Chapter Text
Terremoto
El salón estaba abarrotado. Las copas chocaban una y otra vez, los meser os servían a los comensales mientras otros salían de la cocina con bandejas humeantes. El aire estaba impregnado por el aroma de vino, carne asada y perfume caro.
En un rincón, Piper y Phoebe conversaban sobre lo ocurrido en la mañana.
-No puedes seguir molesta, tienes que hablar con Paige y arreglar las cosas. Y con Prue... sabes que tiene razón en lo que dice -expresó Piper, moviendo las manos con énfasis.
-¿Por qué siempre estás de su lado? -replicó Phoebe, cruzándose de brazos.
-No estoy del lado de nadie, solo del lado de la razón. No puedes simplemente acercarte a desconocidos e irte con ellos. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo para que lo entiendas? ¡Pudo ser un demonio! -susurró Piper, tensa.
-No lo era. Puedes confiar en mi juicio -dijo Phoebe con convicción-. Hablaré con Paige, arreglaremos las cosas. Ella tendrá que disculparse... y yo también lo haré. Y respecto a Prue...
-Tiene razón -la interrumpió Piper con firmeza-. Estamos endeudadas, Phoebe, y ella es la que va a pagar tu deuda. Ni siquiera estás asumiendo tu responsabilidad.
Phoebe no respondió. Se quedó callada, frustrada y avergonzada, sabiendo que Piper tenía razón. Finalmente, se alejó en silencio, mientras Piper negaba con la cabeza y se dirigía hacia la cocina.
Phoebe pasó por el bar y notó a un fotógrafo que reconoció de inmediato. Se acercó con una sonrisa.
-Disculpe... ¿es usted Stefan?
Stefan interrumpió su charla con la mujer que estaba a su lado y la miró.
-Lo siento, ¿nos conocemos? -preguntó con una sonrisa curiosa.
-Oh, no. Soy admiradora de su trabajo. Es un artista muy talentoso -respondió Phoebe, sonriendo y mirando de reojo a la mujer junto a él.
-No lo creo, pero siempre acepto los halagos de una mujer hermosa -comentó Stefan, divertido.
-Su novia apreciará el cumplido -replicó Phoebe, con una sonrisa traviesa.
-Ella no es mi novia -susurró él, inclinándose un poco hacia Phoebe. La mujer a su lado se notó incómoda y molesta.
-Entonces, ¿por qué susurra? -dijo Phoebe, arqueando una ceja.
-Disculpa -murmuró la mujer antes de levantarse y alejarse.
Stefan la siguió con la mirada, y Phoebe sintió que tal vez había metido la pata.
-Creo que será mejor que me vaya. Fue un placer conocerlo -dijo ella, dando un paso atrás.
-Espera -la llamó Stefan-. Estaré aquí unos días haciendo un estudio fotográfico. -Sacó un bolígrafo, escribió una dirección en una servilleta y se la entregó-. Si te interesa, te espero.
Phoebe la tomó encantada.
-Me encantaría fotografiarte... ¿eres modelo, verdad? -preguntó él, mirándola con interés.
-En mis sueños -respondió ella con una sonrisa, alejándose mientras observaba la servilleta entre sus dedos.
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Casa De Subastas De Buckland
Prue no podía creer su mala suerte: su potencial jefe era el mismo hombre del ascensor. Ahora estaba sentada frente a su escritorio, esperando ser entrevistada y obtener el empleo.
-¿Cuántas exhibiciones has organizado? -preguntó él, mirando los papeles.
-Siete, incluyendo la de Clarton. Está en mi currículum -explicó Prue.
Rex dejó los documentos sobre la mesa, impresionado.
-Franklin Clarton. Importante. Buen trabajo -dijo, recostándose en la silla.
-Bueno, soy una persona persistente. Siempre consigo lo que quiero -respondió Prue con una leve sonrisa.
-Umm, es una pena que, como dijiste en el ascensor, no seas apta para este trabajo - comentó rex observandola .
-Esa era una conversación privada -replicó, molesta. Tomó su bolso y se puso de pie-. Usted me llamó, yo no se lo pedí. Además, creo que es totalmente injusto que escuche una conversación privada y se base en lo que cree haber oído -concluyó con voz firme.
-Disculpa, soy nuevo en todo esto -dijo Rex, levantándose y extendiendo los brazos para mostrar la oficina-. Acabo de heredar la casa de mi padre, y la cuido mucho. -Se acercó a ella, apoyándose en el escritorio-. Pero me encantó lo que hiciste en el museo. Atraer al mercado joven es justo lo que quiero lograr aquí. -Miró nuevamente el currículum de Prue-. Lo que más me importa es que la persona realmente quiera trabajar aquí.
