ese error.

Alicent comenzó a respirar con dificultad. El miedo era tan intenso que apenas podía sostenerse erguida.

-¿Qué... qué les hiciste? -preguntó con la voz rota-. ¿Qué le hiciste a mi familia?

Rhaenyra sonrió. Una sonrisa hermosa y monstruosa al mismo tiempo.

-La estirpe Hightower está muriendo lentamente -susurró-. Uno por uno. Tal como merecen los traidores. Tu padre creyó que podía tocar a mi madre y salir impune. Creyó que podía convertir a los Targaryen en marionetas de Antigua. Qué equivocada estaba tu sangre.

Alicent empezó a llorar desconsoladamente.

-Por favor...

-No -la interrumpió Rhaenyra con frialdad-. No habrá misericordia para ti. Nadie va a rescatarte. Nadie va a recordarte. La historia solo hablará de Alicent Hightower como la puta ambiciosa que se metió en la cama del príncipe Viserys mientras su esposa obediente y buena Reina estaba ayudando al pueblo. Serás recordada como la traidora que intentó destruir a la princesa Rhaenyra y a la buena reina Aemma.

-¡Cruel! -gritó Alicent entre sollozos.

Rhaenyra soltó una carcajada baja y elegante antes de ponerse de pie lentamente.

-Claro que lo soy -respondió sin vergüenza alguna-. La crueldad es necesaria para gobernar. Mi madre me enseñó eso. Los dragones no sobreviven siendo amables.

Alicent intentó arrastrarse hacia ella, pero las cadenas la detuvieron brutalmente. Rhaenyra la observó como si fuera un insecto.

-Nadie te creerá, Alicent -continuó con voz suave-. Para el reino eres una loca consumida por la culpa y el deseo. Y pronto... incluso tu nombre dejará de importar.

La princesa giró sobre sus talones con elegancia absoluta. Su capa negra se deslizó por el suelo de piedra mientras comenzaba a alejarse de la celda.

Detrás de ella, Alicent gritaba, lloraba y suplicaba desesperadamente. Pero Rhaenyra no volvió la vista atrás ni una sola vez.

Porque los dragones no sienten lástima por las ovejas.

 

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La sonrisa de Rhaenyra Targaryen se volvió suave apenas cruzó las puertas de sus aposentos. El olor a invierno y cuero siempre acompañaba a Rickon Stark, y por un instante todo el peso del reino desapareció de sus hombros. Él se acercó sin miedo, como siempre hacía, y dejó un beso cálido sobre sus labios, uno lento y lleno de amor verdadero, como si quisiera recordarle que, aun después de toda la sangre derramada, ella seguía siendo su reina.

-Hola, mi hermosa princesa. ¿Dónde estabas? -preguntó Rickon mientras apoyaba la frente contra la de ella y acariciaba suavemente su cintura.

Rhaenyra soltó una pequeña risa divertida, aunque en sus ojos violetas todavía quedaban restos de oscuridad.

-Haciéndome cargo de algunas ratas -murmuró con tranquilidad.

Rickon entendió de inmediato el verdadero significado de aquellas palabras. Nunca la juzgó por ello. Desde el momento en que se enamoró de Rhaenyra, aceptó cada parte de ella, incluso las más crueles y despiadadas. Él conocía la violencia que escondía el corazón de su esposa, conocía la frialdad con la que podía destruir enemigos, y aun así la amaba con una intensidad casi peligrosa. En más de una ocasión había sido la espada más leal de Rhaenyra, el hombre que caminaba a su lado mientras ella convertía traidores en cenizas.

-Muña... -gritó una pequeña voz infantil.

Los ojos de Rhaenyra se iluminaron de inmediato al ver correr hacia ella al príncipe Jacaerys. El niño de cuatro años prácticamente se lanzó a sus brazos, haciendo que ella olvidara cualquier pensamiento oscuro. Lo cargó con facilidad y llenó su rostro de besos mientras el pequeño reía.

-Aquí está mi bebé hermoso -susurró ella con una sonrisa genuina.

