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Exequiel todavía seguía festejando cuando sacó su celular de su bolso en el vestuario del Monumental y vio que tenía varios mensajes, pero el que figuraba arriba de todo como notificación de prioridad era de una sola persona.
Xabi le había escrito.
En realidad, ni siquiera se había tomado la molestia de hacer eso. Le había mandado una foto de sus piernas cruzadas, envueltas en sus típicos pantalones de vestir ajustados, sentado en la platea del Monumental y con el partido de fondo, partido que había terminado menos de una hora atrás.
Tragó saliva y sintió un sudor frío en la nuca y bajando por su espalda. Se había bañado recién y ya sentía que tenía que hacerlo de nuevo. Se puso nervioso y le temblaron las manos, y estuvo a punto de dejar caer su celular por eso. Su cuerpo reaccionó como normalmente lo hacía cuando se trataba del mayor. Y no era poca cosa tenerlo en su país, a nada de distancia, porque había venido a verlo.
—¿Estás bien? —escuchó que alguien le preguntaba más allá del bombeo de su sangre en sus oídos.
Exequiel abrió los ojos y tuvo la sensación de vértigo en la boca del estómago cuando vio la camiseta argentina con el «4» justo frente a él. Levantó rápidamente la mirada y sus músculos se fueron aflojando poco a poco cuando registró que la persona que le había hablado y llevaba esa camiseta era simplemente Leo Balerdi.
Si llegaba a tratarse de alguien más, alguien que usualmente usaba ese número y lo había hecho suyo a base de sudor y gloria, Exequiel no iba a saber cómo reaccionar sin sufrir un leve infarto.
—Sí, sí —contestó finalmente, bajando la vista y encontrando la foto que le había mandado Xabi todavía abierta en su celular. Forzó una sonrisa y volvió a mirar a Balerdi—. Todo bien.
Su mente le ofreció imágenes de Balerdi haciendo la misma pregunta en su oído mientras Exequiel temblaba bajo su cuerpo y gemía débilmente, lleno de él y sus muslos manchados con el resultado de ese encuentro. Leo era tímido al principio, pero en ese momento no se lo pareció en lo más mínimo.
No es buena idea pensar en esas cosas cuando sabés que Xabi está acá y te vino a ver, le dijo una vocecita insolente de su cabeza, esa que solo respondía a Xabi, la voz de kario.
Balerdi le dedicó una sonrisa chiquita y siguió con lo suyo, dejando a Exequiel solo con su cabeza y sus pensamientos llenos de Xabi. Se aclaró la garganta porque sentía que se le había cerrado de golpe y miró el chat con su DT. Vacío mayormente, solo mensajes aleatorios de él como «venís?» y de Xabi como «quiero verte, kario». Y ahora esa foto que lo iba a perseguir por el resto de su vida, porque Xabi lo había ido a ver al Monumental.
Se mordió el labio y trató de calmarse, pensar en frío. Todavía estaba rodeado de todos sus compañeros y no se podía poner así con una foto. Xabi lo había ido a ver jugar, eso no quería decir que lo fuese a ver a él. Ese pensamiento no lo hizo sentir mejor. Exequiel sí quería ver a Xabi. Su kario se moría por verlo.
Escribió con dedos ligeros y transpirados la dirección de su casa de San Martín, donde paraba cuando venía a Argentina y llevaba chicos lindos y compañeros de Selección para divertirse. Donde grababa videos para Xabi usando juguetes y acabando en su mano gimiendo su nombre. Donde tenía juguetes especiales que solo usaba a la distancia con Xabi, porque no se animaba a ser el sumiso de nadie más.
Escribió otro mensaje después de mandar su dirección: Venís?
Xabi tardó menos de un minuto en responder: Por ti kario iría hasta el fin del mundo.
Exequiel lo leyó con su voz y tuvo que llevarse las manos a la cara para no gemir. Entre sus piernas ya sentía ese cosquilleo típico de la anticipación. En su pecho, la necesidad hacía que su corazón latiera desesperado.
No sabía cómo iba a hacer para salir de esa situación, cómo le iba a decir que no a Enzo de ir a comer todos juntos al Bodegón de River si ya le había confirmado. No le importaba cómo, pero lo iba a hacer. Su kario estaba desesperado y no iba a poder contenerlo. Y no pensaba hacer esperar a Xabi por nada en el mundo.
Guardó sus cosas con apuro en su bolso y siguió festejando un poco más, pero sintió alivio cuando llegó el momento de irse del Monumental. Y para él, había llegado el momento de verse cara a cara con su mayor deseo.
Exequiel vio el auto con los vidrios polarizados estacionado en la puerta de su casa. El barrio estaba tranquilo, era día de semana y bastante tarde, la gente tenía que laburar. Le pagó al del Uber y le firmó la funda del celular como se lo pidió, aunque a Exequiel le temblaban las manos y no podía dejar de mirar el otro auto por el parabrisas.
Cuando se bajó y el Uber se alejó, se dio cuenta de que le temblaban las piernas y todo su cuerpo parecía vibrar de anticipación. Antes de dar dos pasos, la puerta delantera del lado izquierdo del auto se abrió y los zapatos de cuero brillaron bajo las luces de la calle. Los dedos de Exequiel se cerraron en el borde de su remera, estrujando la tela.
