Chapter 1: Prólogo
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Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo, baby sh..."
"¡Por el amor de dios, Swan! ¡Como vuelva a cantar una sola vez más esa canción, le juro que...!!"
Emma eleva sus manos como un delincuente ante la policía: "No la estoy cantan..."
"¡Que no use la boca no significa que no pueda oírla una y otra vez!" la interrumpe dirigiéndole una mirada de reina malvada asesina. "¿Qué problema tiene exactamente con esa musiquita infernal??"
"¿Qué es pegadiza...?" murmura encogiéndose sobre sí misma.
"Pues despéguesela de la cabeza. COMO SEA. O se la despego yo."
"¿La canción?"
"O la cabeza. Lo que me resulte más conveniente." Ladra antes de volver a darle la espalda e inclinarse sobre la mesa. Emma aún está tragando hondo cuando Regina ya ha desechado un par de baúles de madera y aspecto andrajoso. "¿Voy a trabajar yo sola o pretende ayudar?"
"Ayudo, ayudo." Responde atropelladamente, corriendo al otro lado de la biblioteca de la cripta.
Chapter 2: 1
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La habitación de Greg Mendell es un torbellino de desorden y trastos. Bueno, si es que ese era su verdadero nombre. En los diez minutos que llevan revisando su cuarto ya han encontrado pasaportes con cuatro identidades distintas. Entre ellas, Owen Flynn. La misma con el que Regina le había conocido un par de décadas atrás.
Esa es la única documentación en la que aparece como hijo de Kurt Flynn, así que Emma decidió dar por bueno ese pasaporte.
No es que tuviera demasiada importancia ahora que estaba muerto. Pero era el tipo de detalle que su vena de cazarrecompensas inconscientemente le incitaba a resolver.
Abre un nuevo cajón solo para encontrar otro carnet de conducir. Patrick Smith, originario de California. Por dios, si hasta el nombre suena falso.
Lo lanza sobre la cama junto con el resto de papeles inservibles y continua con el escritorio. A sus pies, Snow vacía una maleta y David toquetea cada prenda de ropa que su mujer le va pasando en busca de dobleces donde esconder algo o bolsillos que guarden misteriosos restos. Regina está sacando cajas de debajo de la cama y Gold ha abierto el armario de par en par.
Su botín se compone por ahora de un par de piedras de color verde esmeralda cargadas de energía, una pulsera capaz de anular la magia de su portador, varias pociones con aspecto venenoso, un grimorio antiguo y desgastado y un par de habichuelas mágicas.
Pero no dejan de aparecer artilugios hechizados y documentación sobre seres, criaturas y otras personas de interés para Owen y sus misteriosos jefes. Entre ellos, una ficha completa de Regina con más de tres hojas con detalles a los que Emma no se ha atrevido a echar ni un ojo. La alcaldesa ha mirado el documento por encima antes de elevar el labio con desagrado y desintegrarlo con una llamarada.
La salvadora está segura de que si los niños perdidos no hubieran acabado con Owen y Tamara, Regina se habría encargado de ese desgraciado en ese mismo instante y sin piedad alguna.
Su madre abre una segunda maleta y Emma entiende por qué Owen dejó todo atrás en su atropellada huida a Nunca Jamás. Era imposible recoger su impresionante cuartel general mientras trataban de escapar con Henry. Le habría llevado horas o incluso un día entero.
Seguramente contaba con poder volver atrás a por todas sus pertenencias.
Por desgracia para él, Peter Pan tenía otros planes.
Si le servía de consuelo, allí donde se encontrara ahora mismo Owen, Peter Pan también estaba muerto.
¿Quizás se habrían reencontrado? ¿Estarían peleándose en el infierno? ¿Allí también habría poderes sobrenaturales o estarían peleándose con las manos como dos críos?
"Miss Swan, si ya ha terminado de mirar al infinito, hay un par de cajas que estarían encantadas de que las inspeccionara."
La cortante y autoritaria voz de Regina detiene de raíz sus divagaciones. Tensa su espalda y carraspea ganando tiempo para recuperar algo de dignidad.
"Sí, ya he terminado." Responde con entereza, pero sin devolverle la mirada. "¿Con cuál sigo?"
"Por la más grande." Establece Regina señalándole con la barbilla una caja de cartón oscuro que hay a sus pies.
"Está bi..."
El bastón de Gold arrastra un bulto sobre el suelo con un desagradable chirrido. "¿Y si pruebas con ese cofre?"
Emma observa el pequeño baúl de madera con remaches de metal y después dirige sus ojos a Regina, en busca de cualquier sugerencia. Esta le devuelve la mirada, pero no sé molesta en contradecir a Gold ni en hablar a Emma antes de retomar su propia pesquisa en otra caja de cartón.
La salvadora se cuadra. Ni siquiera le importaba lo que Regina tuviera que decir, así que le da igual. Totalmente igual. Ella es mayorcita para decidir por sí misma.
"Sin acritud, Regina. Pero considero que un cofre es más adecuado para preservar algo interesante que las cajas abandonadas bajo la cama." Reitera Gold, regresado a la inspección del armario. A pesar de dirigirse a la alcaldesa, esta continúa trabajando como si jamás hubiera escuchado a Gold hablar y Emma se resigna a su destino.
"Por qué no." Refunfuña sentándose en el suelo y colocando el cofre entre sus piernas. "¿Qué estamos buscando exactamente?" pregunta empezando a trastear con la cerradura de hierro oxidado.
"Todo y nada." Responde Gold tirando a unos metros de David varias perchas con ropa. Su padre fulmina al usurero con una mirada llena de desagrado, pero no dice nada antes de empezar a rebuscar entre las prendas. "Cualquier cosa que pueda resultar peligrosa para la ciudad y que necesitemos neutralizar. Información valiosa. O quizás algún utensilio poderoso que pueda sernos de utilidad. Ese desquiciado y su supuesta organización jugaban con magia muy poderosa y está claro que viajó a Storybrooke con lo que él creía que sería una buena munición contra nosotros."
"Ajá..." murmura Emma, tan concentrada en romper el cerrojo que apenas retiene dos de cada diez palabras. Usa su navaja para hacer palanca y de un solo golpe salta por los aires. "¡Bingo!"
"¿Algo interesante?" pregunta Snow mirando sobre su hombro.
"Hierbas secas, un par de libros en un idioma que no entiendo, y un trozo de tela con..." Desenvuelve un objeto pequeño y macizo que rueda entre sus dedos, mientras aparta el trapo que lo cubre. "¡¡Un cráneo!!"
"¡¿Qué?!" chilla Snow con un pequeño salto.
"¡Un cráneo, es un cráneo, una calavera!" repite Emma agarrando con dos dedos el diminuto trozo de hueso con forma de cabeza.
"¿Humano?" pregunta David poniéndose en pie de un salto.
"No lo parece." Gruñe girándolo para verlo mejor. "Pero qué asco, ¿por qué guardaría un maldito cráneo?"
Gold camina hasta ella con la mano estirada. "Deja que le eche un vistazo."
Emma se lo tiende con la boca fruncida en un gesto de total repulsión, encantada de deshacerse de él. Pero Regina es más rápida y con un elegante movimiento de muñeca lo convoca haciendo que vuele directo a su mano.
"Es solo un talismán para principiantes." decreta con un vistazo superficial. "Ni siquiera creo que sea hueso de verdad."
Emma se limpia las manos en los pantalones, aunque el recuerdo permanece cosquilleante y asqueroso en la punta de sus dedos. "Pues menuda guarrada más inútil."
"¿Estás segura, querida?" insiste Gold apoyado sobre su bastón con ambas manos.
"Totalmente." Responde la alcaldesa. "He visto decenas de estos despropósitos en ferias y mercadillos de hechiceras de pacotilla y otros timadores. No entraña riesgo alguno."
"Está bien." Sonríe Gold enseñando todos sus dientes, lo que provoca en Emma varias emociones y ninguna agradable. "Sigamos." Zanja el usurero. Pero la Salvadora continúa anclada en su sonrisa. ¿Cómo puede un gesto supuestamente amable provocarle tanta incomodidad? Está segura de que no es por los dientes de oro. No son su estilo, pero tiene que ser algo más, seguro...
"Si me disculpáis, voy a tomarme un descanso y a comer algo." Anuncia Regina sin esperar respuesta de nadie. "Os veo aquí en una hora."
"Claro, no te preocupes, nosotros continuaremos." Responde David sarcástico.
"Perfecto." Celebra Regina igual que si se dirigiera a cualquiera de sus antiguos súbditos.
Los ojos de David ruedan con exasperación mientras la alcaldesa les da la espalda al desaparecer tras la puerta y Emma contiene una carcajada mordiéndose los labios con ahínco. Al menos hasta que una voz resuena en su cabeza.
"Miss Swan, NO GRITE."
Abre los ojos presa del pánico y la voz vuelve a insistir.
"NO GRITE. No haga aspavientos raros y continúe trabajando con normalidad."
Es Regina. Es la voz de Regina. Dentro de su cabeza. Y le está ordenando que haga algo. Para variar. Sí, claramente es Regina. ¿Pero qué narices pretende exactamente?
"Lo que pretendo es que salga usted de esa habitación en los próximos cinco minutos con cualquier pretexto creíble y se reúna conmigo en la mansión."
"¿Me acabas de...?"
"¿Contestar a tu propia pregunta? Efectivamente. Imagino que estará ahora mismo uniendo todos los puntos lentamente. Y sí, me adelanto a sus sospechas y le confirmo que tenemos un GRAVE problema."
"¿Cómo de grave...?"
"¡Estamos hablando por telepatía! ¡¿Cómo de grave le parece eso?!"
Emma traga hondo: "Muchísimo."
Chapter 3: 2
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"¿Qué quieres decir con que estamos hechizadas?"
"¿Qué cree usted que quiero transmitirle exactamente?" pregunta Regina entrecerrando los ojos con exasperación.
"¿Pero qué tipo de hechizo? ¿Cómo ha pasado?"
"¿De verdad no imagina QUÉ tipo de hechizo?" cuestiona frotándose la frente y sin abrir la boca.
Emma da un respingo. "Por favor, deja de hacer eso."
"Créame, me encantaría."
"¿Pero cómo...?" Insiste Emma sin terminar la pregunta cuando la imagen de la calavera rodando entre sus dedos se abre paso entre su mar de dudas. Eso ha tenido que ser, ese asqueroso cráneo.
"Muy bien, Swan."
"¿Qué he...?" pregunta extrañada por la felicitación. "¡¿Lo has escuchado?!"
"Esto va a ser tan largo..." farfulla Regina sosteniéndose el puente de la nariz con dos dedos. "Y desesperante."
"¡Eh! No soy desesperante." Protesta.
"¿Está usted segura?"
Emma entrecierra los ojos, pero Regina no parece muy impresionada. "Vale, ¿cómo paramos esto?"
"Muriéndonos." Responde sin demasiada emoción.
"¡¿Perdón?!" gritilla, dando un paso atrás. Sus ojos se dirigen a todas partes y a ninguna, confirmando que los cuchillos de Regina no queden al alcance de la alcaldesa.
"Emma, tengo magia." Anuncia con irritación. "Si quisiera matarla no usaría un maldito cuchillo. ¿Sabe lo que cuesta limpiar toda esa sangre?"
"¡Deja de hacer eso!!" gruñe Emma.
"Ya me gustaría." Dice con una sonrisa sardónica.
Emma respira hondo, aceptando que su cabeza ahora tiene un altavoz directo a los oídos de Regina y por un instante morirse no le suena tan mal. "Has dicho que muriéndonos, ¿a qué te refieres?"
"Conozco esa calavera. No entiendo cómo pudo acabar en manos de Owen, pero sé cómo funciona."
La salvadora entrecierra los ojos, desconfiada. "¿Era uno de tus trucos de Reina Malvada?"
"No." La voz de Regina suena neutral, pero un eco húmedo y triste resuena en la cabeza de Emma. Querría preguntar más, pero se contiene. Aunque, ¿es estúpido, no? Regina ya sabe que se muere de curiosidad, ¿verdad? "¿Qué más quiere saber?" pregunta entonces la alcaldesa, elevando una ceja.
"Nada, nada." Se apresura a decir. "¿Cómo funciona?"
"Una vez hechizada, la calavera se convierte en un conducto entre dos mentes. Las dos primeras personas en tocarla entrelazan sus pensamientos, como ya ha podido advertir."
"¿Para siempre?" El pánico convierte su pregunta en un aflautado gallo.
"Hay matices. Solo podemos escucharnos si estamos cerca, igual que si habláramos en voz alta. La distancia es una forma de evitar sus consecuencias. Y en algunos casos el efecto es temporal."
"¿En algunos casos como el nuestro...?"
"Me temo que no." Suspira apoyándose contra la encimera de mármol. "El hechizo pierde poder a medida que pasa el tiempo, siempre que ambos huéspedes no tengan magia. Simplemente se diluye su efecto hasta que desaparece."
"Pero en el caso de dos personas con magia..."
"Se retroalimenta de nosotras y permanece inalterable."
Emma abre los ojos y se tapa la boca. "¡No me jodas!"
"Suscribo sus malsonantes palabras." Responde Regina asintiendo con la cabeza. "Por eso si una de las dos muere, el problema se soluciona." Añade con una sonrisa turbia.
"¿Entonces vamos a convertir esto en una batalla a muerte?" Cuestiona tensándose.
La sonrisa de Regina crece con satisfacción. "Claro, elija su arma."
Emma abre los ojos aterrorizada, pero la voz de Regina, más suave y derrotada, sobrevuela la conversación hasta su cabeza. "Henry me mataría sólo con oír esa broma..."
"Jaja. Muy divertida, Regina."
"Esa soy yo, Miss Swan, el alma de la fiesta." Responde con una sonrisa tensa que desaparece con un resoplido. "Visto que ninguna tiene previsto morir próximamente, tendremos que buscar otras alternativas."
"¿Cómo cuáles?" cuestiona esperando que estas no incluyan sacrificios de animales ni rituales extraños a la luz de la luna.
"¿Qué imagen tiene exactamente de la magia? ¿Es que no le enseñé nada en Nunca Jamás?"
Emma abre los ojos sabiéndose pillada y trata de recomponer su dignidad. "No mucho, la verdad. Sé encender un fuego y tapar una luna. ¿Crees que algo de eso puede funcionar?"
"Obviamente no." Zanja mordaz. "Aunque tampoco sé qué lo haría..."
"Debemos empezar a preocuparnos, ¿verdad?" murmura. Frente a ella el rostro de Regina pasa de su perenne gesto sarcástico a la confusión y algo le chiva a la Salvadora que no contaba con compartir esa reflexión.
"Es necesario que dejemos de pensar." Dicta recomponiéndose hasta que solo muestra su fachada de alcaldesa de hierro. "Para usted será mucho más fácil, no lo dudo."
"¡Eh!"
"En cualquiera de los casos, debemos tratar de mantener la mente en blanco y centrarnos en buscar una solución."
"Bien... ¿Por dónde empezamos?"
"Por mi cripta."
Emma abre los ojos mientras mil ideas cruzan su cabeza.
"¡Miss Swan, por dios! Si quisiera matarla no me andaría con tantos rodeos, ¿podemos avanzar ya a otro tema, por favor?"
Emma se eleva de hombros, sin culpabilidad alguna. "¿Vamos a probar alguno de tus hechizos?"
"No, no tengo ninguno que rompa esta conexión. Pero puede que los libros nos ayuden a encontrar una solución." Dice serena. La cuestión es que esas firmes palabras pierden parte de su aplomo cuando un soplo de duda se cuela en la mente de Emma, como un zumbido, que no proviene de ella. Frunce el ceño, pero Regina se adelanta y no le deja preguntar. "¿Qué excusa ha puesto para salir del hostal?"
"Que me encontraba revuelta."
"Oh." Sonríe Regina. "Perfecto."
"¿Qué pretendes...?"
"Fabricar una coartada sólida."
"¿Por qué de repente tengo miedo?"
"No hay razón para ello." Responde Regina con un movimiento desenfadado de su mano, alejándose hacia las escaleras de la mansión. "O quizás sí..."
"¡Regina, lo he oído!"
"¡Relájese, Swan, estoy bromeando!" responde sin girarse. "O quizás no..."
"¡Regina!"
Chapter 4: 3
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Emma retira el corcho del pequeño frasquito de cristal y se pregunta por decimoctava vez si confía en Regina. Está a unos metros de la habitación de Owen y, según las órdenes de la alcaldesa, debe ingerirlo justo antes de entrar. Quizás haya accedido a suicidarse por voluntad propia y esté a puntito de descubrirlo... Remueve el líquido del frasco, pero no aprecia aroma alguno.
Suspira y lo traga de una vez sin respirar.
Cierra los ojos y espera.
Pero no sucede nada.
Vuelve a abrirlos y se estudia de arriba abajo. No hay cambios aparentes. Si está a punto de morir o si la poción tenía que provocar algún efecto, no está sucediendo.
Camina hacia la puerta de la habitación ensayando su mejor cara de indisposición y llama dos veces con los nudillos antes de entrar. Todo está igual que una hora antes, a excepción de los tres detectives, que ahora han cambiado de lugar. Su madre está sentada en la cama con un par de cajas, su padre trasteando por el armario y Gold leyendo papeles sobre el pequeño escritorio.
"¡Cariño!" celebra Snow. "¿Qué tal te encuentras?"
Emma procede a hablar, pero al abrir la boca una arcada invade su cuerpo. Es tal la fuerza de la náusea que tiene que cerrar la boca para evitar llenar todas las pruebas y los objetos mágicos de vómito.
"¡Ay, dios!" grita Snow poniéndose en pie. "¡La papelera, Gold, rápido!"
Una segunda arcada la sacude y apenas tiene tiempo de agarrar la basura que el usurero le acerca con cara de asco. Todo su desayuno sale disparado contra la bolsa de plástico mientras las manos de su madre sostienen su pelo y frotan su espalda. Las piernas comienzan a fallarle y con la siguiente arcada, se sienta en la cama.
"Estoy un poco indispuesta..." Gime cuando consigue dejar de vomitar.
"Eso parece..." responde su padre con una sonrisa tierna que intenta no torcer ante el olor a acido y comida digerida que invade el pequeño dormitorio. "¿Has comido algo que te ha podido sentar mal...?"
"No, no... creo que es un virus estomacal. Henry estuvo malo hace unos días y lo he debido coger yo también." Explica cerrando la boca cuando una nueva arcada retuerce su cuerpo.
"Oh, cariño..." murmura Snow con preocupación, haciendo su mayor esfuerzo por no alejarse de ella.
"Creo que me iré a casa..." gime poniéndose en pie. Su cabeza se nubla con un pequeño mareo con el movimiento y no puede evitar acordarse de Regina. Y no para bien.
"Te acompaño." Decreta su madre levantándose con ella.
"No, no, quédate." Pide con toda la convicción que puede. "Es muy contagioso y mi casa está aquí al lado. Solo necesito tumbarme un par de días con una palangana cerca y ver telebasura desde la cama."
"¿Estás segura?" pregunta con un claro conflicto entre dejarla a su suerte y acercarse a ella.
"Sí, totalmente. Continuad con la búsqueda y clasificación y vamos hablando por teléfono." Insiste andando tan rígida como es capaz.
"Escribe cuando llegues a casa." Pide David con gesto preocupado pero manteniendo las distancias.
"Hecho..." farfulla Emma saliendo de la habitación y apoyándose en la pared en cuanto queda fuera de su vista. Camina medio escorada, dejando su hombro descansar contra el papel pintado de la pensión. "Esta me la pagas, Regina..."
Chapter 5: 4
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"¿Esto-era-necesario?" cuestiona Emma reteniendo una arcada frente a la puerta de la cripta de Regina.
Regina eleva una ceja mientras retiene descaradamente una sonrisa. "No queremos levantar sospechas."
Regina se echa a un lado, pero Emma solo se asoma antes de responder:
"Lo haremos si aparezco con una brecha cuando por culpa de la fiebre me caiga escaleras abajo por la cripta."
"Madre mía..." resopla poniendo los ojos en blanco, alargando su mano hasta el antebrazo de Emma. La Salvadora frunce el ceño pero no se aparta y su mundo se queda en negro y violeta. Una nube la envuelve y su cuerpo se materializa en medio de la bóveda de Regina. "¿Mejor?" pregunta soltándola y alejándose hacia un aparador sin esperar respuesta.
"Un poco..." gime abrazándose a sí misma y sentándose en la primera piedra que encuentra. A pesar de las antorchas que iluminan la estancia, ahí abajo la temperatura es más baja y la humedad mucho más presente. Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás. "Solo quiero tumbarme en un sofá, bajo una mantita calentita y hacerme un ovillo durante unos días..."
"Ohhhhh..." canturrea con ternura en su cabeza la voz Regina.
Emma abre los ojos de golpe y la mira con sospecha. "¿Te estás riendo de mí?"
Regina, manejando un frasco y una taza sobre su aparador, se gira de golpe ante su pregunta. Pero cuando responde, todo es neutra burla. "¿De usted? Siempre."
"Me has envenado, al menos esperaría un poco de misericordia."
"Ya veo de donde heredó Henry el dramatismo durante sus constipados..." resopla dando vueltas a la taza, de la que sale un humeante vapor.
"¿Lo hace?" pregunta Emma con genuina curiosidad.
Regina se detiene, extrañada, y cruza su mirada con Emma. "Oh..."
No llega a articular palabra, pero ese pequeño murmullo que resuena en su cabeza dice mucho más que cualquier respuesta. Emma se remueve sobre su asiento, incómoda con el silencio e incapaz de sostener esa sensación de disculpa que Regina ni siquiera está realmente compartiendo con ella.
"Yo nunca... creo que nunca le he visto enfermo." Añade con toda la naturalidad y despreocupación de la que es capaz entre sus temblores y arcadas.
"Le prometo que en la próxima gripe se lo mando envuelto a su casa." Anuncia Regina cogiendo la taza con dos manos y caminando hacia Emma, que deja salir media sonrisa. "Incluso con los mocos y las toses, se vuelve adorable. Solo quiere acurrucarse y mimos, se pega igual que un pequeño koala con estornudos." Murmura hasta llegar a la altura de la Salvadora, cuya sonrisa ya va de oreja a oreja. "Y por supuesto, mucho dramatismo, como su madre." Añade con sobriedad, recuperando su fachada impertérrita. Aunque es demasiado tarde. Emma gira los ojos, pero sigue sonriendo, agradeciendo la imagen que Regina ha compartido. "Bébase esto."
"¿Más mejunjes?" gime desesperada.
"Beba. Este es el último." Emma abre los ojos ante las palabras que elige y Regina sonríe con malicia: "De toda su vida..."
"¡Para de hacer eso!" protesta Emma.
"Es que me lo pone tan fácil." Responde tendiéndole la taza una vez más. "Y es tan divertido..."
"Ja ja ja, me parto..." gruñe Emma recogiendo de las manos de Regina la cerámica calentita. Aún está enfurruñada cuando sus dedos rozan los de la alcaldesa y un pensamiento huidizo y fugaz empiezo a tomar forma en su mente. Uno que no llega a nacer porque Emma lo aplaca con rapidez y una efectividad absoluta: "Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo..."
Los ojos de Regina se abren de golpe. "¿Está cantando?"
"¿Eso creo...?" musita sin mucha convicción, como si esa melodía no hubiera salido directamente de su cabeza.
"Vale... Daré por hecho que está delirando por la fiebre..." farfulla con sorna. "Bébaselo."
Emma entrecierra de nuevo los ojos, pero sin mucho éxito ya que su estómago amenaza con darse la vuelta otra vez. "Está bien..." gruñe llevándose la taza a los labios.
Le recibe un olor dulzón y agradable y, cuando la infusión toca sus labios, el alivio es casi inmediato. Se desliza por su garganta y, con cada trago, el recuerdo de las náuseas, la fiebre y el temblor se reducen hasta desaparecer. Se relame con los ojos cerrados y disfruta del repentino alivio.
"¿Mejor?" pregunta con suavidad.
"Sí..." suspira encantada.
"Pues a trabajar." Ordena, sobresaltándola. "La vomitona solo nos concederá un par de días de coartada."
"Sí, teniente." Gruñe poniéndose en pie.
"Prefiero Su majestad." contesta recogiendo un par de libros, añadiendo en el acto: "Emma, he oído eso."
"Eso esperaba." Responde sonriente y muy orgullosa de su pensamiento.
Chapter 6: 5
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"(...) podemos deducir que el sistema jerárquico de las hadas no es inamovible y se basa tanto en poder, como linaje o función dentro de la sociedad que conforman. Esto permite una gran movilidad de líderes y representantes..."
"(...) la retroalimentación de un hechizo por parte de un huésped mágico está condicionada a las particularidades del núcleo del ser, por lo que no es factible asumir un comportamiento universal para todas las coyunturas..."
Emma cierra los ojos e intenta, una vez más, no escuchar la voz de Regina leyendo para sus adentros su propio tomo. Los abre, sorprendida de que haya funcionado. Pero la alcaldesa la está observando con el libro entre sus manos.
"¿No se concentra, Miss Swan?"
"¿Acaso tú sí?" pregunta extrañada.
"No, no lo hago. Esto no funciona." Responde cerrando el libro. "Debemos repartirnos las funciones. ¿Qué le parece si usted continúa leyendo y yo pruebo otra cosa?"
"¿Cómo qué?"
"Romper en mil pedazos esa calavera."
"Eso suena mucho más interesante que leer un tomo sobre hadas y jerarquías."
"Oh, sí, el sueño de cualquiera. Golpear una calavera mientras escucho un audiolibro con la voz de la Salvadora."
"¿Por qué no cambiamos los papeles?"
"Por supuesto." Acepta Regina de inmediato, tendiéndole la pequeña figura marfil. "¿Sabe acaso por dónde empezar?"
Emma entrecierra los ojos sabiéndose acorralada. "Está bien..." gruñe volviendo a sostener su libro. "En cualquier caso, ¿por qué tengo que leer sobre hadas?" protesta.
"Porque este cráneo pertenece a una."
La salvadora arruga la boca y el ceño mirando con una nueva perspectiva la calavera. "En serio, ¿de dónde narices ha salido eso?"
"Es una larga historia y no tenemos tiempo." Zanja Regina. Emma quiere responder, pero el móvil de la alcaldesa suena sobre la mesa y esta eleva una mano pidiéndole silencio mientras lee el mensaje. La salvadora cierra la boca con un resoplido indignado y Regina anuncia: "Son tus padres. Aceptan quedarse con Henry esta noche para que tú puedas vomitar tranquila mientras yo continúo con mi investigación."
"¿Qué excusa has puesto tú para largarte?"
"Las Reinas no ponemos excusas." Sonríe ella con altivez. "Les he indicado que estudiaría en un lugar seguro varios de los objetos que hemos incautado."
"¿Por qué yo he tenido que vomitar en una papelera y tú simplemente te has largado sin más?"
"Ventajas de que a una no le echen de menos, supongo." Responde ensanchando su sonrisa, la misma que al crecer pierde a la vez parte de su brillo. Emma abre la boca para contestar algo, pero las palabras no acuden a ella y, una vez más, Regina detiene cualquier réplica. "Reanude la lectura, acabemos con esto cuanto antes."
"Claro..." contesta sin más reticencias. Sin embargo, cuando esa vez retoma el libro, lee en voz alta. No es necesario, por supuesto. Pero el silencio de la cripta parece menos hostil cuando lo llena con sus palabras, y Regina no muestra signos de disconformidad. Así que se coloca sobre la silla, cruza sus piernas para posar el libro sobre ellas y comienza a leer para las dos.
rse con tanta fuerza.
Chapter 7: 6
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Emma cierra el tomo de Hadas, elfos y otros pequeños seres y suspira: "¿Crees que hay algo útil aquí?"
"No, realmente..." responde con las manos apoyadas sobre el mármol en el que descansa el cráneo y la mirada clavada en él. "¿Probamos con otro?"
"Adelante." Acepta resignada, crujiendo su cuello para desentumecerlo. La alcaldesa se separa de la calavera que ha retenido su atención durante la última hora y se aleja hacia una de las estanterías del fondo. Emma la sigue con la mirada, preguntándose cuál será el siguiente elegido. "Ni yo lo sé." Responde Regina automáticamente.
"No me acostumbro a esto..."
"Perdón, ha sido un acto reflejo." Musita mientras sus dedos van recorriendo varios lomos de la primera balda.
"¿Acabas de disculparte?"
"Sí. Claramente a mí también me está pasando factura el cansancio." Replica burlona, haciendo que Emma gire los ojos. Las dos primeras baldas no parecen ofrecer lo que Regina busca, se detiene en un par de libros de la tercera, pero finalmente salta hasta la cuarta. Está demasiado alta y la alcaldesa se pone de puntillas para coger un tomo grueso con el lomo granate desgastado.
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo, baby shark..."
"¿Otra vez?" pregunta Regina, girándose con el libro en brazos.
"Será el cansancio." Responde Emma tragando hondo y estirando sus brazos hacia ella. "Dame."
Regina entrecierra los ojos, pero le faltan las fuerzas o las ganas para insistir y lo deja pasar. "Es un libro de hechizos. Descarte lo que no hable de romper o destruir cosas y léame el resto."
"Hecho." Contesta sin intención alguna de protestar. Sin embargo, dentro de su propia turbación se cuela algo de curiosidad. "¿Cómo vas con...?" Regina la mira a la espera de más detalles y Emma solo mueve las manos hacia la calavera y añade: "Ya sabes... ¡boooom!"
"Mal..." suspira. "Muy mal..."
"¿Tanto, eh?"
"Mi magia no es capaz de hacerle ni un rasguño." Dice cruzándose de brazos y mirando a la nada. "Es como si ahora la calavera formara parte de mi esencia y mi poder se repele a si mismo cuando intento dañarla."
"¿Cosa del vínculo?"
"Imagino... Es una forma muy inteligente de proteger el conducto mágico, lo admito."
"¿Eso significa que yo...?"
"Tampoco puede hacer nada."
"Lástima que Gold ya no sea el Oscuro."
La ceja de Regina se eleva inquisitiva. "¿Está lamentándose de que la ciudad ya no aloje a una amenaza mortífera y descontrolada?"
"¡No!" responde con su orgullo herido. "Pero ahora podría ser útil."
"Ya..." resopla. "Prefiero vender mi alma al diablo."
"Si esto sigue así por mucho tiempo, bajo contigo a preguntarle." Bromea Emma. Regina deja escapar un pequeña sonrisa, pero el zumbido inquieto y revuelto aún sobrevuela su vínculo mental. "¿Hay algo que te preocupe?"
"No, no." Responde veloz. "Probaré con alguna pócima, comience a leer."
Es una orden y está bañada de bastante urgencia. El instinto natural de Emma sería revolverse contra ella, pero la mente de Regina, ya volcada en ingredientes y nombres de los que jamás ha escuchado hablar, aún vibra con una inquietud que remueve a la Salvadora. Y es suficiente para no rechistar y abrir el libro, esperando que con el sonido de su voz esa sensación se diluya y el ceño de Regina deje de estar fruncido.
"Magia arcana explosiva, maleficio de disolución... Esto tiene buena pinta." Anuncia leyendo el índice.
"Cruce los dedos." Responde Regina.
"Incluso los de los pies." Se apresura a decir.
"Payasa..."
Emma, lejos de enfadarse, sonríe con satisfacción cuando ese zumbido de preocupación deja de escucharse con tanta fuerza.
Chapter 8: 7
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Si le hubieran preguntado cuál sería su plan ideal de sábado noche, Emma jamás habría dicho que estar tumbada sobre el suelo frío de las catacumbas de la cripta de Regina. Y, desde luego, ahora que lo está viviendo en carne propia, continua sin ser su idea favorita. Pero su cerebro está a punto de fugarse de su cabeza por puro agotamiento y la rigidez de la piedra contra su espalda tiene un efecto relajante inesperado y muy calmante. No puede leer ni una página más sin que le ardan los ojos ni sostener más libros de ochocientas páginas o sus brazos se caerán a cachos.
"Miss Swan, debería marcharse a descansar." La voz calmada y seria de Regina la saca de su ensimismamiento de golpe. Gira su cabeza hasta localizarla, sentada en un pequeño sofá, con un par de libros abiertos frente a ella.
"No es necesario, aún puedo..." comienza a responder, hasta que los ojos café la miran fijamente y el dedo índice de Regina se posa sobre su propia sien. "Oh, ya." Musita culpable, antes de añadir: "Tú tampoco estás mucho mejor."
"Puede ser..." resopla mirando al techo. "No vamos a lograr nada agotándonos hasta la extenuación, supongo."
"Seguramente no." Secunda Emma. "¿Hacemos un pequeño receso hasta mañana?"
"De acuerdo." Responde poniéndose en pie con un pequeño quejido. La salvadora se pregunta cuánto rato lleva en esa postura sin dejar de investigar y cuanto más hubiera sido capaz de aguantar si no fuera porque la propia Emma se había rendido. Si Regina ha escuchado alguna de sus divagaciones, parece ignorarlas al preguntar con tono burlón: "¿Le dejo una manta o prefiere ir a casa?"
Emma, todavía tumbada sobre el suelo frío, se gira hacia ella con una sonrisita culpable. "Creo que estaré mejor en mi cama."
"Sabia elección." Responde colocando las arrugas de sus pantalones con ambas manos, mientras Emma se pone en pie con lentitud. "¿Retomamos a las 8?"
"Buena hora..." contesta Emma estirando sus brazos y entrecerrando sus ojos mientras abre su boca en un bostezo descomunal. Al volver a recolocarse, observa que Regina permanece frente a ella con la mano extendida. "¿Quieres que cerremos un trato?"
"Eh, no, no..." responde sin llegar a retirar su mano. "Es solo que..."
"Oh, gracias." Dice Emma apresurada al escuchar sus pensamientos. "Había dado por hecho que volvería a casa andando."
"Claro, eso tiene más sentido." Contesta Regina carraspeando.
"No, no, pero está bien. Lo prefiero, si la oferta sigue en pie." Exclama tratando de reconducir la situación. "Solo quiero estar ante un plato de espaguetis cuanto antes y meterme en la cama un segundo después."
Regina pone los ojos en blanco, pero a Emma no se le escapa la sonrisa que reprime mientras extiende su mano. "Espero que al menos se lave los dientes antes."
"Quién sabe." Responde burlona con una enorme sonrisa tendiéndole su mano como segundos antes hacía Regina. La alcaldesa eleva una ceja, antes de sostenerla contra la suya y permitir a su magia fluir alrededor de ambas, concentrándose en ese contacto. Firme, poderoso, capaz de trasladarlas en un parpadeo.
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo..."
Cuando se materializan frente al porche de su casa, los ojos de Regina la observan con estupor: "¿Miss Swan?"
"El cansancio." Proclama atropelladamente, metiendo las llaves en su cerradura. "Gracias por el viaje, nos vemos mañana."
"Claro, hasta mañana." Farfulla con un gesto extrañado que no desaparece ni cuando Emma trata de sonreír y agita su mano cerrando la puerta.
Corre pasillo adentro, tratando de no pensar, tratando de no cantar la maldita canción y rezando para que Regina ya haya desaparecido o esos metros de distancia sean suficiente para que no escuche sus divagaciones, antes de mascullar: "Joder, joder, joder...."
Chapter 9: 8
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¿Y si todo ha sido un mal sueño? ¿Una pesadilla muy real alimentada por su desatada imaginación? ¿Y si el agotamiento físico y mental que arrastra desde que volvieron de Nunca Jamás le ha jugado una mala pasada y nada de lo que recuerda ha ocurrido?
Por un momento, Emma se arrulla con su mullido edredón, se zambulle en la suavidad de su almohada y se recrea en ese precioso pensamiento. Su alarma acaba de sonar, su cabeza está despertando más lentamente que su cuerpo y esa perspectiva le parece tan plausible como maravillosa.
Hablar telepáticamente con Regina y que sus pensamientos más íntimos estuvieran expuestos como un escaparate... ¿En qué mundo iba a tener eso sentido?
No, todo está bien, ha sido solo un sueño. Sí, eso debe ser...
Vuelve a caer pesadamente en un delicioso duermevela, cálido, acogedor, que la arrastra hasta que sus ojos se cierran de nuevo.
Pero el despertador interrumpe su sueño una vez más.
Y, acto seguido, un mensaje.
De Regina.
"Puedo recogerla en su casa para que no la vean salir de casa y no levantar sospechas. ¿En media hora?"
Emma coge su almohada pero esta vez la usa para ponérsela sobre la cara y no debajo de ella. El cojín no es suficiente para amortiguar el grito que sale de su garganta. Resuena por toda la casa y borra hasta la última gota de sueño de su cuerpo.
Chapter 10: 9
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La pantalla del móvil se ilumina con un mensaje: "¿Está lista?"
"No." Murmura para sí, disfrutando de los últimos instantes de libertad antes de tener que medir cada pensamiento. Jamás hubiera pensado que su cabeza guardaba tantas cosas que no querría compartir. Pero ahora solo piensa en cómo callar cada divagación indiscreta y vergonzosa que se cuela entre sus defensas.
Y, cuanto más lo intenta, más se revela su mente.
Es un círculo vicioso. Se ordena a sí misma no pensar en... bueno, en nada comprometido. Y cuanto más piensa en no pensarlo, más lo piensa. Su mejor estrategia sigue siendo cantar y por más que lo intenta siempre acude a su rescate la misma melodía.
Su móvil vuelve a reclamarla sobre la encimera: "¿Miss Swan?"
"Estoy lista. O algo así." Teclea en contra de su voluntad, abandonando el móvil y girándose hacia la cafetera que humea junto a ella. Antes de agarrarla, una nube violeta se materializa es su cocina, seguida del cuerpo de la alcaldesa. Traga hondo y se concentra, pero cuando repara en la ropa de la alcaldesa sabe que está en problemas.
"¿Qué?" pregunta Regina enarcando una ceja.
"Nada."
"¿Qué le pasa a mi ropa?" inquiere cruzándose de brazos.
"Ay, dios..." gime para sí, haciendo que la ceja de Regina se eleve aún más. "No le pasa nada. Es solo que nunca te había visto así vestida. Habría apostado a que en tu armario no había ni un solo chándal."
"¿En serio?" insiste Regina, mirándose de arriba abajo. "Solo es una sudadera y una malla. Si vamos a pasarnos el día encerradas y trabajando prefería estar cómoda."
"Pensaba que tu definición de comodidad era usar tacones de solo 5 centímetros."
"Y los llevo puestos." Responde con sencillez, sonriendo burlona cuando los ojos de Emma se deslizan hasta el suelo abiertos con estupor. A sus pies hay un par de deportivas níveas y que parecen recién salidas de la caja. "Es tan fácil tomarle el pelo, Swan..."
"Ja, ja." Masculla cascarrabias, regresando la atención a su encimera. "¿Café?"
"¿Para mí?" pregunta genuinamente sorprendida.
"Claro. He preparado la cafetera grande. Nos hará falta..." suspira vertiendo el líquido en dos tazas térmicas. Cuando coloca las tapas a presión y tiende uno a Regina, el gesto de asombro aún se asoma a sus ojos.
"Gracias." Musita recogiéndola y tendiéndole la mano. "¿Vamos?"
"Vamos..." farfulla, tomando aire y concentrándose en dejar su mente en blanco antes de estirar su mano hacia la de Regina.
"Pensaba que su mente se encontraba constantemente en blanco."
"¡Regina!" Es lo último que se escucha en la cocina antes de que la casa se quede vacía.
Chapter 11: 10
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La primera hora pasa en un suspiro. Emma permanece con la nariz metida en varios libros y Regina se dedica a farfullar blasfemias cada vez que una nueva poción falla estrepitosamente. Para la segunda, ya no queda café y la alcaldesa ha anunciado un nuevo plan. La salvadora va detallando hechizos destructores y Regina, sin mucha fe, los ejecuta con una perfección absoluta. La misma perfección con la que fracasan cada vez.
Después de comer, la calavera continua sobre la piedra de mármol de la mesa, brillante e intacta. Riéndose de ellas sin variar ni un ápice su aspecto. Tan inmaculada como cuando Emma la encontró en el baúl.
"Esto es insoportable." Prorrumpe Regina con desesperación cuando el quinto intento es tan infructuoso como todos los anteriores. Emma se muerde los labios, tratando de no reírse de la divertida desesperación de la alcaldesa, tan fuera de su papel de mujer impasible y serena que siempre sostiene.
Sin embargo su sonrisa se congela cuando Regina, en medio de un resoplido furioso, se quita la sudadera en busca de un respiro. Sus ojos vuelan directos al techo de la cripta y su cabeza activa el piloto automático de emergencia.
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo, baby sh..."
"¿Pero qué le pasa?" Regina, vestida con una camiseta de tirantes que bien podría haber salido de su propio armario, la observa elevando la palma de sus manos, frustrada y lista para hacerla arder. "Si no quiere que la prenda en llamas al menos cambie de estrofa." Espeta con tono amenazante.
"Lo intentaré." Responde con una sonrisa inocente tan torpe que apenas se sostiene en sus labios. "¿Qué hacemos ahora?"
"No lo sé..." farfulla con la mirada perdida. "Es cierto. No lo sé. No puedo hacer nada, maldita inútil..."
"Eh." Musita ante su propia reprimenda. "No digas eso."
"No he dicho nada." Farfulla entre dientes.
"Lo he oído claro y nítido." Replica Emma levantándose de su asiento. "Llevas horas sin parar y ayer igual. Eso es hacer algo. No imagino a nadie con más recursos que tú."
"¿Y de qué ha servido?" pregunta en silencio, cruzándose de brazos. Esta vez sus pensamientos están cargados de intención. No los esconde, está desafiando a Emma a contradecirla.
"Ahora ya sabemos todo lo que no funciona." Dice con media sonrisa, que se gana un ceño fruncido y un silencio impaciente. "Ensayo y error. Solo nos queda averiguar lo que sí funcionará."
"Yo veo poco ensayo y mucho error..." gruñe.
"Vamos a recapitular. ¿Qué otras opciones tenemos?"
"Morir una de las dos."
"Meeeeeh. Descartada." Anuncia haciendo el ruido de una bocina. "¿Otra?"
"Mudarnos a ciudades distintas."
"Complicado para compaginar la custodia de Henry y habría que responder muchas preguntas. Otra."
"Tratar de aislar la magia de la calavera y anular así su efecto..."
"Suena bien." Acepta. "¿Cómo lo hacemos?"
Regina suspira cerrando los ojos un segundo antes de responder. "Quizás podamos esconderlo en un cofre y sellarlo mágicamente."
"Eso suena como algo que podría funcionar."
"Me encantaría compartir su confianza." Dice con apatía. "O su credulidad."
"Haré como que no he escuchado nada." Responde sonriendo con una exagerada complacencia. "¿Qué tipo de cofre buscamos?"
"Uno resistente, que pueda tolerar el torrente de magia que vamos a necesitar."
Emma mira a su alrededor con alivio. "Veo bastantes candidatos."
"Es posible..." resopla Regina, antes de recoger su melena con ambas manos y anudarla en una delicada coleta. "Busquemo..."
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo, baby sh..."
"¡Por el amor de dios, Swan! ¡Como vuelva a cantar una sola vez más esa canción, le juro que...!!"
Emma eleva sus manos como un delincuente ante la policía: "No la estoy cantan..."
"¡Que no use la boca no significa que no pueda oírla una y otra vez!" la interrumpe dirigiéndole una mirada de reina malvada asesina. "¿Qué problema tiene exactamente con esa musiquita infernal??"
"¿Qué es pegadiza...?" murmura encogiéndose sobre sí misma.
"Pues despéguesela de la cabeza. COMO SEA. O se la despego yo."
"¿La canción?"
"O la cabeza. Lo que me resulte más conveniente." Ladra antes de darle la espalda y comenzar a inspeccionar con la mirada la habitación. Emma aún está tragando hondo cuando Regina ya ha desechado un par de baúles de madera y aspecto andrajoso. "¿Voy a trabajar yo sola o pretende ayudar?"
"Ayudo, ayudo." Responde atropelladamente, corriendo al otro lado de la biblioteca de la cripta.
Chapter 12: 11
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"¿Y si lo tiramos al fondo del pozo?" pregunta Emma torciendo la cabeza al admirar el reluciente cofre de madera, recubierto de cuero, remaches de metal y hechizos inservibles.
"Seguiría sin funcionar y usted tendría que bajar a por él descolgándose entre las paredes de musgo y mugre." Jadea desquiciada Regina desde su butaca, con la cabeza tan reclinada hacia atrás que Emma teme que se la parta el cuello.
"¿Por qué tendría que bajar yo?"
"Porque habría sido su horrenda idea." Espeta sin dirigirle la mirada. "No puedo creer que vuelva a este infierno... otra vez no."
Emma intenta hacer oídos sordos. Ella es la primera consciente de que la riada de pensamientos se descontrola con las emociones. Y ahora mismo Regina puede estar tan imbuida en su propia frustración que ni siquiera recuerde que hay una intrusa escuchando.
Pero no puede dejarlo pasar. Sus palabras han despertado una inquietud que ha estado toda la noche deambulando por su cabeza.
Además, ¿qué sentido tendría callarse ahora cuando, seguramente, Regina ya es consciente de sus dudas?
Lo advierte con su cambio de postura, sus hombros tensos y su inquietante silencio. Tanto mental como físico.
Preguntará y, si Regina quiere mandarla a la Patagonia por su atrevimiento, ya habrá tiempo para hacer las maletas.
"No voy a enviarla a la Patagonia de una patada." Gruñe sin moverse de la butaca. "Al menos no por ahora..."
Emma llena sus pulmones y respira hondo antes de preguntar con cautela: "Sabías lo que pasaría cuando recogiste la calavera, ¿verdad?"
"Podía esperármelo."
"¿Y aun así no dudaste?"
"¿Qué otra opción tenía?" cuestiona levantando su rostro y mirándola por fin. "¿Permitir que Gold pudiera escucharla como un libro abierto?"
"¿Y por qué no?"
Regina eleva ambas cejas, cuestionándola incluso antes de hablar: "¿Habría preferido ese escenario?"
"¡No, claro que no!" se apresura a responder. "Quiero decir que no había razón para sacrificarse. Nada te obligaba a ocupar su lugar en esta pesadilla." Insiste tratando de explicarse antes de que una llamarada le abrase el trasero. "Pero sabías lo que podía pasar y aun así intentaste... ¿protegerme?"
Regina suspira con dramatismo y vuelve a reclinar su cabeza hacia el techo apoyada en el respaldo de la butaca. "¿Podemos simplemente asumir que usted no tiene la potestad absoluta en lo que a cometer estupideces se refiere?"
"Regina..."
"¿Qué, Miss Swan?" farfulla aún con la mirada perdida en el techo.
"¿Quién creó esa calavera?"
Incluso a pesar de la postura de Regina, puede ver como cierra los ojos antes de contestar: "Mi madre."
Chapter 13: 12
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"¿Tu madre?" repite en un tartamudeo.
"Eso he dicho."
"¿Pero cómo? ¿Por qué?" dice con las preguntas amontonándose en su cabeza.
"¿Diversión?" sugiere recolocándose en su butaca hasta que vuelve a enfrentar a Emma. "¿Poder? ¿Control? Con ella nunca se sabe... Pero estaba muy orgullosa de su obra. Una de sus mejores creaciones, le gustaba decir. No sé si el hada que sacrificó para fabricarla pensaría lo mismo..."
"¿Y... la uso contigo?"
"No, no exactamente." Farfulla apoyando sus codos sobre las rodillas, en un involuntario gesto de rendición.
"No tienes por qué..."
Regina niega con la cabeza y Emma cierra la boca en el acto. "Fue mucho más sucio que eso... Cuando concibió ese cráneo decidió que sería una herramienta perfecta para someter a mis damas de compañía. Cada vez que lo consideraba necesario embrujaba la calavera y las obligaba a exponerse a ese vínculo. Así podía escuchar durante días todo lo que yo les confiaba o cualquier pensamiento que tuvieran sobre mí."
"¿Por qué haría eso?"
"Para tenerme bajo su control." Suspira. "Siempre elegía a la dama de compañía a quien estuviera más unida y me era imposible esconderle nada. Yo era apenas una niña, pero aprendí rápido a dejar de confiar en las personas que me rodeaban. Y no porque no me quisieran, sino porque nunca podía estar segura de qué llegaría a oídos de mi madre."
"¿Cómo pudo hacerte algo así?" gime.
"¿Es acaso esto lo más terrible que ha oído de esa mujer?" pregunta con una carcajada descreída.
"Bueno, esto entra directo al top 3 como mínimo..." farfulla Emma, incapaz de entender cómo puede siquiera contarlo con tanta calma cuando todo su ser está revuelto con una mezcla de furia y pena.
"Han pasado muchos años, Miss Swan." Ignora su broma, contestando directamente a sus cavilaciones. "Lo que está en el pasado, ahí debe permanecer."
"Pero aún te hace daño..."
"Lo que me daña es volver a sufrir las consecuencias de esa maldita calavera del infierno." Afirma irguiéndose en la butaca. "No los recuerdos."
Emma traga hondo, distrayendo a su mente de la húmeda oleada de tristeza que le llega a través de su vínculo. "Has dicho que el hechizo duraba solo unos días... ¿Cómo estás tan segura de que no nos pasará lo mismo?"
En cuanto pronuncia su pregunta, esa oleada se convierte en un tsunami y la Salvadora se encoge sobre sí misma, arrepentida por su osadía. Pero la fachada de Regina no se inmuta, tan indiferente como si su quebranto no estuviera calando los huesos de Emma con descaro.
"Una de sus primeras víctimas fue Lilia, mi dama de compañía favorita. Lo más parecido a una madre que he conocido." Contesta con voz monocorde. "Ella era mitad elfo, mitad humana. No era excepcionalmente mágica, pero podía hacer algunos pequeños encantamientos, como trenzarme el pelo y hacer que aparecieran margaritas entre mis mechones." Musita y, de nuevo inconscientemente, Emma está segura, se le escapa una dulce y diminuta sonrisa. "Mi madre le obligó a sostener la calavera y, al principio todo fue bien. Para Cora al menos. Pero con el paso de los días, comprobó que el vínculo no se diluía y mucho menos desaparecía como con el resto de las damas de compañía."
"¿Qué ocurrió con Lilia?" gime Emma.
"La mató. No iba a permitir semejante vulnerabilidad. Ni siquiera aunque su hija se agarrara a su pierna llorando y suplicando misericordia." Murmura y esta vez su voz se descontrola con un pequeño gemido.
"Regina..." Es cuanto logra musitar la Salvadora, rota ante la escena que se dibuja descarnadamente en su cabeza.
"Ella... pudo exiliarla. Enviarla incluso a otro mundo. Pero no. No iba a dejar cabos sueltos."
"Lo siento, lo siento tanto..." gime Emma, aguantando las lágrimas que la propia Regina parece dispuesta a no dejar caer bajo ningún concepto.
"Hizo un par de pruebas más. Con una pobre bruja y una sirena, creo recordar. Cuando el resultado fue el mismo, dio por concluido el experimento, mandó ejecutarlas y jamás volví a tener una dama de compañía con magia."
"No puedo ni imaginar lo que has pasado..." susurra sin fuerzas. "Toda tu vida sometida a ese escrutinio, sin poder contar con nadie."
"No fue toda una vida, exactamente." Matiza mirando a ninguna parte y recomponiéndose pieza a pieza hasta que vuelve a lucir su máscara de impasibilidad. "Un par de años después de la muerte de Lilia, me azotó durante horas exigiéndome saber qué había hecho con la calavera." Dice sin detenerse ni cuando Emma abre los ojos con espanto y deja salir un sonido gutural parecido a una pregunta. "Pensé que solo era una estratagema para que me confiara y bajara la guardia. Así que me prometí no compartir nada con nadie. Pero con el paso del tiempo, empecé a asumir que la calavera genuinamente había desaparecido y ella pensaba que había sido cosa mía."
"Lo siento tanto..."
"Usted no hizo nada."
"Ya sabes a qué me refiero." Murmura buscando su mirada, cada vez más esquiva. "Gracias por protegerme aun sabiendo el infierno que se avecinaba. No sé cómo agradecértelo."
Regina pone los ojos en blanco, con un bufido perezoso. "Por favor, Miss Swan, no lo haga todavía más incómodo poniéndose sentimentaloide."
"Regina, podría tener a Gold metido en mi cabeza como una sanguijuela. Créeme, hay mucho que agradecer. Mucho." Recalca con dramatismo, dándose por satisfecha cuando Regina no aguanta la media sonrisa.
"Al menos con él esta tortura sería temporal."
"Sigo prefiriéndote a ti a tiempo completo." Su boca es más rápida que su cerebro y no es consciente de las palabras que ha elegido hasta que las escucha en su propia voz. Traga hondo, las primeras notas de Baby Shark a punto de acudir a su voz interior, cuando Regina responde aumentando la media sonrisa con un toque de diversión:
"Bueno, el baremo estaba bajo." Admite.
Emma asiente, intentando sonreír también y con todas sus energías concentradas en no pensar en nada. Absolutamente nada. La nada absoluta. El vacío. Un agujero negro...
Regina frena sus divagaciones poniéndose en pie y Emma está a punto de volver a darle las gracias cuando la alcaldesa comienza a hablar sin mencionar su locura transitoria.
"No sé usted, pero yo necesito un poco de sidra." Anuncia caminando hasta la estantería principal de la cripta. En el armario más alto, tras una puerta de caoba, se esconden varias copas de cristal tallado y, sobre ese estante, varias botellas verdes con una manzana en la etiqueta.
"¿Eso ha estado ahí todo el tiempo?" exclama.
"Sí, yo también considero que debería haberlo sacado antes." Reconoce Regina mientras descorcha una botella.
"Igual nos inspira." Sonríe Emma anhelante, viendo la sidra colmar dos copas.
"Claro, ¿por qué no?" murmura sin convencimiento alguno tendiéndole un vaso y llevándose su vidrio a los labios.
Chapter 14: 13
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Emma entrecierra los ojos, suspicaz. "¿Y si entrenamos la telepatía?"
"¡Claro!" celebra Regina oscilando su copa y haciendo girar con elegancia el líquido ámbar. "¿Conoce algún buen gimnasio con pesas y bicicletas estáticas mentales?"
"Ya sabes a qué me refiero." Refunfuña cruzándose de brazos y descruzándolos un segundo más tarde para tenderle su vaso a la alcaldesa. Esta le sirve un poco más de sidra hasta que la segunda botella termina vacía. "Podemos aprender a cerrar nuestra mente y bloquearnos."
"¿Controlar nuestra mente todo el rato? ¿En todo momento? ¿Incluso cuando estemos desquiciadas o fuera de control?" inquiere Regina alzando ambas cejas antes de darle un trago a su copa. "¿Pretende vivir toda la vida con el ceño fruncido concentrándose a cada segundo para que no escuche sus divagaciones más locas?"
"Bueno, no a cada segundo. Sólo cuando estemos cerca." Intenta una vez más.
"Este pueblo es muy pequeño y compartimos un hijo. Nos guste o no, pasamos bastante tiempo de nuestras vidas aguantándonos."
"Yo no diría aguantándonos." Refuta Emma contrariada.
"Oh, ¿usted no? Gracias." Responde burlona Regina, llevándose la copa a la boca para tapar su sonrisa en cuanto la voz indignada de la Salvadora responde:
"¡Oye!"
"Le escucho."
"A veces no te aguanto."
"Miss Swan, la oigo reírse en su cabeza."
"Es el alcohol, que me confunde. En realidad no me hace nada de gracia."
"Ya..." dice Regina con una mirada desafiante y un murmullo satisfecho que hace sonar su voz como un ronroneo. Uno muy suger...
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo..."
"¡¿En serio, qué demonios le pasa con esa maldita canción?!" exclama Regina con tanta intensidad que de su copa se derraman unas gotas de sidra. Emma salta sobre su propia silla del susto agarrando su vaso con dos manos.
"Nada." Responde tragando hondo mientras su cara se tiñe de rojo. De repente se arrepiente de todo. O de todo no. Pero de haber bebido sí. Eso seguro. En qué momento le pareció que era una buena idea emborracharse con Regina cuando ni sobria no era capaz de estar mentalmente callada.
"Usted no es capaz de estar callada ni muerta." Se burla Regina, aludiendo directamente a sus pensamientos.
Sus mejillas ya arden y la rojez comienza a bajar por su cuello. "Baby shark, doo..."
"¡Swan, por dios!" exclama tapándose los oídos sin soltar su vaso, por lo que la sidra casi acaba en su pelo.
"Lo siento, lo siento..." replica cubriéndose la boca, como si sirviera de algo. "Joder, joder, joder..."
"No pretendo aprovecharme del vínculo, pero esto es bastante entretenido." Responde cruzándose de piernas y reclinándose cómodamente en su sillón. "¿Canta para ocultar algo...?" pregunta como si se tratara de un juego de adivinanzas.
"No, no, no..." dice Emma restándole importancia con un movimiento torpe y beodo de su mano. "Sí, sí, sí..."
"Interesante..." masculla rascándose la barbilla. "¿Se trata de algo sobre el vínculo?"
"¡No se trata de nada!" insiste histérica. "No es sobre el vínculo."
"Hhhhhmmm..." murmura pensativa, humedeciendo su boca y mordiendo su labio inferior.
Esta vez las estrofas salen atropelladas y casi ininteligibles. "Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo..."
"¡Otra vez! Estoy cerca..." celebra Regina, mientras Emma hunde la cara entre sus manos.
El calor que desprende su rostro es ridículo y las palpitaciones de su corazón rozan el infarto. Si Regina no suelta su presa pronto, tendrá que cantar la canción entera, huir de allí o morirse. O las tres a la vez.
"¿Tanto como para morirse? Miss Swan, si quiere que la deje en paz no lo haga tan tentador."
"Mommy shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo... Daddy shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo..."
"¡Oh, estamos avanzando!" celebra Regina riendo.
"¡Regina!"
"Si no es sobre el vínculo..." reflexiona para sí, cada vez más intrigada. "Tiene que ser algo igual de recurrente."
"Grandma shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo..."
"Deme una pista, Swan..." pide con gesto angelical.
"¡No!" protesta fuera de sí. "Tú."
"¿Yo?" repite completamente confundida.
"¡No!" lloriquea. "Sí..."
Las cejas oscuras se alzan con genuina sorpresa. "¿Quiero seguir preguntando...?"
"No." Murmura, suplicando mentalmente: "Por favor, no."
"Está bien..." responde magnánima, pero con un brillo inescrutable en la mirada. "Pero si lo que está ocultando son improperios hacia mi persona con Baby Shark, al menos podía usar una canción más acorde. ¿Quizás Fuck you, de Lily Allen?"
"Lo tendré en cuenta..." resopla Emma, deshaciéndose agotada contra su silla igual que un flan con brazos y piernas.
Regina sonríe en respuesta, aún mirándola con ese indescifrable destello en los ojos, y vuelca la botella de sidra en su vaso, pero no cae ni una gota.
"Necesitamos más provisiones." Anuncia acercándose a la estantería. Emma la sigue con la mirada, deseando hundirse hasta el fondo en la siguiente botella de sidra, solo para descubrir que esta vez no será tan sencillo. Las dos primeras botellas estaban al alcance de la mano, la siguiente queda tan atrás que Regina se ve obligada a colocarse de puntillas, estirando su brazo con esfuerzo y poniendo su tras...
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo..."
Regina se gira ofendida, con la botella en la mano: "¿Qué he hecho ahora que sea tan horrible?"
"Nada." Gime Emma, hundiéndose tanto en su asiento que podría tragársela la tierra. Pero la vergüenza no es rival para el alcohol y su mente responde automáticamente a la pregunta: "Estirarte."
"Estirarm..." frunce el ceño un segundo. Después sus ojos se abren de par en par y su boca deja salir un suave: "Oh."
"Dios, dios, dios..."
"¿Estaba mirándome el...?"
"¡Dios, dios, DIOS!" repite mentalmente enterrando su cara entre las manos y gimoteando: "No a propósito."
No la mira a la cara. No puede mirarla a la cara. No ahora que sabe que estaba mirándola... ahí. Pero ha sido sin querer. Siempre es sin querer. Son sus ojos. Parecen tener voluntad propia. Los entiende. Pero no lo aprueba. Y ahora por culpa de ellos se quiere morir...
"Miss Swan..." musita Regina con un pequeño carraspeo.
"¿Qué...?" berrea sin dejar de taparse la cara. No sabe qué está ocurriendo, pero no hay respuesta a su pregunta. No durante unos cuantos segundos. Y su vínculo permanece en el mismo inquietante silencio. Hasta que la voz de Regina resuena en un suave murmullo:
"A mí también se me van a veces los ojos."
Emma coge aire con fuerza, mirando al techo, sin dar crédito a su benevolente comentario. "Sí, supongo que todos somos humanos..." espeta sin dejarse consolar. No, hasta que Regina añade:
"A usted."
"¿Perdón?"
"A veces también la miro." Contesta, aclarando rápidamente: "Sin querer."
Emma entrecierra los ojos, enfrentándola al fin. "Mentira."
Regina se encoge de hombros. "¿Tan fea cree que es?"
"¡No!" responde ofendida. "Sé que estoy... bien." Masculla, trabándose por el alcohol, los nervios o una combinación de ambos. "Pero tú... nunca te he oído." Insiste señalándose las sienes.
"Supongo que tengo un mejor control de mis pensamientos." Dice orgullosa, cruzándose de brazos con superioridad. "Y en lugar de cantar, hago listas..."
"¡Haces muchas listas!" espeta acusadora señalándola con el dedo.