El intercomunicador sonó, y Rex presionó el botón.
-Disculpe, señor Buckland, su próxima entrevista está aquí -anunció la voz de la secretaria.
-¿Le doy otra cita?
-No, ya terminamos -respondió Rex, tomando el currículum y devolviéndoselo a Prue, quien lo aceptó con serenidad.
-Gracias. Se lo agradezco -dijo, estrechándole la mano antes de dirigirse a la puerta.
Pero se detuvo bajo la atenta mirada de Rex. Dio la vuelta y, con una mezcla de orgullo y convicción, dijo:
-Mi especialidad abarca desde la dinastía Ming hasta una tarjeta de béisbol de Mark McGwire. Lo que sea, puedo identificarlo. Puede que no haya buscado este trabajo originalmente, pero lo quiero... y sin duda soy la indicada para hacerlo.
Prue abrió la puerta y la cerró detrás de sí, apoyándose un momento en ella. Suspiró, luego se alejó por el pasillo.
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Lugar desconocido
Se observaba un auto deportivo rojo en el centro del lugar. Al fondo, una gran tela blanca cubría tanto la pared como el suelo. En las esquinas, softboxes (cajas de luz) iluminaban el espacio con un resplandor artificial.
Aun así, el ambiente resultaba escalofriante.
Al otro lado, entre las sombras, apareció un hombre que avanzaba con paso lento y firme, sosteniendo una vela negra en un candelabro de pie.
No estaba solo.
Frente a él, sobre un altar, una joven mujer estaba atada de pies y manos, rodeada por un círculo de velas encendidas.
-Por favor... te lo ruego, me has hecho daño -suplicó con la voz rota, moviendo sus manos, intentando liberarse.
El hombre se acercó sin prisa.
-Por favor, Stefan, déjame ir -gimió ella, reconociéndolo.
Desde la oscuridad, el hombre sonrió con frialdad. Su voz sonó grave y sibilante:
-No soy Stefan... soy Javna.
Sus ojos se tornaron rojos como la sangre.
-¡Por Dios, espera! -exclamó la mujer aterrorizada.
Javna la miró fijamente. Un rayo de energía salió de sus ojos y la golpeó de lleno.
La mujer gritó con un alarido desgarrador.
Su cabello comenzó a volverse gris, su piel se arrugó, y su cuerpo envejeció en cuestión de segundos.
Mientras tanto, Javna, que antes lucía demacrado, recuperó su juventud, su rostro volvió a ser el de un hombre apuesto y fuerte.
La anciana, ahora débil y confundida, murmuró:
-¿Qué... qué me pasó?
Javna sonrió satisfecho.
En la iglesia
La camioneta de Quake estaba estacionada afuera de la iglesia. Piper pasaba las bandejas de comida a los encargados de recibirlas. Phoebe la había acompañado, pero se alejó tan pronto como llegaron; estaba preocupada, aunque ahora parecía feliz por una sesión de fotos con un fotógrafo reconocido, según ella.
Piper anotó en su portapapeles lo que entregaba cuando el pastor Williams se acercó. Al verlo, Piper se armó de valor y se aferró al portapapeles contra su pecho.
-De acuerdo... es esto -comenzó nerviosa-. Tengo una amiga, y ella... tiene un problema. Puede ser algo malo. No sé qué aconsejarle.
-¿Quieres pasar? -preguntó el pastor, señalando la puerta de la iglesia.
Piper sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Tragó saliva y negó rápidamente.
-No, gracias... tengo que irme pronto -se excusó, cosa que el pastor notó de inmediato.
-¿Cuál es el problema? -preguntó con calma.
-Bueno... ella piensa que puede ser una bruja -respondió Piper con una sonrisa nerviosa, desviando la mirada.
-¿Brujas, otra vez? -repitió el pastor, suspirando. Comenzó a caminar, seguido de una Piper intranquila, que solo buscaba una respuesta tranquilizadora... no una condena.
-No lo cree... ¿cierto? -preguntó ella, mirando al suelo.
-No es una pregunta que me hagan todos los días -dijo el pastor con tono grave-. Pero recuerda las clases de los domingos: Éxodo 22:18, "No dejarás que viva una bruja".
Piper sintió que el aire se le escapaba.
-¿Significa que...? -preguntó con voz temblorosa, aunque ya sabía la respuesta.
-Si crees en las Escrituras y las tradiciones -respondió él con firmeza-, entonces sí... las brujas deben morir. Son malas por naturaleza.
Piper desvió la mirada, intentando no mostrar su miedo ni salir corriendo. Se despidió con una sonrisa tensa, se acercó a la camioneta y subió rápidamente, con el corazón golpeándole el pecho.