Ver a Xabi bajar de un auto reluciente en la noche de San Martín era lo más raro que le había pasado hasta ahora. Verlo vestido de manera impecable de pies a cabeza lo hizo temblar y dejarlo estancado en su lugar. Habían pasado pocos días desde la última vez que se habían visto y Xabi lo había despedido como solo él podía, pero Exequiel lo necesitaba. Lo deseaba y lo pedía todo su ser.
Se despertó de ese trance cuando Xabi cerró la puerta secamente y las luces titilaron cuando puso los seguros. El mayor apoyó un brazo en el techo y lo miró, pasando su mano por la sonrisa chiquita que se formó en sus labios, tal cual lo miraba cuando Exequiel se empezaba a sacar la ropa y él lo esperaba. De hecho, en ese momento, sintió que lo estaba desnudando con los ojos.
—Míster —lo saludó Exequiel, haciéndose el desinteresado cuando en realidad se estaba derritiendo por dentro.
—Pala —devolvió Xabi, con un movimiento de su cabeza.
No, pensó Exequiel. Nada de Pala. Soy tu kario.
Exequiel se lamió los labios y metió su mano en uno de sus bolsillos para retirar la única llave que tenía de su casa de San Martín. Se la mostró a Xabi y se dio vuelta para caminar hacia la entrada. Sus pasos fueron seguidos por el eco de los del mayor.
Sintió su presencia en su espalda cuando metió la llave en la cerradura y ya estaba temblando cuando la mano de Xabi fue a su cintura, bajo su remera y a su abdomen. No lo veía, pero sabía que estaba sonriendo. Los dedos jugaron con el elástico de sus joggings y Exequiel jadeó, puteando por lo bajo porque le estaba costando un montón abrir.
La puerta cedió y los dos se precipitaron adentro. Llegó a cerrar de un manotazo y ni siquiera pudo prender la luz, porque Xabi ya lo tenía agarrado de la cintura y besaba su cuello. Exequiel soltó un gemido débil y cerró los ojos, buscando la boca de Xabi. Jadearon con alivio en los labios del otro mientras compartían un beso desesperado.
—Estás precioso, kario —murmuró Xabi, llevando su pulgar al labio inferior del menor que ya se había hinchado.
Exequiel no sabía qué contestar a eso excepto con un sonrojo, así que separó los labios y acarició el pulgar de Xabi con su lengua. La mano del mayor se cerró en su quijada y lo hizo gemir cuando su dedo fue a su lengua, automáticamente cerrando su boca alrededor de él. Su otra mano fue entre las piernas de Exequiel y sonrió cuando acunó su bulto en su palma, haciéndolo ronronear.
—Mira cómo estás —dijo con una sonrisa—. Y ni siquiera he empezado contigo.
Retiró su mano de su cara y Exequiel no pudo evitar quejarse. Xabi enfiló hacia un lado, pero el menor lo retuvo con sus dos manos en su muñeca y encaró hacia el otro, donde estaba su habitación. Prendió la luz y la pieza se iluminó de manera tenue e íntima. Los ojos de Xabi analizaron el escenario con atención en cuestión de segundos.
—¿Aquí es donde te diviertes sin mí? —preguntó en voz baja, pero no amenazante. No era un reclamo, era simple y pura curiosidad.
Exequiel miró la cama y tuvo imágenes de lo que había pasado ahí, antes y después de Xabi, pero mayormente antes. La última vez había sido pocos días atrás, cuando volvieron de Uruguay. Fue Gonzalo el que le había pedido verse.
Pero no podía pensar en él cuando estaba con Xabi, no se lo permitía a sí mismo.
Xabi se sentó en la cama prolijamente hecha y Exequiel se maravilló de que quedara tan bien ahí. No sobresalía de manera burda, no desencajaba, Xabi se mimetizaba de manera perfecta con cualquier aspecto de Exequiel. No tenía sábanas de seda, ni acolchados importados de Estambul, pero Xabi no tenía ojos para eso en ese momento.
—Quítate la ropa, kario —dijo Xabi y esa sí fue como una orden.
Exequiel se mordió el labio y se deshizo primero de su remera; su pecho estaba cubierto por un leve sonrojo hasta la altura de sus pezones y su abdomen no paraba de agitarse con cada respiración. Los ojos de Xabi parecieron brillar cuando sus dedos se enredaron en el elástico de sus joggings, pero fue un chico malo y solo fue un amague, porque primero se encargó de sacarse las zapatillas con sus propios pies.
—Tú no eres un chico malo, kario —murmuró Xabi, dejando caer su cabeza hacia un lado y sonriendo levemente.
Exequiel tenía la sospecha de que podía leer su mente. Podía hacer tantas cosas maravillosas, que eso no lo sorprendería.
—No —dijo Exequiel—, siempre me dicen que soy un chico bueno.
Xabi se lamió los labios cuando finalmente bajó sus pantalones e inspiró aire con fuerza al notar que no había ropa interior. Exequiel se acarició de manera ausente hacia arriba mientras se despojaba de las medias y de esa última prenda. Se mordió el labio y se acarició con más ímpetu, doblando su muñeca con precisión cada vez que llegaba a la punta.
—Yo no he dicho que podías tocarte —advirtió Xabi.
Exequiel alejó su mano y llevó ambas a su espalda baja, obediente. Xabi sonrió complacido. Lo miró con atención, comiéndoselo con esos ojos oscurecidos, analizando la situación y cómo iba a hacerlo ver las estrellas esa noche. Solo deseaba gritar su palabra de seguridad hasta que le quemara la garganta.
