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Una canción de primavera

Chapter 6: Rozemyne

Summary:

Idioma desconocido, frío constante y reglas nuevas: adaptarse no es opcional para la ratona.

Chapter Text

Había pasado la noche con fiebre, del tipo que aparece sin previo aviso y retrocede con suficiente calor y descanso. Aunque no era grave, tampoco era algo que pudiera ignorar completamente.

Abrí los ojos. El primer pensamiento que tuve al despertar fue que algo olía mal. 

El segundo fue que ese algo era probablemente yo.

El techo de madera ennegrecida de la sala comunal me devolvió la mirada con indiferencia. El fuego de la chimenea había bajado a brasas durante la noche, suficientes para mantener el espacio en un frío manejable pero no el calor de la noche anterior. La luz que entraba por las ventanas pequeñas era gris y plana, la luz de una mañana nublada que no tenía intención de mejorar.

—Buenos días —dijo Ferdinand.

Estaba sentado en el banco frente a mí, completamente despierto, como si hubiera estado así desde hace horas. Probablemente era verdad.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto?

—El suficiente.

Lo cual significaba mucho. No pregunté más. Ferdinand seguía observando. Ya debía haber identificado quién llevaba cuchillo, quién evitaba mirarnos directamente y qué puertas podían bloquearse desde dentro. Mientras algunas personas descansaban, Ferdinand simplemente cambiaba el tipo de vigilancia.

Me incorporé despacio. Sentía ese peso en los huesos que reconocía de años de enfermedad. Mi frente aún estaba más caliente de lo que debería. Las mantas habían hecho su trabajo durante la noche, pero mi cuerpo tenía sus propias opiniones sobre dormir en un banco de madera, y las estaba expresando con detalle en cada articulación y músculo. 

En retrospectiva, si mi cuerpo hubiera conservado la constitución anterior a la intervención del dios Anwachs, el día anterior probablemente habría sido suficiente para matarme. Cuando llevé la mano a la frente por puro reflejo, Ferdinand ya me estaba observando.

—La fiebre bajó —dijo antes de que preguntara.

Asentí.

Mis ropas seguían siendo las mismas del día anterior, secas ahora, pero con la memoria del barro y la humedad grabada en ellas de formas que ninguna cantidad de secado iba a resolver. El olor que me había despertado era, en efecto, yo.

En Yurgenschmidt esto no habría ocurrido. Habría agua caliente, jabón y sirvientes que se ocupaban de estos detalles antes de que se convirtieran en problemas. Aquí había una sala comunal fría y la conciencia muy clara de que necesitaba resolver varias cosas urgentes antes de poder pensar en nada más.

Como si hubiera recibido una señal que yo no había dado, la mujer práctica de la noche anterior, apareció en la puerta, con el mismo delantal oscuro y la misma expresión de alguien que tiene cosas que hacer y las va a hacer independientemente de lo que opinen los demás. Me examinó, evaluó la situación en aproximadamente dos segundos, y señaló hacia la puerta con un gesto inequívoco.

Me puse de pie.

Ferdinand hizo un movimiento para acompañarme y ella lo detuvo con una sola mirada. No fue una mirada hostil, sino una que comunica esto no te incumbe con una eficiencia que habría admirado en otras circunstancias. Ferdinand se sentó de nuevo con una expresión que en él equivalía a aceptación sin objeción. Seguí a la mujer afuera. 

Algunos aldeanos me observaban de lejos, pero sólo un momento, antes de volver a sus actividades. No parecía un lugar donde el ocio fuera recompensado. 

El aire de la mañana era un golpe limpio y frío que me despejó mejor que cualquier cantidad de sueño adicional. Caminamos por un costado de la sala comunal hacia una estructura pequeña en la parte trasera cuya función era evidente sin necesidad de explicación en ningún idioma.

Me detuve un momento antes de entrar.

Me había acostumbrado que, incluso en los viajes más austeros, había ciertos estándares mínimos que se daban por garantizados. Estándares que nunca había necesitado considerar porque simplemente existían, parte de la infraestructura de una vida noble que funcionaba sin que uno tuviera que pensar en ella. Esto no era eso. Era funcional, y sería todo lo que sería durante un tiempo que aún no podía determinar. Lo asumí como otra diferencia entre ambos mundos. El pragmatismo era una herramienta. En ese momento era la única disponible.