"¡No todas son por usted!" se apresura a defenderse, volviendo a silenciar cualquier pensamiento tránsfuga que se pudiera colar entre ellas. El vínculo cae de nuevo en silencio, pero una ráfaga de digna ofensa lo sobrevuela cuando añade: "A veces también quiero listar tareas. Y otras simplemente son cosas que preferiría que no escuchara."
"Así que listas, ¿eh?" insiste Emma elevando una ceja.
"En qué momento decidí ser clemente..." gruñe Regina poniendo los ojos en blanco, en un gesto tan exasperado, que Emma no puede contener una sonrisa.
"Así que es usted una mirona, ¿eh, alcaldesa?"
"Lo que me faltaba." Farfulla agarrándose el puente de la nariz. "No tanto como usted, visto como canta cada cinco minutos."
"Ya te gustaría..." sonríe Emma con suficiencia, mirándola desde su silla. Trata de azuzarla y no le cabe la menor duda de que Regina lo sabe y aun así está cayendo en su juego. Quizás porque le parece tan divertido como a ella.
La alcaldesa la fulmina con la mirada, pero eso sólo hace que la sonrisa de Emma crezca. Y más cuando aprecia como Regina se muerde los carrillos por dentro y tiene que retirar la mirada antes de echarse a reír.
"¿Va a empezar a hacer una lista?" pregunta con diversión.
"Sí. De todas las maneras que existen para matarla lentamente." Espeta volviendo a mirarla. Y, al hacerlo y ver a Emma con un gesto caricaturesco de suficiencia y engreimiento, ya no se contiene más y deja escapar media carcajada. La salvadora ríe con ella, divertida y, sobre todo, aliviada. Aún tiene tanto en lo que pensar.
Pero no ahora.
Se detiene al instante, al mismo tiempo que las risas se apagan y Regina observa la botella que sostiene entre sus manos:
"Creo que ya hemos tenido suficiente sidra por hoy." Murmura tomando aire con fuerza.
"Definitivamente..." corrobora Emma regresando lentamente a sus cabales. Trata de quedarse en calma, sin pensar, sin dar demasiada importancia a esa conversación. Sólo disfrutando del alivio y la repentina complicidad. "Si hemos terminado de emborracharnos, quizás deberíamos irnos a descansar. Mañana no avanzaremos mucho si tenemos una resaca monstruosa."
"Cierto." Acepta Regina cerrando el mueble que esconde su minibar. "¿Quiere que la traslade a su casa?"
"Creo que me vendría bien dar un pequeño paseo..."
"¿Y si alguien la ve salir de aquí? Además, se supone que está usted en cama, vomitando hasta la primera papilla."
"Qué gráfico..." farfulla con asco. "Aun así, son las 11 de la noche un domingo, no creo que me cruce con un solo alma."
"Es posible..." reflexiona Regina. "En ese caso..." comienza a decir, recogiendo su sudadera y preparándose para desaparecer.
"¿Te vienes?" pregunta sin pararse a considerar que quizás Regina prefiera marcharse cuanto antes o simplemente quiera perderla de vista después de todo el día juntas. Se arrepiente pero la pregunta ya está en el aire y sólo le queda esperar, congelada frente a la silenciosa alcaldesa.
Al fin abre la boca y Emma vuelve a respirar al escucharla: "Me vendría bien bajar la última copa. Usted delante." Propone señalando hacia las escaleras de la cripta.
"Sí, la última copa..." ríe Emma, enfilando los estrechos escalones de piedra.
"¿Ni siquiera puede subir las escaleras recta y tiene la osadía de reírse de mí?" espeta Regina a su espalda.
"¡Voy recta!"
"Si parece que está en una escalera de caracol, por favor..." resopla burlona. Emma va a contestar con alguna respuesta mordaz que está tardando demasiado en llegar a su lengua, seguramente culpa de esa sidra deliciosa y peleona, pero algo la detiene.
Una conocida cantinela que está vez no sale de su cabeza.
"Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo, doo, baby sh..."
"¿Me estás mirando el culo?" pregunta riendo.
"¡No!!" se apresura a gritar Regina. "Es culpa suya, esa maldita melodía es pegadiza."
"Ya, ya..." ronronea Emma cambiando su forma de andar a una mucho más pronunciada y aparatosa. Por un momento teme que Regina tenga razón y termine despeñándose por las escaleras, aunque eso no la detiene: "Ahora sí me estás mirando el culo."
"¡Solo porque usted no para de mencionarlo!" Espeta ofendida, resoplando cuando la Salvadora vuelve a reír.
"¿Estamos ligando?"
"Usted está ligando, yo le dejo hacer."
"¿Me miras el culo y sigues sin tutearme?"
"¡No te miro el culo!"
"¿Entonces por qué me tuteas?"
"¡Miss Swan!"
"Ahí vamos otra vez..." ríe abriendo la puerta y dejando que el frescor de la noche de Storybrooke atempere deliciosamente su cuerpo.
Chapter 15: 14
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Sus sospechas eran ciertas. No hay ni un alma caminando por la ciudad. Parece un pueblo fantasma y lejos de dar miedo lo hace más acogedor. Las farolas iluminan el camino de vuelta y no hay un solo ruido enturbiando la calma que se respira en cada calle vacía.
Ambas parecen haberse contagiado y ninguna rompe el ceremonioso silencio que las acompaña durante todo el camino. Al menos hasta que la mente de Emma da rienda a toda su energía en respuesta a la calma total que las rodea y comienza a ser un hervidero de ideas que resuenan cada vez más alto hasta que no puede desoírlas.
A su lado, la alcaldesa camina sin variar el paso, aunque Emma está segura de que escucha cada divagación. Si no quiere responder a ellas o si no quiere invadir su privacidad ya es algo que la Salvadora desconoce.
Intenta indagar en su vínculo, pero la alcaldesa es un remanso de silencio y paz centrado en el camino y las estrellas que las sobrevuelan. Así que se ve obligada a hablar antes de que su cabeza explote:
"Regina..."
"¿Hm?"
"¿Cómo crees que acabó esa calavera en manos de Owen?" pregunta dejando que su mayor inquietud vea lentamente la luz.
"No lo sé."
"Regina..."
"Va a desgastar mi nombre." Farfulla.
"¿Crees que era Owen quien guardaba esa calavera?"
"No lo sé." Repite sin dejar de mirar al frente. "Pero tuve dudas desde el primer momento."
Emma respira hondo, sus cavilaciones corriendo encabritadas cuesta abajo y sin frenos. "¿Por eso interviniste?"
"¿No hemos aclarado ya que yo también puedo ser una descerebrada a veces?" pregunta retórica, guardando sus manos en los bolsillos de su sudadera.
"No creo que esa palabra esté en tu diccionario." Dice la Salvadora convencida, advirtiendo como Regina no parece querer dar pie a esa conversación. "¿Regina?"
"Sé cómo me llamo." Farfulla resoplando y pestañeando lentamente, con irritación. "¿Qué espera que le diga? Nada es nunca tan simple con Rumpelstiltskin, ¿no?" cuestiona resignada cruzando al fin la mirada con ella. "Puede que simplemente esté siendo una neurótica debido a nuestro pasado juntos. O puede que haya algo oscuro detrás."
"¿Y no estás preocupada?
"Sí..." Suspira antes de volver a hablar. "Ahora mismo mi prioridad es que dejemos de escucharnos divagar, y el resto simplemente tendrá que esperar."
"Pero..."
"Si de verdad hay algo más, lo afrontaremos a su debido tiempo." Zanja tajante. Emma entrecierra los ojos, tratando de vislumbrar algún resquicio de pensamiento a través de su vínculo, pero todo lo que recibe es un rotundo: "A-su-debido-tiempo."
"Está bien..." bufa inquieta, torciendo el morro. Pero que se quede callada no significa que deje de darle vueltas y, si Regina no quiere hablar de ello, al menos tendrá que escucharla discurrir sobre ello.
"Su casa es por ahí..." Señala la alcaldesa con humor.
"¿Qué?" pregunta regresando en sí.
"Su casa." Repite Regina, cabeceando en dirección contraria a los pasos de Emma. "Esa es su calle." Insiste con una sonrisa burlona, mientras la Salvadora comienza a seguir el hilo de su respuesta. "¿O acaso pretende acompañarme hasta la mansión cual caballero andante?"
"¡No!" responde rápidamente, antes de añadir con una enorme sonrisa: "Tú eres la que ha venido a recogerme esta mañana a casa, ¿recuerdas? Yo soy la cortejada."
"Lo que me faltaba..." gruñe poniendo sus ojos en blanco por décimo octava vez ese día.
"Buenas noches, sir Regina." Dice agitando su mano con la actitud de una princesita y cambiando sus pasos en dirección a su calle.
"Cuidado al subir las escaleras de su porche..." ladra alejándose y sin girarse hacia ella. "No vaya a ser que se tropiece... o que alguien la empuje."
"Tendré cuidado, no queremos que tengas que venir a esas horas a rescatarme."
"Qué paciencia..." masculla Regina con tanta exasperación que Emma no puede contener la risa mientras la observa desaparecer calle abajo. Se pregunta cuantos pasos deben alejarse antes de que dejen de escucharse. "¡Aún no son suficientes!" ladra la alcaldesa a través de su vínculo y las risas de la Salvadora se multiplican.
Sin embargo, un pensamiento comienza a florecer en su cabeza.
Chapter 16: 15
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Emma se despierta en mitad de la noche. Su boca seca, su cabeza palpitante, su estómago revuelto. Maravilloso...
Se arrastra hasta el baño, busca en su botiquín y deja que una aspirina se deslice por su garganta mientras la acompaña con varios litros de agua. Bebe directamente del grifo, como si acabara de recorrer un desierto, y se sienta en el váter, viendo su vida pasar.
El suelo se mueve, sus ojos se entrecierran con el sueño y la resaca y el camino de vuelta a su cuarto le parece insalvable. Pero debe regresar y tratar de dormir y no vomitar. Mira el reloj, solo le quedan 3 horas antes de que Regina vuelva a ponerla en pie.
Se cuestiona todas las decisiones vitales que la han llevado hasta ese momento, con especial hincapié en la sidra. Se arrepiente con solo pensar en ella, porque su estómago se retuerce con su recuerdo y deja escapar una arcada.
Pero algo más se cuela en ese medio de esa reflexión.
Dos cosas para ser exactas. Una le hace sonreír, otra reflexionar.
La primera es Regina admitiendo que también se le escapan miraditas. Y ligando. Porque estaba ligando con ella, ¿verdad?
La segunda es como los gruñidos mentales de la alcaldesa perdían fuerza con cada paso que se alejaban.
Solo han pasado unas horas pero no es tiempo suficiente para asimilar que Regina ha descubierto su gran secreto. O al menos una parte de este... Y su respuesta... Su estómago vuelve a revolverse con el recuerdo, pero esta vez la sensación es de todo menos desagradable. Regina también la mira... así. No quiere darle muchas vueltas, está intentando no darle demasiada importancia, pero es imposible no gritar internamente de la emoción.
Está procurando no sacar de contexto lo ocurrido. Solo son dos mujeres que pueden apreciar el atractivo de la otra. Y lo hacen. Pero ya está. ¿Verdad? Al menos, eso es lo que Regina ha dejado claro. Y no hay razón para que la mente loca y emocionada de Emma vaya más allá de esa realidad confirmada y acotada.
Pero ahora se ha abierto la caja de pandora y necesita más. Saber más, probar más... Sin embargo, no puede arriesgarse a desatar todos los males del mundo si trata de ir más allá y... no hay más allá. Si Regina sólo está dejando caer que Emma le parece mínimamente atractiva. O peor. Si Regina sólo estaba siendo amable al ver a Emma revolcarse en su propia desgracia y quiso echarle una mano diciendo que era mutuo.
¿Cómo de triste sería pensar que quizás Regina también sienta algo más que atracción y todo sea compasión y lástima?
Vuelve a la cama y tapa su cabeza con la almohada en un grito silencioso. Se mueve de un extremo a otro sin descanso. Dando por hecho que no hay nada, que hay todo, que hay algo, pero no lo suficiente. Y su cabeza empieza a dolerle cada vez más. Es tu imaginación, Emma, se repite una y otra vez, son tus ganas, es tu desesperación por ella.
Como puede ser tan estúpida como para haberse colado por Regina. Por la Reina Malvada, la archienemiga de Snow, la madre de su hijo, la inalcanzable alcaldesa que, sin lugar a duda, tendrá cosas mejores que hacer que fijarse en la desastrosa Salvadora.
Al menos ahora su secreto está a salvo. Si su cabeza vuelve a estallar de nervios cuando Regina le toca la mano, frunce el ceño en ese gesto tan adorable o su voz suena con ese irresistible ronroneo, podrá cantar con libertad y la alcaldesa sólo pensará que es una mirona incontrolable.
No está segura de si es una gran solución, pero tendrá que valer.
Porque ahora tienen un problema más grave incluso que su maldito enamoramiento.
Y eso le lleva al segundo punto. La distancia es claramente una solución, pero no una factible. Sin embargo, ¿qué pasaría si se separan temporalmente hasta un lugar sin magia? ¿Qué sucedería si la calavera cruzara la barrera de la ciudad? ¿O si lo hiciera una de las dos? ¿O incluso ambas? ¿Tendría fuerza el hechizo para perdurar sin magia a su alrededor o se desvanecería en medio del anodino mundo real?
La aspirina empieza a hacer efecto y el sueño invade lentamente a su ser. Pero estira la mano hasta la mesilla de noche y coge su móvil. Con los últimos vestigios de lucidez escribe un mensaje.
"Tenemos que ir al límite de la ciudad. Tengo un plan."
Comienza a cerrar los ojos, pero al instante su pantalla se vuelve a iluminar. Tiene un mensaje nuevo.
"¿Acaba de despertarme para decirme ESO? ¿No podía esperar unas horas?"
"¿Querías que te dijera otra cosa...?"
"DUÉRMASE. La veo a las 8 en su cocina. Que el café sea doble."
Chapter 17: 16
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"¿Esta ropa es más ajustada que la de ayer?"
Como saludo es un poco arriesgado. Pero está segura de que la ropa deportiva y cómoda que Regina llevaba el día anterior era bastante más holgada que esa malla negra y esa chaqueta deportiva entallada.
"Buenos días a usted también." Dice Regina elevando una ceja. "¿Exactamente cuánto tiempo dedica a prestarle atención a mi cuerpo, Miss Swan?"
Emma le tiende una taza humeante y rebosante de café, encogiéndose de hombros. "No sabría decirte... Pero si sigues vistiendo así te prometo que irá en aumento."
Regina gira los ojos en su habitual gesto de hastío y se lleva la taza a la boca. Pero no es lo suficiente grande para tapar la sonrisa que crece en sus labios.
"Haga el favor de desgranar ese plan suyo, si ya ha terminado de piropearme."
"Oh, por favor. Esto no ha hecho más que empezar. Y estás encantada." Responde con tono acusador cruzándose de brazos ante ella. Regina no dice ni media palabra, pero Emma puede advertirla luchando a muerte con su mente para dejarla en blanco. "¿Estás a puntito de empezar a cantar Baby Shark?"
"Ni muerta." Gruñe colocando las dos manos alrededor de la taza para ahuyentar el frío de la mañana. "Yo sé controlar mis pensamientos, Miss Swan."
"Así que hay algo que controlar, ¿eh?"
"Sí, mis ganas de matarla. ¿Puede proceder con el plan antes de que me termine el café?"
"Está bien, tendré clemencia..." sonríe viéndola rodar los ojos por segunda vez en menos de un minuto. "Ayer, cuando nos despedimos, tus gruñidos iban perdiendo intensidad con cada paso."
"Así es como funciona el hechizo, sí."
"Pero ¿y si lo que nos separara no fuera solo la distancia si no también la frontera mágica de Storybrooke?" Sabe que va por buen camino cuando los ojos de Regina se estrechan mientras da un trago largo a su café. "Quizá si el cráneo cruza la línea divisoria y acaba en el mundo real, pierda su poder. O puede que si cruza una de nosotras, el vínculo deje de estar activo."
"No es una teoría tan descabellada..."
"Puedes incluso felicitarme si quieres."
"Prefiero esperar hasta saber si no es un fracaso absoluto." Contesta dejando su taza vacía en el fregadero de Emma. "Sí ha terminado de desayunar, vamos a comprobar su teoría."
"Vete preparando el confeti." Sonríe encantada consigo misma mientras agarra la mano de Regina y desaparecen en medio de una nube de humo.
Chapter 18: 17
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"¿Saco ya el confeti o...?"
"Ja ja." Piensa Emma cruzándose de brazos cuando la calavera ha dejado de girar por el suelo, más allá de la linde de la ciudad, y nada ha cambiado. "¿Quizás haga falta más tiempo?"
"Claro, por qué no." Suspira Regina haciendo aparecer una butaca tan señorial que resulta chocante en medio de la carretera a Storybrooke.
"¿Y yo?"
Regina vira los ojos. Ya van tres veces. Pero al menos hace aparecer una delgadita y simple silla de madera.
"Gracias..." masculla Emma entre dientes. Desciende su trasero y, antes de chocar con los duros listones de madera, una chispa de magia salta cerca de ella, provocando que termine sentada en un sillón tan mullido como el de Regina. "Oooh..."
"Concéntrese."
"Sí, sí..." responde mecánicamente, mientras se hunde con placer en los suaves cojines.
"¿Cuánto tiempo necesita para convencerse de que no servirá?"
"No lo sé..." suspira mirando con decepción a la calavera, abandonada en medio del camino. "No notas nada, ¿verdad?"
"Solo que estamos perdiendo el tiempo."
"¿Tienes algo mejor que hacer?"
"¿Ir al Ayuntamiento a dirigir una ciudad?"
"Buen punto." Admite Emma chasqueando la lengua. "La comisaría está a buen recaudo con mi padre mientras me recupero de mi horrible gastroenteritis" añade haciendo comillas con las manos. "Pero creo que sospecharán si mañana no vuelvo."
"Sí esto no funciona deberemos empezar a investigar por las noches..."
"¿Y cómo haremos para que Henry no se entere? No podemos dejarle solo en casa y si te ve a medianoche en mi salón quizás sospeche un poco..."
"Quizás..." farfulla Regina reclinando su rostro hacia atrás y cerrando los ojos. Su cuello, tenso y expuesto, se curva con una forma de lo más sugestiva. "¡Emma!" exclama la alcaldesa llevándose las manos al cuello.
"¡Perdón!" exclama mordiéndose los labios abochornada. Quiere enterrarse bajo la butaca y, al mismo tiempo, le encanta cómo suena su nombre en los labios de Regina. Intenta desviar sus pensamientos a la grava del camino y las hojas caídas en la cuneta, pero cuando advierte cierta turbación y nervios en su vínculo, busca el rostro de la alcaldesa. Está teñido de una rojez innegable, por más que gruña entre dientes:
"Jamás pensé que preferiría escucharla cantar Baby Shark."
"Las dos sabemos que es mentira."
"Concéntrese." Repite Regina recuperando su pose de alcaldesa impasible, aunque su respiración parezca haberse acelerado. "Estoy respirando como lo haría cualquier otro ser humano."
"Ya, ya..."
"Concéntrese." Vuelve a exigir y Emma lo intenta con todas sus fuerzas. "Este es su plan, ¿qué sugiere que hagamos a continuación?"
"Voy a salir."
"¿Está segura?"
"Puedes hacerme volver, ¿no?"
"Quién sabe." Responde encogiéndose de hombros con una sonrisa traviesa.
"Me la jugaré. Sé que me echarías de menos."
"Tanto como a una almorrana."
"Intento centrarme, pero ahora me haces pensar en tu culo."
"Fuera, ya." Ordena Regina haciendo desaparecer su sofá sin mediar palabra. Su trasero golpea el suelo, pero aun así no puede dejar de reír. Y más cuando la respiración de Regina parece alterarse por momentos. Sonríe encantada y se prepara para caminar hasta la nívea calavera, aunque duda cuando se encuentra a solo unos centímetros de la barrera mágica que puede sentir frente a ella. "Estará bien, yo me encargo." Asegura Regina, esta vez sin fachadas ni indiferencia, solo una tenue dulzura reconfortante.
"Vale..." suspira Emma para sí, dando el último paso. Una corriente eléctrica recorre su cuerpo y al instante se siente rara, incompleta, torpe. Mira sus manos y trata de convocar algo de magia. No es que sea una maestra en ese campo, aunque al menos sabe cómo canalizar su poder. Pero ahí no hay nada que canalizar.
Se gira y tras ella no hay nada. Ni rastro de Regina y su butaca, ninguna señal que indique que la ciudad está a un par de kilómetros de ella. Nada.
Solo la calavera a sus pies y ella.
Y en su cabeza el silencio más absoluto.
Chapter 19: 18
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Por un momento entra en pánico. Es estúpido hacerlo. Esta todo bajo control. ¿No? Regina hará que regrese, solo las separa un estúpido muro mágico. Es pan comido. Y su mente está en blanco, no escucha nada, ni siquiera un mortecino hilo de pensamiento que no le pertenezca.
¿Y si ha funcionado?
Su estómago se encoge. Pero no es de alivio. De repente se siente sola. Sola y muy confusa. No escucha a Regina, esa es una buena señal. Y sin embargo... ¿lo está echando de menos?
¡¿En serio?!
Quizás haya roto el vínculo, quizás solo sea algo temporal hasta que vuelva a cruzar la frontera. Pero en cualquier caso es un avance. ¿Por qué no puede alegrarse?
Se frota la cara, desquiciada, y el bolsillo trasero de su pantalón vibra.
Un mensaje de Regina. "¿Todo bien?"
"Sí, todo en orden."
"Cualquiera lo diría por su cara..."
Emma se congela en el sitio. Si su estupidez no había alcanzado su punto álgido, acababa de hacerlo en ese mismo instante. Que ella no viera nada no significaba que Regina no estuviera viendo todo. Trata de recomponer su rostro, pero está bastante segura de que el rango de emociones que ha debido de expresar su cara hasta alcanzar algo de normalidad es, cuanto menos, sospechoso. Y más para los ojos expertos de Regina.
¡Joder!
"Todo está bien. Estaba reflexionando. ¿Me escuchas al otro lado?"
"Nada de nada." Responde rápidamente Regina. "¿Y usted?"
"Ni medio pensamiento."
"¿Tampoco ninguno propio? Porque no me extrañaría."
"Ja ja. No te gustaría saber en lo que estoy pensando exactamente ahora mismo."
"Si intenta darme miedo, no funciona. Hay un alto porcentaje de probabilidades de que sólo esté pensando en mi trasero." En cuanto el mensaje de Regina aparece en su pantalla, Emma no puede evitar una carcajada y, si es sincera, ese se convierte en su principal pensamiento. "¿He acertado, verdad?"
"Ya te gustaría saberlo..."
"Lo veo en su cara."
"¿Y qué refleja la tuya?"
Esta vez Regina tarda más en contestar y los puntos suspensivos parpadean en la pantalla hasta que por fin se lee: "Ya le gustaría saberlo..."
Emma vuelve a reír, completamente vendida al maldito juego de la alcaldesa, incluso aunque Regina esté siendo testigo de cada una de sus reacciones. Quiere contestar, pero su cabeza se aturulla antes de dar con una respuesta a la altura, y Regina se le adelanta:
"¿Quiere que le haga volver?"
"Sí... probemos a ver qué pasa." Pide agachándose para recoger la calavera infernal. A sus pies cae un pequeño pergamino enroscado con un cordel y, al desatarlo, la elegante caligrafía de Regina aparece. Un hechizo simple y breve que, con sólo recitar en su mente, hace vibrar el muro frente a ella. Aún no ve nada más allá, pero ahora sí puede sentirlo. Lo atraviesa ansiosa y su realidad vuelve a conformarse ante ella. La carretera, el cartel de Storybrooke, la butaca y Regina sentada cómodamente sobre ella.
"Ey." Musita Emma.
"Ey..." responde Regina sin abrir la boca.
"Ouh..." resopla Emma. Y cada gramo de su ser se concentra en ese Ouh, en no pensar en nada más, en no sentir alivio ni cualquier otra emoción. Solo Ouh.
Y, al otro lado del vínculo, la percepción es muy similar. Un vacío neutral. Tan sospechoso como el de ella misma.
"¿Lo damos por fallido?" pregunta Regina, aún en su butaca.
"Solo queda una prueba más. Espera aquí." Indica la Salvadora comenzando a andar hacia la ciudad. "¿Me escuchas?"
"Alto y claro..."
"¿Y ahora?" pregunta a unos veinte metros.
"Me cuesta." Responde en un susurro.
"¿Y ahora?"
Esta vez, a 30 metros de distancia, no hay respuesta.
Chapter 20: 19
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"¿Su teoría es que el vínculo no se rompe radicalmente, pero sí pierde intensidad tras exponerse al mundo real?"
"Exactamente." Asiente Emma devorando uno de los sándwiches de cangrejo que Regina ha hecho aparecer sobre el mármol de la cripta para el almuerzo. "Cuando nos despedimos anoche pude escucharte refunfuñar casi dos manzanas. Hoy ha sido significativamente menos."
"¿Y qué propone? ¿Qué echemos las horas muertas entrando y saliendo al mundo real?"
"O que encadenes mi magia durante un par de días." Responde Emma encogiéndose de hombros mordiendo el delicioso sandwich y cerrando los ojos para disfrutarlo. Pero los abre cuando Regina permanece en silencio y sin embargo su conexión vibra con incomodidad. "¿Qué he dicho?"
"Nada. Pero esa solución no me convence."
Emma frunce el ceño. "¿Porque se me ha ocurrido a mí?"
"¿Me cree tan orgullosa?"
"Bueno..." intenta bromear, pero su mente es más rápida. "Jamás."
"Gracias." Sonríe con vanidad.
"¿Entonces por qué no?" Insiste Emma.
"Tiene que haber otro camino."
"Puede que lo haya, pero se acaba el tiempo y no damos con él. ¿Por qué no probar este?"
"No me parece buena idea..."
"No podemos permitirnos seguir investigando más de 12 horas al día sin que nos pillen. Y creo que a ninguna nos apetece andar respondiendo preguntas sobre este tema." Dice Emma, cogiendo un segundo sándwich. "Encadena mi magia y comprobémoslo."
"¿Se da cuenta de lo que está proponiendo?" pregunta reclinándose contra el respaldo de su asiento.
Emma confusa, le devuelve la mirada, tratando de entender por qué no parece tan entusiasmada como ella. Hasta que exclama con rapidez: "Yo confío en ti."
"Gracias..." musita con un suspiro. "No se trata de eso."
"¿Entonces?"
"Sigo pensando en Gold." Es cuanto deja caer. Pero Emma permanece en silencio, con medio sándwich en la mano, esperando más. Y Regina acepta la tácita exigencia. "¿Y si es él quien está detrás de esto y no Owen? Estaría dejándote a su merced sin magia."
"Tenemos la tuya."
"¿Espera que yo la proteja?"
"Es lo que haces siempre." Responde con la más convencida de las afirmaciones, mientras termina su sándwich de un bocado. "Si no fuera por ti, ya estaríamos todos bajo tierra."
"Eso es un pelín exagerado."
"El interruptor que destruiría la ciudad, Peter pan estrangulándonos alrededor de un árbol, mi madre y yo atrapadas en el bosque encantado..."
"Pare." Exige contundente, aunque cierto rubor se filtre por su vínculo. "Aunque exista esa posibilidad, no veo por qué deberíamos empezar por ponérselo en bandeja a Gold."
"Es un viejo gruñón sin magia, ¿qué podría hacerme?"
"Emma, jamás le subestime." Pide con una suavidad que contrasta con la preocupación que brilla en sus ojos. Pero es sobre todo por la forma en que usa su nombre, que la Salvadora detiene sus movimientos y su respiración, solo escuchando. "Gold y el poder son uno. Ese maldito duende haría lo que fuera por recuperar su magia. No le importa pasar por encima de Belle o de su propio hijo, ¿qué le hace creer que con usted sería diferente? No tener poder no le hace menos peligroso, al revés. Está desesperado, puedo verlo detrás de esa faceta de ciudadano feliz y dispuesto a ayudar en todo."
"Está bien, confío en ti." Responde sin humor en su voz, sólo sinceridad.
Regina carraspea, apartando su mirada cuando Emma siente que la energía de la sala se enrarece con cierta intimidad. "Gracias."
"¿Entonces nos quedaremos así para siempre?" pregunta Emma cruzando los brazos tras su cabeza y doblando la pierna derecha sobre su otra rodilla. Igual que si estuviera en una hamaca viendo pasar la vida ante una playa imaginaria.
"¿Pretende que me suicide?" cuestiona volviendo a ser la alcaldesa impasible que inevitablemente hace sonreír a Emma.
"Jamás. ¿Qué sería de mí sin esta eterna pelea a muerte?"
"Si realmente estuviéramos peleando, ya habría acabado con usted."
"¿Y cómo exactamente lo habrías hecho...?" pregunta lentamente Emma reclinándose hacia Regina aunque sus sillas estén a un par de metros de distancia.
La alcaldesa respira hondo, eleva una ceja y masculla: "¿Por qué todo lo convierte en algo sucio?"
"Yo no hago nada, es tu imaginación."
"¡Oh, venga, Emma! Puedo escuchar como tu cabeza fantasea con peleas cuerpo a cuerpo que no tienen nada de pelea."
Emma humedece sus labios. Lejos de sentirse turbada por la invasión de su intimidad, deja que las imágenes se vuelvan aún más sugerentes. "Tuteándome y diciendo hasta mi nombre, sí que estamos nerviosas, ¿eh, alcaldesa?"
"Por favor. Se necesita mucho más que una sheriff calenturienta para ponerme nerviosa a mí, Miss Swan."
"¿Ah, sí? ¿Y qué más se necesita?" pregunta poniéndose en pie y sentándose sobre la mesa de mármol, mucho más cerca de Regina.
"Swan..." ladra en su silla, mirándola alzarse sobre ella desde su nueva posición. "No juegue con fuego."
"No es con el fuego con quien quiero jugar." Musita sosteniéndole la mirada, consciente de que con cada segundo que transcurre, esta se vuelve más densa, más cargada de palabras sin decir, de mucho más que un coqueteo tonto. Llena sus pulmones y un pensamiento se cuela en su mente y, por tanto, en su vínculo. "Ni siquiera quiero jugar..."
Regina permanece recta e inamovible. A excepción de su cuello, que se mueve cuando la alcaldesa traga hondo. "¿Qué quiere entonces?"
No lo dice. Solo lo piensa. Como si pronunciarlo rompiera esa barrera entre lo irreal y lo tangible. Pero para Emma resuena con mucha más fuerza escucharla susurrar dentro de su cabeza, que si le ladrara con voz alta tras una fachada.
Por un momento duda. Todo su ímpetu, su seguridad, su divertida trivialidad, ahogada bajo el manto de la realidad, sin lugar para bromas.
"No lo sé..." dice con lentitud. "¿Lo sabes acaso tú?"
"No quiero pelear."
Eso es lo primero que se escapa de la mente de Regina y Emma no quiere dejarlo pasar, así que contesta en voz alta con firmeza: "Yo tampoco.", solo para añadir: "Aunque se nos da bien." Sonríe cuando Regina, frente a ella, se muerde el labio inferior, conteniendo una sonrisa y negando con la cabeza. "¿Qué entonces?" insiste cuando el silencio vuelve a establecerse entre ellas.
"No lo sé..." dice esta vez Regina. "Pero esta ropa es definitivamente más entallada que la que escogí ayer."
"¡Lo sabía!" chilla Emma eufórica poniéndose en pie, mientras Regina vira los ojos. Pero sin dejar de sonreír.
Y la mirada de la Salvadora recala insurrecta en esa sonrisa. Tan luminosa, tan irresistible, tan... tímida de repente.
Emma duda. Duda de si por un momento ha olvidado que existía el vínculo o si le ha dado igual. Duda de si quiere cavar su propia tumba y enterrarse en lo más hondo, o permitir que todo lo que está sucediendo en su cabeza se pasee libremente entre ellas.
Duda. Y las dudas se multiplican. Sobre todo cuando Regina continua en silencio, pero su respiración se acelera y su mirada también se desliza hasta los labios de Emma. Y un tenue, ligero, discreto y casi imperceptible ronroneo vibra en su vínculo.
Acto seguido, Regina se recoloca incómoda en su silla y lucha a vida o muerte por evitar el sonrojo en sus mejillas, pero los ojos de Emma están atentos a cada movimiento, cada gesto.
Y sólo la vibración de su móvil en el bolsillo trasero del pantalón es capaz de sacarla de ese embelesamiento. Aunque le cuesta volver en sí y es la voz de Regina la que tira de su raciocinio una vez más.
"Le están llamando."
"¿Eh?" Musita, mirando su teléfono, medio confusa. "¡Oh!" dice antes de terminar de atar todos los cabos y leer el nombre de su madre en la pantalla. "¡Hola, Snow! ¿Qué? Oh, sí... claro. Adiós." La línea se apaga al otro lado y Emma eleva sus ojos hasta los de Regina. "Mierda."
"Ya lo he oído."
Chapter 21: 20
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Cuando la cocina de Emma se materializa ante ellas, la Salvadora aún tiene el ceño fruncido.
Regina resopla antes de preguntar con aburrimiento: "¿Qué pasa...?"
"Nada." Farfulla rascándose la cabeza. "¿Por qué quiere venir mi madre a verme?"
"Es Snow, Emma."
"¿Vas a añadir algo más o...?"
Otro resoplido. "Su madre es una metomentodo."
"Eso ya te pega más."
Tercer resoplido. "Pero su hija lleva dos días en cama con una gastroenteritis de escándalo. ¿De verdad le parece tan extraño que quiera pasar a ver si sigue viva?"
"Hemos hablado por WhatsApp, sabe que estoy viva."
Esta vez, Regina vira los ojos. "¿Usted se quedaría tranquila si Henry estuviera sólo en casa dos días vomitando hasta la primera papilla?"
"No, supongo que no..."
"Vendrá a traerle un caldito de verduras y a ver qué cara tiene."
"¿Y no sospechará?"
"No sé preocupe, entre las ojeras y la resaca, creo que dará el pego."
"¡Regina!"
Esta vez no vira los ojos, ni resopla, sólo deja salir media sonrisa traviesa.
"Además, no tenemos tiempo para interrupciones..." se lamenta Emma, concentrándose en cualquier cosa menos en esa sonrisa.
"Si queremos que nuestra coartada siga en pie, hay que ser creíbles." Responde encogiéndose de hombros. "No podemos continuar fuera de su radar durante días sin que alguien se pregunte qué está pasando."
"¿A qué te refieres?"
"Hemos conseguido salvar dos días completos investigando, quizás hoy podamos trabajar un poco más hasta que Henry vuelva de clase. Pero después tendremos que buscar nuevas formas."
"No me gusta como suena eso..."
"¿Preferiría que la hiciera vomitar de nuevo y que yo pidiera una sospechosa excedencia en el ayuntamiento hasta nueva orden?"
"Nada de vómitos." Responde apresurada. "Y lo del ayuntamiento despertaría algunas alarmas."
"Si es que no lo ha hecho ya..." suspira reclinándose contra la encimera de Emma y cruzándose de brazos. "Creo que mi secretaria jamás había recibido un mensaje de que me ausentaría y no deseaba que me pasara llamadas."
"No querías que nos interrumpiesen, ¿eh?" cuestiona Emma con curiosidad.
"¿Usted lo lleva todo al mismo terreno o es que es incapaz de pensar en otra cosa?" pregunta elevando una ceja.
"No he dicho nada, la intención la has puesto tú." dice levantando sus manos con inocencia. "Podría referirme a interrupciones que importunaran nuestra investigación."
"Miss Swan, tengo acceso directo a esa calenturienta mente suya. No he puesto intención alguna, usted vive permanentemente en esa intención."
"¿Preferirías que cantara otra vez...?"
"¡No, por dios!" suplica. "No puedo volver a oír Baby Shark sin volverme loca."
"¡No han sido tantas veces!" protesta Emma. La ceja de Regina se eleva aún más, acusadora. "¿Han sido unas cuantas? Puede. Pero lo prefiero a tus incesantes listas."
"¡Eso no es...!" comienza a protestar la alcaldesa, consiguiendo colocar instantáneamente una sonrisa de satisfacción en la boca de Emma. "¿Sabe qué? No haría tantas listas si no estuviera continuamente intentando ligar como una quinceañera."
Emma abre la boca con una exagerada ofensa, e incluso se lleva la mano al pecho en un dramático gesto de agravio. "¿Disculpa? ¿Soy yo la que liga? ¿Y quién eligió un outfit tan...?"
"¿Tan?" La reta Regina, con media sonrisa.
"Tan... ¡ya sabes!" espeta de repente sin saliva en su boca, ni una salida digna para su propia frase.
"No sé, Miss Swan." Responde la alcaldesa, disfrutando de esa repentina falta de réplica por parte de su archi enemiga. "Cuénteme, ¿qué le sucede a mi ropa?" pregunta sin moverse de la encimera, pero sonando igual que una leona acechando a su presa.
"Yo no..." tartamudea una vez más, sintiéndose tan tonta y atrapada que por un momento desearía darse de golpes contra esa encimera en la que se apoya el trasero de Regina.
"¿Otra vez pensando en mi cuerpo?" cuestiona ahora elevando ambas cejas y Emma definitivamente tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para no echar a correr contra la encimera con la cabeza por delante. "Qué drástica, Miss Swan." Sonríe, divirtiéndose con cada nuevo grado de desesperación que alcanza ella. "¿Quién hubiera pensado que la mejor forma de lograr que se callara era simplemente seguirle el juego?" cuestiona y esta vez hay un poquito menos de diversión. No tanto en su voz y en su pose si no más a través de su vínculo. Como un ligero retroceso, casi imperceptible. Pero que Emma puede leer en sus gestos y en el eco que dejan sus palabras a través de su nexo.
Eso le infunde un nuevo y diminuto valor que se va abriendo paso entre las oleadas del maldito sonrojo que intenta dejar atrás. No se lo perdonaría si fuera ella quien echara a perder un instante como ese. Si Regina pudiera llegar a creer que tras su palabrería solo había un entretenimiento vacío de toda intención.
"Nunca me retiro de una pelea. Solo estoy reagrupando a las tropas." Carraspea, rescatando algo de dignidad. Regina da una profunda bocanada de aire al escuchar sus palabras y humedece sus labios, lo que le dificulta continuar hablando y le anima al mismo tiempo: "Tu ropa es perfecta, nada que objetar."
"¿Perfecta para qué?" pregunta con un vibrato aún más peligroso, que le hace contener un gemido. "¿Que pretende hacer exactamente con mi ropa, Miss Swan?"
Esa vez el gemido se materializa. Puede que no en voz alta, pero cada neurona de Emma gime con esa maldita y traidora pregunta. Y por como tensa su espalda Regina, sabe que se ha escuchado alto y claro.
Hay tantas cosas que quiere decir. Tantas. Pero su mente está paralizada en una sola escena. Una donde tiene muy claro qué quiere hacer con la ropa de Regina. Y por un momento hasta agradece parecer una maldita salida y no...
Trata de recobrar la serenidad en medio de un calor que asciende imparable por su columna vertebral y enciende cada gramo de su piel. No imagina como esto se refleja a través de su vínculo, pero puede ver los ojos burlones de Regina brillar de repente con un centelleo hambriento y su respiración volverse más profunda y densa.
"La pregunta no es que quiero hacerle a tu ropa..." murmura entre dientes, en un resuello que hace que su voz tiemble igual que su cuerpo.
"¿Entonces...?" cuestiona una vez más, clavando sus ojos en ella, manteniendo esa pose de calma huracanada que Emma está aprendiendo a venerar aunque la convierta en un muñeco de trapo cachondo e incapaz de devolverle la pelota.
Su cuerpo se inclina ligeramente hacia Regina, retándola aun cuando las separan más de tres metros. Lame sus labios y abre la boca, dispuesta a responder. Sin meditarlo, sin reprimirse, sin control alguno ya. "La pregunta es qué quiero hacer cuando me deshaga de ell..."
El timbre de la puerta principal resuena por toda la casa.
Atronador y abominable. Tanto, que Emma solo puede proferir un agudo. "¡No me jodas...!"
Chapter 22: 21
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Tiene que ser una pesadilla. Una muy real, muy detallada. Pero una pesadilla.
No, no es posible que esté caminando hacia la puerta de su casa sofocada, con el corazón peleando a muerte contra sus costillas, un volcán a punto de explotar entre sus piernas y con Regina en su cocina y su madre al otro lado de la puerta.
No. Claro que no.
Tiene que ser una pesadilla
O tiene que estar en el infierno.
Una de dos.
¡Joder, si hasta le cuesta andar entre el temblor de sus piernas y la humedad que...!
El timbre vuelve a sonar y en su cabeza se cuela la voz de Regina: "¡Abra de una vez, antes de que su madre empiece a sospechar!"
"¿Eso que escucho es frustración?" pregunta con cierta satisfacción.
"Si quiere averiguarlo, despáchela rápido..." gruñe Regina en una amenaza de lo más sugestiva.
"Seré más veloz que una bala." Asegura tragando hondo, antes de alargar la mano hacia el pomo de su puerta. Prepara su mejor sonrisa, trata de respirar hondo y suplica porque su voz no suene tan grave y sospechosa como se teme. "Snow, ¡no te esperaba tan pronto!"
"Hola, cariño." Responde abrazándola por instinto ante de alejarse. "Espera, ya no contagiarás, ¿verdad?"
"No, seguro que no." Dice convencida.
"¿Me habías dicho que podía pasar en un cuarto de hora, no?"
"¿Ya han pasado 15 minutos?" pregunta genuinamente sorprendida, cuestionándose donde se han ido tan rápido esos traidores segundos.
"De todas formas no te entretendré. Tengo que volver al colegio antes de que termine el recreo. Solo quería acercarte un poquito de caldo. Te ayudará a reponer líquidos." Sonríe tendiéndole una bolsa con tres frascos llenos de sopa.
"¿Qué le dije?" se jacta Regina desde la cocina.
"Listilla..." piensa antes de preguntar: "¿Para cuantos días es esto?"
"Puedes congelar una parte. Y seguro que Henry también quiere servirse un poco esta noche. ¿Por qué puede volver a casa, no?"
"Oh, sí, claro..."
"Si aún estás recuperándote puede quedarse con nosotros sin problemas, Emma."
"No, no, estoy bien."
"Ofrézcase a recogerle hoy. No levante sospechas. Ya veremos como organizamos nuestras pesquisas."
"¿Hablas de romper el vínculo o de...?"
"¡EMMA!"
"¿Emma?" pregunta su madre preocupada.
"Sí, perdona, estaba pensando. Creo que me encuentro mucho mejor. Puedo ir hoy a recoger a Henry al colegio y traerle a casa."
"Oh, vale, genial, genial..." balbucea Snow con la mirada de repente algo perdida.
"¿Todo bien, mamá?"
"Sí, sí, no es nada. Es que..."
"¿Qué sucede?"
"Tu padre y yo estábamos un poco preocupados con que estuvieras aún indispuesta y quizás Regina se ofreciera a recogerle."
"¿Perdón?" responde congelándose bajo el marco de la puerta. "¿A qué te refieres?"
"Bueno... es que estos días han pasado cosas que no nos encajan y... tenemos miedo de que haya vuelto a las andadas."
"Eso es una tremenda tontería." Contesta de carrerilla Emma, frunciendo el ceño y agarrando la puerta de su casa como si así las palabras de Snow no pudieran atravesar el descansillo y llegar hasta la persona que espera en su cocina. La misma que puede escuchar cada sílaba que cruza su mente.
"Sé que tienes un corazón enorme y confías muchísimo en su redención, pero Regina es mucho más que la mujer que tú has conocido. Hay una parte de ella que..."
"Snow, para. Ella es de los nuestros. Nos ha salvado tantas veces que no puedo ni contarlas, incluso arriesgando su propia vida."
"Lo sé, pero últimamente hay algo que no cuadra. Hasta Gold lo ha mencionado."
"¿Cómo?" pregunta conteniendo un gruñido con todas sus fuerzas. "¿Qué tiene que decir ese usurero de pacotilla?"
"Emma, sé qué es difícil escucharlo, pero Gold tiene razón. Regina ha estado actuando raro desde que revisamos la habitación de Owen. Ya sabes la historia que les une... Y desde que salió de allí, no se ha vuelto a dejar ver. Ni siquiera ha ido hoy al Ayuntamiento. ¿Cuántas veces ha faltado esa mujer a su puesto?"
El silencio al otro lado del vínculo es abismal. El corazón de Emma se estruja y su incomodidad comienza a convertirse en enfado.
"¿Y eso es todo? ¿Que no ha querido pasar su fin de semana encerrada con vosotros y se ha tomado un día libre?"
"Se llevó varios objetos para estudiarlos."
"¿Y Gold no?"
"Sí, pero él nos ha ido informando de los descubrimientos, y tiene todo en su oficina, dispuesto para que vayamos a ayudarle si lo deseamos." Continua con un paternalismo que solo empeora la situación. "Regina sin embargo debe estar en su cripta o en la mansión... Ni siquiera se ofreció a quedarse con Henry mientras tú estabas convaleciente. ¿Entiendes lo preocupante que es eso? ¿Y si intenta esconder algo que Owen descubrió?"
"Estoy segura de que Regina no haría eso." Espeta sonando cada vez más brusca y sin intención de suavizarlo.
"Adoro la bondad tan pura de tu corazón, Emma. Pero no la conoces como lo hago yo."
"Permite que lo dude." Responde cortante. "Ella es una mujer diferente a la que conocisteis en el Bosque Encantado y si no sois capaces de verlo, el problema es vuestro. Y más si estáis dispuestos a escuchar a una serpiente como Gold antes que darle una oportunidad real a Regina."
Su madre suspira bajando su mirada al suelo. Pero no parece arrepentida, solo apenada por estar discutiendo con su hija. Su pose y su tono de voz dan la sensación de que recula, pero su intención continua presente en sus palabras cuando responde: "Solo te pido que mantengas la guardia alta, ¿vale?"
"Siempre lo hago cuando se trata de Gold." Dice ignorando a propósito la voluntad de su madre. "Gracias por el caldo y nos vemos esta tarde a la salida del colegio."
"Está bien, Emma." Suspira. "Te quiero."
"Y yo..." masculla entre dientes cerrando la puerta tras de sí. Las zancadas con las que recorre el pasillo resuenan por el suelo de su casa con la fuerza de su enfado, pero cuando llega a la cocina, toda su indignación se desdibuja. Una desmedida nube de sentimientos abarrota su mente. Entremezclando los suyos con los de Regina y aturdiéndola.
Busca la mirada de la alcaldesa, pero Regina no parece interesada en devolvérsela. Toda su atención está volcada en la ventana de la cocina y su cuerpo, antes apoyado sugerente y relajado contra la encimera, ahora permanece rígido y tenso dándole la espalda.
"Snow no entiende nad..."
"Déjelo." Ordena en el acto.
"Regina..." murmura aún tratando de navegar en la nebulosa de emociones que está sacudiendo su cabeza.
"No la disculpe. Snow tiene razón."
"¿Qué?"
Chapter 23: 22
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"Snow tiene razón." Repite. "Soy quien soy, ¿acaso nosotras no estábamos sospechando de Gold por la misma razón?"
Emma niega con la cabeza, incómoda. "Él y tú no tenéis nada que ver."
"¿Cómo está tan segura? ¿Cree que por intercambiar un par de comentarios subidos de tono ya me conoce?" pregunta mirando por encima de su hombro con desprecio.
"Regina, no lo reduzcas a eso." Protesta sintiendo como sus propias emociones se comprimen, víctimas de la intensidad de las de la alcaldesa. Una invasión tan apabullante como desoladora, que le hace suplicar que le escuche, que se detenga. Pero Regina, bajo la apariencia de un frío y distante témpano de hielo, es un torbellino de rabia y escepticismo. No queda rastro de la mujer con la que reía minutos atrás y Emma es incapaz de llegar a ella. "Tú eres de los nuestros, Gold sólo trabaja para sí mismo."
Regina bufa con desgana, devolviendo la mirada a la ventana. "Su madre tiene razón, su ingenuidad la ciega."
"Regina..." dice tratando de frenar la cascada imparable que amenaza con desbordarlo todo.
Pero la alcaldesa no escucha ni se detiene: "Al menos Snow ha sido útil por una vez."
"¿A qué te refieres?" pregunta temerosa.
"Ha aparecido a tiempo de detener la mayor estupidez que podíamos cometer. Junto con haber recogido esa maldita calavera."
"No te arrepientes." Asevera Emma dando un paso hacia ella. "De ninguna de las dos."
La mirada gélida y letal de Regina le hace dudar hasta de su propio nombre. "¿Ve? No me conoce en absoluto."
"Regina..."
"Dejemos las cosas claras. Estos días han sido un cúmulo de errores que no se repetirán. Volveremos a nuestras vidas y yo trabajaré en la maldición hasta que la rompa. ¿Entendido?"
"Esto también me incumbe." Protesta en una súplica, intentando atreverse a dar otro paso hacía ella. Pero Regina, sin hechizo alguno, es capaz de pegar sus pies al suelo como si se tratase de cemento. Basta con que los ojos café la fulminen en cuanto el pensamiento cruza su cabeza para que Emma se detenga sin haber siquiera empezado. "Quiero ayudar..."
"Estupendo. Pues intente buscar la solución por su cuenta también."
"¡Sin ti no sé ni por dónde empezar!"
"Lástima." Farfulla mirando por la ventana con total indiferencia, recogiendo su bolso antes de dirigirle una rápida mirada solo para farfullar: "Recoja a Henry. Le contactaré si hay novedades."
Y cuando Emma trata de responder, sólo queda una nube morada que se disuelve frente a ella.
"¡Joder!"
Chapter 24: 23
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"Mamá, ¿todo bien?"
Emma pestañea un par de veces, antes de responder. "Sí, claro, ¿por qué lo dices?"
"Llevas todo el camino muy callada y tienes ese gesto de concentración que pones cuando intentas ayudarme con los deberes."
"Ja ja." Responde entrecerrando los ojos y sonriendo con pose ofendida. "Ya vendrás a pedir ayudar con tus ecuaciones, ya..."
Su hijo se ríe ante el desafío, pero como se temía, no lo deja pasar. "¿Seguro que estás bien? ¿Aún te dura el virus?"
"Estoy bien. Sana y renovada." Insiste sonriéndole con toda la despreocupación de la que es capaz.
"¿Entonces te preocupa algo?"
"¿Una no puede estar un poco más callada y misteriosa de lo habitual sin que sospechen de ella?" pregunta con media sonrisa, una ceja elevada y los brazos cruzados en una pose tan forzada que Henry vuelve a reír.
"Supongo que sí." Responde este con alivio, dejándolo pasar, mientras el nudo de culpabilidad que ata el estómago de Emma se retuerce aún más. Claro que está preocupada. Por supuesto que nada está bien. Ella misma no lo está. ¿Pero quién lo iba a entender? ¿Cómo podría siquiera empezar a explicárselo?
Henry, tu madre y yo compartimos una sola mente si estamos cerca. Henry, llevo dos días enteros conviviendo con ella para buscar una solución. Henry, no hemos logrado solucionar nada, pero hemos estado coqueteando igual que dos babuinos en celo. Henry, creemos que tu otro abuelo es una serpiente traidora que me quería hechizar aunque desconozcamos por qué. Henry, canto baby shark para ocultar mis pensamientos y tu madre piensa que es cuando le miro el culo, pero no. O no solamente. También es cuando agarra mi mano y tiemblo como una hojita, sonríe de felicidad y me estruja el corazón o se peina los mechones rebeldes que se escapan mientras lee muy concentrada. Henry, tu abuela nos interrumpió, despertó los demonios de tu madre y todo se fue a la mierda. Henry, estoy echa un manojo de dudas, y pena y frustración, y no sé qué hacer, pero todo lo que deseo es caminar hasta la mansión de tu madre y echar la puerta abajo si no me abre.
Sí, claramente no es el tipo de pensamientos que puede compartir con Henry. Ni siquiera se le ocurre como matizarlos. Solo puede fingir que no sucede nada, aunque nada deje de suceder, y mentirle. Mentirle a la cara. Sin pudor...
Y, por si no fuera suficiente para sentirse como una mierda, encima está ignorando a su hijo mientras él relata apasionado todos los detalles de su fin de semana con los abuelos. O quizás sobre su día en el colegio. Es incapaz de concentrarse y escuchar todo lo que Henry le está contando, porque su cabeza vive anclada en su cocina. En el momento exacto en que discutió con Regina y todo se fue a la mierda.
Se estremece con el recuerdo de los pensamientos de la alcaldesa ahogándola sin compasión, pero aún es peor cuando revive el vacío que sintió al desvanecerse Regina de su casa. Como al desaparecer todo el peso del dolor, la furia, el recelo, la indolencia, se encontró a sí misma sumergida en una súbita soledad. Sus propios pensamientos sedados ante lo que acababa de experimentar, su pecho partido en dos por una pena que sabía que no le pertenecía solo a ella.
Racionalmente, podía hacerse una diminuta una idea de todo por lo que Regina había sufrido. Años y décadas de dolor, traiciones y derrotas, de maldad y redención, de desesperación y luchas infinitas. Pero jamás hubiera podido imaginar como esa realidad se trasladaba a sus emociones, la intensidad con la que se escondían en su interior, la presión con la que la aplastaban y al mismo tiempo la fuerza que requería luchar contra ellas para mantenerse en pie.
Sí, podía imaginárselo remotamente.
Pero ahora lo sabía de primera mano.
Y la admiraba por ello.
Pero esa realidad solo alimenta aún más su desesperación y sus ganas de verla.
"Vuelves a tener ese gesto." Señala Henry, trasladándola de golpe a la realidad.
"¿Qué? No, no, solo estaba pensando en lo que decías."
"¿Te preocupa que haya sacado dos libros de la biblioteca y haya almorzado un sándwich?"
"No, listillo." Contesta revolviéndole el pelo. "No me preocupa, sólo estaba concentrada."
"¿Seguro?"
"Claro que sí." Insiste sonriéndole con todo su cariño y con una buena dosis de culpabilidad. "¿De qué tratan los libros?"
"Oh, ¡pues uno es de dinosaurios! Tiene ilustraciones de su anatomía y detalles de dónde vivían y el otro..."
Emma se concentra en la voz de su hijo. No puede permitir que su cabeza viaje de nuevo hasta Regina, esos días juntas, el vínculo... Y se encuentra a sí misma cantando Baby Shark cada vez que su mente intenta tirar de ella hacía ese complicado lugar, ayudándola a regresar con Henry y la conversación que mantienen.
Pero esta vez las estrofas de la cantinela suenan mucho más tristes y apagadas...
Chapter 25: 24
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Ha perdido la cuenta de cuantas veces ha tenido que cantar Baby Shark. Unas cuantas en el camino de vuelta a casa. Otras más durante la cena. E incluso mientras veía una película con Henry antes de irse a dormir.
Normalmente la televisión estaba prohibida en los días de diario. En circunstancias normales, estaría aterrada pensando en que Regina se enterase de ese flagrante incumplimiento de las normas. Pero había sido una medida de emergencia. Henry se había puesto tan contento con su ofrecimiento que ni lo había cuestionado, y Emma había obtenido a cambio dos horas de desconexión, canciones y silencio. Centrada solo en mirar la historia de Mirabel y Los Madrigal. Y, si en algún momento su mente se fugaba a Regina, Henry estaba demasiado entretenido como para fijarse en su gesto de preocupación o en su mutismo.
No se sentía del todo orgullosa, pero no se arrepentía.
Además, Henry se había quedado dormido antes de terminar la película y había podido llevarlo en brazos a su cuarto sin más distracciones.
Pero ahora volvía a estar ella sola en su salón. Con su cabeza funcionando a todo gas y sin darle un respiro.
Se preguntaba dónde estaría Regina, qué estaría haciendo y, sobre todas las cosas, qué estaría pensando. Si pudiera verla tan sólo unos segundos, lo averiguaría con exactitud en un instante. Pero estaba bastante segura de que la alcaldesa jamás se lo permitiría.
Emma llevaba días histérica por culpa de su vínculo, por cómo podía destapar sus mayores secretos en cualquier momento. Y ahora estaba histérica pensando en cómo volver a disponer de él. Ridículo...
Además, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Estarse quieta en casa como una inútil y dejar que Regina se encargara de todo? Si era sincera, Regina siempre se había encargado de todo. Le dijo qué libros leer, qué hechizos iban a probar, por dónde debían investigar, pero al menos ella aportaba su mejor esfuerzo y acataba las ordenes encantada. Ahora no quedaba nada de eso. Regina estaría metida en quién demonios sabía qué y ella estaba en su sofá sentada, mientras los títulos de crédito pasaban ante sus ojos en la televisión.
Sus manos tamborilean sobre sus piernas y sus pies van al ritmo sobre el suelo.
No puede más.
Coge el móvil, lo suelta y lo vuelve a coger.
Teclea muy rápido, antes de que se imponga su raciocinio, y le da a enviar.
"Ey, ¿estás despierta?"
Los minutos pasan y no hay respuesta, pero Regina está en línea y sus mensajes aparecen como vistos.
"Regina, sé que me has leído. ¿Podemos hablar?"
Esta vez aparecen los puntos suspensivos y, unos segundos después, su respuesta. "Aún no hay novedades. Le dije que contactaría con usted cuando supiera algo."
"No es eso de lo que quiero hablar..." comienza a escribir. Pero lo borra antes de enviarlo. Ha conseguido que le responda y no quiere que vuelva a desaparecer. "Quiero ayudar. Por favor, no me dejes fuera, ¿qué puedo hacer?"
Es un mensaje ambiguo, es plenamente consciente. Pero quiere intentar tender ese puente y dejar que sea ella quien marque el ritmo. Aunque teme que no recoja el guante, como efectivamente ocurre momentos después.
"Averigüe cómo se hizo Owen con esa calavera."
"¿Cómo?"
"Los diarios reales. Todos suyos." Cinco palabras que no tienen sentido alguno hasta que unos pesados volúmenes se materializan junto a ella.
"¡Ah!"
"¿Los tiene?"
"Recibidos."
"Bien. Buenas noches."
"¿Hay algo más que pueda hacer?" escribe sin querer darse por vencida. Pero los puntos suspensivos no regresan a la conversación y Regina ya no está en línea. "Buenas noches, Regina. Si necesitas cualquier cosa, escríbeme, por favor."
Al otro lado, sólo silencio.
Chapter 26: 25
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"¿Ayer película y hoy desayuno en la cafetería?" chilla Henry de alegría medio dormido y con el pijama aún puesto.
"Solo si te preparas en diez minutos." Contesta Emma.
"¡Puedo!" exclama corriendo por el pasillo de vuelta a su cuarto.
"¡No te olvides de la mochila!"
"¡Hecho!" se escucha amortiguado desde su cuarto junto al ruido de objetos cayendo al suelo. Emma recoge las llaves de su coche, su móvil y su bolso y se apoya en la pared del recibidor a ver los minutos pasar.
Ha dormido unas cinco horas, pero en su cabeza aún se repiten los tediosos y sanguinarios registros del reino de Cora. Es un compendio de cuentas y balances, registros de visitas y emisarios, y ejecuciones. Muchas ejecuciones. Emma se sorprende de la población que debía conformar ese reino, si después de tantas muertes aun le quedaban ciudadanos.
Esa mujer mataba por todo. Cualquier detalle era una afrenta. Una cosecha poco exitosa, un cuadro que le disgustara, una supuesta revolución orquestada en una posada por unos grupo de amigos que se emborrachó de más, o incluso una sirvienta que no limpiara bien sus vestidos.
Después del segundo tomo, comenzó a ignorar los juicios y ejecuciones para evitar una noche plagada de pesadillas y se centró en intercambios comerciales y los registros de las visitas a la corte. Hojas y hojas de información y toda ella inútil. Nada a primera vista conectaba a Cora con la organización para la que trabajaba Owen. Ningún visitante parecía provenir de tierras sin magia, ni se dejó constancia de robo alguno, ni siquiera de intercambios o comportamientos sospechosos.
Cuando la frustración comenzó a dominarla, dudó sobre cuál era el verdadero problema: ¿no haber encontrado nada sobre lo que seguir investigando o no tener ninguna excusa de peso para poder escribir a Regina? Para cuando se rindió, cerca de las 2 de la mañana, volvió a mirar su móvil, aun siendo consciente de lo que encontraría. Con un solo vistazo confirmó lo que se esperaba, sin noticias de Regina. Por supuesto.
Y al despertar, más de lo mismo.
En realidad, se lo esperaba. Pero eso no hacía que doliese menos.
Puso un pie fuera de la cama y comenzó a planear su siguiente movimiento. La primera opción era fácil: usar la excusa de devolverle los diarios. Se ganaría como mínimo una mirada furibunda, pero no pensaba dejar pasar la oportunidad de acercárselos, aunque Regina pudiera recuperarlos con un chasquido.
Pero necesitaba un plan b para no apostarlo todo a un solo tiro. Y ahí entraba Henry. El mismo que corre eufórico hacía ella mientras se va abrochando el pantalón con la mochila bamboleante colgando del hombro.
"¿Puedo pedir chocolate con churros?"
"Que sean dos." Sonríe abriendo la puerta de la calle.
"¡Bien!"
.
Son apenas las ocho y diez de la mañana, pero las calle de la ciudad ya rebosan de vida. Mientras recorren las 20 manzanas que les separan de la cafetería de la abuela, Emma ya ha reconocido a más de una docena de amigos y conocidos.
Pero no a la que le interesa. Gira en una de las últimas manzanas, a punto de perder la esperanza, cuando la ve. Regina Mills, uniformada con su traje de alcaldesa y sus botines negros camina a unas calles de ellos y Emma contiene las ganas de pisar el acelerador.
"Chico, mira quién está ahí." Dice con la más casual de las entonaciones.