Xabi llevó una mano al bolsillo de sus pantalones y retiró algo que Exequiel no llegó a ver qué era. Pero no hizo falta hacer preguntas, porque se materializó una soga roja de satén cuando el mayor la extendió con sus dedos. Exequiel tragó saliva y sus manos se retorcieron en su espalda. Su pija demostró curiosidad endureciéndose un poco más.
—Ven, acércate —indicó Xabi. Exequiel lo hizo y el mayor lo miró—. Date la vuelta.
Exequiel respiró profundamente, pero obedeció. Miró un punto fijo en el piso y tembló cuando Xabi lo atrapó de las muñecas y las juntó a la altura de su espalda baja. El menor se mordió los labios mientras sentía cómo iba dándole vueltas a la soga hasta sus antebrazos, justo bajo el pliegue de sus codos.
—Dime si duele o está tirante —dijo Xabi.
Exequiel probó moviendo sus brazos, pero mucho no pudo hacer. Sus muñecas estaban bien atadas, pero no al punto de hacerle doler o molestarle. Tampoco sentía que sus brazos se fuesen a entumecer por la posición. Lo puso más caliente que Xabi supiera hacer esto tan bien, porque él era perfecto para todo.
—Está perfecto —respondió Exequiel, sintiendo su voz rara después de tanto tiempo sin hablar.
Xabi lo agarró de su bíceps y Exequiel entendió que tenía que darse vuelta. Sus ojos encontraron los del mayor y sintió toda su sangre concentrarse en un solo lugar por lo que vio en esa mirada. Había deseo, hambre, pasión, admiración, una mezcla de todo que siempre lo postraba a sus pies.
Cerró los ojos cuando lo sostuvo de la cintura y se inclinó a besar su abdomen. Fue más un roce de su boca, la sensación áspera de su barba prolija y cuidada, la razón de que sus muslos no se irritaran y solo mostraran raspones dulces que desaparecían al poco tiempo.
Xabi besó su abdomen, acunó sus pectorales en sus manos y mordió suavemente sus pezones. Exequiel jadeaba y se moría por empujar su cabeza hacia abajo, pero no podía. No lo tenía permitido.
—¿Sabes la palabra, kario? —preguntó Xabi contra su piel.
—Sí —asintió Exequiel con un temblor. Cuando el mayor se alejó para preguntarle cuál era, se adelantó—. Gonzalo.
—¿Cómo? —inquirió el muy maldito.
—Gonzalo —repitió Exequiel.
Soltó un grito de sorpresa cuando Xabi tiró de su brazo y lo hizo tambalearse hasta caer desprolijamente encima de él. Xabi lo manejó como si fuese una muñeca de trapo, acostándolo boca abajo en sus muslos. El menor tuvo que enderezar su espalda para no terminar con su cara hundida en el colchón.
—No me gustó ese tono, kario —dijo Xabi, pasando su mano por toda su espalda hasta lo que permitió la unión de sus manos atadas. Hizo gritar al menor de nuevo cuando su palma azotó el dorso de uno de sus muslos—. Creí que estábamos de acuerdo con que eras un chico bueno.
—No usé ningún tono —discutió Exequiel, pero no lo hizo para defenderse. Quería contradecir a Xabi para que le siguiera pegando.
Xabi apretó sus nalgas con ganas y después le pegó en esa zona con la mano abierta, haciendo que picara su piel y dejando una leve sensación de ardor. Exequiel respondió con gimoteos y removiendo sus manos en los agarres.
—Xabi…
—Un chico bueno jamás hablaría así —observó Xabi, dándole tres chirlos al hilo que resonaron en la habitación—. Mi kario jamás me hablaría así.
Exequiel lloriqueó cuando le volvió a pegar en la piel irritada y enrojecida. Necesitaba tocarse y no poder hacerlo lo estaba matando, pero no podía decir que no estaba disfrutando ese trato de Xabi. Haber terminado en sus muslos en esa posición tan típica de castigo lo llevó de cien a mil, sin escalas.
Xabi estrujó sus nalgas maltratadas y escabulló su mano entre ellas para rozar su entrada con sus dedos. Exequiel gimió y paró la cola, arqueando la espalda y exponiéndose todo lo que pudo en esa posición. El mayor solo lo acarició, una clara provocación.
—¿Quieres que te llene, kario? —preguntó Xabi.
—Dios, sí —respondió Exequiel en un gemido.
Su mano fue más allá y sus dedos hicieron presión en su perineo. Exequiel gimió contra la frazada. Lo sorprendió otro chirlo, seco y doloroso.
—¿Cómo lo pediría un chico bueno?
—Ngh… por favor —gimoteó Exequiel.
—¿Cómo? No te oigo —dijo Xabi, dándole una seguidilla de cachetadas en el dorso de los muslos.
—¡Por favor! Por favor, por favor, por favor, Xabi, meteme algo, lo que sea, por favor…
Una mano fue a su pelo y lo acarició suavemente, tal cual lo haría con un perro al que querría tranquilizar. Su otra mano se metió entre sus piernas y lo agarró de su saco para masajearlo con descuido. Exequiel chilló y se retorció.
—Sé bueno y dime la palabra, kario —dijo Xabi—. Me gusta cuando dices su nombre.