La mujer esperó afuera sin que resultara incómodo. Cuando salí, tenía un cubo de agua, un objeto casi redondo que parecía grasa animal y un paño. El agua estaba fría, lo suficiente para que mis dientes quisieran protestar. Ella me lo ofreció sin disculpas ni explicaciones, con la misma actitud con que había traído las mantas la noche anterior. 

Esto es lo que hay, parecía decir con la mirada.

Era lo que había. Así que lo usé.

El objeto redondo resultó ser jabón. Un jabón terrible, pero jabón al fin y al cabo. Olía a grasa animal y ceniza, estaba lleno de pequeños grumos y dejaba una sensación aceitosa en las manos, pero cumplía su función. También noté que era redondo por estar gastado por los bordes, señal de que no era precisamente abundante. Aun así, me lo ofreció sin dudarlo.

Había cosas que podían mejorarse aquí con el tiempo suficiente.

Fue durante el momento posterior, mientras el agua fría del cubo hacía lo que podía con lo que había, que la mujer señaló su propio pecho.

—Merna —dijo.

Una sílaba corta y otra más larga. Consonantes sólidas. Me la quedé mirando un momento, procesando el gesto y su intención, y el hecho de que ella había decidido que ese era el momento apropiado para presentarse. No era el momento que yo habría elegido, pero la aprecié de todas formas.

Señalé mi propio pecho.

—Rozemyne.

Merna frunció el ceño levemente, en un gesto de concentración. Sus labios se movieron en silencio probando las sílabas.

—Roz-mayn —dijo, con la misma compresión que Brandyn la noche anterior.

—Rozemyne —repetí, más despacio.

—Rozmayn —insistió ella, con una firmeza que indicaba que esa sería su versión y era suficiente.

Decidí que era suficiente también.

Al regresar, vi que Ferdinand ya tenía su escudilla. Me miró con una expresión de interrogación.

—Merna —dije, respondiendo a lo que no había preguntado.

—Tiene sentido.

Volví a sentarme junto a Ferdinand.

—Tienen jabón.

—Lo noté.

—Es terrible.

—También lo noté.

—Pero tienen jabón.

Ferdinand me observó un instante.

—Ya estás pensando en producción.

—Estoy pensando en higiene.

—Estás pensando en producción.

No respondí.

Ferdinand suspiró.

—Rozemyne, primero debemos garantizar nuestra seguridad y descubrir dónde estamos. Luego, averiguar cómo volver.

—Lo sé. Pero hay muchas cosas que mejorar aquí.

—Ni siquiera sabemos si seguiremos aquí dentro de una semana.

La realidad inmediata volvió a imponerse.

—Entiendo. 

Merna trajo el desayuno. Pan del mismo tipo oscuro de la noche anterior, algo que parecía queso curado y duro, y una escudilla de algo caliente que olía a avena.

La avena era espesa, hervida hasta perder toda pretensión, apenas sazonada, sin más aroma que el del grano mismo. Pero estaba caliente, y eso era lo único que mi cuerpo necesitaba en ese momento. El calor se extendió despacio por el pecho, aflojando algo que llevaba demasiado tiempo tenso.

Antes de entrar al templo de Ehrenfest, había sobrevivido con comidas igual de simples. Recordaba bien lo que significaba agradecer una ración que cumplía su función. Por eso no me resultó difícil inclinar la cabeza y dar las gracias con sinceridad. Lo que nos ofrecían no era poca cosa, era lo que habían conseguido para enfrentar un invierno que no perdonaba a nadie.

Para Ferdinand, en cambio, tanto el estofado de la noche anterior como este desayuno representaban lo más sencillo que había probado jamás. No lo dijo ni hizo algún gesto de desagrado. Pero sus ojos lo revelaron durante un instante, uno tan breve que solo alguien acostumbrado a observarlo podría haberlo notado. Seguramente estaba haciendo una evaluación silenciosa: texturas, sabores, carencias. Luego esa expresión desapareció, reemplazada por la calma educada que siempre adoptaba frente a cualquier dificultad.

Sostuvo el cuenco con ambas manos, comió despacio y agradeció con la misma corrección que habría mostrado ante un banquete noble. Nada en su postura insinuó desprecio. Si acaso, parecía más atento que de costumbre, como si entendiera, igual que yo, que cada cucharada era fruto de un esfuerzo que no debía darse por sentado. Eso hizo que la incomodidad se asentara en mi pecho, porque ellos nos ofrecían lo poco que tenían. Nosotros aceptábamos, conscientes de que rechazarlo habría sido mucho más grosero que cualquier diferencia de costumbres.