-Te extrañé -confesó Jacaerys abrazándola por el cuello.

-Y yo a ti, mi pequeño dragón -contestó Rhaenyra mientras le acomodaba el cabello plateado.

Jacaerys era la mezcla perfecta entre hielo y fuego. Tenía la belleza valyria de los Targaryen, con aquel cabello plateado brillante, pero sus ojos grises Stark dejaban claro quién era su padre. No existía duda alguna sobre su sangre, y Rhaenyra sentía un orgullo feroz cada vez que lo miraba.

-Muña... -volvió a escucharse otra vocecita.

Esta vez era Cregan, el gemelo menor. A diferencia de su hermano, el niño parecía salido completamente del Norte. Su cabello oscuro y sus ojos grises lo convertían en un pequeño Stark de pies a cabeza, pero eso jamás hizo que Rhaenyra lo amara menos. Para ella, sus hijos eran lo más sagrado que existía en el mundo.

-Para ti, muña -comentó el pequeño mientras le entregaba unas rosas torpemente acomodadas entre sus manitas.

El corazón de Rhaenyra se derritió. Le entregó a Jacaerys a Rickon y luego se inclinó frente a Cregan para tomar las flores. Después dejó un beso lleno de ternura sobre la frente de su hijo.

-Gracias, mi pequeño caballero -susurró emocionada.

Cregan sonrió orgulloso y rodeó el cuello de su madre con los brazos. Rhaenyra lo levantó con facilidad y lo sostuvo contra su pecho mientras Rickon la observaba en silencio. Había adoración absoluta en los ojos del norteño, una devoción tan profunda que hacía sentir a Rhaenyra invencible. Él la miraba como si fuera una diosa nacida del fuego y la nieve, y quizá para él realmente lo era.

Rhaenyra llevó una mano hasta su vientre, que empezaba a notarse bajo la tela del vestido. Su madre estaba convencida de que sería un niño, y según la apuesta absurda que había hecho con su primo Laenor, el bebé recibiría el nombre de Lucerys si nacía varón. Solo de pensarlo una sonrisa apareció en su rostro.

En aquel instante, rodeada por el hombre que amaba y los hijos por los que destruiría reinos enteros, Rhaenyra se sintió verdaderamente feliz. Y comprendió que toda la sangre derramada, todas las conspiraciones y cada monstruosidad que había cometido, habían valido la pena para llegar hasta allí.

 

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Un futuro cercano

126 d.c

Daella Targaryen 

Princesa real

Princesa guerrera

Lady Lannister 

Daella Targaryen avanzaba con la cabeza en alto, vestida completamente de negro. El terciopelo oscuro abrazaba su figura con elegancia, y las joyas su cuello hacían resaltar todavía más sus rasgos valyrios. Sus ojos lilas parecían apagados por la tristeza, aunque detrás de aquella máscara de dolor habitaba una mente fría y calculadora. Muchos aseguraban que la princesa era una mujer dulce y refinada, una viuda devastada por la muerte de su esposo, pero la realidad era mucho más peligrosa. Daella no se consideraba una buena persona y, sinceramente, tampoco deseaba serlo.

Tanto Jason Lannister como Lady Gilliane Glover habrían podido dar testimonio de ello... si siguieran vivos. Ambos murieron por decisión de Daella, aunque por razones completamente distintas. 

Jason había dejado de serle útil. No había sido un esposo cruel ni un mal padre para sus hijos; sin embargo, seguía siendo un hombre arrogante, criado bajo la idea de que las mujeres debían inclinar la cabeza ante los hombres. El hecho de una amante embarazada terminó de sellar su destino. Daella jamás permitiría una humillación semejante, mucho menos después de haberle dado dos hijos varones y dos hijas. Él ya había cumplido su propósito, y en el juego que Daella aprendió de su madre y de su hermana, las piezas inútiles eran eliminadas sin remordimiento.