Exequiel apretó los ojos. Su mente se llenó de esa noche que compartió con su mejor amigo, de las sonrisas cómplices, de su cara deshecha en un gesto de placer, de sus ojos brillantes cuando le pidió que no le dejara marcas, pero que tampoco lo tratara con cuidado. Tratame como Xabi, había estado a punto de decirle, pero no pudo. Solo pudo ser él mismo y dejarse completamente a su merced.
—Gonzalo —dijo Exequiel, con vergüenza de que su mejor amigo pudiese materializarse en ese momento si decía su nombre. Era esa misma vergüenza que sentía lo que lo excitaba todavía más.
Las manos de Xabi lo dejaron ir. Lo sintió buscar algo en su otro bolsillo, moverse con ligereza y segundos después, algo frío entre sus nalgas y haciendo presión en su entrada. Exequiel se removió y trató de mirar, pero soltó un jadeo cuando sintió que el mayor deslizaba algo que se sentía como de metal en él. Con un último toque de los dedos de Xabi en la base del juguete, empezó a vibrar.
Exequiel soltó un gemido prolongado y empezó a retorcerse en busca de frotarse contra el muslo de Xabi. La respuesta del mayor fue una risita suave y cargada de afecto, y llevó su mano a su cuello.
—¿Quieres tocarte? —preguntó Xabi. Exequiel tragó saliva y asintió con la cabeza—. Puedes ponerte de rodillas y frotarte contra mi pierna… como un perro en celo. Te verías hermoso.
—Lo que sea —gimoteó Exequiel—. Te puedo chupar la pija también.
—Dios, esa boca sucia me vuelve loco —gruñó Xabi, tironeando suavemente de su pelo.
Exequiel se enderezó y se acomodó sobre uno de los muslos del mayor con su ayuda, porque seguía bastante limitado de fluidez en sus movimientos debido a sus manos atadas. La leve vibración lo estaba volviendo loco, pero no era suficiente.
Por eso, apretó sus rodillas a cada lado del muslo de Xabi y empezó a frotarse contra él. Xabi sonrió y aprobó su movida, rodeando su cintura con un brazo —con cuidado de no entrometerse en las ataduras— y lo atrajo más hacia él. Exequiel buscó su boca y lo besó, mientras sus caderas encontraban el ritmo perfecto para estimular su pija y disfrutar de la vibración en su próstata.
—Mm, Xabi… —gimió Exequiel, perdiéndose en ese vaivén desesperado pero estimulante.
—No tienes idea de lo hermoso que te ves así, kario —dijo Xabi. Bajó hacia su cuello y Exequiel lo expuso más para él, cerrando los ojos y gimiendo hacia el techo—. Realmente no hay nadie como tú.
Exequiel gimió cuando una mano mojada de lubricante fue hacia su pija. Pensó que no iba a pasar algo así, que Xabi lo iba a hacer rogar para que lo tocara, así que perdió el control de sus caderas. En realidad, perdió el control de sí mismo, porque Xabi siempre lo tocaba tan bien, como un instrumento que había tocado toda su vida y por eso era un experto.
La burbuja en la que estaban explotó cuando se escuchó un golpe seco seguido de una puteada bajita. Exequiel abrió los ojos y giró la cabeza, saltando de los muslos de Xabi cuando encontró a Gonzalo enderezando una silla que se había llevado puesta. Le pifió al colchón y, al tener las manos atadas y no poder sostenerse, siguió de largo y cayó al piso, soltando un gemido roto.
—¿Qué hacés acá, Gonza? —preguntó con la voz un poco tomada.
—Estaba la puerta abierta y ni me imaginé que tenías compañía —explicó Gonzalo sin poder mirarlo a los ojos. Levantó el almohadón del piso y lo puso en la silla donde había estado, mirando tímidamente en dirección a la pareja en la cama—. Hola, un gusto.
—El placer es todo mío —contestó Xabi con una sonrisa llena de curiosidad.
—Perdón por haberlos interrumpido —siguió Gonzalo, mirando a Exequiel un segundo y desviando la mirada rápidamente, encarando hacia la puerta—. Ya me voy.
Exequiel separó los labios, pero no fue el que habló primero.
—Gonzalo —lo llamó Xabi, pronunciado la «z» de esa manera tan sensual y que a Exequiel lo ponía a temblar. Fue rarísimo escuchar el nombre de su mejor amigo en la boca de su DT.
Lo que más le llamó la atención fue que Gonzalo obedeció esa voz y se dio vuelta en respuesta. Los ojos de su mejor amigo casi nunca demostraban lo que realmente estaba sintiendo o pensando, su mirada siempre era muy fría, muy vacía. Pero en ese momento Exequiel leyó y prácticamente tanteó el interés por el llamado de Xabi.
—Toma asiento y disfruta de Exequiel —propuso Xabi con una sonrisa—. Estoy seguro de que te vas a llevar una linda sorpresa.
Exequiel abrió la boca para negarse a eso, pero no pudo decir ni una palabra. Sintió el mismo sudor frío en su nuca como cuando supo que Xabi había viajado a Argentina para verlo. Se rió de sí mismo por dentro, porque ¿cuántas veces se había imaginado que Gonzalo lo veía coger con Xabi? ¿Cuántas veces había fantaseado con que se sumara a ellos, a su dinámica?
