Chapter Text
Cuando se acerca la hora del entrenamiento, Wymack aparece en la puerta de la casa con la puntualidad implacable de un reloj.
—Ya era hora —murmura Kevin al cruzar junto a él, encaminándose sin detenerse hacia el coche.
—Buenos días a ti también —replica el entrenador.
Nos dividimos de nuevo en los mismos grupos del día anterior mientras Wymack masculla algo acerca de comprarnos un coche propio y ahorrarse el papel de chófer.
El trayecto hasta la cancha transcurre en relativa calma.
Andrew sigue al volante, conduciendo con la misma temeridad de alguien que acaba de escapar de una explosión cinematográfica.
Aun así, la carretera está casi vacía a esas horas, lo que suaviza un poco la experiencia.
Al llegar, nos dirigimos directamente a los vestuarios. A esas horas de la mañana, el ambiente aún conserva una calma inusual. El único sonido que rompe el silencio es el golpeteo metálico de las taquillas abriéndose y cerrándose en el vestuario de los chicos mientras nos cambiamos para entrenar.
Cuando salgo a la pista, Kevin ya está allí.
No me sorprende.
Lo que sí me sorprende es no encontrar a Neil junto a él.
—Tú —dice.
Miro por encima del hombro para asegurarme de que me está hablando a mí y no a alguien que acaba de entrar detrás de mí.
—¿Yo? —pregunto, señalándome el pecho con un dedo para confirmarlo.
—Sí, tú. —Su mirada es tan intensa que, por un instante, casi me encojo sobre mí misma. Casi.— Enséñame otra vez lo que hiciste ayer. Quiero verlo.
Lo que hice ayer.
Se refiere al cambio de mano que hice en mitad de la jugada para sorprender a Neil y arrebatarle la pelota.
—Está bien.
Dedicamos unos minutos a calentar antes de empezar.
Por lo que he visto hasta ahora, Kevin puede ser impaciente, obsesivo e incapaz de relajarse, pero hay una cosa que se toma completamente en serio: el deporte. Y eso incluye no saltarse ninguna parte de la rutina.
Mientras terminamos de estirar y entrar en calor, el resto del equipo va llegando poco a poco a la pista.
Cada uno ocupa su lugar y comienza su propio calentamiento, hasta que la pista empieza a llenarse del eco de pasos, conversaciones apagadas y pelotas golpeando el suelo.
Cuando terminamos, Kevin levanta una mano para llamar la atención de Neil.
—Necesito que hagamos una prueba —dice en cuanto este se acerca—. Quiero ver algo.
—Vale —dice Neil.
Luego me mira.
—¿Lista?
—Sí.
Nos colocamos en posición.
Andrew ocupa la portería con esa expresión indiferente que nunca revela nada. Aaron se sitúa a mi lado. Yo me encargo de marcar a Neil. Kevin se coloca como apoyo suyo, aunque resulta evidente que está mucho más pendiente de mí que de la jugada.
Esta vez no es como ayer.
Todos saben lo que voy a intentar.
Todos están preparados.
En cuanto la jugada comienza, reaccionan al instante. Neil protege mejor la pelota, Kevin ajusta su posición y Aaron se mueve para cubrir espacios. Aun así, encuentro una apertura. Cambio de mano en el último segundo, rompo el ritmo esperado y logro arrebatarle la bola a Neil antes de enviársela a Aaron.
El silbido de la pelota apenas ha desaparecido cuando Kevin habla.
—Vale. Te enseñaré los ejercicios de los Ravens.
Parpadeo.
Eso es todo. Ni una felicitación ni una explicación. Solo una decisión tomada y comunicada como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿Ejercicios de los Ravens? —pregunto, incapaz de ocultar mi desconcierto.
—Sí. —Kevin asiente, completamente serio.— Los mejores ejercicios defensivos que conozco. Tienes que explotar tu potencial.
La frase me deja inmóvil un instante.
Dirijo la mirada hacia los demás en busca de alguna reacción, pero nadie parece sorprendido. Neil ni siquiera pestañea. Aaron tiene la expresión de quien ya lo esperaba.
Vuelvo a mirar a Kevin.
—Está bien… supongo. —No estoy segura de si debería sentirme halagada o preocupada.
Después del entrenamiento más agotador de mi vida, por fin Wymack nos despide con un gesto hacia los vestuarios.
—Tenéis el resto del día libre. Pero mañana os quiero a las ocho en el gimnasio.
—Sí, entrenador —respondemos al unísono.
Todos, excepto Andrew, que sigue apoyado en el banco como si la conversación no tuviera nada que ver con él.
Nicky se gira hacia mí con una sonrisa inmediata.
—Bueno… ¿al centro comercial?