La muerte de Gilliane Glover había sido diferente. Más silenciosa. Más limpia. Y, curiosamente, menos personal. Daella no odiaba a la joven norteña; de hecho, la consideraba una mujer decente. El problema era que su mera existencia hacía infeliz a su hermana Rhaenyra . Eso bastaba. Rickon Stark amaba a Rhaenyra y Rhaenyra lo amaba a él, pero Gilliane era el obstáculo entre ambos. Así que Daella hizo lo necesario. Manipuló el caballo de la joven Lady Glover y permitió que el destino hiciera el resto. Una caída desafortunada, una piedra mal colocada y un funeral silencioso. Nadie sospechó jamás de la dulce princesa Daella. 

Después de todo, ella era la viva imagen de su abuela Alyssa lo que hacía que su abuelo el rey Baelon la consistiría demasiado y que nadie sospechara de la princesa protegida y mimada. Y también Daella tenía, la capacidad de manipular y, sobre todo, la habilidad de sonreír mientras destruía a sus enemigos.

-Siento muchísimo vuestra pérdida, Lady Lannister. La muerte de vuestro esposo y de vuestro cuñado debe ser un dolor insoportable -comentó un lord con genuina lástima mientras inclinaba ligeramente la cabeza ante ella.

Daella levantó la mirada despacio y permitió que sus ojos se humedecieran apenas lo suficiente para parecer convincente. Incluso dejó escapar un pequeño temblor en sus labios antes de responder, interpretando a la perfección el papel de viuda desconsolada que todos esperaban de ella.

-Lo es -susurró con una voz delicadamente quebrada-. Mi esposo murió primero y, poco después, mi cuñado también. Ha sido una tragedia devastadora para mi familia. Mis hijos han perdido demasiado en tan poco tiempo... y yo también.

Algunos presentes apartaron la vista con incomodidad, mientras otros murmuraban palabras de consuelo.

Nadie veía a la verdadera Daella. Nadie imaginaba que ella misma había provocado ambas muertes. Su cuñado había cometido el error de intentar gobernar Occidente en nombre de su hijo hasta que este alcanzara la mayoría de edad, como si Daella fuese una mujer incapaz de mantener el control de su propia casa. Aquello había sido suficiente para firmar su sentencia. Nadie le arrebataría el poder. Nadie decidiría por ella. Y ciertamente nadie sobreviviría después de intentar convertirla en una figura decorativa.

Daella inclinó la cabeza con aparente tristeza mientras los nobles seguían ofreciéndole condolencias. Por dentro, sin embargo, se sentía satisfecha. Todo estaba saliendo exactamente como ella quería. Sus hijos conservarían el control de Occidente, ella seguiría siendo la figura más poderosa de Roca Casterly y el reino entero continuaría creyendo que era simplemente una pobre princesa viuda consumida por el dolor. La realidad era mucho más oscura. Daella Targaryen no era una víctima. Era una depredadora vestida de negro, una mujer que aprendió demasiado bien que en Poniente el poder jamás se entregaba... se tomaba con sangre.

 

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Roca Casterly

Salón privado de la familia.

-Por los dioses... ya estoy harta de llorar -murmuró Daella Targaryen mientras se secaba las lágrimas con evidente fastidio. El maquillaje oscuro bajo sus ojos y el vestido negro de luto la hacían parecer la imagen perfecta de una viuda devastada, aunque quienes realmente la conocían sabían que Daella estaba mucho más irritada por fingir tristeza que afectada por la muerte de su esposo.

Aemma Arryn soltó una pequeña risa divertida antes de acercarse a su hija. Con delicadeza, tomó su rostro entre las manos y limpió las últimas lágrimas que corrían por sus mejillas, observándola con una mezcla de orgullo y cariño maternal.

-Sabes que deberás seguir fingiendo un poco más, hija mía. Los lores aún esperan ver a la pobre viuda desconsolada -comentó con tranquilidad, aunque el brillo astuto de sus ojos dejaba claro que encontraba toda la situación ligeramente entretenida.

Daella dejó escapar un suspiro cansado y luego sonrió con ironía.

-Sí, madre. Aunque si otro lord vuelve a darme sus condolencias, creo que terminaré lanzándolo desde una torre.

