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Cuando Exequiel recibió un mensaje de Xabi sintió un cosquilleo en el estómago que lo excitó un poco.
Nunca se mandaban mensajes, excepto para hacer arreglos para verse y tener buen sexo, y siempre era Xabi el que decidía cuándo se veían. La mayoría de las veces Xabi se lo llevaba a su casa después de un partido o entrenamiento, así que eran muy pocas las ocasiones en las que recibía un mensaje del mayor.
Ese era el arreglo: cada uno hacía su vida, pero cuando Xabi le pedía que se vieran, Exequiel tenía que dejar lo que estaba haciendo para ir con él.
Jamás pensó que el vasco querría pasar su cumpleaños con él, su chico bueno con el que solo se divertía y calentaba su cama. Exequiel, por supuesto, dejó a medias una videollamada con su mejor amigo y se fue corriendo a lo de Xabi después de prepararse y arreglarse lo mejor que pudo.
Siempre estaba impecable, porque tenía que estarlo, eso era parte de su arreglo también. Ni un pelo fuera de lugar, ni un botón desabrochado, ni una remera arrugada. Impecable y nada más.
Exequiel tendría que quejarse, porque siempre lo hacía vestirse como un muñequito para sacarle la ropa en cuestión de segundos. Como en ese momento que Xabi lo miraba desvestirse desde el sillón individual de su habitación, con las piernas cruzadas y vestido de pies a cabeza, con sus pantalones sastreros, zapatos lustrados y la camisa blanca planchada metida en su cinturilla.
Junto a él había una mesita de madera brillante, en donde había dejado una variedad de juguetes que sabía que usaría con él.
—Es mi cumpleaños —le había dicho con una voz dulce— y tú eres mi regalo.
Cuarenta y tres años estaba cumpliendo. Exequiel todavía se sorprendía de mantener relaciones sexuales con un tipo que le llevaba casi veinte años. Y no solo eso, sino que tenía un tipo de relación súper casual pero a la vez sumamente peligrosa, y le encantaba.
Le encantaba perder poder y autonomía sobre sí mismo con alguien como Xabi. Le encantaba que lo controlara, que lo tuviese bien cuidado y en forma, que lo protegiera, que lo consintiera y que fuera su favorito entre tantas opciones que tenía a su alcance y que podría tener con tan solo una mirada, una sonrisa, un leve movimiento de su dedo.
Exequiel tembló cuando Xabi lo hizo arrodillarse frente a él, completamente desnudo, y deslizó un collar de cuero negro en su cuello, unido a una correa de metal. Se le secó la boca y se emborrachó con el aroma del mayor —Hugo Boss y hombre, como siempre— mientras ajustaba el material alrededor de su garganta, un poco más apretado de lo que debería estar, generando apenas una molestia al tragar y respirar, pero así le parecía perfecto igualmente.
Xabi se mordió el labio y un brillo particular adornó sus ojos, así que Exequiel entendió que estaba conforme con esa imagen. El extremo de la correa tenía un agarre de cuero con tachas, el cual usó para envolver su mano y seguir con la cadena, hasta que el jugador sintió un tirón que lo acercó un respiro a las piernas del mayor.
El segundo tirón fue decisivo y lo descolocó un poco, pero rápidamente se sostuvo del borde del sillón y se levantó en sus piernas temblorosas. Xabi lo miró desde abajo y aflojó su agarre en la cadena para que el menor pudiera enderezarse completamente. Exequiel sentía la boca y los labios secos, así que los mojó con su lengua y trató de mantener la compostura.
—Kario —le dijo Xabi con un tono suave pero autoritario—. Eres hermoso, pero cuando te excitas eres una belleza.
Exequiel se sonrojó. Dos tironcitos de esa correa habían bastado para que su pija se levantara con suma curiosidad y expectante de más tratos así. Sus pezones también estaban erectos y tenía la piel de gallina. Ya era inevitable para él reaccionar así cuando estaban solos y Xabi solo tenía ojos para él.
Xabi soltó la correa solo para que el extremo de cuero quedara colgando en su muñeca. Descruzó sus piernas y sus manos fueron a la cintura de Exequiel, acariciando esas leves curvas hacia arriba, parando a la altura de sus costillas, justo en la base de sus pectorales. Exequiel se dio cuenta de algo en ese momento que Xabi acariciaba con sus yemas un punto particular en su piel.
—Xabi —soltó Exequiel, agarrando la muñeca del mayor para frenar esa caricia en donde había tenido los labios de alguien más dejando una marca que creyó que había desaparecido con el correr de los días.
Xabi bajó su mirada a los dedos de Exequiel en su muñeca y el menor lo soltó como por acto reflejo. Cerró los ojos, pensando que eso sería suficiente para esconder lo que pasaba por su mente, pero no fue así.