A unas cuadras de la iglesia, Phoebe se detuvo en una caseta-tienda. Tomó una revista y un chicle, y mientras esperaba para pagar, observó al otro lado de la calle. No pudo evitar escuchar la conversación de una pareja de ancianos.
-Gastaremos el dinero en nuestros nietos -dijo el anciano feliz, sosteniendo un billete de lotería.
Su esposa, a su lado, sonreía esperanzada. -Diez millones acumulados... tal vez sea nuestro golpe de suerte y no perdamos la casa.
Phoebe sonrió con ternura. -Quizás -murmuró.
Tomó del expositor un billete de lotería y, en cuanto lo tuvo entre los dedos, tuvo una premonición:
En su mente, un televisor mostraba al presentador anunciando los números ganadores que aparecían uno a uno en la pantalla: 4, 16, 19, 32, 40.
Parpadeó y sonrió. Miró a la pareja y se acercó con entusiasmo.
-4, 16, 19, 32, 40 -dijo con convicción-. Créame, señor, es su día de suerte.
La pareja se miró sorprendida; la esposa asintió y el hombre anotó los números en su billete, sonriendo agradecido.
Phoebe volvió a mirar el expositor. Tomó otro billete para sí misma. Tal vez también era su día de suerte, y así podría ganar el dinero suficiente para callar a sus hermanas y pagar sus deudas.
Se acercó al cajero, pagó sus compras y salió.
Al regresar a la iglesia y no ver a Piper afuera, la divisó ya en la camioneta. Entró con una sonrisa luminosa.
-¿Qué ocurre? Estás más feliz de lo normal -preguntó Piper, curiosa.
-Oh, nada... ya sabes, la sesión de fotografía que me tomarán -respondió Phoebe sonriendo-. Tal vez gane algo de dinero.
Mientras la camioneta arrancaba, Phoebe pensó para sí que quizá también debería comprarse un vestido nuevo para las fotos que le tomaría Stefan.
Piper asintió distraída, encendió el motor y ambas se alejaron.
Sin notar a una anciana desorientada que hacía fila para recibir comida, en su mano arrugada se alcanzaba a ver un tatuaje: un ángel.
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Noche
Afuera de Quake, Andy y Darryl vigilaban desde la patrulla, atentos a cualquier movimiento.
Esperaban divisar al secuestrador de mujeres.
Darryl revisaba el expediente de las víctimas; tomó una foto de la última desaparecida, Brittany, que lucía un tatuaje en la mano, y se la pasó a Andy.
-¿Qué quieres que te diga? -murmuró Andy, observando la foto-. Hay algo en todo esto que no encaja, no puedo evitar pensarlo -explicó, con el ceño fruncido.
Darryl se recostó en el asiento y puso los ojos en blanco.
-Ahí vas otra vez... -dijo, exhalando con resignación.
-¿Qué les hizo este hombre a estas mujeres? -insistió Andy.
-¿Qué pasa? ¿Crees que fueron secuestradas por extraterrestres? -se burló Darryl .
Andy lo miró serio.
-¿Puedes tomártelo en serio? Cuatro mujeres desaparecieron y no hay rastro de ellas.
-Pueden estar muertas -reconoció Darryl, frunciendo el ceño-, pero tampoco se han encontrado cuerpos. Tal vez las mantiene prisioneras... o las mató y las enterró él mismo.
-Lo que nos deja con nada -replicó Andy, con tono grave.
-Mira, estoy seguro de que lo atraparemos -dijo Darryl, mirando el expediente-. Les daremos a las familias un cierre.
Andy asintió y volvió la mirada hacia la ventana. En ese momento, vio llegar a Prue; bajar de su auto y entrar al restaurante.
Darryl, mientras tanto, observó el banco que estaba frente al local.
-Deberíamos pedir las cintas del cajero automático del banco y podr... -se interrumpió al ver que Andy bajaba del auto.
-¿A dónde vas? -preguntó alarmado.
-Tengo que hablar con ella -dijo Andy, señalando el restaurante donde había entrado Prue.
-¡No, no, no! No arruines el operativo, Romeo. Vas a hacer que nos descubran -negó Darryl, exasperado.
-Vamos, Morris, tengo que hablar con ella -suplicó Andy-. Solo cinco minutos, eso es todo, lo prometo.
Darryl resopló, fastidiado, pero al final asintió con la cabeza.
Andy cruzó la calle con paso rápido, desapareciendo entre las luces del restaurante.
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Terremoto
Prue se desplazaba con cuidado entre el lugar abarrotado de clientes. Buscó a Piper con la mirada, pero se encontró con Paige.
- Hey, Paige -dijo, cruzándose de brazos-. ¿Tú le diste mi número a Andy? -preguntó, arqueando una ceja.
