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No era tonto ¿Okey? Un poco distraído, quizá, pero no tanto como todo el mundo parecía creer. Se daba cuenta de las cosas, es solo que a veces era más fácil ignorarlas. Tarde o temprano todo iba a acomodarse ¿No?
Pero se había dado cuenta de la mirada que ponía Nakamura cuando Hana aparecía en el salón, de como caminaba distinto cuando los encontraba charlando en los pasillos, de como apretaba sus manos alrededor de su mochila cuando los veia caminar juntos, de como sus nudillos se ponían blancos, de como se tensaban sus hombros, de como no lo miraba ni de reojo.
Tenía que acomodarse tarde o temprano ¿Verdad?
Nakamura era un caso aparte, distinto a todo lo que había conocido hasta el momento. Se había colado en su vida tan espontáneamente, con pequeños y raros encuentros, que cuando se había dado cuenta ya estaba ahí, fijo. Una constante en su día. Una risa asegurada. Solo Nakamura siendo Nakamura.
Al principio había pensando que el chico no quería tener amigos, que era más del tipo solitario al que le gusta su soledad y que le incomodaba todo tipo de interacción. Descartó esa teoría rápidamente: Nakamura era más del tipo tímido. Contra todo pronóstico era muy fácil hablar con él cuando no había nadie presionandolos. Y luego no solo era fácil hablar de nada, era sencillo hablar de todo. Contarle a Nakamura lo que no solía contarle ni a sus amigos más cercanos era natural, de alguna forma.
Y luego lo notó.
Le gustaría no haberlo hecho.
Nakamura era tímido en general, pero lo había visto muchas veces dar respuestas en clase sin problemas, hablar con las chicas del fondo sin tartamudear, mantener conversaciones largas y firmes con los líderes de club de ocultismo y teatro. Con ellos Nakamura era reservado, pero con él era distinto. Siempre había sonrisas escondidas, una tensión extraña, un sonrojo permanente. No era incómodo, pero estaba presente. Constante. Fijo.
Lo supo en su salida a Yokohama. Lo sintió. Es algo raro, de hecho. Saber que le gustas a alguien. Sin entender por qué. Sin saber desde cuándo. Sin poder corresponder.
Sin querer corresponder.
Pero Nakamura no le había dicho nada de sus sentimientos. Le dió una tarde divertida, risas compartidas, el regalo más considerado que había recibido desde hacía mucho, y le pidió desde el fondo de su corazón poder ser amigos. No daba nada por sentado. Y él quería ser su amigo, realmente quería ¿Estaba mal? Querer estar cerca de alguien con quién era tan fácil estar cerca. Era un poco egoísta, pero había decidido que estaba bien, si a Nakamura le bastaba con su amistad, él no iba a negarsela. Estaba bien.
Hasta que de alguna manera, ya no estaba bien.
Un tironcito de culpa le arañaba el pecho cada vez que Nakamura se ruborizaba, siempre tímido, pero con ilusión. No quería que pensara que había oportunidad de algo más. Pero tampoco quería dejar de recibir tan lindas sonrisas. No quería dejar de ser abierto con él. No quería dejar de descubrir esos detalles de su amigo que lo hacían tan diferente a los otros ¿Era muy egoísta? Realmente lo era. Otro tironcito de culpa.
Por eso había sido fácil aceptar salir con Hana. Después de todo, era una chica linda, dulce y atenta, con la que había charlado varias veces en las reuniones del comité, y todos los chicos quieren salir con chicas lindas dulces y atentas ¿Verdad? Sería difícil para Nakamura, pero entendería el mensaje, y cuando todo pasara serían amigos sin rencores, y podría averiguar que tan negro era el negro de sus ojos sin esos molestos tirones en el pecho. Y podría invitarlo a su casa, incluso hacer una pijamada, para hablar de todo y de nada hasta dormirse, sin sentir en el corazón que algo estaba mal. Y podría...
Pero no estaba funcionando.
Las cosas no sé estaban acomodando.
No había pasado mucho, ni siquiera un mes, desde que había empezado a ser el oficial novio de Hana. Ni su corazón, ni su panza, ni ninguna parte de su cuerpo que Takeuchi siempre proclamaba que «saltan de felicidad» ante una chica linda, dulce y atenta estaban dándose por enterados, y una terrible bola de culpa le apretaba la boca del estómago cada vez que veía a su novia. Había intentando no verla mucho durante clases, pero eso solo hacía la bola más grande cuando se encontraban para caminar juntos a casa. Y para colmo, los tirones de pecho de ver a Nakamura sufrir en silencio habían pasado de simples a rasguños, poco molestos, a un punzadas profundas que le hacían dudar de si todo el asunto valía la pena. Tampoco podía hablarlo con nadie. Solo le contaría estás cosas a Nakamura, y no tenía sentido cuando él era la causa de todo el barullo.
—¡Aiki!—. La voz de su novia lo devolvió al presente. Hana salió del edificio con una sonrisa dulce, como toda ella. —¿Me tardé?
—No —. Miró atrás y vió a nakamura junto a los casilleros, cuando sus ojos se encontraron sintió el acostumbrado suave tirón en el pecho, y una sonrisa apareció en sus labios casi sin permiso — nos vemos, Nakamura—. No esperó respuesta. Era más fácil así, se repitió, y tomó la mano de Hana mientras empezaba a caminar.
—Es tu amigo?
—Si.
—Su lapicero... Es igual al que tú tienes.