Miles. A veces se despertaba con un enchastre en su ropa interior, en su cama vacía, después de soñar con Xabi y Gonzalo junto a él. Los dos lo dominaban siempre. Exequiel se entregaba a los dos en cada fantasía y sueño húmedo.
Gonzalo miró a Exequiel, esperando su aprobación. Con eso, Gonzalo indicaba que no iba a responder a otra persona que no fuese a él. Eso hizo que su pecho se llenara de un calor que solo sentía de la mano de su mejor amigo. Así que asintió con la cabeza.
Miró atentamente mientras Gonzalo se sentaba en la silla que anteriormente había tirado y levantado. Cruzó las piernas y los brazos, y miró. Solo se limitó a mirar. Un espectador atento, calculador y muy frío.
Xabi buscó la atención de Exequiel con una mano suave en su pelo. Cuando el menor lo miró, llevó sus dedos a su mentón y eso fue gesto suficiente para que se moviera. Gonzalo ya había visto que sus manos estaban atadas en su espalda y que estaba lleno de un juguete, pero el mayor no estaba buscando eso.
Estaba buscando la boca de Exequiel.
Se desabrochó los pantalones y se retiró de su ropa interior. Hizo todo el trabajo él, porque no contaba con las manos del menor. Cuando finalmente Exequiel se pudo inclinar hacia abajo y rodear su punta con sus labios, Xabi apoyó sus manos en la cama y soltó un suspiro.
—Joder, kario, tu boca… —dijo hacia el techo.
Exequiel se regodeó en ese cumplido, porque Xabi solo maldecía cuando perdía el control. Llenó su boca del mayor y empezó a cabecear sin problema, arrastrando cada caricia húmeda. En otro momento lo provocaría cerrando su mano viciosamente en su tronco, pero tenía que conformarse con solo usar su boca. Y lucirte para tu mejor amigo, dijo la voz odiosa de su cabeza.
Su garganta gorgoteó cuando la llenó del mayor. Xabi jadeó y llevó una mano a su nuca, solo para acariciar y felicitarlo por sus esfuerzos.
—Buen chico —agregó con la voz ronca, como para dejar en claro que seguía tratándolo como una mascota que se estaba portando bien—. Eres un buen chico, ¿no es cierto? ¿Tú qué dices, Gonzalo?
Exequiel apretó los ojos, porque no se acostumbraba a la respuesta de su cuerpo cuando escuchaba a Xabi decir su palabra de seguridad.
—Yo solo miro —respondió Gonzalo—. No me corresponde meterme en los asuntos de los demás.
Xabi soltó una risita, como si estuviera genuinamente sorprendido de que Gonzalo fuese un hueso tan difícil de roer.
—Si tan solo supieras… —dijo en un murmullo. Su mano acarició el pelo de Exequiel—. Exequiel es un buen chico, por eso voy a darle lo que quiere.
La mano de Xabi se cerró en su nuca y apretó suavemente su garganta. Exequiel gimió y se retiró de su pija en una explosión de saliva que lo seguía conectando a él. El mayor llevó una mano a su mentón y lo hizo levantar la cabeza para admirar su boca hinchada y enrojecida, mojada de saliva y preseminal.
—Te voy a llenar mientras lo miras a él —dijo Xabi suavemente—. Porque sé que eso es en lo que piensas cada vez que dices su nombre.
El labio inferior de Exequiel tembló bajo el pulgar que Xabi usó para acariciarlo. Pero asintió con la cabeza de manera obediente cuando vio que el mayor levantaba las cejas en ese típico gesto de ¿me entendiste?
—Buen chico, kario —terminó Xabi con una sonrisa y un guiñito.
Exequiel se quedó unos segundos en la misma posición hasta que pudo moverse. En ningún punto de la situación su placer se había apaciguado en lo más mínimo y eso era lo que más vergüenza le daba.
Miró a Gonzalo mientras se subía a la cama, hundiendo sus rodillas en el colchón e inclinando su cuerpo hacia adelante hasta que sus hombros tocaron la frazada. Xabi se acomodó atrás de él, bajándose los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas para acariciar su pija dura a centímetros de él.
Exequiel gimoteó cuando retiró el juguete de su interior y la estimulación cesó, sintiéndose vacío de golpe. Pasaron segundos hasta que lo llenó con su pija mojada de lubricante, robándole un gemido que trató de ahogar en el colchón.
—No, kario, tienes que mirarlo a él —ordenó Xabi con suavidad, atrapándolo del pelo para levantar su cabeza—. Tienes que mostrarle cuánto lo disfrutas.
Exequiel gimió, mirando a Gonzalo con ojos nublados de placer, sintiendo cómo Xabi se hundía centímetro a centímetro en él, llenándolo de a poco. Los ojos oscuros de Gonzalo lo intimidaban, pero no podía esconderse. No podía rehuir esa mirada aunque quisiera. Lo perseguía en sus sueños, en sus fantasías, entre sus muslos cada vez que podían verse.
Gonzalo seguía cruzado de piernas y con una mano cerca de su boca, su índice acariciando su labio inferior. Lo miraba como un partido que le tocaba seguir desde el banco o desde el sillón de su casa. Concentrado, frío, atento.
Los pensamientos de Exequiel fueron interrumpidos cuando Xabi terminó de entrar y eso estimuló directamente su próstata. Su mano había ido a su hombro y sus dedos apretaban su clavícula con fuerza. El menor se mordió el labio y meneó levemente las caderas.