- ¿Andy? ¿El detective que te mira como si fueras su caso favorito? -se burló Paige con una sonrisa-. No, no fui yo. ¿Te llamó? -añadió, observándola con curiosidad.
- Sí. Quería saber por qué me fui -respondió Prue, apretando su bolso entre las manos-. Le dije que no fue como él cree.
- Claramente no te creyó. Deberías hablar con él -aconsejó Paige con suavidad.
- No creo que le gustara saber que me arrepiento -respondió Prue, desviando la mirada.
- No te arrepientes, lo disfrutaste -afirmó Paige, divertida-. Solo no lo evadas. Lo que pasó, pasó, y no hay manera de negarlo.
- No lo niego -replicó Prue, con un suspiro-. Solo que no tengo tiempo para revivir algo que ya se rompió una vez.
- Ustedes ya no son los mismos de antes, tienen que volver a conocerse -sugirió Paige, sonriendo-. El amor aún te brilla en la mirada desde que volvió.
Prue no dijo nada, pero una leve sonrisa se le escapó.
Las puertas de la cocina se abrieron de golpe. Piper daba órdenes a los chefs con energía.
- ¡Cindy, no te quedes con el salmón! El cliente ha esperado demasiado -exclamó, apartándose justo a tiempo para no chocar con un mesero-. ¡Héctor, no te quedes atrás! Necesitamos más agilidad, lleva la bandeja a la mesa ocho.
Piper suspiró, se calmó y, al notar a sus hermanas, se acercó a ellas.
- Paige, Prue -las saludó con una sonrisa cansada.
- Noche agitada -comentó Prue.
- Ni lo digas. Apenas hay personal suficiente -respondió Piper con las manos en la cintura.
- Lo estás haciendo bien -la felicitó Paige-. ¿No has visto a Phoebe por casualidad? Quiero hablar con ella.
Antes de que Piper respondiera, Prue ya había captado a Phoebe riendo en una mesa con un hombre. Suponía que era Alec.
- ¿Ese es Alec? -preguntó Prue, frunciendo el ceño.
Piper negó. - En realidad, ese es Stefan, un fotógrafo -explicó con cautela.
Paige no comentó nada. No quería otra discusión con Phoebe; sabía que su hermana terminaría haciendo lo que quisiera, como siempre.
- Ese vestido... es un Armani. ¿De dónde lo sacó? -preguntó Prue entrecerrando los ojos.
- De nuestro armario no -respondió Paige con un suspiro.
- Debo irme. Paige, ¿me ayudas? -pidió Piper con tono suplicante.
Paige asintió y ambas se dirigieron a la cocina.
Prue, en cambio, se acercó a la mesa.
Phoebe dejó de reír al verla acercarse.
- Prue, hola. Ella es mi otra hermana -presentó con una sonrisa nerviosa-. Stefan, ella es Prue.
Stefan se levantó y le estrechó la mano. - Mucho gusto.
- Lindo vestido -comentó Prue con una sonrisa forzada.
- No te preocupes, no es tuyo -respondió Phoebe con una sonrisa desafiante.
Prue se contuvo para no gritarle. La miró directamente a los ojos, y Phoebe entendió perfectamente lo que ese silencio significaba.
- Me disculpas, vuelvo en un momento -dijo Phoebe a Stefan, quien asintió.
Ella se levantó y siguió a Prue, que iba directo a la cocina, viendo venir la discusión que inevitablemente tendría lugar.
Stefan observó su mano bajo la mesa, y su mirada se oscureció al verla. Ya no parecía la de un hombre joven, sino la de un anciano: marchita, arrugada y decrépita. Cerró el puño con fuerza, consciente de que su tiempo se estaba agotando.
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Phoebe entró a la cocina tensa e irritada. Prue ya estaba allí.
-¿Cómo vas a pagar eso? Estás en la ruina -preguntó Prue, frustrada.
-Ya veremos -respondió Phoebe con serenidad.
-No me digas que usaste tus poderes otra vez -Prue negó con la cabeza ante la falta de responsabilidad de su hermana.
-¿Y acaso tú no lo has hecho? -replicó Phoebe, desafiante.
-No digo eso, pero no estamos hablando de mí -su voz comenzaba a elevarse.
Paige, que ya las había visto discutir, se acercó rápidamente.
-Basta, no aquí. Piper está demasiado ajetreada... y bajen la voz -susurró con advertencia.
Piper salió de la despensa, abrió los ojos al verlas allí y se acercó nerviosa.
-¿Qué hacen aquí? -exclamó.
-Lo mismo que hacemos en la mansión -respondió Phoebe con obviedad, cruzándose de brazos.