—Hmm— rió suavemente ante el recuerdo, no estaba seguro de si el pequeño pulpo rosa había sido comprado para él, pero le gustaba tenerlo — es porque él me lo regaló.
Caminaron en un silencio que agradeció durante un trecho, y luego Hana empezó a contarle su día, cómo cada tarde. Y se dio el lujo egoísta, siempre egoísta, de escuchar poco y pensar en Nakamura, esperando que esté mejor, y pensando que ojalá no tenga él también esos tirones en el pecho que últimamente eran tan dolorosos.
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Y de alguna manera, si, las cosas de habían arreglado.
No diría que solas. Hana lo había dejado, y la bola de culpa había desaparecido tan rápido y le había dejado el pecho tan ligero que pensó que debería darle hasta vergüenza. Y Nakamura había estado ahí, cómo siempre. Una constante. Fijo.
Y cuando intentó animarlo mencionando sus encantos, el tirón en el pecho volvió, más fuerte que nunca antes, pero sorprendente no doloroso. Seguía siendo profundo, pero cuando lo analizó con calma parecía menos culpa y más... Algo más. Algo distinto.
Cuando llegó a su casa, a su pieza, a su escritorio, y vió las entradas de cine, esas que no quiso usar con Sakamoto, no había tenido tiempo de pensar antes de que sus dedos ya hubieran texteado a Nakamura una invitación apresurada. Se quedó viendo la pantalla, el «leído», el «en línea». Fue solo un poco patético. Tarde se le había ocurrido la posibilidad de que el otro chico lo hubiera superado en ese mes y de que ya no quisiera volver a verlo. Porque sabía que seguramente había sido duro, que había sido injusto, que había sido solo por un capricho mal planificado. No lo merecía. En lo absoluto.
Pero Nakamura accedió a ir, y ahí estaban ahora, solo ellos dos, luego de haber pasado un día demasiado bueno para clasificarlo con palabras. Y le dolían un poco las cachetes de tanto haberse reído, y sentía del pecho ligero. Libre. El tirón seguía ahí, constante, pero sin doler.
—Oye, por cierto ¿A qué te referías con «mí encanto»? —. Era ciertamente egoísta preguntar, pero sintió que estaba bien —bueno, es que ayer dijiste algo sobre mí encanto ¿No? Quiero saber a qué te referías.
Oh. Ahí estaba. El sonrojo.
Casi podía ver cómo nakamura batallaba entre su pudor y su honestidad, con un brillo especial en los ojos que había estado conteniendo todo el día.
Extrañaba los sonrojos de Nakamura.
—¡T-TODO!
Aunque un poco impactante, era mejor de lo que esperaba, y ni siquiera intentó contener la risa. Solo se permitió sentir el momento — Tú si que eres increíble—. Nakamura estaba más rojo de lo parecía humanamente posible, lo cual era aún más gracioso —Ya, perdón, es solo que tenía algo de curiosidad. Eres un muy buen tipo, Nakamura.
—La verdad, no tanto—. Una sonrisa suave se instaló en el rostro del mayor, pero no llegó a sus ojos. Tenía ese tono melancólico que había visto destellear en varios momentos a lo largo del día, cómo si no terminara de encajar. Cómo si aún tuviera los tirones dolorosos.
Bueno, ese era tan buen momento como cualquier otro. Y estaba decidido a qué sea un buen día, no podía dejar que su compañero se perdiera a si mismo. Se levantó y se pusó justo frente a Nakamura. Era un poco intimidante, cómo si fuera a hacer un gran anuncio, pero recordó que de esta forma había sucedido en Yokohama hace meses, y tomó valor — perdón por preguntarte eso ¡Arriba ese ánimo! — Dejó caer en una mano el pequeño llavero que había cargado todo el día. Era un pulpo, chiquito y con grandes ojos caricaturescos. Nakamura lo miró sin poder creerlo.
—Eso es?
—Creí que te gustaría este llavero, ten.
Lo dejó suavemente en sus manos, y esperó. Esperaba muchas cosas. No precisamente el silencio de santa veneración con el que Nakamura, todavía impactado, miraba su pequeño obsequio. Unas pequeñas lágrimas brotaron en sus ojos. Quizá fue demasiado mucho. Quizá fue demasiado poco.
—Oye ¿Estás bien? Ahhh ¿No te gustó?
—¡ES MUY LINDO! —. Nakamura se había parado y avanzado hacia él tan rápidamente que casi tropieza con sus pies cuando retrocedió — DE VERDAD ME ENCANTA ¡LO JURO! —. Está vez sus orejas estaban de un rojo tan chillón que pensó que nunca podrían volver a su estado natural. — Yo voy a atesorarlo.
—Que alegría. Creí que no te había gustado.
—No, lo siento. Es que esto de verdad me hizo feliz. —parecía realmente feliz — Gracias.
Ah. Se dió cuenta casi sin sorpresa, que su corazón, y su panza, y todas las partes de su cuerpo saltaban de felicidad. El tirón en el pecho era dulce. Sintió el rostro caliente. Ver a Nakamura feliz era demasiado.
Su huida fue bastante patética.
Era un poco egoísta pensarlo. Quizá mucho. Pero aunque no se lo mereciera, pensó que podría intentarlo, hacerlo feliz todos los días. Definitivamente Nakamura se lo merecía.
Y después de todo ¿No era la felicidad de Nakamura la suya propia?

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