Las carcajadas suaves llenaron el salón privado de la familia. Incluso Daenera Celtigar negó con la cabeza mientras bebía vino desde uno de los sillones cercanos.

-¿Qué fue exactamente lo que hizo Jason esta vez? -preguntó Daenera con curiosidad genuina, aunque ya imaginaba la respuesta. Conocía demasiado bien a los hombres nobles de Poniente y sabía que la estupidez masculina parecía no tener límites.

-Ser un imbécil -respondió Jeyne Arryn desde el otro extremo de la habitación. 

La Señora del Valle estaba cómodamente sentada junto a su esposo, Laenor Velaryon, y los respectivos amantes y esposos: Jessamyn Redfort y Joffrey Lonmouth. El matrimonio entre Jeyne y Laenor siempre había sido uno de conveniencia, construido sobre amistad, lealtad y entendimiento mutuo. Ambos amaban a personas de su mismo sexo y jamás intentaron cambiar aquello. En cambio, construyeron una familia poco convencional pero genuinamente feliz. Aunque nunca tuvieron hijos propios, ambos adoraban a Lucerys Stark Targaryen como si fuera suyo, hasta el punto de que Jeyne lo había nombrado heredero del Valle.

Daella soltó una risa seca antes de llevar la copa de vino a sus labios.

-Eso... y el idiota dejó embarazada a una mujer. No tengo nada en contra de los bastardos; después de todo, ellos no deciden cómo nacen. Pero sí representan un peligro cuando los hombres empiezan a actuar como necios.

Jessamyn Redfort levantó una ceja con interés.

-¿Y qué ocurrió con el niño?

-Está en el Valle -explicó Daella mientras jugueteaba con el borde de su copa-. Rhea Royce decidió acogerlo. Su madre murió durante el parto, así que el pequeño quedó completamente solo.

Durante unos segundos hubo silencio en la sala. No era extraño que las mujeres de aquella familia terminaran haciéndose cargo de las consecuencias de los errores de los hombres. Finalmente, Amanda Arryn soltó una pequeña carcajada mientras alzaba su copa de vino.

-Realmente nuestra familia sí que es única.

-Tienes razón, madre -intervino Margaery Tyrell Arryn con una sonrisa orgullosa-. Las mujeres de esta familia son lo mejor de Poniente.

-No voy a discutir contra eso. Mi hermana tiene razón -añadió Willas Tyrell divertido, provocando nuevas risas entre todos los presentes.

Daella observó la escena en silencio durante unos segundos. Su madre, sus tías, sus primas y aliados llenaban aquel salón de poder, inteligencia y lealtad. Eran mujeres que habían sobrevivido a un mundo construido para destruirlas. Mujeres que gobernaban, manipulaban, protegían y, si era necesario, mataban. Entonces Aemma volvió a abrazarla con suavidad, y Daella cerró los ojos por un instante, permitiéndose disfrutar de aquella rara sensación de tranquilidad. Porque si algo había aprendido la familia Arryn-Targaryen, era que el amor y la crueldad podían existir perfectamente en el mismo corazón.

 

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La muerte de Jason

La habitación estaba iluminada únicamente por el resplandor anaranjado de la chimenea. Las sombras bailaban sobre las paredes de roca de Roca Casterly, mientras el silencio entre Daella Targaryen y Jason Lannister resultaba incómodo, pesado y sofocante. Daella llevaba un vestido negro de seda que hacía resaltar todavía más el plateado de su cabello valyrio y la frialdad cruel de sus ojos violetas. Frente a ella, Jason bebía tranquilamente la copa de vino que su esposa le había servido hacía apenas unos minutos, completamente inconsciente de que cada trago lo acercaba lentamente a la muerte.

Daella observó con calma cómo el veneno comenzaba a hacer efecto. Primero fue una ligera tos. Luego la respiración agitada. Después, los dedos de Jason empezaron a temblar mientras intentaba aferrarse a la mesa para mantenerse en pie. El color abandonó lentamente su rostro y el miedo apareció finalmente en sus ojos verdes cuando comprendió que algo estaba terriblemente mal. Intentó hablar, pero apenas logró producir sonidos entrecortados y desesperados.