Asiento, aunque mis ojos ya buscan a Kevin.
—¿Vienes?
—Sí.
Antes de marcharse, el entrenador nos lanza por encima del hombro:
—Venid y coged mi coche. Estoy harto de hacer de chófer.
Kevin lo sigue sin decir nada para recoger las llaves, mientras el resto salimos hacia el aparcamiento.
—Llamad si hace falta —es lo único que añade Neil antes de alejarse con los gemelos hacia el Maserati.
Nicky vuelve a girarse hacia mí, entusiasmado.
—Bueno, Nadia… ¿lista para tu primer paseo?
—Claro.
Me doy la vuelta justo a tiempo de ver a Kevin regresar con las llaves en la mano.
—¡Me pido delante! —anuncio.
Nicky me lanza una mirada ofendida.
—¡Eso no vale! Yo tengo prioridad por ser mayor.
—Me da igual quién vaya delante. Decidíos ya.
Tras una breve negociación que termina, como era de esperar, en piedra, papel o tijera al mejor de tres, me acomodo en el asiento del copiloto con una sonrisa de victoria.
El coche arranca en cuanto me abrocho el cinturón.
Kevin conduce con una calma rígida, incorporándose a la carretera a una velocidad prudente. Su postura es recta, casi tensa, como si cada movimiento estuviera calculado. No aparta la vista del asfalto ni un solo segundo.
—Bueno… —empieza Nicky—. Regla número uno de los centros comerciales: no te separes nunca de nadie. Regla número dos: pruébate todo lo que quieras comprar porque luego devolverlo es un infierno. Regla número tres…
—Nicky, en España también hay centros comerciales —lo interrumpo—. Sé cómo funcionan.
—Nunca está de más recordarlo —responde él, sin perder la sonrisa—. Además, seguro que aquí no son como los de allí.
Nicky tenía razón.
El centro comercial parece más una pequeña ciudad que un simple edificio. Pasillos interminables, techos altos y escaparates que brillan como si cada tienda intentara competir por llamar la atención.
—Empiezo a pensar que los estadounidenses lo hacéis todo a escala monumental…
Lo digo mientras giro sobre mí misma, intentando abarcarlo todo con la mirada.
Nicky suelta una carcajada inmediata, claramente encantado.
—Te vas a acostumbrar —responde, divertido.
—Bueno… —Kevin pone los ojos en blanco, ya en movimiento—. ¿Vamos?
—Claro —respondo—. Os sigo.
Nos adentramos entre la gente. Kevin abre camino sin dudar, como si ya tuviera un destino exacto en la cabeza. Nicky va a su lado, comentando cualquier cosa que se cruza, y yo me quedo un paso atrás, dejándome arrastrar por el ritmo del lugar.
El bullicio es constante: música tenue saliendo de las tiendas, conversaciones superpuestas, bolsas rozándose, el sonido de pasos sobre el suelo pulido. Todo parece moverse demasiado deprisa y, al mismo tiempo, con un orden extraño que todavía no termino de descifrar.
Llevamos cuarenta y cinco minutos en la misma tienda y Kevin todavía no ha elegido nada.
—¿Y esto? —Nicky sostiene otra camiseta con la paciencia claramente agotada.— Creo que te quedaría bien.
—No. Demasiado llamativa.
Kevin tiene razón. Es rosa fosforito. En alguien como él sería un crimen visual. A estas alturas, aun así, creo que le diría que cualquier cosa le quedaría bien, incluso un mono de licra naranja.
—Kevin, ¿puedes decidirte de una vez?
Me mira como si fuera a responder, pero al final se gira sin decir nada y nos da la espalda. Una espalda bastante impresionante, si soy honesta.
Sigo buscando entre las perchas hasta que encuentro una camiseta que me detiene.
Verde apagado, con un subtono grisáceo. Cuello en V, discreto. Algodón de buena calidad. Sencilla. Perfecta.
—¿Qué te parece esta? —le pregunto.
Kevin la mira, luego me mira a mí. No dice nada. Solo la toma y la examina entre los dedos, comprobando la tela con precisión casi quirúrgica.
—Bien.
Y sin más, se dirige al probador.
Nicky me dedica una sonrisa enorme con ambos pulgares hacia arriba. Yo me encojo de hombros.
Unos minutos después, Kevin sale.
La camiseta le queda bien. Demasiado bien, probablemente.
Nicky se queda mirándolo en silencio un segundo.
—Bueno… —dice al fin, llevándose una mano al pecho como si le hubieran golpeado.— Vas a romper corazones por los pasillos.
Kevin pone los ojos en blanco.
—Es una camiseta.
—Una camiseta que te queda bien.
—Es una camiseta.