En un solo movimiento, Xabi lo dio vuelta y lo sentó en sus piernas. Exequiel jadeó, encontrándose con los muslos separados y su pija sobresaliendo entre ellos. Tembló cuando sintió el mentón suavemente áspero del mayor en su hombro, una caricia dulce, tan dulce como la mano que acariciaba su pecho en ese momento, justo donde tenía el chupón.
—Mi kario —murmuró Xabi mientras se estiraba hacia la mesita y agarraba el lubricante.
Exequiel se removió, pero un tironcito en la correa de la otra mano de Xabi lo tuvo quieto en un segundo. Miró casi de reojo cómo el mayor mojaba su mano derecha con lubricante y la llevaba entre las piernas de Exequiel, robándole un suspiro cuando envolvió su base y lo empezó a masturbar.
—Cuéntame, kario —siguió Xabi en ese silencio que solo era interrumpido por los suspiros rotos de Exequiel, el roce de sus cuerpos y la mano húmeda del mayor haciéndole una paja—. ¿Te has divertido con otros chicos?
Exequiel no contestó lo suficientemente rápido y Xabi mostró su descontento agarrando su saco y apretándolo suavemente hasta hacerlo chillar.
—Sí —respondió con un grito ahogado y sintió alivio cuando esa mano volvió a su falo, acariciando lentamente y apretando a la altura de su punta sensible—. Con… ah… con varios.
Eso Xabi no se lo había preguntado, pero su murmullo de curiosidad dio a entender que había estado dispuesto a hacerlo. Lo único que quería Exequiel era que no dejara de tocarlo.
Exequiel no se quejó cuando alejó su mano, porque lo vio agarrando un juguete plateado con forma de bala, que hundió en el pote de lubricante y después llevó entre las piernas del menor. Exequiel hundió sus uñas en el material de terciopelo de los apoyabrazos del sillón y gimió cuando Xabi deslizó el plug en su interior hasta el límite, sin vueltas ni provocaciones.
Dejó un beso en su hombro, hizo una leve presión en su perineo con dos dedos y su mano volvió alrededor de su pija. Mientras tanto, con cualquier movimiento que hiciera, Exequiel sentía la punta del juguete presionar su próstata.
—Dime quiénes —dijo Xabi. No fue una pregunta, sino una orden.
Exequiel sabía que a Xabi le daba morbo que le hablara de cómo cogía con otros mientras ellos estaban en pleno acto. La primera vez que se lo preguntó pensó que era por celos, que quizá no le gustara y quisiera controlarlo, pero rápidamente se dio cuenta de que hacía que Xabi se lo cogiera más fuerte, con más posesividad.
Pero después se lo empezó a preguntar en serio porque le gustaba escucharlo darle ese tipo de detalles, de cómo otros chicos lo trataban de manera tan mundana en la cama, de cómo no lo trataban como Xabi a su kario.
Así que no era una mala señal que hiciera esas preguntas, sino todo lo contrario. Xabi no se enojaba con él por estar con otros, solo se excitaba más.
—Chicos de la Selección —dijo finalmente Exequiel, recostándose en el pecho de Xabi y moviéndose contra los estímulos que le estaba brindando.
Xabi lo estaba masturbando rápido, así que se tomó un tiempo antes de seguir hablando, gimiendo al ritmo de esas caricias que llenaban la habitación de un sonido constante, húmedo y obsceno. La otra mano del mayor, la que tenía la cadena, provocaba uno de sus pezones y su boca no dejaba de besar su cuello y hombro.
El vasco no lo presionó para que siguiera hablando, porque sabía que Exequiel estaba en un momento delicado. Lo esperó paciente, con su mano exprimiendo su pija, haciendo que su punta expulsara la primera descarga de preseminal que dejó un rastro brillante en sus dedos.
—Dios, Xabi —gimió Exequiel, apretando los ojos. Xabi aceleró su mano y el menor tiró su cabeza hacia atrás, haciendo todo lo posible por coger ese puño apretado—. Mm, Xabi, voy a… ah, ah…
—No, kario —dijo Xabi—. Aún no tienes permitido acabar.
Exequiel literalmente lloriqueó cuando esa mano se apretó con fuerza en su base e impidió su orgasmo. Lágrimas se acumularon en sus ojos y sus uñas podrían haber lastimado su piel si no hubiesen estado en los apoyabrazos del sillón. Se retorció y buscó una mínima caricia que fuese suficiente para llevarlo al borde y acabar, pero Xabi no lo dejó ni tampoco aflojó el sostén en su base. Sus pies se encogieron, las venas de su cuello se marcaron, su espalda formó un arco perfecto y sus rodillas se chocaron en un intento de sobrellevar esa mezcla de dolor y placer.