—Kario —jadeó Xabi, moviendo su mano hasta cerrarla en su garganta y apretar.
Exequiel cerró los ojos y soltó un gemido ahogado. Xabi no aflojó la presión en su garganta y sus caderas empezaron a moverse, primero con cuidado, pero después con brusquedad. Eran estocadas que sacudían a Exequiel y no lo mandaban de cara al colchón solo porque el mayor lo sostenía del cuello. Sus manos se retorcieron desesperadas en sus ataduras por la inercia de aferrarse a algo.
Y Gonzalo miraba. Sus piernas ya no estaban cruzadas y su mano acariciaba ausentemente el relieve en sus joggings. Exequiel solo podía pensar en pedirle que se acercara y llenara su boca de él, pero Xabi no había dado indicios de que podía hacerlo. Xabi era claro con sus órdenes, si hubiese querido que Gonzalo se sumara, lo hubiese expresado así tal cual.
Pero de tan solo imaginar que Gonzalo podría levantarse, caminar hacia él y tirar su pelo para usar su boca a su gusto y placer, lo hizo escalar en su excitación. Sintió un nudo formarse en su vientre, un cosquilleo divino que empezaba siempre en la punta de sus pies, una adrenalina como pisar el acelerador en una avenida desolada o encarar hacia un arco vacío.
La mano de Xabi lo sostuvo de la quijada cuando empezó a gemir los primeros indicios de su orgasmo. Estaba a punto, un golpe más de Xabi en su próstata y explotaría como un volcán. Su boca se llenó del pulgar del mayor y relajó todos los músculos, porque se venía y se sentía tan bien…
Pero al último segundo, cuando pensó que explotaría, la otra mano de Xabi fue a su pija y apretó a la altura de su base. Exequiel chilló, sintiendo que le habían estrujado los pulmones y el aire quedaba rebotando en su vía respiratoria sin saber a dónde ir. Tembló y gimoteó, sintiendo lágrimas acumularse en sus ojos y que su placer pendía de un hilo.
—N-no… por favor, no —jadeó con aire que encontró mágicamente, llorando desesperado porque la oleada no había pasado y Xabi lo seguía reteniendo.
Tenés que decir la palabra, kario, le recordó la voz pretenciosa de su cabeza entre tanto placer y dolor mezclados.
Claro, pensó Exequiel. Simple. Como si mi palabra de seguridad no estuviese sentada a un metro viendo cómo me detonan. Re simple. ¿Cómo tendría que mirar a mi mejor amigo después de eso?
Pero ¿realmente importaba eso en ese momento? Cuando estaba con Xabi, los dos estaban de acuerdo en que la única prioridad era disfrutar. Pasarla bien, explorar el placer de esa dinámica de poder y entrega, siempre y cuando fuese consensuado. Xabi había tenido otros sumisos y alguna vez tuvo un dominante, por eso se tomaba muy en serio el cuidado que requería, la seguridad, la confianza.
En un momento así, Gonzalo no entraba en la ecuación. No era una prioridad. Ni siquiera era parte. Solo era un espectador. Y si Exequiel quería acabar y Xabi se pasaba toda la noche impidiéndoselo, sería su culpa por no decir la palabra.
El alma le volvió al cuerpo cuando la mano de Xabi liberó lentamente la presión en su base y Exequiel se sintió desolado cuando descubrió que la oleada había pasado. Más lágrimas bajaron por sus pómulos y se sintió un poco humillado.
Xabi retomó las embestidas y con eso volvió la estimulación en su próstata. Exequiel entendió que iba a tener que reconstruir su orgasmo de cero, esperar a que Xabi se lo concediera, porque no tenía los medios para hacerlo por sí mismo. Su placer dependía pura y exclusivamente de Xabi.
O de que digas la palabra, agregó la voz.
Si decía la palabra, todo eso se terminaba. Tendría ese delicioso orgasmo, Xabi lo llevaría a lugares hermosos y lo cuidaría cuando la situación se volviera demasiado. Se iría tanto en su placer, que su cuerpo seguiría ahí, pero su mente pasaría a otro plano de la mano del goce, el disfrute, la cantidad de sensaciones inexplicables que solo gracias a Xabi podía entender.
Era eso y después tener que mirar a su mejor amigo a los ojos y explicarle por qué había elegido su nombre. Era hablar de cosas que jamás había querido hablar con él, porque era más fácil ignorarlas e ir al grano. Era más fácil besar a Gonzalo y entregarse completamente a él que darle el poder de saber que gritaba su nombre entre lágrimas cuando el placer se volvía demasiado para él.
—Kario —lo llamó Xabi. Respondió con un murmullo débil alrededor de su dedo—. Antes de continuar, ¿quieres decirme algo?
Exequiel cerró los ojos, resignado, y más lágrimas bajaron por sus pómulos. Negó con la cabeza. Xabi acarició su quijada y devolvió su mano a su cuello cuando retomó las embestidas secas y descuidadas.
Gonzalo lo miró con incertidumbre. ¿A qué le tenés tanto miedo?, preguntaban esos ojos oscurecidos. ¿Por qué no dejás que te dé lo que tanto necesitás? Exequiel hizo un leve gesto de negación con la cabeza, casi imperceptible. Su mejor amigo se apretó por encima de la ropa y no aguantó más. Juntó saliva en sus dedos y metió su mano en sus prendas para masturbarse.
