Actions

Work Header

Una canción de primavera

Summary:

Crossover Honzuki no Gekokujou x Canción de Hielo y Fuego

Dos extranjeros aparecen en la costa del Norte.
Sin barco. Sin nombre que el lugar reconozca.

Ella observa, clasifica, aprende.
Él evalúa, protege, decide.

En un mundo donde todo tiene un nombre y un lugar,
ellos no tienen ninguno.

Y el Norte no deja pasar lo que no entiende.

Notes:

Esta es una obra de fanfiction basada en Ascendance of a Bookworm y A Song of Ice and Fire.
Todos los personajes y mundos pertenecen a sus respectivos autores.
Esta historia no tiene fines de lucro.

Chapter 1: Rozemyne

Chapter Text

El viento del mar era horrible.

No tenía nada que ver con el de Ehrenfest: era húmedo, pesado, salado... y completamente ineficiente para conservar calor corporal. Sentía los labios pegajosos y el aire me raspaba la garganta. Respirar resultaba incómodo, casi irritante.

No era que yo tuviera una relación particularmente buena con el frío en condiciones normales. Mi cuerpo había sido siempre más propenso a enfermar que el de cualquier persona razonable, y Ferdinand y mis asistentes habían dedicado una cantidad considerable de su tiempo a intentar mantenerme funcional durante los inviernos. El viento salado del mar no era exactamente lo que necesitaba después de haber aparecido en una playa desconocida sin abrigo adecuado ni ninguna idea de dónde estábamos.

Y el suelo tampoco ayudaba. La arena oscura se hundía bajo mis botas a cada paso, húmeda y pegajosa. Más adelante, el bosque se alzaba enorme y oscuro. Los árboles eran demasiado grandes. Las raíces sobresalían de la tierra como venas. Oscuridad entre las ramas. Todo parecía viejo.

Demasiado viejo.

Ferdinand no miraba el mar. Miraba el bosque con la expresión que ponía cuando había problemas sin solución conocida.

—Esto no es Yurgenschmidt —dijo.

Sentí un nudo en el estómago. Claro que no lo era, eso ya era obvio. Pero escucharlo dicho en voz alta hacía que pareciera más real. Vi unas ramas e intenté usar maná para iniciar un fuego casi por reflejo.

Nada ocurrió.

Parpadeé.

Volví a intentarlo.

Nada.

El mundo se sentía extrañamente silencioso, como si faltara algo en el aire. El vacío me hizo sentir incómodamente ligera por un instante, como si hubiera intentado mover un brazo y no estuviera allí.

—No... responde —murmuré.

Otra vez.

Nada.

Busqué ese calor interno que siempre había estado ahí, parte de mí misma desde que tenía memoria en mi nueva vida. El maná estaba, pero no podía acceder a él. Como si algo me impidiera usarlo, como si faltara lo que permite hacer la conexión.

Ferdinand cerró los ojos, concentrándose. Lo observé atentamente. Su expresión cambió apenas un poco, pero pude distinguir el esfuerzo y la concentración que ponía en la tarea de mover su maná.

—Es algún tipo de bloqueo —concluyó.

El frío me hizo temblar por primera vez.

—¿Mestionora...?

Ni siquiera quería terminar la pregunta. Esto ocurrió cuando usaba mi Grutrissheit en una de las puertas fronterizas.

Ferdinand se quitó un guante y observó su mano antes de volver a colocárselo. Habló con normalidad. Como si estar atrapados en otro mundo fuera simplemente otro problema administrativo y no uno particularmente urgente.

—Eso sólo establece el momento del incidente, no la causa. Pudo ser una intervención deliberada, una reacción defensiva del propio sistema, un fallo durante la transferencia... o algo externo que todavía no comprendemos. Si fue Mestionora, no quiso ejecutarnos. Sólo expulsarnos... y privarnos de lo necesario para volver.

Eso fue peor. Mucho peor. Había aprendido que incluso las cosas peligrosas tenían sentido. Los templos tenían reglas. Los dioses tenían funciones. La magia tenía estructura. Aquí no entendía nada.