-Da... Daella... -jadeó con dificultad mientras llevaba una mano a su pecho.

Ella no se movió ni un centímetro. Permaneció elegantemente sentada en su sillón, cruzando las piernas con tranquilidad mientras daba un pequeño sorbo al vino de su propia copa, la única que no estaba envenenada. La serenidad de Daella resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.

-Dioses, Jason... realmente eras un hombre estúpido -murmuró con una sonrisa fría-. Debo admitir que jamás me casé contigo por amor. Lo hice por poder político, por conveniencia y porque mi hermana necesitaba aliados fuertes. Tú simplemente eras útil.

Jason abrió los ojos con horror mientras trataba desesperadamente de respirar. El veneno quemaba por dentro, destruyendo lentamente su cuerpo, y aun así seguía intentando arrastrarse hacia ella como si esperara compasión. Daella casi sintió lástima... casi.

-Tengo que ser sincera contigo -continuó con voz suave, cruelmente tranquila-. No fuiste el peor de los esposos. Nunca me golpeaste ni intentaste encerrarme como hacen muchos hombres con sus mujeres. Me diste libertad, joyas, hijos y un lugar importante dentro de Occidente. Incluso llegué a tolerarte más de lo que pensé posible. Pero luego abrías la boca y recordaba que eras otro hombre criado creyéndose superior únicamente por haber nacido con un maldito pene entre las piernas.

Jason cayó de rodillas mientras un hilo de sangre escapaba por la comisura de sus labios. Intentó hablar otra vez, suplicarle quizá, pero Daella no le permitió hacerlo. Se levantó lentamente y caminó hasta quedar frente a él. La princesa Targaryen lo observó desde arriba como si fuera un insecto agonizante.

-Y lo que terminó de condenarte fue tu infidelidad -susurró inclinándose apenas hacia él-. Yo fui leal a este matrimonio. Soporté tus estupideces, tus comentarios machistas y tu ego insoportable. Pero tú... tú creíste que podías humillarme acostándote con una sirvienta y embarazándola. ¿De verdad pensaste que Daella Targaryen iba a aceptar semejante insulto?

Los dedos de Jason se aferraron desesperadamente a la tela de su vestido, pero Daella lo apartó de una patada seca que lo hizo caer al suelo. Sus ojos violetas y gris brillaban con una furia oscura, casi salvaje.

-Soy una princesa Targaryen. Jinete de dragón. Sangre del Viejo Valyria. Los hombres como tú olvidan demasiado rápido quiénes somos las mujeres de mi familia. Yo no nací para ser humillada por nadie, mucho menos por un esposo mediocre que confundió mi silencio con debilidad.

Jason dio un último intento por respirar antes de desplomarse completamente inmóvil sobre el suelo de piedra. La habitación quedó en silencio. Daella observó el cadáver durante varios segundos sin sentir absolutamente nada. Ni culpa. Ni pena. Ni remordimiento. Solo satisfacción.

Finalmente chasqueó los dedos y varios sirvientes leales entraron rápidamente a la habitación. Ninguno mostró sorpresa; todos sabían perfectamente qué debían hacer.

-Pónganlo en la cama -ordenó Daella con total tranquilidad-. El maestre dirá que sufrió un ataque al corazón mientras dormía.

Los sirvientes obedecieron sin cuestionar nada. El veneno ya comenzaba a desaparecer lentamente del organismo de Jason, dejando apenas rastros imposibles de detectar para cualquier maestre común. Daella observó el cuerpo de su difunto esposo acomodado entre las sábanas y sonrió con una calma aterradora.

-La Casa Tyrell realmente sabe preparar excelentes venenos -comentó con diversión antes de beber el último sorbo de vino.