Exequiel gimió, con la palabra en la punta de su lengua, pero no para suplicar que Xabi parara, sino para pedir por Gonzalo. Sus manos se retorcieron cuando Gonzalo tiró la cabeza hacia atrás y se retiró de su ropa para tocarse frente a sus ojos. Exequiel deseaba gatear hacia él, hundir su cara entre sus muslos y que le cogiera la boca hasta olvidarse de su nombre. Que te vendría muy bien, pero no.
Su nuez se movió al tragar. Todos sus músculos se tensaron, pero sus ojos solo miraban a Exequiel. Se mordió el labio y apretó hacia arriba hasta que un poco de preseminal se acumuló en la punta, que Exequiel probaría con ímpetu antes de abrir la boca y dejar que llenara su garganta de él.
Y otra vez un remolino se formó en su vientre. Se concentró en su placer y no dejó de mirar a Gonzalo. Sus dedos se cerraron en las ataduras y sí… sí, sí, estaba listo. Estaba completamente listo.
La mano de Xabi se cerró nuevamente en su eje y lo hizo dar un espasmo débil, gimiendo entre lágrimas. Xabi lo siguió apretando y Exequiel creyó que todo eso le iba a explotar por dentro.
—¡Gonzalo! —gritó a todo pulmón—. ¡Gonzalo, Gonzalo! Gonzalo… Gonzalo…
La presión en su base cesó. Xabi se separó completamente y Exequiel cayó en la humedad que sus lágrimas hicieron en la frazada. Lloró como una criatura torturada, encogiéndose en sí mismo, rogando por desaparecer.
Las manos de Xabi acariciaron su pelo con suavidad. Siguieron el recorrido de su brazo y las ataduras se aflojaron. El mayor masajeó desde sus muñecas hasta sus bíceps. Esas mismas manos que lo habían cagado a chirlos y le habían impedido su orgasmo dos veces.
—Kario —lo llamó.
Y Exequiel fue, escondiéndose en su pecho y acurrucándose contra él. Xabi lo acunó entre sus brazos hasta que tuvo su cabeza en uno de sus hombros. Besó su frente y su pelo, su brazo rodeando su cintura.
—Eres un buen chico —dijo Xabi con una sonrisa cargada de afecto. Exequiel lo miró con ojos grandes y mojados de lágrimas. El mayor las secó con sus dedos—. Eres el chico más precioso que han visto mis ojos.
Su mano fue al desastre entre sus muslos y Exequiel gimoteó cuando acunó su saco en su palma, pero sus piernas se abrieron más. Separó los labios para decir algo, cualquier cosa, pero solo pudo gemir cuando Xabi lo empezó a masturbar.
Exequiel se retorció y se deshizo en gemidos débiles. No se quedó quieto en los brazos de Xabi y una mano se aferró a su hombro, mientras que la otra rodeaba la muñeca del mayor que se movía frenética entre sus muslos.
Xabi paró y lo hizo soltar un quejido mitad gemido, pero solo fue para sentarlo en sus muslos, con su espalda contra su pecho, y enfrentar a Gonzalo con las piernas abiertas y su pija dura y enrojecida. Xabi presionó sus labios en su cuello y devolvió su mano a su erección.
La habitación se llenó de los grititos de Exequiel. La imagen era sumamente erótica: ese chico sentado en los muslos de un hombre mientras se retorcía de placer. Para cualquier espectador, especialmente para Gonzalo, que desconocía a Exequiel en ese momento.
Exequiel arañó sus propios muslos en busca de separarlos más. También lastimó sus clavículas y su pecho. Estaba demasiado ido para pensar en otra cosa que no fuera el placer que le generaba lastimarse y que Xabi lo tocara. Y lo que más nublaba toda su mente era saber, muy en el fondo, que Gonzalo lo veía así por primera vez.
Esta vez, confió en Xabi ciegamente cuando sintió su orgasmo formarse desde la punta de sus pies. Dio todos los indicios que fueron necesarios, pero el mayor no los usó en su contra. Lo siguió masturbando, diciendo cosas dulces en su oído, haciéndolo sentir adorado y complacido.
Su placer pareció arrasar con todo. Exequiel se arqueó y gimió hacia el techo, liberándose en la mano de Xabi lo que se sintió como una eternidad. Tres orgasmos acumulados en una sola acabada, claramente su abdomen quedaría enchastrado.
—Precioso —murmuró Xabi junto a su oído—. Eres realmente precioso, pero cuando te corres… kario, cuando te corres eres como un ángel.
Exequiel gimió por esos elogios. Giró la cabeza en el hombro de Xabi y besó su mandíbula desprolijamente, disfrutando del contacto áspero de su barba. Xabi volvió a acunarlo contra su pecho y besó sus labios con delicadeza. Era un contraste muy marcado el del beso y su mano todavía entre sus piernas.
—Ngh, Xabi… —murmuró Exequiel—. Ya es mucho…
Su mano fue a la muñeca de Xabi y la rodeó con dedos débiles. Los ojos del mayor se oscurecieron, pero no le recriminó que no usara el lenguaje que ambos usaban en la cama por su dinámica. Exequiel no estaba seguro de poder decir el nombre de su mejor amigo de nuevo sin sentir humillación.
—Tendrás que cambiar tu palabra de seguridad si algún día quieres que se sume a nosotros —murmuró Xabi en su oído.