Merna no se fue. Se instaló en el banco de enfrente con su propia escudilla y nos observó con esa atención directa suya que ya empezaba a parecerme característica. En algún punto, señaló el pan que yo tenía en la mano.

Bread —dijo.

Me detuve. Miré el pan. Luego a Merna. Ella repitió la palabra con paciencia, señalando con claridad.

Bread —repetí, intentando reproducir el sonido.

Algo en su expresión indicó que mi pronunciación dejaba que desear pero que el intento era aceptable. Asintió. Luego señaló la escudilla.

Porridge.

Esa era más difícil. La repetí dos veces antes de que Merna asintiera de nuevo, satisfecha.

Ferdinand observaba el intercambio sin intervenir, con esa atención suya que registra todo sin participar necesariamente. Cuando ella señaló su escudilla y repitió porridge mirándolo a él, Ferdinand lo reprodujo con una precisión que me pareció ligeramente irritante dado que era su primera vez intentándolo. Pareció impresionada. Ferdinand tenía ese efecto en la gente incluso cuando no lo intentaba.

Cold —dijo Merna después, señalando hacia la ventana y abrazándose brevemente mientras temblaba.

Frío, entendí. Era la palabra para "frío". La repetí.

Ferdinand no había repetido la mayoría de las palabras en voz alta, pero por la forma en que sus ojos se movían entre Merna, los objetos y el contexto, supe que ya estaba organizándolas mentalmente. Probablemente recordaría cada sonido después de escucharlo una sola vez.

Irritante.

Era un comienzo muy pequeño. Tres palabras, cuatro si contaba el nombre de Merna, en una lengua que tendría miles. Pasaría un tiempo aprendiendo el idioma desde cero, pieza por pieza, hasta que el sistema completo tuviera sentido. Los sistemas siempre tenían sentido si les dabas suficiente tiempo.

Brandyn apareció en la puerta de la sala comunal en algún momento de la mañana, intercambió algunas palabras con Merna, y nos miró con esa evaluación permanente suya. Dijo algo que sonaba a pregunta dirigida a nosotros, luego pareció recordar que no servía de nada y repitió el mismo gesto de la noche anterior: señaló hacia el este, luego levantó varios dedos.

—Días —dijo Ferdinand en voz baja, más para sí que para mí—. Está indicando días.

—¿Cuántos?

—Cinco, quizás seis. Están esperando que alguien venga a buscarnos. Noté que dos hombres se preparaban para salir de la aldea.

Era la conclusión lógica. Dos mensajeros saldrían y alguien con autoridad suficiente para tomar decisiones sobre extranjeros recibiría la noticia, y luego enviaría a alguien. O vendría personalmente, dependiendo de cuánta curiosidad o cuánta preocupación generara el mensaje.

Cinco o seis días en el pueblo. Miré la escudilla vacía, la sala comunal con su techo ennegrecido, la ventana pequeña con su cielo gris.

Cold —dije en voz baja, casi sin quererlo.

Ferdinand me miró.

—Sí —confirmó—. Pero manejable.

Era su forma de decir que íbamos a estar bien. No lo discutí. Al otro lado de la mesa, Merna recogió las escudillas con la eficiencia de siempre y dijo algo que no entendí, excepto por la última palabra, que sonó claramente como una pregunta.

More?

Señalaba mi escudilla vacía. 

More —dije, señalando también.

Cuando Merna se levantó para buscar más avena, Ferdinand tomó un trozo de carbón de la chimenea y comenzó a escribir en una tabla de madera cercana.

—¿Qué haces?

—Organizando. 

Bread, porridge, cold,  more, day, water...  

Parpadeé.

—Hay más.

—Sí.

Miré la tabla otra vez. Había más. Bastantes más.

—¿Cuándo aprendiste todo eso?

—He estado intentando comunicarme mientras dormías.

Por supuesto. Yo había conseguido aprender cuatro. Ferdinand había conseguido aprender suficientes para empezar una lista.

Molesto.

Vi las palabras que Ferdinand había escrito y él me explicó el significado de las que aún no entendía. 

Era apenas un comienzo. Pero el sistema empezaba a tomar forma.