-¿Apostar en caballos o en la bolsa? -preguntó Prue, sarcástica.
-La lotería -admitió Phoebe sin remordimiento.
-¡Phoebe! -la reprendió Piper.
-¿Por qué usas tus poderes a conveniencia? -cuestionó Paige, mientras Prue se tocaba la nariz contando hasta diez.
-No podía ignorar la premonición, y no fue por conveniencia... bueno, tal vez un poco -se defendió Phoebe-, pero ayudé a una pareja de ancianos. Eso es lo que se supone que hagamos, ¿no?
-Se supone que no debemos usar los poderes para beneficio personal. ¡Eso dice el Libro de las Sombras! -elevó la voz Prue.
-No tan alto -suplicó Piper, mirando hacia la cocina por si alguien había escuchado.
-Tú dijiste que necesitaba dinero, pues conseguí un poco. Pagaré mis deudas y no tendrás que hacerlo tú -continuó Phoebe, ignorando a su hermana mayor.
-¡Trabaja como todos los demás! -gritó Prue, llena de ira y decepción.
Phoebe retrocedió cruzándose de brazos.
Los empleados miraron de reojo; Piper entró en pánico al sentir que todos habían escuchado.
-¡Vuelvan a trabajar, para eso están aquí! -intervino Paige con firmeza.
Todos se sobresaltaron y retomaron sus tareas, mientras Piper le agradecía con la mirada.
En ese instante, la puerta de la cocina se abrió y entró Andy.
-Prue -dijo, caminando hacia ella sin notar que detrás un lavaplatos pasaba con una bandeja.
Chocaron y todo cayó al suelo.
-¡Cuidado! -gritó desesperada Piper, alzando las manos.
De pronto, todo quedó congelado. Piper comenzó a hiperventilar al darse cuenta de lo que había hecho.
-¡Mira lo que hiciste! -exclamó Prue, señalando la escena detenida.
-¿Y por qué sería mi culpa? -replicó Phoebe, incrédula.
Paige se llevó la mano a la frente, harta.
-Ya basta. Así no lograremos nada. Piper, descongélalos.
Piper dudó, mirando a sus hermanas.
-No funcionó en ustedes... y no sé si puedo descongelarlos -dijo con voz temblorosa.
-Supongo que no funciona con brujas -dedujo Phoebe.
Prue se acercó a la puerta y miró hacia afuera. Abrió los ojos al ver que el efecto no se extendía más allá del local y alcanzó a divisar a Darry. Cerró la puerta con rapidez.
-Afuera no funciona -advirtió-. Y Darry viene hacia aquí. Piper, ¿cuánto dura esto?
-No lo sé -respondió Piper, confundida, frotándose las manos.
-Entonces intenta descongelarlos -insistió Paige.
-¿Qué parte no entiendes? ¡No puedo hacerlo! -replicó Piper, elevando la voz.
-Si te quedas ahí como estatua, no lo sabrás -puntualizó Paige, ya perdiendo la paciencia.
Prue se cubrió el rostro un momento y suspiró. Paige tenía razón.
Tenían que aprender a controlar sus poderes. Tenían que entrenar.
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Afuera, Darry buscaba con la mirada a Andy.
Stefan, al notar la placa del detective, se levantó con cautela.
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Phoebe abanicaba a Piper con la carta del menú, intentando calmarla.
Paige se asomó por la puerta y vio a Darry a punto de entrar.
-Prue, Darry se acerca -advirtió, mirándola preocupada.
-Y Piper, por favor... ¿puedes al menos intentarlo? No sirve de nada ponerte tan nerviosa -terminó, frustrada con su hermana.
Prue observó el panorama, miró a sus hermanas y salió rápidamente hacia la puerta.
-¡Mi poder no funciona hacia atrás! -exclamó Piper, desesperada-. ¡Congelo cosas, no las descongelo!
-Eh, si puedes congelar, también deberías poder hacer lo contrario, ¿no? -intuye Phoebe, tratando de mantener la calma.
En ese instante, Darry entró justo cuando Prue intentaba detenerlo. De pronto, todo se descongeló: el sonido de los platos cayendo al suelo y el movimiento del personal llenaron la cocina de caos otra vez.
Piper y Phoebe saltaron del susto.
Paige se mordió la uña mirando de Andy a Darry, y luego a Prue, quien simplemente negó con la cabeza.
Andy miró hacia donde se suponía que debía estar Prue y se sorprendió al ver a Darry.
-Creo que me diste cinco minutos -cuestionó, confundido.
-Te di diez -respondió Darry, dándole golpecitos al reloj con una sonrisa irónica.
Andy miró el suyo, contrariado al ver que tenía razón.