—No hasta que me digas quiénes fueron los afortunados de tenerte —terminó Xabi con un beso en su sien húmeda por una lágrima.
Exequiel trató de pensar con claridad, pero le costaba un poco con esa maraña de placer entremezclada con su negado orgasmo. Se acordó de los besos, las caricias, las sonrisas cómplices, sus labios con sabor a alguien más, sus muslos manchados de semen.
En un jadeo, Exequiel dijo los nombres de Enzo y Balerdi. La marca en su pecho no le pertenecía a ninguno de ellos dos y Xabi lo sabía.
—¿Y nadie más? —inquirió el mayor, dejando una caricia puntual en dicha marca.
Exequiel volvió a esa noche después de ganarle a Perú, a su mejor amigo en su cama, sus piernas enredadas abajo de las sábanas, su boca en su pecho, su mano entre sus muslos y Exequiel ahogando todos sus gemidos en su coronilla.
Fue después de haberle contado que tenía una relación especial con su DT y quería volver a Alemania a sacarse las ganas de coger con él. Su mejor amigo se ofreció a hacerlo en ese momento. Exequiel no lo podía creer, pero no fue capaz de decir que no. Sos mi palabra de seguridad, estuvo a punto de confesarle. Cuando estoy con él, pienso en vos cuando se vuelve demasiado para mí.
Pero ya había dicho demasiado y Gonzalo no tenía que saber más que lo justo y necesario. Su mejor amigo lo conocía, no era la primera vez que hablaban de sexo o lo compartían, pero no sabía que había algo más, y menos algo como lo que Exequiel sentía por él más allá de su amistad.
Exequiel apretó los labios y se retorció cuando la mano de Xabi retomó en donde había dejado la paja. El juguete en su interior seguía con esa presión delicada y otra vez sentía el cosquilleo de su orgasmo formándose en la parte baja de su vientre.
—No puedo decir su nombre —concluyó Exequiel.
—¿Por qué?
—Porque vas a parar.
La risa de Xabi fue suave, armoniosa y comprensiva. La mano en su pecho acarició suavemente hacia arriba hasta atrapar su mentón entre sus dedos y empujar su cara hacia el costado para que pudiese mirarlo. Exequiel se quedó sin aire por tanta belleza y tanto carácter en un solo hombre, que encima lo trataba tan bien, con cuidado aunque un poco brusco, pero porque Exequiel no lo aceptaría de otra forma.
—Me tienes loco de cojones, kario —murmuró Xabi, robándole una sonrisa—. Supongo que no tienes que decir la palabra entonces. Solo por esta vez.
Exequiel se animó a sostener la cara del mayor para empezar un beso húmedo, a pesar de la posición un poco incómoda. El tintineo de la cadena cuando Xabi llevó su mano a su nuca lo hizo suspirar y acordarse de que seguía a su merced, de que todavía lo tenía bajo su mando.
—Ve a la cama —ordenó Xabi.
El menor saltó de sus muslos como si tuviera un resorte en el culo, aunque no se sentía tan diferente al juguete que se seguía empujando contra su próstata. El largo de la cadena solo lo dejó llegar al pie de la cama, así que se acomodó ahí, con las rodillas separadas y su cuerpo inclinado hacia abajo, apoyado en sus antebrazos.
Las manos de Xabi no tardaron en separar sus nalgas y retirar el juguete de su interior. Exequiel se sintió vacío, pero no duró mucho de esa manera porque el mayor ya estaba frotando la punta de su pija en su entrada.
Exequiel miró por encima de su hombro y se encontró con Xabi completamente vestido, solo sus pantalones estaban desabrochados. Del bolsillo sacó la botellita de lubricante que previamente había estado sobre la mesita y se encargó de aplicar el producto en la separación de sus nalgas. Exequiel se expuso un poco más para darle una mano.
—Buen chico —murmuró Xabi—. Te eché mucho de menos, kario.
Y lo siguiente que sintió fue la presión de su pija abriéndose paso en su interior. Una mezcla de alivio, dolor y placer lo llenó por completo mientras Xabi se perdía en su cuerpo, con sus manos en sus caderas y un agarre que podría dejar marcas.
Exequiel jadeó cuando sintió la presión en su garganta por el collar. Xabi había enroscado la cadena en su mano de nuevo y daba tirones que hacían que su espalda se arqueara y su boca se abriera para jadear ante la leve falta de aire.
Xabi empezó a embestirlo, rápido y seco, bastante desprolijo para ser él. Exequiel gimió al compás de sus estocadas y por cada provocación en su próstata. Un brusco tirón en la correa hizo que su espalda chocara contra el pecho del mayor y su cabeza quedara en su hombro.