Un graznido atravesó el aire. Me estremecí.

No reconocía ese sonido. Y había leído suficientes bestiarios para saber cuándo eso era una mala señal.

No, mundos distintos, reglas distintas. Ya debería haberlo aprendido.

Ferdinand alzó la vista inmediatamente.

—Primero: refugio. Segundo: fuego. Tercero: información. Donde el maná falla, el cuerpo manda. Y el cuerpo sucumbe al frío.

Quise decirle que mi cuerpo ya sucumbía normalmente sin necesidad de ayuda externa. Y que necesitábamos urgentemente un libro explicando este mundo, sus especies, sus peligros, sus normas. Incluso un mapa habría sido mejor que avanzar a ciegas. Pero el viento volvió a golpearme y perdí las ganas de hablar.

Seguimos avanzando hacia una zona menos expuesta.

—Inventario —ordenó Ferdinand.

Eso ayudó un poco. Las rutinas ayudaban.

Nos arrodillamos y comenzamos a revisar nuestras pertenencias. El bolso era adecuado para un viaje noble. No para sobrevivir en medio de un bosque desconocido. Eso era un problema enorme.

En Yurgenschmidt, viajar sin carruajes, sirvientes o preparación adecuada era prácticamente impensable para alguien de nuestro estatus. Aquí parecía que podíamos morir por algo tan básico como no tener yesca o cuchillo.

Sobre el paño aparecieron algunas monedas, joyas, la piedra de maná de Lessy. Tuve que apartar la mirada de ese objeto. Ver herramientas mágicas inútiles me producía una sensación extraña, y las piedras fey en específico aún me resultaban desagradables.

Ferdinand tomó una piedra de maná.

—Concéntrate.

Lo hice, tratando de no mirarla.

Nada, la piedra permaneció apagada.

Ferdinand probó también. Nada.

—No es sólo el maná —dijo—. Aquí no existe la estructura necesaria para utilizar herramientas mágicas.

Miré la piedra otra vez.

—Entonces... ¿son sólo adornos?

—Por el momento, sí.

Eso me aterró más de lo que debería. El rostro de Ferdinand tenía un atisbo de preocupación. Y eso hablaba mucho de lo mala que era nuestra situación, más que cualquiera de los temblores que tenía en este momento y que no todos eran culpa del frío.

El viento atravesó mis ropas otra vez y reprimí un escalofrío. Nuestra ropa era elegante. Hermosa, incluso. Y completamente inútil aquí. Las botas comenzaban a humedecerse. Los guantes eran demasiado finos. Las capas servían para mostrar estatus, no para dormir en un bosque helado.

En Ehrenfest habría sabido exactamente qué hacer: enviar a alguien a buscar ropa adecuada, consultar con mis asistentes sobre los materiales más apropiados para el clima, organizar el problema en pasos gestionables con recursos disponibles. Aquí no tenía a nadie a quien enviar o consultar, y los únicos recursos disponibles éramos Ferdinand, yo, y un bolso de viaje que no había sido pensado para esto.

Intenté no pensar en cuánto tardaría en secarse todo aquello. No ayudaba.

—No tenemos fuego —murmuré.

—No tenemos cuchillo —corrigió Ferdinand.

Más preciso. Eso significaba que incluso obtener fuego era más complicado de lo habitual. Miré el bosque otra vez.

Oscuro. Denso. Desconocido.

No quería entrar ahí, pero tampoco quería morir congelada.

—Si entramos ahí...

—Moriremos si nos quedamos aquí.

No pude discutir eso. Ferdinand guardó las monedas y joyas con movimientos rápidos y precisos.

Respiré hondo.

—Bien. Refugio. Calor. Comida. Información. Y no llamar la atención.

Eso último parecía especialmente importante. El sol estaba bajando. Si no encontrábamos refugio antes del anochecer, las cosas se complicarían rápido.

Entramos en el bosque. Ajusté mentalmente comportamiento y decidí mis objetivos: evitar ramas para preservar mi ropa, evitar caídas, conservar energía, priorizar estabilidad.