 

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La muerte de Tyland

La tormenta golpeaba con fuerza las ventanas de Roca Casterly mientras el eco de los truenos recorría cada rincón del castillo. Dentro de la habitación, el aire olía a sangre, vino derramado y acero. Daella Targaryen caminaba lentamente frente a Tyland Lannister, cuya respiración se volvía cada vez más pesada. El hombre estaba herido; la sangre empapaba su ropa y caía lentamente sobre el suelo de piedra. Aun así, seguía mirándola con esa arrogancia insoportable tan propia de muchos hombres de Poniente. Daella lo observó con desprecio absoluto antes de soltar una carcajada fría y amarga.

-Dioses... los hombres de este reino son unos completos imbéciles -espetó con furia mientras pasaba una mano por su cabello plateado-. Del cien por ciento de los hombres de Poniente, quizá solo uno merece respeto. El resto no son más que basura envuelta en seda y títulos.

Tyland intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a quedarse de rodillas. Sus ojos verdes estaban llenos de rabia y miedo, aunque todavía conservaba algo de orgullo. Daella lo encontró patético. Siempre lo había encontrado patético. Todos ellos eran iguales: hombres convencidos de que el poder les pertenecía únicamente por haber nacido varones.

-¿De verdad creíste que iba a dejarte gobernar? -preguntó ella acercándose lentamente hasta quedar frente a él-. ¿Creíste que después de todo lo que soporté iba a permitir que me arrebataras lo que le pertenece a mi hijo?

-Daella... -jadeó Tyland intentando hablar-. No tienes por qué hacer esto.

Ella soltó una risa baja, oscura y cargada de crueldad.

-¿No tengo por qué hacerlo? -repitió con burla-. Soporté al inútil de tu hermano durante años. Fui yo quien mantuvo esta maldita casa en pie mientras él gastaba oro, bebía y se revolcaba con prostitutas. Yo manejé las alianzas, calmé a los vasallos y protegí el nombre Lannister mientras ustedes jugaban a ser grandes señores. Y aun así, tú creíste que podrías apartarme y gobernar en nombre de mi hijo, como si yo fuera una mujer demasiado débil para reclamar lo que es mío.

Tyland tragó saliva mientras Daella desenvainaba lentamente la espada. El sonido del acero cortando el aire hizo que el miedo finalmente apareciera en su rostro. Por primera vez entendió que Daella no estaba jugando. La princesa Targaryen estaba completamente decidida a matarlo.

-Este es el derecho de mi hijo -continuó ella con una voz fría como el invierno-. Y yo seré quien lo proteja. Ni tú, ni ningún hombre arrogante, volverán a decidir sobre mi vida o sobre el futuro de mis hijos. ¿Sabes cuál es el problema de ustedes? Jamás aprendieron a temerle a las mujeres correctas.

-Ellos lo sabrán... -murmuró Tyland respirando con dificultad-. Todos sabrán que me mataste...

Daella sonrió. Una sonrisa lenta, aterradora y absolutamente vacía de compasión.

-Nadie dirá nada -susurró inclinándose hacia él-. Todo este castillo me pertenece. Los sirvientes me son leales. Los caballeros me obedecen. Y los pocos que no... aprenderán lo que ocurre cuando desafían a Daella Targaryen.

Tyland abrió los ojos al comprender que estaba completamente solo. No habría ayuda. No habría salvación. Solo ella.

Daella no dudó. Con un movimiento firme hundió la espada en el pecho de Tyland. El hombre soltó un grito ahogado mientras la sangre comenzaba a brotar alrededor de la hoja. Daella sostuvo la empuñadura sin apartar la mirada de sus ojos hasta que la vida desapareció lentamente de ellos. No sintió culpa. No sintió horror. Solo alivio.

-Dioses... qué agotador es vivir rodeada de hombres estúpidos -murmuró apartando la espada del cuerpo.

La sangre cayó sobre el suelo mientras Tyland se desplomaba sin vida. Daella observó el cadáver durante unos segundos antes de limpiar tranquilamente la hoja con un paño de seda. Luego caminó hacia la puerta y la abrió sin mostrar el más mínimo rastro de nerviosismo. Varios sirvientes y caballeros leales esperaban afuera.

-Desháganse de todo -ordenó con absoluta calma-. Quiero que el reino crea que Tyland Lannister fue atacado por bandidos en el camino.