-Saben, muchachos, estamos muy ocupados aquí -intervino Piper, fingiendo molestia y señalando la salida.
-Sí, claro -asintió Andy, algo incómodo.
Darry los dirigió hacia la puerta.
-Te prometo que te llamo -alcanzó a decir Prue, mordiéndose el labio.
-Lo estaré esperando -respondió Andy, despidiéndose-. Adiós, chicas.
Darry terminó de sacarlo de la cocina.
-Odio ser bruja -suspiró Piper, alejándose de sus hermanas.
Phoebe rodó los ojos y Paige murmuró:
-Pudo haber sido peor.
Prue siguió con la mirada a Piper, luego a Paige.
-Tú ganas... lo haremos.
Paige sonrió, cansada pero satisfecha.
Phoebe las miró confundida.
-Espera, ¿de qué me perdí? ¿Qué ganó Paige?
Prue se alejó girando sobre sus talones y salió de la cocina.
-¿Qué ganaste? -repitió Phoebe, mirando a su hermana menor.
-Que accedió a practicar nuestros poderes -explicó Paige con una sonrisa.
Phoebe abrió la boca, luego la cerró indignada.
-¡Yo se lo pedí desde hace días y no aceptó! -reclamó, frustrada.
-Tú solo querías usarlos a conveniencia, y no diste una buena razón -señaló Paige con calma.
Phoebe resopló, resignada, mientras Paige sonreía apenas, satisfecha con el pequeño triunfo.
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Mansion Halliwell
Habitación de phoebe
Phoebe estaba acostada en la cama mirando televisión cuando Paige entró. Sin decir nada, tomó el control remoto y bajó el volumen.
—¿Podemos hablar? —preguntó, sentándose al borde de la cama.
Phoebe se incorporó un poco y sonrió.
—Claro.
—Es sobre lo que ocurrió anoche —dijo Paige, respirando hondo—. Solo… no quiero que te pase nada. No sabes nada de demonios ni de cómo se complican las cosas.
Phoebe tomó sus manos con cariño.
—Lo entiendo, de verdad. Pero confía un poco más en mí. Soy yo la que tiene que cuidarse, no tú.
Hizo una pausa y añadió, con una sonrisa apenada:
—Y también lo siento por ser tan pesada. Aunque Alec no era un demonio ni nada de eso… y ya lo espantaste, así que no creo que volvamos a verlo.
Paige suspiró.
—Yo también puedo cuidarte, ¿sabes? No puedo evitar preocuparme. No sabemos quiénes pueden acercarse a nosotras ahora.
Phoebe, intentando cambiar el ambiente, preguntó animada:
—¿Qué te parece si vemos un maratón de películas?
—Pero que no sean de terror —advirtió Paige, acomodándose entre las almohadas.
—Umm… tal vez sí —respondió Phoebe con picardía.
Paige le lanzó una almohada.
—¡Eres insoportable!
Phoebe se rió.
—Y tú, una miedosa.
—No lo soy. Esa es Piper —replicó Paige, metiéndose bajo las sábanas.
Phoebe, que se había levantado para poner la película, regresó a la cama.
Ambas pasaron la noche charlando, riendo y olvidando por un rato los problemas del día.
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15 Agosto 1998
Mañana siguiente
El ático estaba lleno de muebles viejos y cubierto de polvo. Los ventanales, sucios, dejaban pasar algunos rayos de sol que iluminaban el lugar… y el rostro triste de Piper, que sostenía el Libro de las Sombras entre sus manos. Caminaba de un lado a otro, inquieta, hasta que se sentó en una vieja silla. Abrió el libro, pero sus mejillas ya estaban bañadas en lágrimas. Lo cerró de golpe y se limpió el rostro con las manos temblorosas.
La puerta del ático se abrió y Phoebe entró sonriente, pero su expresión se desvaneció al ver la angustia de su hermana. Se acercó de inmediato.
—Hey… ¿qué sucede, cariño? —preguntó con suavidad, tomándola de las manos.
—Estos poderes… lo que somos… ¿qué significa tenerlos? —respondió Piper, con la voz quebrada—. ¿Cómo saber si no somos malvadas?
—Piper, ya lo hablamos —dijo Phoebe, tratando de reconfortarla—. Somos brujas buenas.
—¿Cómo lo sabes? —replicó Piper, levantando la mirada—. ¿Recuerdas a Jeremy? Dijo que vendrían más demonios tras nosotras… ¿y si somos como ellos? Eso es lo que me da miedo: no saberlo.
En ese momento, Paige entró al ático con paso suave. Había escuchado parte de la conversación. Se acercó, se sentó al lado de Piper y, sin decir palabra, tomó el libro del regazo de su hermana con delicadeza para dejarlo a un lado. Luego le acarició el brazo con ternura.