—Kevin —intervengo—, creo que estás perdiendo la batalla.
Los dos me miran.
—Nicky tiene razón. Te queda bien.
Kevin se queda quieto.
Solo un segundo.
—Ya lo sé.
—Oh, Dios mío —Nicky casi salta.— Acaba de aceptar un cumplido. ¿Lo habéis oído?
Kevin vuelve a ignorarlo y desaparece otra vez en el probador.
—¿Ves? Ha funcionado —dice Nicky.
—¿El qué?
—Decirle que está guapo.
—Yo no he dicho eso.
—Lo has pensado.
—Cállate, Nicky.
Tras tres horas de compras, por fin los tres encontramos lo que buscábamos.
Kevin se queda con la camiseta que elegí para él, otra en gris oscuro y dos pantalones de corte recto, sencillos, sin concesiones.
Nicky, por supuesto, termina comprando la camiseta rosa que antes le había sugerido a Kevin, como si aquello fuera una cuestión de orgullo personal.
Yo consigo lo básico: ropa suficiente para reemplazar lo mínimo indispensable de mi armario de verano.
Satisfechos —o al menos funcionalmente satisfechos—, Nicky nos conduce sin discusión hacia la heladería.
Está en la planta superior, junto a una enorme cristalera que da al aparcamiento.
La luz entra a raudales, bañando las mesas en un brillo cálido que contrasta con el bullicio constante del centro comercial.
Nos sentamos alrededor de una mesa pequeña.
Nicky ha pedido una creación imposible: chocolate, caramelo, nata y algo azul que prefiero no intentar identificar.
Kevin, fiel a sí mismo, sostiene una tarrina sencilla de yogur helado.
Cómo no.
Yo me quedo con el de limón.
—¿Siempre pides eso? —pregunto.
Kevin levanta la vista.
—Sí.
—¿No te aburres?
—No.
—Qué vida tan emocionante.
Nicky suelta un resoplido.
—No le preguntes por sus gustos. Son los mismos que los de un abuelo en un geriátrico.
—Eso no es verdad.
—Kevin, literalmente tienes la misma ropa en distintos colores.
—Porque funciona.
—¿Veis? —Nicky lo señala con la cuchara, victorioso.
No puedo evitar reírme.
Durante unos minutos comemos en silencio.
Entonces lo recuerdo.
—Oye, Kevin.
—¿Qué?
—Los ejercicios de los Ravens que me enseñaste hoy.
Su atención cambia de inmediato. Es casi visible.
—¿Sí?
Lo noto en el instante en que su expresión se altera y cómo se le tensan los hombros.
—No exactamente. Dependía de la época del año. Riko prefería dividirlos en bloques: resistencia primero, luego velocidad de reacción, después posicionamiento defensivo. El problema era que la mayoría de defensas los hacían mal porque…
Empieza tímidamente, como si hablar de los Ravens le costara más de lo que quiere admitir. Y no me sorprende.
He leído suficientes artículos sobre su “accidente”, o lo que fuera que decidieran llamar a aquello en las noticias, como para entender que no es un tema sencillo. Pero me lo guardo.
Porque ahora, en cambio, parece relajarse mientras habla de exy. Demasiado. Mucho demasiado.
Y no para.
No al principio.
Ni después.
Ni cuando ya debería haberlo hecho.
Al principio intento seguirle el ritmo. Luego dejo de intentarlo.
No porque no sea interesante, sino porque lo es demasiado.
Kevin habla con las manos, dibuja movimientos en el aire, reconstruye jugadas invisibles sobre la mesa. Usa cucharillas y servilletas como si fueran jugadores, marcando trayectorias, ángulos, errores.
En algún punto, el helado deja de existir.
—…porque si tu centro de gravedad está mal colocado, ya has perdido la jugada antes de empezar.
—Tiene sentido.
—Exacto.
Nicky deja caer la cabeza sobre la mesa.
—Dios mío…
Nadie le responde.
—Entonces, si el delantero cambia de dirección…
—Tienes que obligarlo a hacerlo donde tú quieres.
—Ah.
—Exacto.
—¿Estáis escuchándoos?
Kevin ni siquiera lo mira.
—Sí.
—Lleváis veinte minutos hablando de defensas.
—Veintidós —corrige Kevin.
Nicky suelta un gemido.
—Necesito amigos nuevos.
—No, no los necesitas —respondo.
—Tienes razón —dice él—. Los otros serían aburridos.
Al final, cuando volvemos en el coche del entrenador, Kevin está mucho más relajado al volante, contándome sobre el último partido de los Troyanos que ha visto.
Y yo me siento un poco más satisfecha conmigo misma por haber conseguido mantener una conversación larga con otro de mis nuevos compañeros de equipo.