"¡Mamá!" exclama Henry.
"¿Me acerco?" pregunta mirándole por el retrovisor.
"Sí, por favor." Pide mientras baja su ventanilla. Emma lanza un grito victorioso para sus adentros y gira pegándose a la acera, descendiendo la velocidad mientras se acercan a ella.
"Buenos días..." murmura para sí. Antes de que la voz de Henry se oiga por toda la calle, observa como Regina se tensa igual que un arco y detiene sus pasos. Pero la alcaldesa no se gira, al menos hasta que escucha a su hijo.
"¡Mamá, estamos aquí!"
"No ha sido capaz..." gruñe con un vibrato amenazador.
"Ha sido casualidad."
"Ya." Ladra con un tono cada vez más peligroso. Sin embargo, cuando se gira hacia el coche, está sonriendo, aunque su mirada ignore deliberadamente a la conductora. "Buenos días, cariño."
"¡Vamos donde la abuelita a desayunar churros!" pregona Henry sacando medio cuerpo por la ventanilla.
"Qué forma tan saludable de comenzar el día..." farfulla Regina, aún desentendiéndose de la presencia de Emma.
Pero la Salvadora no se acobarda, creciéndose ante la presencia de la alcaldesa y la maravillosa sensación de volver a discernir su vínculo. Baja su ventanilla y se inclina hacia el asiento del copiloto para hablar con ella. "¿Nos acompañas?"
"¡Sí!" celebra Henry.
"No se atreverá..."
"Ponme a prueba."
"Lamentablemente, llego tarde a mis compromisos en el Ayuntamiento."
"Será un desayuno muy rápido." Insiste Henry.
"Y luego puedo acercarte a tu despacho." Añade Emma con una sonrisa angelical.
"Ni en sus mejores sueños..." ladra, conteniéndose para poder seguir sonriendo a Henry. "Es muy tarde, cariño."
"Hace días que no te veo." Responde Henry, convirtiéndose sin saberlo en el mejor aliado que Emma pudo soñar.
"¿No le da vergüenza usar así a su hijo?"
"¿Quién iba a saber que esto ocurriría?" pregunta intuyendo como los nervios de Regina pelean por no virar los ojos o quemarle el trasero.
"Hay tiempo para todo, puedo abrasarla en otra ocasión."
"Cuando quieras. Soy toda tuya."
"Váyase a la mier..."
"¿Mamá, por favor?" implora Henry con las manos entrelazadas.
"Está bien..." suspira agotada.
"Sube." Sonríe Emma victoriosa.
"Déjelo, nos vemos en la cafetería. Está solo a una calle."
"Pero..."
"Hasta ahora, Henry." Zanja Regina dedicándole una dulce sonrisa a su hijo y cruzando por delante del coche, reconduciendo sus pasos hacia la cafetería.
"Qué bien, ¿verdad?" celebra Henry.
"Y tanto que sí, chico." Responde devolviéndole la sonrisa, aunque una parte de ella tema las consecuencias. Sin embargo, otra está dando saltos de la alegría como una niña pequeña. "Y tanto que sí."
Chapter 27: 26
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Ya antes de entrar a la cafetería, Henry y Emma distinguen la silueta de Regina en su mesa habitual. Y la salvadora, tratando de hacer una valoración del posible desastre natural que ha despertado, habla a través de su vínculo en cuanto se bajan del coche.
"¿Tan horrible es desayunar con nosotros...?"
Pero no hay respuesta.
Caminan hasta que sólo les separan diez metros de la puerta del local e insiste. "¿Regina?"
Esta vez sí hay respuesta. Nadie le dirige la palabra, pero observa cómo la espalda de la alcaldesa se tensa igual que cuando interrumpieron su paseo. Da un paso, dubitativa, preguntándose si es posible que no haya escuchado su primera pregunta, pero Henry es un torbellino de energía que la arrastra hacia el interior de la cafetería sin que tenga tiempo de detenerse a pensar.
"¡Ya hemos llegado, mamá! Hola, Ruby, hola Granny, ¡queremos churros!"
"¡Marchando!" sonríe Ruby guiñándoles un ojo.
"Y dos chocolates." Añade Emma, mientras llegan hasta la mesa en la que Regina les espera. "¿Quieres algo?"
"Ya he pedido, gracias." Masculla sin mirarla, antes de abrir sus brazos a Henry. Su hijo corre a abrazarla y dejarle un sonoro beso en la mejilla antes de sentarse a su lado. "¿Qué tal has pasado el fin de semana?"
"¡Súper bien! Los abuelos pidieron pizza y me llevaron de picnic al bosque." Exclama Henry acomodándose en el banco, observando como Emma toma asiento frente a ellos. "¿Y tú?"
"Eso, ¿y tú?"
"No haga esto más incómodo de lo que ya es, Miss Swan." Exige, con una inquietante disparidad entre el gesto dulce que le dirige a Henry y el ladrido que mentalmente profiere. "Estuve trabajando en algunos descubrimientos que hicimos entre las cosas de Owen."
"¿Algo interesante?"
Niega con la cabeza. "Nada importante, sólo cacharros mágicos inútiles."
"Sí, claramente esa calavera fue una nimiedad..."
"¡Pare!" exige mirándola por primera vez, mientras Ruby deja los desayunos sobre la mesa. La bandeja de churros se despliega ante ellos y Emma hace un discreto gesto de cerrar su boca con candado. En respuesta, recibe ese sulfurado giro de ojos que tanto ha echado de menos. "ESO.NO.ES.PARAR."
"¿Y has tardado tres días en investigar esos cacharros inútiles?" cuestiona Henry llevándose a la boca medio churro untado en chocolate.
Emma no dice nada, pero sonríe y eleva una ceja, que Regina ignora magistralmente.
"Quería asegurarme de que no hubiera peligro. Esos asuntos mágicos requieren de tiempo y paciencia."
"Entiendo..." asiente Henry convencido, devorando el siguiente churro. Emma recoge uno de los más grasientos, reparando en que Regina sólo tiene ante ella un mísero café.
"¿No tienes hambre?" pregunta inocente.
"He desayunado en casa." Responde sin mirarla, girándose hacia su hijo. "¿Quieres que este fin de semana hagamos algún plan los dos?"
"¡Claro! ¿No tienes que trabajar?"
"Nada tan urgente como para no pasar unos días contigo."
"¿Seguro...?"
"Seguro."
"Ni siquiera..."
"Este fin de semana todo estará solucionado."
"¿Cómo...?"
"¡Genial! Pues podemos ir al cine. ¡O a los recreativos!"
"Suena maravilloso..." bromea Regina con una sonrisa dulce y traviesa. La misma que se congela en su rostro cuando Emma vuelve a pensar:
"¿Este fin de semana lo habrás resuelto? ¿Hablas del vínculo?"
"¿Puede dejarme en paz mientras intento hablar con Henry?"
"Pero..."
"Pues tenemos un plan." Zanja satisfecho el preadolescente encaminándose a por su cuarto churro.
"Tenemos un plan." Confirma Regina dando un sorbo a su café y apartando la taza. "Ahora, si me disculpáis, he de ir al Ayuntamiento."
"¿No quieres que te acerque?"
"No, gracias." Responde poniéndose en pie, cuando Henry se aparta para dejarla salir.
"Puedo dejarte antes de ir a la comisaría."
"Prefiero caminar un rato." Dice con una sonrisa tan educada como glacial. "No vuelva a insistir. Se lo advierto."
Emma traga hondo y se encoge en su asiento, mientras Regina deja un beso en la cabeza de Henry.
"Hasta luego, mamá."
"Adiós, cariño." Sonríe antes de lanzar un genérico, Tengan un buen día, con el que tanto Ruby como Granny se dan por enteradas y que a Emma le cae como un jarro de agua fría.
"Tú también, Regina..." musita para sus adentros mientras la puerta de la cafetería se cierra tras ella.
Chapter 28: 27
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Tamborilea sus dedos sobre la mesa de su escritorio sin ritmo alguno. Solo un constante repiqueteo que va al son de sus pensamientos, tan convulsos como inconsistentes. Tiene informes que rellenar y requerimientos que leer, pero no logra concentrarse. Todo estará resuelto...
¿A qué diablos se refiere?
No han dado con la solución en días ¿y ahora de repente lo ha descifrado?
La pantalla de su ordenador muestra desde hace más de una hora su escritorio. No ha abierto ningún documento ni ha ojeado su email. Solo usa su monitor como punto fijo al que mirar mientras su cabeza da vueltas a los mismos temas sin descanso.
Necesita hablar con Regina. Y necesita hacerlo cuanto antes.
Los diarios de la corte de Cora están en su maletero, listos para ser devueltos, quemándole como brasas ardiendo. Esperando su momento para ser usados como excusa. Pero no se decide a conducir hasta el Ayuntamiento.
Está segura de que Regina la recibirá, aunque una vez dentro la desuelle sin compasión como a un animal. Pero nunca haría nada que levantara sospechas y que la sheriff de la ciudad visite la alcaldía entra dentro de los deberes habituales de los cuerpos de seguridad.
Esa parte del plan está clara.
El problema viene después.
Porque... ¿De qué quiere hablar exactamente con ella?
Ahí es cuando su cabeza comienza a aturullarse sin compasión.
Necesita decirle que no piensa como sus padres, que ellos no ven más allá de su pasado compartido y son incapaces de apreciar la persona en la que se ha convertido. Quiere pedirle disculpas por lo que dijo Snow, aunque Regina no tenga ningún interés en recibirlas y ella vaya a quedar como una idiota.
Si estuviera segura de que serviría para recuperar esa versión que Regina le mostró durante esos días juntas, iría al ayuntamiento corriendo y cargando con los libros en sus brazos. Pero sabe que esa maldita conversación sólo fue el detonante, la chispa que prendió el fino manto bajo el que escondían todos los problemas que ahora parecen devorarlas.
No importa cuánto lo desee, esas conversaciones con Regina, ese oasis de confidencias, complicidad y risas no era algo que se pudiera sostener en el tiempo. No sin abordar todo lo que ambas arrastran. Y, sin embargo, no sabe por dónde empezar.
Tiene miedo. Tanto miedo...
Miedo de perder el mismo vínculo que durante días han intentado aniquilar. Como si, de alguna retorcida forma, borrarlo pudiera provocar que todo lo compartido se esfumase como un sueño que jamás sucedió. Siente que para Regina eliminarlo significa poder esconderse tras sus muros y que Emma no vuelva jamás a atravesarlos. Y sabe que es ridículo pensar así, pero no puede evitarlo.
Es un hecho que ese hechizo debe terminar. No puede vivir por siempre entrometiéndose en la cabeza de Regina y la alcaldesa en la suya. Pero hay algo diferente en trabajar juntas para conseguirlo y permitir a Regina deshacerse de él. Como si así la alcaldesa renegara de todo lo que esa conexión innegablemente había sacado a la luz.
Aún le domina el pánico cuando asume lo expuesta que está a ella. Aún teme que Regina entienda todo lo que se esconde detrás de sus miradas indiscretas, sus comentarios subidos de tono y sobre todo su mal entonado Baby Shark. Pero de repente es más terrorífico imaginar una vida en la que la distancia entre ellas se imponga como un puente roto imposible de atravesar. Todos esos años ha aprendido a disfrutar de cada nuevo aspecto que descubría de Regina, sumergiéndose lentamente en su perdición. Pero esos dos días, ese paréntesis fuera del mundo y de todo lo que las rodea, ha terminado por destruirla del todo.
Entiende por qué le resultaba tan sencillo coquetear descaradamente con ella. Mantenerlo todo en ese plano, un juego delicioso y tentador, que no exigía exponerse, era la forma más sencilla de darle a su corazón lo que anhelaba sin arriesgar a cambio casi nada. Y claro que lo ha disfrutado, claro que tiembla sólo con recordar su mirada desde la encimera de la cocina y la forma en que su voz vibraba al preguntar por su ropa.
Pero no dejaba de ser una diversión tonta, nada serio. Y en cuanto surgió la primera complicación, Regina lo desechó como tal. Un juego de niños que no merecía las consecuencias. Y Emma no podía culparla porque eso es a lo que ella misma había reducido todo, ¿no?
Una farsa divertida, excitante y sin complicaciones con la que esconder su mayor secreto. Ese mismo que preferiría gritar a los cuatro vientos, antes que permitir que regresen a esa anodina existencia en la que son dos conocidas que comparten la custodia de Henry.
Si tiene que elegir, lo tiene claro. Pero aun así su estómago se encoge ante esa perspectiva.
Y quizás por eso aún no ha conducido hasta el Ayuntamiento.
Porque no sabe qué decirle, por dónde empezar, cómo solucionarlo todo, si es que es siquiera una posibilidad.
Resopla y entierra su cabeza entre sus manos, superada y desquiciada.
"¿No te funciona el ordenador?" pregunta David extrañado, desde su escritorio.
Emma asoma su rostro, sus agotadas neuronas buscando una explicación plausible a su errático comportamiento. "Está actualizándose..."
"Oh, sí, eso siempre es un fastidio." Asiente David comprensivo.
"Creo que voy a ir a hacer una ronda mientras esto termina de reiniciarse."
"Claro. ¿Quieres llevarte el coche patrulla?"
"No te preocupes, prefiero ir en el escarabajo." Responde rápidamente, sabiendo que si su padre la sorprende sacando los libros de Cora de su maletero y trasladároslos, iba a ser difícil inventarse algo creíble.
"Como prefieras." Sonríe desde su silla.
"Nos vemos en un rato."
"¿Quieres que vaya vigilando cómo avanza la actualización?"
"¡No, no!" exclama apurada. "No te preocupes, todo está bien. Serán unos minutos. No hace falta."
"Está bien, suerte con la ronda."
"Gracias." Musita recogiendo su chaqueta y las llaves. "La voy a necesitar..."
Chapter 29: 28
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El Ayuntamiento jamás le ha parecido tan imponente. Ni siquiera cuando Regina y ella peleaban con uñas y dientes. Lo observa desde el cristal de su coche como si se tratara de un castillo con murallas y fosos y arqueros en cada torre y ella un soldado enemigo que acude sin armadura, casco ni zapatos.
Lleva casi diez minutos tratando de reunir el coraje suficiente para bajar del coche.
Y aún no ha ocurrido.
Suspira y observa las escalera de la entrada repitiéndose a si misma "¡adelante!". Pero no parece que nada en su interior escuche la orden, porque continúa sentada al volante y con el cinturón puesto.
Ese es el primer paso que se atreve a dar. Desabrocharse con un rápido clack antes de abrir la puerta de su coche. ¿Regina habrá visto su discreto escarabajo amarillo desde la ventana de su despacho? ¿Estará arriba esperándola con la bola de fuego lista para achicharrarla tal y como había propuesto esa mañana?
Sacude su cabeza tratando de echar a sus demonios, sale del coche y camina hasta el maletero. Allí descansan dos enormes bolsas de tela cargadas hasta rebosar con los libros y Emma se echa una a cada hombro, gimiendo ante el peso desmedido de ambas.
Una duda se cierne sobre ella.
¿Si Regina no la ha visto aún... estará escuchándola?
Menos de 20 metros la separan de la fachada. Eso es media manzana. Por muy alto que esté el despacho de Regina, las distancias no engañan. Su vínculo ya debería estar vibrando entre ellas y, sin embargo, no advierte nada. En su cabeza sólo está ella.
Da un paso, insegura. ¿Es posible que Regina no haya ido a trabajar?
Traga hondo, caminando un poco más rápido. ¿O habrá sido capaz de romper ya el vínculo? No, eso es imposible. Un día atrás estaba a años luz de resolverlo. No podía haber avanzado tanto en unas horas... ¿verdad?
A pesar del peso, sus pasos se aceleran, presurosos y torpes y, a un par de metros de la entrada, una voz zumba en sus oídos con la vibración de un motor y la amenaza de un cuchillo afilado.
"No habrá sido capaz..."
"Hola a ti también." Saluda abriendo la puerta del edificio consistorial.
"¿Qué demonios hace aquí?"
"Tengo novedades." Responde intentando que su voz interna no refleje su alivio y entusiasmo por volver a escucharla. "Me dijiste que te contactara si había nueva información."
"Dije que YO le contactaría si había novedades."
"Es lo mismo." Contesta con descaro. "Subo."
"¡No se le ocurra, Miss Swan!"
"¿No crees que empezarían a hacer preguntas si me ven entrar y salir del Ayuntamiento de golpe?"
"Podemos decir que no está usted en sus cabales. Nadie lo pondría en duda. Váyase ahora mismo, se lo advierto."
"Buenos días." Saluda a las dos mujeres que permanecen tras la recepción, antes de caminar hasta el ascensor. "Regina, seamos profesionales."
"Usted desconoce por completo el significado de esa palabra."
"Entonces con más razón necesito tu asesoramiento." Concluye pulsando el botón del cuarto piso. "¿Avisas tú a tu secretaria o le informo yo?"
"¡¿Qué parte no entiende de que me deje en paz?!"
"Le aviso yo, entonces." Dice mientras comienza a ascender lentamente y coloca las bolsas en el suelo para desentumecer su espalda.
Regina deja de hablarle. Al menos directamente. Puede advertir cómo gruñe para sus adentros y medita sobre qué gruñirle a través del interfono a su secretaria. Cuando sale del ascensor, la mujer la está mirando con lástima y sólo murmura.
"Buenos días, sheriff. La alcaldesa la espera en su despacho."
"Muchas gracias, Loreta. No le pase ninguna llamada si es posible."
"¡No le diga a mi secretaria lo que tiene que hacer!"
"De acuerdo." Responde Loreta siguiéndola con la mirada y ese claro gesto de alarma. Emma le sonríe, tratando de calmarla y calmarse, pero a pesar de toda su impertinencia, las piernas le tiemblan con cada paso. Y no es debido al peso de las bolsas.
Abre la puerta del despacho a duras penas y la cierra tras de sí antes de atreverse a mirar a Regina. Como esperaba, la alcaldesa permanece parapetada tras la mesa de su escritorio y una mirada asesina.
"¡¿QUÉ HACE AQUÍ?!"
Emma está segura de que no ha proferido el grito porque, de haberlo hecho, estarían llamando a seguridad incluso los del primer piso.
"He terminado de revisar los diarios de la corte de Cora y quería devolvértelos." Responde dejando las bolsas para poder encogerse de hombros con media sonrisita.
"¿Y pretende que me lo crea?"
"Creía que querrías tenerlos cuanto antes y saber qué he averiguado."
"¿Acaso ha encontrado algo útil?"
"No realmente..."
"¿Entonces por qué diablos me interesaría recuperarlos con tanta urgencia...?" Gruñe agarrándose el puente de la nariz. "¿Y no le parece que despertará sospechas aparecer aquí cargada con esos libros?"
"Bueno... puedo decir que son libros de cuentas."
"Sí, claro, de las últimas veinte legislaturas..." ladra respirando con fuerza. "Ha dicho que tenía novedades que compartir. Suéltelas y lárguese."
"¿A qué viene tanta prisa?" pregunta con una deliberada y provocativa calma, mientras toma asiento frente a la enorme mesa de nogal.
"Miss Swan..." bufa acribillándola con la mirada.
"Esto es lo que he encontrado." Comienza a decir, intentando reconducir el instinto asesino que Regina no se molesta en ocultar a través de su vínculo. "Nadie relacionado con la asociación de Owen o incluso nuestro mundo visitó el reino de tu madre. Al menos con carácter oficial. No hay ninguna visita sospechosa ni ninguna nota al margen sobre posibles robos o incidentes similares. Está claro que nadie se atrevía a jugársela a tu madre..."
"Lógico." Espeta con desgana girando su silla y dejando de enfrentarla directamente, antes de gruñir: "A veces envidio no poder provocar el respeto que infundía ella."
"Yo te respeto."
"Pánico. Quería decir infundir pánico." Responde con una sonrisa impasible. "Ya ha explicado sus novedades..." dice entrecomillando la última palabra. "Ahora lárguese."
"No. Te toca."
No caigas en su juego, no caigas en su juego... Se repite mentalmente Regina antes de mascullar en contra de todos sus impulsos: "¿Me toca?"
"Sí. Contar tus novedades."
"Miss Swan..." brama entre dientes.
"Dijiste que este fin de semana estaría todo solucionado."
"Yo no he dicho nada de eso. Su entrometida cabeza lo escuchó."
"Es lo mismo." Responde Emma sin darle tregua. "¿A qué te referías?"
"A nada." Espeta antes de empezar a murmurar para sus adentros: "Llamar a los servicios de aguas residuales, preguntar por la reparación del bache de la carretera, corregir los presupuestos de..."
"¡Ya estás haciendo listas!" exclama Emma.
"En qué momento le dije nada..."
"Regina, puede que ahora mismo no quieras verme la cara, pero esto nos incumbe a las dos. Tengo derecho a saber qué sucede." Insiste apoyándose sobre la mesa, advirtiendo como Regina automáticamente amplia la distancia entre ambas, reclinándose en su silla. "Me lo debes."
"No le debo nada. Y le digo que aún no es definitivo. Lo sabrá cuando lo haya resuelto."
"¿Si no es definitivo por qué nuestro vinculo está menguando?" espeta poniendo las cartas sobre la mesa.
El gesto impertérrito de Regina no se mueve un ápice, pero si sus pensamientos: "¿Cómo...?"
"¿Creías que no lo advertiría? Esta mañana no me escuchaste hasta que estuve a una calle de ti y no he sentido el vínculo hasta que no he estado frente al ayuntamiento. Esa es una distancia bastante más reducida que la de los primeros días."
"¿Y eso le importuna por qué exactamente...?" inquiere cruzando sus piernas con pereza. "¿No es lo que queríamos?"
"Sí, lo es." Contesta, jugando con sus manos, concentrándose en el aquí y el ahora. Sin espacio para que su mente desvaríe descontrolada con una respuesta diferente. "Pero hasta ayer no teníamos ni idea de cómo conseguirlo. Y ahora de repente has hecho algo y ¡pum!, ¿resuelto?"
"¿Y pum?" repite Regina con la misma desgana y poco interés real en responderle.
"¡Ya me entiendes! ¿Qué has hecho?"
"Lo que había que hacer." Responde con ese mismo tono monocorde que se mueve entre la indiferencia y la amenaza. "Ahora, si me disculpa, algunas personas trabajamos de verdad en esta ciudad."
"Regina..."
"Fuera, Swan." Ladra entre dientes, señalando la puerta de su despacho. "Ahora."
La mirada de Emma se detiene durante un instante en un detalle extraño. Un brillo apagado en la muñeca que Regina mantiene en alto. Entrecierra los ojos, intentando descifrar de qué se trata, y en el acto, la alcaldesa baja el brazo hasta que queda escondido bajo su mesa.
"¿Regina, qué es eso?"
"Salga. AHORA."
Emma traga hondo. "No has sido capaz. Dime que no."
Pero Regina no contesta. Y esa es toda la respuesta que Emma necesita.
Chapter 30: 29
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"Regina, ¿en qué estabas pensando?"
"Miss Swan, por más que estos días la hayan podido confundir, lo que yo piense o deje de pensar no es de su incumbencia."
"No puedes estar hablando en serio..." masculla ignorándola por completo, caminando de un lado al otro del despacho. "¿Estás de broma?"
"¿Ve que me ría?"
"Regina, ¿acaso no ves el peligro que corres?"
"¿A qué peligro exactamente se refiere?"
"Descartamos esa solución. Tú insististe en que esa no era una opción. ¿Y ahora has encadenado tu propia magia?" Habla deprisa, nerviosa, sin dejar de andar, mirando alternativamente a Regina y al brazalete que porta en su brazo, escondido bajo la elegante chaqueta de su traje.
"Descarté encadenar su magia, no la mía."
"¡Y lo hiciste por una buena razón!" exclama cada vez más nerviosa. "Si nuestras sospechas son ciertas, si Gold está detrás de esto, acabas de servir tu cabeza en bandeja."
"Le recuerdo que ese usurero no tiene magia y que nuestras sospechas se basan únicamente en su pasado. No tiene poder para ir contra mí y, por lo que sabemos, tampoco una razón. Al margen de que los villanos, son villanos siempre."
Detiene sus pasos y clava sus ojos en los de Regina, que se retiran en el acto. "Sabes que jamás he pensado así."
"¿Acaso importa?" pregunta con un largo pestañeo lleno de aburrimiento, mirando a la nada.
"Lo hace. Tú has cambiado. Gold, por lo que sabemos, podría no haberlo hecho." Responde desquiciándose con cada nueva respuesta. "Tú estabas ahí. Él me ofreció la caja con la calavera, iba a ser el siguiente en cogerla hasta que lo evitaste."
"Casualidades."
"¿Y el hecho de que haya puesto a mis padres en sobre aviso sobre tu comportamiento es también una casualidad?"
"Su madre también ha sospechado de mí. Quizás simplemente piensan similar."
"Nadie relacionado con Owen visitó nunca a tu madre. Pero Rumpelstiltskin aparece en todos los registros como una visita recurrente. Él sabía que Cora estaba viva y nunca nos dijo nada. Y por lo que se ve, pudo visitarla sin gran dificultad mientras tu madre poseía aún la calavera. ¿Vas a fingir que todo esto no es sospechoso?"
"¿Qué quiere que le diga? Son todo suposiciones."
"Regina..." bufa ofendida.
"Y aunque hubiera algo de verdad, ¿qué?" masculla amenazante. "¿Cree que va a intentar atacarme? ¿Con su bastón? ¿O usando una silla de ruedas motorizada?"
"Si advierte que llevas el brazalete, puede ir contra ti en cualquier momento. ¿Y qué harás entonces?"
"Deje que yo me preocupe por mi seguridad."
"No puedes pedirme eso, Regina." Musita negando con la cabeza. "Sé cómo funciona ese brazalete. Solo una persona ajena a ti puede retirarlo. Si va a por ti, no podrás recurrir a tu magia."
"Si todas las locas sospechas que comenta son ciertas, yo no soy su objetivo. No fue a mí a quien le ofreció la calavera, le recuerdo."
"¡Me da igual!" exclama. "Deja que te quite ese brazalete ahora, por favor." Pide en una orden camuflada de súplica.
"No." Responde pronunciando alto, claro y lento.
"¿Tan importante es romper este maldito vínculo que estás dispuesta a arriesgar tu vida por ello?"
"¿No está siendo un poco melodramática?"
"Regina..." farfulla deteniendo sus pasos, rascando su frente y perdiendo la cuenta de las veces que ha dicho su nombre. "Sé que lo que pasó..."
"No ha pasado nada, Miss Swan." Contesta tajante volviendo a tensar su espalda y entrecerrar sus ojos, resurgiendo de nuevo su pose más amenazante.
"Entonces, ¿por qué de repente es tan importante romper nuestro vinculo a cualquier precio?"
"Porque aunque le cueste entenderlo, esto no es algo que yo desee."
"¿Y crees que yo sí?"
"Empiezo a cuestionármelo, la verdad."
"Tampoco es lo peor que me ha pasado en la vida..."
"¿Ve?" espeta igual que un juez dictando sentencia.
"¿Y cuál es el problema?" responde tratando de proyectar una seguridad que no siente. "Para mí también es... complicado. Detesto vivir expuesta a ti sin control alguno de mis pensamientos."
"Entonces estamos todos satisfechos con esta solución."
"No, no lo estoy." Exclama enfadada. "Prefiero seguir abierta en canal a ti que arriesgarme a que te hagan daño."
"Está haciendo un mundo de un grano de arena." Masculla ignorando por completo los pensamientos de Emma. "Ni siquiera sabe si hay alguna amenaza, pero sí es consciente de que esto solo nos ha traído problemas y hay que atajarlo. Y yo lo estoy haciendo. Y le parezca bien o no, no necesito contar con su aprobación."
"¿Qué tipo de problemas? ¿Cancioncillas molestas? ¿Eso es lo que vale tu vida?"
"¡Mi vida no esta en...!" comienza a gritar antes de detenerse con una respiración honda y contenida. "Sus cantinelas infantiles me dan igual, pero le recuerdo que detrás de ellas hay mucho más."
"¿Y ese es el problema?"
"¿Acaso no se lo parece a usted?" bufa fuera de sí. "Estuvimos a punto de cometer una estupidez. Todo por pasar unas horas trabajando mano a mano y por este maldito vínculo. Esa confusión sí me parece peligrosa y tiene que zanjarse lo antes posible."
"¿Prefieres exponer tu vida a Gold que exponerte a mí?"
"No tengo por qué elegir. Solo estoy renunciando a lo segundo."
"¿Tanto miedo tienes?"
"No se atreva a ir por ahí, Miss Swan." Brama entre dientes. "No es miedo, es no ser una maldita egoísta. ¿Acaso ha pensado siquiera en el daño que podríamos hacerle a Henry? ¿Y por qué? ¿Un maldito polvo? ¿De verdad cree que eso merece pagar semejante precio?"
Son solo palabras, pero el impacto contra Emma es casi físico, tangible. Como un puñetazo que le corta la respiración y le impide pensar con claridad. Cuando responde, lo hace desde la rabia, sin pensar siquiera en lo que realmente quiere decir.
"No fue solo cosa mía..."
"Lo sé. Y no he dejado de arrepentirme desde ese momento. Por eso intento ponerle remedio y fingir que no ha sucedido jamás. Usted, en cambio, continúa poniendome contra las cuerdas una y otra vez."
"Eso no es lo que..." intenta una vez más.
"¿Entonces qué?" La interrumpe con un ladrido. "Sus mensajes, el desayuno, esta maldita visita... ¿qué pretende exactamente?" Inquiere sin esperar respuesta. "Llevaré este brazalete hasta que no escuche ni un susurro de usted. Y cuando por fin ocurra, me desharé de él."
"Necesitarás mi ayuda."
"O la de cualquier otro. Creo que hasta mi secretaría podría quitarme una pulsera del brazo." Responde indiferente. "Ahora, si ha terminado de molestarme, tengo que continuar trabajando."
"Regina, no puedo permitir que..." tartamudea con tantas cosas que decir que se aturullan en su mente sin que nada con sentido termine por salir de su boca. Y menos cuando la mano de la alcaldesa se desplaza hasta el interfono de su mesa.
"Por las malas entonces." Masculla con una sonrisa iracunda. "Loreta, la sheriff necesita ayuda con sus bolsas, ¿podría acompañarla a su coche?"
"¿Qué...?"
"Ahora mismo, alcaldesa." Se escucha al otro lado de la línea.
"Regina, jod..." masculla hasta que la puerta se abre tras ella.
"Si me acompaña." Pide educadamente la joven secretaria, recogiendo una de las bolsas. Emma vuelve a mirar a Regina, pero la alcaldesa está de pronto enfrascada en varios papeles desperdigados sobre su mesa y se limita a mascullar un educado y gélido:
"Que tenga un buen día."
"Y tú, Regina." Farfulla siguiendo los pasos de Loreta. "No puedes hacer esto."
"Juraría que acabo de hacerlo." Espeta mientras la puerta del despacho se cierra y Emma camina hacia el ascensor.
"Puedo con ambas bolsas, Loreta. Pero gracias por la ayuda."
"¿Seguro?" insiste la secretaria.
"Sí, muchas gracias." Repite, recogiendo la bolsa de sus manos y adentrándose en el ascensor, solo para volver a dirigirse a Regina. "Estás huyendo del problema."
"¿Qué problema exactamente? Porque ahora que no está usted aquí, la vida me parece bastante más sencilla y maravillosa."
"Ja ja." Bufa mientras el ascensor desciende hasta el rellano. "Digas lo que digas, esta conversación no ha terminado aquí, Regina."
"Lo lamento, no la escucho bien. Debe ser la distancia."
"No te preocupes, para eso existen los móviles."
"Un solo mensaje más y bloqueo su número. Se lo advierto."
"¡Joder!" exclama volviendo a guardar su teléfono e intuyendo por la mirada de las personas a su alrededor que lo ha dicho en voz alta. Quizás Regina tenía razón y no costaría tanto hacerle pensar a los ciudadanos de Storybrooke que no está bien de la cabeza...
Chapter 31: 30
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Quiere dormir más que nada. Necesita dormir más que nada. Son casi las 2 de la mañana, mañana tiene que madrugar y no puede cerrar los ojos durante diez segundos sin volver a desvelarse. Lleva más de tres horas intentando coger el sueño, pero está claro que esta noche es más rápido que ella...
Rueda sobre la cama, se tapa, busca otra postura, se vuelve a destapar, aplasta la cara contra la almohada y grita.
Nada funciona.
Y duda que nada lo haga.
No mientras su cabeza esté funcionando a toda máquina, imaginando un escenario peor cada vez. Y en todos ellos aparece Regina. Sin magia, sin ayuda, sin salida.
Es estúpido por su parte infravalorar de ese modo a la alcaldesa. Si alguien puede hacer frente a cualquier amenaza y patearle el culo sin ayuda de nadie es ella. Pero esa certeza no mitiga su sentimiento de culpa.
Su instinto está desatado como la alarma de un coche que no deja de pitar. Escandalosa e inquieta, imposible de ignorar. Hay tantos elementos que no cuadran, que se niega a creer que son todo casualidades.
Y sin embargo, no puede dejar de dudar de sí misma. ¿Y si se está inventando una amenaza invisible que le sirva de excusa para estar de nuevo cerca de ella?
No sería tan descabellado. Sobre todo teniendo en cuenta que echa de menos incluso su vínculo. Claramente tiene un problema grave. Muy grave. Ya era consciente de ese pequeñísimo y flagrante contratiempo, por supuesto. Pero no imaginaba que el grado de gravedad alcanzara esos niveles. Que la idea de tener su mente abierta de par en par a Regina le pudiera llegar a parecer incluso atractiva, con tal de no tener que alejarse de ella.
Sí, es un hecho. Está en un buen lío.
Pero se niega a aceptar que eso sea todo. Que su... necesidad por Regina esté cegándola hasta el punto de imaginar cosas.
Respira hondo, vuelve a girar en la cama y mira al techo desesperada.
No puede dejarla sola y necesita encontrar la forma de ayudarla. Si no está ocurriendo nada lo recordarán con humor en unos meses. O eso quiere imaginar... Pero si está sucediendo algo, lo enfrentarán juntas de nuevo.
Solo le queda convencer a Regina de hacerlo.
Pan comido...
Resopla, golpea su almohada intentando acomodarla y cierra los ojos con frustración.
Tiene que convencerla y eso pasa por conseguir que deje de querer mandarla... lejos. Quizás pueda demostrarle que sólo quiere colaborar. En el sentido más heroico y menos erótico del mundo. Dejar a un lado cualquier comportamiento de los últimos días y comportarse como una aliada con dos dedos de frente y ningún cuelgue que esconder. Si es que a estas alturas puede mentirse a sí misma fingiendo que es sólo un cuelgue.
Sí, definitivamente está en problemas.
Pero Regina no tiene por qué saberlo. NO debe saberlo.
Puede hacerlo.
Y se lo demostrará.
Solo espera que al menos la escuche en primer lugar.
Alarga la mano y agarra su móvil. Lo desbloquea, busca la conversación con Regina y comienza a teclear.
Arriba, a la izquierda, el pequeño reloj del teléfono le indica que son casi las 3 de la mañana. Puede que Regina no tenga magia a su disposición, pero está segura de que eso no la detendría para matarla si le escribe ahora.
Vuelve a dejar el teléfono en su sitio, sintiendo como reconciliarse con su mente ayuda a calmar sus nervios y va permitiendo que poco a poco el sueño la invada. Bosteza y le da vueltas al mensaje que le enviará al día siguiente mientras se le cierran los ojos.
.
"Buenos días, Regina."
"¿Qué le dije sobre bloquear su número?"
"Se lo que dijiste. Pero necesito que nos veamos. Prometo que no hay intenciones ocultas. Tengo un plan."
"No me interesa."
"Regina, por favor."
"(...)"
"POR FAVOR.
"Ultima oportunidad, Swan."
"¡No te arrepentirás!"
"Ya lo estoy haciendo... ¿Dónde y cuándo?"
"No pueden vernos juntas."
"¿¿??"
"Ya te lo explicaré. ¿Te parece bien en la cripta? ¿A la hora del almuerzo?"
"11 en punto. No se retrase."
"¡Prometido!"
Chapter 32: 31
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"Tiene un minuto para convencerme de que no dé media vuelta, Miss Swan."
"¿No podemos hablar dentro?"
"55 segundos."
"¡Regina!"
"52."
"No trabajo bien bajo presión."
"Ese no es mi problema. Aunque resulta preocupante para una sheriff... 45 segundos."
"¡Está bien, está bien!" exclama llevándose las manos a las sienes. "Ssshh." Chista deteniendo a Regina cuando abre la boca para indicar de nuevo el tiempo disponible. "Te propongo fingir que estos días no han ocurrido y centrarnos en la nueva misión."
"40 segundos..."
"No más insinuaciones, cancioncillas ni comentarios fuera de lugar. Solo un trato estrictamente profesional. Prometido."
Algo dentro del vínculo se remueve con unas vibraciones difíciles de identificar, pero Regina se apresura a responder: "Me gusta como suena. Continúe."
"Hay una nueva amenaza. Y antes de que me lleves la contraria, estoy casi segura. Mi instinto nunca se equivoca."
"Su historial amoroso dice lo contrario..."
"¿En serio, Regina?" farfulla cruzándose de brazos. "¿Quieres que entremos en eso? Porque no sé si es lo que yo entiendo por hacer borrón..."
"Lo retiro. Se me ocurrirán pruebas mejores para dudar de su instinto."
Emma pone los ojos en blanco y aprieta los labios antes de responder con exasperación. "Si ya han acabado las puyas, esta es mi propuesta: trabajemos juntas para averiguar si Gold trama algo o son sospechas infundadas. Y hagámoslo sin levantar sospechas de nadie ni darle pistas a ese usurero de lo que estamos tramando."
"¿Por eso querías que nos viéramos aquí?"
"Exacto. Y aprovecharemos los momentos libres. La hora del almuerzo, para comer... cualquier momento que no altere nuestra rutina y pueda llevar a ninguna conjetura. Ni por parte de Gold ni de mis padres."
"Está bien, adelante entonces." Dice sin demasiada emoción mientras abre la pesada puerta de metal.
"¡¿De verdad?!" exclama Emma con un saltito.
"Pero borrón y cuenta nueva, Miss Swan. ¿Entendido?" pregunta entrecerrando los ojos.
"Absolutamente." Responde con una enorme sonrisa, cediéndole el paso para que entre primero.
Se arrepiente en el acto. Cuando Regina comienza a bajar las escaleras en absoluto silencio, su mente se escapa ufana al recuerdo de sus últimos días allí y sus ojos se clavan en la silueta frente a ella.
Pero tiene una solución.
Pellizca su pierna y el dolor la despista de su hilo de pensamientos antes si quiera de empezar. "¡Ay!"
"¿Está bien?" pregunta Regina girándose hacia ella extrañada.
"Sí, sí..." farfulla con una sonrisa impostada. "Todo en orden." Insiste mientras retoman el paso y se sumergen en el corazón de la cripta. "Todo en orden." Se repite para sí, aun sabiendo que Regina lo escuchará. Pero mira hacia delante, deja la mente en blanco y se lo repite de nuevo, como un mantra de seguridad. "Todo en orden..."
Chapter 33: 32
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"¿Por dónde empezamos?" pregunta Regina de pie sobre la mesa central de la sala.
"Pues..."
"Miss Swan, ha dicho que tenía un plan, ¿me equivoco?"
"Bueno, mi plan era empezar de cero y trabajar para detener a Gold."
"Eso no es un plan. No llega ni a la categoría de borrador."
"Está bien, pues nuevo plan. Pensar un plan." Responde consiguiendo que acto seguido Regina vire los ojos. Por supuesto. "¿Qué es lo que tenemos hasta ahora?"
"Nada lo resume bastante bien."
"Eso no es cierto." Protesta Emma. "Hay muchos indicios. Solo tenemos que entender qué significan."
"Empiece." Propone Regina sentándose con desinterés en su butaca.
"La calavera estaba a la vista, desprotegida. ¿Quién guardaría así un arma ya cargada?"
"Es un buen punto."
Emma llena sus pulmones con una respiración profunda y confianza renovada. "Gold nunca hace nada por que sí. Puede que mis padres sean de sospecha fácil en lo que a ti se refiere."
"Absolutamente."
"¿Pero por qué Gold participaría en esa caza de brujas? ¿Si no está detrás de todo esto, para qué se molestaría en azuzarlos contra ti?"
"¿Por pura diversión?"
"No lo descartaría." Admite con resignación. "Pero me cuesta imaginar que Gold se moleste en hacer nada por que sí. Sin embargo, si estamos en lo cierto, él es consciente de que estamos mentalmente conectadas. Y puede que quiera adelantarse a cualquier sospecha, echándote a ti a los lobos."
"¿Usarme de chivo expiatorio?"
"Por ejemplo. O para que pierdas credibilidad si intentas acusarle a él de embrujar la calavera."
"Puede ser..." musita Regina, torciendo su gesto por primera vez en una mueca reflexiva.
"Pero la pregunta principal es: Si tenemos razón y Gold anda detrás de ello, ¿Qué pretendía conseguir? ¿Por qué a mí?"
"¿Tienes algo que pueda interesarle? ¿Información quizás?"
"No." Responde rápidamente. "Bueno, no que yo sepa..."
Regina permanece en silencio unos segundos y su boca se tuerce mientras reflexiona. Emma mira a cualquier otro lado y pellizca su pierna sin hacer un solo gesto de dolor, hasta que la alcaldesa vuelve a retomar la palabra: "Gold se mueve motivado por tres únicas cosas. Su hijo, Belle y el poder."
Emma asiente, compartiendo su deducción: "Pero ya ha recuperado a Neal y Belle ha regresado con él ahora que ya no es el Oscuro."
"Así que eso nos dejaría una sola razón."
"¿El poder?"
Regina se encoge de hombros, tan perdida como ella. "Puede que haya averiguado algún camino para recuperarlo y que tú seas la clave."
"Nos quedan unos 20 minutos antes de que nos echen de menos en la comisaría y el ayuntamiento. ¿Por dónde comenzamos a comprobar nuestra teoría?"
"Tengo varios volúmenes sobre magia blanca y Salvadores. E infinidad de cuentos sobre otros antes que tú. Quizás en el pasado alguien usó a uno de sus predecesores para algo similar."
"¡Esta vez me pido los cuentos!" exclama con el recuerdo de los volúmenes de Cora y las enciclopedias de Hadas aún resonando en su cabeza. Regina vuelve a virar los ojos, pero no responde. Se limita a dejar un par de libros muy parecidos al que Henry custodiaba de pequeño frente a Emma, antes de hacerse con un volumen de cuero y pergamino del grosor de un vaso que retumba al posarlo sobre la mesa de roble. "Vamos a ello." Murmura Emma comenzando a pasar las páginas.
Chapter 34: 33
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Emma termina la última página del cuento con un nudo en el estómago. Es la historia de un lejano elegido de otro reino que se enfrentó a cientos de peligros. Y, por supuesto, acabó muriendo tras el ciento uno. Es solo un cuento, pero al ojear todas las páginas de su historia, es imposible no encariñarse y, por supuesto, no verse reflejada. Un destino mágico que nunca pidió y que termina siendo su perdición.
Supone que, si el diccionario fuera realista, esa sería justo la acepción que recogería para "Elegido"...
"¿Estamos melodramáticas?" cuestiona Regina desde su butaca y sin levantar los ojos de su descomunal libro.
"Pillada." Admite encogiéndose de hombros. "Aquí no hay nada." Anuncia cerrando el libro.
"Pruebe con el siguiente, aún nos quedan unos minutos." Responde girando su muñeca en un movimiento armónico que, en cualquier otro momento, habría hecho volar el cuento hasta las manos de Emma. Pero el libro se queda dónde está y Regina resopla, esta vez para sí misma. "Va a tener que acercarse usted a por él."
"Sí, claro." Musita poniéndose en pie y recogiendo el segundo cuento. Regina regresa a su lectura sin más, pero Emma la observa durante un momento.
"¿Qué?" dice con sequedad, sin mirarla ni apartar su intención del libro.
"¿Cómo es?" pregunta con torpeza, antes de añadir: "Lo de no disponer de tu magia, me refiero."
"Había entendido la pregunta, gracias." Masculla tomando una honda bocanada y devolviéndole por fin la mirada. "A falta de una palabra mejor, raro."
"Oh." Responde tratando de respetar su espacio, pero muriéndose por insistir.
Regina suspira, plenamente consciente de su conflicto. "A ver... es cómo si de repente no pudieras correr. Sigues pudiendo andar, continuas con tu vida con normalidad, pero de repente quieres echar a correr y tus piernas se detienen. Se te olvida hasta que quieres recurrir a ello y entonces... la nada."
"Entiendo. ¿Y no te sientes...?" Nunca termina la pregunta, pero Regina lo hace por ella.
"¿Desprotegida?"
"Sí..."
"Igual que si de repente no pudiera correr." Responde encogiéndose de hombros. "Si no siento que tenga nada de lo que huir, no. Solo me siento rara. Pero si pienso en que quizás haya algo ahí fuera..."
"Ya..." murmura, antes de morderse el labio con nerviosismo. "¿Estás segura de que no quie...?"
"Miss Swan, ya hemos hablado de eso." La interrumpe borrando todo rastro de cordialidad de su voz y colocando su chaqueta hasta que no se asoma ni un pequeño rastro del brazalete.
"Tienes razón." Admite con culpabilidad. "Pero deberíamos tener una palabra de seguridad."
"¿Una qué?" pregunta elevando una ceja.
"Ya sabes, una palabra clave. Una que sólo tú y yo sepamos y que me indique que puedo quitártela. Por si estás en peligro."
"¿Y cómo funcionaría exactamente? ¿Si estoy ante una amenaza grito "¡Cacahuete!" y usted me quita el brazalete?"
"Por ejemplo."
"Ya. ¿Y no ha pensado que, si estoy ante un peligro y usted está ahí para escucharme decir cacahuete, seguramente también esté viendo ese peligro y pueda llegar sola a la deducción de liberarme del brazalete?"
Liberarme... Es la primera vez que utiliza ese término para referirse al brazalete y, por más que intente frivolizar con esa condena, está segura de que es mucho peor de lo que está dispuesta a admitir.
Regina carraspea incómoda y Emma abre los ojos sintiéndose una estúpida. Reconduce sus cavilaciones y permite que ambas finjan que no ha pensado en ello en absoluto.
"Cacahuete es una buena forma de estar totalmente segura de que piensas como yo."
"Cacahuete, pues..." farfulla Regina con media sonrisa, regresando a su libro.
"Pero ¿y si no estoy lo suficientemente cerca para escucharla? En voz alta o mentalmente. Sobre todo con nuestro vínculo menguando a cada hora..."
"Pues tendré que gritarle ¡Cacahuete! a otra persona." Responde con desgana, fingiendo que ya está volcada en el enorme volumen.
"Regina..."
"¿Le mando un sms?"
"¿Y si no puedes?"
"Si ya estoy muerta, hay poco que pueda hacer por mí." Responde encogiéndose de hombros.
"¡Regina!"
"Está bien..." farfulla poniendo los ojos en blanco, dejando a un lado su libro y levantándose de su butaca. "Sígame. Creo que tengo algo que podría dejarle más tranquila."
"Gracias." Responde satisfecha con que, si no se preocupa de su propia seguridad, al menos si se moleste en calmarla a ella.
"Sí me preocupo por mi seguridad." Rezonga caminando hacia una de las salas laterales más pequeñas. "Es solo que usted es tremendamente melodramática."
"Ya estamos..." gruñe Emma entre dientes.
Regina la conduce hasta un armario cuyas puertas de madera tallada se alzan hasta el techo mismo de la cripta. Regina saca su juego de llaves e introduce una antigua y desgastada en la cerradura de bronce que descansa en el centro de la estructura. Con un suave chasquido, las puertas ceden igual que si estuvieran deseando abrirse.
Frente a Emma se despliegan decenas de estanterías de distinta altura con cientos de frascos de infinitos colores y tamaños. Todo un arsenal de pociones y pócimas sin más indicación que la forma del recipiente que las contiene.
"¿Guardas aquí todo esto?" pregunta recorriendo con la mirada la descomunal colección.
"Por mucho que le sorprenda, conservé mi cripta para algo más que un minibar de sidra."
"Ya..." suspira, aun perdida en la inmensidad de botellas.
"¿De donde creía que saqué las pociones que lanzamos contra la calavera?"
"Di por hecho que las acababas de preparar."
"¿Supuso que cociné más de veinte pociones en unos minutos?" pregunta, ante lo que Emma solo se encoge de hombros. "Tanto poder y tanto desconocimiento en un solo ser humano es fascinante."
"¡Eh!" exclama ofendida. "¡Te recuerdo que soy nueva en esto de la magia! Y tú eres lo más parecido a una mentora que he tenido nunca. Así que, ¿de quién es la culpa?"
"Ya, ya..."
"¿Para qué son?"
"¿Cuál de todas?" pregunta con una sonrisa burlona.
"¡Todas!" insiste fascinada.
"No tenemos tiempo para..."
"¿Está?" pregunta Emma cogiendo un diminuto frasco dorado que brilla con fuerza entre sus manos.
"Digamos que si lo deja caer no encontrarían ni nuestros huesos."
"¡¿Qué?!" chilla volviendo a colocarla con sumo cuidado.
"Es broma." Sonríe traviesa. "Aunque es casi más peligrosa. Puede borra la memoria de aquel al que toca."
"¿Todos sus recuerdos?"
"No, con esa cantidad olvidarías una o dos semanas. Pero el peligro reside en que puedes introducir los recuerdos que desees en la víctima. Recordará lo que tú elijas en lugar de los días olvidados."
"Qué mal rollo..."
"Supongo."
"¿Y esta?" insiste sin poder parar, pero esta vez señalando un bote enorme con tapón de corcho y un líquido verde y viscoso, en lugar de atreverse a cogerlo.
"Para convertir cualquier planta en una carnívora."
"¿Por qué tendrías eso?" pregunta horripilada.
"La jardinería puede ser muy útil para proteger tu palacio." Se limita a responder Regina sin borrar su sonrisa. "Oh, y mire, ¿ve esa de ahí arriba?"
"¿La jarra marrón?"
"Exacto. Ahí guardo la poción que ingirió el otro día para los vómitos. ¿Quiere otro traguito?"
Emma retiene una arcada solo con su recuerdo. "Eres sádica."
"Lo sé." Responde encantada. "Ahora, si hemos terminado de analizar mi armario, ¿podemos continuar con lo que nos ha traído aquí?"
Emma da un paso atrás, y permite que Regina busque durante un par de minutos entre su mágico arsenal, hasta que extrae una pequeña probeta roja guardada sobre una base de madera que deja sobre la mesa. Su tapón, del mismo delicado cristal que el resto de la botella, se separa con un suave movimiento, y Regina lo deja a un lado antes de girarse hacia Emma.
"Necesito su mano."
"Si vas a derramarme eso encima, antes dime para qué es."
"No voy a verter nada." Responde aumentando su sonrisa antes de añadir. "Usted verterá su sangre en ella."
"¡¿Qué?!"
"Es tan fácil y divertido asustarla."
"Me alegra hacerte la vida tan feliz." Refunfuña con una sonrisa molesta y, aunque Regina se ríe con su respuesta, se remueve en el sitio y Emma puede entrever unas gotas de inquietud en su vínculo, antes de que la alcaldesa vuelva a hablar y todo entre ellas quede en silencio.
"Solo necesito una gota, no sé preocupe."
Emma entrecierra los ojos, dudando de si continúa riéndose de ella, y Regina vira los suyos con un resoplido.
"Es para terminar el conjuro." Añade como si con ello todo estuviera aclarado. "Si rompo este frasco, se formará una columna de humo violeta visible a kilómetros."
"Me gusta lo que oigo."
"Pero no sería una llamada de socorro demasiado discreta si cualquiera, incluido Gold, puede verla. Con una gota de tu sangre el hechizo sólo funcionará ante tus ojos."
"Está bien." Dice tendiendo su mano sin pensárselo. Regina observa el gesto y una pregunta muda se dibuja entre ellas a través de su conexión. "Confío en ti."
La alcaldesa carraspea, se gira sin decir media palabra, su mente tan callada como su boca, y alcanza una pequeña daga de punta afilada. Sostiene la mano de Emma con la suya y con la otra deja que la daga se clave suavemente en la yema de su dedo.
"¿Duele?"
"Casi nada."
"Bien." Musita antes de sostener el dedo de Emma sobre el vial y apretar hasta que una diminuta gota se precipita dentro del líquido fundiéndose con la poción. Sin intercambiar palabras, Regina desenrosca un segundo tarró con una untuosas crema violeta que extiende con una caricia delicada sobre su dedo. Cuando suelta su mano, no queda resto de la diminuta herida.
"Gracias." Sonríe sorprendida.
"No es nada." Responde indiferente, antes de cerrar el frasco y separarlo de la base de madera. Una vez liberado, lo guarda en el interior de su americana, antes de girarse hacia Emma. "¿Ya está más tranquila?"
"Totalmente." Sonríe aliviada.
"Entonces, salgamos de aquí y regresemos a nuestras obligaciones antes de que sus padres salgan a buscarla preocupados por si la Reina Malvada ha achicharrado a su hija."
"¿Quién es la melodramática ahora?" inquiere Emma.
"Claramente es contagioso."
Chapter 35: 34
Chapter Text
Cuando Henry se marcha a dormir, Emma regresa a su coche y saca del maletero los últimos libros de cuentos que Regina guardaba en la cripta. Enciende una pequeña lámpara junto al sofá y se prepara para una larga jornada de lectura.
Con el tercero de ellos, los ojos se le empiezan a cerrar, pero aguanta. Cuando al final de la historia el héroe acaba sólo con un brazo menos y retirado en las montañas cual ermitaño, Emma suspira resignada, pensando en que al menos este ha tenido un final medio feliz. Sin perdices y, para su gusto, un poco desequilibrado, mentalmente hablando, pero vivo al fin y al cabo.
Aún le quedan cuatro libros más, pero con solo pensar en ellos bosteza y su cuerpo entero se estremece en un escalofrío de puro cansancio. Querría continuar por pura cabezonería. Nada de lo que ha leído ha sido de utilidad y siente que, si insistiera, quizás apareciera alguna pista. Pero es casi la una de la mañana y, teniendo en cuenta su insomnio la noche anterior, sería una necedad quedarse despierta otra vez.
Recoge los que le quedan pendientes y los guarda dentro de su armario, detrás de las chaquetas, antes de volver a su coche y dejar de nuevo en el maletero los tres que ya ha revisado. Listos para devolvérselos a Regina durante el almuerzo. Junto con una larga lista de nada en cuanto a novedades. Solo espera que ella haya tenido más suerte con sus indagaciones.
Como siempre...
Se siente a rebufo de la alcaldesa. Una sombra inútil que va siguiéndola mientras Regina camina sola varios metros por delante. Cada paso que han dado ha sido porque ella las ha guiado, ha propuesto qué leer o dónde seguir buscando. Si hubiera dependido de Emma, ¿qué habrían logrado resolver?
Incluso su vínculo. La única razón por la que están más cerca de disolverlo es porque Regina se ha sacrificado por las dos. Resolvió cómo romperlo sola y se impuso esa condena en forma de brazalete. Emma conocía bien ese objeto, incluso acababan de recuperar uno del cuarto de Owen. Podía haber unido los puntos del mismo modo en que lo había hecho Regina. Pero no, ni siquiera se le ocurrió.
Si hubiera sido lo suficiente rápida, podría ser ella quien llevara el brazalete de Owen y no Regina.
Ahora que lo piensa, el brazalete de la alcaldesa es igual al que encontraron en aquella habitación. Esa es la única razón por la que lo reconoció en el instante en el que lo vio en su muñeca. Porque es EXACTAMENTE igual.
¿Cómo de probable es que ambos sean idénticos?
Regina tiene razón, su conocimiento de la magia es escaso. O inexistente más bien. ¿Pero es posible que todos los brazaletes que anulan la magia de su portador tengan el mismo aspecto? ¿O alguien ha entrado a hurtadillas a la tienda de Gold?
Se olvida del sueño, la hora que es y hasta de los modales. Busca su teléfono, abre su chat con Regina y ni siquiera envía un Buenas noches:
"¿De dónde sacaste el brazalete?"
"¿En serio, Miss Swan? Es la una."
"¿Lo cogiste de la tienda de Gold?"
"Mañana, Miss Swan."
"(...)"
"MAÑANA."
Chapter 36: 35
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"Tenemos menos de 45 minutos para almorzar, ¿de verdad quiere perder el tiempo en nimiedades?
"¿Nimiedades, Regina? ¿NIMIEDADES?" replica Emma alterada, paseando frente a la butaca en la que la alcaldesa descansa con gesto aburrido. "Has entrado en la tienda de Gold. De noche. Y le has robado. ¿Entiendes lo que eso significa?"
"No he robado nada, esto no le pertenecía. Era parte de la investigación. Y, como bien indicó tu madre, estaba ahí para que pudiéramos recurrir a ello si era necesario."
"Recurrir a esos objetos para continuar inspeccionándolos. Y avisando antes de llevárselos. ¡Y cuando la tienda estuviera abierta y Gold despierto, por el amor de dios, Regina!"
"No veo razón para tanto escándalo."
"¿Es una broma? ¡Está tratando de poner a mis padres en tu contra y tú le has servido la oportunidad en bandeja!"
"Dejé una imitación en su lugar y borré mi presencia de las cámaras de seguridad. Problema resuelto."
"Regina..." resopla frotándose los ojos. "¿En qué momento pensaste que era una buena idea?"
"Lo necesitábamos para romper el vínculo y consideré que Gold debía desconocer el uso que pensaba darle." Dice encogiéndose de hombros.
"¿Estás segura de que no sospecha nada?"
"Tanto como puedo estarlo. No ha enviado ningún mensaje amenazante, no ha presentado ninguna denuncia y no ha cambiado su comportamiento, así que creo que estamos a salvo."
"Por favor, ¿la próxima vez podrías avisarme antes de asaltar una tienda con nocturnidad y alevosía?"
Regina deja salir media sonrisa desvergonzada, solo para contestar: "Lo intentaré."
"Gracias." Farfulla Emma.
"¿Y ahora podemos continuar por dónde lo dejamos?" inquiere elevando una ceja.
Y, por un momento, el cerebro de Emma colapsa y se tropieza ante el inocente pero sugerente gesto. ¿Continuar lo que dejaron? ¿A qué se está refirien...?
"Los libros, Miss Swan, los libros." Espeta Regina con cierta irritación, aunque un ligero color carmesí asoma por sus mejillas.
"Sí, sí, sabía a qué te referías..."
"Ni lo intente." Zanja Regina señalándose la sien con un dedo.
"Perdón..." musita regresando la vista al nuevo cuento, pellizcándose la pierna continuamente para evitar que su atención descarrile una vez más.
Chapter 37: 36
Chapter Text
"Sé que yo elegí esta opción... pero voy a acabar aborreciendo los cuentos infantiles" gime Emma desquiciada, cuando la alarma de su reloj les avisa de que el tiempo se les ha acabado.
Regina deja escapar una media carcajada mientras cierra su libro y lo deja a un lado. "¿Ha encontrado algo útil?"
"No, nada. Y con cada nuevo relato que termino, más deprimida estoy... Jamás hubiera imaginado cuantas formas diferentes tenía un héroe de morir."
Regina contiene una sonrisa mordiéndose los labios, pero cuando habla suena francamente sincera: "Lo siento."
Emma se limita a encogerse de hombros, antes de ponerse en pie y desentumecerse. "¿Y en tus libros?"
"Nada interesante... Analizan el poder del Salvador. Que hay uno en cada mundo y en cada generación, que su marca se transmite al siguiente con su muerte o su abandono, bla bla bla. Nada que pueda esconder una amenaza."
"Más allá de las muertes dolorosas y prematuras."
"Exactamente." Asiente con solemnidad. "¿Nos vemos aquí mañana a la misma hora?"
"Sí..." suspira mirando todos los libros de cuentos que quedan por leer, antes de acercarse y recoger varios de ellos. "Me llevaré algunos deberes para casa..."
"Le ayudo." Se adelanta Regina, recogiendo la mitad de los cuentos.
"Gracias."
"No es nada." Musita comenzando a subir las escaleras. "Sabe, no es necesario que continue en casa, podemos esperar hasta mañana."
"No quiero perder ni un segundo."
"Puede que, a pesar del esfuerzo, no encontremos nada entre los cuentos. Y, a este paso, podría volverse como Don Quijote."
"¿Tienes miedo de que pierda la cabeza y comience a pensar que soy una Salvadora andante? Porque si es así, creo que hay algo que deberías saber..."
"Ja ja ja." Responde apoyándose contra el pomo de la puerta de metal para abrir la entrada de la cripta. "Solo me preocupa que acabe saturada de tantas historias heroicas y deprimentes."
"Demasiado tarde..." suspira con una teatralizada desesperación, hasta que Regina eleva una ceja inquisitiva. "Es broma." Se apresura a aclarar. "Puedo con ello. Además ahora me toca hacer la ronda por la ciudad y me vendrá bien para distraerme."
"¿Dónde ha dejado el coche?" pregunta Regina mirando a su alrededor.
"En la entrada sur." Contesta, mientras la alcaldesa asiente y echa a andar. "Había pensado que, quizás, podría darme una vuelta por la tienda de Gold durante mi turno de vigilancia."
"¿Para qué exactamente?"
"He de recorrer la ciudad en el coche patrulla y ese es un lugar tan bueno como cualquier otro por el que empezar. Y podré echar un ojo a cualquier comportamiento que se salga de la normalidad."
"Supongo." Medita Regina sin demasiada emoción. "Solo intente ser..."