—Yo solo quiero que todo sea como antes… —susurró Piper, forzando una sonrisa—. Aunque sea confuso, ¿sería pedir demasiado? —Se apoyó en el hombro de Paige.
—Piper, eres la persona más buena y dulce que he conocido —dijo Phoebe con calidez—. Ayudas a la gente desinteresadamente. No te habrían dado este don si no fueras alguien destinada a hacer el bien. —Le acarició las manos con cariño.
—Está bien tener miedo y dudar —añadió Paige, abrazándola—. Pero tú nunca dañarías a nadie. Lo que haces con tu poder es lo que te diferencia de los demonios.
Phoebe sonrió con picardía, intentando aligerar el ambiente.
—Y todas sabemos quién tiene más posibilidades de volverse malvada… esa soy yo. —Bromeó, sacándoles una risa a sus hermanas—. Tengo que irme, me toca posar para el fotógrafo.
Phoebe salió del ático, dejándolas solas.
Piper, aún recostada en el hombro de Paige, murmuró:
—¿Crees que saldremos victoriosas de todo esto?
Paige sonrió con serenidad.
—Eso espero. Tal vez con algunos rasguños… pero mientras estemos juntas, seremos imparables.
En ese momento, Phoebe asomó la cabeza por la puerta.
—Paige, no tardes en alcanzarme, ¿sí? Ya tienes la dirección.
—Sí —respondió Paige—. Entrego mi trabajo en la universidad y te alcanzo.
Piper se separó de ella y preguntó con una sonrisa cansada:
—¿Ya están bien, ustedes dos?
Phoebe asintió.
—Sí. Ya hablamos de lo de anoche. Las dos teníamos razón, estamos bien. —Le lanzó un beso a Piper antes de desaparecer por las escaleras.
Paige se puso de pie.
—Yo también me voy. Nos vemos más tarde. —Le dio un beso en la mejilla y salió.
Piper, ya más tranquila, respiró hondo y miró el libro cerrado sobre la mesa. Luego sonrió apenas, se levantó y salió del ático, cerrando la puerta tras de sí.
Restaurante De La Bahia
El mesero se alejó después de dejar los dos cafés. Andy observó a Prue, mientras ella tomaba un sorbo, evitando su mirada.
—Mira, Andy… —empezó Prue justo cuando él también habló.
Ambos rieron, tensos y nerviosos.
—Tú primero —cedió ella, acomodando su taza.
Andy respiró hondo.
—Mira, Prue… lamento lo que pasó. No creo que hayas hecho nada malo.
Prue desvió la mirada y luego volvió a él.
—Debo ser honesta contigo. Y no me refiero a que no lo haya disfrutado —sonrió, recordándolo por un instante—. Simplemente no creo que haber tenido sexo en nuestra primera cita fuera lo mejor… y mi vida está muy complicada ahora.
Andy asintió, intentando entender.
—Solo quiero saber por qué te fuiste.
—Tenía una entrevista de trabajo, y mi clóset está en la mansión —se excusó Prue.
Andy la conocía lo suficiente para saber que era verdad… a medias.
—Lo comprendo. Mira, lo que pasó fue increíble, sí —admitió Andy con una sonrisa suave—, pero no tenemos que convertirlo en un hábito.
Prue soltó un suspiro de alivio.
—Gracias, Andy. No esperaba que todo sucediera tan rápido.
—Podemos dejarlo como un… eco de nuestra relación pasada —propuso él—. Y quizá deberíamos conocernos de nuevo, esta versión de nosotros.
Prue asintió, tragando saliva.
¿Cómo podría él conocer esta nueva versión de ella… si ni siquiera podía contarle que su vida cambió por completo hacía apenas una semana?
Antes de que Prue pudiera responder, su celular sonó. Lo sacó del bolso rápidamente.
—Sí, ¿hola? —contestó.
Escuchó con atención y, poco a poco, una sonrisa iluminó su rostro—. Sí, estaré allá pronto.
Andy arqueó una ceja al verla tan contenta.
—¿Buenas noticias?
—Sí —asintió Prue—. Harán una segunda entrevista en la casa de subastas. Me quieren allí en una hora.
—¡Eso es genial! Seguro se arrepintieron de no contratarte a la primera. Felicidades, Prue —dijo Andy con sincero entusiasmo.
—Gracias… pero exageras —respondió ella, guardando el teléfono—. Te llamo luego.
Se despidió con una sonrisa y comenzó a alejarse.
Andy estuvo a punto de seguirla, pero su busca sonó.
Un nuevo caso.
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El Jeep estaba estacionado frente a la iglesia. Piper abrió la puerta, bajó y la cerró detrás de ella. Susp iró y se sacudió las manos.