—¿Quieres saber una cosa, kario? —preguntó Xabi contra su frente, acelerando el movimiento de sus caderas, mientras que Exequiel ya se contoneaba contra él.
—Sí —asintió Exequiel en un jadeo.
—Mientras esperaba a que volvieras, no he estado con nadie —siguió Xabi. Exequiel cerró los ojos y tragó saliva—. Ni siquiera me he tocado, kario. Tres semanas he esperado para correrme y que fuera dentro de ti.
Exequiel lloriqueó cuando Xabi volvió a rodear su pija y lo empezó a acariciar con la misma velocidad que estaban usando sus caderas para cogerlo.
Tener a un hombre como Xabi tan devoto a él siempre lo dejaba sin palabras y hasta el día de hoy no lo podía entender. Era un chico muy sencillo, demasiado básico, y de alguna forma había llamado su atención.
Xabi siempre le había dado confianza y seguridad en la cancha, incluso cuando las cosas entre ellos eran estrictamente profesionales, a pesar de que eso no había durado mucho, porque fue cuestión de una sola mirada para terminar en un recoveco del vestuario haciéndole un pete al mayor. El resto fue historia y pasó de manera sutil y espontánea.
Un día se volvió su favorito y al día siguiente su kario.
Esta vez, sin el impedimento de Xabi, Exequiel acabó libremente, temblando en los brazos del mayor mientras lo apretaba en su interior. Xabi lo rodeó con sus brazos, presionando su boca en su cuello, sus caderas todavía pistoneando.
—Eres hermoso cuando te corres, kario —jadeó Xabi.
Exequiel gimió cuando su cuerpo encontró el colchón y la mano de Xabi en su nuca lo mantuvo en esa posición. Sus caderas se movieron con violencia y determinación en busca de su liberación y usó el cuerpo del menor a su gusto para conseguirlo. Xabi soltó un gemido ronco y Exequiel sintió la descarga tibia de su orgasmo en su interior, que después se escurrió por sus muslos porque el vasco lo siguió embistiendo.
Xabi acarició su cintura antes de retirarse de su cuerpo. Exequiel se dejó caer completamente en el colchón con un suspiro, acostumbrado a esa cama tan cómoda después de una sacudida del mayor.
Sus labios formaron una sonrisa cuando Xabi volvió a su lado, absolutamente impecable, y se sentó junto a él con las piernas cruzadas y una toalla mojada. Acarició su pelo y Exequiel se frotó contra su mano como un gato. El mayor desabrochó el collar con dedos cuidadosos y lo retiró de su cuello, enredando la cadena en su puño para dejarlo a un costado.
Después se encargó de limpiar el desastre entre sus piernas y sonrió con afecto cuando Exequiel se acurrucó a su lado y acostó su cabeza en uno de sus muslos. Le devolvió la sonrisa cuando Xabi lo miró y pasó sus dedos suavemente por su pelo.
—Feliz cumple, míster —dijo Exequiel.
—Muchas gracias, Exe —respondió Xabi, usando el apodo que diría frente a sus compañeros y algunos periodistas.
—Nooo, decime como me decís siempre —pidió Exequiel con un puchero, arrodillándose y aprovechando para bebotear cerca de la cara sonriente del mayor.
Xabi lo miró como si estuviese maravillado. Había tanto afecto en sus ojos, tanta admiración, que Exequiel sintió que sus pómulos se iban poniendo rojos y se olvidó de que había estado beboteando hace dos segundos. El mayor puso su mano en su mentón y lo obligó a levantar la cabeza cuando trató de esconderse de su mirada.
—Kario —dijo Xabi con detenimiento, marcando cada letra con esa tonada hermosa que volvería loco a cualquiera. Exequiel se mordió el labio—. Mi kario.
Exequiel se inclinó hacia Xabi y atrapó sus labios en un beso suave, muy diferente a como se trataban en el sexo. El mayor delineó su mandíbula con su pulgar y respondió el beso con el mismo cuidado.
Cuando se separaron, Exequiel sonrió como un nene.
—¿No vamos a hablar de eso? —preguntó Xabi con un roce de sus dedos en la marca en su pecho.
—No —contestó Exequiel—. ¿Vamos a hablar de cuántos estás cumpliendo?
Xabi tiró la cabeza hacia atrás y dejó salir una carcajada suave. Exequiel escondió su sonrisa en su cuello cuando lo agarró de la nuca y lo abrazó contra él.
Exequiel se dio cuenta de que podría olvidarse de todo mientras estaba con Xabi y eso tenía que hacerle ruido, pero no. Él era un buen chico.
Él era el kario de Xabi.