"Discreta. Sí, lo sé. Seré una sombra, no me verá aparecer."
"Bien..." Dice con un dudoso convencimiento al llegar hasta su coche.
"¿Qué?" pregunta Emma, leyendo la inquietud a través de su vínculo. "Fuiste tú la que dijo que Gold necesitaría su bastón o incluso una silla de ruedas motorizada para ser un peligro, ¿no?"
"Supongo..." admite con media sonrisa. "Pero sigo sin fiarme."
"Tendré cuidado." Musita Emma abriendo su maletero y dejando que Regina deje sus libros primero. "Te lo prometo."
"Vale."
"Si te deja más tranquila, podemos preparar otro vial con columna de humo para mí." Bromea dejando sus cuentos tras ella, antes de cerrar el maletero.
"Le daré una vuelta." sonríe Regina, aunque entre las notas de humor se cuele algo de aprobación.
"Te acercaría al ayuntamiento..." suspira Emma sacando las llaves de su bolsillo.
"Pero no deben vernos juntas, lo sé. Además, he traído mi coche, no sé preocupe."
"Está bien." Responde sintiéndose extraña y confusa, como si estuvieran despidiéndose tras una ci...
El pellizco que se da en la pierna es tan impetuoso que el dolor se filtra por el vínculo y es Regina quien exclama:
"¡Ay! ¿Qué diablos ha sido eso?"
"Me ha parecido ver una araña en mi pantalón... Creo que ha venido conmigo desde la cripta."
"Si tiene algo en contra de la higiene de mi guarida, puedo indicarle rápidamente donde se guardan los productos de limpieza..."
"No, no, cero quejas. Todo en orden."
"Bien. Nos vemos aquí mañana a la misma hora."
"Hecho. Y si hay alguna novedad o te da por colarte en negocios ajenos por la noche..."
"Sí, sí, le avisaré..." masculla con un movimiento dejado de su mano mientras se aleja a través del cementerio.
Observa cómo se aleja y su cabeza se toma el atrevimiento de dejar escapar un fugaz pensamiento: "Ten cuidado, ¿vale?"
"Siempre, Miss Swan..." masculla mentalmente con desgana. Es apenas un susurro debido a la distancia que ya las separa, pero le acompaña una vibración tránsfuga, cálida y dulce de la que Emma ni siquiera cree que sea consciente. Pero se le escapa una sonrisa mientras sube a su coche.
Chapter 38: 37
Chapter Text
Emma observa la puerta de la cripta y sus alrededores. No hay señales de Regina. Gira alrededor de la construcción una vez más, pero nada.
"¿Estás por aquí?" pregunta tan alto como es capaz de pensar. Pero nadie le responde.
Sus palpitaciones comienzan a subir y un pitido incómodo se cuela en sus oídos. Con una sola mano, busca su teléfono, mientras la otra sujeta a duras penas la bolsa con el almuerzo.
Pero antes de poder entrar en su agenda y marcar el contacto de Regina, ve la notificación de un mensaje. Es ella.
Lo abre y suelta el aire que ha retenido durante esos agónicos segundos: "La espero abajo."
Casi tiene un ataque de pánico y el mensaje llevaba ahí cerca de cinco minutos. Si no fuera cargada hasta arriba con una bolsa llena de comida y bebida, quizás se le habría ocurrido mirarlo un poco antes.
Abre la pesada puerta con una mano y comienza a bajar. A mitad de la escalera el suave recitar de Regina a lo lejos llega al fin a sus oídos. O a su cabeza. ¿O a sus oídos mentales? Da igual, sea como sea, su voz aparece al fin a través del vínculo y se deja llevar hacía ella como si se tratara de un hechizo.
Es increíble cómo se ha acostumbrado a repasar sus libros sin importarle que la lectura de Regina resuene de fondo. Es incluso placentero, como un murmullo que le acompaña en su propio estudio, haciéndolo mucho más grato.
Con la mano libre, se pellizca la pierna y su piel se queja, ahí donde ya debe haber un moratón con la forma de sus dedos. Intenta reprimir el dolor y sus pensamientos, antes de entrar en la sala principal.
"¡Has llegado pronto!"
"Buenos días, Miss Swan." Murmura enfrascada en su libro antes de apartar perezosa la vista de este. "No había mucho trabajo en el despacho y pensé en adelantar un poco. ¿Qué trae ahí?"
"Me fijé en que ayer no comiste nada durante el almuerzo." Explica colocando varios recipientes y un par de botellines.
"¿Cerveza?" pregunta Regina suspicaz.
"Sin alcohol. Para que no haya problemas." Contesta orgullosa, desinflándose ante la ceja alzada de Regina. "Con el coche. Problemas con el coche. Para conducir." Aclara con un tartamudeo.
"¿Ha traído una ensalada de kale? ¿Y es usted la que intenta no levantar sospechas?" pregunta burlona.
"Nadie ha visto el contenido de la bolsa. Y Ruby guardará el secreto." Dice con una sonrisa, pasándole la comida, un par de cubiertos desechables y una servilleta. "Espero haber acertado."
"No está mal..." responde con un tono neutral que choca con el hambriento agradecimiento que puede entrever en su vínculo.
"¿No me has oído, verdad?"
"¿Cuándo?" pregunta destapando su ensalada.
"Arriba, cuanto te he preguntado si estabas cerca."
"Nada."
"Continúa menguando."
Dos palabras, pero está segura de que Regina no necesita más. "Bueno, son buenas noticias, ¿no?"
"Por supuesto." Contesta precipitadamente, pensando concienzuda en su comida.
"Estoy más cerca de gritar ¡Cacahuete!"
"Qué ganas de verlo." Responde Emma esta vez sí con una sonrisa sincera.
Regina vira los ojos y, un segundo después y sin necesidad de mirar hacia el plato de Emma, pregunta: "¿Un bocadillo grasiento de jamón y queso?"
"Con lechuga y aguacate." Responde orgullosa.
"Qué felices estarán sus arterias." Celebra con una sonrisa impostada, que crece hasta una mucho más sincera cuando escucha a Emma reír. Da un bocado a su propia ensalada antes de añadir: "¿Qué tal ayer?"
"¿Ayer...?" repite Emma con la boca llena.
"La ronda, tu vigilancia. Y trague antes de responder, por favor. No quiero un cadáver por atragantamiento en mi cripta."
Emma entrecierra los ojos, pero no puede dejar de sonreír ante sus puyas. Siente que están recuperando ese ambiente de... ¡Ay!
"¿Se ha pellizcado?" pregunta Regina confundida.
"¿Qué? No, no, ¿por qué haría eso?" dice atropellada sin dejarla contestar. "La ronda fue bien, supongo. Sin nada interesante, como todos los libros que me llevé. Gold abrió su tienda a la hora habitual y atendió a un par de clientes. Estuve por los alrededores hasta que fui a recoger a Henry y no hubo nada sospechoso."
"Parece decepcionada."
"Me hubiera gustado hallar alguna pista... siento que estamos en un callejón sin salida."
"Eso también podrían ser buenas noticia, ¿no?" cuestiona abriendo una cerveza y tendiéndosela a Emma antes de abrir la suya.
"¿En qué sentido...?"
"En que quizás nos hayamos preocupado por nada y no haya amenazas a la vista."
"Supongo..." musita Emma con la mirada perdida y poco convencimiento.
Chapter 39: 38
Chapter Text
"Me arde la cabeza..."
"Lo noto." Sonríe Emma comprensiva.
"Voy a hacer un pequeño descanso." Suspira dejando a un lado su lectura. "¿Con qué está ahora?"
"Aladino." Dice levantando la vista hacia Regina, que masajea sus sienes reclinada sobre la butaca. Abre la boca pensando en cualquier cosa que decir antes de que su cabeza se ponga a pulular libremente. "Es increíble las licencias artísticas que se toma Disney con las historias reales."
"Quizás tratan de evitar traumatizar a toda una generación de niños."
"¡Y con razón!" exclama escandalizada. "¿Dónde queda la historia de amor, el genio y los finales felices?"
"¿No hay nada de eso?"
"Nada." Contesta irguiéndose en su silla mientras su espalda se queja con un pequeño pinchazo. "Jafar ya estaba en el poder cuando Aladino aparece en acción. Y ni siquiera es el mago quien le convence para ir a la cueva maldita, si no Jasmine. Y lo hace engañándole. No hay noches románticas recorriendo el mundo en alfombras voladoras ni genios."
"¿Está muy decepcionada?"
"¡Muchísimo! Según este libro, Aladino cortó su destino como Salvador y fingió su propia muerte para no tener que enfrentarse a Jasmine, ¿cómo no voy a estar decepcionada? ¡Es espantoso!"
"Lo es." Responde conteniendo una sonrisa ante la fogosa desesperación de Emma, antes de que su ceño se frunza. "¿Puede repetir eso último?"
"¿Lo de fingir su propia muerte... o lo de cortar su destino?" dice uniendo cabos al tiempo que pronuncia la pregunta. "Ahí puede haber algo, ¿verdad?"
"Desgránelo." Pide Regina, las energías y la esperanza regresando a ellas como un soplo de aire fresco.
"Cuando Aladino se convirtió en el elegido, Jafar trato de tentarle con las tijeras del destino, un arma que pertenecía a las parcas. Con ellas, las ancianas cortaban los hilos del destino de los seres humanos y tejían un nuevo camino o les dejaban morir. Aladino no sucumbió la primera vez, pero años más tarde, cuando el dolor de su destino era demasiado para cargar con él, lo cortó para evitar su muerte."
"Miss Swan, creo que ha dado con algo." Celebra Regina con un suspiro de alivio.
Intenta mostrar una sonrisa igual de ufana, pero no puede evitar que una molesta sensación baje por su garganta y se enganche en su pecho. Y una vez más, lo hemos conseguido gracias a ti... Tenía la pista delante y...
"Eh." La alcaldesa detiene sus divagaciones, reclamando su atención. "Esto es trabajo en equipo."
"Regina, por favo..." farfulla con un resoplido.
"Llevamos días trabajando en esta investigación infernal y nuestras cabezas no dan para más." Insiste con una dulce firmeza. "Estamos tan cansadas que juntas sumamos un solo cerebro." Esta vez, logra que Emma suelte una pequeña carcajada, y ella le devuelve la sonrisa. "Has leído cerca de 30 cuentos y gracias a eso quizás estemos más cerca de resolverlo. Ese esfuerzo es todo tuyo."
"Vale." Sonríe agradecida, intentando que sus pulsaciones no se pongan a bailar como un niño pequeño al advertir la delicadeza en su respuesta sumada a su forma de tutearla. "Gracias."
"Trabajo en equipo." Insiste Regina, retomando su tono más neutral. "Y ahora averigüemos todo sobre esas tijeras."
Chapter 40: 39
Chapter Text
Emma reclina el asiento de su coche. Si su espalda pudiera pedirse la jubilación, estaría presentando los papeles en ese mismo momento después de tantos días de cripta, coche patrulla y posterior lectura en su sofá. Siente que hasta sus piernas empiezan a decrepitarse ante la falta de movimiento. Si pudiera leer los libros en el gimnasio, estaría caminando sobre una cinta de correr para desentumecerse.
Pero una vez más, sería muy difícil explicar a sus vecinos qué hace con un grimorio polvoriento encima de la máquina sin levantar sospechas.
Así que se resigna, tumba más su asiento y estira sus brazos en busca de un poco de alivio que no llega. Está frente a la tienda de Gold, sin novedades, y con un grimorio sobre objetos mágicos que no parece contener información relacionada con las malditas tijeras, por lo que sin novedades tampoco por ese lado.
Coge su móvil sin tener claro para qué. Querría desahogarse, pero tiene dudas de si mandar mensajes sin más contenido que la nada se consideraría sobrepasar los nuevos límites que han establecido. Desbloquea su teléfono pensando con qué excusa podría escribir cuando su corazón da un vuelco ante sus notificaciones. Regina le ha mandado un mensaje:
"Las tijeras han viajado más que Willy Fog."
"Qué referencia más actual, abuela."
"No es cuestión de edad, es cuestión de cultura general, ¿le suena el término?"
"Sí, es el que usan las ancianas para disimular que no son tan ancianas."
"Lo que me faltaba... Pues esta anciana al menos ha localizado al último propietario de las tijeras."
"¡Bien!"
"(...)"
"¿Me lo vas a decir?"
"Pues no lo sé... Es que esta anciana tiene lagunas de memoria. Por la edad, ya sabe."
"¿Y si te digo que no pareces tan anciana como eres?"
"Espantoso, Miss Swan. Simplemente espantoso."
Emma sonríe a la pantalla del móvil y permite que su cuerpo al completo se relaje y derrita con esa conversación. Le encanta estar hablando de nuevo con Regina de ese modo y, sobre todo, le encanta estar fuera de peligro para que la alcaldesa no logre advertir como su cabeza, sus hormonas y su estómago bailan al son de los mensajes como si se trataran de una declaración romántica y no un simple intercambio de bromas.
"Venga, demuéstrale a esta jovencita lo que una veterana como tú es capaz de conseguir y sorpréndeme. ¿Quién fue el último propietario de ese producto de papelería mágico?"
"Su queridísimo Aladino."
"¡¿Están en Agrabah?!"
"No creo... Todo parece indicar que se escondía en el Bosque Encantado durante la primera Maldición."
"Pobre Jasmine..."
"¡Ni siquiera la conoce!"
"Pero le cogí cariño en la película."
"Es usted como un cachorro, encariñándose de cualquiera que le rasque las orejas."
"Qué gráfico. Pero no recuerdo que tú me rascaras nada."
Le da a enviar y contiene el aliento. Ha ido muy lejos. No necesita reflexionar al respecto para tener claro que acaba de cruzar una línea. Otra vez. Los puntos suspensivos aparecen en la pantalla y su tripa se encoje a la espera de las consecuencias.
Hasta que la respuesta aparece en pantalla y deja escapar una carcajada de alivio y alegría a partes iguales.
"No me acerco a perras pulgosas."
"¿Y si prometo bañarme, desparasitarme y echarme perfume?"
"Entonces quizás, y sólo quizás, acceda a pasearla con correa."
"Me gusta la idea."
"Y bozal."
"Venga ya, te encanta escucharme ladrar."
"¿En serio? ¿Está usted leyendo la misma conversación qué yo? ¿De verdad cree que me gustan estos ladridos?"
"Sí." Responde escueta, desafiante y cada vez más sonriente.
"Tendré que ser más clara entonces en mis interacciones con usted..."
"Regina, sé que quieres que suene amenazador. De verdad que lo sé. Pero consigues lo contrario."
"Cuánta desfachatez."
"Y que lo digas. Esta juventud ya no tiene respeto por la tercera edad."
"¿Sabe acaso de lo que es capaz está anciana...?"
La pregunta de Regina hace temblar cada músculo de su cuerpo. Específicamente todos los que se concentran en la mitad de su tronco. Su mente se nubla y su boca se queda sin saliva y comienza a teclear, sucumbiendo completamente a la entonación que está casi segura conlleva ese mensaje.
Y un golpe en la ventana le hace lanzar el móvil por los aires.
"¡Aaaaaah!" chilla ante el estridente ruido del metal contra la ventanilla de su coche.
"Buenas tardes, Miss Swan." Al otro lado del cristal, Gold la observa con una sonrisa que una vez más Emma solo puede considerar macabra. Y más cuando intuye que trata de ser amistoso. Pero está tan lejos de conseguirlo. "No pretendía asustarla."
"No te esperaba..." farfulla bajando la ventanilla, arrepintiéndose por haber descuidado su vigilancia y permitir que se acercara hasta ella sin advertirlo. "Buenas tardes. ¿Sucede algo?"
"Me preguntaba a qué se debe esta vigilancia de mi local durante dos días seguidos."
"¿Qué?" tartamudea. "Eso no es cierto, solo estoy haciendo mi ronda."
"¿Dando vueltas a dos manzanas a la redonda de mi tienda y deteniéndose a cien metros de mi tienda?"
"Ha sido casualidad, simplemente me dedico a recorrer las calles del pueblo de forma aleatoria."
"Oh, entiendo. Estaba preocupado."
"¿Por qué habría de estarlo?" cuestiona Emma, intentando indagar y sintiendo que, quizás, pueda jugar con él y averiguar algo más.
Pero Gold, como Regina, siempre va un paso por delante. Y es él quien juega con ella.
"Porque entraron en mi tienda hace dos noches. Y quizá usted estaba vigilando la zona o tratando de averiguar cómo sucedió." Murmura pensativo. "Pero por supuesto que no, son desvaríos de un anticuario olvidadizo. Al fin y al cabo, no presenté denuncia porque parece que no se llevaron nada. Así que, ¿cómo iba a saberlo la sheriff?"
Emma retiene la respiración y centra todos sus esfuerzos en dejar su rostro tan neutral y tranquilo como es capaz, antes de responder.
"Si está seguro de que ocurrió, ¿por qué no denunció?"
"¿Para qué? Las cámaras de seguridad están alteradas y no muestran nada. ¿Y qué iba a denunciar? ¿Qué entraron y ya? Seguramente fue algún grupo de chiquillos intentando gastar una broma, así que, para que molestarse, ¿verdad?"
"Verdad." Responde escueta, sabiendo que ninguno de los dos está diciéndola. Es una amenaza velada, o quizás solo una burla poco disimulada. En cualquier caso, ambos saben de qué están hablando, pero Emma no puede ni imaginar qué pretende con ello.
Y menos aun cuando sus diminutos ojos incisivos brillan mirando hacia el asiento del conductor: "¿Eso es un grimorio?"
Emma vuelve a hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener su pose más indiferente, antes de contestar sin molestarse en girarse hacia el libro, como si ese descubrimiento no perturbara su paz en absoluto.
"Hay que matar los ratos muertos. Y tengo que continuar con mi formación."
"La entiendo completamente, Sheriff. Si necesita otras lecturas, tengo unas cuantas interesantes en la tienda. Algunas de las más destacadas se las incautamos a Owen, por si le interesa."
"Claro, por qué no, ya te avisaré." Responde con su sonrisa más cortés y forzada. "Si me disculpas, continuaré con la ronda."
"Por supuesto, Miss Swan, y gracias por protegernos a todos." Añade aumentando también su sonrisa antes de alejarse del coche.
"Buenas tardes." Farfulla subiendo la ventanilla de su coche. Gold se aleja con lentitud y Emma busca su móvil a tientas por el suelo, nerviosa, preocupada, fuera de sí. Y al encontrarlo ve que no hay rastro de la última respuesta de Regina y que en su lugar solo aparece un escueto: "El usuario borró este mensaje."
"¡Joder!" exclama apretando los puños.
Comienza a teclear rápidamente, colapsada ante la riada de emociones que empiezan a embargarla. La conversación con Gold ha dejado una sensación agria y revuelta en su estómago y una furia que le impide escribir tan rápido como desearía responder a Regina.
Y, al mismo tiempo, daría su vida por retroceder en el tiempo y no haber dejado aquella conversación en el aire. Por no haber dado pie a que la alcaldesa retirara su última pregunta. No puede ni imaginar qué habrá pasado por su cabeza. Daría lo que fuera por tenerla enfrente y poder hacerse una mínima idea de que ha pensado cuando al otro lado de la línea, justo en ese momento, ella se ha quedado en silencio.
"Regina, perdona, no pretendía desaparecer. Ha sido Gold. Se ha acercado al coche a hablar conmigo. Sabe que estuviste en su tienda y no se ha molestado en ocultarlo."
Suspira de alivio cuando al instante, Regina aparece en línea. No aparta la vista de los puntos suspensivos, pero todo su alivio se evapora cuando un escueto mensaje aparece en su pantalla:
"¿Qué le ha dicho?"
Ni una mención a sus disculpas, nada de la atmósfera que compartían dos segundos antes.
"¡Joder!" repite, su animadversión por Gold recrudeciéndose. "Sabe que le estaba vigilando y que estuviste en su tienda."
"Transcríbame la conversación. PALABRA. POR. PALABRA."
Chapter 41: 40
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Una noche más, Emma y su techo han establecido una relación que parece no tener fin. Mira fijamente cada diminuta señal en la pintura de su habitación buscando un ápice de sueño que no llega. Y no es por falta de cansancio. Ha perdido la cuenta de las noches que ha pasado en vela hasta altas horas y comienza a echar en falta un sueño largo, reparador y sin despertador.
Pero es incapaz de cerrar los ojos y dejarse llevar.
En su cabeza se repite una y otra vez su encuentro con Gold y su conversación con Regina. Si al menos la alcaldesa hubiera aceptado que se vieran, está segura de que habría obtenido cierto alivio. Poder ver su cara, medir su reacción, saber qué estaba pasando por su cabeza. Pero no. Regina se opuso a encontrarse con ella bajo el pretexto de no levantar más sospechas, aunque Emma propusiera una y mil opciones para hacerlo en secreto.
Regina no tenía miedo de que fueran vistas, simplemente no quería ver a Emma. No hacía falta ser muy avispado para unir los puntos. Y era lo que más la carcomía. ¿Por qué no quería encontrarse con ella? ¿Por sus últimos mensajes? ¿O porque la conversación con Gold la había alterado?
Cualquiera de los dos supuestos encendía algo en ella que no le permitía conciliar el sueño. Si ese maldito usurero había removido algún tipo de incertidumbre o enfado en Regina, quería estar a su lado y que se desahogara con ella. Y, si por el contrario, era por su conversación... Esa opción era aún peor.
Habían traspasado los límites que Emma prometió respetar. Lo habían hecho las dos, sí, pero la salvadora era consciente de que lo había comenzado ella. Como la gran mayoría de las veces. Y, de nuevo, había sido ella quien, de alguna forma había estropeado aquello abruptamente. Puede que la primera vez Snow pusiera mucho de su parte, y esta vez hubiera sido culpa de la interrupción de Gold. Pero la cuestión es que caminaba sobre una cuerda muy fina colocada sobre un acantilado cuando se trataba de ese tipo de interacciones. Y cualquier paso en falso era una caída de la que parecía imposible recomponerse. Y menos aún dos veces.
Pero ¿por qué?
En el fondo, la pregunta es una estupidez. Emma es muy consciente de todo lo que bulle bajo la superficie. O al menos bajo su superficie.
Pero ¿y bajo la de Regina?
Sabe que es jugar sucio, pero en esos momentos ama su vínculo y habría dado lo que fuera por estar a su lado y escuchar qué pensaba exactamente. Porque cuando se dejan llevar Regina parece una persona y con cada abrupta interrupción retroceden mil pasos.
Conoce la versión oficial. No tiene sentido andarse con simples juegos cuando hay tanto que perder. Cuando Henry podría salir herido si algo se tuerce o simplemente si sale a la luz. Pero ¿y si no son juegos?
Esa es la verdadera razón por la que no puede dormir.
Porque para ella no lo son. A ver... sí, se divierte, lo disfruta y es tan delicioso y emocionante. Pero eso no es más que la superficie, la fachada con la que recubre todo lo que quizás ni siquiera se ha atrevido a decirse a sí misma en voz alta porque la magnitud de esa verdad podría ahogarla con sólo meter un pie en ella.
Así que, ¿cómo espera que dé un paso en ninguna dirección cuando ella misma es un lío de ideas y sentimientos que no se atreve a desatar? ¿Cómo puede esperar que Regina cruce ese puente y permita que los juegos continúen hasta convertirse en quién sabe qué si Emma no se atreve a admitir que se muere por estar al otro lado, esperándola, sabiendo claramente qué decirle?
O lo que es aún peor... ¿Y si Regina no esconde nada aparte de esa atracción mutua? ¿Si no le interesa cruzar ningún puente que lleve a Emma más allá de un par de noches de pura diversión? ¿Y si sus retrocesos son solo su conciencia regresando a poner todo en orden cuando las hormonas desatadas se hacen a un lado?
Entonces es una maldita ilusa que está perdiendo el tiempo y el sueño imaginando castillos en el aire que se van a derrumbar sobre ella con todo el peso de sus ladrillos.
Coloca su almohada sobre su cabeza para poder exclamar libremente un profundo: "¡AAAAAAHHHHH!!!!", antes de coger aire una vez más e intentar tranquilizarse.
La necesidad casi inhumana de buscar respuestas le lleva a recoger su teléfono. Quizás si repasa la conversación, si lee entre líneas, pueda entender mejor si es todo un espejismo de su cabeza, un simple juego o si quizás...
Regina está en línea.
EN LÍNEA.
Son las 12 de la noche y está conectada.
Y LE ESTÁ ESCRIBIENDO.
Se sienta de golpe en su cama agarrando el teléfono con ambas manos mientras los puntos suspensivos parpadean en su pantalla, justo al final de la conversación.
"Vamos, Regina, ¿qué quieres decirme?" piensa para sí dejándose dominar por el pánico, los nervios y la emoción al mismo tiempo.
Pero la respuesta no llega. Los puntos suspensivos continúan bailando, burlones, durante unos 30 segundos.
Y de repente, nada.
Desaparecen como si jamás hubieran estado y la hora de conexión de Regina se actualiza. Ya no está en línea y no ha escrito absolutamente nada.
"¡¿Qué?! ¡NO!" chilla está vez en voz alta. Se arrepiente al segundo, tapándose la boca y esperando alguna señal de haber despertado a Henry. Pero la casa continúa en absoluto silencio a excepción de las encabritadas palpitaciones que resuenan contra su pecho.
Sostiene su móvil y continúa mirando la pantalla fijamente, pero nada cambia. Regina ya no está en línea y ella parece una loca desesperada con la vista clavada en una pantalla inalterable.
"¿Pero qué demonios...?"
Chapter 42: 41
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Su boca sabe a metal. Su cabeza está nublada y dolorida. Y su espalda se retuerce con un dolor agudo y lacerante que la recorre desde la nuca hasta los riñones.
Mueve su cuello y otra punzada le obliga a gemir.
Sus sentidos comienzan a desembotarse sólo para comprender dos cosas. Tiene los ojos cerrados y está sentada.
El pánico enciende todas las alarmas de su cuerpo y la adrenalina empieza a correr por sus venas como ríos de lava que prenden cada centímetro de su piel.
Abre los ojos y su primer instinto es ponerse en pie. Cuatro tirones simultáneos le obligan a gemir de dolor. Mientras su vista empieza a aclararse, repara en las cuerdas que atan sus brazos y tobillos a las patas y reposabrazos de una silla de madera.
Su silla de madera.
La misma que guarda en su cripta.
Sus neuronas, histéricas, se apresuran a atar cabos en medio de su despertar. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha acabado prisionera en su propia cripta? ¿Quién la ha atado?
Trata de tranquilizarse. Respira hondo y busca respuestas entre la neblina de su confusa cabeza. ¿Qué es lo último que recuerda? Anoche... Anoche ella estaba...
Estaba frente a la tienda de Gold.
Oh, mierda.
Fue al maldito anticuario después de trabajar durante horas en su cripta. No pretendía entrar en la tienda, o quizás sí. Es entonces cuando todo se vuelve confuso. Quería entrar. Está segura de que quería hacerlo. Pero la voz de Emma pidiéndole que no lo hiciera sin avisarla se adelantó a sus intenciones.
Sostuvo su móvil. Comenzó a escribirla. Esta casi segura... ¿y luego?
Solo tiene retazo inconexos. Pasos a su espalda... un olor agrio... y nada más.
Respira hondo, tan tentada de dejar a su pánico coger las riendas de la situación... Pero no. Se obliga a mantener a raya sus emociones. Gritar desesperada no le ayudará en nada. Tiene que pensar.
Esta en su cripta. Atada a una de sus sillas. Y alguien la ha traído hasta allí.
¿Pero quién? ¿Cómo? Y sobre todo, ¿por qué?
"Buenos días, alcaldesa. Veo que por fin ha tenido a bien despertarse, bienvenida."
La voz de Gold resuena desde lo alto de las escaleras como una cantinela divertida y sádica.
"Tú." Ruge desde el fondo de su pecho con tanto odio que sus costillas vibran con su voz.
"Yo." Repite encantado bajando hasta ella. "Pero no perdamos el tiempo. ¡Hay tanto que hacer!"
Chapter 43: 42
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"¿Qué pretendes?"
"Siempre directa al grano, ¿verdad?" pregunta Gold paseándose por la sala principal. "Ahora mismo lo que pretendo es dar con tu provisión de pociones."
"No tengo nada de eso."
"Oh, por favor, Regina, mi alumna aventajada, ¿esperas que me crea que una vil y destructiva reina como tú no viajó a este mundo estéril cargada con sus mejores armas?" pregunta con gesto burlón. "Podemos hacerlo por el camino rápido o por el lento, tú eliges."
"¿Pretendes torturarme?"
"¡Tú siempre tan sádica!" ríe encantado. "Esa es una de las cualidades que más aprecio de ti."
Regina eleva la comisura de su labio con asco. "¿Entonces?"
"Esto no es tan grande." Se burla Gold. "O me lo dices o abro un par de armarios. No hay por qué ponerse así."
"¿Y luego?"
"Paso a paso." Responde abriendo las puertas de caoba que esconden sus botellas de sidra y las copas de cristal. "Interesante..." farfulla cerrándola con desgana. "Veamos que se esconde tras la puerta número dos."
Esta vez es el turno de una enorme librería, desordenada por los últimos días de estudio.
"Tampoco..." masculla entre dientes.
"¿Qué esperas encontrar?"
"Estoy abierto a lo que me ofrezca tu reserva de pociones, ¿por qué cerrarnos a una sola idea?" pregunta cerrando una segunda estantería llena de pergaminos.
"Gold." Ladra, recuperando su plena atención. "¿Por qué estoy aquí?"
"Vamos, Regina, ¿de verdad lo preguntas?" se burla hablando despacio, como si hablará con un niño pequeño y poco despierto. "Respóndeme tú, ¿qué hacías ayer en mi tienda?"
"No estaba en tu tienda. Solo daba un paseo a la luz de la luna." Responde con una enorme y artificial sonrisa.
"¿Seguro? Porque habría apostado que querías entrar a robarme. Otra vez."
"Yo no..."
"Oh, vamos, Regina. No esperarás que pase por alto este precioso regalo que me has hecho, ¿no?" inquiere caminando hasta ella solo para apartar la manga de su chaqueta. Regina ni siquiera baja la mirada cuando el usurero destapa su brazalete. "Estoy tan sorprendido. Y agradecido, no me malinterpretes. Pero realmente no esperaba que llevarás tan lejos tu debilidad por la Salvadora. Cuando advertí la falsificación que habías dejado di por hecho que Emma sería la portadora. Un gran truco para romper el vínculo, por cierto. Pero no. Te sacrificaste tú. Curioso, ¿no...?"
"Fuiste tú quien embrujo la calavera." Gruñe, su rabia multiplicándose con cada nueva respuesta.
"¿De verdad aún estamos en ese punto...?" resopla negando con decepción. "Quizás no eras tan aventajada como yo pensaba."
"Querías compartir el vínculo con Emma." Insiste, aunque Gold, agachado frente a la mesa principal buscando cajones ocultos, no se moleste en contestarla. "¿Pero para qué?"
"Para estrechar nuestra relación como abuelo y madre de Henry." Ríe sin ni siquiera molestarse en mirarla.
"Pretendías colarte en sus pensamientos... Quizás te habías preparado para mantener tu mente en blanco y ser solo un oyente invisible dentro de su cabeza."
"Ya no voy a ponerte el sobresaliente, pero veamos si eres capaz de ganarte el aprobado raspado." Se burla apoyándose contra la mesa y observándola con total indiferencia. "Sigue."
"Quieres poder, estas tan desesperado que resulta hasta patético." Contesta disfrutando cuando Gold entrecierra los ojos y resopla con más fuerza. "Y Emma tiene muchísimo, más del que jamás soñaste. Y sin la carga de estar esclavizado a una daga. Pero solo puede haber una elegida..." se detiene, uniendo cada punto, hasta que en su mente forman un dibujo cada vez más claro. "Pretendías conocer sus miedos y sus debilidades para ahondar en ellas y convencerla de que rechazara su magia. Que renunciara a su destino usando las Tijeras del destino, para poder robárselo."
"Bravo." Responde Gold dando unas palmadas lentas y desganadas. "Y solo has tardado 5 días en descubrirlo. Aunque te doy un punto extra por lo de las Tijeras, impresionante. Ahora si me disculpas..." Añade señalando una de las alas aledañas a la sala principal, antes de echar a andar hacia allí.
"¡No le harás daño a Emma!" grita luchando de nuevo contra las cuerdas que la retienen en su silla, mientras escucha el ruido de armarios a lo lejos. "¡No te lo permitiré!"
"Oh, qué ternura..." canturrea asomándose por el arco que separa ambas alas. "¿Y piensas detenerme tú solita? ¿Desde esa silla, atada y sin magia?" Cuestiona señalándola burlón con un dedo. "Tu intensa y más que sospechosa debilidad por Emma te ciega. Esa misma debilidad que te llevó a saltar como un cervatillo asustado en cuanto intenté sostener la calavera. Sabías lo que te haría y aun así no dudaste ni un segundo. Curioso..." murmura dejando sus palabras en el aire antes de volver a desaparecer tras los arcos de piedra. "¡Oh, eureka!" exclama encantado a lo lejos. "Oh, Regina, esta colección es mucho mejor que la mía." Celebra regresando hacia la sala principal. "Tantas posibilidades... gracias por ponérmelo tan fácil."
"No vas a salirte con la tuya..."
"Me llevo un par de pociones que dicen lo contrario, la verdad." Responde sonriente encogiéndose de hombros. "Ahora, si me disculpas, he de ir a abrir la tienda. No queremos que nadie piense que estamos haciendo algo sospechoso, igual que cierta alcaldesa que desapareció de las pesquisas de Owen y está faltando a su trabajo de nuevo, ¿verdad?"
"¡Hijo de puta...!" grita furiosa, se retuerce contra sus cuerdas y trata de saltar contra Gold. Pero solo consigue que las patas de su silla chirríen contra el suelo con estruendo, sin moverse del sitio ni acercarse a él ni medio centímetro.
"Regina, cada vez me defraudas más." Dice con una mirada de compasiva burla, antes de comenzar a subir las escaleras. "Nos vemos en unas horas, no me eches mucho de menos."
Regina respira agitada, por el esfuerzo y los nervios. Espera hasta que escucha la puerta cerrarse y, solo entonces, vuelve a agitar sus brazos. Una y otra vez. Hasta que su brazo izquierdo, golpe a golpe, consigue empujar el vial que guarda en el bolsillo de su chaqueta. Hasta que ve el corcho asomar por el borde de la tela.
Da un último empellón y el cristal cae de su chaqueta, estrellándose en mil pedazos contra el suelo de la cripta. Liberando su contenido por la piedra y, por dios, Regina espera que también su conjuro.
Chapter 44: 43
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"¡Has madrugado!"
Madrugar, no dormir, cual es la diferencia, piensa Emma para sí antes de responder a David desde su escritorio.
"Sí, Henry se fue al colegio caminando con un par de amigos y decidí entrar un poco antes." Responde estirando sus brazos y desentumeciendo su espalda.
"¿Mala noche?"
"No, que va" Responde mintiendo ya por inercia. "Pero quiero un café, ¿te sirvo?"
"Sí, por favor." Responde con la vista en su móvil y el ceño fruncido.
En circunstancias normales, preguntaría si todo está bien. Pero hoy tiene demasiadas preocupaciones como para añadir ninguna nueva. Y quizás es mezquino y bastante egoísta de su parte, pero no tiene espacio para más inquietudes. No ha dejado de pensar en Regina, en el maldito mensaje que jamás envió y en todo lo sucedido.
Aunque se sienta estúpida admitiéndolo en voz alta, permaneció un par de horas con la conversación de Regina abierta en su móvil esperándola aparecer de nuevo en línea o incluso escribiéndola. Pero nada.
Al despertar había corrido a mirar sus notificaciones y de nuevo silencio.
Y por último había tenido la osadía de escribirle un mensaje de buenos días, preguntando si todo estaba bien y Regina ni siquiera se había molestado en leerlo. Sabía que estaba molesta, que habían vuelto a retroceder quién sabe cuántos pasos, pero esperaba que al menos respondiera a un mensaje formal y libre de dobles intenciones.
El clack de la cafetera la saca de su ensimismamiento y le obliga a regresar al presente. Aún está enfadada y frustrada pero necesita desesperadamente cafeína si no quiere desmayarse por falta de sueño antes del almuerzo.
Alcanza dos sobres de azúcar, cucharillas y un par de tazas en las que sirve el café hirviendo. Se acerca hacia la mesa de su padre, cuyo gesto ya ha mutado de extrañado a muy confundido y un tanto preocupado.
"¿Todo bien?" inquiere dejando la taza frente a él.
"Es tu madre." Dice con sus ojos moviéndose al mismo tiempo que se deslizan por la pantalla. Emma, sin mucho interés, se prepara para alejarse cuando las palabras de su padre la detienen en el sitio. "Está preocupada por Regina."
"¿Cómo?" pregunta en un tono neutral y mortecino.
"Le ha llamado Loreta."
"¿La secretaria de Regina?"
"Sí..." Responde medio ausente, mientras teclea una respuesta para su mujer.
"¡¿Y?!" le apremia Emma, la desesperación atragantándosele en la garganta en un grito que no llega a nacer.
"Tu madre le pidió que le informará de cualquier movimiento sospechoso por parte de Regina." Responde prestándole un poco más de atención, mientras la conversación en su teléfono continúa. "Acaba de llamarla. Regina no se ha presentado al trabajo y tampoco se lo ha avisado."
"¿Cómo?" tartamudea Emma sin respirar.
"Eso es todo lo que sabe tu madre. Pero está convencida de que trama algo y por eso ha desap... ¿Emma, a dónde vas?" Pregunta viéndola coger las llaves del coche patrulla y su cazadora de cuero.
"Ha comprobarlo. Si Snow cree que algo está pasando, me fío de su instinto."
"Voy contigo."
"¡No!" exclama con demasiada intensidad como para ser justificable. "Quiero decir, vete hablando con mamá, haz la ronda y avísame si ves algo raro. Yo iré a la mansión."
"¿Sola?" cuestiona David preocupado.
"Estaré bien. Solo es una misión de reconocimiento." Dice sonriendo en un gesto torpe que espera que transmita la tranquilidad que no siente. "Te iré informando de cada paso, ¿de acuerdo?"
"Está bien. Pero no hagas nada peligroso. Si dudas, pide refuerzos."
"¡Prometido!" grita saliendo a todo correr por la puerta. No hace falta ser sheriff para sospechar de su comportamiento, pero es algo con lo que lidiara en el futuro. Ahora solo tiene una cosa en mente: Regina.
Aún no ha leído su mensaje. Ella fue la que propuso continuar con sus rutinas habituales, no levantar sospechas. No tiene ningún sentido que se haya ausentado de su trabajo.
Al menos no de forma voluntaria.
Corre hacia el parking, prepara las llaves en su mano, lista para abrir la puerta. Y entonces lo ve. Una columna de humo violeta que se pierde en la inmensidad del cielo.
Y nace en la cripta.
Se abalanza contra el coche, abre la puerta y arranca sin ponerse el cinturón. No enciende la sirena, pero no respeta ni un solo semáforo y desaparece calle abajo. Su vista, su atención y su cabeza solo pendientes de esa impresionante y lúgubre columna violeta.
Chapter 45: 44
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El chirrido de la puerta de la cripta es mucho más agudo que de costumbre. Quizás por el empujón animal que Emma le propina, abriéndola casi de golpe. Desenfunda su arma y observa la columna de humo descender hacia la profundidad de la bóveda, desapareciendo escaleras abajo.
"¡¿REGINA?!" grita para sus adentros. Por respuesta, silencio. Emma empieza a recorrer los escalones, repitiéndose que el vínculo casi ha desaparecido, que esa es la única razón por la que no ha respondido. Está bien, aún no puede escucharme, pero ella está bien, se repite una y otra vez, mirando a cada rincón por encima de su arma.
Nada en la cripta parece diferente.
Al menos hasta que alcanza la sala principal. Sus ojos se cruzan con los de Regina, atada a una silla y con el mismo gesto de recelo hasta que reconoce el rostro de Emma y un alivio descomunal recorre su vínculo en ambas direcciones.
"¡Regina!" grita corriendo hacia la silla. "¡¿Qué ha pasado?!"
"Quería probar un truco de Houdini que no salió bien." Sonríe como si en lugar de ser una prisionera estuviese sentada en su trono.
"Ja ja..." masculla enfundando su arma y afanándose por soltar el primer nudo de su muñeca. "Ha sido Gold, ¿verdad?"
"Bingo."
"¿Y usó el bastón o la silla de ruedas motorizada?"
"Ja ja." La imita abriendo y cerrando su mano cuando al fin es libre. "Optó por el cloroformo. Y quizás una carretilla." Admite desentumeciendo su cuello. "No tire las cuerdas muy lejos."
"¿Perdón?" pregunta deteniéndose por un segundo.
"¿Le importaría...?" Responde Regina señalando la mano que aún permanece atrapada.
Emma vuelve a pelear con el nudo hasta deshacerlo. "¿Para qué necesitas la cuerda? ¡Tenemos que ir a pedir ayuda!"
"No aún." Dice acariciando sus muñecas alternativamente. "Necesito averiguar qué pretende."
"Y lo haremos, después de detenerle." Responde a sus pies, soltando los dos últimos nudos.
"No hablará, las dos lo sabemos. Y sin pruebas es mi palabra contra la suya."
"La nuestra." Le corrige Emma, antes de estirar su mano y añadir: "Déjame tu muñeca."
"No." Responde alejando el brazalete de Emma.
"¿Regina, estás loca? Ese psicópata puede volver en cualquier momento."
"Y será nuestra única oportunidad de sonsacarle algo."
"Puedes hacerlo igual sin el brazalete." Insiste intentando acercarse a su brazo, pero se lo esconde de nuevo. "¡Regina!"
"Deje de gritar o le descubrirá en cuanto entre."
"Pues deja que te lo quite."
"No puedo." Niega con la cabeza. "Solo se abrirá a mí si siente que estoy a su merced."
"¡Pues ponte otra falsificación!"
"Supo al instante que la de la tienda era falsa, volvería a ocurrir y no puedo permitirme ese fallo otra vez."
"¿Qué diablos pretendes entonces? ¿Estar a merced de Gold sin poder defenderte?"
"No exactamente. Debe volver a atarme pero dejando los nudos flojos para poder soltarme cuando desee. Y usted debería esconderse en ese armario a la espera de mi señal."
"Tienes que estar de broma..."
"Para nada."
"Regina, vámonos de aquí."
"No, Swan. Yo me quedo."
Emma recorre su cuero cabelludo con ambas manos. "¿De verdad pondrás tu vida en peligro para sonsacarle información?"
"Sí." Responde con rotundidad. "Porque va a por ti."
"Regina, con más razón. Si soy su objetivo, deja que yo decida cómo quiero enfrentarlo." Suplica, perdiendo parte de su enfado ante el inesperado pensamiento. Intenta una vez más sostener su brazo, pero la alcaldesa lo protege tras su cuerpo.
"No aún."
"No puedes arriesgar tu vida por un maldito plan sin sentido." Responde arrodillándose hasta quedar a su altura y poder soltar los nudos de las piernas.
"Son solo unos minutos más." Responde convencida. "Además, el vínculo está a punto de deshacerse."
Emma frunce los labios, su rabia resurgiendo al escucharla. "¿Prefieres morir a seguir compartiendo tu mente conmigo?"
"No he dicho eso."
"Pero lo has pensado."
"Emma, escúchame." Pide y ambas son conscientes de que el uso de su nombre es una estrategia tan sucia como eficaz. "Dices que confías en mí. Pues hazlo una vez más. Gold está tramando algo y solo tenemos esta oportunidad para descubrir qué es. No prefiero morir a mantener nuestro vínculo, de verdad que no."
"¿Entonces?" Inquiere sin dejar de fruncir sus labios.
"Entonces necesito que me vuelvas a colocar las cuerdas, te escondas y me dejes manejar a Gold a mi manera."
"No puedes pedirme eso." Responde negando con la cabeza hasta que las manos de Regina sostienen su rostro.
"Por favor." Suplica con una delicadeza que Emma jamás ha visto y que, lejos de convencerla, reaviva sus ganas de sacarla de allí cuanto antes. "No lo harás..." murmura contestando a sus divagaciones.
"Regina..." musita incapaz de acceder a dejarla ahí, expuesta, sola, en manos de ese psicópata. Pero deja de pensar cuando el pulgar de la alcaldesa acaricia su mejilla y cierra los ojos, totalmente vendida a esa inesperada caricia.
"Por favor." Repite sosteniendo su rostro con más dulzura y firmeza a la vez, clavando sus ojos en ella y suplicándole sin palabras.
Y Emma actúa. Sin pensar. Sin dejar que nada pase por su cabeza. Moviéndose por puro instinto. Por uno animal y tan primigenio que ni Regina con todo su vínculo al completo habría podido verlo venir.
Sus piernas la impulsan hacia delante y su cuerpo se abalanza sobre Regina sin permitirle reaccionar. Su boca se estrella contra los labios de la alcaldesa y solo entonces la escucha en su cabeza gemir sobresaltada. Su mano rodea el cuello de Regina, la otra se sostiene en el reposabrazos de la silla y se recrea en el beso más delicioso y necesitado que ha dado jamás.
Sus labios acarician los de Regina con una lentitud que contrasta con el hambre de su dueña. Al menos hasta que Regina le devuelve el envite y la necesidad que se despierta en su cuerpo exige más. Mucho más. Su lengua pide paso recorriendo sus labios y la alcaldesa la recibe con entusiasmo, tirando de su rostro e inclinándose para permitir que el beso profundice hasta desatar una hoguera descontrolada en el vientre de Emma.
La voz de Regina resuena en medio de los increíbles sonidos que se mezclan entre cada beso Detenla, detenlo... Pensamientos que no van dirigidos a Emma, aunque sea una clara alusión a ella. Pero la voz de la conciencia de Regina se esfuma tan rápido como ha llegado cuando las uñas de la Salvadora recorren su cuero cabelludo y arañan su cuello.
Son demasiados días, demasiado tiempo, demasiadas ganas como para poder resistirse. Emma está jugando sucio, sabiendo de antemano que, si Regina siente una mínima parte de la desesperación que la está consumiendo a ella, no podrá detenerla.
Y por la forma en la que gime contra su boca y muerde sus labios, está segura de que ya no queda un solo gramo de su cuerpo que quiera echarse atrás. Si en algún momento su conciencia pudo hacer algo, ya no queda rastro de ella. De la de ninguna de las dos. Sólo hambre, placer y tanta desesperación.
Sobre todo cuando las manos de Regina se cierran en torno a su camiseta y tiran de ella hasta elevarla y sentarla sobre su regazo. Emma gime y aprieta sus piernas entre sí, advirtiendo el calor y la humedad que ese simple gesto acaba de desatar. Ahí, besando a Regina bajo ella, gimiendo sin control, con las manos de la alcaldesa cerrándose en torno a su cintura y su trasero, pierde la cabeza. Sus caderas se mueven con el mismo ritmo candente de sus labios y los gemidos se entremezclan. Sonidos desesperados, hambrientos, tan deliciosos, que resuenan tanto en la cripta como en sus pensamientos y que Emma no sabría decir a quién pertenecen.
Pero qué más da.
Se está derritiendo sobre Regina, igual que hielo en sus manos. Y es lo más delicioso que ha sentido jamás. Ese beso refleja cada rincón del alma de Regina y siente que colapsa ante esa visión. Es tan intenso y apasionado, tan descarnado e insaciable, tan delicado y minucioso, tan perfecto... como ella. Está besando a Regina y jamás hubiera podido prepararse para la forma en que su cuerpo, su boca, sus manos encajarían con ella.
Pero cuando la escucha jadear mentalmente No te detengas, algo dentro de Emma se rompe y su raciocinio está listo para despeñarse y no volver por horas.
O casi.
Ese impulso primigenio, ese primer movimiento, aún late dentro de ella.
Y duele escucharlo. Duele físicamente, pero es superior a sus fuerzas. Y, a pesar de que su cuerpo arda en llamas, su corazón baile feliz al ritmo del infarto y su alma se estremezca con cada caricia y mordisco de Regina, su cabeza logra sobreponerse. Como una pequeña luciérnaga paseando en mitad de una noche cerrada.
Acaricia el cuello de Regina con sus uñas, recorre el comienzo de su pecho y, por un momento, el gemido que abandona la garganta de la alcaldesa hace tropezar a su raciocinio. Pero se recupera a duras penas y deja que su mano arañe el suave brazo de la alcaldesa, bajando lentamente.
Solo queda un movimiento. Pero la voz de Regina, resonando a lo lejos con un insondable y tierno Se preocupa por mí..., rompe su propio aguante. Y puede que sea la culpabilidad, la falta de autocontrol o un simple error, pero en su propia cabeza resuena una cantinela: Me va a matar, me va a matar...
Regina detiene el beso, cogiendo aire con dificultad. Sus ojos, brillantes y con mirada confusa, se clavan en los de Emma con el ceño fruncido; sus labios, rojos, húmedos e irresistibles se tuercen en una mueca antes de preguntar con voz ronca: "¿Por qué iba a matart...?"
La pregunta muere en el aire cuando su mirada se despeña hasta la mano de Emma. La misma que está colocada sobre el brazalete.
Chapter 46: 45
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Todo ocurre tan rápido que la Salvadora y sus embotados sentidos son incapaces de seguir el ritmo. Ella tira del brazalete, pero antes de recuperarlo, el brazo de Regina se escapa de su agarre. Un segundo después, las cálidas piernas que sostenían su cuerpo se estiran y Emma advierte como la gravedad la reclama con fuerza, estrellándola contra el suelo con un doloroso golpe.
"Ay." Gime cerrando los ojos cuando su trasero choca con la fría piedra. Un contraste aún más cruel comparado con la suavidad y calidez de las piernas de Regina.
"¿En serio, Miss Swan?"
Un susurro, cuatro palabras que estremecen a Emma cómo si se tratase de un grito colérico y fuera de sí. Busca el rostro de Regina, impertérrito e indiferente, y se estremece ante la rabia que refulge en los ojos café. La misma que está invadiendo su vínculo y que atrofia sus pulmones con la fuerza del primer día. Puede que su conexión esté a punto de desaparecer, pero la furia de Regina es tal que incluso las últimas baldosas de ese puente son suficientes para que Emma sea incapaz de respirar.
"Solo pretendía..." murmura sin apenas voz.
"Traicionarme." Ladra. "¿Cómo he podido pensar que...?"
"No, traicionarte no, jamás." Gime, rompiéndose ante su voz, ante sus pensamientos. Pero lejos de que sus palabras surtan algún efecto, parecen aumentar su ira con cada sílaba. "Regina, no quería traicionarte. Quería salvarte."
"Qué frase tan curiosa..." responde con una sonrisa tan fría e inexpresiva, que un escalofrío recorre la espalda de Emma. "Lástima que no pudiera conocer mejor a mi madre, creo que se habrían llevado bien."
"Por favor, deja que te lo explique." Suplica.
"¿No cree que ya lo ha hecho?" espeta soltando las cuerdas de sus tobillos sin apartar la vista de ella. "La gran salvadora quería decidir por mí, ignorar la voluntad de esta estúpida inconsciente y salvarme." La rabia con la que pronuncia la última palabra encoge el estómago de Emma. "Y para ello ha usado lo que ha sido necesario, por supuesto."
"Regina, yo no..." Jamás ha querido utilizarla. Ese beso, esas caricias, significan un mundo para ella y nunca habría querido mancillar ese momento con algo tan ruin, pero se rompe en dos sólo con pensar en dejarla en manos de Gold. Y se arrepiente, claro que se arrepiente de haberla besado con esa intención, pero jamás la habría utilizado. Ese beso lo es todo y a la vez...
"¡Cállese!" la interrumpe colérica negando con la cabeza. Emma podría jurar que no se refiere a sus palabras. Pero de todos modos cierra la boca. Las manos de Regina han terminado de soltar los nudos de sus piernas, pero están volviendo a colocar las cuerdas a su alrededor. Solo un ojo experto podría reconocer que ya no están retenidas contra las patas de las sillas, pero desde lejos no levantarían la más mínima sospecha.
Luego es el turno de sus muñecas. La primera cuerda la coloca sin problemas, pero con la segunda el proceso es mucho más complicado. Regina se ve obligada a colocarla con la misma mano que trata de atar y por más que lo intenta, la cuerda nunca rodea su brazo.
"Deja que al menos..." musita Emma.
"¡Joder!" grita Regina, sin mirarla, antes de gruñir: "Intente algo, lo más mínimo, y no respondo de mis actos, ¿me ha entendido?"
"Totalmente..." murmura Emma, levantándose del suelo para acercarse a ella lentamente. Su trasero se resiente del golpe con un par de pinchazos de dolor, pero no hace el más mínimo ruido. Solo se eleva hasta colocarse a la altura del reposabrazos y coloca la cuerda sin atreverse a mirar ni una sola vez el brazalete. "¿Así está bien?"
"Sí." Es cuanto bufa, sin dirigirle la mirada. "Ahora, elija. Váyase a la mierda o escóndase, me es indiferente. Pero no vuelva a interferir en mi plan, ¿está claro?"
"Totalmente." Repite una vez más, paralizada y demasiado abrumada por su voz, por la situación, por la rabia que vibra en su vínculo como un enjambre de avispas deseando picarla.
"¡Pues muévase!"
"Sí, sí..." responde tragando hondo y buscando el armario más grande a su alcance. Deja todos los libros de su interior en una de las salas aledañas hasta que hay hueco suficiente para su cuerpo y se sienta dentro. La madera cruje pero juraría que aguantará su peso.
"¡Cierre!"
"Ya voy, ya voy..." dice colando los dedos entre las puertas de caoba. Tira cuidadosa de ellas y de repente la oscuridad se cierne sobre ella. Aunque sabe que la inquietud y el dolor que están estrangulando sus tripas no tienen nada que ver con la falta de luz.
Chapter 47: 46
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En el silencio absoluto, la respiración de Regina resuena entre las paredes de piedra como un huracán desatado. Lleva más de media hora encerrada pero con el discurrir del tiempo, la ira de la alcaldesa no ha hecho más que crecer. Ni siquiera son pensamientos nítidos, solo oleadas de furia asesina y rabia desmedida.
Emma ha intentado no decir ni una sola palabra. Ni mental ni en voz alta. Callada como si así pudiera desaparecer y reducir la cólera de Regina. Pero tampoco está funcionando. Si durante un solo segundo los niveles de ira descienden, al segundo vuelve a duplicarse, obligando a Emma a cerrar los ojos con culpabilidad.
Y con cada minuto que pasa, la culpabilidad se multiplica. ¿Qué demonios pretendía? ¿Qué narices pensaba que iba a suceder? Si hubiera tenido la decencia de pensar dos segundos en su plan, lo hubiera descartado al instante. Pero ese fue justo el problema, que no pensó. Porque entonces Regina lo hubiera sabido. Sólo actuó. Y fue una soberana mierda de idea.
¿Cómo iba a acabar bien? Si hubiera logrado quitarle el brazalete, ¿qué? ¿Regina habría sonreído y habría dicho: muy bien, Swan, usted gana, sigámonos besando y olvidemos el brazalete, ya no lo necesito? No, seguramente no. Y por la respiración que escucha fuera resonando con más fuerza y rapidez, puede imaginar que Regina está de acuerdo con sus suposiciones.
El escenario más plausible habría sido Regina quemándole el trasero, quitándole el brazalete y colocándoselo de nuevo. Y ella en la misma situación en la que se encuentra: encerrada en el armario, callada y arrepentida. Tan arrepentida...
Ha besado a Regina.
Jamás lo creyó posible. Y ahora que al fin ha ocurrido, lejos de estar viviendo un sueño, está encerrada en una pesadilla. Y en un armario también. Y todo por su culpa. Por sus miedos. Por su desesperación.
Se reclina contra sus rodillas y golpea su frente contra ellas una y otra vez. Las palabras de Regina se repiten en su cabeza... Lástima que no pudiera conocer mejor a mi madre, creo que se habrían llevado bien.
¿Qué podía responder a eso? Ella no había sido mucho mejor que esa maldita arpía. Había usado algo tan íntimo y vulnerable como lo que fuera que estaba pasando entre ellas para tratar de salirse con la suya. Había jugado sus cartas confiando en que Regina bajaría la guardia para poder... ¿poder qué?
Traicionarla.
No hay otra palabra para lo que ha hecho.
No estaba de acuerdo en el modo en que Regina quería resolver el problema y en lugar de tratar de convencerla o resignarse, la había besado. Había antepuesto su miedo a perderla, a los sentimientos de Regina. Los había pisoteado y pasado por encima. ¿Y con qué autoridad? ¿Salvarla? Como si Regina no fuera perfectamente capaz de salvarse a sí misma y a toda una ciudad con sólo chasquear los dedos. Cuanto más lo piensa, más estúpida se siente.
Se mece levemente contra sus piernas, tratando de dejar la mente en blanco, intentando no impregnar el vínculo con su culpabilidad y el bucle de sus pensamientos. Pero cuesta un mundo cuando cualquier hueco en su cabeza es rápidamente colmado por una nueva avalancha de ira. Cierra los ojos y acepta toda la rabia que advierte, cargándola igual que una penitencia.
Algo vibra. En su bolsillo. Retumba contra la pared del armario. Y escucha por primera vez en casi una hora la voz de Regina:
"¡¿Eso es su móvil?!"
Traga hondo, sacando el teléfono y deteniendo la vibración. "Son mis padres." Tartamudea nerviosa. "Están preocupados porque estés haciendo algo maligno. Si no les respondo cada cinco minutos piensan que me has matado."
"No van tan desencaminados. Quizás ocurra pronto." Ladra con tanta fuerza que parece que esté en el armario con ella. "Al menos póngalo en silencio." Ordena despótica.
"Sí, sí, ya está..." responde al tiempo que va pensando una respuesta rápida para su padre: "Todo en orden. No está en la mansión, daré una vuelta por la ciudad a ver si alguien la ha visto."
"Es bonito ver que nos miente a todos por igual."
"¿Prefieres que le diga exactamente dónde estoy y qué hago?" cuestiona elevando su voz para que atraviese las puertas de madera. "No soy yo la que está en contra de pedir refuerzos."
"No, gracias. Cuantos más Charmings cerca, más alta la tasa de fracaso."
"¡Eh! Eso no es..."
"Ssssshhhhh..." Chista mentalmente. Emma, irritada, abre la boca para responder, hasta que el susurro de Regina se cuela en su cabeza: "He escuchado la puerta."
Chapter 48: 47
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"Espero que no te hayas aburrido mucho, querida."
En cuanto la voz de Rumpelstiltskin se cuela por la escalera de la Cripta, Regina concentra todas sus energías en olvidarse del armario que esconde a la Salvadora y centrarse en el plan. Nada más importa. Aunque cueste pensar con la cabeza fría cuando todo su cuerpo es un volcán convulso de sentimientos desproporcionados en los que despunta la ira.
"Han sido unas horas de lo más amenas." Responde con una enorme y colérica sonrisa.
"Me alegro. Yo en cambio he tenido que abrir la tienda para atender un par de clientes y responder las preguntas del sheriff. Le tienes muy preocupado, ¿lo sabías?" pregunta colocándose contra la mesa, frente a la silla de Regina. "No he podido más que estar de acuerdo con él, estás actuando muy raro últimamente."
"¿En serio?" cuestiona mirando sus manos rodeadas por cuerdas. "No veo nada excepcional con esta situación."
"Coincido." Asiente encantado. "Tú detenida debería ser un escenario más habitual de lo que estamos acostumbrados. Quizás a partir de hoy se vuelva tu situación perenne."
"¿Y cómo exactamente pretendes conseguir eso?"
"Oh, vamos, Regina, tú eres mejor que eso. ¿De verdad debo creer que no sabes qué está pasando?"
"Sé que quieres el poder de Emma. Y quitarme a mí de en medio para despejarte el camino."
"Es un comienzo..."
"¿Y crees que poner a los Charming en mi contra servirá de algo? Henry y Emma no te lo permitirán."
"Se que te quieren y que creen que han perdonado tu oscuro pasado, ¿pero qué dirán cuando descubran un nuevo y atroz asesinato?"
"¿El tuyo? Seguro que lo entenderán..."
"Siempre con ese humor tan... tuyo." Responde sin lucir ni media sonrisa. "No, me refiero a uno mucho más sádico y egoísta."
Regina se remueve sobre su silla. Su gesto impertérrito, pero sus pulsaciones desatándose con la duda que empieza a crecer en su pecho. ¿A qué crimen se refiere? ¿Y si es verdad que ellos no puede perdonar otr...?
"NO. LE. ESCUCHES." La voz firme y efusiva de Emma resuena por su vínculo. Suena más lejana y apagada que nunca, pero no por ello es menos efectiva. Llena sus pulmones con una bocanada de aire, mientras la salvadora vuelve a hablar. "Nada de lo que dice es cierto. No caigas en su trampa."
"No hable, me desconcentra." Susurra con firmeza, aunque tras los muros de ira se cuele un pequeño resquicio de agradecimiento. "¿Y qué vil y desalmado crimen he cometido ahora, si puede saberse?"
"Regina..." farfulla desprendiendo decepción. "Los dos sabemos cómo te hice volver a mi tienda como una rata suplicando por migajas de queso."
"Me gusta pasear por el pueblo de noche."
"Oh, vamos, ¿pretendes jugar a eso conmigo?" inquiere cruzándose de brazos. "Hablo de las lecturas interesantes. Sabía que tu pupila correría como un perrito faldero a llevarte el mensaje y que no te resistirías a hojear las carpetas que viste la primera noche."
"No soy un perrito faldero..."
"¡¿Quiere concentrarse, por el amor de dios?!"