Exequiel abrió los ojos y sintió que le faltaba el aire. Buscó a Gonzalo con la mirada, pero ya no estaba ahí. A lo lejos, podía ver la luz del baño prendida. Volvió la mirada al mayor.
—¿Me lo decís en serio? —preguntó en voz baja, sintiendo terror de que su mejor amigo llegara a escucharlo.
—Si eso quieres y te hace feliz, kario —dijo Xabi, acariciando su pómulo tibio con sus nudillos—. Mi único deber es complacerte.
—Pero… —Arrugó las cejas—. ¿Le harías las mismas cosas que a mí?
—No te precipites, kario —respondió Xabi—. Estas cosas se hablan y lo sabes muy bien. Pero tú eres mi sumiso y yo soy tu dominante. Eso no va a cambiar nunca hasta que alguno de los dos tome esa decisión.
Exequiel rodeó los hombros de Xabi y se sentó de frente en sus muslos para abrazarlo. El mayor lo recibió sin problema, acariciando su espalda con mucho cuidado. Su ropa olía a Hugo Boss y sexo, lo que a Exequiel le encantaba, por eso hundió su nariz en su cuello.
—No estoy listo para eso todavía —admitió Exequiel.
No especificó si hablaba de sumar a Gonzalo a la ecuación o de tomar la decisión de disolver la dinámica de su relación con Xabi. En cualquier caso, no estaba listo. Como tampoco estaba listo para enfrentar a su mejor amigo después de lo que había visto.
—Traje unas toallas por si quieren limpiarse.
Exequiel salió de su escondite y se giró para encontrar a Gonzalo en la puerta de la habitación con una toalla en cada mano. Tenía el pelo húmedo y un corte en el labio inferior. Su remera blanca estaba salpicada de agua hasta la altura del pecho. No había bulto pronunciado en sus joggings. Exequiel se quedaría con la incertidumbre de cómo había acabado Gonzalo.
Se levantó de los muslos de Xabi y caminó tímidamente hacia él. Los ojos de Gonzalo brillaban y su boca tendía a estirarse levemente cuando quería reprimir una sonrisa. Le ofreció las dos toallas y Exequiel las aceptó, apurándose a limpiar el enchastre en su torso.
Gonzalo dio un paso hacia él y le sacó la otra toalla de la mano. Tenía un poco de semen en su cuello que Exequiel no podía ver, así que lo limpió por él. Sus dedos rozaron su piel más allá de la tela y Exequiel tembló.
—Besame —pidió en un jadeo.
Gonzalo soltó una risita exasperada.
—Tu hombre sigue ahí.
—Gonza.
—Me tengo que ir, Exe.
—Gonzalo.
Algo hizo clic en su mejor amigo. Sus hombros se tensaron y miró a Xabi por un segundo. Rodeó la cintura de Exequiel con su brazo y tiró de él fuera de la habitación, cerrando la puerta y empujando al menor contra ella. Levantó sus brazos y los mantuvo en alto contra la puerta, entrelazando sus dedos y comiéndole la boca en un solo movimiento.
Exequiel jadeó y cerró los ojos, dejándose llevar. Separó sus labios y dejó que Gonzalo llenara su boca con su lengua. Arqueó la espalda para alejar su cuerpo de la puerta y pegarse a Gonzalo. Su mejor amigo solo liberó sus manos para gruñir y tirar del dorso de sus muslos hasta que sus caderas quedaron encastradas.
Gonzalo se frotó contra él, lo usó a su gusto y placer. El roce de su piel desnuda contra la ropa de su mejor amigo era doloroso, pero estaba acostumbrado a eso por Xabi. Las manos grandes fueron a su espalda baja desnuda y sus labios a su oído.
—¿Cómo vas a gritar mi nombre para que pare? —preguntó en un murmullo.
Exequiel no pudo responder. Gimió roto y acabó débilmente, apenas una descarga porque había acabado hace un momento. Gonzalo miró hacia abajo y vio su pantalón manchado. Soltó una risita.
—Sos increíble —dijo Gonzalo, llevando sus manos a la cara tibia de Exequiel—. Ahora entiendo todo.
Gonzalo lo sostuvo de su mentón y se inclinó para darle un último beso antes de alejarse. Exequiel se quedó mirando el punto vacío que dejó su mejor amigo y solo reaccionó cuando escuchó la puerta principal cerrarse secamente.
Todavía en un estado entre sedado y saciado por ese último orgasmo que le fue arrancado, Exequiel volvió a la habitación. Xabi seguía en la cama, pero lo único diferente era que se había arremangado el suéter hasta los codos. Exequiel tembló cuando registró su sonrisa suave.
Miró con atención cuando el mayor agarró un extremo de su cinturón y tironeó hasta retirarlo completamente de las presillas de sus pantalones. Exequiel cerró la puerta.
—Ven aquí, kario —dijo Xabi—. Tienes que entender que yo no dije que podías besarlo.
Por segunda vez en la noche, Exequiel terminó boca abajo en los muslos de Xabi. La piel de sus nalgas quedó enrojecida e irritada, y su garganta raspaba de tanto gemir. Gritó dos veces más el nombre de Gonzalo, sin vergüenza y retorciéndose de placer. Pero los besos dulces de Xabi y sus manos secando sus lágrimas siempre lo calmaban.
Quizás Exequiel estaba más listo de lo que creía.