Los hombres inclinaron la cabeza inmediatamente.

-Sí, mi princesa.

Daella observó cómo retiraban el cuerpo y una pequeña sonrisa apareció en sus labios violetas. Otra amenaza eliminada. Otro hombre que creyó poder controlarla. Otra lección para Poniente.

Y si era necesario, Daella Targaryen volvería a llenar sus manos de sangre una y otra vez para proteger lo que consideraba suyo.

 

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-¿Mamá... donde está papá? -preguntó la pequeña Viserra con inocencia mientras abrazaba una manta entre sus pequeñas manos.

La pregunta hizo que el corazón de Daella Targaryen se encogiera por un instante. La habitación estaba iluminada tenuemente por las velas, creando una atmósfera cálida y tranquila dentro de la enorme recámara de Roca Casterly. Afuera, el viento golpeaba las ventanas, pero dentro de aquella habitación solo existían ella y sus hijos. Sus hijos menores estaban dormido, mientras sus dos hijos mayores Jaime y Viserra estaban con ella.

Jaime estaba acostado a su lado, observándola con esos ojos verdes tan parecidos a los de Jason, mientras Viserra descansaba apoyada contra su pecho. Daella pasó una mano con suavidad por los cabellos dorados de ambos niños y sonrió con una ternura que muy pocas personas en el mundo tenían el privilegio de conocer.

-Papá tuvo que irse muy lejos, mi amor -susurró con dulzura mientras acomodaba a Viserra entre sus brazos-. Muy, muy lejos.

-¿Lo volveremos a ver? -preguntó Jaime en voz baja, aunque había algo de tristeza contenida en sus ojos infantiles.

Daella sintió un nudo en la garganta, pero no permitió que el dolor apareciera en su rostro. Sus hijos merecían paz, no las sombras oscuras que perseguían constantemente a su madre. Ella besó la frente de Jaime y luego acarició la mejilla de Viserra con infinita delicadeza.

-Sí, mi amor. Algún día -respondió suavemente-. Pero ahora ustedes me tienen a mí, y yo jamás permitiré que nada malo les ocurra.

Los niños se acurrucaron más cerca de ella, buscando calor y seguridad. Daella los abrazó con fuerza mientras cerraba los ojos por unos segundos. Podían llamarla cruel, despiadada o monstruosa. Podían temerle en los Siete Reinos y susurrar historias oscuras sobre ella en cada castillo de Poniente. 

Pero ninguna de esas personas conocía realmente la verdad. Ninguno entendía que todo lo que había hecho, cada asesinato, cada conspiración y cada gota de sangre derramada, había sido para proteger a los suyos. Daella habría incendiado el mundo entero antes de permitir que alguien lastimara a sus hijos.

Daella Targaryen fue muchas cosas a lo largo de su vida. Para algunos era una princesa dulce y noble; para otros, una mujer ambiciosa capaz de destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino. Sin embargo, entre todas las verdades y mentiras que se contarían sobre ella, existía una imposible de negar: fue una hija leal, una hermana feroz y una madre extraordinaria. Sus hijos jamás dudaron del amor que ella sentía por ellos, porque Daella los amó con una intensidad capaz de rivalizar con el mismo fuego de los dragones.

 

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Las mujeres Arryn fueron exactamente iguales. Mujeres poderosas, inteligentes y temidas, capaces de destruir a sus enemigos sin mostrar compasión alguna. Cuando alguien amenazaba a los suyos, no existía límite que no estuvieran dispuestas a cruzar. Podían ser crueles, oscuras e incluso aterradoras, pero también eran las mujeres más nobles y protectoras cuando se trataba de su familia. Amaban con la misma intensidad con la que odiaban, y precisamente por eso resultaban tan peligrosas.

Sin lugar a dudas, las mujeres Arryn cambiaron para siempre las reglas del juego en Poniente. Demostraron que el poder no pertenecía únicamente a los hombres y que una mujer podía gobernar, destruir y conquistar igual o incluso mejor que cualquier lord de los Siete Reinos. Sus nombres quedaron grabados en la historia con fuego y sangre, y sus descendientes continuarían ese legado durante generaciones. Porque mientras existiera una mujer Arryn respirando, el mundo jamás volvería a subestimarlas.