"Esas autopsias eran demasiado sugerentes como para dejarlo estar, ¿verdad?" sonríe Rumpelstiltskin.
"No tengo ni idea de a qué te refieres." Responde con una serenidad que encendería todas las alarmas.
"Sé cuándo alguien toca mis cosas, sé cuándo alguien me deja una baratija sin poder y, desde luego, recuerdo cómo guardo los documentos interesantes. ¿Qué sucedió? ¿Temías que te encontrara allí y tuviste que huir antes de leerlo?"
Regina se resigna. De nada sirve seguir negando una realidad de la que ambos son conscientes. Así que decide jugar a su juego.
"¿A quién pertenecían esas autopsias?"
"Eso está mejor." Elogia el usurero. "Eran unos cuantos desdichados sin demasiado interés, víctimas que la asociación de Owen relacionaba con muertes mágicas."
"¿Y el interés ahí está en...?" pregunta con aburrimiento.
"En que una de ellas pertenecía a Kurt Flynn, el padre de Owen." Dice deteniendo sus sibilinos ojos en el rostro de Regina, hasta que este se contrae en un gesto de melancolía. "Esa es la reacción que esperaba." Celebra dando un par de palmadas, que hacen recordar más que nunca al duende malvado que siempre fue.
"Eso no tiene ningún sentido..." balbucea dudosa.
"Asesinado por la espalda mientras huía con una bola de fuego. La especialidad de la Reina Malvada."
"Mientes." Gruñe negando con la cabeza.
"Te invitaría a mi tienda a verlo pero, bueno, tendría que desatarte y no va a suceder."
"¿Crees que es cierto?" pregunta Emma.
"No lo sé... Pero prometo que jamás le herí."
"Te creo."
"Yo le liberé. Estaba vivo cuando huyó de Storybrooke."
"¿Segura? Según la versión de ese informe encontraron su cadáver a unos kilómetros del pueblo, en un sendero secundario del bosque. Abandonado y con una quemadura que los forenses no lograron relacionar con ningún arma conocida. Pero la sociedad de Owen tenía una respuesta clara: La Reina Malvada."
"Eso es mentira." Gruñe revolviéndose en su silla. "Le retuve durante semanas, busqué la forma de borrarle la memoria, pero era demasiado tiempo, ninguna de las míseras pócimas que traje conmigo me habría servido y sin magia no pude fabricar nada más. Cuando me di por vencida, le abandoné en la linde de la ciudad. ¡Cree la barrera mágica para evitar que regresara con refuerzos!"
"Eso no es lo que dice el informe."
"Pues o el informe miente..." ladra con rabia antes de que su ánimo se desinfle ante la realidad que se abre a sus ojos. "...O alguien acabó con él después de que lo liberé."
Gold, de pie, frente a ella, es la viva imagen de la diversión. Ni siquiera intenta disimular, parece refulgir ante sus deducciones, como un niño travieso y psicópata.
"¡Fuiste tú!"
"Oh, por favor, Regina, ¿por qué habría de hacer algo así?"
"¿Por qué haces siempre todo lo que haces? Por tu propio interés." Brama dejando que la furia que bulle bajo su piel tome el control de su boca. "¡¿Qué tipo de amenaza podía significar ese pobre padre?!"
"Según ese informe, no fui yo quien lo mató." Responde encogiéndose de hombros.
"¿Cómo lograste que pareciera mi víctima?"
"Hablando hipotéticamente, digamos que no viajé a este mundo estéril y anodino sin provisiones. No vine tan abastecido como cierta reina malvada, pero preservé algunos de mis juguetes. ¿Y quién podría diferenciar entre una bola de fuego de una reina asesina y una poción de llamaradas? Esos ineptos de la asociación claramente no."
"¿Por qué lo hiciste...?"
"No podía permitir que una incompetente de corazón débil dejara cabos sueltos como ese. Siempre quisiste ser una líder firme y sanguinaria, pero en el fondo solo eras una niña débil y sin lo necesario para gobernar."
Regina resopla, enseñando los dientes antes de responder: "Él no era un cabo suelto. Sólo quería volver con su hijo."
"¿Y qué hubiera pasado cuando saltara a las noticias diciendo que hay una ciudad fantasma donde el tiempo no pasa? ¿Dónde hay magia y seres peligrosos?"
"¡Que le habrían tomado por loco y no habrían encontrado nada!"
"Pero si hubiera llegado a oídos de Neal, él habría sabido rápidamente que era verdad..." El susurro absorto y pensativo de Emma, obliga a Regina a abrir los ojos.
"Eso es..." musita. "No querías que diera la voz de alarma. Temías que si tu hijo escuchaba las locas divagaciones de un hombre que juraba haber visto una ciudad mágica, Neal hiciera todo lo posible por esconderse de nuevo de ti."
"Hipotéticamente..." repite el usurero, aunque parte de su dicha se ha esfumado.
"Mataste a un hombre inocente que sólo quería regresar con su hijo, porque tu propio hijo te detestaba."
"No. La reina malvada ejecutó a un pobre hombre que trataba de huir de su vil encierro. Por eso, cuando encontramos tu ficha en el cuarto de Owen la quemaste. Y hubieras quemado el resto de las evidencias si yo no las hubiera llevado a buen recaudo a mi tienda."
"No serás tan hijo de p..."
"Esa boca, Regina." Chista con agresividad. "Yo no digo nada, son las pruebas las que hablan."
"¡Las pruebas que tú has manipulado una vez más!"
"Eso es lo que dice la malvada bruja. Yo sólo soy un ciudadano ejemplar sin magia, que sacrificó su poder peleando contra Peter Pan. ¿A quién crees que creerán?"
"No te saldrás con la tuya. Ni conmigo, ni con Emma."
"¿Y quién lo va a evitar?"
"Me has contado todo tu plan, ¿de verdad me crees tan inútil?"
"No se trata de tus... capacidades." Sonríe con crueldad. "Si no de la magia. Puede que conozcas mis planes, pero eso no será un problema si no puedes contar nada."
"¿Qué...?" pregunta llena de pánico, mientras la mano de Gold se sumerge en el bolsillo de su abrigo. El mismo en el que escondió las pociones que le robó. "No lo hagas, Gold. Por favor."
"Me encanta cuando suplicas." Gruñe elevando su mano, el puño cerrado en torno a un frasco que no alcanza a ver. "Adiós, Regina."
El usurero arroja con rabia la botella y la alcaldesa se levanta de la silla de un salto. Teme no ser lo suficientemente rápida, hasta que una mancha roja se arroja sobre ella.
"¡NO!" chilla por puro instinto sin entender nada.
Se escucha el estallido del cristal al romperse y acto seguido el cuerpo de Emma se desploma sobre ella. Como un peso muerto.
Chapter 49: 48
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"¡Emma!" grita sosteniéndola contra ella, sus piernas doblándose ante la desvencijada carga. Su cazadora roja manchada con esquirlas y un amarillo mortecino que desaparece mientras la poción se propaga por todo su cuerpo. "No, no, no..." gime tumbándola frente a ella.
"Qué giro más inesperado." Ríe Gold observando la escena. "¿Tenías a tu perrita faldera ahí escondida todo el tiempo?"
"¡Hijo de puta!" brama apartando el pelo del rostro de Emma. Su respiración es tenue pero acompasada y parece plácidamente dormida.
"Siempre tan dramática, Regina." Espeta jugando con otro frasco en su mano. Esta vez negro y con delicados brillos rojos bailando entre la oscuridad del líquido. "Tenía reservada esta poción para una emergencia... Pero visto que Emma ha decidido truncar mis planes, tendré que recurrir a ella."
"¿Y cómo piensas justificar que me he quemado con una bola de fuego a mí misma?" gruñe poniéndose en pie, reconociendo al instante esa botella.
"Yo no tendré que hacer nada. Emma lo explicará por mí. Quizás diga que fue ella quien te atacó para defenderme de tus malvadas garras." Sonríe encantado cuando el gesto de Regina se tuerce en una mueca de confusión y quebranto. "¿No reconoces esa poción?" pregunta señalando el cuerpo inconsciente de la salvadora. "Es furata mementum. Una de tus especialidades..."
"¿Pretendías adulterar mis recuerdos?" ladra reconociendo al fin la magia que ha infectado a Emma. La misma que ella le mostró días atrás.
"Solo los de los últimos días. Y quizás convencerte de que efectivamente tú mataste a Kurt. Pero me temo que era el único frasco disponible y, bueno, se te han adelantado. Así que, ¿qué otra cosa puedo hacer?"
"¿No comportarte como el puto psicópata que siempre has sido?" pregunta alejándose medio paso de él.
"¿Así es como hablas a la persona que tiene tu vida en sus manos? ¿Regina, cuándo dejarás de defraudarme?" pregunta negando con la cabeza, el peligroso frasco bailando entre sus dedos. "En fin, lamento que nuestros caminos se separen aquí. Diría que ha sido un placer tenerte de adversaria, pero no, ha sido tan decepcionante como de costumbre..." masculla con un humor tan cruel y retorcido como todo su ser. "Adiós, Regina." Gruñe con una macabra sonrisa elevando su mano con celeridad.
Dos segundos. Es todo lo que tiene Regina. Pero es tiempo suficiente para estirar la mano y sostener uno de los miles de cuentos que Emma dejó esparcidos por su cripta. Agarra el pesado volumen y lo tira con toda la rabia que estalla en su interior. El libro vuela por el aire unos metros y, en el último momento, golpea contra las piernas de Gold. El usurero se tambalea con un gemido de dolor y el frasco se escapa entre sus dedos.
El cristal revienta contra el suelo y una bola de fuego refulge en mitad de la cripta. Ambos vuelan por el aire propulsados por la inmensidad de la llamarada. Varios libros crepitan ardiendo hasta convertirse en cenizas y el armario en el que se escondía Emma se prende como leña seca.
"¡Joder!" grita Regina levantándose del suelo con dolor. Corre hacia la Salvadora inconsciente y la arrastra de los pies hasta alejarla de las llamas. Usa su propia chaqueta para apagar los fuegos más cercanos y observa como Gold rueda por el suelo para sofocar su propia ropa. Solo puede desear que se queme como la rata que es, mientras extingue las últimas llamas del armario a golpes con su chaqueta destrozada. Si la cripta llegara a arder, es incapaz de imaginar qué sucedería con todas las pociones que aún guarda ni qué se desataría.
Gold se pone en pie, sacudiéndose allí donde aún humea su traje, ladrando con gesto desquiciado. "¡Estás muerta!"
Su mano se sumerge en el bolsillo de su abrigo y Regina se dispone a agacharse cuando el usurero deja escapar un grito de dolor. Saca sus dedos del bolsillo pringados de poción y trozos de cristal y la sacude con fuerza sin dejar de chillar. La piel de su mano se llena de pústulas y sangre, producto de los restos de la poción que guardaba en su chaqueta.
"¿Eso es todo lo que tienes?" ladra sonriendo desquiciada. "¿Cuándo dejarás de defraudarme?"
"¡AAAHHHH!!" el grito animal que profiere Gold es sólo el principio. Se abalanza contra Regina y caen al suelo los dos. El peor golpe se lo lleva la espalda de la alcaldesa, pero el dolor no la detiene. Dobla su rodilla con furia, golpeando en alguna zona blanda de Gold, que gime silenciosamente. Las manos del usurero se ciernen en torno a su cuello, mientras trata de someterla con su peso. Pero Regina le propina un puñetazo y su agarre pierde fuerza.
Rueda, llevándoselo consigo y dejando que la adrenalina de su cuerpo tome el control. Agarra la mano de Gold que aún sufre las consecuencias de la poción y aprieta sin compasión. El maquiavélico hombrecillo se contrae del dolor con un grito y agarra la muñeca de Regina con su otra mano. La retuerce hasta obligarla a apartarse de él y la alcaldesa se mueve, intentando evitar que le parta el brazo. Su mirada nublándose por el dolor, sus labios cerrados con fuerza para no gemir, buscando la manera de dar la vuelta a su situación. Pero la tortura nubla sus sentidos y le cuesta no ceder todo su cuerpo ante el agarre desalmado de Gold.
A un metro de ella encuentra el libro que arrojó. Estira su brazo gritando del dolor cuando siente que Gold está a punto de dislocarle el otro, y consigue agarrarlo. Tira de él con sus últimas fuerzas y le golpea en la cabeza. Al momento, Gold la suelta y se agarra la frente chillando fuera de sí. Sus dedos se empapan con la sangre de una pequeña brecha en medio de la cabeza. Se alejan el uno del otro, midiéndose, reponiendo fuerzas, listos para el siguiente lance.
Pero una voz les detiene en el acto.
"¡¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?!!"
Chapter 50: 49
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David y Snow les contemplan desde lo alto de las escaleras. El sheriff va delante, arma en mano, y su esposa camina detrás con los ojos muy abiertos y el rostro pálido. Regina respira con un alivio animal que dura dos segundos. Los mismos que tarda David en apuntarla con la pistola.
"¡He dicho que qué ocurre aquí!"
"Regina me apresó." Gime Gold apoyándose contra la mesa de la sala con el cuerpo encogiéndose sobre sí mismo, pareciendo que envejece ante sus ojos.
"¡Emma!" chilla Snow, rodeando a su marido y corriendo hacia el cuerpo de su hija. "¡¿Qué le has hecho?!" exclama mirando a Regina mientras sostiene su cabeza sobre las piernas.
"Yo no..." gime Regina con las lágrimas abnegando su garganta.
"Emma descubrió lo que pretendía y vino a salvarme." Gime Gold con media voz. "Consiguió neutralizar a Regina con el brazalete, pero cuando vino a ayudarme, ella le lanzó una poción por la espalda."
"¡Serás hijo de...!!!" grita Regina abalanzándose sobre él.
"¡QUIETA!" ordena David quitando el seguro de su arma.
"¡¿Qué le has hecho?!" reclama Snow acariciando el rostro de su hija.
"Deja que la examine." Propone Gold dando unos pasos pequeños y frágiles y Regina ve con terror como Snow se hace a un lado, haciendo espacio al usurero.
"¡NO!" chilla presa del pánico.
"¡No te muevas!" vuelve a ordenar David. Regina eleva sus manos automáticamente, pero se gira hacia Snow.
"No me acercaré. Estoy desarmada. Pero escuchadme atentamente: Pase lo que pase no permitáis que Gold se acerque a Emma."
"¡¿Y por qué debería escucharte después de lo que has hecho?!" escupe Snow desde el suelo.
"¡Porque nada de lo que dice es cierto!" exclama cada vez más nerviosa. "Fue el quien hechizó a Emma. Me lanzó la poción a mí, pero ella se interpuso y..."
"¡MENTIRA!" ladra Gold, colocando su mano herida con teatralidad sobre la brecha de su frente. "Regina sabía que entre las cosas de Owen había más pruebas de todos sus delitos y quiso borrarlas. Pero yo ya lo había descubierto y quiso acabar conmigo. Si no fuera por Emma, lo habría conseguido."
"¡Maldita rata!" gruñe entre dientes, hasta que observa como el usurero vuelve a caminar hacia Snow y Emma. "¡PARADLE! ¡Por favor, no lo permitáis!" chilla y, por una vez, el arma de David se mueve alternativamente de uno a otro. "No os pido que confiéis en mí, pero escuchadme por una vez en vuestra maldita vida. Emma está bien, sólo tiene que despertar. Pero NO permitáis que Gold se acerque a ella."
"¡Sólo quiere que la salvadora muera!" espeta Gold fuera de sí.
"No parece herida de gravedad." Musita Snow dirigiéndose a su marido. Su voz tan dudosa como su mirada.
"Nadie va a tocar a Emma." Dicta David deteniendo los pasos de Gold.
"Yo sólo quiero ayudar." Insiste el usurero con su mejor semblante de anciano desvalido y abnegado. "Se lo debo."
"Snow, mírala. Trata de despertarla." Pide Regina envalentonada por ese instante de duda y más cuando la arquera se inclina hacia Emma e intenta reanimarla, golpeando con suavidad su rostro.
"No permitáis que se salga con la suya o estaremos todos en peligro." Insiste Gold apoyándose contra la mesa. Pero Regina puede apreciar sus dedos blancos de la presión, apretando la mesa con una rabia que le cuesta retener.
"Está respondiendo, cariño. Está respondiendo." Gime Snow cuando entre sus brazos la Salvadora pestañea con lentitud y lame sus labios, regresando lentamente en sí. "¿Emma, estás bien?"
"¿Qué... qué ha pasado?" murmura apenas con voz.
"Eso nos gustaría saber." Responde David caminando hacia ellas, sin bajar su arma.
"¿Dónde estamos?" pregunta sentándose con lentitud.
"En la cripta de Regina, ¿recuerdas que ha pasado?" dice con suavidad Snow.
"¿En la cripta?" repite mirando a todas partes.
"Emma, ¿estás bien? ¿Necesitas algo?" la interpela Gold con voz aterciopelada y expresión preocupada. Regina contiene sus ganas de romperle la cara motivada solo por el miedo a acabar con una bala en el pecho.
"¿Qué es lo último que recuerdas?" insiste su madre.
La Salvadora entrecierra los ojos, dudosa. Cuando habla, su voz suena insegura, perdida. "Que Ruby me llamó. Iban a limpiar la habitación de Owen, pero estaba llena de... cosas."
"Eso fue hace casi una semana." Responde David intercambiando una mirada con Snow.
"Es el hechizo." Dice Regina atropellada. "Ha olvidado los últimos días."
"¿Así que eso es lo que le has hecho, eh?" espeta Gold con una rabia que no tiene que fingir.
"¡Cállate o juro que no sales vivo de aquí!" responde fuera de sí. El arma de David regresa directa a ella y se obliga a respirar hondo antes de volver a hablar. "El hechizo puede romperse. Si sus recuerdos no se corrompen, puede recuperarlos."
"¡¿Manipulándoselos?!" la acusa Gold.
"Maldito despojo humano..." gruñe entre dientes, obligándose una vez más a mantener la calma. "Por eso no quería que Gold se acercara a ella. Si le susurra al oído lo que él quiera, Emma recordará lo que le digan."
Snow se acerca aún más a Emma, que permanece sentada en el suelo, con actitud protectora. "¿Entonces qué hacemos?"
"¡No la escuchéis! ¡Nos matará a todos!"
"Solo a ti, maldito bastard..."
"¡BASTA!" chilla David interrumpiendo a ambos. "Decid qué debemos hacer. Uno por uno. Y escogeremos qué es lo que Emma necesita. Gold, tú primero."
El usurero sonríe con gratitud y habla con tanta calma y delicadeza que Regina siente que hasta ella podría dudar.
"Debo estudiar cuanto daño ha hecho la magia de Regina. En mi tienda tengo material y una cama donde puede descansar mientras la ausculto."
Regina aprieta su mandíbula con tanta fuerza que sus dientes podrían estallar, pero contiene sus ganas homicidas. Solo se permite fantasear con las mil maneras en las que podría matar a ese maldito gusano.
Al menos, hasta que su mundo se derrumba.
Emma permanece sentada en el suelo. Su hombro apoyado contra su madre, que la rodea con amor. Está cansada y confusa. Pero no asustada. No la mira con recelo ni con perplejidad. No está escuchando sus pensamientos.
Traga hondo, las lágrimas regresando a ella.
El vínculo no está funcionando. La poción no puede afectar al vínculo. Solo la falta de magia puede aniquilarlo. Y teme que ya lo ha hecho. Mira su brazalete con pánico y luego a la Salvadora. Y su cabeza, rota, llorosa, desconsolada ante lo que de pronto entiende que han perdido, gime:
"Emma..."
Los ojos claros se abren con pavor.
Y la buscan. Confusos y aterrados.
"Emma, ¿me escuchas?"
La boca de la Salvadora se despeña y su madre se gira hacia ella, asustada.
"¿Qué sucede, Emma?"
"Yo... yo..." tartamudea dudosa.
"Todo está bien. Puedo explicártelo. No te asustes."
"¡La está embrujando!" grita Gold.
"¡¿Cómo, maldita rata?!" replica levantando su muñeca con el brazalete. Y entonces lo entiende. Quedan las últimas gotas, el vínculo está agonizando entre ellas, muriendo frente a sus ojos. Y sólo hay una forma de salvarlo y quizás así salvar a Emma de la poción. Traga hondo, rota, pero tratando de confiar. De creer que quizás, a pesar de la magia de la poción, haya algo más allá. Algo que aún pueda salvarlas.
"Emma..." gime con una sonrisa húmeda y desvalida."...Cacahuete."
Chapter 51: 50
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"Cacahuete."
La palabra resuena en el silencio de la cripta. Y por los rostros de todos, Regina puede jurar que creen que ha perdido la cabeza. Incluida Emma. Su mirada es la que la destroza por completo. Sus ojos, entornados, titilantes, la observan vacíos.
Contiene las lágrimas echando el rostro para atrás y lo intenta una vez más.
Esta vez en silencio. Pero con su corazón volcado en esas dos palabras. "Emma... cacahuete."
Y por un instante se siente tan sola, tan perdida, tan rota que teme que las lágrimas comiencen a inundar sus mejillas sin control. Pero el rostro de Emma se inclina y sus pupilas se clavan en las de color café hasta que cuesta sostenerle la mirada. Se apoya en sus manos y se pone en pie. Y Regina espera, rígida, congelada, en pánico.
"Emma, ¿qué sucede?" pregunta Snow levantándose con ella.
"Yo..." susurra sin apartar la mirada de Regina, que comienza a temblar imperceptiblemente. "Debo hacer algo." Musita caminando hacia ella.
"¡No dejéis que se acerque! ¡Acabará con Emma!" dice Gold fuera de sí. Pero la Salvadora no se detiene y Snow se limita a seguirla un paso por detrás. El arma de David aún la apunta, pero Regina respira hondo, tratando de tranquilizarse, de no dejarse llevar por la esperanza. Hasta que los ojos claros observan su muñeca y luego regresan la mirada a su rostro.
Traga con dificultad y extiende su brazo, sintiendo la tácita invitación.
"¡No lo hagas, nos matará a todos!" chilla Gold cada vez más histérico.
"¿A qué tienes miedo?" pregunta Regina retándole con la mirada.
"A ti." Espeta con la voz cargada de odio y medias verdades.
"¿Emma, estás segura?" cuestiona Snow nerviosa.
Pero la salvadora no responde, solo alarga sus manos y sostiene el brazo de Regina. La confusión continua ahí, en su mirada, como si no supiera ni ella misma qué está haciendo. Pero eso no la detiene. Y cuando Regina advierte los dedos de Emma sobre su piel, rodeando el brazalete, cierra los ojos, conteniendo las lágrimas, el alivio dominado su ser.
De repente la presión del metal desaparece de su piel y una oleada de magia sacude su cuerpo dándole la bienvenida a todo su poder. Lo recibe con los brazos abiertos, dejándose inundar y sorbiendo las lágrimas cuando una pulsación confusa y nerviosa reverbera en su cabeza. Una que no le pertenece a ella.
"Gracias." Gime apretando sus labios.
"¿Qué está pasando? ¿Cómo sabías que esa palab...?"
"Te lo explicaré todo a su debido tiempo, te lo prometo."
"Espera... ¿Estás muy enfadada conmigo??" cuestiona abriendo sus ojos con sorpresa.
"Eso también tendrá que esperar." Murmura apartando la mirada de la de Emma, antes de enfrentar al resto. "Gracias." Susurra acariciando su muñeca.
"De nada." Responde como un automatismo, dejando a un lado el brazalete. "¿Alguien puede explicarme cómo hemos acabado aquí y qué está pasando?"
"Nosotros nos preocupamos cuando dejaste de contestar a nuestros mensajes." Responde Snow rápidamente. "Tu padre geolocalizó el coche patrulla y vimos que estaba en el cementerio. Gold nos había puesto en sobre aviso del extraño comportamiento de Regina y vinimos corriendo a la cripta. Pero eso es todo lo que sabemos. Ellos estaban peleando y tú inconsciente a su lado."
"Regina me trajo aquí." Exclama Gold. "Esperó a que David saliera de la tienda y, cuando estuve solo, me atacó y me llevó a la fuerza para interrogarme. Quería descubrir cuánto sabía de los crímenes que había cometido y que la sociedad de Owen había documentado. No sé cómo Emma supo que estaba en peligro... quizás sólo estaba buscando a Regina, pero me encontró. Pelearon y..."
"¡¿Puedes callarte ya?!" espeta Regina creando una bola de fuego en su mano. "No he intentado matarte, pero eso no impedirá que lo haga ahora."
"Eso no está ayudando mucho..." inquiere Emma, cabeceando hacia sus padres, que la miran con sendos gestos críticos. "¿Qué ha pasado?" pregunta esta vez la Salvadora, pero mirando únicamente a Regina.
La alcaldesa deshace la bola de fuego y respira hondo.
"Gold trató de hechizar a Emma hace días. Quería robarle su poder. No entraré en detalles, pero..."
"¡Porque no puedes!" espeta el usurero acercándose a David, como si necesitara protección. "¿Cómo iba a hechizar yo a Emma? ¿Con qué magia?"
"Todos sabemos que guardas auténticos tesoros en tu tienda y que te encanta sacarlos a pasear." Gruñe, tratando con todas sus fuerzas de no caer en sus provocaciones. "Estos días he estado trabajando con Emma para romper el hechizo. No tenía gastroenteritis, solo era una coartada para evitar que Gold supiera que había funcionado y para sortear preguntas que serían difíciles de responder. Ahora me doy cuenta de que fue un error. Hicimos que sospecharais de mi comportamiento y dierais por hecho que estaba tratando de matar a todo el mundo o qué sé yo..." dice sin poder evitar cierta cadencia sarcástica en su voz.
"¿Y cómo explicas esto?" pregunta David señalando a su alrededor.
"Sabía que Gold escondía más cosas en su tienda. Anoche quise asomarme..."
"Robarme, querrás decir."
"Tecnicismos." Responde con una sonrisa sardónica. "Pero me alegra que lo reconozcas." Añade disfrutando cuando el rostro de Gold se tiñe de rojo. "Y debo decir que me cogió con la guardia baja. Usó cloroformo o cualquier otra cosa para dormirme y me desperté aquí. Me dejó a solas para ir a su tienda a fingir que era un ciudadano ejemplar y Emma me encontró. Le pedí que no me soltara, y ella se escondió en ese armario a esperar a Gold." Indica señalando el mueble con quemaduras.
"Oh, oh..."
"¿Qué?" pregunta Regina interrumpiendo su relato.
"Vuelvo a notar el enfado."
Regina vira los ojos y David salta, apremiándola: "¿Y entonces?"
"Hablé con Gold para sonsacarle toda la información y después quiso borrarme los recuerdos con mi propia poción. Pero Emma se interpuso."
"¿Y quieres hacernos creer que tú sola te pusiste la pulsera?" ladra Gold temblando de rabia.
"Si he cometido algún delito, hipotéticamente, habría sido entrar en tu tienda a por el brazalete. Y sí, me lo puse yo misma, hace varios días. Emma no estaba de acuerdo, pero lo necesitábamos para romper el hechizo de Gold."
"¡Eso no tiene ningún sentido!" grita el aludido.
"¿Son nervios eso que noto...?" canturrea, cruzándose de brazos, advirtiendo las últimas gotas de contención de Gold a punto de evaporarse. "Si estoy mintiendo supongo que no encontraremos en tu tienda las tijeras del destino con las que pensabas engañar a Emma, ¿me equivoco?"
"¡En mi tienda hay todo tipo de trastos! ¿Qué demostraría eso?"
"La cabeza me va a explotar..." musita Snow rascándose la frente con frustración.
"¿De verdad estás creyéndote algo de lo que dice esta arpía? ¡Inventaría lo que fuera para salirse con la suya!"
"Emma puede demostrar que digo la verdad." replica Regina con seguridad.
"Qué oportuno que no tenga memoria, ¿no?"
"Creo que puedo resolverlo."
"Mientes." Ladra cada vez más furioso.
"¿Qué nos apostamos?" inquiere disfrutando con la vena del cuello de Gold que se hincha más por momentos.
"¡Vas a manipular sus recuerdos!"
"No necesito usar tus trucos, no voy a acercarme a ella." Responde negando con la cabeza, antes de suspirar y recomponerse, consciente de lo que debe hacer. Se gira hacia Emma, aunque hable para toda la sala. "Solo necesito un minuto."
"¿Para hacer... qué?" cuestiona David.
"Es difícil de explicar. Solo esperad un instante." Pide tratando de evitar a toda costa que su voz tiemble al hablar. "¿Estás lista?"
Emma vuelve a abrir los ojos al verse mentalmente interpelada. "Supongo... ¿Para qué?"
"Para ver mis recuerdos."
Chapter 52: 51
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Emma está perdida. No sabe qué pensar. No recuerda que piensa. Es una sensación de vacío difícil de explicar. Se agarra a su estómago como un pozo sin fondo de incertidumbre y fragilidad y le hace sentir igual que una niña perdida. Una emoción con la que está demasiado familiarizada.
Pero algo tira de ella. Hacia Regina. Como una certeza muda.
Siempre ha sido así. Incluso cuando no la soportaba.
Puede que ahora aún tengan sus choques. Pero es diferente. Sabe que es un tipo extraño de amiga, de mentora, de compañera. Poco usual y sin embargo igual de esencial para ella.
Por ello, cuando Regina le pregunta si está lista, no duda. Se cuestiona, como tantas otras veces, si no serán esos traicioneros sentimientos los que están cegándola. Pero en el fondo de su corazón, sabe que no está equivocándose, que no está en peligro. Del mismo modo en que supo qué hacer cuando escuchó la palabra Cacahuete.
Puede que no recuerde nada de los últimos días, pero confía en ella. En que la sacará de ese pozo incómodo y angustiante que son ahora sus recuerdos.
"Adelante." Murmura mentalmente, aunque hablar por este canal le siga resultando de lo más perturbador.
"No quiero influir en tus recuerdos, quiero despertarlos. El hechizo no se ha completado y quizás ver estos días a través de mí te ayude a deshacerte de él. La magia tratará de imponerse, no la dejes, lucha contra la poción, ¿lo has entendido?
"Eso creo..." farfulla abrumada por el repentino cometido.
"Bien..." Es todo lo que Regina susurra antes de que una imagen nítida y muy vivida se proyecte en su cabeza. La alcaldesa revisa cajas y papeles de Owen. Con cada nuevo objeto, su rabia va creciendo. La sola presencia de ese hombre, incluso aunque esté muerto, despierta en ella algo visceral. El recuerdo del secuestro de Henry está tan presente como el primer día y, si de ella dependiera, quemaría todo a su paso y saldría de ese cuarto. Pero está obligada a ser civilizada y colaborativa y ahí está hurgando entre las cosas de ese desgraciado.
Al menos hasta que encuentra una ficha con su nombre. En ella hay todo tipo de barbaridades. Algunas ciertas, otras tantas completamente adulteradas. En cualquier caso, todas llenas de odio y desprecio por su magia y su propia historia. No aguanta más las ganas y quema el informe antes de empezar a leer la segunda página.
Quiere salir de ahí cuanto antes.
Por eso, en cuanto ve a Emma mirar a la nada, sin revisar cajas, siente, en primer lugar envidia, por su capacidad para abstraerse en medio de todo ese infierno de cosas. Y en segundo, ganas de desahogarse y, por desgracia, la Salvadora se convierte en su objetivo. Quizás porque es la persona en la que más confía en esa sala. O quizás porque sabe que Emma siempre le perdona sus malas pulgas incluso aunque no se lo merezca.
"Miss Swan, si ya ha terminado de mirar al infinito, hay un par de cajas que estarían encantadas de que las inspeccionara."
La Salvadora se ve de repente a sí misma dar un respingo a través de los ojos de Regina y esa escena se vuelve familiar.
Siente que puede predecir sus palabras antes de escucharlas salir de su boca. "Sí, ya he terminado. ¿Con cuál sigo?"
"Por la más grande." Responde Regina.
"Está bi..."
Gold se entromete arrastrando un pesado bulto. "¿Y si pruebas con ese cofre? Sin acritud, Regina. Pero considero que un cofre es más adecuado para preservar algo interesante que las cajas abandonadas bajo la cama."
La alcaldesa hace su mejor esfuerzo por regresar a sus asuntos pero todas sus alarmas se encienden con un escandaloso rugido. Su corazón retumba en sus oídos cuando ve a Emma rebuscar en el viejo cofre.
Cuando escucha como va enumerando sus descubrimientos, todo rastro de saliva desaparece de su boca. "Hierbas secas, un par de libros en un idioma que no entiendo, y un trozo de tela con... ¡¡Un cráneo!!"
"¡¿Qué?!"
El grito de Snow pasa desapercibido para ella. Su atención solo tiene capacidad para Emma y el diminuto trozo de huesos con forma de cabeza que sostiene entre los dedos.
"¡Un cráneo, es un cráneo, una calavera!" exclama asqueada.
"¿Humano?" pregunta David.
"No lo parece." Musita observándolo y, aunque Regina no abre la boca, sabe perfectamente que pertenece a un hada. Su vista se nubla y su cuerpo es víctima de una repentina náusea. Los dedos de Emma están en contacto con la calavera y sabe instantáneamente que la Salvadora ha sido hechizada. "Pero qué asco, ¿por qué guardaría un maldito cráneo?"
Está paralizada, presa del pánico, consciente del horror que Emma acaba de desenterrar. Y sólo una cosa es capaz de sacarla de ese bucle de espanto descontrolado. La infesta y casual voz de Gold:
"Deja que le eche un vistazo." Pide tendiendo su mano hacia ella.
Regina actúa como un animal salvaje en peligro. Su magia convoca la calavera sin miramientos y esta vuela por el aire hasta tocar su mano. Un pequeño calambre de magia la recorre y su estómago amenaza con vomitar todo el desayuno.
Aun así, mantiene el tipo. Las apariencias son todo lo que le queda:
"Es solo un talismán para principiantes. Ni siquiera creo que sea hueso de verdad."
"Pues menuda guarrada más inútil."
"¿Estás segura, querida?" La pregunta de Gold resuena en sus oídos como uñas sobre pizarra y le cuesta responder sin que su voz tiemble. Aunque no tenga claro si es de rabia o de pánico.
"Totalmente. He visto decenas de estos despropósitos en ferias y mercadillos de hechiceras de pacotilla y otros timadores. No entraña riesgo alguno."
"Está bien. Sigamos." Responde Gold con su sonrisa más correcta y macabra.
La cabeza de Regina es un hervidero de miedo, nervios y dudas. Pero se controla por una sola razón: Emma.
"Si me disculpáis, voy a tomarme un descanso y a comer algo. Os veo aquí en una hora."
"Claro, no te preocupes, nosotros continuaremos." Dice David, a quién contesta de forma autómata:
"Perfecto."
Abandona la habitación tan rápido como le permite su fachada tranquila y controladora y hasta que no llega al pasillo no permite que su cara se contraiga con un gesto de angustia. Pero Emma continúa dentro y debe comprobar si todas sus terribles sospechas son ciertas, aunque no tenga duda alguna al respecto
"Miss Swan, NO GRITE." Piensa suavemente. Una oleada de sorpresa que no le pertenece inunda su cabeza, tan invasiva y desordenada como esperaba. "NO GRITE. No haga aspavientos raros y continúe trabajando con normalidad." Repite.
"Regina está dentro de su cabeza. Y le está ordenando que haga algo. Para variar. ¿Qué narices pretende exactamente?"
"Lo que pretendo es que salga usted de esa habitación en los próximos cinco minutos con cualquier pretexto creíble y se reúna conmigo en la mansión."
Advierte a la salvadora tragar hondo antes de pensar: "¿Me acabas de...?"
"¿Contestar a tu propia pregunta? Efectivamente. Imagino que estará ahora mismo uniendo todos los puntos lentamente. Y sí, me adelanto a sus sospechas y le confirmo que tenemos un GRAVE problema."
"¿Cómo de grave...?"
"¡Estamos hablando por telepatía! ¡¿Cómo de grave le parece eso?!" exclama acariciándose las sienes.
"Muchísimo."
Chapter 53: 52
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Emma llegará a la mansión en sólo unos minutos. Ese es el tiempo que tiene para calmarse de una maldita vez. Está respirando con tanta rapidez que sus pulmones arden, sus sentidos se nublan con cada bocanada y sus manos tiemblan sin control.
Es un ataque de pánico. Solo eso. Puedes controlarlo. Lo has hecho antes. Puedes con ello.
Se apoya contra la pared de su pasillo y se derrumba hasta acabar sentada en su suelo, abrazando sus rodillas y escondiendo la cabeza entre sus piernas.
¡¿Por qué lo he hecho?!
Podía haber sostenido la calavera con su chaqueta, podía haberla hechizado para que simplemente flotara sobre su mano sin tocarla, podía haber hecho tantas cosas. Pero no. Ella simplemente extendió su mano y se condenó. ¡¿Por qué tenía que hacerlo?!
Su corazón amenaza con estallar y se sorprende al escucharse gimotear.
No, no, no...
Cierra los ojos, reclina la cabeza contra la pared y se obliga a tomar aire lentamente, aunque su pecho se resienta al hincharse.
Una bocanada. Dos bocanadas. Tres y su pulso comienza a ralentizarse.
Ha cometido el peor error de su vida. Y teniendo en cuenta su trayectoria vital, eso es mucho decir. Acaba de condenarse y ¿por qué?
Fuera se escucha un coche. Cada vez más cerca. La gravilla de la entrada suena cuando las ruedas frenan sobre ella.
Se levanta y se acerca a los cristales de la puerta de la entrada. Emma baja de su escarabajo y entonces lo entiende todo.
No pensó, sólo actuó.
Pero aunque hubiera tenido tiempo para meditarlo, habría reaccionado igual. No podía permitir que Gold tuviera una sola oportunidad de vincularse con Emma. Quizás jamás lo pretendió. Pero nunca se lo habría perdonado si la Salvadora hubiera estado expuesta a ese maldito demonio. No a él. No ella. Jamás.
Su corazón aún late sin orden ni concierto y el temblor de sus manos está desapareciendo más despacio de lo que le gustaría, pero el peso de su pecho se aligera cuando Emma llama a su timbre.
Espera unos segundos. Una pequeña tregua que se concede para tranquilizarse y dejar su mente en blanco. Algo que va a tener que poner en práctica muchas veces a partir de ahora...
Abre la puerta tan recompuesta como sus fuerzas le permiten y le recibe la cara de perplejidad de Emma.
"¿Qué está pasando?"
"Qué estamos hechizadas."
"¿Qué quieres decir con que estamos hechizadas?"
"¿Qué cree usted que quiero transmitirle exactamente?"
Chapter 54: 53
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"¿Está funcionando?"
"Sí..." responde Emma dudosa.
"¿Seguro...?"
"Sí, es sólo que cuesta..."
"La magia..."
"Sí. Tira de mí hacia un muro oscuro y vacío. Cada nuevo recuerdo es como levantar un peso muerto que mi mente se niega a sostener. Pero está funcionando. Recuerdo."
"¿Puedes continuar?"
"No te detengas." Responde con firmeza. Una petición que vibra como una orden, a pesar de que el cansancio de Emma reverbera en cada palabra.
"Está bien..." suspira cerrando sus ojos, dispuesta a retomar la proyección de sus propios recuerdos.
La voz de Snow detiene sus pensamientos. "Emma, ¿qué está pasando?"
Mira a su alrededor y distingue los gestos contrariados de Snow y David. Y la mueca de puro odio de Gold. Se cruza de brazos en respuesta, dejando que Emma explique la situación como considere. O como sea capaz.
"Gracias, muy amable..." murmura sarcástica Emma para sus adentros.
"Un placer." Sonríe encantada.
"Regina me está ayudando a recordar."
"¿Qué? ¿Cómo?" prorrumpe Snow.
"Es difícil de explicar." Contesta encogiéndose de hombros.
"¿Podéis dejar de decir eso, por favor?" pide David.
"¡La está manipulando!" berrea Gold.
"Papá, que tu arma le apunte a él." dice la Salvadora sin molestarse en responder al usurero. David mueve su pistola dudoso, y más cuando su hija añade con rotundidad. "Si intenta acercarse a mí, dispara."
"¿Y nosotros que hacemos?" pregunta Snow.
"Esperar..." musita con mucha más delicadeza.
"...Porque no podéis explicarnos lo que estáis haciendo." Remata Snow por ella. "Está bien, está bien." Gruñe.
"¿Vamos?"
"Vamos."
Regina vuelve a respirar hondo y cierra los ojos para recordar. ¿Por dónde se habían quedado...?
Emma agoniza frente a la puerta de su cripta y gime un lastimero: "¿Esto-era-necesario?", seguido de una arcada.
"No queremos levantar sospechas."
"Lo haremos si aparezco con una brecha cuando por culpa de la fiebre me caiga escaleras abajo por la cripta."
"Madre mía..." resopla, agarrando el antebrazo de la Salvadora y materializándolas en medio de su bóveda. "¿Mejor?"
"Un poco..." gime Emma a sus espaldas, tomando asiento en cualquier piedra. Ella camina hacia su aparador en busca del antídoto, cuando escucha a la Salvadora musitar entre temblores: "Solo quiero tumbarme en un sofá, bajo una mantita calentita y hacerme un ovillo durante unos días..."
La imagen mental le llena de una ternura que oprime su corazón y, mientras se esfuerza en encontrar el frasco correcto, se le escapa un insurrecto: "Ohhhhh..."
"¿Te estás riendo de mí?"
Un escalofrío recorre su espalda. Batalla para ignorar cualquier pensamiento, su pánico, sus peores miedos y se gira hacia ella de golpe con gesto burlón. "¿De usted? Siempre."
"Me has envenenado, al menos esperaría un poco de misericordia."
"Ya veo de dónde heredó Henry el dramatismo durante sus constipados..." resopla recordando cada uno de los asuntos pendientes en el ayuntamiento mientras sirve el antídoto en una taza y deja que su magia lo caliente con suavidad.
"¿Lo hace?" pregunta Emma con genuina curiosidad.
Se detiene por un instante y cruza su mirada con la salvadora. "Oh..."
La culpabilidad que aterriza en su pecho es una losa pesada y dolorosa. Claro que no lo sabe, ¿cómo puede saberlo? Apenas lleva ¿qué? ¿Tres años en la vida de Henry? A veces siente que Emma ha compartido una vida entera con ellos y momentos como este le recuerdan todo lo que la Salvadora se ha perdido.
"Yo nunca... creo que nunca le he visto enfermo." Añade Emma, más preocupada por sonar tranquila y casual que por las náuseas que retuercen su estómago.
"Le prometo que en la próxima gripe se lo mando envuelto a su casa." Responde tratando de bromear y reteniendo una bocanada cuando consigue que empiece a sonreír. Pero no puede dejarlo estar. Necesita compartir algo de todo lo que, de alguna manera, siente que le ha robado a Emma. "Incluso con los mocos y las toses, se vuelve adorable. Solo quiere acurrucarse y mimos, se pega igual que un pequeño koala con estornudos." Murmura caminando hacia la Salvadora, que ya sonríe de oreja a oreja, obligándola a volver a listar cada tarea menor del ayuntamiento, antes de añadir: "Y por supuesto, mucho dramatismo, como su madre. Bébase esto."
"¿Más mejunjes?"
"Beba. Este es el último." Ordena, sonriendo con malicia cuando Emma abre los ojos ante sus palabras, solo para añadir: "De toda su vida..."
"¡Para de hacer eso!"
"Es que me lo pone tan fácil." Responde tendiéndole la taza. "Y es tan divertido..."
"Ja ja ja, me parto..." gruñe la Salvadora recogiendo finalmente la cálida cerámica, rozando sus dedos al hacerlo. Regina advierte su enfurruñamiento a través de su vínculo y como desaparece de un plumazo para dar paso a una musiquita infantil: "Baby shark, doo, doo, doo, doo, doo..."
"¿Está cantando?"
"¿Eso creo...?"
"Vale... Daré por hecho que está delirando por la fiebre..." Se burla, aunque no lo entienda del todo. "Bébaselo."
"Está bien..." gruñe llevándose la taza a los labios.
En cuanto el líquido se desliza por la garganta de Emma, una sensación de alivio y bienestar inunda el vínculo.
"¿Mejor?"
"Sí..." suspira, y Regina lucha contra sus pensamientos más inconscientes. Tira de tiranía para centrarse y no desvariar:
"Pues a trabajar. La vomitona solo nos concederá un par de días de coartada."
"Sí, teniente."
"Prefiero Su majestad."
"Su insufrible majestad."
"Emma, he oído eso."
"Eso esperaba." Responde sonriente y muy orgullosa y Regina se encuentra una vez más abocada a ignorar su provocación y a listar concienzuda todos los libros que deberían leer. Título a título.
Chapter 55: 54
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Los primeros recuerdos son sencillos de compartir. Más o menos. Se siente desnuda frente a Emma y se le revuelven las tripas con cada nueva proyección. Aún se estremece recordando su estúpido ataque de ansiedad. Pero es consciente de lo que le ha mostrado. De la controlada constricción que mantuvo durante esas primeras horas juntas, de la limitada exposición que ha supuesto. Hasta ahora.
Cuando la segunda noche se acerca, el pulso de Regina vuelve a encabritarse y un sudor frio le cae por la espalda.
"Esto va a empezar a doler..." gime para sí y un pequeño suspiro de alivio invade su cuerpo al distinguir que Emma no lo ha escuchado. Es como si el vínculo exigiera una interacción directa para aparecer, lo que le ofrece un pequeño espacio seguro en su propia cabeza, antes de comenzar con el infierno que se avecina.
"¿Estás bien?" pregunta Emma con tanta claridad que, por un momento duda si lo ha dicho en voz alta.
"Claro, perfectamente." Miente. Y esta vez, la Salvadora no solo lo escucha si no que frunce el ceño, dudosa.
"Menos mal que dijo que solo necesitaba un minuto..." farfulla entre dientes David, su espalda apoyada contra una pared. A su vera, Snow ya ha tomado asiento en la butaca favorita de Regina y mira con rostro cansado.
"Lleva tiempo romper el hechizo de la poción." Replica Regina, tratando de no desesperarse. No es que le importen las prisas, y menos de ellos dos. Pero justo en ese instante, antes de tener que empezar a abordar los recuerdos más complicados, preferiría un poco de calma. Y quizás de intimidad.
Pero no es posible. Por supuesto.
"¿Pero qué está pasando exactamente? Porque sólo os veo en silencio, mirando fijamente a la nada." cuestiona Snow, hasta que su hija abre la boca con gesto culpable. "Ya, ya, ya, que es complicado..." gruñe virando los ojos.
"¡Esto es una burla!!" grita Gold indignado. "Si me disculpáis, no tengo tiempo para estas tonterías..." proclama dando un paso hacia la salida.
"QUIETO AHÍ." Exclama David volviendo a levantar el arma. "Nadie se marcha hasta que esto se haya aclarado."
"Menuda sarta de sandeces..." gruñe elevando su barbilla, aunque su pie tamborilee nervioso contra el suelo.
"¿Seguimos?" pregunta Emma. Regina ni siquiera responde, sólo toma aire y continúa. Más o menos.
Su cabeza se concentra en lo sucedido. En cómo Emma leyó todos los tomos y manuales que ella le entregó, en cómo su voz resonaba como un audiolibro para Regina mientras probaba con una veintena de pociones inútiles y cómo intentaron anular la magia de la calavera encerrándola en un baúl. Frente a ella, Emma va asintiendo con cada recuerdo desbloqueado y ella lo toma como una señal para continuar.
Pero cuando sus memorias alcanzan un punto álgido, el nivel de detalle desciende drásticamente. Sólo proyecta la imagen de ellas hablando sobre cómo Cora creo la calavera y la usó para controlarla. Está lista para pasar al momento en que abrieron la primera botella de sidra, cuando Emma la detiene.
"No está funcionando."
"¿Qué?"
"Que no está funcionando. No logro recordar. Cada vez estaba siendo más sencillo, pero ahora algo ha fallado. No lo recuerdo... Creo que necesito más detalles."
"¿Bromea?"
"No, estoy en blanco, Regina." Musita y sus ojos titilan dudosos, con el miedo a no recordar reflejado en ellos.
"Está bien, a ver si así..." gime, antes de obligarse a revivir cada detalle de la conversación. Cierra los ojos con un suspiro de resignación y comienza a recordar. Como las dos estaban sumidas en la frustración y su mente la traicionó pensando en que se sentía en su infierno personal de nuevo. En cómo Emma le preguntó con el mayor tacto posible por aquello. Como el cansancio, la dulzura de la Salvadora o su propia desesperación le llevaron a recordar a Cora, su psicópata uso de la calavera y la muerte de Lilia.
Frente a ella, Emma traga hondo, aprieta sus labios y respira renqueante y Regina no necesita más señales para saber que está vez sí está funcionando.
Vuelve a sumergirse en sus recuerdos con la garganta atragantándose ante lo que se avecina y continúa.
Recuerda cada tierna palabra de Emma, su compasión innata y su forma de agradecerle su sacrificio. Entre medias se cuelan sus propios sentimientos, la calidez que sintió en medio de esa dolorosa conversación, la intimidad que fue creándose en esa cripta que ahora está llena de gente a la que no soporta. Y por un momento quiere detenerse, parar esa maldita exposición, pero Emma lo necesita y ella es incapaz de negárselo, aunque esté torturándose a sí misma en el proceso.
Así que permanece ahí, en medio de esa evocación, tratando de disociarse, mientras todos los momentos vividos intentan salir de ella igual que un libro abierto, al mismo tiempo que su propia cabeza se llena de reticencia y dolor.
"¿Qué pasó, Regina...?" La Salvadora la reclama en un susurro y los ojos claros tiran de ella con una delicada exigencia.
"Nada..." responde igual de sosegada, a pesar de la marejada que sacude su cuerpo.
"Déjame ver." suplica.
"Qué otra opción me queda..." gime y observa como Emma da medio paso hacia ella, preocupada. "Sigamos." Añade cuadrándose de hombros y deteniendo su avance.
"¿Segura?"
"No." Responde y ve a Emma abrir la boca. Por un momento teme que vaya a decir algo, incluso en voz alta, y la frena en el acto, negando con la cabeza y sumergiéndola al instante en una nueva proyección. Más urgente y desesperada que ninguna antes.
Lo recuerda. Lo recuerda todo, y deja que, a pesar del dolor, su mente se abra como una riada sin control.
Se visualiza a sí misma acercándose a su minibar secreto y ofreciéndole un poco de sidra a Emma como antídoto para las penas y la frustración. Bebiendo durante un par de horas, permitiendo que sus raciocinios fueran apagándose lentamente entre bromas y nuevos planes sin sentido para su situación. Y finalmente enfrentando a Emma, preguntándole qué narices significaba aquella maldita cantinela infantil.
La salvadora vuelve a tragar hondo y, con cierta culpabilidad, Regina disfruta de que, por una vez, sea Emma y no ella quien esté sufriendo con lo vivido. Recuerda cómo le interrogó al respecto hasta que la Salvadora quiso enterrarse bajo el suelo y ella sintió cierta emoción vibrando en sus tripas. Como dio por hecho que quizás Emma reservaba la canción para aquellos momentos en que estaba harta de ella, siempre pensando en lo peor porque lo mejor no es algo que se merezca, y cómo descubrió que no se trataba de eso. Si no de cuando los ojos de Emma se fugaban hacia ella de una forma no especialmente inocente.
Se detiene un segundo. La sensación de estupidez anegando su cuerpo la paraliza. Pero no viene sola, la acompaña esa misma oleada de emoción y nervios que está reviviendo como si volvieran a estar a solas en esa bóveda, descubriendo que ella la atrae. A Emma. Que debajo de toda esa tensa hostilidad hay algo más. También por parte de la Salvadora.
La forma en que pasó de sentirse tremendamente ofendida, -¿Qué he hecho ahora que sea tan horrible?-, a convulsionar en una histérica amalgama de nervios y emoción, -Nada... Estirarte.-
"¿Estaba mirándome el...?" Ni siquiera se atrevió a decirlo en voz alta. ¿Cómo iba a enunciar semejante locura? Emma... ¿la miraba a ella de esa forma? ¿A ella?
"¡Dios, dios, DIOS!" Los gimoteos de la Salvadora la sacaron de sus cavilaciones: "No a propósito."
Se tapó la cara y se encogió sobre sí misma como un cachorrito aterrado y Regina tuvo que hacer su mejor esfuerzo, el más abismal y antinatural hasta ese momento, para no dejar descarriar a su mente. Para no pensar en nada más. Para admitir sólo una pequeña parcela de sus sentimientos y no desbordarse con la auténtica verdad.
Y más al advertir las disculpas de Emma:
"Ha sido sin querer... Siempre es sin querer... Son mis ojos, que tienen voluntad propia. Y los entiendo... Pero no lo apruebo. Y ahora por culpa de ellos me quiero morir..."
Fue demasiado. Para su cuerpo, su corazón, y su cabeza. E implosionó. Y como siempre su primer instinto fue cuidarla, salvarla, incluso aunque eso supusiese exponerse como una suicida. Una vez más. Total, ¿cuántas iban ya? Había perdido la cuenta.
"Miss Swan..." musitó con un pequeño carraspeo.
"¿Qué...?" berreó aun oculta bajo sus manos.
"A mí también se me van a veces los ojos."
"Sí, supongo que todos somos humanos..." espetó sin mirarla.
"A usted." Remarcó con su garganta cerrándose hasta amenazar con asfixiarla.
"¿Perdón?"
"A veces también la miro." Contestó, aclarando rápidamente: "Sin querer."
Emma entrecerró los ojos, enfrentándola al fin. "Mentira."
Evocar a esa Emma incrédula, dispuesta a aceptar que Regina la estaba mintiendo por compasión le provoca ganas de reír y llorar de la incredulidad.
Pero en su recuerdo simplemente se encogió de hombros, incómoda. "¿Tan fea cree que es?"
"¡No! Sé que estoy... bien." Masculló, trabándose. "Pero tú... nunca te he oído." Insistió señalándose las sienes.
"Supongo que tengo un mejor control de mis pensamientos." Respondió orgullosa, cruzándose de brazos con superioridad, antes de que su maldita cabeza patinara y la traicionase: "Y en lugar de cantar, hago listas..."
"¡Haces muchas listas!" espetó señalándola con el dedo.
"¡No todas son por usted!" exclamó recomponiendo sus pensamientos y volviendo a trasladar su mente a ese limbo frío, vacío y libre de fugas. Aunque el alcohol complicaba la tarea y no podía estar segura de que hasta la más mínima emoción permaneciera fuera del vínculo. "A veces también quiero listar tareas. Y otras simplemente son cosas que preferiría que no escuchara."
"Así que listas, ¿eh?" insistió Emma elevando una ceja con confianza... y aquello desató el maldito caos.
Maldito, maldito caos.
Comenzaron a ligar. Porque no había otra forma de describirlo. Y, aunque se detuvieron antes de que la sidra les jugase una mala pasada, el flirteo continuó cuando decidieron volver andando a casa. Estaban borrachas, desatadas y jugando con fuego. Y aunque Regina sostuviera esa pose de digno desinterés, Emma no necesita el vínculo ni ver sus recuerdos para advertir la forma en que esa conversación encendía en ella mucho más que el simple afán de divertirse.
El paseo bajo la luz de la luna trajo consigo nuevas conversaciones. Sobre sus preocupaciones por el vínculo, Owen y Gold. Y más coqueteo.
Se despidió de Emma farfullando contra ella, completamente metida en su papel de alcaldesa distante e impasible, pero en cuanto la Salvadora se dio la vuelta, se le escapó una sonrisa que le acompañaría hasta casa.
Intenta detener ahí sus recuerdos, que Emma no alcance a ver cómo regresó a la mansión prácticamente flotando por el aire. Pero falla miserablemente.
Abandona el recuerdo y trata de serenarse, de repetirse que fue y es una estúpida por fantasear siquiera con nada que tenga que ver con Emma, que es un sinsentido. Que no se lo merece.
Y duele. Duele más incluso que la primera vez, en la cocina de Emma, escuchando a Snow, aceptando que se había dejado llevar por una ilusión infantil sin sentido. Duele porque ahora sabe cómo es besarla, porque partes de su cuerpo que ha mantenido dormidas, casi sometidas a una tortuosa sumisión, han despertado hambrientas y fuera de sí y cuesta un infierno no escucharlas, no dejarse acunar por ellas, no volver a sentir esa ilusión que rivaliza con cualquier felicidad anterior.
Pero ese terreno está vedado para ella. Para un ser tan miserable como la Reina Malvada. Y caminar sobre esos recuerdos, aunque sea algo pasado, duele como la herida abierta que es.
Frente a ella, la salvadora, roja y con la respiración alterada, musita, esta vez en voz alta y quizás sin control, un leve:
"Oh..."
"Oh." Repite Regina solo para ellas. Y se guarda de añadir: Y va a ir a peor.
Chapter 56: 55
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"¿Está todo bien, Emma?"
Es Snow, acercándose a la Salvadora preocupada ante su rostro enrojecido y su mísero Oh...
"Responda." Exige Regina con dureza. La misma que esconde su propia turbación.
"Todo bien." Responde como una autómata, antes de apartar los ojos de Regina y tratar de tranquilizar a su madre con una sonrisa sosegada. "El hechizo está desapareciendo, pero aún queda..." musita dejando la frase en el aire, pendiente de Regina.
"Un poco." Responde esta cruzándose de brazos. David y Snow dejan escapar sendos suspiros de cansancio y Gold gruñe a los cielos y, por un momento, Regina desearía patearles el culo a todos. Cambiaría su lugar por cualquiera de esos tres mequetrefes. Si tan solo entendieran que su aburrimiento es una nimiedad en comparación al suplicio que le espera a ella...
"Podemos parar..." propone Emma con un tembloroso tono monocorde.
Regina eleva una ceja, recelosa. "¿Lo propone por mí o por usted?"
Emma duda y tarda en responder y Regina siente cierto alivio al ver que no es la única afectada por los malditos recuerdos.
"Bueno... ¿por las dos?"
"¿Y qué pasará con Gold?"
"Yo confío en ti, no necesito recordar los detalles."
"Ya." Espeta Regina sin permitirse emoción alguna ante esa firme y acogedora respuesta. "Pero no sé si eso bastará para sus padres."
"Si quieres parar, yo me encargo de ellos."
"Claro que quiero... Pero es mejor zanjar esto aquí y ahora."
"¿Zanjar?" repite Emma tartamudeando y Regina es capaz de imaginar el hilo de sus pensamientos, aunque intente ignorar la duda en su voz.
"Todo este asunto... tu hechizo." Concreta. "Si no lo rompemos corremos el riesgo de que Gold lo complete. No podemos concederle ni una oportunidad."
"¿Estás segura?"
"Por supuesto que no. Pero no tenemos otra opción."
"Adelante entonces." Acepta Emma con una docilidad que resultaría adorable si Regina no estuviera haciendo todo lo posible por mantenerse ajena a cualquier emoción posible.
Pero es muy difícil cuando recuerda el mensaje que Emma le envió en mitad de la noche, Tenemos que ir al límite de la ciudad. Tengo un plan., su respuesta ¿Acaba de despertarme para decirme ESO? ¿No podía esperar unas horas?, y, especialmente, la de Emma: "¿Querías que te dijera otra cosa...?"
Era una simple pregunta. Solo eso. Pero cuando brilló en su pantalla, a pesar del sueño, a pesar de las malas pulgas del despertar, a pesar de todo, sonrió. De oreja a oreja. Con una ilusión casi animal, libre de todo filtro. Ahí, a solas, en su cuarto, sin vínculos entrometidos y con demasiado sueño para ser racional, se limitó a disfrutar de todo lo que encerraba esa simple pregunta.
Emma estaba coqueteando. De nuevo.
Ya no había sidra de por medio, ni estaban sumidas en esa atmosfera que podía haberlas llevado a confundirse. No. Estaba en su casa, desvelada, pensando en su plan, en ellas, y su segundo mensaje era un claro ejemplo de que no había olvidado su coqueteo, no se avergonzaba de lo ocurrido y tenía intención de continuarlo.
Aunque mantuvo su fachada al contestar con un regio DUÉRMASE. La veo a las 8 en su cocina. Que el café sea doble., durante varios minutos fue incapaz de acatar su propia orden. Desvelada por el mensaje pero, sobre todo, por lo que este parecía significar.
Y sus sospechas se cumplieron deliciosamente.
Cuando apareció en la cocina de Emma, enfundada en un conjunto deportivo que le había llevado mucho más tiempo decidir del que jamás estaría dispuesta a admitir, la Salvadora le dio la bienvenida con un atrevido: "¿Esta ropa es más ajustada que la de ayer?", y la emoción que había invadido su cuerpo la noche anterior, regresó con más intensidad.
La mantuvo bajo llave, pero eso no evitó que le devolviera la pelota, coqueteando desde ese rincón controlado pero al mismo tiempo lleno de descaro. Y Emma, por supuesto, le devolvió cada golpe encantada. Incluso cuando fueron al límite de la ciudad y probaron el fallido plan de la Salvadora de lanzar la calavera fuera de la barrera mágica como si se tratara de una bola lista para derribar unos bolos invisibles.
Recuerda cómo se sentaron derrotadas en los sillones que ella misma convocó, esperando inútilmente, hasta que los ojos de Emma tuvieron un pequeño desliz con su cuello. Apreciando su sugestiva curvatura para ser exactos. Quiso mostrarse indignada, pero aquella inconsciente y cautivadora apreciación alteró cada nervio de su cuerpo.
Y todo empeoró cuando Emma propuso atravesar la linde de la ciudad. No es que pudiese decir que se hubiera hecho inmune a los constantes coqueteos de la Salvadora, ni mucho menos. Pero cuando la vio al otro lado de la barrera mágica con gesto de pánico y confusión, frotando su rostro desquiciada, algo dentro de ella se incendió aún más. ¿Acaso estaba asustada por el vínculo? ¿Por la desaparición de este para ser más exactas?