—No tengo nada que temer —murmuró para sí misma.
Cruzó la calle y, con paso firme, subió las escaleras. Al llegar a la puerta, tocó la bisagra con cautela; tenía las manos frías. Se enderezó y abrió la gran puerta. Se mordió el labio y metió una pierna primero, tanteando el terreno mientras miraba al cielo, esperando que cayera algún rayo.
Al no suceder nada, sonrió. Entró por completo… luego salió de nuevo y volvió a entrar, como comprobándolo una vez más.
Estiró los brazos, victoriosa.
—¡Dios aún me ama! ¡Soy buena! —exclamó con una sonrisa.
Cerró la puerta detrás de ella y, animada, comenzó a bajar los escalones. Entonces se topó con una anciana que parecía desorientada.
—Disculpe… ¿puede decirme dónde me encuentro? —preguntó la mujer con voz temblorosa.
Algo en ella le resultaba familiar a Piper. Su mirada se detuvo en la mano de la anciana: un tatuaje de un ángel.
Imposible no reconocerlo.
Frunció el ceño, confundida, y tomó su mano con cuidado.
—¿Britany…?
—Disculpe… ¿ese es mi nombre? —preguntó la anciana, desconcertada.
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Casa de subasta Bucklands
Rex salió de la oficina y se encontró con Prue de frente. Le estrechó la mano con firmeza.
—Prue, gracias por venir —saludó Rex.
—Gracias por llamarme. No creí que lo hicieras —respondió ella con honestidad.
Ambos comenzaron a caminar por el pasillo.
—Te dije que estaba interesado. Pero quisiera hacerte unas pruebas para evaluar tus conocimientos. Y cuidado donde pisas —señaló unas latas de pintura y herramientas de obra esparcidas por el suelo.
No se alejaron mucho cuando una mujer que observaba un cuadro renacentista volteó a verlos. Prue le dedicó un leve asentimiento educado.
—Ella es Hanna Webster, una de nuestras especialistas —presentó Rex—. Hanna, ella es Prue Halliwell.
—Gusto en conocerte —saludó Prue, observando cómo Hanna forzaba una sonrisa mientras le estrechaba la mano.
—Bien, ¿qué te parece esta obra? —preguntó Rex, señalando la pintura junto a ellos.
Prue se tomó su tiempo. Inclinó ligeramente la cabeza, analizando cada detalle.
—Madonna de la pradera, de Giovanni Bellini. Siglo XV. Valdría entre tres y cuatro millones de dólares… si no fuera una copia —determinó con seguridad.
—¿Y qué te hace pensar que es una copia? —cuestionó Hanna.
—Está demasiado bien conservada, no presenta el amarillamiento propio del tiempo. Además, el marco es de pino, y los pintores italianos de esa época no utilizaban ese tipo de madera —afirmó Prue.
Rex asintió, impresionado, y retrocedió unos pasos hasta una escultura.
—¿Y qué dices de esta?
Prue sonrió apenas.
—Degas. Esta fue la única escultura que expuso públicamente.
Hanna observaba a Prue con atención. Con la punta del tacón, movió discretamente una escalera que estaba al lado. En la parte superior había una lata de pintura abierta.
La lata cayó.
El líquido descendió directo hacia Prue.
Instintivamente, ella alzó los brazos para protegerse, pero su poder actuó antes de que pudiera detenerlo: el chorro se desvió en el aire y cayó al suelo, salpicando los zapatos de Hanna.
Prue bajó los brazos lentamente, apretando los puños a sus costados. No podía creer que hubiera usado su poder de forma inconsciente. Definitivamente necesitaban entrenar. Cómo odiaba darle la razón a Paige.
Rex la tomó del brazo, apenas preocupado.
—¿Estás bien?
—Sí, estoy bien —aseguró Prue, todavía con la respiración agitada, cruzándose de brazos.
—No puedo creer lo que acaba de pasar… —murmuró Rex, tocándose la barbilla—. No sé qué más decir. Estás contratada.
Prue lo miró sorprendida, intentando mantener la compostura.
—¿En serio?
—Empiezas el lunes —confirmó Rex con una sonrisa.
—Sí, por supuesto.
—Perfecto. Hablaremos de los detalles cuando llegues. —Le estrechó la mano—. Bienvenida a bordo.
—Gracias. Adiós.
Prue se despidió y pasó junto a ambos. Hanna sonrió tensa mientras ella desaparecía por el pasillo izquierdo.
Rex miró a Hanna.
—¿Y qué opinas?
Hanna inclinó ligeramente la cabeza.
—O tiene mucha suerte… o es una bruja.
Rex asintió lentamente, metiendo las manos en los bolsillos