Fracasé casi desde el primer momento.

Mientras intentaba desesperadamente no enganchar mi ropa en las ramas, Ferdinand se detuvo tan de repente que casi choqué con él. Vi que intentó invocar su schtappe por reflejo. Ferdinand casi nunca actuaba por reflejo. Verlo intentarlo y fallar me hizo comprender lo desesperada que era nuestra situación.

Otra vez esa sensación horrible de impotencia.

Entonces lo sentí antes de verlo. Alguien estaba allí.

Fue como notar a una persona detrás de una estantería en una biblioteca silenciosa. No veía a nadie todavía, pero sabía que había alguien observándonos. Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.

Entre los árboles apareció un hombre. No se parecía a ningún caballero o guardia de la ciudad. Era enorme. No sólo alto. Pesado. Fuerte. Casi puro músculo y hueso. Parecía alguien acostumbrado a trabajar físicamente toda su vida, como cargar madera. O animales muertos.

Sus ropas eran gruesas y estaban hechas de pieles. Se veían gastadas, endurecidas por uso constante y remendadas muchas veces. Nadie usaría ropa así por estética. Todo en ella estaba hecho para resistir frío, lluvia y trabajo duro. Eso significaba que este lugar priorizaba sobrevivir antes que verse elegante. Lo cual era un problema para nosotros.

También llevaba demasiadas armas. Arco. Hacha. Cuchillos. No parecía el equipo de alguien acostumbrado a obedecer órdenes. Especialmente frente a gente desarmada como nosotros.

Y el arco ya estaba tensado.

Sentí que el estómago se me hundía.

—Cuidado con tus palabras —dijo Ferdinand en voz baja—. Parece alguien acostumbrado a sobrevivir. He visto esa mirada en caballeros que regresaron de la guerra civil.

Eso no ayudó en absoluto. Mi cabeza todavía intentaba no pensar demasiado en lo ocurrido en la puerta.

El hombre nos observó lentamente. Nuestra ropa, nuestras manos, nuestras botas.

Nuestro cabello.

Sentí inmediatamente que algo iba mal. Muy mal. Parecía observarme como un cazador mira a un animal que no reconoce.

—¿Targaryen?

La palabra cayó pesada entre nosotros. No sonó exactamente a amenaza, pero tampoco a nada bueno.

No bajó el arco. Su mirada volvió otra vez a nuestro cabello.

Cabello. Claro.

—¿Ta... gar... yen? —repetí en voz baja hacia Ferdinand—. Se está fijando demasiado en nuestro cabello. Quizá aquí este color es raro o no existe por estas tierras.

Muchos de los colores de cabello y ojos de Yurgenschmidt habrían sido imposibles en mi mundo original salvo con tintes. Tal vez aquí era igual.

—No —respondió Ferdinand sin apartar la vista del hombre—. Es una asociación específica.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Eso lo empeoraba, y francamente, la situación ya era muy mala para nosotros sin que alguien estuviera decidiendo que nuestro cabello era merecedor de alguna que otra flecha.

Ferdinand habló con firmeza:

—No buscamos conflicto.

El hombre frunció el ceño y avanzó otro paso.

—You're not from 'round here, are you? Speak it plain, and stand still.

No reconocí ni una sola palabra, aunque entendí perfectamente el tono. Y no podía responderle.

—Nosotros... no entendemos —dijo Ferdinand.

El hombre siguió observándonos con desconfianza.

—¿Targaryen? —repitió, esta vez más bajo.

Miré el cabello de Ferdinand. Luego el mío.

En Yurgenschmidt esos colores no significaban nada especial. Aquí sí. Algo lo bastante malo para que un extraño siguiera apuntándonos incluso viendo que no teníamos armas. No sabía qué era esa asociación. No tenía contexto. No tenía fuentes. No tenía absolutamente nada con lo que trabajar excepto la expresión de ese hombre y la certeza de que necesitaba información antes de que la situación empeorara.

Odiaba no tener información. Odiaba no tener contexto.

Necesitaba esa información.

Y la necesitaba rápido.