El silencio en su propia cabeza era un eco desagradable e incómodo y, de repente, se sintió desesperada por volver a escuchar a Emma. Por saber con detalle cómo se sentía.
Sostuvo su móvil y le envió un mensaje a falta de cualquier otro método para hablar con ella, aunque estuvieran a solo unos metros de distancia:
"¿Todo bien?"
"Sí, todo en orden."
"Cualquiera lo diría por su cara..."
El semblante de Emma pasó ante ella de la preocupación a la vergüenza, atravesando un par más de extraños estados que Regina intentó ignorar con todas sus fuerzas.
"Todo está bien. Estaba reflexionando. ¿Me escuchas al otro lado?"
"Nada de nada" Tecleó en respuesta. "¿Y usted?"
"Ni medio pensamiento."
"¿Tampoco ninguno propio? Porque no me extrañaría."
"Ja ja. No te gustaría saber en lo que estoy pensando exactamente ahora mismo."
"Si intenta darme miedo, no funciona. Hay un alto porcentaje de probabilidades de que sólo esté pensando en mi trasero." Le dio a enviar antes de que su conciencia lo eliminase y la golpeara incansablemente desde el interior de su cerebro. Cuando escuchó a Emma soltar una carcajada, todo su arrepentimiento desapareció y añadió: "¿He acertado, verdad?"
"Ya te gustaría saberlo..."
"Lo veo en su cara."
"¿Y qué refleja la tuya?"
Tantas respuestas se pasearon por su cabeza en ese momento y, finalmente respondió con la menos comprometida de todas, pero no por ello menos cierta: "Ya le gustaría saberlo..."
La risa de Emma volvió a resonar en medio de la carretera solitaria y Regina disfrutó de ella como un pequeño placer culpable, dejando que la llenara por dentro y retumbara en su pecho. Disfrutando libremente de ella, sabiendo que no había testigos al acecho. No con Emma fuera de su mente e incapaz de verla al otro lado.
Esperó unos segundos, concediéndole tiempo a Emma para responder, pero la Salvadora se había detenido, pensativa, y Regina actuó por instinto, con miedo a que la situación se enrareciese. O quizás con pánico a que fuera a más.
"¿Quiere que le haga volver?"
"Sí... probemos a ver qué pasa."
Cuando Emma regresó a los límites de la ciudad dejó escapar un suave "Ey.", pero resonó con tanta fuerza y tanto maldito alivio dentro de su pecho, que el esfuerzo titánico que necesitó para controlar su emoción fue físicamente doloroso.
"Ey..." respondió sin abrir la boca.
"Ouh..." resopló Emma. Y, por un segundo, Regina estuvo segura de que esa contención salvaje y silenciosa que advertía no provenía solo de ella.
Pero ninguna dijo nada al respecto. Solo volvieron a su misión, callando su subconsciente con la mayor de las dificultades, pero dejando que ese consuelo tontorrón bailara libre por su pecho.
Chapter 57: 56
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Regresaron a la cripta para almorzar y, entre otros desvaríos, Emma propuso encadenar su magia. La idea en sí era buena, no lo iba a negar. Sin magia, el vínculo se apagaría. Pero jamás expondría a Emma a ese peligro. No si Gold andaba tras ella. E incluso aunque no fuera así. Conocía los efectos de ese maldito brazalete, no la sometería a ello.
Y menos aún al escucharla decir que confiaba en ella. Que sabía que la protegería. Como siempre hacía. Esa dulzura inconsciente y desmedida, firma de la casa de la maldita Swan solo le hacía querer desear aún más su protección. Por encima de cualquier otra cosa.
No, jamás la encadenaría. Y menos aún con su forma de menospreciar a Gold y el peligro que ese maldito gnomo podía suponer. Emma no estaba preparada para asumir realmente las consecuencias del brazalete.
Pero eso dejó de importar cuando la Salvadora resumió sus opciones en quedarse en ese estado para siempre. Vinculadas de por vida.
Respondió rápidamente, metida en su faceta de alcaldesa impertérrita, sin pensarlo siquiera. Y, sobre todo, sin sentirlo siquiera. Y entonces todo estalló desastrosamente...
"¿Pretende que me suicide?"
"Jamás. ¿Qué sería de mí sin esta eterna pelea a muerte?"
"Si realmente estuviéramos peleando, ya habría acabado con usted."
"¿Y cómo exactamente lo habrías hecho...?"
"¿Por qué todo lo convierte en algo sucio?"
"Yo no hago nada, es tu imaginación."
"¡Oh, venga, Emma!" responde agitada mientras en su mente se van sucediendo distintas escenas fugaces pero muy explicitas que, aún sin concretar nada, remueven todo su ser hasta hacerla temblar. "Puedo escuchar como tu cabeza fantasea con peleas cuerpo a cuerpo que no tienen nada de pelea."
"Tuteándome y diciendo hasta mi nombre, sí que estamos nerviosas, ¿eh, alcaldesa?"
"Por favor. Se necesita mucho más que una sheriff calenturienta para ponerme nerviosa a mí, Miss Swan." Mintió con descaro, como si sus pulsaciones no estuvieran retumbando contra sus oídos y otras partes de su anatomía.
"¿Ah, sí? ¿Y qué más se necesita?" pregunto poniéndose en pie solo para sentarse sobre la mesa de mármol, mucho más cerca de ella.
"Miss Swan..." ladró desde su silla, siguiéndola con la mirada. "No juegue con fuego."
"No es con el fuego con quien quiero jugar." Dijo solo para acto seguido pensar: "Ni siquiera quiero jugar..."
Regina tragó hondo, paralizada, fuera de sí, en plena ebullición: "¿Qué quiere entonces?"
"No lo sé..." respondió con una cadente lentitud. "¿Lo sabes acaso tú?"
"No quiero pelear."
"Yo tampoco... Aunque se nos da bien." La respuesta de Emma fue seguida de una sonrisa juguetona que obligó a Regina a morderse labio inferior, conteniendo una sonrisa y negando con la cabeza. "¿Qué entonces?"
"No lo sé..." admitió al fin Regina. "Pero esta ropa es definitivamente más entallada que la que escogí ayer."
"¡Lo sabía!"
Regina viró los ojos, pero su respiración se detuvo ante los pensamientos de Emma, los mismos que describieron su sonrisa como luminosa, irresistible y... tímida. La vergüenza empezó a invadir su cuerpo, pero ese no era el único sentimiento que la estaba poseyendo.
Y, frente a ella, Emma era otra olla a presión. Llena de dudas, de nervios, de una emoción que Regina se negaba a analizar porque todo podría saltar por los aires de un soplido. Pero sus labios... mostraban esa sonrisa diminuta, inquieta, tan atrayente.
Regina dejó la mente en blanco. Al instante. Mortificada y tensa, removiéndose en su asiento con una incomodidad palpable, que estaba segura Emma ya había advertido.
Hasta que una vibración detuvo ese inexplicable momento.
"Le están llamando." Murmuró cabeceando hacia Emma.
"Oh." Musitó confusa, buscando su teléfono. "¡Oh!" añadió antes de descolgar. "¡Hola, Snow! ¿Qué? Oh, sí... claro. Adiós." Contestó entrecortada antes de colgar. "Mierda."
"Ya lo he oído."
Aquella llamada podía haber funcionado como un repelente. De hecho, ojalá lo hubiera hecho. Pero no.
A la conmoción inicial le siguió una Emma gruñona que incluso mientras se materializaban en su cocina no dejó de preguntarse por qué Snow querría ir a verla. Aunque la respuesta era bastante obvia, Regina no podía dejar de pensar que el verdadero motivo detrás de su enfurruñamiento no era ese.
Trató de hacerla entrar en razón, de explicarle que debían mantener su coartada en pie, que quizás era hora de dejar atrás su excusa e investigar por otros caminos. Sobre todo si querían evitar levantar sospechas. Bastante habría preocupado a su secretaria al advertirle de que se ausentaría y que no deseaba que le pasara llamadas.
De repente, su intento de convencer a Emma se volvió en su contra, incapaz casi de entender cómo había llegado a suceder.
"No querías que nos interrumpiesen, ¿eh?" La cuestionó de repente la Salvadora.
Y, a pesar de los nervios, su primer instinto fue avivar ese estúpido e insensato fuego: "¿Usted lo lleva todo al mismo terreno o es que es incapaz de pensar en otra cosa?"
"No he dicho nada, la intención la has puesto tú. Podría referirme a interrupciones que importunaran nuestra investigación."
"Miss Swan, tengo acceso directo a esa calenturienta mente suya. No he puesto intención alguna, usted vive permanentemente en esa intención."
"¿Preferirías que cantara otra vez...?"
"¡No, por dios! No puedo volver a oír Baby Shark sin volverme loca."
"¡No han sido tantas veces!" protestó apenas un segundo hasta que Regina elevó su ceja en una clara acusación. "¿Han sido unas cuantas? Puede. Pero lo prefiero a tus incesantes listas."
"¡Eso no es...! ¿Sabe qué? No haría tantas listas si no estuviera continuamente intentando ligar como una quinceañera."
"¿Disculpa? ¿Soy yo la que liga? ¿Y quién eligió un outfit tan...?"
"¿Tan?" La retó deseando que se atreviera a terminar su pregunta.
"Tan... ¡ya sabes!"
"No sé, Miss Swan. Cuénteme, ¿qué le sucede a mi ropa?" cuestionó desde la encimera, disfrutando de su falta de escapatoria.
"Yo no..." El tartamudeo se entremezcló con una vívida imagen de Emma queriendo darse de golpes contra la misma encimera en la que ella había apoyado su trasero.
Elevó ambas cejas antes de preguntar: "¿Otra vez pensando en mi cuerpo?", y esta vez la Salvadora se imaginó echándose a correr contra la encimera con la cabeza por delante. "Qué drástica, Miss Swan. ¿Quién hubiera pensado que la mejor forma de lograr que se callara era simplemente seguirle el juego?" preguntó con cierta diversión, pero dejando que sus miedos treparan por su cuello, susurrándole al oído que había llevado ese intercambio fuera de su lugar. Que Emma solo pretendía bromear, un poco de tonta diversión, y ahora estaba paralizada ante las descaras insinuaciones que Regina había llevado demasiado lejos. Su espalda se tensó y, aunque no dijo ni hizo nada, algo dentro de ella retrocedió, avergonzado.
Al menos hasta que Emma al fin respondió: "Nunca me retiro de una pelea. Solo estoy reagrupando a las tropas."
Dio una profunda bocanada de aire al escuchar sus palabras y humedeció sus labios sin ser siquiera consciente. Pero los ojos de Emma siguieron detalladamente ese movimiento, solo para jadear después: "Tu ropa es perfecta, nada que objetar."
"¿Perfecta para qué?" preguntó dejando que su voz vibrara igual que lo estaba haciendo su cuerpo, regresando peligrosamente a ese punto de no retorno que la conversación había encendido en ella. "¿Que pretende hacer exactamente con mi ropa, Miss Swan?"
Escuchar a Emma gemir dentro de su mente fue, probablemente, el sonido más excitante que en su maldita vida iba a experimentar.
Su espalda se tensó como si la voz de la salvadora reverberara por ella y cuando un tsunami de excitación nacido directamente de Emma la sumergió, tuvo que cerrar sus piernas con fuerza. Su respiración se volvió renqueante, profunda, densa, y se despertó un hambre casi caníbal.
"La pregunta no es que quiero hacerle a tu ropa..."
"¿Entonces...?" cuestionó una vez más, reprimiendo las ganas de tirarse sobre ella para sacarle todas las respuestas.
Emma se inclinó ligeramente y humedeció sus labios antes de responder: "La pregunta es qué quiero hacer cuando me deshaga de ell..."
Y el maldito timbre retumbó por toda la casa.
"¡No me jodas...!"
Puede que eso fuera lo que gritó Emma, pero las palabras malsonantes que estallaron en la cabeza de Regina fueron aún peor.
Chapter 58: 57
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El timbre sonó una segunda vez y Regina ya no contuvo sus ganas de gritar: "¡Abra de una vez, antes de que su madre empiece a sospechar!"
"¿Eso que escucho es frustración?"
"Si quiere averiguarlo, despáchela rápido..." gruñó con todas las emociones que la sacudían arañando su piel, forcejeando por salir a la superficie como bestias hambrientas.
"Seré más veloz que una bala." Gimió antes de que su voz se escuchara al final del pasillo. "Snow, ¡no te esperaba tan pronto!"
La distancia era demasiada para advertir con total claridad qué sentía Emma, pero, aunque atenuadas, escuchaba sus voces sin dificultad.
"Hola, cariño. Espera, ya no contagiarás, ¿verdad?"
"No, seguro que no." Respondió y Regina no pudo evitar sonreír.
"¿Me habías dicho que podía pasar en un cuarto de hora, no?"
"¿Ya han pasado 15 minutos?"
"De todas formas no te entretendré. Tengo que volver al colegio antes de que termine el recreo. Solo quería acercarte un poquito de caldo. Te ayudará a reponer líquidos."
Dejó escapar una pequeña y discreta carcajada de victoria: "¿Qué le dije?"
"Listilla..." Respondió Emma antes de preguntar: "¿Para cuantos días es esto?"
"Puedes congelar una parte. Y seguro que Henry también quiere servirse un poco esta noche. ¿Por qué puede volver a casa, no?"
"Oh, sí, claro..."
"Si aún estás recuperándote puede quedarse con nosotros sin problemas, Emma."
"No, no, estoy bien."
"Ofrézcase a recogerle hoy. No levante sospechas. Ya veremos como organizamos nuestras pesquisas."
"¿Hablas de romper el vínculo o de...?"
"¡EMMA!" exclamó entre escandalizada y, debía admitirlo, excitada.
"¿Emma?" preguntó Snow a su vez.
"Sí, perdona, estaba pensando. Creo que me encuentro mucho mejor. Puedo ir hoy a recoger a Henry al colegio y traerle a casa."
"Oh, vale, genial, genial..." balbuceó Snow.
"¿Todo bien, mamá?"
"Sí, sí, no es nada. Es que..."
"¿Qué sucede?"
"Tu padre y yo estábamos un poco preocupados con que estuvieras aún indispuesta y quizás Regina se ofreciera a recogerle."
"¿Perdón?" preguntó Emma, al mismo tiempo que Regina se recolocaba incómoda contra la encimera de la cocina. "¿A qué te refieres?"
"Bueno... es que estos días han pasado cosas que no nos encajan y... tenemos miedo de que haya vuelto a las andadas."
"Eso es una tremenda tontería."
"Sé que tienes un corazón enorme y confías muchísimo en su redención, pero Regina es mucho más que la mujer que tú has conocido. Hay una parte de ella que..."
"Snow, para. Ella es de los nuestros. Nos ha salvado tantas veces que no puedo ni contarlas, incluso arriesgando su propia vida."
"Lo sé, pero últimamente hay algo que no cuadra. Hasta Gold lo ha mencionado."
"¿Cómo? ¿Qué tiene que decir ese usurero de pacotilla?"
"Emma, sé qué es difícil escucharlo, pero Gold tiene razón. Regina ha estado actuando raro desde que revisamos la habitación de Owen. Ya sabes la historia que les une... Y desde que salió de allí, no se ha vuelto a dejar ver. Ni siquiera ha ido hoy al Ayuntamiento. ¿Cuántas veces ha faltado esa mujer a su puesto?"
Todo su cuerpo se congeló ante el maldito puzle que David y Snow habían montado en torno a su figura. Pieza a pieza para dar forma a una imagen que encajaba con su maldita visión del mundo. Puede que Gold hubiera estado detrás, moviéndoles como marionetas, pero esos dos malditos ingenuos no necesitaban más que un par de gotas de gasolina para echarla a la hoguera en cualquier momento.
"¿Y eso es todo? ¿Que no ha querido pasar su fin de semana encerrada con vosotros y se ha tomado un día libre?"
"Se llevó varios objetos para estudiarlos."
"¿Y Gold no?"
Emma no cejaba en su empeño de revertir el relato, pero el veredicto ya estaba firmado y sellado y nada de lo que la Salvadora dijera podía cambiarlo. Los conocía. Y quizás ellos la conocían a ella.
Podían estar equivocados en los detalles. Pero Regina también era ese monstruo que el matrimonio de mequetrefes tenía en su cabeza. Esa mujer que no era digna de su confianza, la misma que, aunque intentará ignorarlo, no se merecía muchas de las cosas que tenía. Como una segunda oportunidad, un hijo como Henry y, por supuesto, algo con un alma como la de Emma.
Se giró hacia la ventana de la cocina, tratando de serenarse. Pero fue inútil.
Sí, odiaba a los Charming. Pero no podía juzgarles porque fuera mutuo. Ni tampoco ignorar que tenían sus razones para hacerlo. Quizás más razones que las que tenía ella misma.
La voz de Snow continuaba resonando por el pasillo, pero los oídos de Regina retumbaban con sus propias pulsaciones desatadas y costaba sobreponerse a ellas para escucharla: "Sí, pero él nos ha ido informando de los descubrimientos, y tiene todo en su oficina, dispuesto para que vayamos a ayudarle si lo deseamos. Regina sin embargo debe estar en su cripta o en la mansión... Ni siquiera se ofreció a quedarse con Henry mientras tú estabas convaleciente. ¿Entiendes lo preocupante que es eso? ¿Y si intenta esconder algo que Owen descubrió?"
"Estoy segura de que Regina no haría eso."
La conversación continuó, pero Regina apenas era capaz de distinguir quién hablaba. Sus pulsaciones ya ahogaban todo ruido que no fuera su sangre bullendo, su corazón encabritado, una rabia que nacía de tantos lugares que lo devoraba todo. Las escuchó hablar algo más, despedirse a lo lejos, el sonido de la puerta al cerrarse. Pero nada de eso llegaba realmente hasta ella.
Solo podía sentir. Odio, rabia, cólera pura arremolinándose en su estómago y naciendo a través de cada molécula de su cuerpo. Expandiéndose como una nube a su alrededor, llenando la cocina y colapsando cada uno de sus sentidos hasta que solo quedó eso. La furia animal, desatada, que sentía por todos. Pero especialmente por ella misma.
¡¿En qué narices estaba siquiera pensando?!
Los pasos de Emma la precedieron antes que su voz:
"Snow no entiende nad..."
"Déjelo." Ladró interrumpiéndola.
"Regina..." El murmullo vino acompañado de una suave y delicada brisa tocando su hombro a través de su vínculo. Pero las emociones de Regina la sepultaron sin compasión hasta reducirla a la nada.
"No la disculpe. Snow tiene razón."
"¿Qué?"
"Snow tiene razón. Soy quien soy, ¿acaso nosotras no estábamos sospechando de Gold por la misma razón?" preguntó fulminándola con la mirada, retándola a rebatirla.
Emma negó con la cabeza. "Él y tú no tenéis nada que ver."
"¿Cómo está tan segura? ¿Cree que por intercambiar un par de comentarios subidos de tono ya me conoce?" Todo el autodesprecio que sentía en ese momento inundó de veneno sus palabras.
"Regina, no lo reduzcas a eso. Tú eres de los nuestros, Gold sólo trabaja para sí mismo."
Dejó escapar un bufido antes de regresar su atención a la ventana de la cocina. "Su madre tiene razón, su ingenuidad la ciega."
"Regina..."
"Al menos Snow ha sido útil por una vez."
"¿A qué te refieres?"
"Ha aparecido a tiempo de detener la mayor estupidez que podíamos cometer." Ladró con la voz temblando de rabia. "Junto con haber recogido esa maldita calavera."
"No te arrepientes." Gimió la Salvadora dando un paso hacia ella. "De ninguna de las dos."
El atrevimiento de dar un paso, cuestionarla, de no entender nada, despertó una nueva oleada de rabia que volcó en una mirada casi maniaca. "¿Ve? No me conoce en absoluto."
"Regina..."
"Dejemos las cosas claras. Estos días han sido un cúmulo de errores que no se repetirán. Volveremos a nuestras vidas y yo trabajaré en esta maldición hasta que la rompa. ¿Entendido?"
"Esto también me incumbe." Respondió Emma, planeando dar un segundo paso. Algo que jamás ocurrió porque con un solo vistazo iracundo, se congeló en el mismo sitio en el que estaba. "Quiero ayudar..."
"Estupendo. Pues intente buscar la solución por su cuenta también."
"¡Sin ti no sé ni por dónde empezar!"
"Lástima." Susurró con la voz vibrando por todo lo que su cuerpo retenía: "Recoja a Henry. Le contactaré si hay novedades."
Y con un chasquido, antes de que la bomba pudiera estallar y hubiera heridos, desapareció mágicamente de esa maldita cocina.
Chapter 59: 58
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Reapareció en su cripta y gritó.
Gritó fuera de sí. Desgarrándose la garganta en un solo y bestial bramido. Uno como hacía siglos que no recordaba haber proferido. Uno que nacía desde lo más profundo de su cuerpo y que no hizo más que despertar a todos sus demonios internos.
Su cuerpo entero temblaba de rabia, frustración, ira pura y descarnada. Quería romper algo, lo que fuera.
Sus manos se cargaron de magia sin que tuviera que desearlo y dos enormes esferas de fuego estallaron contra la pared de piedra. Las chispas volando contra la roca mientras el fuego se apagaba.
No fue suficiente.
Lanzó otra ráfaga. Y después otra y otra más. Sin detenerse hasta que los brazos le dolieron, su magia gimió agotada y su pared comenzó a oler a chamusquina ahí donde todas sus llamas habían detonado.
Solo entonces se apoyó en cualquier muro, frío y duro, y se dejó caer hasta derrumbarse con el trasero contra el suelo.
Completamente desmadejada, vacía, tan rota como no recordaba haberlo estado en toda su vida. Lo cual era ridículo. Porque si de algo estaba llena su vida era de dolor, rabia, fracasos y desengaños. Pero esta vez, por alguna razón, era peor. Quizás porque, por un momento, había sido tan estúpida de olvidar quién era. Qué merecía. A qué podía aspirar.
Sí. Por un momento, había imaginado que su vida, todo su pasado, su desgraciado y oscuro destino no existía. Que tan sólo era una heroína jugando a salvar a una doncella en apuros que, quizás, la compensaría con un beso.
Qué demonios... Se había atrevido a fantasear con mucho más que un beso. Y no, no se refería al sexo ni a las bromas subidas de tono. No, por supuesto que no. Había tenido la osadía de ir mucho más allá.
Y la vida la había puesto rápidamente en su lugar. Por boca de Snow.
Odiaba a todo el mundo. Odiaba a esa maldita arquera por ser incapaz de ver más allá, por no intuir la trampa que Gold les estaba tendiendo, por tener que interrumpir una vez más su vida solo para destrozarla. Odiaba a Gold, sus continuos enredos e intrigas que la obligaban a vivir siempre alerta, su maldito veneno capaz de llegar hasta a los rincones más remotos, su afán psicópata y desmedido por el poder. Joder, incluso odiaba a Emma y esa forma que tenía de mirarla como si algo dentro de ella mereciera la pena, como si de verdad no fuera la reina malvada, la alcaldesa tirana o cualquier otro cruel animal en el que se había convertido a lo largo de su vida y fuera solo Regina. Así de simple.
Joder si la odiaba por eso... ¡Joder!
Pero a quien más odiaba, con diferencia, con una rabia abismal, desmedida y casi asesina era a sí misma. A esa mujer débil y ridícula que se escondía tras su máscara impasible y gélida, esa que ansiaba la aprobación de aquellos estúpidos aldeanos, que suplicaba por su perdón como una niña pequeña. Esa que bebía los mares por Emma como una idiota enamorada, suspirando por ser lo que esa estúpida Salvadora creía ver en ella.
Volvió a gritar, aunque las fuerzas no acompañaran. Pero la rabia suplió la falta de energía.
Esta vez no apareció fuego en sus manos. Su magia, mortecina y débil, resonaba tras su nuca, gimiendo por el esfuerzo que había realizado. Tratando de absorber algo de energía de Regina.
Pero no le quedaba nada. Estaba vacía.
Hasta la rabia pareció desvanecerse.
Y, tras ella, solo quedaron las lágrimas y los temblores.
Chapter 60: 59
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El árbol ocultaba su silueta y la oscuridad de la noche se convertía en parte de su disfraz. Desde esa distancia podía observar la tienda de Gold sin ser vista y, aunque las piernas comenzaban a atormentarla tras tanto tiempo de pie, no se movió. Una parte de ella disfrutaba de esa aflicción, la misma que estaba acallando a su mente, impidiéndole pensar o incluso sentir.
Hacía algo más de una hora que la luz de la tienda se había apagado, pero no podía arriesgarse. La casa de Belle y Gold estaba en el piso superior y, si no estaban durmiendo, el más mínimo ruido les alertaría. Así que tenía que esperar. Al menos hasta que todas las luces de la segunda planta se hubieran apagado y hubiera pasado un tiempo prudencial.
Todo tenía que salir como había planeado. No pensaba irse de allí sin el maldito brazalete.
Las primeras horas habían sido un deleznable festival de autocompasión, rabia y lloros. Pero en cuanto logró reponerse, supo lo que debía hacer.
Todos sus problemas habían comenzado en el instante en que tocó esa maldita calavera. Ese aberrante y confuso vínculo era el culpable de todo y, acabando con él, acabarían sus problemas. Y, si quedaba alguno en pie... bueno, seguro que no sería nada que no pudiera arreglar con un par de esferas llameantes.
Su móvil vibró un par de veces y lo sacó de su bolsillo con desgana.
Hablando de problemas...
"Ey, ¿estás despierta?" El mensaje de Emma apareció en su pantalla cegándola con el brillo en mitad de la oscuridad, aunque eso fue lo que menos la molestó. Cerró la conversación, bloqueó el móvil y volvió a centrar su atención en la casa de Gold.
Pero unos minutos después, vibró de nuevo.
"Joder." Susurró muy bajito antes de desbloquearlo.
Swan, una vez más. Por supuesto. "Regina, sé que me has leído. ¿Podemos hablar?"
Sostuvo el móvil, entró en la conversación y su primer impulso fue mandarle un audio pidiéndole que la dejase en paz de una maldita vez. Pero respiró hondo y decidió optar por algo más educado y que aumentara las probabilidades de que Emma dejase de molestarla. "Aún no hay novedades. Le dije que contactaría con usted cuando supiera algo."
Esa vez no bloqueó el móvil. Vio los puntos suspensivos tintineando bajo el nombre de Emma para de repente desaparecer y, por un instante, imaginó que se había rendido. Y la sensación de alivio se mezcló con el amargor de la decepción, la misma que se avergonzó de sentir. Pero unos segundos después, apareció un nuevo mensaje:
"Quiero ayudar. Por favor, no me dejes fuera, ¿qué puedo hacer?"
Bufó para sí y puso los ojos en blanco aunque nadie pudiera verlos. No sabía qué pensar, cómo sentirse con respecto a ese mensaje, pero si Emma de verdad pretendía ayudar, tenía un par de tediosas tareas que no le importaba relegarle.
Tecleó de vuelta: "Averigüe cómo se hizo Owen con esa calavera."
"¿Cómo?" respondió al instante.
"Los diarios reales. Todos suyos." Escribió escueta antes de concentrarse. Los visualizó en la cripta, cerca de su mesa principal. Convocó su magia y deseó que desaparecieran, solo para materializarse en el salón de Emma. Lo más cerca posible de ella. Incluso si hubiera sido sobre la Salvadora no habría tenido ningún cargo de conciencia por ello. "¿Los tiene?" preguntó cuando su magia se reagrupó en su cuerpo.
"Recibidos." Un mensaje directo y claro. Lástima que no le hubiera especificado si le cayeron encima o no.
"Bien. Buenas noches." Contestó zanjando la conversación. Aunque, con cierta culpabilidad, no guardó el teléfono hasta que leyó su respuesta:
"¿Hay algo más que pueda hacer?"
Desaparecer... pensó para sí. Pero un nudo en la garganta le sugirió que estaba tratando de embozar mucho más que esa tonta y amenazante respuesta. Bloqueó el móvil, quitó la vibración y lo guardó en su chaqueta. Ignorándolo hasta que las luces del hogar de Gold se apagaron, hasta que pasó una hora y sus agarrotadas piernas echaron a andar hacia la tienda, hasta que abrió la puerta con su magia y apagó las cámaras, hasta que cerró tras de sí y se alejó calle abajo, hasta que se desvaneció en un humo violeta y se materializó en su casa.
Cuando leyó el mensaje de Emma, "Buenas noches, Regina. Si necesitas cualquier cosa, escríbeme, por favor.", el brazalete ya descansaba en su muñeca.
Chapter 61: 60
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Emma toma asiento en la última butaca libre. Los recuerdos de Regina han despertado los suyos de algún modo y ya no se siente observadora si no participe. Lo ha vivido. Todo ello. Al menos hasta donde la alcaldesa le ha mostrado. Y eso hace más frustrante el muro que la separa del resto de sus memorias. Un hachazo que rompe en dos su cabeza, entre la luz y la oscuridad absoluta.
Ahora es consciente de cada minuto de esos últimos días, como si jamás los hubiera olvidado. Pero al mismo tiempo es abrumador abrir los ojos ante tantos momentos que, un segundo antes, no se hubiera imaginado ni en sus sueños más locos.
Entonces repara en algo. Regina se ha detenido. La mira a lo lejos, con los brazos cruzados, esperando. Concediéndole un respiro que ni Emma era consciente de necesitar. ¿Cuánto tiempo llevan todos allí? No se atreve a mirar su reloj por miedo a motivar de nuevo las protestas de los presentes, que permanecen expectantes pero cada vez más desesperados, aunque no lo digan.
Solo espera, dejando que su nueva realidad se asiente, con esa imagen de Regina furiosa en su cocina repitiéndose en su cabeza, seguida de esa desgarradora escena en su cripta, rematada con los mensajes que se intercambiaron antes de que Regina asaltara la tienda de Gold decidida a encadenar su magia.
Una chispa de claridad destella entonces en su mente, y busca la mirada de Regina antes de preguntar contenida y cuidadosa: "¿Por eso estabas tan enfadada conmigo?"
Regina suelta una carcajada. Una tan intensa y descreída, tan fría y vacía de humor, que le recorre de pies a cabeza con un temblor violento. Permanece en silencio, hasta que los ojos café se clavan en ella con dureza y su voz retruena en su cabeza con un murmullo jocoso que sólo aumenta el miedo dentro de Emma.
"Oh, no, Miss Swan. Nada que ver... esto no ha hecho más que empezar."
La salvadora abre los ojos aterrada. Ante lo desconocido y ante Regina. El pánico se apodera de ella. Le sostiene la mirada, posiblemente porque es incapaz de mover un solo músculo, pero no responde. Solo trata de imaginar a qué demonios puede llegar a referirse. Qué puede superar esa discusión en la cocina. Y, por un momento, se plantea salir corriendo, huir, vivir para siempre en la ignorancia, aunque tenga que pasarse la vida entera evitando que Gold le susurre nada en la oreja.
Sus pulsaciones se disparan y lo único que evita que entre en un ataque de pánico es la voz de su madre: "¿Por qué se ha reído Regina?"
"No es nad..." comienza a responder sin seguridad alguna.
"¿Y por qué te está matando con la mirada?" le interrumpe David frunciendo el ceño y aturullando su cabeza con una nueva pregunta.
"¿Qué estáis haciendo exactamente?" replica Snow permitiendo que sus nervios y su exasperación salgan al fin a galopar y se estrellen contra Emma, que es incapaz de gestionar nada más.
"¡Eso! Estáis ahí quietas, sin decir nada, solo... ¡quietas!" insiste el sheriff.
"TELEPATÍA, VALE. ¡ES TELEPATÍA!!!" estalla Emma fuera de sí. "Eso estamos haciendo. ¡Hablamos mentalmente!"
"¿Có... Cómo?" tartamudea Snow pestañeando muchas veces seguidas.
"¡La ha embrujado, os lo dije!" proclama Gold en un berrido teatral y manido, sin saber que es el último clavo de su tumba.
Emma se gira hacia él como un vendaval descontrolado antes de gritar: "¡TÚ LO HICISTE, MALDITO DESGRACIADO!"
El hombrecito se inclina hacia atrás, alejándose ligeramente de esa versión roja furia de la Salvadora antes de intentar defenderse: "Yo nunca..."
"¡Me diste esa maldita calavera! ¡Querías meterte en mi cabeza como la sanguijuela que eres! Pero Regina te lo impidió, se sacrificó y se interpuso, ¿verdad? ¡Y por eso intentaste echarla a los leones!"
"¿Eso es cierto?" pregunta amenazante David, sosteniendo su arma con más ganas.
"Por supuesto que no, ¿para qué haría yo algo así...?"
"Si os calláis y me dejáis continuar recordando, seguro que puedo responder pronto a esa pregunta." Ladra Emma alejándose lentamente de Gold, reduciendo sus revoluciones cuando vuelve a fijar su atención en Regina. La alcaldesa, en una esquina de la cripta, permanece ajena a todo, como si estuviera viendo una película de la que ni siquiera conoce el argumento. Pero cuando Emma se dirige a ella, aún sostiene esa mirada glaciar, y el terror regresa a su cuerpo, reduciendo la furia a un segundo lugar. "¿Procedemos?" pregunta esforzándose por mostrarse entera y sin miedo. Es decir, esforzándose por disimular muchísimo. Porque dentro de ella hay tal maremágnum de emociones que aún se plantea seriamente salir corriendo.
"Como quiera, Miss Swan." Responde hablando en voz alta por primera vez en mucho tiempo y usando un tono de voz que, definitivamente, invita a huir.
"Vamos." Se cuadra de hombros, traga hondo y suplica por un poco de piedad antes de sumergirse de nuevo en las memorias de Regina.
Chapter 62: 61
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Incompleta. Esa era la palabra. Estaba incompleta. Caminaba por la calle, hacia su trabajo, como cada mañana. Exceptuando los últimos días... Y todo estaba igual. Pero al mismo tiempo no. Si era por la falta de magia o la ausencia de alguien al otro lado de su mente, prefería no considerarlo.
Esta era su nueva realidad.
Al menos por unos días.
Y, si ese era el precio a pagar por su paz y su libertad, estaba más que complacida de hacerlo. Sin duda era una victoria extraña, pero no por ello menos satisfactorio.
Tenía ganas incluso de volver al trabajo. Recuperar su rutina y dejar atrás esa estúpida burbuja sin sentido en la que habían cohabitado durante esos días. ¿Cómo había podido dejarse arrastrar así? ¿Cómo se había permitido bajar la guardia, actuar como una niña pequeña descerebrada y mostrarse tan vulnerable sólo por pasar un ratito con Emma y compartir unas sidras?
Ese vínculo, ese maldito y deleznable vínculo era el culpable de todo.
Pero pronto llegaría a su fin.
Y dejaría de escuchar en su cabeza la maldita voz de la maldita Swa...
"Buenos días..."
Se detiene en el acto. Tensa como un arco a punto de disparar. Y con las mismas ganas de hacerlo.
Antes de poder localizar a su dueña, escucha una segunda voz: "¡Mamá, estamos aquí!"
Cuando vio la cabecita de Henry asomando por la ventanilla, supo que estaba perdida.
Aun así luchó, lo intentó, pero sin saber muy bien cómo, terminó yendo a desayunar con aquella maldita liante y su hijo. Las ganas de volver a verle le pasaron una mala jugada. Pero desde el momento en que los vio entrar a la cafetería, comenzó a arrepentirse de su decisión. De tantas decisiones en general...
"¿Regina?" preguntó Emma al atravesar la puerta de cristal. No le respondió, al menos no con palabras, ni mentales ni articuladas. Pero estaba segura de que, a través del vínculo, Emma había advertido la tensa incomodidad que emanaba de ella.
"¡Ya hemos llegado, mamá! Hola, Ruby, hola Granny, ¡queremos churros!"
"¡Marchando!" respondió la camarera.
"Y dos chocolates." Añadió Emma, antes de dirigirse a ella: "¿Quieres algo?"
"Ya he pedido, gracias." Masculló sin mirarla y abriendo los brazos a su hijo. Henry corrió a abrazarla y dejó un sonoro beso en su mejilla antes de sentarse a su lado. "¿Qué tal has pasado el fin de semana?"
"¡Super bien! Los abuelos pidieron pizza y me llevaron de picnic al bosque. ¿Y tú?"
"Eso, ¿y tú?" repitió Emma con humor.
"No haga esto más incómodo de lo que ya es, Miss Swan." Ladró, sin dejar de sonreír a su hijo: "Estuve trabajando en algunos descubrimientos que hicimos entre las cosas de Owen."
"¿Algo interesante?"
"Nada importante, sólo cacharros mágicos inútiles."
"Sí, claramente esa calavera fue una nimiedad..."
"¡Pare!" gritó mirándola por primera vez, mientras Ruby dejaba los desayunos sobre la mesa. Emma hizo un discreto gesto de cerrar su boca con candado, que Regina respondió virando sus ojos con hastío, solo para escuchar a la Salvadora decir que había echado mucho de menos ese sulfurado gesto. "ESO.NO.ES.PARAR."
"¿Y has tardado tres días en investigar esos cacharros inútiles?" continuó Henry sin dejar de comer.
"Quería asegurarme de que no hubiera peligro. Esos asuntos mágicos requieren de tiempo y paciencia."
"Entiendo..." asintió su hijo.
"¿No tienes hambre?" La inocente pregunta de Emma volvió a encender las palpitaciones furiosas de Regina, sin ni siquiera poder explicarse bien por qué.
"He desayunado en casa." Contestó sin dirigirle una sola mirada, centrada solo en Henry: "¿Quieres que este fin de semana hagamos algún plan los dos?"
"¡Claro! ¿No tienes que trabajar?"
"Nada tan urgente como para no pasar unos días contigo."
"¿Seguro...?"
"Seguro."
"Ni siquiera..."
"Este fin de semana todo estará solucionado."
"¿Cómo..?"
"¡Genial! Pues podemos ir al cine. ¡O a los recreativos!"
"Suena maravilloso..."
"¿Este fin de semana lo habrás resuelto? ¿Hablas del vínculo?"
"¿Puede dejarme en paz mientras intento hablar con Henry?"
"Pero..."
"Pues tenemos un plan." Zanjó satisfecho el preadolescente encaminándose a por su cuarto churro.
"Tenemos un plan." Confirmó Regina dando un sorbo a su café y apartando la taza. "Ahora, si me disculpáis, he de ir al Ayuntamiento."
"¿No quieres que te acerque?"
"No, gracias."
"Puedo dejarte antes de ir a la comisaría."
"Prefiero caminar un rato." contestó con una sonrisa tan educada como glacial. "No vuelva a insistir. Se lo advierto."
Se acercó a Henry y dejó un beso en su pelo, ignorando cualquier otra presencia.
"Hasta luego, mamá."
"Adiós, cariño." Sonrío antes de decir en voz alta y con cordialidad un genérico: "Tengan un buen día."
Por supuesto, lo último que tuvo que escuchar al salir de allí fue la maldita voz de Emma. Dentro de su cabeza. "Tú también, Regina..."
Chapter 63: 62
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¿Cuánto tiempo tuvo de calma? ¿Dos? ¿Tres horas a lo sumo? Trabajó duro para concentrarse, para controlar su cabeza y evitar que los pensamientos más erráticos e indeseables se colaran en su mente mientras trataba de solucionar papeleo. Pero todo el esfuerzo fue en balde cuando una vibración inquieta y acelerada se coló en su cuerpo. Una que reconocía muy bien. Y que no le pertenecía en absoluto.
"No habrá sido capaz..." gruñó advirtiendo la presencia de Emma a su alrededor. Pero, por supuesto, había sido capaz. Subió a su despacho como si estuviera en su casa y, cuando Regina la vio aparecer por las señoriales puertas de caoba, veneró por un momento el vínculo. Ese mismo le permitió gritarle con toda su alma sin que nadie fuera la pudiera escuchar y llamar al directamente manicomio.
"¡¿QUÉ HACE AQUÍ?!"
"He terminado de revisar los diarios de la corte de Cora y quería devolvértelos." Dijo dejando en el suelo un par de bolsas.
"¿Y pretende que me lo crea?"
"Creía que querrías tenerlos cuanto antes y saber qué he averiguado."
"¿Acaso ha encontrado algo útil?"
"No realmente..."
"¿Entonces por qué diablos me interesaría recuperarlos con tanta urgencia...? ¿No le parece que despertará sospechas aparecer aquí cargada con esos libros?"
"Bueno... puedo decir que son libros de cuentas."
"Sí, claro, de las últimas veinte legislaturas..." bufó exasperada. "Ha dicho que tenía novedades que compartir. Suéltelas y lárguese."
"¿A qué viene tanta prisa?" Preguntó sentándose frente a ella, en un claro gesto de provocación.
"Miss Swan..."
"Esto es lo que he encontrado. Nadie relacionado con la asociación de Owen o incluso nuestro mundo visitó el reino de tu madre. Al menos con carácter oficial. No hay ninguna visita sospechosa ni ninguna nota al margen sobre posibles robos o incidentes similares. Está claro que nadie se atrevía a jugársela a tu madre..."
"Lógico." Espetó girando su silla, dejando de enfrentarla y gruñendo: "A veces envidio no poder provocar el respeto que infundía ella."
"Yo te respeto."
"Pánico. Quería decir infundir pánico." Dice mostrando todos sus dientes en una sonrisa asesina. "Ya ha explicado sus novedades..." añadió entrecomillando la última palabra. "Ahora lárguese."
"No. Te toca."
"No caigas en su juego, no caigas en su juego..." Se dijo para sí misma, solo para desoírse al instante. "¿Me toca?"
"Sí. Contar tus novedades."
"Miss Swan..." bramó entre dientes.
"Dijiste que este fin de semana estaría todo solucionado."
"Yo no he dicho nada de eso. Su entrometida cabeza lo escuchó."
"Es lo mismo. ¿A qué te referías?"
"A nada." Gruñó antes de empezar a murmurar para sus adentros: "Llamar a los servicios de aguas residuales, preguntar por la reparación del bache de la carretera, corregir los presupuestos de..."
"¡Ya estás haciendo listas!"
"En qué momento le dije nada..."
"Regina, puede que ahora mismo no quieras verme la cara, pero esto nos incumbe a las dos. Tengo derecho a saber qué sucede." La maldita salvadora no tenía intención de rendirse y encima tuvo la osadía de apoyarse sobre la mesa. Se reclinó hacia atrás instintivamente antes de que continuara hablando. "Me lo debes."
"No le debo nada. Y le digo que aún no es definitivo. Lo sabrá cuando lo haya resuelto."
"¿Si no es definitivo por qué nuestro vinculo está menguando?"
Mantuvo el tipo a raya, pero no así sus malditos pensamientos insurrectos. "¿Cómo...?"
"¿Creías que no lo advertiría? Esta mañana no me escuchaste hasta que estuve a un par de calles de ti y no he sentido el vínculo hasta que no he estado frente al ayuntamiento. Esa es una distancia bastante más reducida que la de los primeros días."
"¿Y eso le importuna por qué exactamente...?" inquirió cruzando sus piernas con pereza. "¿No es lo que queríamos?"
"Sí, lo es. Pero hasta ayer no teníamos ni idea de cómo conseguirlo. Y ahora de repente has hecho algo y ¡pum!, ¿resuelto?"
"¿Y pum?"
"¡Ya me entiendes! ¿Qué has hecho?"
"Lo que había que hacer. Ahora, si me disculpa, algunas personas trabajamos de verdad en esta ciudad."
"Regina..."
"Fuera, Swan." Ladró señalando la puerta de su despacho, consciente de la inexistente paciencia y autocontrol que quedaba en sus formas. "Ahora."
Se arrepintió en el acto.
Los ojos de Emma fueron mucho más veloces que su propio raciocinio, nublado por culpa de la desquiciante presencia de la Salvadora.
Bajó el brazo y se estiró la manga de la americana, escondiéndola bajo su mesa, pero Emma ya había abierto la boca: "¿Regina, qué es eso?"
"Salga. AHORA."
"No has sido capaz. Dime que no." Preguntó caminando de un lado al otro del despacho. "Regina, ¿en qué estabas pensando?"
"Miss Swan, por más que estos días la hayan podido confundir, lo que yo piense o deje de pensar no es de su incumbencia."
"No puedes estar hablando en serio... ¿Estás de broma?"
"¿Ve que me ría?"
"Regina, ¿acaso no ves el peligro que corres?"
"¿A qué peligro exactamente se refiere?"
"Descartamos esa solución. Tú insististe en que esa no era una opción. ¿Y ahora has encadenado tu propia magia?"
"Descarté encadenar su magia, no la mía."
"¡Y lo hiciste por una buena razón! Si nuestras sospechas son ciertas, si Gold está detrás de esto, acabas de servir tu cabeza en bandeja."
"Le recuerdo que ese usurero no tiene magia y que nuestras sospechas se basan únicamente en su pasado. No tiene poder para ir contra mí y, por lo que sabemos, tampoco una razón. Al margen de que los villanos, son villanos siempre."
Los pasos de Emma se detuvieron en el acto. Sus ojos vararon en los suyos con una determinación que le impidieron sostenerle la mirada a la Salvadora. "Sabes que jamás he pensado así."
"¿Acaso importa?" cuestionó mirando a la nada, concentrada en la nada.
"Lo hace. Tú has cambiado. Gold, por lo que sabemos, podría no haberlo hecho." Con cada nueva frase comenzó a hablar más alto, a gesticular más nerviosa. "Tú estabas ahí. Él me ofreció la caja con la calavera, iba a ser el siguiente en cogerla hasta que lo evitaste."
"Casualidades."
"¿Y el hecho de que haya puesto a mis padres en sobre aviso sobre tu comportamiento es también una casualidad?"
"Su madre también ha sospechado de mí. Quizás simplemente piensan parecido."
"Nadie relacionado con Owen visitó nunca a tu madre. Pero Rumpelstiltskin aparece en todos los registros como una visita recurrente. Él sabía que Cora estaba viva y nunca nos dijo nada. Y por lo que se ve, pudo visitarla sin gran dificultad mientras tu madre poseía aun la calavera. ¿Vas a fingir que todo esto no es sospechoso?"
"¿Qué quiere que le diga? Son todo suposiciones."
"Regina..."
"Y aunque hubiera algo de verdad, ¿qué? ¿Cree que va a intentar atacarme? ¿Con su bastón? ¿O usando una silla de ruedas motorizada?"
"Si advierte que llevas el brazalete, puede ir contra ti en cualquier momento. ¿Y qué harás entonces?"
"Deje que yo me preocupe por mi seguridad."
"No puedes pedirme eso, Regina. Sé cómo funciona ese brazalete. Solo una persona ajena a ti puede retirarlo. Si va a por ti, no podrás recurrir a tu magia."
Su propio enfado iba en aumento. Y podía intuir que también el de Emma. Pero en su caso era debido a esa desquiciante y genuina preocupación que era incapaz de esconder y que nadie le había pedido jamás.
"Si todas las locas sospechas que comenta son ciertas, yo no soy su objetivo. No fue a mí a quien le ofreció la calavera, le recuerdo."
"¡Me da igual!" gritó. "Deja que te quite ese brazalete ahora, por favor."
"No."
"¿Tan importante es romper este maldito vínculo que estás dispuesta a arriesgar tu vida por ello?"
"¿No está siendo un poco melodramática?"
"Regina... Sé que lo que pasó..."
"No ha pasado nada, Miss Swan." La interrumpió tajante volviendo a tensarse y entrecerrar los ojos.
"Entonces, ¿por qué de repente es tan importante romper nuestro vinculo a cualquier precio?"
"Porque aunque le cueste entenderlo, esto no es algo que yo desee."
"¿Y crees que yo sí?"
"Empiezo a cuestionármelo, la verdad."
"Tampoco es lo peor que me ha pasado en la vida..."
"¿Ve?"
"¿Y cuál es el problema? Para mí también es... complicado. Detesto vivir expuesta a ti sin control alguno de mis pensamientos."
"Entonces estamos todos satisfechos con esta solución."
"No, no lo estoy." Protestó una vez más. "Prefiero seguir abierta en canal a ti que arriesgarme a que te hagan daño."
Ahí estaba otra vez. Esa estúpida preocupación. Esa maldita inconsciencia suya. Ese sentimiento tan ridículo como apabullante. Se repuso, centrada únicamente en mantenerse firme y tan cortante como un cuchillo. En ignorar cualquier otro matiz que pudiera esconder ese absurdo pensamiento.
"Está haciendo un mundo de un grano de arena. Ni siquiera sabe si hay alguna amenaza, pero sí es consciente de que esto solo nos ha traído problemas y hay que atajarlo. Y yo lo estoy haciendo. Y le parezca bien o no, no necesito contar con su aprobación."
"¿Qué tipo de problemas? ¿Cancioncillas molestas? ¿Eso es lo que vale tu vida?"
"¡Mi vida no está en...!" Detuvo su grito con una respiración honda y contenida. "Sus cantinelas infantiles me dan igual, pero le recuerdo que detrás de ellas hay mucho más."
"¿Y ese es el problema?"
"¿Acaso no se lo parece a usted?" bufó cayendo lentamente en ese desquicie que trataba de mantener a raya. "Estuvimos a punto de cometer una estupidez. Todo por pasar unas horas trabajando mano a mano y por este maldito vínculo. Esa confusión sí me parece peligrosa y tiene que zanjarse lo antes posible."
"¿Prefieres exponer tu vida a Gold que exponerte a mí?"
"No tengo por qué elegir. Solo estoy renunciando a lo segundo."
"¿Tanto miedo tienes?"
"No se atreva a ir por ahí, Miss Swan." Ladró igual que haría un perro acorralado, antes de dar una bocanada profunda y vibrante. "No es miedo, es no ser una maldita egoísta. ¿Acaso ha pensado siquiera en el daño que podríamos hacerle a Henry? ¿Y por qué? ¿Un maldito polvo? ¿De verdad cree que eso merece para pagar semejante precio?"
"No fue solo cosa mía..."
"Lo sé. Y no he dejado de arrepentirme desde ese momento. Por eso intento ponerle remedio y fingir que no ha sucedido jamás. Usted, en cambio, continúa tratando de ponerme contra las cuerdas una y otra vez."
"Eso no es lo que..."
"¿Entonces qué?" Bramó interrumpiéndola, no dejando pasar ese pequeño resquicio de duda que Emma le había ofrecido en bandeja. "Sus mensajes, el desayuno, esta maldita visita... ¿qué pretende exactamente? Llevaré este brazalete hasta que no escuche ni un susurro de usted. Y, cuando por fin ocurra, me desharé de él."
"Necesitarás mi ayuda."
"O la de cualquier otro. Creo que hasta mi secretaría podría quitarme un brazalete del brazo. Ahora, si ha terminado de molestarme, tengo que continuar trabajando."
"Regina, no puedo permitir que..." tartamudeó indecisa.
"Por las malas entonces." Respondió con una sonrisa iracunda. "Loreta, la sheriff necesita ayuda con sus bolsas, ¿podría acompañarla a su coche?"
"¿Qué...?"
"Ahora mismo, alcaldesa." Se escuchó al otro.
"Regina, jod..." masculló antes de que la puerta se abriera tras ella.
"Si me acompaña." Le pidió educadamente Loreta, recogiendo una de las bolsas. Emma volvió a reclamar su mirada, pero Regina hizo su mejor esfuerzo para enfrascarse de nuevo en varios papeles desperdigados sobre su mesa:
"Que tenga un buen día."
"Y tú, Regina." Farfulló con aspecto de derrota, siguiendo a su secretaria. "No puedes hacer esto."
"Juraría que acabo de hacerlo." Espetó mientras la puerta del despacho se cerraba al fin.
"Estás huyendo del problema." Insistió Emma desde el ascensor.
"¿Qué problema exactamente? Porque ahora que no está usted aquí, la vida me parece bastante más sencilla y maravillosa."
"Ja ja. Digas lo que digas, esta conversación no ha terminado aquí, Regina."
"Lo lamento, no la escucho bien. Debe ser la distancia."
"No te preocupes, para eso existen los móviles."
"Un solo mensaje más y bloqueo su número. Se lo advierto."
Y su amenaza debió funcionar. Porque no volvió a escuchar su voz y el móvil permaneció en silencio, sin notificación alguna. Durante todo el día.
No es que se hubiera molestado en comprobarlo. Simplemente era un hecho.
Y una victoria por supuesto.
Por eso, se odió a sí misma al saltar como una gacela a por su teléfono al escucharlo sonar la mañana siguiente. Y más aún cuando su corazón retumbó al comprobar que era de Emma.
"Buenos días, Regina."
"¿Qué le dije sobre bloquear su número?"
"Se lo que dijiste. Pero necesito que nos veamos. Prometo que no hay intenciones ocultas. Tengo un plan."
Chapter 64: 63
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Regina se cruzó de brazos frente a la puerta de su cripta al ver llegar a Emma: "Tiene un minuto para convencerme de que no dé media vuelta, Miss Swan."
"¿No podemos hablar dentro?"
"55 segundos."
"¡Regina!"
"52."
"No trabajo bien bajo presión."
"Ese no es mi problema. Aunque resulta preocupante para una sheriff... 45 segundos."
"¡Está bien, está bien!" protestó llevándose las manos a las sienes. "Ssshh." Chistó antes de que pudiera anunciar el tiempo restante. "Te propongo fingir que estos días no han ocurrido y centrarnos en la nueva misión."
"40 segundos..." pensó como provocación.
"No más insinuaciones, cancioncillas ni comentarios fuera de lugar. Solo un trato estrictamente profesional. Prometido."
Dejó de contar cuando un peso molesto y rasposo bajo por su garganta al tragar, pero mantuvo a raya su mente: "Me gusta como suena. Continúe."
"Hay una nueva amenaza. Y antes de que me lleves la contraria, estoy casi segura. Mi instinto nunca se equivoca."
"Su historial amoroso dice lo contrario..."
"¿En serio, Regina? ¿Quieres que entremos en eso? Porque no sé si es lo que yo entiendo por hacer borrón..."
"Lo retiro. Se me ocurrirán pruebas mejores para dudar de su instinto."
"Si ya han acabado las puyas, esta es mi propuesta: trabajemos juntas para averiguar si Gold trama algo o son sospechas infundadas. Y hagámoslo sin levantar sospechas de nadie ni darle pistas a ese usurero de lo que estamos tramando."
"¿Por eso querías que nos viéramos aquí?"
"Exacto. Y aprovecharemos los momentos libres. La hora del almuerzo, para comer... cualquier momento que no altere nuestra rutina y pueda llevar a ninguna conjetura. Ni por parte de Gold ni de mis padres."
Respondió. Y podría engañarse y decir que no meditó al respecto para no transmitir nada a través del vínculo. Pero no, no se detuvo a pensar, porque tendría que cuestionarse por qué estaba deseando aceptar. "Está bien, adelante entonces."
"¡¿De verdad?!" exclamó dando un saltito.
"Pero borrón y cuenta nueva, Miss Swan. ¿Entendido?"
"Absolutamente." Respondió con una enorme sonrisa, echándose a un lado para permitirla pasar primero.
Regina aceptó la invitación y dejó su mente en blanco, pensando en la oscuridad de la cripta, en el crepitar de las llamas al encenderse a su paso, en la leve humedad de la bóveda... hasta que advirtió un leve "¡Ay!", seguido de un diminuto hilo de dolor.
"¿Está bien?" preguntó girándose confundida.
"Sí, sí... Todo en orden." Murmuró mientas retomaban el paso y su cabeza repetía: "Todo en orden. Todo en orden..."
Regina volvió a concentrarse en su entorno, luchando con todas sus fuerzas para no preguntarse por qué nada parecía precisamente estar en orden.
Dejó sus cosas sobre una silla y esperó a que Emma se acomodara antes de acercarse a la mesa central y preguntar:
"¿Por dónde empezamos?"
"Pues..."
Elevó una ceja, inquisidora. "Miss Swan, ha dicho que tenía un plan, ¿me equivoco?"
"Bueno, mi plan era empezar de cero y trabajar para parar a Gold."
"Eso no es un plan. No llega ni a la categoría de borrador."
"Está bien, pues nuevo plan. Pensar un plan. ¿Qué es lo que tenemos hasta ahora?"
"Nada lo resume bastante bien." Gruñó cruzándose de brazos con un resoplido.
"Eso no es cierto. Hay muchos indicios. Solo tenemos que entender qué significan."
"Empiece." La retó tomando asiento en su butaca.
"La calavera estaba a la vista, desprotegida. ¿Quién guardaría así un arma ya cargada?"
"Es un buen punto."
"Gold nunca hace nada por que sí. Puede que mis padres sean de sospecha fácil en lo que a ti se refiere."
"Absolutamente."
"¿Pero por qué Gold participaría en esa caza de brujas? ¿Si no está detrás de todo esto, para qué se molestaría en azuzarlos contra ti?"
"¿Por pura diversión?"
"No lo descartaría." Admitió con una resignación que Regina compartía. "Pero me cuesta imaginar que Gold se moleste en hacer nada por que sí. Sin embargo, si estamos en lo cierto, él es consciente de que estamos mentalmente conectadas. Y puede que quiera adelantarse a cualquier sospecha, echándote a ti a los lobos."
"¿Usarme de chivo expiatorio?"
"Por ejemplo. O para que pierdas credibilidad si intentas acusarle a él de embrujar la calavera."
"Puede ser..." musitó Regina, dejando que la idea deambulara por su cabeza.
"Pero la pregunta principal es: Si tenemos razón y Gold anda detrás de ello, ¿Qué pretendía conseguir? ¿Por qué a mí?"
"¿Tiene algo que pueda interesarle? ¿Información quizás?"
"No. Bueno, no que yo sepa..."
Regina meditó unos segundos antes de responder. "Gold se mueve motivado por tres únicas cosas. Su hijo, Belle y el poder."
"Pero ya ha recuperado a Neal y Belle ha regresado con él ahora que ya no es el Oscuro."
"Así que eso nos dejaría una sola razón."
"¿El poder?"
Se encogió de hombros, sin importarle aceptar que tenía tantas dudas como ella. "Puede que haya averiguado algún camino para recuperarlo y que tú seas la clave."
"Nos quedan unos 20 minutos antes de que nos echen de menos en la comisaría y el ayuntamiento. ¿Por dónde comenzamos a comprobar nuestra teoría?"
"Tengo varios volúmenes sobre magia blanca y Salvadores. E infinidad de cuentos sobre otros antes que tú. Quizás en el pasado alguien usó a uno de sus predecesores para algo similar."
"¡Esta vez me pido los cuentos!" exclamó Emma acelerada.
Regina pudo detectar el pánico resonando en su cabeza con el recuerdo de los volúmenes de Cora y las enciclopedias de Hadas y le costó contener una sonrisa traviesa. Se limitó a virar los ojos con gesto magnánimo y le acercó un par de cuentos.
"Vamos a ello." Murmuró Emma comenzando a pasar las páginas.
Esa escena, con ellas de nuevo allí, a solas, trabajando codo con codo, removió algo en Regina que se negó tajante a dejar florecer. Se centró en listar los volúmenes que debía encontrar sobre magia blanca y salvadores repitiéndose mentalmente los autores hasta que las palabras le resonaban como sonidos inconexos.
Chapter 65: 64
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Pero por más que tratara de ignorar, ahogar o quemar esa sensación, se iba filtrando como el agua, imparable, inundándolo todo. Cuando llevaban apenas media hora ahí encerradas, con las narices metidas dentro de libros y libros, en esa atmósfera tan idéntica a la de días anteriores, Regina encontró cada vez más complicado no recaer en esa cómoda confianza en la que tan a gusto vivió los últimos días. Aunque le doliese admitirlo.
Quizás por eso accedió tan pronto a contestar a sus impertinentes preguntas sobre el brazalete, en lugar de ignorarla sin miramientos:
"¿Cómo es? Lo de no disponer de tu magia, me refiero."
"Había entendido la pregunta, gracias." Masculló. "A falta de una palabra mejor, raro."
"Oh."
Emma permaneció en silencio. Estaba tratando de concederle un respiro, y se lo habría agradecido si no fuese porque escuchaba en su cabeza las ganas de insistir.
Suspiró con exasperación, pero cedió. Por supuesto que lo hizo. "A ver... es cómo si de repente no pudieras correr. Sigues pudiendo andar, continúas con tu vida con normalidad, pero de repente quieres echar a correr y tus piernas se detienen. Se te olvida hasta que quieres recurrir a ello y entonces... la nada."
"Entiendo. ¿Y no te sientes...?"
"¿Desprotegida?"
"Sí..."
"Igual que si de repente no pudiera correr." Respondió encogiéndose de hombros. "Si no siento que tenga nada de lo que huir, no. Solo me siento rara. Pero si pienso en que quizás haya algo ahí fuera..."
"Ya... ¿Estás segura de que no quie...?"
"Miss Swan, ya hemos hablado de eso." La interrumpió incómoda, recolocando su chaqueta hasta que el brazalete quedó totalmente cubierto.
"Tienes razón. Pero deberíamos tener una palabra de seguridad."
"¿Una qué?"
"Ya sabes, una palabra clave. Una que sólo tú y yo sepamos y que me indique que puedo quitártela. Por si estás en peligro."
"¿Y cómo funcionaría exactamente? ¿Si estoy ante una amenaza grito "¡Cacahuete!" y usted me quita el brazalete?"
"Por ejemplo."
"Ya. Y no ha pensado que, si estoy ante un peligro y usted está ahí para escucharme decir cacahuete, seguramente también esté viendo ese peligro y pueda llegar sola a la deducción de liberarme del brazalete."