Notes:

¿Qué les pareció?

Dios mío, casi veinte mil palabras. REALMENTE me pasé escribiendo JAJAJAJA. Originalmente este capítulo iba a enfocarse principalmente en las damas de Aemma y sus futuros matrimonios, pero cuando empecé a escribir la parte de Amanda, simplemente las mujeres Arryn me llegaron a la mente... y no pude detenerme. La inspiración llegó sola y terminé profundizando muchísimo más en las mujeres de la Casa Arryn, en cómo piensan, cómo aman y hasta dónde están dispuestas a llegar para proteger a los suyos. Así que la parte centrada en las damas de Aemma pasará oficialmente al próximo capítulo 🤭❤️

Y hablando del capítulo... ya tuvieron varios vistazos del futuro 👀🔥
Creo que después de esto ya pueden imaginar quiénes terminarán pagando por muchas de sus acciones. También sé que algunos probablemente NO esperaban lo de Rickon Stark y Rhaenyra. Honestamente, yo tampoco pensaba escribirlos así al principio, pero terminé enamorándome completamente de la dinámica entre ellos. Hace un tiempo leí una historia increíble en AO3 sobre una chica que reencarna como Rhaenyra y la pareja era con Rickon Stark y desde entonces quedé obsesionada con la idea. La historia se llama Who Did I Piss Off to End Up as The Black Queen? de kurenohikari y se las recomiendo DEMASIADO. Literalmente 1000/10 ❤️

El hecho de que todas las mujeres Arryn estén dispuestas a hacer auténticas locuras por su familia... DIOS, LAS AMO. Ya saben cuáles son mis personajes favoritos 🤭🖤

Aemma, Rhaenyra. Amanda, Daella, Elys, Jeyne... todas están completamente desquiciadas a su manera y eso hace que escribirlas sea demasiado divertido.

Además, los diálogos de Jeyne estuvieron súper inspirados en Reign, específicamente en María Estuardo interpretada por Adelaide Kane. Esa vibra de reina/Lady joven, elegante, inteligente y peligrosamente poderosa era exactamente lo que quería transmitir con ella.

Y por favor... hablemos de Mathos Tyrell 😭❤️
Ese hombre es oficialmente mi personaje masculino favorito y uno de los pocos hombres de Poniente que realmente valen la pena. Lo amo demasiado. La forma en la que trata a Amanda, cómo la respeta, cómo entiende que ella tiene poder propio y cómo literalmente la pone a ella y a sus hijos por encima de todo... DIOS, ESE HOMBRE ES EL ESTÁNDAR.

Daella, por otro lado... está completamente loca 😭🖤
Pero sinceramente, ¿cómo no amarla? Esa mujer literalmente resuelve todos sus problemas con veneno, manipulación o asesinatos y aun así termina siendo una madre increíble. Es un desastre y una reina al mismo tiempo.

Y no, no me olvidé de Criston Cole
Aemma tampoco lo hizo.
Ni mucho menos de Otto Hightower, que por andar jugando a mover piezas terminó perdiendo un hijo. Honestamente, en este capítulo pasó DE TODO. Hubo amor, dolor, política, traiciones, muerte, matrimonios, amenazas y mujeres absolutamente aterradoras tomando poder. Básicamente... Poniente siendo Poniente 😭🔥

Ahora sí, cuéntenme:
¿Cuál fue su parte favorita del capítulo?
¿Qué escena les impactó más?
¿Y qué personaje sienten que da más miedo en este punto de la historia? 👀

Los quiero muchísimo y estaré leyendo todos sus comentarios ❤️

Nos vemos en el próximo capítulo ❤️🖤
Los quiero muchísimo 🤗

Notes:

Los personajes pertenecen a George R. R. Martin, creador del universo de "Canción de Hielo y Fuego". Solo Celeste Morgan y otros personajes originales (OC) son de mi autoría.