Liberarme... Esa palabra sobrevoló la cabeza de Emma y se repitió en bucle tantas veces, que Regina se arrepintió de dejarla salir. La preocupación de la Salvadora era como un manto que envolvía sus hombros y, aunque luchó contra él, algo dentro de ella se moría por dejarse arropar.
Carraspeó incómoda y Emma abrió los ojos, quizás volviendo a reparar en que ni uno solo de sus pensamientos eran un secreto para ella.
"Cacahuete es una buena forma de estar totalmente segura de que piensas como yo." Dijo entonces.
"Cacahuete, pues..." farfulló Regina con media sonrisa, regresando a su tarea.
"Pero ¿y si no estoy lo suficientemente cerca para escucharte? En voz alta o mentalmente. Sobre todo con nuestro vínculo menguando a cada hora..."
"Pues tendré que gritarle ¡Cacahuete! a otra persona."
"Regina..."
"¿Le mando un sms?"
"¿Y si no puedes?"
"Si ya estoy muerta, hay poco que pueda hacer por mí." Respondió encogiéndose de hombros.
"¡Regina!"
"Está bien..." farfulló poniendo los ojos en blanco, aunque su propia broma y, sobre todo la reacción de Emma, la habían hecho reír por dentro. "Sígame. Creo que tengo algo que podría dejarle más tranquila."
"Gracias." Dijo satisfecha "Si no se preocupa por su propia seguridad, agradezco que al menos si se moleste en calmarme a mí..."
"Sí me preocupo por mi seguridad. Es solo que usted es tremendamente melodramática."
"Ya estamos..." gruñó Emma entre dientes y esa vez fue aún más difícil contener la sonrisa.
Y se complicó aún más al ver la genuina y cándida reacción de Emma ante su arsenal de pociones.
"¿Guardas aquí todo esto?"
"Por mucho que le sorprenda, conservé mi cripta para algo más que un minibar de sidra."
"Ya..." murmuró con sus ojos curioseando cada balda.
"¿Y de donde creía que saqué las pociones que lanzamos contra la calavera?"
"Di por hecho que las acababas de preparar."
"¿Supuso que cociné más de veinte pociones en unos minutos? Tanto poder y tanto desconocimiento en un solo ser humano es fascinante."
"¡Eh! ¡Te recuerdo que soy nueva en esto de la magia! Y tú eres lo más parecido a una mentora que he tenido nunca. Así que, ¿de quién es la culpa?"
"Ya, ya..." Esa vez sí sonrió de medio lado. Por su gesto ofendido y por escuchar que, para Emma, ella era como una mentora.
"¿Para qué son?"
"¿Cuál de todas?"
"¡Todas!"
"No tenemos tiempo para..."
Pero por supuesto, Emma estaba demasiado emocionada como para escucharla: "¿Esta?"
"Digamos que si lo deja caer no encontrarían ni nuestros huesos."
"¡¿Qué?!" chilló recolocándola.
"Es broma. Aunque es casi más peligrosa. Puede borrar la memoria de aquel al que toca."
"¿Todos sus recuerdos?"
"No, con esa cantidad olvidarías una o dos semanas. Pero el peligro reside en que puedes introducir los recuerdos que desees en la víctima. Recordará lo que tú elijas en lugar de los días olvidados."
"Qué mal rollo..."
"Supongo."
"¿Y esta?" insistió.
"Para convertir cualquier planta en una carnívora."
"¿Por qué tendrías eso?"
"La jardinería puede ser muy útil para proteger tu palacio. Oh, y mire, ¿ve esa de ahí arriba?"
"¿La jarra marrón?"
"Exacto. Ahí guardo la poción que ingirió el otro día para los vómitos. ¿Quiere otro traguito?"
"Eres sádica."
"Lo sé." Respondió ya sin contener la sonrisa. "Ahora, si hemos terminado de analizar mi armario, ¿podemos continuar con lo que nos ha traído aquí?"
Encontró la poción que buscaba en un par de minutos. Pero le faltaba un ingrediente: "Necesito su mano."
"Si vas a derramarme eso encima, antes dime para qué es."
"No voy a verter nada. Usted verterá su sangre en ella." Respondió sonriendo con cierta culpabilidad ante su gesto de terror.
"¡¿Qué?!"
"Es tan fácil y divertido asustarla."
"Me alegra hacerte la vida tan feliz." Refunfuñó con una sonrisa molesta y Regina no pudo contener más la carcajada que había retenido los últimos minutos. Sin embargo, una inquietud bailoteo entre ellas cuando la alcaldesa hizo todo lo posible por no darle más significado a esas palabras del que tenían. Se recompuso, luchando por no pensar, por no hacer listas, por continuar hablando.
"Solo necesito una gota, no sé preocupe." La Salvadora entrecerró los ojos, dudando de si sería otra broma, y Regina viró los suyos con un resoplido. "Es para terminar el conjuro. Si rompo este frasco, se formará una columna de humo violeta visible a kilómetros."
"Me gusta lo que oigo."
"Pero no sería una llamada de socorro demasiado discreta si cualquiera, incluido Gold, puede verla. Con una gota de tu sangre el hechizo sólo funcionará ante tus ojos."
"Está bien." Respondió tendiendo su mano con tal entrega que el estómago de Regina se comprimió con una emoción que no quería escuchar. Ni siquiera sentir. Pero cuando Emma tuvo la osadía de añadir: "Confío en ti.", el esfuerzo por reprimirla ya era titánico.
Puede que controlara su cabeza. A veces. Pero su cuerpo expresaba todo aquello que ella trataba de esconder. Y, por un momento, cuando sostuvo la daga y realizó el diminuto corte en la yema de Emma, tuvo miedo de llevarse por delante su dedo por el modo en que sus manos temblaban...
Chapter 66: 65
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Era incapaz de dejar atrás el autocontrol. Incluso cuando Emma ya estaba a kilómetros de ella, en su propio trabajo o, como en ese momento, en su propia casa, Regina continuaba dominando cada maldito pensamiento, gesto o emoción que cruzaba su cabeza. Como si hubiera desarrollado una aduana que registraba cada pizca de sentimiento que intentaba cruzarla y sólo les permitiera el paso cuando todo estaba en regla.
Era un trabajo agotador. Y sin sentido alguno. Sin Emma cerca, no había peligro. Pero no lograba convencerse a sí misma. Vivía en modo alerta y tan aterrorizada de que nada escapara de sí, que solo en la mansión, al cerrar la puerta, podía empezar a respirar con tranquilidad.
Y en ese momento, llegaba la avalancha. Un alud que la sumía bajo toneladas de emociones inconexas, exigentes, agotadoras. Incluso en ese momento, metida en la cama, en soledad desde hacía horas, su cuerpo entero se removía de un lado al otro, zumbando sobre cargado como un cable de alta tensión.
Había descubierto que era mucho más fácil estar enfadada con Emma. Cuando no hablaba con la Salvadora y guardaban las distancias la vida era más sencilla. Quizás también más aburrida, menos agradable y definitivamente menos feliz. Pero podía vivir con ello. Estaba acostumbrada a esa monotonía indiferente y anodina.
Sin embargo, cuando volvían a compartir la más mínima intimidad, todo se desbarataba. Ella entera se desbarataba. ¡Y como la odiaba por eso!
Peor aún.
Ni siquiera la odiaba.
Adoraba esos momentos de una forma tan idiota e insensata, que pasaba horas luchando contra sí misma para no sonreír como una boba, suspirar con la ternura que su inocencia y dulzura le provocaban, o para no tirarse a sus brazos cuando musitaba con tanta sinceridad y calma Confío en ti...
Que alguien como Emma pudiera llegar a pronunciar esas palabras, con esa franqueza tan cristalina era mucho más de lo que su corazón podía tolerar. Y la salvadora no era siquiera consciente de ello, estaba segura. Simplemente era así. Genuinamente maravillosa.
"¡Joder!" gimió rodando hasta taparse la cara con la almohada.
Le dolía la cabeza, el pecho, el cuerpo entero de contenerse. Podía advertir los nudos de tensión que se iban formando en su espalda ante la contención crónica en la que el maldito vínculo le hacía vivir. Siempre temiendo, siempre alerta para no derrumbarse y mostrar todo lo que llevaba tanto tiempo ocultando.
Al menos habían dejado de ligar. Prácticamente. Y eso ayudaba. Aunque al mismo tiempo le obligaba a acallar esa parte de sí que se había abierto como la caja de Pandora, liberando ideas que incumbían a Emma y que hasta ahora pensaba que estaban vetadas para ella. Ideas cada vez más sugestivas, atrayentes, irresistibles... Y que ahora, por el bien de todos, volvían a estar encadenadas bajo llave.
Sí, volvían a ser aliadas. Y ya. Al menos en la superficie. Pero era imposible negar que todo se había complicado desde que se emborracharon en su cripta y que la aduana de su cabeza tenía muchísima más tarea desde que aquello sucedió.
Giró sobre la cama, gritó contra la almohada, dio patadas al colchón, y suplicó al cielo porque ese desahogo fuera suficiente para afrontar el día siguiente, y el siguiente y el siguiente... Hasta que el maldito vínculo se rompiera.
Era curioso como esa conexión le recordaba a Emma. Le complicaba la vida, estaba peleando por deshacerse de ella con todas sus fuerzas, pero, en el fondo, no la odiaba.
No. Era cierto. No lo odiaba.
Simplemente no podía convivir con ella. No sin que sus secretos más sucios salieran a la luz y la destruyeran por completo. Ya había estado a punto de cometer el mayor error de su vida, ni se imaginaba hasta dónde podría llegar el desastre si no lo destruía cuanto antes.
Pero había algo en esa unión que le daba paz. Sí, esa era la palabra. Paz. Y no tenía ningún sentido porque precisamente estaba agitando su vida como si de un avispero se tratase. Pero compartir ese vínculo con Emma se sentía como un placer culpable, como un trocito de hogar en medio del caos absoluto, como un preciado tesoro que sólo ella tenía.
Sí, definitivamente debía romperlo cuanto antes si no quería terminar de volverse loca del todo.
No podía permitirse esa debilidad. No podía permitirse seguir fantaseando. Y sobre todo no podía permitirse a Emma. Y, por culpa de ese vínculo, en ocasiones se le olvidaba. Una reina malvada no era digna de una salvadora y era hora de que todo volviese a su lugar.
Y, por si necesitaba un recordatorio, su mente gritó Estúpida, estúpida, estúpida, a pleno pulmón cuando su móvil sonó y ella sonrió al ver que se trataba de un mensaje de Emma. Un puñetero mensaje y ya estaba dando saltitos como una adolescente. Esto tenía que acabar.
Desbloqueó el móvil y abrió los ojos ante la pregunta de Emma:
"¿De dónde sacaste el brazalete?"
"¿En serio, Miss Swan? Es la una." Fue cuanto respondió. Ya habría tiempo para el interrogatorio que, claramente, se avecinaba en unas horas.
Pero Emma insistió. "¿Lo cogiste de la tienda de Gold?"
"Mañana, Miss Swan." Tecleó rápidamente. Los puntos suspensivos volvieron a aparecer bajo el nombre de Emma, pero logró zanjar la conversación con una última palabra: "MAÑANA."
Chapter 67: 66
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El interrogatorio, efectivamente, se hizo realidad. Y Emma estaba mucho más nerviosa de lo que hubiera esperado. Podía llegar a entender su preocupación. O parte de ella. Pero era lo que había que hacer. O lo que ella necesitaba para no terminar de perder la cabeza.
Que venía a ser lo mismo.
Así que no se arrepentía. Y no pensaba disculparse. Ni aunque Emma pronunciara su nombre con ese resoplido tan gracioso y desesperado.
"Regina... ¿En qué momento pensaste que era una buena idea?"
"Lo necesitábamos para romper el vínculo y consideré que Gold debía desconocer el uso que pensaba darle." respondió encogiéndose de hombros.
"¿Estás segura de que no sospecha nada?"
"Tanto como puedo estarlo. No ha enviado ningún mensaje amenazante, no ha presentado ninguna denuncia y no ha cambiado su comportamiento, así que creo que estamos a salvo."
"Por favor, ¿la próxima vez podrías avisarme antes de asaltar una tienda con nocturnidad y alevosía?"
Dejó salir media sonrisa desvergonzada, incapaz de prometerlo, pero tampoco de negárselo: "Lo intentaré."
"Gracias."
"¿Y ahora podemos continuar por dónde lo dejamos?" inquirió elevando una ceja.
La Salvadora abrió la boca y, aunque no habló, Regina distinguió perfectamente el efecto que su pregunta provocó en ella. Incluso su ceja alzada se había convertido de pronto en un gesto ambiguo que le hizo replantearse a Emma qué se refería EXACTAMENTE con retomar sus asuntos.
Abrió los ojos, permitiendo que la irritación tomara el control de la situación, en lugar de la vergüenza que subía por su cuello colándose en sus mejillas: "Los libros, Miss Swan, los libros."
"Sí, sí, sabía a qué te referías..."
"Ni lo intente." Zanjó señalándose la sien.
"Perdón..." musitó regresando la vista al nuevo cuento que estaba analizando, mientras que Regina se convencía una vez más de que cada minuto que ese vínculo permanecía en pie era un maldito error.
Regresó a sus libros sobre magia blanca con fuerzas renovadas y trató de ignorar la existencia de Emma.
Sin mucho éxito.
Escuchar su voz interior leyendo sus propios volúmenes era una cantinela arrulladora, armónica y tan sedante que costaba no cerrar los ojos y dejarse llevar por ella. Respiró hondo y releyó la última página, intentando entender lo que significaban las palabras, esforzándose por ignorar el efecto hipnótico de la voz de Emma.
La lucha duró varios minutos y, para cuando quiso darse cuenta, se les había acabado el tiempo. Y, desde luego, había avanzado mucho menos de lo que se sentía orgullosa de admitir.
"¿Nos vemos aquí mañana a la misma hora?" preguntó cerrando su último tomo.
"Sí..." suspiró Emma antes de recoger unos cuantos ejemplares de cuentos. "Me llevaré algunos deberes para casa..."
"Le ayudo." Se ofreció recogiendo la mitad de ellos.
"Gracias."
"No es nada." Musitó subiendo las escaleras. "Sabe, no es necesario que continúe en casa, podemos esperar hasta mañana."
"No quiero perder ni un segundo."
"Puede que, a pesar del esfuerzo, no encontremos nada entre los cuentos. Y, a este paso, podría volverse como Don Quijote."
"¿Tienes miedo de que pierda la cabeza y comience a pensar que soy una Salvadora andante? Porque si es así, creo que hay algo que deberías saber..."
"Ja ja ja." respondió, fingiendo que no se moría por reírse. "Solo me preocupa que acabe saturada de tantas historias heroicas y deprimentes." Añadió abriendo la puerta de la cripta.
"Demasiado tarde..." suspiró hasta que Regina elevó una ceja. "Es broma." Se apresuró a aclarar. "Puedo con ello. Además ahora me toca hacer la ronda por la ciudad y me vendrá bien para distraerme."
"¿Dónde ha dejado el coche?"
"En la entrada sur." Regina echó a andar al son de sus palabras, mientras Emma continuaba hablando. "Había pesado que, quizás, podría darme una vuelta por la tienda de Gold durante mi turno de vigilancia."
"¿Para qué exactamente?"
"He de recorrer la ciudad en el coche patrulla y ese es un lugar tan bueno como cualquier otro por el que empezar. Y podré echar un ojo a cualquier comportamiento que se salga de la normalidad."
"Supongo. Solo intente ser..."
"Discreta. Sí, lo sé. Seré una sombra, no me verá aparecer."
"Bien..." Respondió. Pero era todo lo contrario a lo que querría decir. Una vez más la aduana de su cabeza frenó tiránicamente cualquier otra retahíla de pensamientos. Aunque no fue lo suficiente rápida como para que su preocupación no permease a través del vínculo.
"¿Qué?" preguntó Emma. "Fuiste tú la que dijo que Gold necesitaría su bastón o incluso una silla de ruedas motorizada para ser un peligro, ¿no?"
"Supongo..." admitió rindiéndose con media sonrisa. "Pero sigo sin fiarme."
"Tendré cuidado. Te lo prometo."
"Vale."
"Si te deja más tranquila, podemos preparar otro vial con columna de humo para mí." Bromeó colocando todos los cuentos en su maletero.
"Le daré una vuelta." contestó tratando de sonar indiferente, aunque la idea sonaba tan tentadora que se regañó a sí misma por no haberlo considerado antes.
"Te acercaría al ayuntamiento..."
"Pero no deben vernos juntas, lo sé. Además, he traído mi coche, no sé preocupe."
"Está bien." Respondió inundando el vínculo de una incomodidad difícil de describir, obligando a Regina a removerse sobre sus talones, hasta que una oleada de dolor se coló en medio de su unión.
"¡Ay! ¿Qué diablos ha sido eso?" gimió molesta.
"Me ha parecido ver una araña en mi pantalón... Creo que ha venido conmigo desde la cripta."
"Si tiene algo en contra de la higiene de mi guarida, puedo indicarle rápidamente donde se guardan los productos de limpieza..."
"No, no, cero quejas. Todo en orden."
"Bien. Nos vemos aquí mañana a la misma hora."
"Hecho. Y si hay alguna novedad o te da por colarte en negocios ajenos por la noche..."
"Sí, sí, le avisaré..." masculló con dejadez, alejándose de coche de Emma.
No había dado ni diez pasos cuando un susurro inundó su mente y atravesó su columna. Y joder si la aduana de su cabeza no tuvo que trabajar turno doble para no pensar nada inadecuado cuando la voz de Emma le murmuró un dulce: "Ten cuidado, ¿vale?"
"Siempre, Miss Swan..." masculló con tanta desgana como fue capaz. Solo así podría encubrir la ternura que estaba revoloteando en su pecho. Aunque, si era sincera consigo misma, dudaba que hubiera funcionado en lo más mínimo. Y tampoco le importaba demasiado...
Chapter 68: 67
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Al día siguiente las cosas empeoraron. Regresó antes a la cripta, tratando de ganar unos valiosos momentos hasta que la presencia de Emma comenzara a ralentizarlo todo. Pero cuando la Salvadora tuvo la maldita idea de aparecer con un almuerzo para ambas, supo que tendría serios problemas para concentrarse. Emma había escogido su ensalada favorita y almorzar había resultado... agradable. Sí, agradable. Sólo eso. Agradable.
No pensó en ningún otro adjetivo.
Pero tuvo que luchar muy duro para que así fuera. Y más aún para concentrarse de nuevo en su investigación. Solo en eso. En investigar. Para eso estaban allí.
¿No?
Al final lo consiguió. Pero los días anteriores comenzaban a pesar, su ritmo de lectura era cada vez más lento y su mente estaba alcanzando el límite de los datos que podía llegar a acumular antes de convertirse en serrín.
Cuando llevaba apenas dos libros, se rindió. "Me arde la cabeza..."
"Lo noto." Sonrió Emma. Era increíble como algo tan tonto podía poner a trabajar a toda máquina a su maldita aduana mental...
"Voy a hacer un pequeño descanso. ¿Con qué está ahora?"
"Aladino. Es increíble las licencias artísticas que se toma Disney con las historias reales."
"Quizás tratan de evitar traumatizar a toda una generación de niños."
"¡Y con razón! ¿Dónde queda la historia de amor, el genio y los finales felices?"
"¿No hay nada de eso?" preguntó con genuina sorpresa.
"Nada. Jafar ya estaba en el poder cuando Aladino aparece en acción. Y ni siquiera es el mago quien le convence para ir a la cueva maldita, si no Jasmine. Y lo hace engañándole. No hay noches románticas recorriendo el mundo en alfombras voladoras ni genios."
Dejó salir media sonrisa, enternecida con la inocente desilusión de Emma: "¿Está muy decepcionada?"
"¡Muchísimo! Según este libro, Aladino cortó su destino como Salvador y fingió su propia muerte para no tener que enfrentarse a Jasmine, ¿cómo no voy a estar decepcionada? ¡Es espantoso!"
"Lo es." Sonrió ahora por completo, antes de que un pensamiento cruzara su aturullada cabeza. "¿Puede repetir eso último?"
"¿Lo de fingir su propia muerte... o lo de cortar su destino? Ahí puede haber algo, ¿verdad?"
"Desgránelo." Ordenó recuperando de golpe todas sus energías.
"Cuando Aladino se convirtió en el elegido, Jafar trato de tentarle con las tijeras del destino, un arma que pertenecía a las parcas. Con ellas, las ancianas cortaban los hilos del destino de los seres humanos y tejían un nuevo camino o les dejaban morir. Aladino no sucumbió la primera vez, pero años más tarde, cuando el dolor de su destino era demasiado para cargar con él, lo cortó para evitar su muerte."
"Miss Swan, creo que ha dado con algo." Sonrió hasta que un sentimiento agrio se traspapeló con su propio entusiasmo.
"Y una vez más, lo hemos conseguido gracias a ti... Tenía la pista delante y..."
"Eh." La detuvo en el acto. "Esto es trabajo en equipo."
"Regina, por favo..." resopló.
"Llevamos días trabajando en esta investigación infernal y nuestras cabezas no dan para más." Insistió interrumpiéndola, viendo reflejada en ella su propia frustración. "Estamos tan cansadas que juntas sumamos un solo cerebro. Has leído cerca de 30 cuentos y gracias a eso quizás estemos más cerca de resolverlo. Ese esfuerzo es todo tuyo."
"Vale." Respondió con una luminosa sonrisa de agradecimiento que encendió de nuevo todas las alarmas de las barreras mentales de Regina. "Gracias."
"Trabajo en equipo." Insistió recuperando su tono más monocorde, recomponiéndose con una lentitud de la que no se sentía orgullosa. "Y ahora averigüemos todo sobre esas tijeras."
Quizás fuera el cansancio o quizás solo las ganas de sentir que estaban avanzando, pero Regina estaba convencida de que habían dado con algo. Y ese convencimiento fue suficiente para que recuperara parte de sus energías. Incluso cuando Emma tuvo que regresar a la comisaría, ella decidió seguir un rato más con la nariz metida en ejemplares de forja y fragua de objetos mágicos y crónicas de elementos hechizados.
La salvadora, por su parte, se llevó un par de grimorios y dos pequeños ejemplares de leyendas sobre "Agrabah a través de los tiempos" para continuar sus pesquisas durante la ronda de la tarde.
Ahora, con un objetivo al que atacar, la luz parecía volver al camino y redoblar sus esfuerzos era casi satisfactorio. No supo ni qué hora era hasta que al fin encontró algo interesante. Y lo primero que hizo fue buscar su teléfono, olvidado desde hacía horas. En la pantalla pudo leer que eran casi las cinco de la tarde. No quiso ni calcular cuantas horas llevaría estudiando sus libros, sólo corrió a abrir la conversación con Emma, ansiosa por compartir su descubrimiento:
"Las tijeras han viajado más que Willy Fog." Tecleó rápidamente. Casi al instante, Emma estaba en línea y escribiendo y ella se encontró reteniendo el aire.
"Qué referencia más actual, abuela." Fue todo el mensaje. Mordió su labio, tan ofendida que le costaba no sonreír con todas sus fuerzas. Será perra... es cuanto pensó antes de responder:
"No es cuestión de edad, es cuestión de cultura general, ¿le suena el término?"
"Sí, es el que usan las ancianas para disimular que no son tan ancianas."
Una vez más, estaba ofendidísima. Tanto que la carcajada que profirió fue solo a medias, igual que la sonrisa que se le coló en los labios. "Lo que me faltaba... Pues esta anciana al menos ha localizado al último propietario de las tijeras."
"¡Bien!"
Empezó a escribir, pero luego se detuvo. La salvadora se merecía un pequeño escarmiento de parte de esa abuela.
"¿Me lo vas a decir?" insistió 30 segundos después.
"Pues no lo sé... Es que esta anciana tiene lagunas de memoria. Por la edad, ya sabe." Le dio a enviar y se reclinó en su butaca, disfrutando de la idea de una Emma desesperada por saber. Hasta que la respuesta de la Salvadora llegó de vuelta y, aunque jamás lo reconocería en público, se removió en su asiento, dando vueltas a todas las interpretaciones que podían leerse en él.
"¿Y si te digo que no pareces tan anciana como eres?"
No caería en su juego. O igual ya estaba jugando. Pero qué más daba. "Espantoso, Miss Swan. Simplemente espantoso."
"Venga, demuéstrale a esta jovencita lo que una veterana cómo tú es capaz de conseguir y sorpréndeme. ¿Quién fue el último propietario de ese producto de papelería mágico?"
Por un momento se planteó seguir haciéndole sufrir, pero estaba sonriendo, era inútil fingir que no le encantaba ese maldito intercambio y no quería que se detuviera: "Su queridísimo Aladino."
"¡¿Están en Agrabah?!"
"No creo... Todo parece indicar que se escondía en el Bosque Encantado durante la primera Maldición."
"Pobre Jasmine..."
"¡Ni siquiera la conoce!"
"Pero le cogí cariño en la película."
Regina, en la soledad de su cripta, puso los ojos en blanco. "Es usted como un cachorro, encariñándose de cualquiera que le rasque las orejas."
"Qué gráfico. Pero no recuerdo que tú me rascaras nada."
El móvil se estrelló contra el suelo. Sus manos, de repente, habían dejado de recordar cómo funcionaban y sus dedos simplemente se abrieron de par en par al leer el mensaje. Tragó hondo, apresurada, recuperando el teléfono solo para leer de nuevo el mensaje y estar segura de que no había sido un espejismo. De que Emma efectivamente había roto sus propias reglas. De que estaba ligando con ella. Otra vez.
Y no supo cómo sentirse.
O peor aún.
Lo supo perfectamente.
Pensó la respuesta perfecta. Una cortante, fría, calculadora y lista para pararle los pies a esa insolente que pretendía retomar lo que habían pactado olvidar.
Y después, escribió todo lo contrario:
"No me acerco a perras pulgosas."
La mitad de su cabeza, la racional, imaginó, se arrepintió al instante de enviarlo. La otra mitad, junto al resto de su cuerpo, se puso a bailar de la emoción.
"¿Y si prometo bañarme, desparasitarme y echarme perfume?"
Regina se rió, pero permitió que la imagen de una Emma perfumada esperándola en una bañera llena de espuma se recreara lentamente en su imaginación.
"Entonces quizás, y sólo quizás, acceda a pasearla con correa."
"Me gusta la idea."
"Y bozal." Añadió un segundo más tarde. Claramente, no estaba solo entrando en el juego de Emma, estaba tratando de ganarlo.
"Venga ya, te encanta escucharme ladrar."
"¿En serio? ¿Está usted leyendo la misma conversación qué yo? ¿De verdad cree que me gustan estos ladridos?" mintió descaradamente, haciendo uso de su máscara de fría alcaldesa, ayudada por la pantalla de su móvil. Porque allí, a solas, en la cripta, solo había una mujer sonriente, mordiéndose el labio con nerviosismo y agarrando el móvil como si le fuera la vida en ello.
"Sí."
Una palabra era suficiente para trasmitir toneladas de desafío y la alcaldesa no se quedaría atrás.
"Tendré que ser más clara entonces en mis interacciones con usted..."
"Regina, sé que quieres que suene amenazador. De verdad que lo sé. Pero consigues lo contrario."
Esta vez no solo creció su sonrisa, sino también el calor que inundó su cuerpo. Una parte se concentró en sus mejillas. Otra, mucho más abajo. Joder, esa maldita salvadora sabía cómo jugar...
"Cuánta desfachatez."
"Y que lo digas. Esta juventud ya no tiene respeto por la tercera edad." Respondió en el acto. Y Regina contestó tecleando a toda velocidad, lista para volver sus palabras contra ella y darle el golpe de gracia a esa atrevida, descarada y, sin lugar a duda, seductora Salvadora.
"¿Sabe acaso de lo que es capaz está anciana...?" preguntó deseando que la vibración con la que esas palabras resonaban dentro de su pecho se propagase por ese simple mensaje.
Los tres puntos suspensivos aparecieron en su pantalla y contuvo el aliento.
Pero la respuesta no llegó a aparecer.
Esperó un minuto. Incluso dos. Pero nada sucedió, los puntos suspensivos desaparecieron y el pánico la inundó sin piedad.
Ella, que se había propuesto alejarse, no ser vulnerable de nuevo, dejar esos juegos estúpidos y pensar con frialdad, había vuelto a traicionarse a sí misma. ¿Y todo para qué? ¿Para volver a ir más lejos que la propia Emma? ¿Para volver a fantasear como un toro ciego corriendo listo para estrellarse contra un muro inquebrantable?
¡¿En qué estaba pensando?!
¡¡Otra vez!!
Sostuvo el móvil, le temblaban en las manos. Marcó el mensaje y lo borró. Soltó el teléfono como si quemara y enterró la cara entre las manos.
"¡AAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!!!"
El chillido retumbó por las paredes de la cripta sin importar que sus dedos tapasen su boca.
Chapter 69: 68
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Todo podía haber sido diferente. Sí... Quizás.
Quizás si Emma no hubiera tardado tanto en contestar su mensaje, Regina no habría estado tan alterada. Quizás no habrían vuelto a despertarse todos sus demonios. Quizás habría estado bajo control, serena, sensata. O quizás, habría estado ligando con la Salvadora hasta quedarse embobada y tranquila en casa, investigando sobre las tijeras. Quizás, si Gold no hubiera interrumpido sus mensajes justo en ese momento y Regina no hubiera entrado en pánico, habría pensado mejor las cosas.
Quizás habría advertido antes su trampa.
Quizás.
Pero no sucedió. Nada de eso sucedió.
Regina permaneció en la cripta, gritando, conteniendo las ganas de romperlo todo, hasta que su móvil volvió a vibrar.
Un mensaje de Emma. Gold la había interceptado en el coche. Esa era su explicación. Por eso se detuvo. Y no es que no la creyera. Lo hacía. Pero qué más daba. El problema seguía ahí, seguía siendo el mismo. Regina era incapaz de controlarse. Antes o después, volvía a caer. A olvidar por qué estaban trabajando. A dejarse llevar como una quinceañera descerebrada que se mensajeaba entre risitas nerviosas.
Tenía que detener aquello.
Una orden que ya se había dado a sí misma varias veces. Y que de momento había ignorado el mismo número de ocasiones.
Por eso cuando Emma propuso verse en persona para contarle lo sucedido, se negó. Dijo mil excusas, ni siquiera puede recordar cuales. Pero no se vería cara a cara con ella. No después de aquel maldito intercambio de mensajes. No después de volver a estrellarse contra el muro de la realidad.
Guardó las distancias, redujo la conversación a una llamada y lo que Emma le contó lo complicó todo aún más. Gold la había utilizado para mandarle un mensaje nada discreto a Regina. Emma era su mensajera y l emaldito usurero le estaba hablando alto y claro: sé lo que estás haciendo, sabes lo que yo estoy haciendo. Y no podrás detenerme.
También había mencionado las pertenencias de Owen y ese sádico gnomo no daba tiros en falso. Pero no había logrado desentrañar esas palabras ni dar con una conclusión que le encajara... ¿Estaba insinuando que algo de lo incautado contenía información importante? ¿Quizás las carpetas que vio esparcidas la primera noche sobre la mesa de su despacho? ¿O solo era un cebo para atraer a Emma? ¿Y si pretendía destruir parte de lo que habían requisado? ¿Tendría algo que ver con las malditas tijeras?
Sí... se le pasaron tantas preguntas por la maldita cabeza. Tantas. Y ninguna fue: ¿Y si me está tendiendo una trampa?
Y hubiera sido una idea maravillosa porque, claramente, de eso se trataba.
Era una trampa.
Lo supo en cuanto se colocó frente a la tienda de Gold, sacó su móvil para avisar a Emma de sus intenciones de colarse en ella una vez más y advirtió el olor a químico contra su nariz, antes incluso que el tacto del trapo húmedo.
Sí, quizás todo podría haber sido diferente. Y ella podría no estar atada a una silla, medio adormilada y con Gold frente a ella sonriendo:
"Buenos días, alcaldesa. Veo que por fin ha tenido a bien despertarse, bienvenida."
Chapter 70: 69
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"¡TÚ!!!"
El grito de Emma rompe el ceremonioso silencio que ha impregnado la cripta durante la última media hora. No importa que chille a Gold, todos los demás también pegan un bote y se escuchan un par de exclamaciones sorprendidas.
Pero cuando la Salvadora se arroja contra el usurero, Snow y Regina reaccionan en el acto, agarrándola por los brazos. Gold se aparta de ella trastabillando hacia atrás y Emma aun consigue dar un par de pasos antes de que la fuerza combinada de su madre y la alcaldesa logre detenerla.
"¡Emma, ¿se puede saber qué pasa?!" chilla Snow clavando los talones en el suelo de piedra para contrarrestar su fuerza.
"¡Le tendiste una trampa! ¡Me usaste y la drogaste! La has retenido toda la noche aquí, organizándolo para que pareciera su plan. ¡Maldito psicópata embustero!" chilla volviendo a amenazar con saltarle encima. Snow y Regina tiran de ella otra vez, mientras Gold rodea la mesa, poniendo distancia y tartamudeando:
"No sé de qué diablos hablas. Regina te está embaucando, todo lo que te esté diciendo es falso, yo no..."
"¡¿Puedes dejar de mentir de una vez?!" ladra y Gold cierra la boca, pero no responde. "Fuiste contra mí y cuando Regina se interpuso decidiste usarla como cabeza de turco, maldito miserable."
"Eso no es cierto, eso no es cierto." Repite una y otra vez mirando alternativamente a David y Snow. "No tengo ni idea de a qué se refiere."
"Emma, tranquilízate." Pide Snow sin soltar su brazo, pero la salvadora es incapaz de escucharla. Su cuerpo entero vibra de rabia. La imagen de Regina desplomándose indefensa y despertando en manos de ese traidor se repite en su cabeza como un bucle que alimenta su ira.
Un suave apretón atraviesa su furia. Un toque apenas imperceptible, pero firme. Los dedos de Regina, alrededor de su brazo, estrechando su chaqueta, electrificando su piel.
"No se merece su rabia. Está acabado. No le conceda eso. No le conceda nada." La voz de Regina es calmada y tenue, como su agarre. Y escucharla a través del vínculo la vuelve aún más cálida. Le permite llegar hasta ella y la tensión de su cuerpo disminuye hasta que su respiración vuelve casi a la normalidad.
"Pagarás por esto." Ladra mientras ambas mujeres la sueltan.
"¿Alguien puede explicarme qué está pasando?" inquiere David mirando a todos y a nadie en particular.
"Gold me insinuó que guardaba algo importante relacionado con Owen. Sabía que yo se lo contaría a Regina y ella intentó entrar en su tienda a buscarlo."
"¿Y qué encontró?"
"Era una trampa. Antes de poder acercarse, Gold la noqueó con algún tipo de droga o poción y la trajo hasta aquí."
"¿Para qué?" cuestiona esta vez Snow.
"Todo esto no es más que..." insiste en un último desesperado intento Gold.
"¡Cierra la boca!" ordena Emma dejando que parte de la furia que Regina ha dormido vuelva a resurgir. "Quería que sospecharais de ella cuando faltase a su trabajo y hacer acopio de las pociones que Regina conserva en la cripta."
"¿Tiene un arsenal de pociones escondidas?" increpa David frunciendo el ceño.
"¿En serio vamos a volver a poner el ojo sobre ella?" inquiere la Salvadora dirigiendo esta vez su enfado hacia su padre. "Sí, es una hechicera, sí, guarda hechizos y pociones. Gold miles de cachivaches mágicos y vosotros arcos y espadas. Cada cual su especialidad, ¿podemos avanzar?"
"Claro..." asiente Snow por su marido, que traga hondo sin añadir ni media palabra.
"Gold quería que sospecharais de Regina, cosa que no le costó demasiado." Continuó hablando con tono acusatorio. "Pretendía fingir que el asesinato del padre de Owen fue perpetrado por ella y disponerlo todo para acusarla de destruir las pruebas de dicho delito."
"¿Y cuál sería el sentido de esa repentina venganza?" pregunta con tono cauteloso Snow.
"¡Eso, eso!" exclama Gold, cerrando la boca en cuanto la Salvadora da un paso hacia él.
"Emma..." murmura Regina.
"¿Por qué no me dejas que me encargue de esa basura?"
"Porque no se merece que caiga a su nivel. Porque usted es mejor que eso..."
"Regina."
"¿Qué?"
"¿Por qué me tratas aún de usted?"
La sala permanece en silencio, pero Regina vira los ojos y Snow mira a ambas mujeres antes de exclamar: "¡Volvéis a hacer eso de la telequinesis!"
"Telepatía." Corrige Regina con media sonrisa educada e irónica. "Nadie mueve nada con la mente."
"Vale, telepatía." Repite Snow. "Emma, explícate. Por favor."
"No tenemos tiempo para esto..." farfulla tan desesperada por recuperar el resto de sus recuerdos como preocupada por lograrlo.
"Llevamos casi una hora aquí, mirándoos en silencio." Suplica su padre. "Haznos al menos un resumen rápido."
"Hasta donde recuerdo, Gold pretendía robarme mi destino como salvadora y así recuperar su poder." Responde a toda prisa, viendo al usurero atreverse a abrir la boca. "¡Ni se te ocurra!" ordena. Cuando Gold vuelve a cerrarla con ojos de odio, prosigue ante la atenta mirada de sus padres. "Embrujó la maldita calavera para poder adentrarse en mi mente. Supongo que su idea era hacerme dudar, conocer mis puntos débiles y usar mi subconsciente para llevarme renunciar a mi camino, cortándolo con las tijeras del destino. ¿Me dejo algo?" pregunta irónica dirigiéndose a Gold.
"Eso no tiene ningún sentido." Farfulla con rabia contenida.
"¿Me estás diciendo que si miro las cámaras de tu tienda no te veré a ti entrar y salir tranquilamente esta mañana sin que nadie te haya secuestrado...?" pregunta dando medio paso hacia él.
"Para nada." Gruñe permaneciendo en pie a pesar del acercamiento de Emma. "Además, son mis cámaras, ¿qué derecho tiene ust...?"
"Estoy segura de que cuando Belle sepa lo que has hecho, nos dará acceso a todas las grabaciones que necesitemos." Responde dando otro paso más, sonriendo encantada a pesar de la furia que aun vibra en sus palabras.
Los diminutos ojos de Gold relampaguean con el mismo odio que desprende Emma, hasta que una chispa de ira los atraviesa. Un segundo después abandona su pose de anciano desvalido para arrojarse sobre Emma. Sus manos huesudas se ciernen al cuello de su chaqueta y la Salvadora es incapaz de reaccionar al ataque. El usurero la zarandea hacia él, su boca directa al oído de Emma.
Y en un suspiro el agarre de Gold desaparece.
Emma cae de culo al liberarse y, a pesar del dolor del golpe, observa como el duendecillo se estrella mágicamente contra una de las paredes rocosas.
"NI LO SUEÑES." Ruge Regina. Permanece con la mano estirada, su magia sosteniendo a Gold en alto, impidiendo que mueva un solo músculo.
"Gracias..." susurra Emma desde el suelo.
"¿Quizás sería un buen momento para ir planteándose unas esposas?" cuestiona Regina limitándose a mirar a David. El sheriff, aun con gesto aturdido, guarda su arma y saca un par de grilletes.
"¿Qué ha sido eso?" chilla Snow cada vez más desorientada, mientras Regina baja a Gold sin demasiada prisa y su marido le ata las manos a la espalda.
"Ha intentado manipular mis recuerdos."
"Regina dijo que rompería el hechizo." Insiste la arquera.
"Cuando recupere mi memoria. Al completo."
"¿Y qué más falta?" pregunta David, antes de farfullarle a Gold. "¿Quieres estarte quieto ya, por favor?"
"Creo que los últimos recuerdos." Musita Emma insegura antes de escuchar un resoplido. Mira a su madre con gesto de reproche, pero Snow se limita a encogerse de hombros, impaciente:
"Lleváis una hora diciendo que ya casi está, perdona si me desespero un poco."
"Esta vez Emma está en lo cierto." Vuelve a intervenir Regina. "Ya recuerda lo ocurrido esta mañana, sólo quedan unas pocas horas más y su amnesia será historia."
"De acuerdo..." farfulla Snow.
"¿Y por qué me están dando ganas de no recordar nada más?" cuestiona Emma intercambiando una breve mirada con Regina. La alcaldesa no responde, apenas la mira y se limita a soltar un bufido que la salvadora es incapaz de interpretar. Pero que claramente alimenta sus peores temores.
"¡Dejad de hacer eso y vamos a resolver esto ya!" ordena Snow volviendo a sentarse con desesperación en la butaca.
"Ya ha escuchado a su madre." Zanja Regina.
"¿Tan malo e...?"
Nunca termina su pregunta. Su mente se ve invadida por una nueva oleada de recuerdos, una a la que le acompaña un torbellino de furia.
"Ay dios..." Ese lamento es lo último que consigue gemir.
Chapter 71: 70
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Se sentía tan estúpida. Había caído en la trampa como una novata y ahora su única salida dependía de que esa maldita columna de humo funcionara. Ni siquiera se había molestado en analizar bien la poción, segura de que nunca la necesitaría. ¿Sería lo suficiente potente? ¿Cuánto mediría la columna? ¿Cuánto tiempo duraba? ¿Qué hora era siquiera? Quizás Emma estuviera aún durmiendo y el efecto desapareciese antes de que pudiera verlo. ¿Por qué no se había detenido a pensar antes de actuar?
Sabía por qué.
Se creía intocable, siempre un paso por delante de los demás, incluso con su magia encadenada. Pero no era así. Claro que no...
Ella misma le había advertido a Emma que no infravalorara a Gold y era exactamente lo que ella había hecho. Menospreciarle como si ese duende psicópata no fuera el mayor peligro al que ella nunca se hubiera enfrentado. Como si no se tratara de un estratega descomunal. Como si no compartieran un pasado infinito y él la conociera más de lo que le gustaba admitir. Había tocado dos teclas, no demasiado complejas, y ella se había tirado de cabeza a esa maldita trampa.
Gold estaba tan seguro de su victoria que ni siquiera había tenido reparos en compartir parte de su plan con ella, ni en dejarla allí sola, sin vigilancia.
Y no pudo culparle. Llevaba minutos u horas tratando de aflojar sus ataduras sin lograr que se movieran ni un milímetro. Había roto el frasco al segundo de quedarse sola y no había señales de Emma. Ese maldito duende psicópata tenía razones para estar tan confiado...
Su pecho comenzó a expandirse cada vez más rápido, más fuerte, cerró y abrió sus dedos, los calambres recorrían sus piernas atadas y su vista se nublaba.
Y todo empeoró cuando escuchó la puerta de la cripta abrirse en las alturas.
Ya estaba aquí.
Sus latidos se desataron, solo lograba escuchar su corazón. No distinguía nada más. Ni pasos, ni voces... ni pensamientos.
Tenía que ser Gold.
Miró hacia el final de las escaleras, sus ojos llenos de rabia y furia, su primera barrera para ocultar el miedo que empezaba a corroerla.
Y entonces la vio.
A ella.
Era Emma. No Gold. Emma.
Dejó que un suspiro animal aflojara cada nudo de tensión de su cuerpo con una ola de alivio que rompió con fuerza en ambos lados del vínculo.
"¡Regina! ¡¿Qué ha pasado?!" gritó Emma corriendo hacia ella.
"Quería probar un truco de Houdini que no salió bien." Sonrío, ocultando tras su sarcasmo todo el consuelo que estaba inundando su pecho.
"Ja ja... Ha sido Gold, ¿verdad?"
"Bingo."
"¿Y usó el bastón o la silla de ruedas motorizada?" preguntó deshaciéndose del primer nudo.
"Ja ja." La imitó moviendo su muñeca por fin liberada. "Optó por el cloroformo. Y quizás una carretilla. No tire las cuerdas muy lejos."
"¿Perdón?"
La pregunta retumbó en el aire, una sola palabra, mil demandas. Y Regina estaba segura de que la respuesta no sería bien acogida.
"¿Le importaría...?" insistió señalando la mano que aún permanecía atrapada, ignorando la pregunta.
"¿Para qué necesitas la cuerda?" cuestionó deshaciendo el nudo. "¡Tenemos que ir a pedir ayuda!"
"No aún. Necesito averiguar qué pretende."
"Y lo haremos, después de detenerle." Respondió liberando sus pies.
"No hablará, las dos lo sabemos. Y sin pruebas es mi palabra contra la suya."
"La nuestra." Le corrigió Emma con determinación antes de añadir: "Déjame tu muñeca."
Alejó su brazo de ella antes incluso de responder. "No."
"¿Regina, estás loca? Ese psicópata puede volver en cualquier momento."
"Y será nuestra única oportunidad de sonsacarle algo."
"Puedes hacerlo igual sin el brazalete." Pidió volviendo a tender su mano hacia el brazo que Regina escondió tras su espalda. "¡Regina!"
"Deje de gritar o le descubrirá en cuanto entre."
"Pues deja que te lo quite."
"No puedo. Solo se abrirá a mí si siente que estoy a su merced."
"¡Pues ponte otra falsificación!"
"Supo al instante que la de la tienda era falsa, volvería a ocurrir y no puedo permitirme ese fallo otra vez."
"¿Qué diablos pretendes entonces? ¿Estar a merced de Gold sin poder defenderte?"
"No exactamente. Debe volver a atarme pero dejando los nudos flojos para poder soltarme cuando desee. Y usted debería esconderse en ese armario a la espera de mi señal."
Los ojos claros se abrieron llenos de espanto. "Tienes que estar de broma..."
"Para nada."
"Regina, vámonos de aquí."
"No, Swan. Yo me quedo."
Emma era la viva imagen de la desesperación. "¿De verdad pondrás tu vida en peligro para sonsacarle información?"
"Sí." Respondió con rotundidad, mientras un eco rebelde reverberaba tras sus palabras. "Porque va a por ti."
Se arrepintió en cuanto lo pensó. Se arrepintió aún más cuando los ojos claros se humedecieron, desesperados y suplicantes.
"Regina, con más razón. Si soy su objetivo, deja que yo decida cómo quiero enfrentarlo."
Trató de agarrarle el brazo, pero Regina lo apartó una vez más. "No aún."
"No puedes arriesgar tu vida por un maldito plan sin sentido." Suplicó arrodillada ante ella, soltando los últimos nudos de las piernas.
"Son solo unos minutos más." Pidió. "Además, el vínculo está a punto de deshacerse."
La respuesta fue inmediata. Emma frunció los labios, la rabia inundó su conexión y su voz sonó vibrante y rasposa. "¿Prefieres morir a seguir compartiendo tu mente conmigo?"
"No he dicho eso." Susurró arrepentida.
"Pero lo has pensado."
No podía negar lo evidente. Claro que lo había pensado. El pánico no estaba siendo su mejor aliado en ese instante y todas las preocupaciones, todos los miedos que sentía se estaban agolpando en ella, saliendo sin control. Gold, su vulnerabilidad, Emma...
Respiró hondo, tratando de recomponerse, de reconducir las cosas, de centrarse en el plan. Pero ese último pensamiento, su nombre, fue lo primero que acudió a sus labios al empezar a hablar.
"Emma, escúchame." Comenzar su súplica así era una estrategia tan sucia como eficaz, pero la desesperación comenzaba a dominarla. "Dices que confías en mí. Pues hazlo una vez más. Gold está tramando algo y solo tenemos esta oportunidad para descubrir qué es. No prefiero morir a mantener nuestro vínculo, de verdad que no."
"¿Entonces?"
"Entonces necesito que me vuelvas a colocar las cuerdas, te escondas y me dejes manejar a Gold a mi manera."
"No puedes pedirme eso." Negó con la cabeza, cerrando los ojos y con la voz húmeda. Algo dentro de Regina se rompió. Más tarde decidiría que fue la cordura, pero quizás se trató algo más. Algo más grande, algo más complicado, algo que la obligó a tocar a la Salvadora, a reclamarla como nunca se había atrevido.
Alzó sus manos y sostuvo con ternura el rostro de Emma, antes de suplicar: "Por favor."
La Salvadora se dejó hacer, pero lejos de aceptar su súplica, aquel gesto reavivó las ganas de Emma de sacarla de allí. "No lo harás..." murmuró con delicadeza la alcaldesa.
"Regina..." gimió, su voz perdiéndose en el aire cuando esta dejó que su pulgar se pasease por la mejilla de Emma en una delicada y lenta caricia que apenas pudo disfrutar.
"Por favor." Insistió sosteniendo su rostro con más dulzura y firmeza, clavando sus ojos en ella, suplicándole sin palabras.
Durante un segundo, creyó que la había convencido. La Salvadora no contestó, no pensó, no reaccionó, y Regina dio por hecho que así mostraba su rendición.
Pero esa idea duró solo eso. Un segundo. Porque dos más tarde, la Salvadora se había abalanzado sobre ella sin previo aviso. Un movimiento rápido, salvaje, irreflexivo y los labios de Emma estaban devorando los suyos.
Su primer pensamiento no fue siquiera un pensamiento. Solo un gemido, profundo y gutural, hambriento, totalmente incontrolado. El segundo fue una amalgama de emociones, su raciocinio intentando salir a flote, sus ganas, su hambre, su desesperación tirando de ese raciocinio como pesas en los pies, obligándole a hundirse hasta desaparecer.
Si en algún momento tuvo una oportunidad para detenerlo, para pararse siquiera a pensar en por qué estaba sucediendo, esta se perdió cuando la mano de Emma rodeo su cuello, tiró de su nuca y profundizó el beso reclamándola. Y Regina respondió. Con todo su cuerpo, con todas sus ganas, con una necesidad incontrolable. Hasta desatar la locura.
La lengua de Emma pidió paso recorriendo sus labios y Regina la recibió con entusiasmo, tirando de su rostro, inclinándose, profundizando el beso, dejando que una llamarada la recorriera por completo, empezando entre sus piernas. Joder, solo era un beso, pero había tanto detrás de él. Mucho más que los últimos malditos días juntas, mucho más que todos esos meses de engañarse pensando que Emma era eso, sólo Emma. Tanto que la estaba consumiendo.
Y eso era peligroso, tan peligroso...
Gimió una vez más, pero las alarmas intentaron hacerse oír por encima de los deliciosos ruidos de sus bocas al encontrarse. No podía permitirse aquello... ¿acaso no se había cansado de recibir palazos del destino esa última semana? ¿Cuántos más necesitaba para aprender?
Tienes que detenerlo, tienes que detenerla... se repitió una vez más.
Pero las uñas de la Salvadora recorrieron su cuero cabelludo y arañaron su nuca y las últimas pizcas de sentido común ardieron al son de ese fuego que no dejaba de crecer.
Gimió, olvidó todo lo que no fuera el nombre de Emma, mordió sus labios y cerró los puños en torno al cuello de la camiseta de la salvadora. Tiró de ella hasta que notó su peso sobre las piernas y jadeó fuera de sí. Tan consumida por todo lo que había tratado de contener que ya no quedaba nada en pie más que ese hambre desatado, esas ganas irracionales, esa absoluta perdición. Y era deliciosa.
Sus manos se movieron por la cintura de Emma, buscando su piel, agarrando su trasero, clavando sus dedos, y jadeó cuando las caderas de la Salvadora se mecieron contra sus piernas en respuesta. Nada era suficiente. Lo quería todo. Lo necesitaba todo. Ya.
"No te detengas..." ordenó con un jadeo que sonaba a súplica y recrudeció el beso. La forma en que Emma la tocaba... Era lo más excitante que jamás había sentido y al mismo tiempo se sentía tan bien, tan correcto. Quizás por la arrolladora certeza de que Emma se preocupaba por ella. Y esa sola realidad era suficiente para volverla loca.
La mano de Emma acarició su cuello, recorrió el comienzo de su pecho y le arrancó un gemido animal. Bajó hasta arañar su brazo y entonces escuchó por primera vez la voz de la Salvadora, más allá de inconexos jadeos...
"Me va a matar, me va a matar..."
Abrió los ojos, confusa. Se alejó de su boca sin entender nada. Su respiración, fuera de sí, se detuvo mientras preguntaba: ¿Por qué iba a matart...?"
La culpabilidad brillaba en los ojos de Emma y su mano temblaba sobre su brazo. Exactamente. Sobre. El. Maldito. Brazalete.
Chapter 72: 71
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Actuó por impulso. Estiró sus piernas, alejó sus manos de Emma y permitió que se despeñara hasta el suelo, mientras apartaba el brazo de su alcance.
“¿En serio, Miss Swan?” siseó entre dientes. Su rostro se mantuvo impertérrito, su pecho ardió en una hoguera tan peligrosa como lacerante. De nada servía mantener su fachada de indiferencia, estaba segura de que toda su rabia estaba abarrotando los últimos hilos de su conexión, advirtiendo a Emma del peligro de muerte que estaba enfrentando en ese momento.
“Solo pretendía…”
“Traicionarme.” Ladró entrecerrando sus ojos. “¿Cómo he podido pensar que…?”
“No, traicionarte no, jamás.” Susurró con tan pocas fuerzas que apenas lograba superponerse a la ira que la alcaldesa ya no se molestaba en bloquear. “Regina, no quería traicionarte. Quería salvarte.”
“Qué frase tan curiosa… Lástima que no pudiera conocer mejor a mi madre, creo que se habrían llevado bien.”
“Por favor, deja que te lo explique.” Suplicó.
“¿No cree que ya lo ha hecho? La gran salvadora quería decidir por mí, ignorar la voluntad de esta estúpida inconsciente y salvarme. Y para ello ha usado lo que ha sido necesario, por supuesto.”
“Regina, yo no…” murmuró desde el suelo una vez más, atragantándose con sus propias palabras que también se atropellaban con las de su mente. “Jamás he querido utilizarte. Ese beso, esas caricias, significan un mundo para mí y nunca habría querido mancillar ese momento con algo tan ruin. Pero no podía dejarte en manos de Gold. Y me arrepiento, claro que me arrepiento de besarte con esa intención, pero jamás te habría utilizado. Ese beso lo es todo y a la vez…”
“¡Cállese!” la interrumpió fuera de sí, negando con la cabeza. Lo último que quería era escuchar más malditas excusas sin sentido. No tenía tiempo para sandeces. Necesitaba continuar con su plan y con cada sílaba que Emma pronunciaba, aunque no fuera en voz alta, más se alejaba su concentración. Sus instintos asesinos estaban completamente disparados y si la Salvadora no le permitía abstraerse de lo ocurrido, no podía garantizar que no los enfocara en ella en lugar de en Gold.
Tenía un plan. Se centraría en él. Era todo lo que importaba ahora.
Comenzó a recolocar las cuerdas de sus tobillos y sus piernas y, aunque con dificultad, logró rodear una de sus muñecas con una mano. Pero con la segunda comenzaron los problemas. Probó un par de cosas, aun sabiendo que nada iba a funcionar, cuando escuchó a Emma susurrar:
“Deja que al menos…”
“¡Joder!” gritó al cielo antes de gruñir: “Intente algo, lo más mínimo, y no respondo de mis actos, ¿me ha entendido?”
“Totalmente…” asintió levantándose del suelo con movimientos lentos hasta alcanzar el reposabrazos. Colocó la cuerda y preguntó casi sin voz. “¿Así está bien?”
“Sí. Ahora, elija. Váyase a la mierda o escóndase, me es indiferente. Pero no vuelva a interferir en mi plan, ¿está claro?”
“Totalmente.” Repitió una vez más. Pero no se movió del sitio, paralizada como un corderito asustado.
“¡Pues muévase!” bufó.
“Sí, sí…” musitó girando sobre sus talones y vaciando un armario hasta caber dentro. Tanteó el aguante de la madera sentándose lentamente, crispando los nervios fuera de sí de Regina.
“¡Cierre!”
“Ya voy, ya voy…” Es lo último que dijo antes de que Regina la viese desaparecer tras las puertas de caoba.
Chapter 73: 72
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Las cuerdas ya no la retenían contra la silla. Podría haberse levantado en cualquier momento. En cuanto lo deseara. Pero en ese momento se sentía muchísimo más apresada que cuando estaba a merced de Gold. Su cuerpo temblaba de una rabia incontrolable que crecía por momentos y permanecer ahí sentada, aunque hubiera sido su idea, resultaba un infierno inconcebible.
Quería saltar, gritar, quemarlo todo. Empezando por ese maldito armario de caoba. El mismo desde el que se colaba ese insoportable y constante hilito de... ¿de qué? ¿De arrepentimiento? ¿De vergüenza? ¿De disculpas?
Volvió a chillar internamente y todo lo que no fuera su rabia, pura y salvaje, desapareció del vínculo. Mejor así... porque con cada recordatorio de la presencia de Emma, de su simple existencia, su ira se recrudecía con más y más fuerza.
Pero no era suficiente. Nada lo era.
Estaba fuera de sí. Incapaz de cohesionar dos pensamientos seguidos. Saltando de una cavilación a otra, al ritmo de sus pulsaciones, que estaban totalmente desatadas.
Seguía sin entenderlo. O peor aún, lo entendía a la perfección. Pero era incapaz de aceptar lo ocurrido. Dejarse llevar por la rabia era más cómodo que pensar en ello. Porque ¿cómo había llegado a creer que su forma de acariciar el rostro de Emma había sido tan increíble y eficaz que la salvadora no había podido resistir la tentación de darle un beso?
Por supuesto que había una razón escondida detrás. ¡Era obvio! ¿Cómo había sido tan ilusa? ¿Qué cotas de estupidez era capaz de alcanzar? ¿Habría un límite para su necedad o el cielo era el límite? Después de esos días tenía serias dudas sobre su intelecto...
Quería matar a Emma. Quizás más figuradamente que de manera literal, pero a quien más odiaba con diferencia una vez más era a sí misma. Cayendo una y otra vez en la misma piedra. Repitiéndose cada noche las mismas advertencias, solo para olvidarlas cada mañana y volver a sufrir cada tarde, antes de repetir el ciclo. Emma la había traicionado. Pero ella lo había permitido. Sabía que debía detenerla, que aquello era un sinsentido. Y sin embargo, lo consintió. Autoengañándose una vez más. Repitiéndose que quizás sí había cabida para algo tan bueno en su vida. Olvidándose de quién era. De qué merecía.
No... No podía odiar a Emma más de lo que se odiaba a sí misma. Si la salvadora la había traicionado era sólo porque ella se lo había permitido. Así que si alguien se merecía su furia asesina er...
Una vibración retumbó en medio de la silenciosa sala. Como un repiqueteo contra la madera del armario de caoba.
"¡¿Eso es su móvil?!" gritó dando salida a parte de la ira que se arremolinaba en cada parte de su cuerpo.
La voz de Emma se escuchó amortiguada a través de las puertas de madera: "Son mis padres. Están preocupados porque estés haciendo algo maligno. Si no les respondo cada cinco minutos piensan que me has matado."
"No van tan desencaminados. Quizás ocurra pronto." Ladró con fuerza, asegurándose de que su amenaza llegaba con claridad. "Al menos póngalo en silencio."
"Sí, sí, ya está..." respondió Emma mientras su cabeza discurría una respuesta para su padre: "Todo en orden. No está en la mansión, daré una vuelta por la ciudad a ver si alguien la ha visto."
Cuando los pensamientos de Emma llegaron hasta ella, dejó escapar una carcajada llena de ácido. "Es bonito ver que nos miente a todos por igual."
"¿Prefieres que le diga exactamente dónde estoy y qué hago? No soy yo la que está en contra de pedir refuerzos."
"No, gracias. Cuantos más Charmings cerca, más alta la tasa de fracaso."
"¡Eh! Eso no es..."
"Ssssshhhhh..." Chistó mentalmente. En respuesta, los pensamientos de Emma vibraron con cierta irritación, pero Regina se adelantó antes de que dijera nada. "He escuchado la puerta."
Un minuto después, la estúpida y soberbia cara de Gold se asomó por las escaleras.
"Espero que no te hayas aburrido mucho, querida."
"Han sido unas horas de lo más amenas." Espetó con absoluta sinceridad y lista para comenzar el juego.
Chapter 74: 73
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El pánico. Pánico irracional y desgarrador. Eso es lo último que Emma siente mientras el recuerdo de Regina se evapora de su vínculo.
Todo había sucedido tan rápido.
La poción de Gold atravesando la habitación. Una mancha roja interponiéndose entre el frasco y el cuerpo de la alcaldesa. Y la certeza inmediata de Regina de que se trataba de Emma. La maldita e inconsciente Salvadora. Protegiéndola, quizás salvándole la vida, quizás muriendo por ello.
Y aunque el recuerdo termina ahí, justo ahí, con Regina desgarrándose en dos al gritar y arrojarse para sostener su cuerpo inconsciente, ese pánico se le agarra a la garganta como un trago agrio y lacerante. No le pertenece y, sin embargo, rompe su pecho con un dolor tan real que cuesta creer que no está sucediendo en ese momento, que no es ella quien quiso romper a llorar, presa del pánico.
Regina no le muestra más. Emma tampoco lo necesita. La conversación entre la alcaldesa y Gold había sido el catalizador final.
Lo recordaba todo.
Los últimos resquicios de la poción agonizaron en su nuca y, con un escalofrío, liberaron todos sus recuerdos. Hasta el último detalle de aquellos últimos días. Hasta el momento en que el frasco chocó con su espalda y todo se quedó en negro.
Trastabilla mareada, apenas un instante de debilidad. Pero es suficiente para que Snow rodee su cintura y la sostenga a su vera. Juraría que Regina también se ha movido. Levemente. Pero aún permanece en su rincón, a metros de ella. Tan rígida que parece una estatua.
"¿Estás bien?" pregunta su madre buscando su mirada con preocupación.
"Sí, sí... El hechizo se ha roto. He recuperado mi memoria."
"¿Y?" pregunta David reteniendo a Gold con una sola mano.
"Nada que no supiéramos." Responde irguiéndose y alejándose del agarre de su madre con una sonrisa de agradecimiento. Sobre el hombro de Snow, la estatua que es Regina la mira un breve instante y su estómago amenaza con darse la vuelta y escapar por su boca. El pánico aún resuena en sus huesos, pero no es lo único que está colapsando su cuerpo. El beso, su traición, su estúpida y enorme traición, la furia iracunda que despertó en Regina... todos los recuerdos recuperados de golpe y sin compasión. Es demasiado...
Intenta recuperar la mirada de la alcaldesa, pero Regina no muestra la más mínima intención de reconocer su existencia. Y, por más que lo intente, es incapaz de leerla a través del vínculo. No le dirige ni una sola palabra, ni una sola emoción, y Emma, observada con inquietud por sus padres, se siente obligada a continuar hablando con una serenidad que no siente en absoluto.
"Gold trató de hechizar a Regina para manipular sus recuerdos e incriminarla, pero me interpuse. Salí de ese armario." Indica señalando el mueble vacío con las puertas entreabiertas. "Y la poción me dio de lleno."
"Podía haberte matado..." musita Snow.
Emma se encoge de hombros por toda explicación. Está demasiado conmocionada como para responder nada más. Al comienzo de toda esa visualización habría apostado a que recuperar sus recuerdos sería todo un alivio. Ahora sin embargo añoraba los tiempos, breves tiempos, en los que no era consciente de su descomunal error.
"Pagarás por esto." Masculla David dando un tirón a las esposas de Gold. El usurero masculla algún tipo de insulto, pero Emma no le presta atención. No cuando Regina está recogiendo su chaqueta destrozada por las llamas con una sencilla frialdad y la más educada y distante sonrisa.
"Si me disculpáis, ahora que está todo aclarado, debería regresar a mis obligaciones." Anuncia con solemnidad sólo para añadir con el mismo tono ceremonioso: "Ya sabéis, comerme a un par de niños, desollar ancianos, quemar un par de aldeas, o dirigir un ayuntamiento... iré viendo."
Emma abre la boca, pero su madre se adelanta. "Regina, lo siento mucho. Los dos lo sentimos." Insiste mirando a David quien asiente avergonzado. "Y gracias por salvar a Emma... Varias veces."
El regio y distante rostro de Regina se suaviza imperceptiblemente antes de responderle. "No se merecen..."
No hay burla ni indiferencia. Solo una extraña y liviana franqueza que flota en el aire tras los pasos de Regina. Emma la sigue con la mirada, traga hondo y, a pesar de los nervios, del caos que bulle en su cabeza, de las quejas lejanas de Gold, solo tiene una cosa en mente. No puede dejarla ir.
"¡Regina!" exclama para sí, sin respuesta alguna. "¡Regina!!" insiste una vez más concentrando todos sus esfuerzos en canalizar su voz a través del vínculo, dudando de si estará fallando. "¡Regina, espera, por favor!" grita rozando la desesperación.
"Adiós, Miss Swan." Se escucha al fin, mientras desaparece escaleras arriba.
El escalofrío que la recorre al oírla es al mismo tiempo consuelo y desesperación. La única razón por la que no sale corriendo tras sus pasos es por sus padres. Y quizás también Gold. No puede afrontar las implicaciones que supondría explicar su comportamiento ante ellos, pero quedarse allí tampoco es una opción. Observa a los tres, dedicándole un gesto de desagrado a Gold, que es correspondido, y habla sin dirigirse a nadie en particular:
"Creo que debería irme a descansar, ha sido una mañana... complicada."
"Claro, cariño." Responde rápidamente Snow, dejando un beso en su cabello.
"Nosotros nos encargamos de este." Asiente David con una sonrisa cariñosa.
"Y avísanos cuando llegues a casa." Pide su madre en cuanto echa a andar escaleras arriba.
"¡Prometido!" exclama sin mirar atrás, centrada solo en alcanzar la puerta de la cripta. La abre de un tirón y mira a su alrededor ansiosa. Pero allí, a unos metros de ella, solo encuentra unas diminutas volutas moradas que se disuelven lentamente en el aire. "¡Mierda!" masculla para sí.
Chapter 75: 74
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Conduce rápido y con un destino claro. Es una corazonada, pero es todo lo que tiene porque Regina no contesta a sus llamadas ni a sus mensajes. Tuerce una calle y otra más y el camino se le hace eterno, como si de repente la ciudad hubiera multiplicado su tamaño solo para gastarle una broma pesada.
Casas, negocios y más casas. Tienen que pasar más de diez eternos minutos hasta que el aspecto de su entorno cambia. Comienzan a espaciarse cada vez más los edificios y a redoblarse las zonas verdes y las arboledas. Y, al fin, desaparece todo rastro de civilización para dar paso a una solitaria carretera.
Recorre los últimos kilómetros conduciendo muy por encima de la velocidad permitida, pero con la seguridad de que el sheriff de la ciudad no la multará. Por lo que pisa un poco más a fondo, hasta que la ve.
La linde de la ciudad. El cartel de Bienvenidos a Storybrooke. Y Regina.
Reduce la velocidad, se echa a un lado y frena casi en seco. Apaga el motor sin cuidado y se baja de su coche torpe y apresurada.
Regina le da la espalda, totalmente girada hacia el límite de la ciudad. Pero, aún sin mirarla, le dirige un seco: “Miss Swan…”
“Sabía que estarías aquí.”
“Bravo por usted.” Masculla con un desinterés que es más aterrador que todos los gritos y blasfemias que ha recibido esa mañana.
“¿Vas a cruzar?” pregunta caminando hacia ella. Pero lo hace lentamente, concediéndole espacio, dándole la oportunidad de detenerla si lo desea. Aterrorizada ante la posibilidad de que su cercanía sea el último impulso que necesita para atravesar la linde.
“No me vendrían mal unas vacaciones de todos ustedes, ciertamente.” Responde apática guardando las manos en sus bolsillos.
“Sabes a qué me refiero…” musita quedándose a un metro de ella, la vista clavada en su espalda.
“No lo sé.”
“Regi…”
“Sé a qué se refiere.” La interrumpe con un suspiro, girándose al fin hacia ella. “Pero no sé si voy a cruzar.”
Emma traga hondo al enfrentar al fin los ojos color miel. “No lo hagas. Por favor.”
“Esto tiene que terminar, Miss Swan.”
“¿El qué?”
“Todo.” Dice tajante, sin cambiar su tono monocorde, lacónico… apagado. “Todo esto. No tiene ningún sentido.”
“Lo que he hecho es imperdonable, ni siquiera sé qué decir. Pero sé que esto tiene sentido, aunque lo haya echado por tierra con mi traición.”
“Esto jamás ha tenido sentido. No se trata de su… estratagema.” Responde bajando la vista a los pies y cogiendo aire antes de seguir hablando. “Nunca tuvo sentido. Ni antes ni después. Y este maldito vínculo nos ha hecho creer lo contrario.”
“Eso no es cierto…” gime, apretando sus labios con tanta frustración y tristeza que nota como desaparece la circulación de ellos. “Regina, mi madre te ha dado las gracias por salvarme. Pero no es siquiera consciente de lo que has hecho para conseguirlo. ¡Ni siquiera yo era consciente! No hasta que me has mostrado tus memorias. Has sacrificado tanto…”
“Si tan agradecida está, hágame el favor de no recordarme ese suplicio, por favor.” Farfulla volviendo a mirar a la nada.
“¿Esperas que actúe como si no me hubieras antepuesto a tus propios miedos? ¿Qué olvide lo que significaba para ti esa calavera y cómo aun así corriste a cogerla sin dudarlo?”
“Exactamente.” Dice con una sonrisa cortés y fría.
“No voy a hacerlo. No voy a dejar de recordar que me protegiste a pesar de tu sufrimiento. Que hoy me has liberado de la poción exponiéndote a mí por complet…”
“POR FAVOR, ¡PARA YA!” Exige alzando sus manos igual que si estuviera deteniendo un ataque físico. “No quiero… no puedo volver a revivirlo. Era lo que había que hacer, punto. Pero, si pudiera, le arrancaría cada uno de mis recuerdos.” Baja sus brazos, el tono de su voz y su mirada. Pero su cuerpo permanece en tensión, listo para atacar o quizás para huir. “¿Podemos simplemente acabar con esto?”
“¿Es lo que realmente quieres?” pregunta Emma torciendo el rostro.
“Lo que quiero es que me deje en paz.” Dice con una mirada tan agotada que Emma hace uso de todas sus fuerzas para no correr a abrazarla. “Todo es mucho más sencillo cuando no estás. Todo era mucho más sencillo cuando este maldito vínculo no existía. Y necesito que vuelva a ser así.”
“Puedes romper el vínculo…” murmura con suavidad. “Pero nada volverá a ser como antes.”
“Puede serlo…” insiste con la mirada perdida.
“Yo no voy a olvidar nada de lo que ha sucedido y continuar con mi vida, ¿lo harás tú?”
“¿Qué otra opción me queda?” musita.
“Hablar conmigo.” Responde balanceándose, pero sin atreverse a recortar la distancia que las separa. “Deja que me disculpe, que intente arreglarlo.”
“Da igual, Miss Swan…” murmura con una exhalación exhausta. “¿Quiere mi perdón? Ya lo tiene. La perdono.”
“¿Por qué?
“¿Por qué, qué?” repite con lentitud.
“¿Por qué me perdonarías? ¿Cómo podrías perdonar algo así, sin más?”
“Porque la culpa no es solo suya. No soy ninguna niña inocente a la que deba proteger.” Murmura remarcando con intensidad la última palabra y aguantándole la mirada cuando vuelve a hablar. “Me besó. Y yo no la detuve. Sabía que era un error, que no merecía fantasear con algo semejante. Y aun así, continué con ello. Usted intentó sacar algo a cambio y yo fingí que podía reírme de mi destino. Las dos nos equivocamos, dejémoslo estar.”
Emma boquea un par de veces, antes de encontrar las palabras adecuadas. Ni siquiera está segura de lo que responder ante esa inexplicable revelación.
“Si algo no te merecías, es que yo te la jugara. Cargas con tu pasado, tratas de enmendarlo cada día, sacrificarías tu vida por cualquiera de nosotros. ¿De verdad crees que alguien como tú no se merece todo lo bueno que la vida pueda ofrecerte?”
“Una vez más ese maldito vínculo ha distorsionado la visión que tiene de mí.” Suspira con dejadez, volviendo a girarse hacia el límite de la ciudad.
“¡Regina, olvídate del vínculo!” grita desesperada, deteniendo sus movimientos y recuperando su atención. “Puede que lo haya complicado todo, pero te aseguro que esto va mucho más allá.”
“Miss Swan…” Empieza una vez más, el mismo tono lastrado y sin fuerzas.
“Dame solo una oportunidad.” Suplica.
“¿Para qué?”
“Para demostrártelo. Para corresponderte.”
Regina frunce el ceño. “¿De qué está ha…?”
“Mira.” Pide Emma. Aunque realmente se trata de una orden, porque antes de que la alcaldesa pueda responder, un recuerdo se proyecta en su vínculo y la arrastra sin compasión.
Chapter 76: 75
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“¿Qué está pasando…?” inquiere Regina girando sobre sus talones.
“Es mi turno de ser vulnerable…” musita la voz de Emma, aunque la salvadora no aparece por ninguna parte.
Regina está sola, es de noche y su boca parece un desierto, su cabeza palpita y su estómago está listo para vomitar. Tiene una considerable resaca pero aún es capaz de reconocer que ese no es su cuarto.
Está en los recuerdos de Emma, viviéndolos a través de sus ojos. Sin que pueda hacer nada al respecto, la escena avanza y ella va al baño a tomar una aspirina y beber agua directamente del grifo. Como los animales.
“¡Eh!” exclama Emma a través del vínculo.
Pero Regina no responde, solo espera. El suelo se mueve y vuelven a tumbarse, hay que intentar dormir unas horas más. Pero su mente está demasiado inquieta para permitírselo, no deja de recordar una y otra vez que Regina ha admitido que se le escapan miraditas. Y ha ligado con ella. La emoción estruja sus tripas hasta convertirse en nervios y dudas. ¿Y si solo estaba siendo amable? ¿Y si quiso salvarla de su propio bochorno fingiendo que ella también la miraba?
¿Cómo de triste sería pensar que quizás Regina también sienta algo más que atracción por ella y en realidad todo sea compasión y lástima?
Vuelve a la cama y tapa su cabeza con la almohada en un grito silencioso. Se mueve de un extremo a otro sin descanso. Dando por hecho que no hay nada, que hay todo, que hay algo, pero no lo suficiente. Y su cabeza empieza a dolerle cada vez más.
Como puede ser tan estúpida como para haberse pillado de Regina. Sin lugar a duda, la alcaldesa tendrá cosas mejores que hacer que fijarse en la desastrosa Salvadora.
Al menos ahora su secreto está a salvo. Si su cabeza vuelve a estallar de nervios cuando Regina le toque la mano, frunza el ceño en ese gesto tan adorable o su voz suene con ese irresistible ronroneo, podrá cantar con libertad y la alcaldesa sólo pensará que es una mirona incontrolable.
No está segura de que sea una gran solución, pero tendrá que valer...
De golpe, Regina vuelve a estar en la linde de la ciudad, pero hay dos butacas y ella misma está sentada en una de ellas. Una vez más, siente que se mueve sin control y atraviesa la barrera mágica. Trata de resistirse, pero ella no tiene voz ni voto. Este recuerdo no es suyo y ya ha sucedido.
Pasa la barrera y una corriente eléctrica la recorre. Se gira y tras ella no queda nada, ni rastro de las butacas y su otro yo. Solo una carretera y silencio absoluto.
Entra en pánico. Se siente estúpida, todo está bajo control, volverá a atravesar la barrera en cualquier momento. Pero el silencio… ese maldito silencio la carcome por dentro. Se siente sola, confusa y desquiciada. De repente entiende que quizás su plan ha funcionado… y ahora eso le parece un fracaso.
La vibración de su móvil en el bolsillo la trae de vuelta y detiene sus cavilaciones.
Todo vuelve a girar sobre sí mismo, y Regina se encuentra caminando por la ciudad, acompañada de Henry. El pequeño está hablando, pero su voz suena amortiguada. Le gustaría prestarle atención, pero su cabeza está llena de reflexiones que se anteponen unas a otras en un caos inconexo.
“¿Te preocupa algo?” pregunta Henry preocupado.
“¿Una no puede estar un poco más callada y misteriosa de lo habitual sin que sospechen de ella?”
“Supongo que sí.” Responde este con una sonrisa tranquila. El nudo de culpabilidad de su estómago se retuerce aún más. Claro que está preocupada. ¿Pero cómo podría si quiera empezar a explicárselo?
Henry, tu madre y yo compartimos una sola mente si estamos cerca. Henry, llevo dos días enteros conviviendo con ella para buscar una solución. Henry, no hemos logrado solucionar nada, pero hemos estado coqueteando igual que dos babuinos en celo. Henry, creemos que tu otro abuelo es una serpiente traidora que me quería hechizar aunque desconozcamos por qué. Henry, canto baby shark para ocultar mis pensamientos y tu madre piensa que es cuando le miro el culo, pero no. O no solamente. También es cuando agarra mi mano y tiemblo como una hojita, sonríe de felicidad y me estruja el corazón o se peina los mechones rebeldes que se escapan mientras lee muy concentrada. Henry, tu abuela nos interrumpió, despertó los demonios de tu madre y todo se fue a la mierda. Henry, estoy echa un manojo de dudas, y pena y frustración, y no sé qué hacer, pero todo lo que deseo es caminar hasta la mansión de tu madre y echar la puerta abajo si no me abre.
“¡No le he pedido que haga esto!” grita Regina intentando que su voz resuene por encima de los pensamientos que están invadiendo su cabeza y su pecho. Cierra los ojos, pero el recuerdo sigue ahí, frente a ella, presente en su vínculo, no en su realidad. “¡Deténgalo!”
“Regina, tú me has salvado a pesar de todo lo que debías sacrificar… deja que por una vez sea otro quien haga ese sacrificio.”
“No es lo que quiero…” jadea negando con la cabeza.
“Sé cómo funciona esto, lo he vivido en la cripta.” responde Emma. “Puedes alejarte de mis recuerdos cuando lo desees. Detenme. Hasta entonces, seguiré.”
Regina respira cada vez más rápido, más angustiada. Emma tiene razón, puede pararlo, detener la reciprocidad de su conexión y cerrar su mente ahora que el vínculo pende de un hilo. Y debería hacerlo. Una parte de ella desde luego lo desea. Pero permanece, no se aleja, y se odia por hacerlo, pero es incapaz de resistirse. Cada nuevo momento, cada loca cavilación de Emma, cada recuerdo que revive a través de ella es… adictivo.
Teme las consecuencias de sus actos, el castigo que el destino le vaya a reservar, pero se queda.
Y frente a ella aparece el salón de Emma, visto desde su sofá. La cabeza que habita se pregunta dónde estará Regina, qué estará haciendo y, sobre todas las cosas, qué estará pensando. Si pudiera verla tan sólo unos segundos, lo averiguaría con exactitud en un instante, pero la alcaldesa jamás se lo permitiría.
Llevaba días histérica por culpa de su vínculo, por cómo podía destapar sus mayores secretos en cualquier momento. Y ahora estaba histérica pensando en cómo volver a disponer de él. Ridículo…
Regina estaría metida en quién demonios sabía qué y ella estaba en su sofá sentada, mientras los títulos de crédito de una peli pasaban ante sus ojos.
No puede más.
Coge el móvil, lo suelta y lo vuelve a coger. Teclea muy rápido, antes de que se imponga su raciocinio, y le da a enviar: “Ey, ¿estás despierta?”
No hay respuesta, aunque Regina está en línea y sus mensajes aparecen como vistos.
“Regina, sé que me has leído. ¿Podemos hablar?”
Esta vez aparecen los puntos suspensivos y, unos segundos después, su respuesta. “Aún no hay novedades. Le dije que contactaría con usted cuando supiera algo.”
“No es eso de lo que quiero hablar…” comienza a escribir, pero se arrepiente, sabiendo que solo logrará que desaparezca de nuevo. Borra el mensaje y escribe: “Quiero ayudar. Por favor, no me dejes fuera, ¿qué puedo hacer?”
Es un mensaje ambiguo, uno que puede permitir a Regina elegir el camino que prefiera… y por supuesto elige el más indiferente.
“Averigüe cómo se hizo Owen con esa calavera.”
Suspira con resignación y se dispone a responder.
Un salto la lleva directa a la comisaría, justo al despacho de Emma.
Todo estará resuelto… ¿A qué diablos se refiere Regina? No han dado con la solución en días ¿y ahora de repente lo ha descifrado?
Necesita hablar con ella y hacerlo cuanto antes. Los diarios de la corte de Cora están en su maletero, listos para ser devueltos, pero no se decide a conducir hasta el Ayuntamiento. Está segura de que Regina la recibirá, aunque una vez dentro la desuelle sin compasión. Pero nunca haría nada que levantara sospechas y que la sheriff de la ciudad visite la alcaldía entra dentro de sus deberes habituales.
Esa parte del plan está clara. Pero ¿y después? ¿De qué quiere hablar exactamente con ella?
Necesita decirle que no piensa como sus padres, que ellos no ven más allá de su pasado compartido y son incapaces de apreciar la persona en la que se ha convertido. Quiere pedirle disculpas por lo que dijo Snow, aunque Regina no tenga ningún interés en recibirlas y ella quede como una idiota.
Si estuviera segura de que serviría para recuperar esa versión que Regina le mostró durante esos días juntas, iría allí corriendo. Pero esa maldita conversación sólo fue el detonante, la chispa que prendió el fino manto bajo el que escondían todos los problemas que ahora parecen devorarlas.
No importa cuánto lo desee, esas conversaciones con Regina, ese oasis de confidencias, complicidad y risas no era algo que se pudiera sostener por si mismo en el tiempo. No sin abordar todo lo que ambas arrastran. Y, sin embargo, no sabe por dónde empezar.
Tiene miedo. Tanto miedo…
Miedo de perder el mismo vínculo que durante días han intentado aniquilar. Como si con él desapareciera todo lo compartido y Regina pudiera volver a esconderse tras sus muros para siempre.
Es ridículo pensar así, pero no puede evitarlo. Es un hecho que ese hechizo debe terminar. No puede vivir por siempre entrometiéndose en la cabeza de Regina y la alcaldesa en la suya. Pero hay algo diferente entre trabajar juntas o permitir a Regina deshacerse de él. Como si así la alcaldesa renegara de todo lo que esa conexión innegablemente había sacado a la luz.
Aun teme que Regina entienda todo lo que le está escondiendo. Pero de repente es más terrorífico imaginar una vida en la que la distancia entre ellas se imponga como un puente roto imposible de atravesar. Todos esos años ha aprendido a disfrutar de cada nuevo aspecto que descubría de Regina, sumergiéndose lentamente en su perdición. Pero esos dos días han terminado por destruirla del todo.
Entiende por qué le resulta tan sencillo coquetear descaradamente con ella. Es la forma más sencilla de darle a su corazón lo que anhela sin arriesgar a cambio casi nada. Y claro que lo ha disfrutado, claro que tiembla sólo con recordar su mirada desde la encimera de la cocina y la forma en que su voz vibraba al preguntar por su ropa. Pero no dejaba de ser una diversión, nada serio. Y en cuanto surgió la primera complicación, Regina lo desechó como tal. Un juego de niños que no merecía las consecuencias. Y Emma no podía culparla porque eso es a lo que ella misma había reducido todo, ¿no?
Una farsa divertida, excitante y sin complicaciones con la que esconder su mayor secreto. Ese mismo que preferiría gritar a los cuatro vientos, antes que permitir que regresen a esa anodina existencia en la que son dos desconocidas que comparten la custodia de Henry.
Si tiene que elegir, lo tiene claro. Pero aun así su estómago se encoge ante esa perspectiva.
Y quizás por eso aún no ha conducido hasta el Ayuntamiento.
Porque no sabe qué decirle, por dónde empezar, cómo solucionarlo todo, si es que es siquiera una posibilidad…
El estómago de Regina comienza a retorcerse ante tanto salto inconexo. Y, aun así, no se pierde un solo detalle de cada segundo que Emma comparte ante ella. Sus proyecciones son ansiosas, veloces, igual que si temiera que la alcaldesa fuera a huir en cualquier momento y el tiempo corriera en su contra. Pero ella no se aparta de su conexión y está abrumada y sobrepasada, por supuesto que sí, pero no puede echarle la culpa a esas emociones. Se queda porque con cada nuevo recuerdo, necesita más y más.
Emma de repente la lleva a su cuarto, una noche más mirando al techo, buscando la forma de volver a llegar hasta Regina, aterrada por saber que su magia está encadenada. Le escribie un mensaje horas más tarde que la alcaldesa al menos le responde. Suspira aliviada. Regina ha accedido a verla y escuchar su plan…
Y, un pestañeo después se encuentra en el coche patrulla.
Tiene un grimorio entre sus brazos, el mismo que deja abandonado a un lado para coger su móvil. Una emoción casi infantil recorre su cuerpo al comprobar que tiene un mensaje de Regina. Responde dejando que la conversación fluya de un mero e inocente diálogo, hasta un intercambio cada vez más subido de tono que desata sus pulsaciones, su felicidad, sus nervios y… de repente es interrumpida abruptamente por la desagradable aparición de Gold.
En un pestañeo está corriendo fuera de la comisaría y al salir distingue una columna de humo violeta. Su corazón se salta un latido, su mirada se nubla y sube al coche patrulla con tanta prisa que se golpea la cabeza. Pero le da igual. Solo conduce calle arriba hacia el cementerio, saltándose cada semáforo que ve, sus manos temblando sobre el volante, un escalofrío recorriendo su espalda igual que un cuchillo.
Sigue la estela de humo hasta la cripta y cuando grita el nombre de Regina para sus adentros y no recibe ninguna respuesta, siente que podría morir. Baja las escaleras con el arma desenfundada y sus pulsaciones histéricas y desesperadas… Hasta que ve su rostro. Y entonces respira de nuevo, un dolor inhumano y atroz desapareciendo lentamente de su pecho.
Pero nada es tan sencillo.
Comienza a liberarla, pensando en pedir refuerzos, detener a ese maldito psicópata, sacar a Regina de allí cuanto antes y tirar lejos ese odioso brazalete. Pero ella se niega.
Ha estado a punto de perderla. Por un instante creyó que ya lo había hecho. Y ahora Regina le está pidiendo que la deje ahí, a su suerte, sin magia, expuesta a Gold. Y no puede, es incapaz de tolerar siquiera la idea de hacerlo. Racionalmente llega a entender su plan. Claro que lo hace. Si es sincera consigo misma, aceptaría en el acto si los papeles estuvieran intercambiados.
Pero se trata de Regina. De su sacrificio. De exponerse una vez más sólo para salvarla a ella. No puede permitirlo. ¿Cuánto más va a entregar solo porque Emma es incapaz de cuidarse sola? Tienen que buscar otro camino, pero Regina no acepta ningún otro plan. Quiere desenmascarar a Gold y descubrir qué necesita de Emma, y para ello debe ser su cebo. La salvadora le suplica una y otra vez que no lo haga, pero Regina no atiende a razones. Solo acaricia su rostro y le pide que no la saque de allí.
Esa caricia…
Si Regina pretendía convencerla con ese gesto, solo logra destapar todo lo que Emma ha guardado torpemente bajo llave. Una hecatombe descontrolada e inconsciente que le lleva a cometer el peor error de su vida. Robarle un beso a Regina Mills.
Está en el paraíso y el infierno a partes iguales. Jamás se ha sentido tan viva, tan feliz, tan excitada y completa. Es tal la sensación de perfección que casi olvida porqué está devorando a Regina, sentada sobre sus piernas y gimiendo contra su boca. Pero vuelve en sí a tiempo de recordar que necesita salvarla, sacarla de allí, devolverle su magia para que Gold no pueda herirla nunca más.
Y entonces todo se reduce a escombros.
Cae al suelo, no logra su plan y puede ver ante sus ojos como se rompe la confianza de Regina en ella, sustituida por una ira incontrolable que no puede más que asumir.
“Basta…” gime la alcaldesa, sosteniendo su cabeza con ambas manos. “No quiero volver a… no necesito esto, Swan.”
“Sal de mí cuando lo necesites.” Susurra con dulzura.
Y ahí está la clave, el problema. Es incapaz de dar un paso atrás. Necesita que Emma lo haga por ella, porque no lo hará por voluntad propia. No puede negarse a seguir atisbando en la mente de la Salvadora, en sus sentimientos. Y si protesta, si grita contra ello, es por el miedo que atenaza cada centímetro de su cuerpo. Porque con cada nuevo recuerdo las ganas de rugir, de llorar, de dejarse caer al suelo como un muñeco roto se multiplican. El pánico habla por ella, pero la necesidad por Emma es la que le obliga a quedarse.
Esa batalla que se está librando en su interior está devorándolo todo a su paso hasta el punto de temer que, si ve más recuerdos, no quede nada en pie cuando Emma termine.
Y, aun así, no se aleja de su conexión.
Escucha un suspiro. Juraría que nace de los labios de Emma, pero no puede verla. Todo lo que advierte es su cripta desaparecer sólo para sumergirla en una total oscuridad. Sus ojos tardan en acostumbrarse, pero no siente miedo, solo preocupación. Está encogida sobre si misma… dentro del armario de la cripta. En su cabeza, una sola frase se repite como un eco mortecino: Lástima que no pudiera conocer mejor a mi madre, creo que se habrían llevado bien.
Con cada palabra, siente que se le clavan diminutas y afiladas dagas en el pecho. ¿Qué podía responder a eso? Ella no había tratado mucho mejor a Regina de lo que lo había hecho Cora. Había usado contra la alcaldesa algo tan íntimo y vulnerable como lo que fuera que estaba sucediendo entre ellas para tratar de imponer su voluntad. Había jugado sus cartas confiando en que Regina bajaría la guardia para poder… ¿poder qué?
Traicionarla.
Esa era la palabra.
No estaba de acuerdo con el plan de Regina y en lugar de tratar de convencerla o resignarse, la había besado. Había antepuesto su miedo a perderla, a la decisión de Regina. Había pisoteado su voluntad y usado sus sentimientos en su contra. ¿Y con qué autoridad? ¿Salvarla? Como si Regina no fuera perfectamente capaz de salvarse a sí misma y a toda una ciudad con sólo chasquear los dedos. Cuanto más lo piensa, más estúpida se siente.
Se mece levemente contra sus piernas, tratando de dejar la mente en blanco, intentando no impregnar el vínculo con su culpabilidad y el bucle de sus pensamientos. Pero cuesta un mundo cuando cualquier hueco en su cabeza es rápidamente colmado por una nueva avalancha de ira. Cierra los ojos y acepta toda la rabia que advierte, cargándola igual que una penitencia.
Se lo merece. Cada gramo de furia, cada gota de rabia. Lo acepta y carga con ello, sintiéndose tan traidora y miserable como nunca en su vida.
Se abraza las rodillas con más fuerza y cierra los ojos, tan cerca de las lágrimas que, por un momento, siente que cederá.
Hasta que nota una vibración en su pantalón. Y fuera se escucha un grito atronador:
“¡¿Eso es su móvil?!”
La oscuridad permanece, pero esta vez dos voces rompen el silencio. La suya y la de Gold. Los escucha gritar a través de las puertas de caoba. Todo su cuerpo está en tensión, listo para actuar. No quiere adelantarse, no hará nada que haga peligrar el plan de Regina, pero le está costando un mundo no abalanzarse de un salto contra Gold.
Esa serpiente traicionera…
Ha matado, ha engañado, ha tratado de embrujarla y ahora pretende que Regina cargue con todos sus pecados, sabiendo que sus padres le creerán sin objeciones. Y aún se atreve a amenazar a la alcaldesa, que se mantiene firme a pesar de las provocaciones que salen por la boca de ese duende psicópata.
“No te saldrás con la tuya. Ni conmigo, ni con Emma.” Gruñe Regina con firmeza.
La risa de Gold se cuela hasta el armario. “¿Y quién lo va a evitar?”
“Me has contado todo tu plan, ¿de verdad me crees tan inútil?”
“No se trata de tus… capacidades.” Responde con amenazadora calma. “Si no de la magia. Puede que conozcas mis planes, pero eso no será un problema si no puedes contar nada.”
“¿Qué…?” pregunta Regina, su vínculo inundándose de pánico. Emma no ve lo que sucede, pero si el miedo que anega la voz de la alcaldesa. “No lo hagas, Gold. Por favor.”
Seis palabras que caen como una losa sobre ella. No solo por lo que dice, si no por cómo tiembla su voz. Abre los ojos horrorizada, se coloca sobre sus rodillas sin importarle si cruje la madera y espera con todo su cuerpo dolorosamente rígido.
“Me encanta cuando suplicas. Adiós, Regina.”
Gold ni siquiera ha terminado de hablar, cuando Emma ya ha saltado sobre sus talones. El estruendo de las puertas la precede, pero nadie puede pararla. Corre hacia la silla y se estira cuanto es capaz sobre Regina.
Siente un golpe en la espalda y el mundo desaparece. Antes de perder por completo la consciencia escucha un lejano “¡NO!” mientras unos brazos recogen su peso. Y entonces… la nada.
Chapter 77: 76
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Regina toma aire con tanta fuerza que sus pulmones podrían arder. Vuelve a ser dueña de su mente, está de nuevo en la linde de la ciudad y Emma permanece a su vera. No dice nada, pero los ojos claros están clavados en ella, expectantes y vidriosos.
La alcaldesa trata de reconciliar su realidad con los últimos segundos de los recuerdos compartidos. Aún tiene los brazos alzados, como si tuviera que coger el peso muerto de Emma siendo alcanzada por la poción. Pero nada de eso está ocurriendo. Han detenido a Gold, la salvadora ha recuperado su memoria y ella se ha materializado en el límite de la ciudad. Un acto instintivo, casi involuntario, pero supone que muy predecible. O quizás es que Emma la conoce más de lo que es capaz de admitir.
¿Y ahora qué?
Aparta su mirada de los ojos claros en busca de un poco de calma, pero no funciona. Su mente trata de asentar todo lo que ha vivido. Su corazón ni siquiera lo intenta. Antes de ver a través de los ojos de Emma, era un mar de confusión. Ahora un océano.
Advierte la mirada de la Salvadora, reclamándola con una mal disimulada impaciencia. Pero no sabe qué decir, qué hacer. La agonía de ver a Emma saltar sobre ella aún está reverberando en su pecho y esa es solo la punta de un iceberg tan descomunal que podría hundirse solo con dar un paso.
Debió huir cuando tuvo ocasión, atravesar la linde o simplemente empujar a Emma fuera de su cabeza. Pero se quedó y ahora está pagando unas consecuencias para las que no está preparada. Quiere llorar, quiere gritar, quiere rendirse y, quizás lo peor de todo, quiere abrazar a la Salvadora. Pero no lo hace, no se mueve del sitio, y solo cierra los ojos durante un par de segundos.
“No tenías por qué hac…” Es lo primero que acude a sus labios.
Emma la interrumpe ansiosa. “Quería hacerlo.” Dice apresurada, antes de añadir: “Te lo debía. Y quería hacerlo.”
“¿Por qué?” pregunta con la voz húmeda y tantas dudas revoloteándole que es incapaz de concretar más. Por qué todo. Por qué querría exponerse así a ella. Por qué arriesgó su vida. Por qué la traicionó. Por qué ha conducido como una kamikaze para asegurarse de que no deshacía ese vínculo.
Pero no las hace. No hace ninguna pregunta. Porque teme las respuestas… porque teme que todas tengan la misma respuesta. Y su mente se descompone en mil histéricos y destrozados pedacitos con tan solo atreverse a pensar en ello.
“Porque no espero que me perdones, no me lo merezco. Pero si hay aunque sea la más mínima posibilidad de evitar que me odies para toda la vida tenía que intentarlo.”
“No te odio…” gime, respirando con fuerza. “Por eso duele tanto.”
Emma aprieta los labios y Regina no necesita respuesta alguna para saber que le ha escuchado.
“Lo siento tanto.” Murmura la Salvadora. Mantiene su forzada quietud, respetando la distancia que Regina ha marcado, pero la alcaldesa está segura de que esa contención tiene los minutos contados. Y no quiere arriesgarse a que eso llegue a ocurrir. Si no es capaz de gestionar lo sucedido, la sola idea de hacerlo con Emma cerca hace que su respiración vuelva a fallar.
Humedece sus labios, mira a ninguna parte ganando algo de tiempo y finalmente susurra: “No vuelva a hacerlo. Ni traicionarme ni jugarse la vida como una maldita insensata.”
Emma se encoge de hombros y una diminuta y culpable sonrisa se cuela en sus labios. “Solo puedo prometerte lo primero.”
“Miss Swan…” responde virando los ojos. Pero, tras su exasperación, hay un toque de diversión que no consigue retener.
“Si contamos el número de veces que una de las dos se ha sacrificado por la otra, no soy yo la que se lleva el oro.”
“Supongo…” admite con desgana, chasqueando la lengua. “Pero al menos yo sé lo que me hago.”
“¡Eh!” exclama tan indignada que la sonrisa de Regina termina por escapar. Emma sonríe con ella y las miradas se enclavan durante más tiempo del que la alcaldesa se puede permitir. Rompe el contacto visual con una tosecilla y vuelve a notar esa imperiosa necesidad de acercarse que parece emanar directamente del cuerpo de la salvadora. Da medio paso atrás y el gesto de Emma cambia ante sus ojos. “¿Vas a cruzar?”
“¿Por qué le importa tanto?”
“Porque creo que esta pesadilla…” musita tocándose la sien. “…me gusta.”
“Los rumores sobre su masoquismo eran ciertos…”
“Supongo.” Dice encogiéndose de hombros. “O quizás es porque me gusta estar unida a ti.”
“Miss Swan, está diciendo tonterías…”
“¿Por qué no has cruzado nada más llegar?”
“Al contrario que a usted, me gusta meditar las cosas.”
“Regina…” farfulla con gesto escéptico. “Sé que empezó siendo una auténtica pesadilla, pero ahora estás a salvo de mis intromisiones mentales.” Murmura antes de cerrar la boca y añadir: “Y sólo escucharé aquello que quieras decirme.”
“¿Y si no quiero decirle nada?”
“Pues hablaré solo yo.”
“Hace que suene cada vez mejor.”
“Pero dudo que eso sea cierto…”
Las palabras de Emma golpean diferente cuando se cuelan directas en su mente. Sea consciente o no, vibran con muchas más emociones de las que su voz es capaz de transmitir y la sacuden por completo.
Baila sobre sus talones, sus ojos de nuevo al suelo. “Hay demasiado en juego. Yo no…”
“Regina…” susurra, cumpliendo sus peores temores y recorriendo con cautela algo más de medio metro.
“No puedo hacer esto, Emma.” Eleva sus manos, convertidas en una barrera infranqueable que en realidad amenaza con resquebrajarse en cualquier momento. Como su dueña. “Ahora mismo no puedo afrontar nada más.”
Emma se detiene a dos pasos de ella. “No tomes esa decisión.” Suplica. “No hoy.”
Muerde su labio inferior y niega con la cabeza. “No puedo prometer nada.”
“Al menos… al menos avísame si decides cruzar.”
“Yo…”
“Por favor.”
“Lo intentaré.”
Emma sabe que es cuanto le puede ofrecer. O al menos es lo que Regina cree leer en sus ojos. Y no pide más, algo que le agradece en silencio antes de desaparecer.
Chapter 78: 77
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Tres días sin noticias de Regina. Cuatro si cuenta el día en que detuvieron a Gold. Más de 72 horas.
Está a punto de explotar.
Figurada y literalmente.
Su pie lleva un ritmo frenético contra el suelo. Su mano derecha otro distinto pero igual de impaciente sobre la mesa de su escritorio. Y se está mordiendo las uñas de la izquierda.
Pensó que trabajar la ayudaría a distraerse. Pensó mal. Estar en la comisaría no sirve de nada. Cada vez que mira a Gold, blasfemando desde su celda, todo lo ocurrido regresa a ella. Es curioso cómo, a pesar del tiempo transcurrido, no han mermado las ganas que tiene de darle un puñetazo en su soberbia cara.
Ni siquiera le importa que intentara quitarle la magia. Ese sucio usurero sabía dónde dar. Emma había fantaseado varias veces con cómo sería su vida sin esa parte de ella con la que aún no se ha reconciliado. La magia continua siendo algo tan ajeno a ella a pesar de ser consciente de su poder, que no le molesta especialmente imaginarse a Gold con su cazadora roja recogiendo el testigo de Salvadora. No pensaba consentirlo, en cualquiera de los escenarios posibles estaba segura de que acabaría siendo una mala idea, pero era un escenario con el que podía convivir sin que su cabeza ardiera de rabia.
Pero era muy distinto cuando recordaba cómo retorció los hilos para poner a todos contra Regina. Bueno, quizás todos, todos, no. Solo a sus padres. Pero si se hubiera salido con la suya, si hubiera manipulado sus recuerdos... Cada vez que se acuerda, su mano vuelve a cerrarse en forma de puño. Y si piensa en Regina, retenida en la cripta, a su merced...
No definitivamente ir a trabajar no había sido una buena idea.
El ritmo de su mano y de su pie se recrudece y trata de dejar la mente en blanco. Pero no funciona.
Está todo tan silencioso ahí arriba, tan vacío, que no puede ni imaginar que a partir de ahora vaya a ser siempre así. Con tan solo su voz desvariando en soledad, sin las intromisiones mordaces y tentadoras de la alcaldesa. Lleva tres días, o cuatro, o los que sean, sin escucharla y parece que haya pasado una eternidad. Regina necesita su tiempo, se repite una y otra vez. Tiene que respetarlo, se lo debe. Pero si los días siguen sumándose va a volverse loca.
Agarra su cabeza con ambas manos, cierra los ojos y lo intenta una vez más. Pero nada.
Está demasiado inquieta, demasiado preocupada, demasiado triste para abstraerse. Tanto que, cuando Snow deja un café sobre su mesa casi acaba derramado por todo el teclado con el chillido que pega.
"¡Emma!" exclama su madre poniéndose la mano en el pecho. "Lo siento, no pretendía asustarte."
"No, no es culpa tuya. Estaba... despistada."
"¿Todo bien?"
"Super bien." Sonríe mintiendo como una bellaca. "¿Has venido a hacernos una visita?"
"Algo así..." responde encogiéndose de hombros y acercándole otro café a David. "¿Ya es la hora?"
"Faltan un par de minutos." Dice su padre dándole un sorbo a su bebida. "Ups, quema."
"¿Un par de minutos para qué?" insiste Emma incómoda.
"Oh, mira. Ahí está, siempre puntual." Cabecea su padre hacia las puertas de cristal de la comisaría. Y, tras ellas, Regina.
Su cuello se tensa, un escalofrío la recorre por entero y la saliva de su boca desaparece.
"¿Qué está pasando?" pregunta automáticamente, mirando a su madre.
"Nada, ahora os contamos." Es toda la respuesta que obtiene y se imagina a sí misma agarrando del cuello de la camisa a su madre y agitándola hasta arrancarle una explicación. Pero esa fantasía permanece en su mente y ella en su silla, paralizada, siguiendo con la mirada los pasos firmes y decididos de la alcaldesa, que la conducen hasta ellos.
Duda, por un momento duda, traga hondo y vuelve a dudar. Pero al final se atreve, las ganas corroyéndola por dentro, y, cuando está a unos pocos metros de ellos, piensa alto y claro: "¿Regina...?"
No hay respuesta alguna.
Chapter 79: 78
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“¡¿Regina…?!” repite, la desesperación consumiéndola hasta humedecer sus ojos.
La alcaldesa recorre los últimos metros quitándose su chaqueta y doblándola cuidadosa sobre su brazo antes de pronunciar un genérico: “Buenos días.”
“Dime que no has…” gime Emma desde su escritorio pero clavándole la mirada con un gesto tan nervioso que roza la demencia.
Sus padres responden al saludo, pero no la Salvadora, que parece detenida en el tiempo, como una estatua.
“Tranquilícese, Miss Swan. Sigo aquí. Solo quería evitar que su madre…”
“¿Ya estáis haciendo eso de la telepatía?” pregunta Snow observándolas alternativamente cuando Emma no abre la boca.
“…Empezase con las preguntitas.” suspira mentalmente, antes de dirigirse a Snow y contestar con educación. “Algo así.”
“¿Y hasta cuándo va a durar?” pregunta David.
“Eso me pregunto yo…” canturrea Emma.
“¿Puede detenerse? ¿Al menos hasta que averigüe para qué demonios he venido aquí?”
“¿Tú tampoco lo sabes?”
“¡Miss Swan!” exclama, esta vez dirigiéndole una reprimenda en forma de mirada. Pero Emma está tan radiante y aliviada de volver a tenerla metida en su cabeza, que de poco sirve.
“Ya estáis de nuevo…” murmura Snow en una pregunta a medias, entrecerrando los ojos.
“Tengo poco tiempo. ¿Podemos resolver qué hemos venido a hacer aquí?” solicita Regina, zanjando la conversación y dejando su chaqueta sobre la primera mesa que encuentra.
“Sí, claro, claro.” Contesta David, rascándose la nuca y concediéndose unos segundos antes de retomar su respuesta. “Te hemos llamado porque… bueno, Snow y yo hemos considerado que quizás querrías dirigir la fase de instrucción para el juicio de Gold.”
Emma frunce el ceño y frente a ella Regina abre los ojos en una expresión neutra y comedida.
“¿Yo?”
“Sí, bueno, tienes experiencia como magistrada en el Ayuntamiento y…” responde Snow intentando sonreír y hablar con una amabilidad que brota con cierta torpeza.
“¿…Y queréis que os haga el trabajo sucio?” Termina por ella Regina cruzándose de brazos y elevando una ceja.
“¿Qué?” pregunta Snow con pánico. “No, no, no es eso. Para nada, por supuesto que no…”
“¿Te estás riendo de ellos, verdad?”
“Culpable.” Musita antes de dejar escapar una diminuta sonrisa misericordiosa. “Estoy bromeando, Snow.”
Su madre se lleva la mano al pecho con un suspiro de alivio, pero el ceño fruncido. “Muy gracioso.”
“Agradezco la oferta y la confianza.” Contesta Regina antes de añadir. “Y sobre todo la ofrenda de paz.”
“Es lo menos que podemos hacer… después de desconfiar de ti mientras salvabas a Emma.” Dice Snow dejando entrever esa culpabilidad casi tangible con la que sus padres llevan días cargando. Emma no disfruta viéndolos sufrir. O quizás un poco. Pero sí agradece esa faceta más humana y dispuesta de ellos.
“Sin embargo, no creo que sea buena idea.” Responde Regina. “Estoy demasiado implicada en este caso como para que pueda considerárseme una autoridad imparcial. Además, estoy segura de que basará toda su defensa en seguir yendo contra mí.”
“Seguramente…” masculla Emma, sus ojos perdiéndose en el fondo de la comisaría, donde comienzan las celdas.
“Conmigo al frente, sería complicado garantizar un juicio justo. Y cualquier abogado de tres al cuarto podría pedir la nulidad por vulneración del derecho a un proceso con todas las garantías.”
“Ya suenas como toda una jueza…”
“Miss Swan…”
“Oh.” Suspira Snow decepcionada. “¿Entonces…?”
“Os prepararé un listado con varios posibles candidatos. Personas de confianza, con experiencia y capaces. Tengo un par de trabajadores del Ayuntamiento en mente y seguro que puedo pensar en más nombres. Después lo dejo a vuestra elección como departamento del sheriff.”
“Muchas gracias, Regina.” Responde Snow y Emma daría su brazo izquierdo por haber hecho una foto al rostro de su madre. Es la primera vez que ve esa mirada. Al menos dirigida a Regina. Sin reticencias, sin sospechas, sin recelo. Solo un tranquilo y sincero agradecimiento.
Sonríe eufórica, aliviada, orgullosa y su sonrisa se congela en un gesto de auténtico pánico cuando la voz de la alcaldesa irrumpe en su cabeza: “¿Podemos hablar?”
“¡Claro que sí!” exclama poniéndose en pie y, por un momento, teme haberlo gritando en voz alta. El gesto de Regina, entre la broma y la riña, desata su verborrea: “Quiero decir, por supuesto, sí quieres…”
“¿Otra vez con eso…?” interviene Snow.
“¿Un poco de discreción sería mucho pedir…?”
“Perdón.” Susurra Emma antes de dirigirse a sus padres. “Es que es involuntario.”
“Ya…” musita Snow con escasa credulidad.
“Si hemos acabado aquí, me pondré en contacto con ustedes cuando tenga la lista de candidatos.”
“Perfecto, gracias, Regina.” Dice David.
“Encantada.” Y a pesar de la sobriedad de su voz y de la rectitud de su postura, esa sola palabra vibra con un reconocimiento que, Emma está convencida, todos han apreciado. Vuelve a sonreír imaginando que después de todo ese infierno, quizás esté viviendo el principio de un alto al fuego permanente y el comienzo de una buena relación entre ellos. “Vamos hablando. Tened un buen día.” Añade antes de recoger su chaqueta y volver tras sus pasos.
Emma la sigue con la mirada, decidiendo si salir tras ella como un corderillo persiguiendo a su pastor o esperar unos segundos. Finalmente, vence la opción del corderillo.
“Voy a salir.” Anuncia apagando su ordenador y recogiendo sus cosas de la mesa de un solo y acelerado barrido.
“Ya imaginaba.” Es cuanto responde Snow. “¿Va a durar mucho eso de…?” pregunta señalándose la sien.
“Quién sabe. La magia es impredecible.” Dice encogiéndose de hombros dirigiéndose a la puerta. “¿Me necesitáis para alguna otra cosa…?”
“No…” contesta su madre con una mirada que Emma se niega a intentar descifrar. “Nos vemos luego.”
“Claro, hasta ahora.” Sonríe con cierto aturdimiento, antes de cerrar la puerta tras de sí. Sus padres agitan su mano tras el cristal y, mirando sus caras, su instinto le dice que no le gustaría mucho poder leer los pensamientos de sus progenitores en ese momento. O quizás está todo en su cabeza…
En cualquier caso, qué más da.
Se gira sobre sus talones, sus piernas temblando, sus ojos oteando todo el aparcamiento ansiosos. Y allí, junto a su mercedes, está Regina, apoyada en su capó, las manos metidas en los bolsillos y los ojos miel clavados en ella.
No, no le importa en absoluto lo que piensen sus padres.
Solo necesita saber qué piensa Regina.
Chapter 80: 79
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Comienza a caminar y se da cuenta de que ha olvidado cómo se hacía. Intenta no acelerar sus pasos, no parecer ansiosa, pero eso provoca que sus movimientos se vuelvan un tanto robóticos, más artificiales. Trata de mantener el ritmo para volver a andar con soltura, buscando algo de naturalidad, pero sus zancadas son cada vez más erráticas y no puede creer que esté haciendo el ridículo con su forma de caminar.
Algo que lleva haciendo ¿qué? ¿Más de 30 años?
Y ahora que se acerca a Regina es como si fuese un bebé comenzando a dar sus primeros pasitos. Se concentra, aterrada ante la idea de acabar cayéndose igual que un infante sobre Regina, y reduce la velocidad de sus pasos cuanto más se acerca a ella. Por precaución.
"¿Todo bien?" pregunta la alcaldesa, aún apoyada contra el coche.
"Claro." Miente la Salvadora, deteniéndose, intentando que su cuerpo adopte una postura distendida y fallando estrepitosamente. La ceja de Regina se alza cuando Emma se balancea de una pierna a otra y sus brazos no se deciden a descansar en su cintura o en los bolsillos de su vaquero.
"¿Seguro?"
"Soy un flan, Regina." Admite agarrándose el puente de su nariz. "No literalmente, no me..."
"La he entendido." La interrumpe con clemencia.
"No sé si debería preocuparme que continúes sin tutearme o..."
"Pensaba que te gustaba." Responde con media sonrisa y los pulmones de Emma crecen con una respiración tan profunda que su pecho duele.
"Tiene su aquel." Admite torciendo el rostro. "Pero prefiero esto."
"Supongo que es algo que puedo concederte." Dice encogiéndose de hombros.
"Vale..." suspira con una media sonrisa similar a la suya, antes de acumular fuerzas para continuar hablando. Teme esa conversación tanto como la desea y cuesta aceptar que ha de enfrentarla sin saber si será el fin o el comienzo de algo. "¿Cómo has estado?"
"Han sido unos días raros." Dice recuperando ese tono neutral insondable. "¿Y tú?"
Suspira y hace suyas esas mismas palabras. "Han sido unos días raros..."
"Ya..." murmura Regina bajando la mirada hasta la punta de sus pies. Cuando vuelve a hablar lo hace mirando hacia el horizonte del aparcamiento. "Gracias por respetar mi espacio."
"No ha sido nada." Responde automáticamente, la sinceridad brillando por su ausencia.
"Imagino que no ha sido la situación ideal. De verdad que lo aprecio." Insiste esta vez devolviéndole la mirada y obligándola a tragar hondo antes de responder.
"Gracias." Murmura.
"Solo una duda." Dice rebuscando en el bolsillo de la chaqueta y sacando una bolsa de frutos secos. "¿Le pediste a Ruby que dejara esto en la bolsa de mi almuerzo?"
La sonrisa de Emma se congela al ver la pequeña bolsa de cacahuetes con una nota pegada escrita a mano: Si me necesitas...
"¿Me he pasado?"
Regina niega con la cabeza. "Me hizo gracia. ¿Ruby no preguntó al respecto?"
"Creo que no le tiene mucha fe a mi juicio. O quizás está tan mal como yo y le pareció de lo más normal."
"Ya..." responde Regina de nuevo, mirando la bolsa un instante antes de guardársela en el bolsillo. "Emma, yo..."
"Antes de que digas nada, déjame hablar." La interrumpe, aterrorizada ante lo que vaya a salir de su boca. No sabe si la decisión está tomada. Quizás incluso necesite más tiempo y sus padres hayan interrumpido su periodo de reflexión citándola en la comisaría. Pero sea cual sea la situación, no desaprovechará ese momento.
"Adelante."
La sencillez con la que Regina claudica le preocupa y emociona a partes iguales, pero intenta tranquilizarse, ordenar sus pensamientos y concentrarse en no estropearlo. Otra vez.
"Si quieres romper el vínculo, lo respetaré, no voy a detenerte. Pero creo que sería un error. Un gran error. Soy consciente de que es una locura, pero me encanta compartir mi cabeza contigo. Estos días alejadas han sido vacíos y silenciosos y la sola idea de mantenernos así me parece una tortura." Habla tan acelerada que, con la última palabra, tiene que coger aire antes de continuar. "Sé que tener esté puente entre nuestras mentes es raro... como mínimo. Pero cada día que pasa forma más parte de mí y no quiero renunciar a él."
Regina es una audiencia silenciosa e impertérrita. Su gesto no refleja nada, sólo una neutralidad serena y reservada. Por un momento, fantasea con esos primeros días en los que cada pensamiento de la alcaldesa estaba abierto a ella sin muros que los detuvieran. Lo que daría por saber qué demonios está pensando... Pero, por lo que parece, no tiene intención de interrumpirla, así que Emma se ve abocada a una incontrolable verborrea producto de sus nervios fuera de sí y de las dudas que golpean su cabeza de un lado a otro.
"Prometo no invadirte ni molestarte. Y me callaré siempre que estés harta de mis divagaciones. Seré como un walkie talkie apagado si me lo pides." Continúa hablando sin tener claro cuál es su destino final, solo dejando que cada inquietud que se cruza por su mente salga sin filtro alguno, aun cuando quizás debería cerrar la boca de una vez. "Además, hay tanto que podríamos hacer con él. En serio, puede ser muy útil y..."
"¿Para qué?" La voz de Regina se cuela entre su desbocada chachara con un sosegado susurro.
"¿Para qué?" repite Emma, desprevenida. Esa versión imperturbable de la alcaldesa asiente y la Salvadora se repite para sí la pregunta, intentando construir una respuesta que justifique su último desvarío. "Bueno, parece que los peligros nunca se acaben en esta ciudad y es una herramienta muy útil poder enfrentar amenazas coordinándonos sin que puedan adivinar nuestro próximo movimiento."
"Ese es sólo un uso." Ni una sola emoción. Ni una mínima pista. Para bien o para mal. Nada.
"Bueno, pero de una utilidad enorme." Responde con una sonrisa torpe que, para su sorpresa, Regina corresponde con otra pequeñita y más socarrona. "Además podría cantarte baby shark siempre que lo quisieras." Bromea alentada por el cambio de su gesto. Los ojos miel se entrecierran, la sonrisa desaparece y Emma recula rápidamente. "O no volver a cantarla jamás."
"Gracias."
"Y podríamos compartir otros recuerdos..." murmura sin demasiada seguridad.
"¿Más recuerdos?"
"Sí... Desde aquella mañana no he dejado de darle vueltas."
"Continúa." Otra vez esa tibieza insondable que agarrota su cuerpo por culpa de los nervios.
"Hay cosas que me gustaría mostrarte. Y otras que me encantaría ver." Responde con una simpleza que se gana otro silencio perenne. "Ya, ejemplos, ¿no?" pregunta, mientras Regina eleva una ceja. "Yo... recordé cuando hablaste de Henry y cómo era al constiparse, y, bueno, me he perdido tantos instantes como ese que, no sé... pensé que igual te gustaría revivirlos conmigo a través del vínculo."
La alcaldesa llena sus pulmones antes de dejar escapar un dulce: "Oh."
Y, en medio de esa comedida y controlada tranquilidad, Emma siente que ese suave Oh es la puerta a mucho más. Así que no se detiene.
"A cambio yo podría mostrarte otros recuerdos. Momentos que quizás, desde mi perspectiva, te muestren algo inesperado."
"¿Cómo por ejemplo...?"
"La noche en que nos conocimos."
"¿Cómo podría eso...?" comienza a preguntar, hasta que la Salvadora la interrumpe con una definida y meticulosa proyección de todo lo que cruzó por su cabeza mientras bajaba del escarabajo y caminaba hacia la mansión por primera vez. "¡Emma!" exclama cuando su rostro se tiñe de un marcado rojo carmesí.
"En mi defensa he de decir que llevaba horas de viaje en coche, estaba cansada y pensaba que me recibiría una malvada y decrépita mujer." Responde elevando sus manos con inocencia. "Era muy tarde, habían sucedido muchas cosas y no me quedaban energías suficientes como para que mis pensamientos pasasen por el debido filtro."
"No, desde luego que no. Cero filtro." Reafirma Regina, removiéndose sobre el improvisado asiento en el que se ha convertido el capó de su coche. Emma no puede evitar sonreír al ver como el color en las mejillas de la alcaldesa se diluye muy lentamente. "Quizás así también pueda averiguar por qué recibía a sus visitas en ropa interior."
"Eso no fue exactamente así." Protesta ultrajada.
"Emma, estabas en braguitas y camiseta interior. Es exactamente así."
"Y me miraste." Responde encantada cruzándose de brazos.
"Yo no..." Empieza a hablar, pero el color regresa a sus mejillas, y necesita carraspear antes de continuar: "No daba crédito, así que tuve que confirmar que no estuviera alucinando."
"¿Ah, sí? ¿Y por qué no me muestras ese recuerdo...?"
Los ojos de Regina se abren y traga hondo, antes de recomponerse con toda la dignidad que le queda. "Te recuerdo que eras tú quien tenía que convencerme de que ese uso sería interesante."
"Está bien, está bien..." sonríe Emma con diversión, antes de coger aire y tomar una decisión. La de ir a por todas. Apostar cuanto sea necesario con tal de preservar ese vínculo y todo lo que significa para ella. "También podría mostrarte el pánico que a veces he pasado..." susurra mientras la imagen de una muchedumbre enfurecida rodeando a Regina en la puerta de su casa se esboza en su mente, seguida de otra en la que un espectro convocado por Gold ataca a Regina en su celda, y, acto seguido, están en Nunca Jamás, apuntando a Campanilla con sus armas, preguntándole qué ha hecho con la alcaldesa. "...La felicidad..." murmura al ver como frente a ella Regina ha cerrado los ojos y contenido la respiración. Lo toma como una señal para continuar y le muestra el preciso instante en el que Snow y ella regresaron del Bosque Encantado a través del pozo gracias al sacrificio de Regina, quien le sonrió con un cariñoso Bienvenida. Y, antes de que pueda decir nada, añade: "...O la admiración que he sentido."
Esta vez se concentra en mostrarle un momento muy concreto. En las minas. Con Regina reteniendo la magia del pulsador que destruiría toda la ciudad. Sacrificándose para concederles tiempo a huir. Demostrando su auténtica naturaleza. Más allá de alcaldesas déspotas o reinas malvadas, lejos de esas fachadas bajo control, esa era la verdadera Regina. Una mujer capaz de proteger a otros por encima de su propia seguridad. Dispuesta a ofrecer su propia vida si con ello salvaba a quienes quería. Alguien para quien el poder y la magia no tenían sentido si no eran para cuidar de los suyos.
"Creo que idealiza un poco los hechos..." suspira Regina con un sollozo a punto de nacer de su garganta.
Emma niega con la cabeza, dejando su vínculo en un ceremonioso silencio en el que aún reverberan los ecos de las emociones que esos recuerdos siguen despertando en ella. "Para nada." Objeta, antes de pensar: "Esa eres tú." Los ojos de Regina, brillantes y temblorosos, se cruzan con los suyos en cuanto esas tres palabras atraviesan el vínculo. Emma, tratando de concederle una tregua, añade con media sonrisa: "También tengo muchos recuerdos en los que me sacas de quicio."
Regina niega con la cabeza, su mirada, vidriosa, suspendida en el aire, la punta de su lengua humedeciendo su labio superior, y una carcajada a medio escapar. "Eso sí me encaja."
"¿Y mantener el vínculo?" pregunta, incapaz de contenerse más. "¿Eso te encajaría?"
Regina no responde al instante. Y los segundos de silencio que siguen a su pregunta se vuelven una inaguantable eternidad. Emma baila de un pie a otro hasta que la alcaldesa le devuelve la mirada y suspira:
"¿Eres consciente de lo delicado que es ese último resquicio?"
"Estoy dispuesta a no volver a salir de Storybrooke si es necesario."
"Existen mundos con magia, no todo es este inhóspito planeta sin vidilla."
"Pues viajaré ahí en verano. Siempre he querido conocer Agrabah."
Regina eleva una ceja, tranquila: "¿Tienes respuesta para todo?"
"Son los nervios." Admite con rotundidad.
La alcaldesa niega con diversión, poniendo los ojos en blanco. "¿Ya has acabado con tu argumentario?"
"Depende, ¿te he convencido?"
"Emma..."
"No me gusta cómo suena eso."
"¡Si solo he dicho tu nombre!"
"Ya, ya... son los nervios." Repite frotando su frente. "Me callo, continúa."
La alcaldesa se aleja del capó del coche antes de empezar a hablar: "He estado pensando desde que nos separamos en la línea de la ciudad." Dice con la misma calma insondable, que obliga a Emma a frotar sus manos entre sí y apretar los labios para no hablar. "Resiste." Pide Regina con una mirada severa y burlona al mismo tiempo.
"Cuesta..."
"No sé si esto es lo que yo llamaría resistir..." farfulla sacando las manos de sus bolsillos para cruzarse de brazos. La Salvadora vuelve a bailar de un pie a otro y, aunque está callada, advierte como sus movimientos están desquiciando a Regina igual que si abriera la boca. Tanto que termina resoplando con agotamiento: "Emma, no quiero deshacer el vínculo."
"Ah."
